jueves, 8 de mayo de 2014

Escuela de espectadores

Excepciones: 12 reglas del amor



Reseña de la más comentada propuesta del pasado Fitaz, uno de los proyectos teatrales bolivianos más arriesgados de los últimos años.


 Mónica Velásquez

Dos acontecimientos teatrales marcaron este 2014 y lo hicieron en el mismo abril. El Fitaz y la ambiciosa reunión de 12 directores bolivianos, 12 obras, 12 lenguajes dramáticos.
Si con el primero pudimos acercarnos al quehacer internacional, con el segundo -todo un hito en las recientes agendas culturales- asistimos a un inédito mapa que nos dejó más de una idea sobre cómo, con quiénes y hacia dónde se dirige nuestro teatro contemporáneo.
Después de tres intentos, diez llamadas hasta llegar al encargado de reservas, hora y media de espera y frío…por fin uno bajaba al garaje de la cinemateca lleno de expectativas: qué pueden decir del amor 12 piezas, cómo lograrán integrar un espectáculo, qué lenguajes, textos, actuaciones, qué dirección, en fin, en qué andará nuestro teatro… 
La idea de unidad se desvanece bastante pronto, cuando uno va por el intermedio y ya comprende que esta “maratón teatral” no apunta a una organicidad que la sostenga, más allá de la generalidad del tema amoroso, donde casi todo cabe; sólo algunos hilos nos hacen pensar que no fue azarosa la reunión de piezas: algo de tecnología, un presentador a veces muy improvisado, voces en off, pegajosa música del más recalcitrante romanticismo ochentero…
Sin embargo, la desigual calidad de las propuestas dejó atrás la ilusión de un rompecabezas con partes encajadas, cinceladas por un mismo rigor. Cada una va por su lado, con sus altibajos y su ritmo. Los entreactos se nos antojan. En más de un caso uno desea una pausa o incluso irse, con buen sabor de boca, antes de la siguiente obra, no siempre a la altura de su predecesora.
Desde las filas se oye el reclamo por la falta de organización, por el lugar “alternativo” y sus incomodidades, etc. Nada de eso permanecería en el espectador si no fuera por lo débilmente contemporáneo del uso del espacio.
Nos olvidamos de la profundidad, la oscuridad, las columnas y sí, en alguna pieza se nos recuerda dónde estamos, ¡aparece una peta! En definitiva, lo alternativo reside no en el uso del lugar, no en algo que justifique ese espacio, sino en otro sitio. ¿La  dramaturgia?, ¿la actuación o la dirección?
La variedad de textos es notable: destacan los de Percy Jiménez y Diego Aramburo, probablemente los más literarios, filosóficos y complejos. Desafían el pensamiento del espectador hasta dar con el tema, sea éste el valor para mirar lo que deseamos o las caídas de nuestros ideales, nuestros súper-poderes.
Para algunos, he allí lo cautivante de estas piezas, para otros ahí residió su inadecuación teatral, no eran asimilables como puesta en escena, aunque sin duda dejan muchas ganas de leerlos.
Cuatro tomaron la decisión de abordar el tema con humor, sin embargo dos se quedaron en la secuencia de chistes, ocurrencias, imprudencias arquetípicas; dos toman la metáfora gastronómica y corporal para mostrarnos enamorados perturbados en la compra-venta, deglución, de sus amores o en las contradictorias órdenes de un desencantado hipotálamo.
Ahí el humor produce teatralidad, sin duda, da a pensar. Dos abordan la pérdida, el duelo por el ser amado. Chipana, con un texto redondo y conmovedor aunque con algunos excesos de apelación afectiva y Eid con la recurrencia de un sueño premonitorio donde el amado ya ha muerto.
El primero triunfa escapando de cierta manipulación emotiva, el segundo cae en la reiteración alejándonos del duelo y dejándonos ahogados en un tul a la vez vestido de novia y útero imposible para guarecerse de la falta.
Dos cineastas traen a escena textos desiguales: Loayza habla desde el lugar más trivial y común, quizás para decirnos que no hay otra, al hablar de amor, que caer justo ahí en la rutina, en la letra sabia de cursis canciones; Bellott reitera sus obsesiones con la revelación de un personaje homosexual maltratado por su entorno.
Uno extraña, en el primero, algo que remonte la ocurrencia, en el segundo uno echa de menos poder pensar solo, sin la moralina adoctrinadora del texto.
Lamentablemente fallidas nos parecen la pieza dirigidas por Álvaro Manzano y Cristian Mercado; en ambas falta estructura dramática, no dan al actor nada que hacer y se nota. Actuaciones memorables las de Mauricio Toledo, Mariana Vargas, Bernardo Arancibia y, especialmente, Patricia García.
Las puestas en escena y la potencia de lenguajes teatrales también fueron muy dispares. Pudimos encantarnos con escenas fijas sacadas de un museo o de un entretecho en la noche paceña, pero también con lo naturalista que recreaba literalmente salas o espacios ya evidentes en el texto o la acción.
Si un defecto fue compartido por casi todas las obras fue el abuso de recursos: derramadas letras que después de pisarlas (hermoso lenguaje desperdiciado) se unían a la inercia de aros de neón sin función alguna más que enceguecer al ya de por sí perdido espectador; textos con voces, filosofías, alusiones eruditas, texto intencionalmente fuera de foco, una saturación que el espectador medio no lograba masticar; un auto y bolsas del mercado para decir que uno ha ido al mercado a comprar…etc.
Sin embargo, el uso de planos yuxtapuestos, los escenarios dentro de escenarios, las murallas negras, las cárceles del polvo en que se desmoronan los ideales o los valses que giran mientras alguien pasa de la plenitud al cáncer nos devolvieron la fe en la lengua del drama contemporáneo.
Notable el riego y la apuesta de Eduardo Calla, el director general. En el amor se restituyen las singularidades, aquello que nos aleja del anonimato de las masas para elevarnos a la cualidad de ser amado, amante, amable.
Cada una de estas propuestas tradujo dicha singularidad, con mayor o menor éxito, nos sacó de la inercia para mirar cómo manejamos la culpa, la infidelidad o la muerte del otro.

Sin duda la pregunta sigue siendo con qué lenguaje, con qué palabras se puede traducir lo inefable, lo trivial, lo corporal del amor. Para eso hay discursos, iglesias, chistes y sí, felizmente, algunas excepciones donde refugiarse. 

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