sábado, 27 de febrero de 2016

Libros

Jonathan Frazen pasea por Bolivia


Reseña de Purity, la nueva novela del estadounidense, que tiene un par de referencias a Bolivia.



Carlos Decker-Molina

- “¿Bolivia?
- Un país sin salida al mar -dijo Tad
… tenía salida pero Chile se la robó… hay un sitio en las  montañas, Los Volcanes. Era de un alemán que se dedicaba a la topografía ecológica”.

Es un diálogo entre Tad Milliken y Andreas Wolf, dos personajes de la novela Purity de Jonathan Franzen. Tad es un  millonario huido de la justicia que vive en Belice y Andreas es un exciudadano de la extinta DDR, una especie de Snowden/Assange que busca financiamiento para su proyecto.
Pero hay más sobre Bolivia

- “¿Hay electricidad? ¿Hay cable?
- Nada, pero el país tiene un presidente con el que se pueden hacer negocios. Cuando lo eligieron presidía la asociación de cultivadores de coca.
- ¿Dejó de dirigir?
- ¡Qué va! A eso le llamo yo tener estilo, presidente de Bolivia y de la asociación de cultivadores de coca a la vez. Me jodió con lo del litio, hizo lo que tenía que hacer. Y, ahora está en deuda conmigo”.

Estos fragmentos están casi al final de Purity. En los inicios hay otra mención simpática cuando Purity (el personaje principal que se hace llamar Pip) dice “al menos en Bolivia las vacas comen hierba”.
Purity no es una novela sobre Bolivia, es una obra global que abarca lugares como California, Colorado, Alemania (la ex DDR, quizá el mejor capítulo) y Bolivia.
A Franzen lo he leído en Las correcciones y Libertad, aparte de una maravillosa crónica sobre el cerebro de su padre muerto con Alzheimer. Es un hacedor de realismos, pues, me refiero a la relación de la realidad con la fidelidad que no debe depreciarse y, con la verdad, es decir una cosa puede ser real sin necesidad de que sea cierta. Pienso que esa ambivalencia posibilita el acto creativo.
En pleno siglo XXI, el realismo, lejos de ser anacrónico, es una opción tan válida como cualquier otra en el campo de la ficción. La literatura de Franzen pertenece a ese género.
La estructura de Purity está compuesta por tres historias distintas de tres personajes que comparten relación con la protagonista, historias que se apoyan y son el cimiento de la trama principal, pero no forman parte de ella por razones de tiempos y espacios diferentes, es aquí donde Franzen se luce porque a pesar de las distancias físicas y temporales, sus personajes se van haciendo nítidos cada vez con más fuerza.
Andreas Wolf el alemán del este, súper inteligente con una madre con “historia”, profesora de literatura inglesa que habla con su hijo a través de citas de Shakespeare, posesiva y con una sexualidad casi agresiva. Leila y Tom desbordan verosimilitud, o el otro par formado por el mismo Tom con Anabel. Y Pip, Pureza, Purity que deambula un mundo de “okupas” en busca de su identidad perdida en un recoveco de Oakland. Hurga en los silencios enfermos de la madre que nunca le revela quién es el padre.
Franzen es sin duda un gran creador de personajes, seductores por su imperfección antes que un constructor de tramas. De hecho la trama de Purity aparece un poco más allá de la mitad, pero todas las historias colaterales tienen su propio conflicto y eso hace que la obra sea tan aplaudida, aunque carece de la fuerza de Las correcciones y del touch político de Libertad.
El gran acierto de Purity es la multiplicidad de escenarios físicos y mentales. Uno de los personajes tiene un parecido con Assange, para distanciarlo, Franzen escribe: “Assange es un magalomaníaco  autista con perturbaciones sexuales… la gente no lleva su inmundicia a alguien inmundo… anhela limpieza”.
Justamente, se lleva a cabo desde territorio boliviano el Sunlight Project que es un Wikileaks sin inmundicia. Pero, Franzen no escribe una novela sobre filtraciones, al contrario Franzen no tiene demasiado entusiasmo por la red.
Purity es la novela de los secretos, todos sus personajes tienen uno, algunos se revelan para afianzar una amistad o para dejar al confidente en deuda, algunos no se revelan porque pueden servir de arma en el futuro. En realidad estamos preñados de secretos.
Otra característica de la literatura de Franzen es la figura de la madre. En sus tres novelas, no hay madre buena.
El narrador es omnisciente, pero hay una parte que está narrada en primera persona y es un acierto (en contra de la puristas que no gustan las alteraciones en la misma obra) ya que la historia no podía ser relatada de otra manera por la intensidad de la situación.
La traducción al sueco es impecable, pero no así al español, en la que entre cosas aparece la palabra badenes, muy cubana, para referirse a los baches “que obligan a reducir la velocidad” en un carretera boliviana.


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