lunes, 12 de diciembre de 2016

Reportaje

Rigor mortis. La muerte al derecho y al revés



“Te diría, exagerando un poco, que confío más en la Pachamama y en los dioses vikingos que en la biblia”, cuenta Álex Ayala en una breve conversación sobre su nuevo libro Rigor mortis. La normalidad es la muerte (El Cuervo, 2016), una colección de crónicas sobre cómo los bolivianos esperan, enfrentan, asumen, superan y conviven con la pálida dama.


Martín Zelaya Sánchez

“Cuando la muerte venga a recordarnos / que es un segundo el irse, casi un verso / habremos de cerrar todas las puertas  /y ocultar a tiempo nuestro espanto. / Cuando la muerte venga a recordarnos”.

Recurro, una vez más, a esta extraordinaria canción de Óscar García. La muerte es, acaso, la constancia y presencia mayor -nos guste o no- y casi nunca encuentro una referencia más bella en su estremecedora verosimilitud que ésta.
Álex Ayala recorrió este país casi tanto como nadie. Por los “mercaderes del Che”, por la “vida de las cosas”, por un intento por desentrañar el “corazón de Bolivia”, por innumerables historias cualesquiera, de cualesquier persona, que a fin de cuentas son las más valiosas, las que en realidad importan.
En ese trajinar que lo hace no solo nuestro mejor cronista, sino uno de los más reconocidos hoy en día en habla hispana, ahora le tocó lidiar con la parca. Pero no se asusten, está sano y salvo.

“Cuando la muerte venga a recordarnos / que hemos perdido el tacto en la mirada / tendremos que reandar nuestras pupilas / y apretar el cielo con el vientre. / Cuando la muerte venga a recordarnos”, continúa García.

“No sé qué habrá en el más allá. Pero creo que tenemos que tratar de morir con las cuentas saldadas, no solo las económicas”, sostiene Álex, cuando venimos a recordarle de la muerte. Del fin inevitable, de la meta hacia la que todos avanzamos cada segundo que pasa, y sobre la que él se obsesionó a tal punto en uno de sus ires y venires, que la apuntó en su lista de temas pendientes, hasta que finalmente halló el pretexto y empuje necesarios para indagarla cuando en 2015 recibió la Beca Michael Jacobs para periodistas de viajes, otorgada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y el Hay Festival.
“Sufrí, lloré y se me cayó el pelo”, confiesa Ayala sobre el proceso de realización de este proyecto que ahora se plasma en el libro Rigor mortis. La normalidad es la muerte (El Cuervo, 2016) que se presentará el miércoles 14 a las 19.00 en la Cinemateca Boliviana de La Paz.
“El libro tiene mucho que ver con la muerte, pero también con la vida -comenta en un texto compartido en sus redes sociales-. Es una sucesión de situaciones cotidianas y personajes de carne y hueso que nos enfrenta a nuestros miedos y a nuestro destino”. “Escribí sobre el duelo, sobre los velorios, sobre una funeraria donde los empleados son como una gran familia, sobre un árbol que terminó convertido en ataúd, sobre la música del adiós, sobre la memoria, sobre el envejecimiento”.

“Cuando la muerte venga a recordarnos / nos habite, nos circule por la venas / será torpe aquel intento desmedido por vivir, / por vivir. // ¡Ay! cuando la muerte venga a recordarnos / que este tiempo de aguacero ha sido intenso como el miedo / el amor saldrá por nuestros poros / a buscar calores y faroles encendidos de distancia. / Por vivir”.

- Tú más que nadie debes saber, ahora, que en Bolivia la muerte es una presencia más que una ausencia ¿o no lo crees así? ¿O es así en todas partes?
- Es ambas cosas. Es presencia porque tratamos de mantener con vida a los que se han ido a través de objetos, de fotografías, de recuerdos. Cultivamos una suerte de simbología que nos hace creer que los que se murieron no lo hicieron del todo. Pero eso es simplemente un espejismo, una ensoñación que no es para siempre. 

- Está la muerte asumida desde una perspectiva mística al estilo de Saenz, y la muerte de los rituales y tradiciones católicas y sincréticas, por mencionarte dos que se me ocurren ahora. ¿Qué diferencias y qué similitudes hay en la manera de relacionarse con la muerte según las regiones, o el bagaje cultural de las personas?
- Es difícil hablar de diferencias y similitudes. Un punto en común en todas las culturas y todos los países creo que es la indefensión ante la muerte. Por otro lado, en cualquier lugar que uno visite se topa con rituales y fórmulas que relacionan a sus habitantes con la muerte y los muertos de diferentes maneras.
En mi libro, yo hablo de los velorios, de las campanas como instrumento para dar a conocer malas noticias, de la música del adiós. De elementos, en definitiva, que nos conectan con la muerte directa o indirectamente. Pero los ejemplos a los que me podía haber amarrado son infinitos. Yo elegí los que me llamaron la atención.
 
Álex Ayala Ugarte. (Foto: Patricio Crooker)
- Hablemos de la gestación del libro. Viaje, aventura, un duro camino según adelantas; una experiencia azarosa y por tanto una ventana al conocimiento. En “busca de la muerte” conociste numerosas vidas, historias de vida. ¿Qué rescatas, que se te quedó grabado del trabajo de campo?
- Todo viaje es una oportunidad para aprender algo y así entendí el mío. Traté de hacerme muchas preguntas para entender mejor la realidad que me rodeaba: ¿Qué ocurre cuando es un perro el que pierde al dueño y no el dueño el que pierde al perro? ¿Con qué música despedimos a nuestros difuntos? ¿Existe la adicción a los velorios? ¿Por qué antaño existía la costumbre de tomar una foto a los fallecidos? ¿Cómo se convierte la víctima de un horrendo crimen en “santa” de narcos y maleantes? ¿Cómo se anuncia un fallecimiento en los lugares donde no hay diarios?
Lo que rescato es la simpleza con la que muchos afrontan ese momento difícil de perder a alguien o de irse de este mundo para siempre. No me topé con personajes traumatizados, me topé con gente que creo que la tenía muy clara.

- Los periodistas pasamos por etapas en las que anhelamos objetividad plena para solo transmitir fielmente los hechos, y otras en las que aprendemos que solo siendo tan humanos como cualquiera podemos asumir mejor lo que nos rodea para interpretarlo y compartirlo. ¿Cambió Álex Ayala periodista, cronista, en el proceso de este libro? ¿Eres-eras creyente? ¿Creías-crees en que hay algo más allá de la vida? ¿Hasta qué punto pudiste mantenerte al margen de las historias?
- Uno no puede mantenerse al margen. Toda historia te afecta y te cambia. A mí me ha servido de mucho ver cómo la gente envejece, recuerda, previene. Me parece que ahora conozco mejor el país y agradezco mucho a las personas que han querido compartir conmigo momentos muy íntimos.
Tengo mis creencias, pero no son muy religiosas. Te diría, exagerando un poco, que confío más en la Pachamama y en los dioses vikingos que en la biblia. No sé qué habrá en el más allá. Pero creo que tenemos que tratar de morir con las cuentas saldadas, no solo las económicas. Sobre todo, para que nuestras familias sufran lo menos posible cuando no estemos.
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Prólogo
(Fragmento)

Jon Lee Anderson

En este libro, tan inusual en su concepción como genial en su narrativa, Álex Ayala nos sitúa frente a la muerte en Bolivia, país que ha adoptado como suyo. Vale decir de antemano que no hay nada insalubre en la curiosidad necrofílica de Álex; no es el morbo lo que le lleva a explorar las múltiples maneras en que la vida y la muerte se entrelazan, sino una profunda fascinación por la vida misma. En las dieciséis historias que componen Rigor mortis. La normalidad es la muerte, Álex se convierte en un observador agudo y compasivo, consciente siempre de que para muchos de sus protagonistas, hombres y mujeres en su mayoría pobres y provincianos, la muerte es, de alguna manera, un destino más cercano e inevitable que para los ricos de la ciudad.
La primera historia nos introduce en la rutina de un anciano que estuvo la mayor parte de su vida vaticinando su propia muerte, a tal punto que sembró un árbol para tener la madera apropiada para construir su propio ataúd, cajón que luego mandó fabricar y que conservó durante años en un salón de su casa. Hay una crónica sobre una mascota que no quiere abandonar el hospital donde murió su dueña, y otra que habla del culto a una niña descuartizada en un pueblo de contrabandistas que la ha convertido en una santa popular.
Rigor mortis es la estampa de un país donde muchas personas abrazan la muerte para soportar mejor la vida. Ante la ausencia de una explicación para las penurias y las injusticias, algunos buscan señales divinas en su dolor. Otros encuentran alivio en unos boleros de caballería que ni se cantan ni se bailan, y en un pueblo llamado Portachuelo entienden los repiques de campana de la iglesia como crónicas de muertes anunciadas.
En la historia más autobiográfica del libro, “Cómo aniquilar a tu vecino antes de mudarte de casa”, Álex relata los sufrimientos de él y su familia por culpa de un vecino insoportable, un tal señor García, y lo hace con un toque de humor deliciosamente negro. En ella nos cuenta cómo llegaron al extremo de visitar a una especie de bruja, doña Anita, para lanzarle una maldición al señor García, pero se echaron atrás cuando ésta les dijo que la maldición podría revertirse. Álex escribe: “Teníamos la sensación de que sería más sencillo deshacerse de un descuartizado que del señor García”.
En este relato, Álex revela además algo de su propia historia. “Irse a vivir a otro país es como mudarse de casa: se deja a un lado el boceto de lo que pudo ser una vida distinta”, escribe. “Yo aterricé en La Paz en septiembre de 2001. Atrás quedaron una madre muerta, un padre con el hígado trasplantado, un hermano marino y una coqueta ciudad del País Vasco, Vitoria, más apta para jubilados que para periodistas aventureros. Tenía apenas veintidós años. Me acompañaban un tartamudeo crónico, una mochila azul que todavía conservo, un par de libros que ya perdí y un par de tabletas de Biodramina contra el mareo que -craso error- creía efectivas contra el mal de altura”.
Quince años después, Ayala ha echado raíces en Bolivia, donde se ha hecho un nombre y ha armado familia -su mujer y su hija son de La Paz- y escribe sobre su nuevo país como nadie. (…)
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Foto finish
(Fragmento)

Álex Ayala Ugarte
 
Julio Cordero Benavides. (Foto: Álex Ayala Ugarte)
En la fotografía -de 1920- hay una niña de unos seis o siete años tumbada, con un vestido como de primera comunión, una güincha a la altura de la sien y las medias casi hasta las rodillas. La pequeña sujeta un ramo minúsculo de flores con algunos de sus dedos y luce una pulsera a juego amarrada en el antebrazo. Su cabeza reposa sobre un almohadón con algunos bordados y parece dormida. Pero en realidad está muerta (y esta imagen es, seguramente, el último recuerdo de ella que conservaron sus seres queridos).
La fotografía -hoy depositada en el archivo de la Alcaldía de La Paz (Bolivia)- formaba parte hasta hace poco de la colección de placas de vidrio de Julio Cordero Benavides, un jubilado con audífono, bigote escueto, camisa crema y chompa de lana que ha dedicado toda su vida a hacer retratos y a preservar el legado de otros dos fotógrafos: su padre (Julio Cordero Ordóñez) y su abuelo (Julio Cordero Castillo). Y respondía a una costumbre que estuvo en auge desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX, a una tradición que consistía en reunir a los familiares cercanos en los aposentos del finado para armar la foto finish que indicaba que la agonía había acabado.
-Imagino que deseaban que el difunto permaneciera con ellos para siempre -dice Cordero Benavides una mañana mientras toma el sol en el patio de su casa, en mitad de una construcción vetusta de la calle Zoilo Flores del centro de la ciudad.
-Los más allegados del fallecido solían guardar la foto en sus escritorios (lejos de los curiosos). Y supongo que la sacaban para mirarla cuando estaban tristes -añade.
Para un velocista profesional, la foto finish es aquella que registra el momento en el que todo termina. Para los deudos, era la señal para comenzar el duelo. (…)


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