jueves, 4 de diciembre de 2014

Ensayo

Sobre transiciones y superposiciones
de las imágenes y los sueños


Esa delgada línea entre el sueño y la vigilia, y la sutil pero definitiva inferencia de lo onírico.




Moira Bailey J.

Te has aparecido en mi sueño
sabiendo cuánto pienso en ti,
pájaro atrapado en red sin falla
¿cómo pudiste escapar?
Tu Fu

Entre sus extravagantes reflexiones, que incluyen temas tan variados como la dependencia que existe entre tragasapos y tiranos, el placer de odiar, o los paseos por el bosque, William Hazlitt hace sugerentes observaciones sobre las virtudes literarias que encierran las diversas combinaciones entre el sueño y la vigilia.
Lo interesante de este acercamiento sobre un tema tan recurrido radica en que Hazlitt no se ocupa de estos dos estados por separado, sino de su aleatoria superposición, creando una mezcla de las experiencias que él mismo tuvo al caminar de dormido, con las explicaciones de Spurzheim, que no pocas veces atrajeron su atención.
Este alemán contemporáneo suyo, combina a su vez, gracias a su fino uso del lenguaje, su conocimiento científico con suposiciones infundadas con las que engaña al lector, el cual, por obra de este estilo ligeramente alterado, baja la guardia y deja de confiar en sus sentidos, como cuando una persona va cayendo dormida.
Ir despertando por etapas o presentar sonambulismo, ese extraño estado de sueño incompleto, son momentos importantes de mudanza entre estos dos estratos de la existencia que sirven al romántico inglés para sustentar su Ensayo sobre el sueño.
Las personas al estar despiertas no tienen más que un mundo compartido, pero cuando duermen tienen cada una su mundo, ese mundo solitario se borra de pronto o se ve obligado a fundirse con el otro, el de los otros, y es ese momento, aquel en el que se realiza esta superposición, lo que Hazlitt describe como el objeto de sus reflexiones en torno a lo que conservamos de nosotros al estar dormidos.
Todas nuestras imágenes están conectadas entre sí y unidas a la vida cotidiana; los sueños y las imágenes de la realidad no se excluyen mutuamente, sino que dependen unos de otros más de lo que nos imaginamos, de ahí proviene su interés por querer indagar en los secretos corredores que los unen.
Es fácil para cualquiera tratar de hacer la prueba consigo mismo, nos recomienda, es decir: examinar qué pasa cada vez que despertamos de modo repentino, cuando la vigilia y el sueño experimentan un contacto inmediato y tratar de detectar las imágenes que se nos presentan en ese instante.
Sucede algo parecido cuando uno despierta de un desmayo y por un tiempo considerable fija los ojos en lo que hay ahí, hasta recordar dónde se encuentra, puesto que se produce una desconcertante pausa en la memoria.
Mientras iba leyendo a Hazlitt, y haciendo a mi vez un ejercicio de sobreposición, pensé en un momento álgido de mi vida que evoco con frecuencia, pero del que hablo pocas veces.
Era un domingo en la mañana en el que sufrí un accidente de ciertas dimensiones. Después de tumbos y movimientos difíciles de entender, aparecí desmayada en el pavimento de una calle. Recuerdo con intensidad las imágenes que vi al despertar, mientras trataba de descifrar dónde estaba. Por largos instantes no supe si lo que pasaba era realidad o pesadilla y no sé si por simple sentido de sobrevivencia, o por los tintes de optimismo que casi siempre me acompañan, supuse erróneamente que se trataba de la segunda.
Todo eso se da porque ambas posibilidades son, valga la redundancia, tan posibles, que uno siente que es factible empujar un poquito la balanza hacia un lado o el otro. Cuando la opción es la negativa, es decir, la verdadera resulta ser la que no queríamos, desearíamos empezar todo de nuevo y que las cosas se acomodaran de manera diferente. La confusión que se genera se debe a la conexión de estas imágenes entre sí (la que resulta ser real y la que no) y a que éstas están a su vez unidas a las entrañas de nuestra vida intelectual y afectiva.
Supongo que esa era la clase de instante de transición o solapamiento que Hazlitt buscaba para conocer mejor lo que sucede en el sueño o vigilia completos. Él mismo era sonámbulo y se veía a sí mismo acercándose a la ventana atraído por la luz que terminaría por diluir, sin más, ese estado perturbado y a la vez tranquilo del que quería sacar partido.
En el ensayo repasa los objetos que veía indistintamente, por ejemplo las casas al lado opuesto de la calle; pero todavía tenía que pasar algún tiempo hasta que él pudiera reconocerlas o darse cuenta de dónde estaba: sentía que sus sentidos estaban adormecidos, pero más adormecida estaba su memoria. Quería discernir el sentido de las imágenes que se le aparecían antes de que la conciencia hiciera vínculos en grupos separados.
Nuestro autor deduce que la diferencia entre dormir y caminar es que al caminar tenemos un mayor rango de memorias concientes, un mayor discurso razonado y asociamos ideas en secuencias más largas. Al dormir, en cambio, las impresiones que vienen en binomio, ya sea porque se juntan o porque tienen elementos parecidos, se hacen compañía y después se vuelven a separar.
Durante sus observaciones fomentadas por la curiosidad de conocer sus sueños para verterlos a su escritura, se dio cuenta de que si alguien lo despertaba repentinamente, podía confundir la voz de quien lo despertaba con la de alguien que supuestamente estaría habitando sus sueños y se esforzaba por descubrir de quién era esa voz para así conocer más de aquel pensamiento nocturno.
La sinceridad del sueño, la suspensión del control de los pensamientos o pasiones cuando éste se apodera de nosotros hace que éstos vengan sin ser llamados y las indagaciones de Hazlitt están ligadas al significado de esas imágenes libres en torno a las que reflexionaba.
Así se dio cuenta de que nunca soñaba con una persona a la que estaba particularmente unido, pese a haber pensado en ella “hasta la agonía”, “hasta llegar a tener su rostro casi siempre frente a mí” durante el día, lo que no servía más que para constar su desilusionada pasión. Tal vez era la persecución infatigable de esa imagen en el día la causaba su ausencia entre las sombras de los sueños.  
Diez siglos antes que Hazlitt, el poeta Tu Fu fue sorprendido por la aparición, en horas de sueño, de la imagen de una mujer amada, ¿podríamos inferir entonces que mientras el austero poeta que viajaba a pie o montado en un borrico por toda China “para conocer el mundo”, descansaba sus sentidos con el paisaje, en vez de exacerbar la mente con una idea obsesiva, y que por eso podía ver en algunas noches el sueño de su vigilia?


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