sábado, 21 de marzo de 2015

ALTIplaneando

Arte menor: Antología poética
de Benjamín Chávez


Reseña del más reciente libro del vate orureño, publicado en una editorial mexicana.



Edwin Guzmán Ortiz

La poeta mexicana Leticia Herrera ha concebido desde 2012 la feliz iniciativa de editar pequeños libros de poesía -de Monterrey para el mundo. Se trata de Ediciones Caletita, proyecto editorial independiente de promoción a la lectura que busca difundir la poesía y el arte, a través de una producción artesanal, con el propósito de acercar la obra de los poetas del mundo al público lector, sobre todo a la población joven.
En su colección de las Vaquitas Flacas, se ha publicado recientemente Arte menor. Antología poética del poeta boliviano Benjamín Chávez. El pequeño ejemplar nos brinda una panorámica de su obra hoy, ya, al cabo, desplegada en ocho poemarios. Se trata de poemas seleccionados cuidadosamente y que constituyen una muestra representativa de su obra, obra que ha merecido diferentes premios nacionales.
La obra de Benjamín forma parte fundamental de ese nuevo filón de poesía -todavía en prospección- que se viene escribiendo hoy en Bolivia, bajo el signo de la exigencia, la renovación y la capacidad de adentrarse en ese paisaje incesante de horizontes, cimas, oquedades y divertículos en los que viaja la poesía. A lo largo de casi veinte años, y de manera persistente, ha ido puliendo su voz, una voz que hoy posee un rostro propio.
Su poesía fluctúa entre la contemplación, el recogimiento y el inventario de ese cúmulo de experiencias que han dejado una marca en la piel del poeta. Tal como lo expresa el título de uno de sus poemarios -Manual de contemplación- su poesía transparenta y talla la suspensión del instante con alto coeficiente revelatorio: “Un par de loros volando a sus nidos / rayan con picos engarfiados/ el inverso cielo de la laguna Isirerí”.
Mas, no se trata exclusivamente de la contemplación hedónica -esa escenificación del imaginario que comulga con los cuatro puntos cardinales de lontananza- sino que además dueña de proverbial osadía rota hacia el palpo testimonial para morderse en la balanza oblicua del grotesco; en el poema Rituales alude al destazamiento de unos toros a plena luz de una pequeña plaza de comarca: “Son cabezas de toro, degollados al sesgo/ de la rutina mortuoria de la cadena alimenticia/ Con un hacha de largo mango/ los golpes dan cuenta de la cornamenta/ y la furia de la vida resollante en las ventas/ se rinde ante el amasijo de ojos como vidrio molido”.
El agua es la sustancia que inflama la ignición de su palabra, ya sea discurriendo por el clásico río de Heráclito: “Viendo pasar el río/ cualquier río / dicen, se ve pasar el tiempo”; o en el ritual de un tiempo implosivo que desdeñoso del tránsito se contrae, retorna o se expande, o funde en otros tiempos paralelos que van de la fijeza a la celebración, de la melancolía a la memoria, de la consumación del deseo a ese río interior que viaja en las palabras.
El poeta en este afán ocupa espacios disímiles bajo el signo de la errancia: el río Spree, la laguna Isirerí, el río de las sigilosas piraguas, el de las playas desiertas del Beni, para intentar asir la vida, ese otro líquido”. 
A contrapelo de la filosofía Baumaniana, que asume lo líquido como precariedad y transitoriedad en el marco de una modernidad decadente, Benjamín Chávez recupera el antiguo sentido del agua como substancia esencial, metáfora arquetípica que alimenta y soporta la vida.
Más cercana a los misterios del acaecer, de la ablución, de la fertilidad, convocando alternativamente la contemplación y el tránsito, en ella se está y se va. Se es y se discurre. Junto a ese río vital y germinal, se abren las compuertas del deseo: Este río femenino que lo ha lavado todo”.
De este modo el eterno femenino ronda las faenas del poeta. Eco, no presencia, resonancia de la nostalgia que embebe la memoria y sus encarnaciones. Presencia fugitiva que asoma en cada recodo, deseo del deseo, abrazo escondido en los meandros del tiempo y la palabra. “Solo, a la orilla de los recuerdos,/ siento el sol como tus ojos./ Ahora que no estás dime ¿quién me salvará de tanta belleza?”.
Metaforizada la escritura también se transmuta en agua, dice el poeta en Espejo de agua: “Contemplo mi rostro, más que inexpresivo, invisible./ Mudez de las horas y los motivos,/ la laguna textual en esta página que/ cambia de color a la luz del atardecer/ inunda la planicie no manchada por lo escrito y/ moja el resto del libro, humedeciendo, diluyendo, borrando”.
La ronda verbal se torna autoreferencia del oficio. Escritura en la ardua tesitura de la perfección, palabras que pugna el poeta por tornarlas irreductibles y perdurables: “Un instante a solas y ya garabateo versos./ La respiración agitada,/ saltos de mata por palabras enmarañadas/...  Pobre aventura de la dicción y el grafito…”.
Verso tras verso, uno se enfrenta a una caja de resonancias, donde los sentidos no se agotan en el primer toque verbal. De este modo, las palabras se desdoblan y desde ese doble fondo de la frase aluden otra realidad, esa otra cosa que no cesa de enunciar el poema: “Piel de serpiente en plena muda / el idioma se descascara / cada tarde cada muerte.
Pasión que se prolonga en la lectura, en la escritura de poetas medulares: Emily Dickinson, Sylvia Plath o Idea Vilariño, prolongando la condición de certidumbre o anegamiento que alberga la poesía, a su modo homenaje íntimo de quienes desde diferentes registros escriben para no perecer o, acaso, terminan acabándose al escribir. 
Se trata de una poesía de pasajes, ríos, ritos, una poesía que comunica espacios, sensaciones, una poesía de inmersiones y de un lento discurrir: “El planeta se apoya en mi espalda, mi lentitud es un premio”. Una poesía que se abraza al tiempo y lo trasfigura, sea desde la almena transparente de la propia mirada, desde herrumbrados cuarteles o el ocaso de los bares trasuntando una épica cotidiana, desde la débil música de las suaves cosas, o el rumoroso hálito de sombras y trazos femeninos que se inflaman al evocarlos en la otra orilla del bostezo cotidiano.
Al margen de cierto coloquialismo que se ha vuelto moneda común en el hacer de no pocos poetas actuales, Benjamín Chávez exuda una poesía que se atreve a forjarse  desde una mirada interior, desde un lenguaje abierto en permanente búsqueda, desde el parapeto de un tiempo que exige una poesía esencial. Escribe: “Cada instante se estremece/ y lo quedo nos habla con una voz más íntima”. 

Sin condescender a los aparatos ideológicos, teológicos o morales, roza la historia pero no la toca, más que juzgar al mundo, lo revela y lo celebra. “El mundo es un sitio para amar” por lo mismo reza la última línea de la antología. 

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