sábado, 26 de marzo de 2016

Ensayo

Sobre las lecturas de Zavaleta

Prólogo del libro René Zavaleta Mercado: El nacional-populismo barroco (Plural, 2016) de Hugo Rodas, que se presentará la siguiente semana en La Paz.



Mauricio Souza Crespo 

La diosa Fortuna
Sobre René Zavaleta Mercado -que acaso sea el más importante ensayista boliviano del siglo XX, como Gabriel René-Moreno, su ídolo, lo fue del XIX- tal vez ya se pueda hablar de fortuna crítica (para, claro, celebrarla). Porque son pocos, muy pocos, los autores que en la historia de nuestra cultura han merecido -como él- tal sostenida atención y perseverancia exegética (devota u hostil, poco importa).
Este interés por Zavaleta Mercado se distingue además porque ha provocado, con una frecuencia inusual para Bolivia, la real lectura de su obra -algo que difícilmente sucede con una parte considerable de lo que sobre René-Moreno o Villamil de Rada o Tamayo o Arguedas se ha escrito: a menudo expresiones de la encomiástica o la diatriba poco o nada preocupadas con la especificidad de un pensamiento-.
En suma: sobre Zavaleta no solo hay una bibliografía, sino que los textos que la conforman son por lo general legibles, interesantes, no pocas veces lúcidos.

Las lecturas de Zavaleta
Las interpretaciones de la obra zavaletiana pueden ser organizadas en dos grandes destinos: por un lado, es cierto que muchos de sus textos han sido leídos bien; por el otro, también abundan los abusos e instrumentalizaciones. Del abuso de su obra, además de señalar que existe y que últimamente amenaza con convertirse en una pequeña industria, difícilmente es posible intentar generalizaciones que no sean sociológicas. Son abusos que corresponden a los riesgos de toda lectura y que van, en este caso:

a) desde las instrumentalizaciones para-estatales de conceptos (como la banalización de abigarramiento, que deviene una categoría celebratoria, del tipo: “¡Ay qué lindo, qué abigarrados que somos!”; o como la del concepto de Estado aparente, que nombra ahora, en las fantasías del populismo corporativo, aquel Estado no entregado a una insaciable centralización autoritaria);
b) hasta las críticas liberales de Zavaleta Mercado, un tanto innecesarias pues comprueban simplemente -aunque monten un espectáculo histérico con su “descubrimiento”- que Zavaleta era marxista (y, por lo tanto, poco inclinado a compartir los dogmas liberales de estos alarmados intérpretes).

Felizmente, la mayor parte de las lecturas de Zavaleta no son abusos y, de hecho, son útiles. Y puesto que ha corrido el rumor de que su obra no es fácil -i.e. que requiere de explicaciones-, esas lecturas son incluso imprescindibles. Algunas son exégesis puntales (como las de Luis H. Antezana), otras son totalizadoras (como la de Luis Tapia), pero comparten, a pesar de sus estilos y ambiciones diversos, una misma pulsión descriptiva, casi pedagógica: quieren explicar a Zavaleta.

La diferencia de Rodas
En este libro, Hugo Rodas también quiere explicar a Zavaleta Mercado. La suya es una explicación que busca su diferenciación en por lo menos tres gestos:

a) Es sostenida e inmisericordemente crítica con la obra de Zavaleta, obra en la que identifica límites, renuncias, parálisis y retornos vinculados a lo que llama “el nacional-populismo”.
b) Presta atención a la construcción escritural, a la cuestión del estilo (barroco) de Zavaleta, que no es, en su lectura, mero obstáculo (o defecto) que habría que despejar del camino sino principio constitutivo de la manera en que los conceptos (o metáforas) son creados. Esta atención, habría que añadir, es el resultado de una lectura minuciosa, de esas que resultan de un regreso (de una vida entera) a los textos.
c) Aborda, por vías más bien múltiples, la relación entre vida y obra. Este libro es, por eso, no solo una explicación de los textos de Zavaleta sino su biografía político-intelectual.

De su fervor crítico (a) y de su atención a la escritura de Zavaleta (b) -diferencias de la lectura de Rodas que el lector puede explorar a su antojo y en detalle leyendo este libro- no diremos mucho en estas líneas prologales. Bástenos señalar que ese su impulso crítico no pocas veces es alimentado por los vientos de la polémica y que se sabe algo especulativo (aunque, casi siempre, plausiblemente especulativo). Y que su atención al “barroquismo” discursivo de Zavaleta va mucho más allá de señalar que “escribía en difícil” para rastrear aquello que ya Zavaleta había notado en Marx, es decir, que “la expresión tiene su propia misión hacia la ciencia, pero también una misión política”. (Y difícil no pensar aquí, respecto al “problema de la expresión”, que Rodas, en su escritura, se inclina mucho más -por sus preferencias agónicas y digresivas, no lineales- al estilo de Zavaleta que al de Marcelo Quiroga Santa Cruz, escritor y político al que admira casi sin reparos).

Obra y vida de Zavaleta
Si algo diferencia la lectura de Rodas es el principio mismo que la organiza y hace posible: la articulación explicativa de vida y obra. O, si usamos los términos de Rodas, más precisos, la idea que preside su explicación de la producción teórica de Zavaleta es que es una productividad que corre el riesgo de no ser entendida si la separamos “de elecciones personales alrededor de una práctica política militante”.
En ello, Rodas no se aparta de Zavaleta, para el que siempre fueron significativas las elecciones no solo de la clase sino del individuo. No habría en esto tan solo el reconocimiento de las maneras en que la praxis califica una teoría, sino además el hecho clásicamente moderno de que “ser es elegirse” (frase de André Gide que Zavaleta citó más de una vez y que Rodas destaca).
La respuesta a la gran pregunta de Rodas –“¿cómo deberíamos entender las relaciones entre vida y obra en Zavaleta?”- es, con innumerables matices, bastante clara: la de Zavaleta es la historia, dice, de “un hiato insalvable entre el discurso y la práctica política, es decir, entre el nacionalismo revolucionario y aun la teoría marxista y su involución política conservadora hacia la ideología del nacional-populismo”.
Esta, la del hiato insalvable, vendría a ser así como la figura emblemática de su interpretación, que no por nada acumula sinónimos para nombrarla: es el impasse, el punto ciego, el sentido esquizoide, el divorcio, en Zavaleta, de teoría y práctica.
La hipótesis explicativa de Rodas sería una simple postulación biográfica, una mera relativización (del tipo: “de la teoría al hecho hay mucho trecho”) si no fuera porque conduce hacia efectos teóricos e historiográficos interesantes.
Por ejemplo, nos obliga a pensar los momentos de la producción conceptual de Zavaleta no como organizados en una progresión evolutiva (hacia el “marxismo crítico” del final de su vida) sino en una circular y continua relación de tensión, de constante retorno contradictorio a los mismos traumas (i.e.: a su culturalismo y nacionalismo juveniles). Y nos exige imaginar que ciertas especificidades políticas quizás relativicen los alcances de lo teórico (¿por qué Zavaleta no discute, en su texto más famoso sobre el fin del Estado del 52, el papel de sus excamaradas Bedregal y Fellman Velarde en la Matanza de Todos Santos de noviembre de 1979?). O hace posible que entendamos algunas categorías como una sublimación de su aceptación de límites conservadores: la discusión obsesiva del bonapartismo, por ejemplo, sería un intento de conciliar o velar su nacional-populismo,  sería una resignación al pacto y a la conciliación, sería una renuncia.

En todo esto, lo que regresa (¿como la obra misma de Zavaleta y su buena fortuna durante el “proceso de cambio”?) es aquel muerto viviente que, pese a los anuncios necrológicos, parece no querer resignarse a su entierro: el nacionalismo revolucionario. Un horizonte que -más allá de aquello que Zavaleta, casi disculpándose, llamó “los padecimientos de la militancia”- lastra como los muertos, cree Rodas, el marxismo del mayor ensayista boliviano del siglo XX. 

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