sábado, 26 de marzo de 2016

Letra sincrónica

Caraco y el caos

Breve presentación de Albert Caraco, un oculto escritor sefardí-francés-uruguayo. “No se trata de un incomprendido, olvidado o injustamente relegado, sino de alguien que se ha aislado por voluntad propia”, advierte Alan Castro.  

Alan Castro Riveros 

...en todas partes el futuro del orden será el caos, el orden ya no tiene sentido, no es más que una mecánica vacía...
Albert Caraco

Caraco
Albert Caraco (1919-1971) fue un escritor en lengua francesa de origen sefardí que nació en Estambul -ciudad donde se barajan Oriente y Occidente, y a la que él prefería llamar Constantinopla. Pasó su infancia entre París, Praga y Berlín, como hijo único de una pareja cuyo apellido cargaba una inalterable persecución.
Para rematar su carácter fugitivo, Albert, con veinte años -al inicio de la Segunda Guerra Mundial- cruzó el Atlántico para refugiarse junto a sus padres en Sudamérica. Habiendo pasado apenas por Honduras, la trinaria y rica familia Caraco llegó a vivir en Río de Janeiro y Buenos Aires, recalando finalmente en Montevideo -donde se nacionalizaron uruguayos.
En 1941, en Brasil, Caraco publicó su primer libro, compuesto por dos tragedias: Inés de Castro (basada en la historia de la noble gallega que fue exhumada por su amante, el rey Pedro I, para casarse y ser el primer cadáver en gobernar Portugal, pues después de ser muerta fue Reina, como dice Camões) y Los mártires de Córdoba (en torno a los cristianos mozárabes condenados a muerte por la ley islámica).
Este libro resulta un insólito inicio para la apabullante e indefinible obra de Albert Caraco. Sin embargo, aún habiendo sido escrita con rigurosas leyes de versificación -incluyendo una diatriba compuesta por una secuencia solapada de versos alejandrinos al final de Inés de Castro-, las piezas históricas elegidas por Caraco y esa curiosa injuria que resuena con un ritmo arcaico en la última estrofa (la cata-strophe) de su primera tragedia, dan la pauta del estilo fulminante, parco y epigramático por el que lo reconocemos hoy.
El libro de los combates del alma (1949) fue publicado en París después de un periodo de trasmutación personal que Caraco menciona en Mi confesión (1975): Nací para mí mismo entre 1946 y 1948, entonces abrí mis ojos al mundo, hasta ese momento estaba ciego.
Aquel libro de poesía prefigura la transición de un Caraco anclado en la tradición romántica francesa a otro que, después de veinte años, escribiría las escalofriantes imprecaciones que se despliegan en los libros publicados desde 1967 hasta 2010 en la recóndita ciudad galo-romana de Lausanne por obra de la también recóndita editorial L`Âge d´Homme.
De casi una treintena de turbulentos libros publicados en francés, apenas dos han sido traducidos al castellano y publicados por Sexto Piso: Breviario del caos (2004) y Post mortem (2006). Este último fue escrito en 1963, después de la muerte de su Señora Madre. El padre moriría en 1971 y, tal como lo había prometido, su hijo Albert se suicidó un día después del fallecimiento de su progenitor.

La masa de perdición
El encierro de Albert Caraco -quien vivió siempre en la casa paterna y jamás tuvo un trabajo-, su misantropía derivada de su condición de eterno extranjero, muchas veces se ve como la causa de su desprecio por la pululante especie humana, a la que él llama masa de perdición.
Sin embargo, también podemos pensar que tal retiro fue la decisión consecuente de un radicalismo que encuentra en el aislamiento la única posibilidad de redención; pues cualquier trato con la masa de perdición para Caraco es ya un paso en falso que encamina al hombre a dejar resbalar cuerpo y mente en la mecánica automática del caos. Para Caraco el caos obra con una lógica indiscutible (aunque impotente) y funcional en todo momento: el orden. De tal manera, el caos se ve, se nombra y se reconoce en la fatua organicidad del actual orden social.
Si bien es fácil tachar la obra de Caraco como la de un pesimista radical, de un nihilista maldito, un racista, un enemigo del género humano y un fracasado impostor, también es posible atisbar en su escritura el señalamiento de una revelación incapaz de quedarse en ataques gregarios. Para Caraco el poder no está oculto en un gobierno, religión o cultura, sino que late en cualquier idea que, por más mínima, tiende al fanatismo y a la indiferenciación; cualquier ilusión que se plantee es una manera más de atizar el caos. Es así que Albert Caraco escapa del vendaval de ideales, esperanzas y ficciones para mirar -sin nada qué hacer- el desmoronamiento ineludible de la actual humanidad.

La dimensión apocalíptica
Para Caraco el fin de la historia como lucha de ideologías no va a terminar si no es con un nuevo y mil-veces-mayor holocausto, del que sobrevivirá un puñado de hombres destinados a crear la nueva humanidad. Las ideologías, dice él, continuarán su expansión exponencial y serán cada vez más nimias y absurdas -por tanto, imbatibles. De tal manera, su obra pretende llegar a aquellos sobrevivientes, que serán tales por su aislamiento del pensamiento convergente de la masa de perdición.
Por otro lado, en la visión de Caraco, el fin de la historia es el fin de 5.000 años de recorrido que el hombre hizo para extinguir en el caos a la masa de perdición. Y también es el fin de un esquema mental que obliga a leer la historia según ciertos moldes heredados, eficientes y tan macabros como aquellos que mueven automáticamente los engranajes impalpable del caos.
De todas maneras, aunque Caraco se estrelle mil veces contra ciertas razas, clases, gremios, grupos y religiones, es difícil reducir sus palabras a un ataque teledirigido, pues de pronto señala un abismo que está siempre a un solo paso y en todo lado. En ese sentido, cabe mencionar el hecho de que Caraco lanzara lapidarias invectivas contra los antisemitas y tuviera gran estima por Louis-Ferdinand Céline (un escritor abiertamente antisemita), a quien consideraba un auténtico escritor de nacimiento, un hombre poseído.
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Breviario del caos
(Fragmento)

Albert Caraco


Se me dirá que no soy constructivo, se me reprochará que edifique sobre la catástrofe y la considere condición previa al reordenamiento del universo; se me dirá que no soy social, se me reprochará que prevea la inmolación de los locos y la considere necesaria para que la restauración del hombre finalmente tenga lugar; se me dirá que soy inhumano, puesto que la vida de varios miles de millones de insectos no me importa y porque predico el despoblamiento de la ecúmene; se me dirá que soy inmoral, puesto que sacudo el eje de los valores e invierto los signos. Reconozco mis errores, quiero declararme culpable y estoy conforme con perseverar en mis gestiones: es que yo creo en el orden de nuestros días siguientes, este orden del que yo soy uno de los profetas y en quien nuestros descendientes reencontrarán eso que habían profesado los hombres arcaicos. [p. 77]

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