sábado, 18 de abril de 2015

Entrevista

“Bolivia es parte de mí, vaya donde vaya”

Recuperamos parte de una conversación vía correo electrónico, sostenida con Eduardo Galeano en julio de 2008, y que originalmente fue publicada en el suplemento literario Fondo Negro.



Martín Zelaya Sánchez

En uno de los encuentros ceremoniosos, casi fetichistas-enfermizos (largas horas de fugaces relecturas-hojeadas) con mi biblioteca me topé con tres tomos de Eduardo Galeano: Amares, El libro de los abrazos y Días y noches de amor y de guerra.
Recordé entonces lo bien que me llevaba con el uruguayo y su universo literario-histórico -creo que es imposible desligar ambos términos al comentar su obra- a mediados de los 90.
“Llega al mercado el abuelo de Juana, -escribe en Amares- muy triste porque hace mucho tiempo que no sueña. Juana lo lleva de la mano y lo ayuda a elegir sueños, sueños de mazapán o de algodón, alas para volar durmiendo, y se marchan los dos tan cargados de sueños que no habrá noche que alcance”.
Hojeando, releyendo trozos, recordando portadas y contraportadas y disfrutando de las ajaduras y anotaciones -que en eso consisten mis frenesís bibliómanos- hallé ese y otros trozos del autor de Memorias del fuego.
“Yo sentía las lastimaduras que Florencia iba a sufrir a lo largo de los años y hubiera querido que Dios existiera y no fuera sordo, para poder rogarle que me diera todo el dolor que le tenía reservad”.
Otros tomos, otras memorias entre el desorden de mis libros, me recordaron por qué había dejado de lado tanto tiempo a Eduardo. Como él también pregona y recomienda, hay que seguir viviendo y probando, y avanzando.
Fue entonces grande la casualidad que pocos días después el autor se ganó un reconocimiento del Mercado Común del Sur (Mercosur) a su trayectoria literaria, y que lo nominaron al Premio Príncipe de Asturias.
Pero fue más aún la buena coincidencia, que pude, sin tanto esfuerzo como había imaginado, dar con su correo electrónico.
Amable pero sin tiempo, Galeano demoró poco más de tres semanas en responderme, no sin antes un simpático intercambio de breves mails de coordinación.

- ¿Qué detalles y características nos puede comentar de Espejos, su último libro?
- He querido contar la historia de los nadies, de los ninguneados, pero esta vez me atreví a intentarlo sin hacer caso de las fronteras del mapa ni del tiempo: cuento cosas desconocidas, o muy poco conocidas, sin que me importe ni un poquito los lugares ni los momentos.
Hay episodios de las Américas, pero también de muchos otros lugares, de hace siglos o milenios. Como digo en la contratapa: para que los anónimos tengan nombre: los hombres que alzaron los palacios y los templos de sus amos; las mujeres, ignoradas por quienes ignoran lo que temen; el sur y el oriente del mundo, despreciados por quienes desprecian lo que ignoran; los muchos mundos que el mundo contiene y esconde; los pensadores y los sentidores, los curiosos, condenados por preguntar, y los rebeldes y los perdedores y los locos lindos que han sido y son la sal de la tierra.

- El libro de los abrazos, Días y noches de amor y de guerra, Mujeres..., como tantos otros títulos suyos, tienen la característica de estar formados con brevísimos capítulos, fragmentos, extractos que, en torno a anécdotas históricas, conforman una sola unidad. ¿Cómo concibe este estilo, es un sello suyo, es influencia de algún otro escritor... cree que escribir de esta manera facilita la lectura de gente poco experimentada en la lectura?
- No sé si facilita la lectura, y no lo hago por eso. Me gusta escribir cortito, decir mucho con poco, y tampoco lo hago porque me resulte más fácil. Al revés: cada brevísima página es el resultado final de muchas páginas arrojadas al cesto de la basura.
Hace poco, al final de una lectura de Espejos en Ourense, un viejo gallego me dijo: “Qué difícil ha de ser escribir tan sencillo”. Y así es, pero vale la pena. En América Latina la inflación palabraria hace tanto o más daño que la inflación monetaria. Es como si algunos intelectuales razonaran así: “Ya que no podemos ser profundos, seamos complicados”.

- En Bolivia la mayoría de sus libros circulan en ediciones piratas. Hace unos meses leí una declaración suya de que le interesa tanto que su escritura llegue a la gente, que no condena del todo a la piratería por facilitar ese fin. ¿sostiene esa idea, qué reflexiona al respecto?
- Yo trabajo con editoriales independientes, pequeñas, que están fuera del gran circuito comercial, y les hacen daño las ediciones piratas. No puedo estar a favor de eso, aunque sí comprendo que la piratería ayuda a poner libros al alcance de bolsillos casi vacíos.

- Hace unas semanas le dieron una distinción del Mercosur, fue finalista en el Premio Príncipe de Asturias de las Letras... ¿qué piensa de los premios y reconocimientos literarios?
- Sí, acabo de recibir el título de primer Ciudadano Ilustre del Mercosur. Estoy muy emocionado y muy orgulloso. Vanidoso, no: orgulloso. Me alegra, y mucho, el reconocimiento recibido de la región del mundo más entrañable para mí, este sur del sur, aunque yo soy patriota de muchas patrias y creo que los mapas del alma no tienen fronteras.
De todos modos, no sería del todo sincero si no aclarara que los premios más premios están en los abrazos de la gente, y no en las medallas ni en los diplomas. Como decía José Martí, “todas las glorias del mundo caben en un solo grano de maíz”.

- Cuál es la relación de Eduardo Galeano persona y Eduardo Galeano escritor con Bolivia, y qué opina de la actual etapa de cambio político, social, cultural…?
- Bolivia es parte de mí. Está en mí, vaya donde vaya, ande donde ande; y yo estoy en Bolivia sin estar estando. Me parece fundamental el proceso que encabeza Evo Morales. No solo para Bolivia, sino para el mundo entero, que está enfermo de racismo aunque siga siendo una enfermedad rara vez confesada.

Dicho sea de paso, te cuento que en Bolivia tuve, hace ya muchos años, mi bautismo de fuego como escritor. Llevaba yo un buen tiempo en Llallagua, y había llegado la hora de partir. Nos pasamos toda la noche bebiendo, chicha al principio, después singani, con mis amigos mineros. Y cuando ya estaba por sonar la sirena que convocaba al socavón, me rodearon y me obligaron: “ahora, hermanito, dinos cómo es el mar”. Yo sabía que ellos, condenados a la muerte temprana y a la soledad de la geografía, nunca iban a ver el mar. Y yo tenía la obligación de encontrar palabras que fueran capaces de mojarlos…

No hay comentarios:

Publicar un comentario