Fábula verde
En el III Congreso Iberoamericano de Lectura y Literatura Infantil y Juvenil (CILELIJ) que se realizó en México, eligieron a Fábula Verde de Isabel Mesa como uno de los 28 mejores títulos de narrativa infantojuvenil de Iberoamérica, en los últimos tres años. Ofrecemos un fragmento del libro a modo de invitar a leerlo.
Isabel Mesa Gisbert
El grupo de editores
esperaba el comienzo de la reunión a la que había convocado el gerente general.
La editorial tenía que iniciar una nueva campaña anual de lectura que fuera
novedosa y distinta a las propuestas de otras empresas de la competencia. No
por nada, “Mil libros.com” era la empresa más prestigiosa del continente. Los
libros electrónicos que ofrecía se vendían por millones a usuarios que
coleccionaban en sus aparatos tecnológicos nuevos ejemplares para su biblioteca
virtual.
De pronto, la
pantalla gigante del salón mostró la imagen del gerente Riester sentado detrás
de su escritorio y los editores presionaron un par de botones de sus teléfonos
digitales para tomar notas. El gerente habló sobre generalidades varias de la
empresa hasta que llegó a la frase clave de la reunión.
-Este
año -dijo en tono pausado-, lanzaremos al mercado la colección “Fábula Verde”.
Nuestros lectores tendrán acceso a aquello que ya no existe, conocerán
historias de selvas, de bosques y de animales.
La idea ya se había
lanzado al aire y un fuerte murmullo se dejó escuchar en el amplio salón. Los
editores movían la cabeza en señal de desaprobación, había un gran descontento
entre todos, hasta que uno de los empleados se animó a hablar.
-Disculpe,
señor Riester, usted sabe que nos está pidiendo una misión imposible. ¿De dónde
conseguiremos esas historias?
-Ese
es justamente el reto, mi amigo… -respondió el gerente sin recordar el apellido
de su empleado-. ¡Hoy por hoy, esa es la demanda de nuestros lectores! Quieren
oler un bosque, acariciar a un venado y escuchar una cascada a través de las
páginas digitales… y ¡nosotros vamos a dárselo!
El gerente golpeó la
mesa de su escritorio con el puño al decir la última frase e inmediatamente
después el monitor se apagó. Los empleados volvieron a sus cubículos de trabajo
totalmente desanimados intentando asimilar semejante propuesta. ¡Con tantos
temas que abordar en los libros electrónicos actuales…! Seres en otros
planetas, viajes intergalácticos, novelas policiales, cuentos de terror,
historias románticas… Pero nada de esto servía, porque el gran jefe quería la
colección “Fábula Verde” y nada ni nadie lo haría cambiar de opinión.
Joaquín intentó
concentrarse en las frases que había en la mini pantalla de su mini tableta
para retomar su trabajo, cuando recibió el ingreso de un chat. “K´acmos?”. Era Rita, su compañera de trabajo. Habían
entrado casi juntos a la compañía y eran los más jóvenes del grupo. Se habían
llevado bien desde el principio y ahora eran inseparables. “No c”, respondió
Joaquín. “No ay a qn acdir. Los últimos hombres que conocieron un bosq´ y
ablabn de animales los an enterrado hace 50 años. Nadie podrá darnos
información”. “Tenems k´pensar en algo”, concluyó Rita y salió del chat.
Durante la siguiente
semana, Rita y Joaquín se devanaron los sesos pensando en cómo conseguir esas
benditas fábulas. Para comenzar, Rita no sabía exactamente lo que era una
fábula, porque nunca había leído una, así que lo averiguó. Luego le puso un
mensaje a Joaquín diciendo que la Superpedia decía que una fábula era un relato
corto en el que, por lo general, los protagonistas eran animales de bosques y
selvas que actuaban como los humanos, y que al final de cada relato existía una
moraleja que enseñaba al lector a mejorar su comportamiento o a enfrentar la
vida. Rita concluyó en su charla electrónica con Joaquín que ciertamente había
cosas mucho más interesantes para leer que algo tan absurdo en que animales
ridiculizaban a los humanos. Pero lo que pensara Rita no era importante, porque
el Gran Jefe quería “Fábula Verde” y si no la conseguían, por cierto que
perderían el empleo.
La estrategia por la
que todos los editores optarían, opinó Joaquín, sería la de escribir miles de
mails o publicar en Facebook y Twitter, blogs y páginas web un anuncio
preguntando quiénes conocen alguna fábula. Pedirían información sobre cualquier
cosa que refleje la vida de épocas pasadas en las que, por rumores sabemos, que
las flores ni eran de plástico ni los animales de fieltro.
“Tenms k´acr algo
difrente!” -opinó Rita. “Si lo q buscams son cuents d lantigüedad, usems la comunicación
d lantigüedad” -propuso Joaquín respondiendo a Rita desde su Irisphone último
modelo- con la esperanza de k´xista alguien q aún sepa dests cosas.
Rita consiguió
varios datos interesantes y se los mandó en un mail a Joaquín, en el que le
contaba que los anuncios de hacía 120 años atrás se realizaban a través de
periódicos, por la televisión, por personas que hablaban dentro de un aparato
que se llamaba radio, mediante volantes de papel que se lanzaban por el aire…
Había que tomar una decisión.
No era nada fácil
conseguir algún material parecido al papel en una época en que un cuaderno era
historia y todo se anotaba de manera digital. Así que Rita y Joaquín se
dirigieron al anticuario de la calle Pixeles para, al menos, conseguir un
instrumento con qué escribir. El dueño del negocio les ofreció lápices,
plumafuentes y hasta marcadores a precios exorbitantes. Finalmente se
decidieron por el marcador negro que parecía el de mayor duración.
Cuando llegaron a la
casa de Joaquín, se pusieron a cortar cientos de trozos de tela sintética que
les servirían como hojas de papel.
-¡Medio
mes de sueldo por un insignificante marcador!
-Ahora
quiero verte escribir el mensaje -dijo Rita.
-¡Lo
harás tú! -replicó Joaquín-. Yo nunca…
-¡Yo
tampoco! -interrumpió Rita-. No tengo la más mínima idea de escribir sin
presionar un teclado.
-Dicen
que las mujeres tenían mejor letra que los hombres, así que copia el texto de
la pantalla como puedas y listo…
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