lunes, 15 de febrero de 2016

Crítica

El retorno de Jesús Urzagasti


Reseña de Senderos, el poemario póstumo del autor chaqueño, presentado hace algunos días en La Paz.



Jorge Luna Ortuño

En un anterior poemario de Jesús Urzagasti, El árbol de la tribu (2004), nos encontramos con el poema Retorno que inicia como una invocación: “No caminaron en vano los que tenían que volver”; se cierra con aplomo de largo aliento: “Al cabo de los años todo puede ser triste o hermoso / el amarillo maizal se balancea en el recuerdo / el sendero tiene un trecho que no lo cruza nadie / salvo los que van a retornar con la luz prometida”.
Jesús escribe en ese momento acerca de un retorno que hoy se puede leer como una premonición, o una antesala, y no es casual que en ese poema esté ya presente el clima de hondura serena que sostendrá más de una década después su último poemario, Senderos (2016), publicado póstumamente en una cuidada edición por La Mariposa Mundial. ¿No es acaso Senderos el retorno triunfal de un Jesús que nos habla del otro lado mientras está todavía con nosotros?
En el acto de presentación, realizado el 27 de enero en el Anexo del Espacio Simón I. Patiño, se palpitó un clima cálido y fraternal, que alcanzó un clímax emotivo cuando cinco de los hijos de Jesús leyeron, cada uno a su turno, un poema que habían escogido de Senderos. La intervención de Sulma Montero, amada esposa de Jesús, fue estremecedora además de emotiva, sobre todo cuando nos relató su insólita experiencia: Unos días antes de la presentación, soñó con Jesús visitándola en la antesala de su dormitorio; en esta ocasión le contaría entusiasmado que había retornado para iniciar el gran viaje de la poesía.  
Por su parte, Rodolfo Ortiz, editor y director de La Mariposa Mundial, leyó un sentido texto (“Liminar”), que muestra su pericia como historiador de biblioteca. “Me fijé en la biblioteca de Jesús, para ver si tenía El Loco y luego para ver qué partes tenía subrayadas” -me comentaría después.
Esta operación detectivesca sobre los rastros del Jesús lector, le permitió proponer una interesante asociación entre Arturo Borda y Jesús, todo para referirse al modo en que éste último absorbía sus lecturas o influencias. 
Releía estas ideas en el bus con deleite en mi viaje de retorno a Santa Cruz, sobre todo la parte en que Rodolfo cuenta lo que dijo Jesús respecto de un comentario que le hicieron hace años sobre Tirinea -su primera novela- como si fuera tributaria de la obra de Beckett.
Esta curiosa filiación no era una ofensa, pero tampoco un elogio para un Jesús que siempre abogó por el cultivo de lo intransferible. De ahí que concluyera: “Suele suceder que aunque no hubieras leído a un autor de algún modo puedes estar transitando una ruta paralela”. Esta anécdota es iluminadora y sugestiva.
Cavilaba en lo que yace sumergido en ella hasta que el sueño me tomó por asalto en mi viaje terrestre. Tenía los libros de El árbol de la tribuSenderos reposando en mis piernas. En este sueño me fue revelado algo que cambió toda mi percepción: “El sendero es un trayecto paralelo” -había dicho la voz. Cuando desperté tenía incrustada la certeza de que el poemario Senderos bien podría haberse titulado Trayectos paralelos. Quizá la idea habría estado más orientada, pero Jesús quería guardarse, dejarlo abierto a la sensibilidad del lector. Como tocado por un rayo supe así que Senderos es, en el fondo, el testimonio con el que nos habla en trayecto paralelo desde esa otra vida con la que siempre pareció estar comunicado.
¿De qué trayectos paralelos habla Jesús en Senderos? No de los guiños entre autores, ni de posibles intertextualidades. Jesús se posa con maestría -habiendo su escritura alcanzado la temperatura ideal- sobre la intersección que une el mundo de los vivos con el mundo de los muertos. Lo que siempre quiso alumbrar en su literatura fue este tipo de correspondencias entre unos y otros.
De la ventana al parque, Tejedores de la noche, y ni qué decir de En el país del silencio, por citar algunos. Pero Senderos llega para terminar de orientar la gran obra. Recuérdese que él mismo aseveraba que toda su vida se dedicó a escribir un solo libro. Después de Senderos ese único libro se revela ahora más claro en su eje.
“No volveremos nunca de ese país/ al que todavía no hemos ido/ Nos quedaremos/ como rehenes nocturnos del verano/ y solo al alba reconoceremos/ la belleza de sus habitantes/ con la mirada del amor”; es esto lo que leíamos en el poema Correspondencias aparecido en El árbol de la tribu. Pero, curiosamente, en Senderos encontramos un poema también titulado Correspondencias, que es completamente diferente: “Los ríos del mundo /salen de mi cuerpo / mientras la luna mira / lo que sucede hoy”. Y en el final remata así: “Luna que alumbras / a vivos y muertos / debajo de un árbol / siempre estaré yo”.
Jesús ha pasado un umbral. Se trata de la correspondencia amorosa entre vivos y muertos, ahí el eje. Éste resulta extraño en el contexto del imaginario occidental, donde se piensa a los muertos como los “eliminados” de la existencia.
La poesía de Jesús los reivindica como coexistentes, receptores de diálogos interestelares. Reafirma a la poesía como talismán porque “enseña a vivir, lo que plenamente entendido significa aprender a morir”, y así nos hace ver que más allá de las palabras lo que se anota es lo que ellas tocan, lo que alcanzan a unir entre estos dos mundos con su idioma invisible.
Ni duda cabe, Senderos es una entrada triunfal, una intervención magistral del mismo Jesús al interior de su obra que es inmensa en cuanto a lo que propone. Senderos es la vela que orienta la invención mayor, para que sirva y para que dure.
No se trata de la imposición de una interpretación, simplemente sugiere el eje de la obra mayor. No hace falta nada más que leer amorosamente. Así, es posible que cuando lean  Senderos sientan también la dicha del niño que desea coronar la alegría de armar un árbol navideño, y que luego que todo está listo, finalmente es alzado por el papá para colocar en la punta la estrellita que completa el sentido festivo de la reunión familiar.

En el caso de esta obra, la estrella que corona es la comprensión adquirida de algo que estuvo presente desde el inicio en Tirinea: la vida misma está sostenida por el mundo de los muertos. Danza de trayectos paralelos. Así lo atestiguan poemas como Un hombre en la oscuridad, Homenaje al miedo, Al amigo desconocido, o Monólogo del ausente. Vibraciones extraordinarias emanan de ellos. Aruskipasipsañanakasakipunirakispawa. Estamos pues, obligados a comunicarnos, también con ellos.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario