jueves, 22 de mayo de 2014

Reseña

El lenguaje de una nueva civilización



Paola R. Senseve T.

“Estoy tan aburrida que podría morir”, escribe la adolescente Genoveva que vive en Culo del Mundo. Sus días transcurren entre la escuela, su diario y sus profundos amores: su abuela, su perro, su hermanito y su mejor amiga.
En 98 segundos sin sombra, Giovanna Rivero se desdobla en la creíble voz de una muchachita que todo lo escribe en un diario, la máxima expresión de su libertad. Es el único lugar donde puede ser, sin esconderse, sin medir sus palabras. Ahí se cuestiona, se irrita, se pregunta y se responde cosas que cuando pasamos de la juventud y más allá, seguimos haciendo de una forma impura, contaminada por la racionalidad y la supuesta madurez.
Y son las palabras, las protagonistas de esta novela. Es más lo que dice y cómo lo hace, que las historias que cuenta. No pasaría nada, si es que Genoveva no lo escribiera en su diario, “como hizo la chica Frank.  
Entonces, nos interna en un universo que existe solo a través del lenguaje: “…como si a mí la vida de los demás me importara tres peniques. Sí, acabo de escribir ‘penique’”. Genoveva también es una maestra de la ironía cuando habla con y de las personas que la rodean; así se defiende del mundo: “Es fácil ser hombre. Es facilísimo. Abrís la boca y reís.”
En su reseña, Sebastián Antezana apuntó las páginas que hablan del vínculo que une amor y enfermedad, como las mejores de la novela. Estoy de acuerdo con él y me animo a afirmar que para una Genoveva que piensa el amor innevitablemente unido a la enfermedad, a la falta de seguridad o estabilidad, los límites de la corporalidad tampoco están presentes.
Por otro lado, un fuerte complejo de Edipo, salpica las páginas de 98 segundos sin sombra, culminando en la máxima de todos los seres humanos: divorciarse de los padres, no sin antes haberse reconocido en ellos.
Giovanna también nos descoloca en la lectura manejando imágenes hermosas que parecen situadas estratégicamente para equilibrar la brutalidad de su texto: “Supongo que cuando nadie la ve, mamá se escurre completa por esos anillos y cruza a otros lugares, a otros países, a otras vidas, donde no tiene dos hijos ni un marido depresivo”.
O la sola idea del título, de esos 98 segundos sin sombra, la jugada estética principal, contar el tiempo que transcurre en las cosas que a Genoveva le parecen importantes y hacer que nosotros, lectores, respiremos.
Esta es una historia que atraviesa todas las etapas: el nacimiento, el tedio de vivir, la enfermedad, la muerte. Una chiquilla, que se desviste de todo, que destruye lo que requiere un final, que toma lo indispensable y se va con lo que cree que es amor, para fundar una nueva civilización.
No dejamos de ser esa adolescente en la medida en que el tiempo pasa y lo real es lo que vamos descubriendo de nosotros, de lo que somos capaces. Pocas cosas nos separan de Genoveva, la edad no es una de ellas.
Terminé de leer 98 segundos sin sombra y me quedé con la sensación de haber leído a una Giovanna honesta, sin pretensiones (lo que no quiere decir sin legítimas ambiciones), doliente, que no está buscando llegar a alguna parte porque está parada en el lugar exacto donde tiene que estar. Hay que hacerse muy pequeño para ser grande, decía mi abuela; tan pequeño como una menuda adolescente en Culo del Mundo.



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