sábado, 21 de mayo de 2016

Las escenas

Un oasis de horror

Libros & películas. Una mirada. Una lectura de los pasajes que cambiaron nuestra forma de ver el mundo.



Aldo Medinaceli 

La misma escena repetida una y otra vez. El ambiente apocalíptico y desértico. Los cadáveres nombrados uno tras otro. La policía cumpliendo un trámite. La misma mujer violada y asesinada, una y otra vez. Mujeres jóvenes, desaparecidas, lanzadas a un costado del camino como botellas vacías. A veces desnudas, torturadas o anónimas sino invisibles. Una misma escena que de tanto ser repetida se convierte en algo cotidiano, perdiendo su cualidad agresiva. El número: 2666, título de la última novela de Roberto Bolaño.
En la cuarta parte de esta novela, llamada “La parte de los crímenes” se detallan las posiciones de estos cadáveres y las pudorosas pesquisas que se acercan más a lo gore que al relato policial.
Los asesinatos suceden en Santa Teresa, un espacio ficcional pero que en verdad no pertenece a ninguna parte. Aunque el trasfondo social sea la fronteriza Ciudad Juárez en el norte de México, Santa Teresa parece más una pesadilla aterrizada de H.P. Lovecraft o El castillo de Josef K., esta vez operando con toda su atroz maquinaria sobre la vida de sus habitantes, entre gente adormilada y un poder oculto que nadie conoce, que nadie ha visto, que nadie quiere ver.
Y si hablamos de ciudades literarias, la Santa Teresa de Bolaño se acerca mucho más en su línea genealógica a la Comala de Rulfo -con sus violencias reprimidas e iras abatidas- que al Macondo garciamarquiano o a la edénica Santa María de Onetti.
En Santa Teresa ocurren crímenes a diario y nadie hace nada. El narrador enumera página tras página los nombres, edades y descripciones de las adolescentes asesinadas. Tal como si fuera un informe policial -frío y técnico- enumerando cientos de casos (en Ciudad Juárez ya van miles de asesinatos), mientras los habitantes de aquella apocalíptica villa intentan seguir con la vida de todos los días.
Tan solo algunas de las descripciones de esta misma escena, con sus variaciones, elegidas al azar, dicen así:

“La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia Las Flores. Vestía camiseta blanca de manga larga y falda de color amarillo hasta las rodillas, de una talla superior”.
“La primera mujer muerta del año 1994 fue encontrada por unos camioneros en un desvío de la carretera a Nogales, en medio del desierto”.
“El año de 1995 se inauguró con el hallazgo, el cinco de enero, de otra muerta. Esta vez se trataba de un esqueleto enterrado a poca profundidad en un potrero que pertenecía al ejido Hijos de Morelos. Los campesinos que lo desenterraron no sabían que se trataba de una mujer”.
“Cuatro días después apareció el cadáver mutilado de Beatriz Concepción Roldán a un lado de la carretera Santa teresa-Cananea. La causa de la muerte era una herida, presumiblemente infligida con un machete o un cuchillo de grandes dimensiones, que le había abierto un canal desde el ombligo hasta el pecho”.
“En noviembre en el segundo piso de un edificio en construcción, unos albañiles encontraron el cuerpo de una mujer de aproximadamente treinta años, de un metro cincuenta, morena, con el pelo teñido de rubio, con dos coronas de oro en la dentadura, vestida únicamente con un suéter y un hot-pant o short o pantalón corto. Había sido violada y estrangulada. No tenía papeles”.

Los amigos de Roberto Bolaño cuentan que escribía esta novela escuchando thrash metal a todo volumen y que en algún momento pensó en llamarla Tormenta de mierda.
En un desapercibido pasaje de la novela Amuleto se menciona la cifra que da el título final de esta obra como un azaroso tiempo de desconcierto:
“…empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprimida que antes, la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo”.
Aunque en realidad no sabemos si el título es una fecha, un estado de ánimo, una especulativa cifra bestial o simplemente una referencia a un momento catastrófico para las personas.
El caso es que La parte de los crímenes de 2666 también puede leerse como una constante variación de un mismo hecho que sucede un número infinito de veces en el tiempo y que solamente encuentra pequeñas e imperceptibles diferencias, pero que, en el fondo, se trata de una sola acción: una sola mujer muerta, un solo asesinato y una sola secuencia criminal que el narrador reitera obsesivamente una y otra vez hasta que el hecho que alguna vez fue una afrenta se convierte en cotidiano.
El estado de ánimo de estos personajes está ya muy distante de aquellos poetas idealistas y buscadores de libertad que poblaban las páginas de Los detectives salvajes, o de la divertida erudición intelectual de la fantástica Literatura nazi en América.
Pues el último Bolaño es más oscuro, sardónico y hasta pesimista, enfocándose en un futuro incierto en donde la única esperanza parecer ser conocer la identidad de los malhechores y no tanto encontrar una posible luz que brinde esperanza.
En suma, se trata de una escena que en su repetición y constante denuncia forma quizás el mejor de los capítulos de la obra póstuma del gran narrador chileno, y que solamente parece justificarse por aquel maldito verso de Baudelaire que sirve de epígrafe a la obra en su totalidad: “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”.



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