martes, 7 de junio de 2016

Discurso

Evocaciones de un hacedor de fábulas



Con este título, que es nuestro, reproducimos el discurso leído por Homero Carvalho durante el acto en que se le confirió el Premio Anual de la CDL de Santa Cruz en la Feria del Libro.


Homero Carvalho Oliva

En mi libro Diario de los caminos incluyo un texto titulado La Luna, que dice: “Nemecia, mi abuela materna, que descendía de los indígenas movimas de la Amazonia boliviana, afirmaba que la verdadera Luna no es la que está en el alto cielo nocturno, sino la que se estremece sobre las ligeras olas de la laguna”.
En esta historia, que no sé si es verdadera o si la inventé, está, para mí, el origen de la literatura y eso es lo que he venido haciendo a lo largo de estas cuatro décadas de escribir; 34 años de publicar si tenemos en cuenta que en 1983 publiqué mi primer libro de cuentos Biografía de un otoño.
En este tiempo descubrí que, como dice John Updike, “cuando uno escribe para sí mismo, con honradez, descubre que está escribiendo para todo el género humano”, creo que esa es la misma y vieja promesa de fidelidad que cada artista se hace a sí mismo, silenciosamente, todos los días y pienso que ahí radica la nobleza del oficio de escribir; porque al dialogar descubrimos que en la historia de la humanidad “el hombre ha experimentado mucho. / Nombrando a muchos celestes, desde que somos diálogo / y podemos oír unos a otros”, tal como lo afirma Friedrich Hölderlin, otro de mis poetas favoritos, constatando que no estamos solos y que la escritura y la lectura es ese diálogo sagrado.
Los que me conocen saben que soy un hacedor de fábulas, un narrador que ya no sabe si lo que cuenta es real o ficticio, al que le suceden cosas tan inverosímiles como que le otorguen este importante premio.
Si bien, no escribo para ganar premios, ni me he convertido en un gestor cultural para obtener distinciones, debo reconocer que estos se constituyen en evidentes estímulos para seguir en la brega cotidiana. Todos los premios reconocen la obra de una persona en particular, desde la humilde distinción que recibe un poeta en un pequeño pueblo perdido en el mapa, hasta el celebérrimo Premio Nobel de Literatura.
Los premios y los agradecimientos se igualan en su significado, por eso quiero citar, un párrafo del discurso que el escritor norteamericano William Faulkner pronunció cuando recibió el Nobel: “creo que este honor no se confiere a mi persona sino a mi obra, la obra de toda una vida en la agonía y vicisitudes del espíritu humano, no por gloria ni en absoluto por lucro sino por crear de los elementos del espíritu humano algo que no existía. De manera que esta distinción es mía solo en calidad de depósito”, y lo suscribo porque sé que los me antecedieron en este honor, tenían bien ganados los méritos para enaltecerlo y espero ser un buen custodio para el próximo homenajeado.
A tiempo de agradecer a la Cámara Departamental del Libro Santa Cruz, a Sarita Mansilla y al directorio de la misma, por este galardón que lo recibo con humildad y compromiso, quiero hacerlo con mi familia. Primero con mis padres.
Mi padre, Antonio Carvalho Urey, me enseñó el lenguaje de los libros. Era culto e ilustrado como el hombre de un cuento de Ray Bradbury que estaba lleno de historias. Por sus consejos leí a los clásicos universales: Aristóteles, Sócrates y Platón en la filosofía y Homero, Dante, Shakespeare y Cervantes en la literatura.
Soy de la generación que creció leyendo al boom latinoamericano que reinventó la literatura en lengua castellana, y recuerdo que, cada vez que lo visitaba en Trinidad, tenía los últimos libros de los imprescindibles García Márquez, Vargas Llosa, Carpentier, Rulfo, Borges, Cortázar, Onetti y los de poetas como Neruda, Vallejo y Huidobro.
Antonio, mi padre, también me enseñó a leer a los nuestros, a escritores y poetas como Juan B. Coímbra, Nataniel Aguirre, Augusto Céspedes, Franz Tamayo, Jaime Saenz, Yolanda Bedregal, Raúl Otero Reiche, Adela Zamudio, Horacio Rivero Egüez y otros.  
Si él fue la escritura, los libros y los atlas, mi madre, Janola Oliva Mercado, fue la naturaleza, el viento y las estrellas, así como la sabiduría de la tierra amazónica, las tradiciones y las leyendas y, naturalmente, el amor y el cariño que me protegía de los males de la humanidad.
De ambos aprendí a leer y a escribir, de uno a leer los libros y de la otra a leer el lenguaje de la naturaleza, como se debe aprender más allá de la escuela si queremos ser algo en la vida. En la universidad, en el alba de las revelaciones, cuando la revolución también era una muchacha, un día, como una aparición entre los profetas del trotskismo, vi pasar a una muchacha pecosa y de crespa cabellera, vestida con jeans y un poncho de alpaca, que iluminaba el mundo con su sonrisa, de la que no sabía nada, ni siquiera su nombre; el sol proyectó su sombra sobre mi nostalgia y, al verla, fue como si toda la energía oculta de la tierra subiera por mi cuerpo, vi los mundos que quería descubrir en su mirada y la amé como si la revolución dependiera de ello.
Esa muchacha se llama Carmen Sandoval Landívar y me casé con ella en 1988. Hoy, no sería lo que soy si ella no hubiera estado a mi lado. Gracias amada. Y como el amor lo puede todo, fue el amor quien me trajo a esta ciudad y aquí he escrito la mayor parte de mi obra literaria, he realizado talleres de escritura creativa y he donado casi toda mi biblioteca, así como los libros de gente noble que me los confía para que los haga llegar a otros lectores.
Tengo tres hijos: Brisa Estefanía, Luis Antonio y Carmen Lucía, y el amor de ellos también hizo posible que sea una mejor persona, que me dedique a dirigir talleres de literatura y que done los libros que eran su legado. Son tan generosos y esplendidos que nunca me reprocharon nada, siempre me apoyaron en todos mis emprendimientos, aun sospechando que podía fracasar. Ellos son Ariadna y cada noche me entregan un hilo, con que puedo salir del laberinto de mis pesadillas para enfrentarme al día.

También quiero agradecer a las amigas y amigos que siempre han estado para mí, a los reales y a los imaginarios; a los que me acompañan desde el barrio, el colegio, la universidad y el trabajo; como también a los que se perdieron en el camino o a los que tomaron otros rumbos, buenos o malos, de todos ellos he aprendido mucho, porque los amigos son los libros y uno es, al mismo tiempo, los libros que ha leído como los que ha dejado de leer. 

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