lunes, 26 de junio de 2017

Sombras nada más

El (d)espacio de la muerte


Una lectura de El destello, de Claudia Peña Claros, cuento ganador del Premio “Franz Tamayo” 2016, recientemente publicado por Editorial 3600 junto a otros cuentos mencionados por el jurado.



Gabriel Chávez Casazola

¿En cuánto espacio puede caber la muerte de un hombre? ¿Es mensurable ese espacio? La literatura, que todo lo puede, puede también contener la muerte de un ser humano, en toda su minuciosidad y su extensión, en toda su anchura y su vacío. Pruebas al canto: El destello, de Claudia Peña Claros, recién retornada -y con felicidad- a la escritura, de la que tal vez nunca se había ido (¿o no es el poder, también, y sobre todo, una ficción?). 
En virtud a un destello (o varios) de su mente, toda la muerte de un hombre (que no es poca cosa) ha podido caber, plegarse y desplegarse, en unas pocas páginas. La minuciosa muerte de un hombre, o mejor, la vertiginosa -y a la vez lentísima- sucesión de últimos instantes -todos ellos, quién sabe, un mismo (y definitivo) instante- en que ese hombre se desmorona. Se desangra. Cae.
¿Es posible, entonces, atrapar el instante, más aún, el instante definitivo sin que se nos escurra entre las manos? Solo la poesía, ese destello, puede hacerlo, ella que escribe en el agua y es agua, agua que se escurre, como el tiempo, pues ella (y nosotros) no es (no somos) otra cosa sino tiempo escurriéndose entre las manos, entre los dedos de los pies, ramificándose hacia la punta de esos dedos / y volviendo sobre su eje / para abarcarlo todo con su electricidad, atravesando tubos delgados / tubos extensos / tubos perfectos en la filigrana que es el cuerpo, como anota la joven poeta Marcia Mendieta.
Poesía, he escrito. Pero, ¿no estamos aquí hablando de un cuento, inscrito en un libro de cuentos? Es que este destello se me antoja poesía al fin y al cabo, acaso narración poética, poema narrativo o tanto da, salvo por el cable a tierra del cierre del argumento que nos recuerda que es un cuento y que ganó un premio de cuento.
Filigrana, he escrito, y así está urdido este texto, en el que la voz ya madura de Claudia Peña recrea antiguas obsesiones -the call of the wild, la sangre, los caballos, el valor, la libertad, en suma- con precisión desenfadada. En El destello asistimos al vértigo del tiempo, a la precipitación de una historia de la que muchos, todos nosotros, podríamos ser protagonistas: la filigrana del morir, la historia universal de la muerte.
Mientras termino de escribir estas palabras, esta pequeña filigrana, veo a través de la ventana el cimbrearse de los árboles. “Los árboles, que todo lo ven, parecían suspendidos en el aire, ¿sienten apego los árboles?”, se pregunta Peña en este texto. 
¿Sienten apego los árboles?, me pregunto yo ahora. Y si un texto es capaz de dejarnos una pregunta sin respuesta en la cabeza es que sus “picos ardientes” han dado en el blanco. Que su destellar nos ha herido. ¿Y qué es la literatura, la poesía, sino herida que sana?

Por cierto -y así termino- durante estos últimos años, Martín Zelaya, editor de LetraSiete hasta hoy, nos ha contagiado domingo a domingo con ese non sancto remedio. Vayan las gracias para él y los abrazos. Después de todo, los poetas sentimos apego, quizás a la manera de los árboles. 

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