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martes, 7 de junio de 2016

Poesía

He leído



Texto leído por Andrés Ajens, escritor y compatriota del autor, durante la presentación del poemario Temporarias de Emma Villazón, en la Feria del Libro de Santa Cruz.


Pablo Oyarzun R. 

He leído este libro inconcluso -del que ya no sabremos su forma y figura definitiva- con asombro constante.
Lo he leído más de una vez, varias veces. He llevado el pulso de su verso, he intentado auscultar la vecindad y la distancia de sus palabras y cada vez me he rendido ante su evidencia. Porque de evidencia se trata. No la evidencia de lo que se demuestra con razones, aunque razón y discurso no son ajenos a lo que dicen y hacen estos poemas, sino la (e)videncia de la palabra.
Gabriela Mistral llamó soberbiamente a la poesía “materia alucinada”. Materia: palabra. Las de Emma Villazón son palabras alucinadas, pero no porque susciten imágenes en el ánimo del que las lee, todo lo contrario. Si acaso las suscitaren, diría un abogado del diablo, pues bien: las fagocitan, las degluten, las demuelen en su íntima, reservada sonoridad. Aunque esta es sonoridad que se ve, que destella. Estas palabras, en su vecindad y su roce y en su chispa se encandilan unas a otras, se llaman unas a otras, se despiden unas de otras, se reencuentran.
¿Y qué dicen los poemas, qué hacen? Prudentes y bien avisados, los editores nos advierten que el statement de la poeta en la formulación del proyecto de este libro debe tomarse con un grano de sal, cum grano salis, porque no refleja necesariamente, no diré el propósito del poemario, sino todo lo que en él ocurre, lo que habría de ocurrir de haber sido llevado al cierre.
Pero sí me parece importante atender al motivo central que invoca Villazón: aproximar a las temporeras -que así se llaman porque son trabajadoras estacionales, de temporada, de cosecha, que el resto del año deben buscarse la vida de otras maneras, en otros rubros, como se dice- aquellas otras mujeres que deben laborar a paga de honorarios en menesteres inciertos, inestables, vinculados, dice Emma, a la palabra.
Es propia experiencia, sí. Experiencia de precariedad, de imposición, de imperiosa adaptación a unos ritmos y unas condiciones de empresa: experiencia, también y por eso mismo, de expropiación de la propia experiencia y de expropiación de la palabra, puesta a trabajar, también ella, a tiempos monótonos. Que, sin embargo, esconde, en esos tiempos, el otro tiempo.
Así como en el embotamiento de la forzada labor emerge -puede emerger, asomar, anunciarse, porfiar-, como un iceberg de sueño, de memoria, de vislumbre, la otra vida, no “la otra vida”, que le dicen, que no es la de aquí, la del “nivel extraterreno”, que diría Emma, no, no: la de aquí, la que abriría el aquí, a todo estar. Trabajan así, aquí, las palabras, obreras, como temporarias.
Me sorprende una como dichosa hospitalidad de estos versos, para acoger -amorosamente, diría, pero con amor riguroso, exigente, terrible a veces- palabras que vienen al vuelo desde otros poemas, desde poemas de otros y otras, de otros tiempos -no puedo hacer el catálogo, porque solo es eco y reverbero, ensoñación, vestigio, vértigo, pero las reconozco, las reconozco sin falta, reconozco sus latidos y cadencias y sus ritmos, como si las hubiese escuchado, sentido, palpado desde siempre.
Es lo que debe pasarle a cualquiera que pase por aquí, que por un instante siquiera se deje mecer y remecer por estas líneas, voces, hablas. Siente, por un instante, palpitar en las palabras más raídas y más banales, las maquinales, o en las que parecieran haber estado todo el tiempo peleadas, siente palpitar una vida imprevista, acaso imposible y sin embargo cierta.
Alucinadas, decía, las palabras no sueltan sus imágenes, no las proyectan como sombras, no consienten en la epifanía, se las reflejan unas a otras, se las guardan en secreto, quizá como promesa.
El poema es la promesa. Es el habla del secreto. Emma Villazón: deposito aquí mi asombro como ofrenda. No se va quien nunca se aleja.


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