sábado, 23 de mayo de 2015

Entrevista

Raúl Teixidó, literatura como necesidad vital

Un encuentro, una doble conversación, con el escritor boliviano residente hace décadas en España.



Martín Zelaya Sánchez


Con Raúl Teixidó nos conocimos a inicios de este mes, algunas semanas después de haber hecho esta entrevista.
La anterior frase, como tantas otras que se emplean hoy en conversaciones cotidianas, aunque no tiene neologismos ni tecnicismos, no sería comprensible, no tendría sentido, hace tan solo un par de décadas, cuando la ausencia de internet nos alejaba y separaba irremediablemente al capricho de las distancias.
El intercambio de correos electrónicos me permitió entrevistarlo, pero no conocer el tono de voz, el carácter y la impronta de Raúl, su entretenida conversación -llena de referencias a autores, libros y películas-, detalles con los que finalmente pude familiarizarme hace un par de sábados en una amena tertulia junto a Alfonso Gumucio Dagron, Wilmer Urrelo, Mariano Baptista Gumucio y Beatriz Rossells, amables anfitriones los dos últimos, y ella dilecta amiga de Raúl desde sus buenos tiempos de lectores voraces en su natal Sucre.
“Me considero un ‘escritor introspectivo’, como decían antaño los profesores de literatura. El ‘universo interior’ es mi territorio de caza”, comenta Raúl desde un cibercafé en Catalunya -pues la charla en La Paz además de lecturas y bibliotecas, giró en torno a la muerte de Pando, el fusilamiento de Jáuregui y la insólita historia de Apolonia, temas que hace mucho apasionan a Baptista y Urrelo… pero ese es tema de otra ocasión.
A sus setenta y pocos años Teixidó aprendió apenas a usar internet, no disfruta de leer sino en libros de papel - no reniega de los ebook pero no los emplea- y no tiene smartphones, tablets u otros aparatos de última generación. Es, y así se entiende a los minutos de entablar diálogo, un caballero de los de antes, que no anticuado, pues es un hombre de mundo, de amplio bagaje, numerosos viajes y, sobre todo, incontables y variadas lecturas, lo que se aprecia nada más hojear su prosa.

- ¿Cómo describe en sus propias palabras la experiencia literaria en general y la suya, específicamente?
- Una cita de Antoine de Saint-Exupéry (uno de mis autores “de cabecera”) aclarará mucho las cosas. “No soy un escritor profesional. Solo puedo escribir sobre aquello que conozco y he vivido”.
Salvando las distancias, esos términos se ajustan exactamente a mi caso. Es decir, mi obra es una rigurosa proyección de mi personalidad, con el aporte de la experiencia que todos, en mayor o menor medida, hemos adquirido a lo largo de los años. Mi labor literaria es resultado de una necesidad vital, no se ajusta a plazos establecidos ni a “requisitos” de ninguna naturaleza, como ocurre con la literatura comercial. Escribo solo si experimento la necesidad de hacerlo.

- ¿Y a qué responde esa necesidad? ¿Qué es lo que busca, lo que persigue en su literatura?
- No me interesa, en absoluto, la técnica y el oficio (a veces, notables) de los autores comerciales, cuyo mayor objetivo es “atrapar” al lector a través de la historia que desarrollan; una actividad perfectamente lícita, dicho sea de paso.
Sin embargo, como escritor, experimento, ante todo, la necesidad de “contar” una historia y luego lo hago de la mejor manera posible. De algún modo, podríamos decir que, en mi caso, ocurre a la inversa: es la historia la que “atrapa” al autor.

- Entiendo que es un amante del cine, ¿cómo influyen el lenguaje y el concepto cinematográfico general en su modo de escribir?
- En el fondo, mi relación con el cine es una auténtica love story (me remito a mi libro autobiográfico A la orilla de los viejos días).
Mi ilusión, desde los 16 años, fue estudiar cine. Pocos lo sabían. Manifestarlo abiertamente en Sucre, a comienzos de los 60, hubiera ocasionado que muchos me tomaran por alienígena, o algo peor.
Me resigné, pues, a considerarme un cineasta frustrado. Por fortuna para mí, la Literatura (con mayúscula) vino a socorrerme, como un hada buena. De hecho, algunos de mis relatos son, en el fondo, otras tantas películas que me hubiera gustado realizar: Heroína, Un romance de ayer, El secreto de la esfinge...
Tal como apunta Alfonso Gumucio, con perspicacia de consumado lector, en algunos de mis relatos, la “acción” está dividida en secuencias. Incluso son perceptibles (recordemos que Alfonso es cineasta) sutiles “fundidos” en el paso de una a otra (en el texto aparecen separadas del párrafo precedente por un doble espacio entre líneas).

Para terminar el breve cuestionario, no pude evitar una pregunta casi de manual, casi inevitable.

- ¿Qué apreciaciones tiene sobre la literatura boliviana actual? ¿Qué libros y autores destaca?
- He leído novelas de Edmundo Paz Soldán y de Gonzalo Lema. Me parecen excelentes narradores. Sé que hay unos cuantos más y creo que eso es bueno para nuestras letras. Les deseo lo mejor.

Ah, y finalmente, el objetivo de la entrevista por email era hablar de Viajeros del atardecer (Plural, 2015) su nuevo libro de cuentos que presentó en abril en La Paz y otras ciudades del país y que motivó, seguramente con otros asuntos, su momentáneo retorno, después de mucho tiempo.

- El título de su libro remite a dos ejes temáticos; viaje: desplazamiento, inerccia y atardecer: tiempo final, momento de la verdad. ¿Puede esto, de alguna manera, describir la esencia de sus relatos? ¿Hay un hilo conductor común que relacione estos conceptos, o a cualquier otro?
- Parafraseando el título de una obra del dramaturgo Eugene O'Neill, creo que la vida es un viaje (no demasiado largo) de un día hacia la noche.
Mi primer libro de relatos fue Los habitantes del alba (1969). Obviamente, aludía a los personajes que aparecían en ellos, fruto de aquella temprana época creativa. Consecuentemente -y por razones “cronológicas”- mi obra más reciente (integrada por tres relatos, lo mismo que la antes mencionada) se titula Viajeros del atardecer.

Independientemente de la edad, profesión o condición social de los protagonistas, estos son, ante todo, producto del “otoño” de mi labor creativa. Los conceptos expresados en su pregunta: viaje, inercia, desplazamiento, atardecer -en sentido figurado-, tiempo final y momento de la verdad, en mi caso, están indisolublemente ligados a mi experiencia vital y literaria. 

Cafetín con gramófono

Hipótesis, revista boliviana de literatura


Reseña de uno de los mayores hitos en cuanto a publicaciones literarias bolivianas se refiere.



Omar Rocha Velasco

El primer momento es siempre el del impulso. La revista nació en Cochabamba, los responsables fueron Luis H. Antezana y Gustavo Soto S., publicaron 12 números con la intención clara de ser un instrumento de integración de la literatura boliviana, y la revista logró su cometido contundentemente pues estableció nexos entre el ámbito académico y el creativo o exclusivamente literario.
Las secciones fijas, que se mantuvieron hasta el final, fueron: diálogo (entrevista), textos, teoría y lecturas. El siguiente fragmento expresa lo que se propusieron:

“HIPÓTESIS es de ellos y para ellos: lectores y escritores. Ya que la literatura es fundamentalmente, esto: lectura y escritura.
Desde el primer número, nuestros horizontes son los siguientes: información, creación e investigación literarias. Esperamos que estos marcos permitan integrar, en algo, la dispersa producción literaria y el disperso interés literario. Lectores y escritores tienen, en HIPÓTESIS, un espacio abierto a sus preocupaciones (N°1, 1977)”.

Los estudios, adelantos y fragmentos, sirvieron como referencia ineludible para emprender cualquier historia de la literatura boliviana. Lo que hicieron Antezana y Soto fue convertir a la revista en un espacio de confluencia en el que diversas preocupaciones sobre la literatura boliviana se reunían.
En efecto, la crítica litería había tomado un rumbo más académico, pero esto no impedía que se diera cabida a la voz misma de los escritores. Así lograron entrevistar y realizar muestras de vital importancia y prospección, por esas páginas circularon textos de René Bascopé Aspiazu, Jaime Saenz, Edmundo Camargo, Eduardo Mitre, Jesús Urzagasti, Jesús Lara, etc.
El segundo momento de la revista tuvo que ver con la salida de Gustavo Soto y el ingreso de Leonardo García Pabón, René Poppe y Blanca Wiëtuchter al comité de redacción (desde el número 22 también se incluye Rubén Vargas):

“HIPÓTESIS reaparece después de un largo silencio, pero con el mismo espíritu de siempre. Las causas han sido -además de las conocidas por todos- de orden económico (…)
Con este número llegan algunas variantes de publicación: por un lado, HIPÓTESIS se publicará, en lo sucesivo, en La Paz; y por otro, el comité de redacción ha sido ampliado. Esperemos, con estos cambios, seguir prestando el mismo servicio tanto a los lectores como a los escritores (N° 13, 1982)”. 

El espíritu de la revista no cambió, sin embargo, el vínculo que se estableció con la Carrera de Literatura de la de la Universidad Mayor de San Andrés fue muy evidente. Un aspecto primordial fue que se empezó a discutir una concepción tradicional y canónica de la literatura.
Por ejemplo, el número 22, publicado en invierno de 1985, es un número monográfico dedicado a la literatura oral. Se introdujo la discusión planteando que aunque no existe una cultura homogénea boliviana, existe una “manera boliviana de expresarse” y en ella domina la oralidad. Cuestionaron enfáticamente que la oralidad sea considerada como algo primitivo, infantil o pre-literario; esta revista fue uno de los espacios en los que se problematizó teóricamente la dimensión puramente estética de la literatura.
El número monográfico 23-24 estuvo dedicado al teatro, hay un reconocimiento de la “larga y rica” tradición teatral en nuestro país, se tenía la percepción de que el teatro tenía una amplia articulación con el público (más que los textos) y eso era vital.
El número recoge algo de la investigación especializada realizada por Oscar Muñoz Cadima y Mario Soria, pero también se preocupa por el teatro del siglo XIX y “la escena de la muerte del inca”, intentando recuperar algo del teatro de la época colonial. Sin duda lo más destacado del número fue la publicación un fragmento de la obra de teatro de Jaime Saenz La noche del viernes.  
En el número 20-21, otoño-invierno 1984, aparece la denominación Taller Hipótesis, para designar la participación de dos o más miembros del comité de redacción (en una entrevista por ejemplo). Esto es importante porque la labor de ese grupo que hacía la revista es vista como un “hacer”; el taller es ese espacio en el que se trabaja y se produce con las manos, la revista recuperó esa dimensión de la literatura que a veces es sustituida por algo absolutamente idealizado, sin cuerpo. 
La revista Hipótesis contribuyó a forjar un nuevo rumbo en la crítica literaria y los acercamientos entre teoría y creación, canalizó las preocupaciones y aportes literarios más importantes de fines de los 70 y la década del 80.


Artículo

Liborio Justo, Horacio Quiroga y Bolivia

Extraños y poco conocidos lazos entre el genial escritor uruguayo y un singular revolucionario argentino que estuvo cautivado por Bolivia.



Lupe Cajías

El alias “Quebracho” era famoso entre los revolucionarios bolivianos en los años 40 y hasta el final decepcionante de la revolución nacionalista de 1952, que había comenzado derrotando al Ejército regular e imponiendo las milicias obreras y campesinas, y cayó en 1964 traicionada por las renovadas Fuerzas Armadas.
Liborio Justo (1902-2003), era el hijo rebelde del militar y expresidente argentino Agustín Justo y de Ana Bernal, a su vez descendiente de un general que había participado en la famosa “campaña del desierto”.
Militó primero en el Partido Comunista Argentino y desde los 30 adhirió al trotskismo; llegó a Bolivia por sus relaciones con el Partido Obrero Revolucionario (POR) que alcanzó protagonismo desde la Tesis de Pulacayo (1946) y el sangriento sexenio (1946-1952). Acá escribió sobre la revolución boliviana, la lucha de los mineros y de los obreros.
Justo tuvo una relación semiclandestina con María Helena Bravo, la última esposa de Horario Quiroga (1878-1937), el escritor uruguayo considerado “maldito” y hasta “loco” por sus textos de literatura negra, de historias tenebrosas y con una biografía que supera aún sus cuentos más deprimentes.
Bravo (1907-1989) era una escolar, amiga de la hija de Horacio ya cincuentón, cuando se enamoró perdidamente de él para seguirlo a los rincones más inhóspitos de las provincias, enfrentando la obvia oposición familiar y el cerco social.
Quiroga estaba marcado por la muerte y la locura desde su propio hogar, donde presenció el suicidio de su padrastro y la decadencia familiar, y las historias que difundía estremecían al mundo literario, aun cuando en el inicio del siglo XX, la influencia de los llamados escritores malditos franceses y el modernismo había ya dejado atrás anticuados moralismos y tabús.
El suicidio de su primera esposa, Ana María Cirés, adolescente que se aventuró con él en la selva con la idea de convertirse en agricultores (casi ermitaños) marcó al escritor uruguayo con un dolor misterioso que se reflejó hasta en su figura esquelética, desaliñada y barbuda.
Ella, deprimida por los continuos arrebatos de cólera del marido, ingirió un ácido que la mantuvo agonizante durante ocho días. Ni los alaridos en medio de la espesa arbolada calmaron el duelo eterno de Quiroga. Su primer amor fue otra chiquilla, María Esther Jurkowski, quien había inspirado algunos de sus primeros cuentos.
También se suicidó su mejor amiga, Alfonsina Storni. Más tarde, se suicidaron sus hijos, la muchacha Eglé (1938), y el joven Darío (1952), que crecieron igualmente manchados con los entuertos de la madre envenenada y obligados por su padre a resistir solos en la noche oscura del monte o frente a animales salvajes.
Helena no conocía ese entorno oscuro cuando aceptó dejar su Buenos Aires natal para seguir a Horacio en su segundo intento por sembrar la tierra y dominar la floresta en el tórrido San Ignacio. El escritor había abandonado Montevideo cuando mató sin querer a su mejor amigo.
Bravo conoció el carácter duro de Quiroga, sus celos, sus broncas, sus silencios, pero amó siempre su inventiva, su decisión de fabricar todos los muebles de la casa con sus propias manos, incluso la cuna de la hija de ambos, de cultivar sus propios alimentos y de criar animales para tener leche o queso, huevos, carne. Un poeta que a la vez sabía de química y de máquinas, era fotógrafo y plomero.
En ese ambiente apasionado y febril, llegó de visita el joven Liborio Justo a Misiones, quien no tardó mucho en enamorarse de ella, la esposa del admirado escritor, aún bella con sus sencillos vestidos campesinos, tostada por el sol y contagiada por el hermetismo de su esposo. Al contrario del cuentista, Liborio era un hombre alto, fornido, de cabellos engominados y seguro de sí mismo.
Para ella, la visita fue un oasis entre tantos días solitarios y sintió un cosquilleo amoroso, más apropiado a sus 20 años. Las charlas, las caminatas facilitaron los besos furtivos. Sin embargo, ninguno se animó a enfrentar la dureza, la fama, o la fuerza espiritual del escritor. De esos recorridos por la Argentina más profunda, el joven Justo escribió ensayos y relatos.
Cuatro años después, se encontraron en la esquina de Callao y Sarmiento en pleno centro bonaerense, cuando ella consiguió un permiso de su marido para volver unos días a la civilización.
María Helena seguía fascinada por la figura limpia y educada de Liborio, tan distante del primitivo Horacio, y no faltó la vanidad de sentirse admirada por el hijo del Presidente de Argentina. Él ya estaba más involucrado en la política y había viajado tres veces a Estados Unidos para reuniones con los grupos revolucionarios. En 1936 quedó grabado su grito: “muera el imperialismo yanqui” y fue detenido por subversivo, cuando en pleno acto oficial el Presidente F.D. Roosevelt visitaba a su padre en el Congreso.
La única de la familia Justo que no consideraba a “Quebracho” una oveja negra era su abuela. Los viajes por ciudades industriales y los encuentros con intelectuales comunistas lo habían alejado definitivamente de la línea pro soviética y fomentó la difusión del trotskismo con su revista Claridad. Quiso unir a todos los partidos de la IV Internacional.
María Helena se sintió tentada a pedir el divorcio y enamorar oficialmente con Justo, pero la asustó la vida con un perseguido político, después de las duras jornadas a orillas del caudaloso Yabebirí, y optó por buscar una vida “más normal y civilizada” junto a su única hija.
Poco después murió Horacio después de ingerir cianuro en el hospital donde le confirmaron que padecía cáncer de próstata; tenía 58 años.
Pitoca, la última hija que conoció Justo en Misiones, se arrojó desde el noveno piso de un hotel, a sus 60 años, en 1988. La tragedia de la familia también la alcanzó. La única que murió anciana y en hospital fue María Helena.
Liborio Justo adoptó el alias “Quebracho” quizá recordando esos días en la selva y ese arbusto símbolo de los abusos contra los trabajadores agrarios en el norte argentino. También usó el pseudónimo literario de Lobodón Garra.
Entre sus muchas obras- algunas llevadas al cine- “Quebracho” publicó: Bolivia, la revolución derrotada (Cochabamba, 1967), texto actualmente difícil de encontrar, aunque conseguí un ejemplar en un estante callejero de libros usados.
Calificó el proceso boliviano como “primera revolución proletaria en América Latina”, pero no dudó en subtitular su clásico ensayo político social como “raíz, proceso y autopsia” de los 12 años de gobierno del MNR.
“Quebracho” comprendió que los mineros bolivianos eran la vanguardia de la revolución continental por sus orígenes aymaras, la prédica anarquista y su capacidad de combate. Por eso este libro es considerado su estudio más completo.
Existen varias obras, folletos y artículos de Liborio ubicados en la selva de Misiones y en el Alto Paraguay, paisajes poco conocidos por los porteños, aunque también la Patagonia estuvo en sus preocupaciones literarias y revolucionarias, a partir de sus escenas más salvajes y desposeídas. Rechazó ser considerado un escritor y renunció a formar parte de las academias o sociedades.
Como un reflejo del misterio de la vida, para casarse huyó con una joven judía, Nina Dimenstein, compañera de vida y madre de sus tres hijos, y muy diferente a las damas del Jockey Club con las que estaba emparentada su familia.
Vivió todo el siglo y para muchos argentinos fue una leyenda, símbolo de la rebeldía más auténtica y libertaria. Renunció a su cuna cómoda para ser migrante con los expatriados, ballenero, ermitaño en Entre Ríos, campesino, obrero, escritor, periodista. Aunque criticó con igual dureza a escritores como Jorge Luis Borges o a la Unión Soviética, no fue un hombre de enemigos pues la autenticidad y austeridad de su vida cotidiana lo hacía invencible.

En Bolivia, solo los últimos proletarios ilustrados recuerdan a “Quebracho” y aún algún combatiente contra la dictadura de René Barrientos tiene imágenes del guapo argentino que defendió a los mineros en 1965. Lo demás es olvido.

Etc.

Millennium: El misterio del cuarto libro


En espera de una nueva entrega –esta vez hecha por otro autor- de la famosa saga policial, el autor adelanta la historia que la rodea.



Carlos Decker-Molina

Los tres libros de Stieg Larsson, conocidos por el título genérico de Millennium, tienen un halo trágico y conspirativo. El autor no alcanzó a verlos publicados y jamás se enteró del éxito que hoy se mide en los 80 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.
Larsson había planeado escribir diez libros en los que los personajes principales iban a ser el periodista Mikael Blomkvist, alter ego del autor, y Lisbeth Salander, una hacker, bisexual, psicótica e inteligente, que ha sido muy bien interpretada en el cine por la actriz sueca Noomi Rapace. 
Entre agosto de 2005 a mayo del 2007 se publicaron los tres libros de Larsson, a pesar de que el autor había fallecido repentinamente en 2004 debido a un ataque cardíaco. Stieg -a quien conocí personalmente a través de Michael Schmidt, un alemán que infiltró a los nazis para escribir su libro El nuevo rostro del nazismo-, era un periodista que tenía su revista llamada Expo (Millennium en sus libros) dedicada exclusivamente a desenmascarar nazis, extremistas de derecha y racistas ocultos en los pliegues de la sociedad sueca.
Larsson debido a su vida, permítanme el término: precaria, a consecuencia de los constantes ataques  verbales y físicos de los neonazis suecos no quiso comprometer a su compañera Eva Gabrielsson  casándose, quiso protegerla de sus enemigos políticos. Convivieron muchísimos años, Eva no solo fue su confidente sino su primera lectora, lamentablemente no suscribieron lo que se llama “contrato de convivientes” que establece los mismos derechos que la ley del matrimonio, lo que implica heredar.
Cuando Larsson murió, estaban en su computadora 320 páginas del cuarto volumen que, se dice desde la editorial Nordstedts, no tiene nada que ver con el contenido del que ha sido encargado al escritor David Lagercrantz y que será lanzado en el otoño.
El cuarto libro titula Det som inte dödar oss (Lo que no nos mata, traducción personal). La editorial Nordstedts adelantó a la prensa que los originales escritos por Lagercrantz llegaron el pasado noviembre, son alrededor de 500 páginas y han sido escritas en un universo tan secreto que parece tema de otra novela.
El proyecto ha sido ejecutado en la más estricta discreción; David Lagercrantz ha escrito en una computadora offline para evitar que ninguna emuladora de Lisbeth Salander se introduzca y se entere del contenido.
Lagercrantz dijo a un matutino sueco: “Escribir sobre Lisbeth Salander conduce a un estado cercano a la paranoia. Uno se entera de las facilidades que encuentran los hackers”.
El escritor confesó que cuando tenía que hacer búsquedas vía Google estaba obligado a usar otra computadora online. Se han usado muchísimos códigos para evitar “curiosos cibernéticos”.
Es más, los originales no se han enviado por correos ni privados ni estatales, se han usado personas con maletines que de tanto en tanto eran cambiados; esos mensajeros han recorrido Europa con  los originales que están en trance de traducirse.
El espíritu del que ha estado rodeada la creación del cuarto libro de Millennium es muy parecido al contenido de la obra en la que el profesor Frans Balder, una autoridad en la investigación de la inteligencia artificial, contacta a Mikael Blomkvist, periodista de Millennium, pues, dice tener una documentación muy importante sobre el tema, además sostiene que todo o parte del material está en manos de la agencia de inteligencia de EEUU. Blomkvist acepta el reto y lo hace en compañía de la hacker Lisbeth Salander y se lanza a investigar el caso.
David Lagrecrantz es un escritor conocido con varios libros escritos, pero hay dos que sobresalen: Syndafall i Wilmslow (Pecado en Wilmslow) sobre el matemático inglés Alan Turing que tuvo excelentes comentarios tanto en Suecia como en el exterior, y Yo, Zlatan Ibrahimovic, una biografía del futbolista contada por Largercrantz de una manera tan original que ha sido la puerta de ingreso a la lectura de millones de jovencitos del suburbio para los que leer era ridículo.
Syndafall se vende en 15 países y está traducido pero el libro sobre Zlatan se ha traducido a 30 lenguas y se vende en todo el mundo.
Eva Gabrielsson, la compañera de Stieg Larsson dijo que la elección de David Lagrercranzt ha sido una “idiotez porque no tiene el mismo origen de Stieg”. Probablemente no solo se refiere al origen de clase de ambos sino a las diferencias políticas, pues, Lagrecranzt está más cercano al social-liberalismo que al trotskismo.
Los lectores tendremos que esperar el lanzamiento del cuarto libro de Millennium hasta el otoño; se informó que las traducciones están en marcha. Puede que se convierta en el regalo de la Navidad 2015, pero es seguro que despertará cientos de comentarios porque estará a la mano comprar la literatura de Larsson y la de Lagercrantz.
No es un atrevimiento adelantar que habrá una diferencia en los temas de fondo, el hecho que Bolmkvist y Salander reaparezcan no quiere decir que el antinazismo, el feminismo y el antirracismo de Larsson aparezcan en primer plano, lo que sí estará presente es la conspiración y Lagercrantz sabe cómo hacerlo.


sábado, 16 de mayo de 2015

Entrevista

La historia de una familia y la irresponsabilidad de la ficción

Rodrigo Hasbún habla de Los afectos, su nueva novela que acaba de salir en España y que ya se traduce a nueve idiomas.



María José Ferrel

“La historia de la familia Ertl me resultó fascinante y quise explorarla no desde la precisión y la lealtad que buscan la biografía o la historia, sino desde las libertades y la irresponsabilidad que ofrece la ficción”, comenta Rodrigo Hasbún, respecto a Los afectos, la novela que acaba de publicar en España con Random House, y que, como nunca antes ocurrió en una obra de autor boliviano, será traducida simultáneamente  a nueve idiomas.
De la mano de una sólida trayectoria -fue seleccionado entre los 22 mejores escritores de lengua española menores de 35 años, y tanto su anterior novela El lugar del cuerpo como sus libros de relatos fueron muy bien recibidos- la prestigiosa editorial, que tiene gran impronta a nivel internacional, permitirá que la prosa de Hasbún sea leída en alemán, inglés, francés, italiano, griego, finlandés, holandés, portugués y chino.
“La novela está inspirada en los Ertl, una familia de alemanes que migró a Bolivia en los 50. Fadrique Iglesias me habló de ellos a fines de 2012, mientras nos tomábamos algo en un café de Cocha, después de años de no vernos. Oyéndolo esa noche, supe de pronto que escribiría este libro o, al menos, que intentaría escribirlo… Entre otras cosas, me interesaba imaginar el viaje interior de los miembros de esa familia de aventureros, imaginar lo que pudieron haber sentido mientras sucedían tantas cosas a su alrededor”, cuenta.
Hasbún reside en Houston, EEUU, donde está terminando su tesis doctoral. El cochabambino que también ha trabajado en varios guiones del cineasta Martin Boulocq, recuerda que pasaron dos años y medio entre la noche en que supo de los Ertl y el día en que la novela se publicó. “Ese tiempo me tomaron las distintas etapas de investigación, escritura y corrección. Yo diría que de las tres, la escritura es la que me tomó menos tiempo”.
Sobre su acercamiento a la editorial Random House, una de las más poderosas en estos días, Rodrigo admite que fue fruto de la casualidad. “Un buen amigo de Claudio López de Lamadrid, el editor de Random House, me comentó un día que a Claudio le gustaban mis cuentos y que le interesaría leerme cuando tuviera algo nuevo. Yo más o menos tenía lista la novela y se la mandé. Dos o tres días después me escribió diciéndome que quería publicarla”.

¿Cuento o novela?
Para Hasbún tanto el cuento como la novela -como géneros literarios- imponen intensidades y desafíos diferentes y propios de cada uno. “En cuanto a la escritura misma, sin embargo, –comenta- para mí la distinción más grande tiene que ver con la continuidad que exige la novela. Para escribir una es necesario sentarse delante de la máquina con cierta regularidad, en los días buenos, en los no tan buenos y en los malos. Es bien sabido que la realidad suele complotar contra la escritura, así que eso nunca es fácil”.

- ¿Cómo lograste asegurar tantas traducciones, algo tan poco habitual en escritores bolivianos?
- Una vez que lo leyó Claudio, el manuscrito circuló entre editores internacionales y a varios les gustó. Por lo pronto, además de la versión en español, la novela se traducirá al alemán, inglés, francés, italiano, griego, finlandés, holandés, portugués y chino, en editoriales que en la mayoría de los casos publican a otros escritores latinoamericanos. Para mí todo esto es nuevo, me intriga y lo agradezco.

- Además de Los afectos, ¿qué otros planes editoriales inmediatos tienes?
- Saldrá una nueva edición de Cuatro, el librito de cuentos que publiqué con El Cuervo, y ahí mismo saldrá el próximo año una reedición de Los días más felices, que también se reeditará en Perú con la editorial Santuario. Por otra parte, espero que en lo que resta del año Los afectos empiece a distribuirse en Latinoamérica.

- Viendo tus trabajos anteriores, y tratando de hacer una autocrítica, ¿qué cambios, evoluciones detectas en Rodrigo Hasbún escritor?
- Sigo sintiéndome un escritor igual de primerizo que al principio. Cada vez que me pongo ante la máquina me pasa lo mismo: descubro que no sé hacer eso que intento hacer y, sin embargo, nada me alegra tanto como intentarlo una vez más.

- ¿Cómo vez a la literatura iberoamericana actual? Se habla de un nuevo boom de la narrativa en español, ¿qué piensas al respecto?
- Me parece un momento estupendo, con muchos escritores embarcados en obras notables, pero soy de los que piensa que la literatura escrita en español en general ha sido siempre de una riqueza extraordinaria y que, por lo tanto, este no es un momento aislado sino uno más en una larga sucesión.
Lo que sí viene transformándose significativamente es la manera en la que los libros viajan entre los países que comparten el idioma, y ahí la edición independiente juega un rol crucial, así como las nuevas tecnologías. También viene transformándose el entendimiento chato y más bien pobre que se tenía de la tradición hispanoamericana en otras latitudes. (ANF)



Los afectos
(fragmento)

Paitití

El día que papá volvió de Nanga Parbat (con unas imágenes que trituraban el alma, tanta hermosura no era humana), mientras cenábamos, nos dijo que el alpinismo se había tecnificado demasiado y que lo importante se estaba perdiendo, que ya no escalaría más. Tras oírlo mamá sonrió como una idiota, creyendo que esas palabras contenían algún tipo de promesa, pero se quedó callada para no interrumpir. Es la comunión con la naturaleza lo que importa, siguió diciendo él, la barba más larga que nunca, tan oscura como sus ojos un poco desquiciados, la posibilidad de llegar a los lugares que han sido abandonados hasta por Dios es lo que importa. No, por Dios no, se corrigió, en el principio de uno de esos monólogos que duraban horas apenas llegaba, antes de que empezaran a crecerle el silencio y las ganas de emprender una nueva aventura, es más bien en esos lugares donde se lo encuentra, donde Dios descansa de nuestra ingratitud y sordidez.
Monika y Trixi lo oían sumidas en una hipnosis incipiente y mamá ni qué decir. Éramos su clan, las que lo esperábamos, hasta entonces siempre en Munich pero ahora en La Paz desde hacía un año y medio. Irse, eso era lo que papá sabía hacer mejor, irse pero también volver, como un soldado de la guerra permanente, hasta reunir fuerzas para irse una vez más. Solía suceder luego de unos meses de quietud. Esta vez, justo después de quejarse del alpinismo, con la boca medio llena, mencionó que pronto se largaría en busca de Paitití, una antigua ciudad inca que había quedado enterrada en medio de la selva amazónica. Nadie la ha visto en siglos, dijo y me dio pena mirar a mamá, constatar lo poco que le había durado la ilusión. Está llena de tesoros, los incas los resguardaban ahí de la codicia de los conquistadores, añadió él, pero eso era lo que menos le interesaba, su único tesoro sería encontrar las ruinas de la ciudad. Lo cierto es que a su regreso de Nanga Parbat había hecho una escala decisiva en São Paulo y finalmente tenía el financiamiento y los equipos. No hay que olvidar cuánto tiempo pasó desapercibida Machu Picchu, dijo, durante cientos de años nadie sabía que estaba donde está, hasta que el audaz de Hiram Bingham la encontró.


Crítica

Asma

Una lectura detallada del debut literario del escritor paceño Aldo Medinaceli.


Martín Zelaya Sánchez

Aldo Medinaceli es un rematado cinéfilo, y eso se nota en Asma. Aldo es un voraz lector, y queda muy evidente en estas páginas. Es un agudo observador y hábil cronista, y eso está muy claro en su opera prima, un heterogéneo -en temas, registros y estilo- y solvente libro de cuentos.
Se me ocurre, primero, enunciar algunos aspectos generales y luego ir al detalle. Tres tipos de relatos conforman Asma: textos vivenciales o realistas (los mejor logrados); textos kafkianos, de halo experimental, y otros fantásticos y de terror.
Un profundo impulso reflexivo, de introspección, caracteriza en general al libro. Narrador y personajes interpretan, intuyen que todo lo que pasa (les pasa) es determinante en su bagaje, en su destino, y a partir de esto -al menos en la mayoría de los casos- se ordena y subordina el resto: tramas, paisajes y detalles.
Un lugar común más: el lenguaje, su función y la certeza de su dominio trascienden en todas las tramas y personajes.
Dicho esto, hay que aclarar que cada cuento tiene un registro diferente (aunque se mueven todos, como ya dijimos, en tres grandes grupos) lo que, aunque en apariencia le quita unicidad al libro, no necesariamente lo desintegra, más bien confirma la pericia del autor y su dominio del género.
Dicho en otras palabras, Medinaceli recoge, procesa, sintetiza, absorbe y devuelve con gran habilidad, toda su experiencia y errancia en una colección de relatos disímiles pero de general buena factura.
Definitivamente cuando mejor le va es cuando describe/descubre: El Alto, Buenos Aires o Ámsterdam donde vivió o al menos estuvo temporadas medianas; eso no quiere decir que deban descartarse los relatos kafkianos ni los fantásticos de terror, quizás los menos logrados pero siempre con bastante por rescatar.
Ahora un poco de detalle.

Los kafkianos
Remiten, cómo no a El proceso, a El castillo, a esa profunda entropía/distopía que desespera y conmueve para terminar en una desasosegada resignación. Son tres:
El actor: Al borde de la locura, fingir, impostar que uno está sano y lúcido, para mantener ese salvavidas… ese cable a tierra que, de todas maneras, no llega a ser amor.
Inyecta: El más kafkiano de todos. El absurdo inexplicable, el lado burocrático de la vida, del existir. La Compañía un ente de poder omnipresente, que juega con las vidas de los enfermos, de los condenados, de los elegidos. Cuento futurista, filosófico, distópico… existencialista, apocalíptico. No sé si Aldo leyó La posibilidad de una isla, de Houllebecq; se me ocurren algunos hilos conductores tangenciales.
La pelea antes del fin: La metamorfosis a la Medinaceli. Suena a guion de una peli clase B; en el mejor sentido, tarantiniano.

Los fantásticos de terror
Los menos logrados, sí, pero no por falta de oficio o ideas, quizás sí por falta de trabajo y porque deberían, creo, agruparse por separado.
Construcción condena: Relato gris de ficción y terror que, no sé bien por qué, refiere a La carretera de Cormac McCarthy.
Samia: Narración fantástica apocalíptica, de interesante técnica narrativa. Un monólogo bien logrado aunque el hilo narrativo no es del todo cautivante.

Los realistas
El plato fuerte, la esencia, la novedad de esta propuesta refrescante en la narrativa local.
Reina de corazones: Un boliviano en Buenos Aires. Un prototipo de las peripecias y complicaciones de la “vida fácil”, de los pocos bolitas que rompen el esquema de trabajadores a toda prueba. (¿Guiño a Bolivia, de Adrián Caetano?).
Después de Feria 16 de Julio, el mejor logrado, en prueba clara de que Medinaceli –que vivió en El Alto y en Buenos Aires- es un gran cronista, además de narrador de ficciones.
Feria 16 de Julio: Un universitario que sobrevive trabajando y bebiendo; una dependiente soltera que ya se siente vieja y busca pareja; un solitario hombre mayor que peregrina de conventillo en conventillo; una “bruja” (adivina andina) todopoderosa y autosuficiente…
Aunque en realidad, el caos y la debacle de lo colectivo, el barrio, la urbe son los verdaderos protagonistas de este texto de mediano aliento que bien podría ser (o ser parte sustancial de) una nouvelle que se llame simplemente El Alto.
Queda en el limbo entre kafkiano, realista y fantástico otro de los buenos cuentos, Casa museo: Viaje, encuentros, desencuentros, reencuentros. La soledad decide cuándo dejarte, y no al revés. Cuento con lenguaje experimental: pensamientos, sentimientos se funden con una pintura que el protagonista observa-describe en una visita a un museo en Ámsterdam.

En síntesis, un buen libro, un buen viaje, un gran augurio. 

Libros

La última novela de Homero Carvalho

Una aguda crítica a la antología de poesía boliviana que el autor beniano preparó para Visor.



Andrés Ajens 

En su novela La ciudad de los inmortales (2005), Homero Carvalho se demora en evocar la “Isla de la Poesía”, que, según afirma uno de sus personajes, fuera descubierta por Hernando de Magallanes en la Tierra del Fuego -es decir, hoy por hoy, entre Argentina y Chile.
Por estos días Carvalho vuelve a novelar poesía en un libro impresionante que, presentándose bajo la apariencia de una antología de poesía, enhebra otra sabrosa fábula de la susodicha isla, pero esta vez nacionalizada, “en” Bolivia (al comienzo del libro, el narrador habrá confesado una irrebatible “insularidad” característica de una cierta incierta Bolivia, con lo cual, por alegoría, la isla de la poesía y Bolivia no serían sino una y misma cosa).  
Que una novela se presente bajo la forma de antología, no habrá de sorprender: novelas en forma de intercambio epistolar, o de otras variantes formales más o menos desconcertantes, hay no pocas, y no pocas muy interesantes.
La última novela de Homero Carvalho tiene más de un nombre, inscribiéndose de entrada en lo que el narrador llamará luego dual “complementariedad” del “imaginario andino” (aunque más adelante el mismo narrador fustiga al susodicho imaginario, por su supuesta adicción al “fanatismo”).
Dos títulos y dos subtítulos: “Antología. La poesía del siglo XX en Bolivia”, de una parte. De otra: “Poesía boliviana. Donde la nieve y los ríos son míticos” (esto último viene también con un sub-subtítulo que reza: “Antología esencial”).
Entre la poesía escrita en Bolivia en el siglo XX (independiente, incluso, de la nacionalidad del escritor o escritora, lo que importaría ahí es que tal poesía haya sido escrita en Bolivia en el curso del siglo XX) y la “poesía boliviana” sin más (donde esta y sobre todo lo “esencial” que se le adscribe queda como un rematado enigma). Así, la dual asimetría entre la “antología” y la “poesía boliviana” fuera cuestión medular y no simple anécdota de la trama.
La trama se reparte en tres partes o momentos. El primero se presenta bajo la forma de un prólogo donde un narrador introduce tanto la “antología” como la “poesía boliviana” esencial. El segundo momento viene dado por una suerte de “canon” de la poesía boliviana del siglo XX (con pasajes de autores “consagrados”, mayormente fallecidos). El tercer momento y final es una suerte de epílogo donde el narrador presenta una “proyección” novelada del susodicho canon, es decir, una ficción de la poesía boliviana de fines del siglo XX y de comienzos del siglo XXI (donde lo boliviano en poesía viene ahí a ser enmarcado estado-nacionalmente, cuestión naturalizada y jamás interrogada en la novela).
El “prólogo” es una verdadera pieza de antología. El narrador se presenta no como alguien que sabe de literatura (boliviana, para el caso) sino como un simple lector: “yo me precio de ser lector … de la poesía de mi país”.
Y, claro, no estamos ante cualquier lector. El narrador-lector se identifica también como poeta indígena (del pueblo) movima, cuya lengua -según dicen los que dicen que saben- pertenece por ahora a la (no) familia lingüística de las “aisladas”. ¿La Isla de la Poesía? En cualquier caso, el narrador-lector-poeta-indígena se hace depositario de un “encargo” descomunal de una real editorial española, y simula irse de tesis sobre la poesía de su país a fin de cumplir su “ineludible” patriótico deber: “difundir la obra de nuestros poetas por el mundo de habla hispana” (la exclusividad del “habla hispana”, con todo, será luego felizmente desmentida).
Entre las múltiples tesis que plantea el narrador sobre “nuestra poesía”, un par de ejemplos. El narrador-lector-de-la-poesía-de-su-país postula, de un lado, una oposición esencial entre la poesía europea y la poesía boliviana y, más ampliamente, latinoamericana. Mientras la poesía europea sería de parte a parte “filosófica” y “abstracta”, la poesía boliviana sería “vital” y “real” (desentendiéndose tal vez algo apresuradamente del conocido dictum saenzeano: “vida y muerte son una y misma cosa”).
Afirma el narrador: “Si algo percibimos de los poetas de Europa… es que su poética es filosófica. Los ríos para ellos son pensamiento, abstracción. En cambio para los nuestros… el río es la vida misma, real y cotidiana…”.
Otra fabulosa tesis del narrador: aquella que sostiene que poetas y lectores paceños tienden a ser más idólatras y fanáticos que los cruceños: “En poesía… existen fanáticos que adoran a sus ídolos… En Bolivia, este extremo solo se da en la ciudad de La Paz… Los poetas y lectores cruceños son más democráticos… nunca las asumen [sus preferencias literarias] con fanatismo”.
Relanzando el proverbial tinku entre “Oriente” y “Occidente” como recurso narrativo recurrente, el narrador confirma tanto su filiación andina (que organiza de entrada el libro) como su móvil (o acuosa) identificación movima.
El segundo momento del libro está dedicado a los grandes poetas muertos o ídolos consagrados de la poesía escrita en Bolivia (los 13 de la fama son aquí al menos 14 o 15: Zamudio, Jaimes Freyre, Borda, Tamayo, Reynolds, Guerra, Otero Reiche, Cerruto, Saenz, Churata, Camargo, Wiethüchter, Urzagasti, etc.), el narrador, aunque estructuralmente capturado por el dualismo complementario andino, no deja de darse a la dura tarea de ir al rescate de perdidos poetas amazónicos para intentar equilibrar a los contrincantes de tal poético tinku. Tarea de cierto encomiable, tan mediolunezca como a ratos republicana. O, para decirlo en lengua movima: solopa:yy (“gracias”).
En cuanto a las “proyecciones”, epílogo del libro (el narrador reitera que su propósito habrá sido hablar “de la poesía boliviana del siglo XX y sus proyecciones”), brillan de modo inaudito: Nicomedes Suárez Araúz, Cé Mendizabal, Jorge Campero, Humberto Quino, Juan Carlos Orihuela, Clemente Mamani, Vilma Tapia, Jaime Taborga, Rodolfo Ortiz, Marcia Mogro, Juan Cristóbal MacLean, Rubén Vargas, Sergio Gareca y Jessica Freudenthal.
(Con lo cual, el narrador termina por equilibrar el tinku entre vivos/as y muertas/os). Pero la lista es no finita y habría que agregar desde ya a Eduardo Mitre, Pedro Shimoshe, Emma Villazón, Mónica Velázquez, Mauro Alwa, Benjamín Chávez, Marcelo Villena, Elvira Espejo y Claudia Pardo.
Que el narrador de esta ficción de Homero Carvalho sea su homónimo, sin identificarse sin más con él (con el autor o propietario del copyright, si se quiere), lo subrayan a las claras contraseñas diversas inscritas en distintos pasajes del libro.
Hay desde ya una serie de indicaciones “catastróficas” que (nos) avisan que Carvalho no puede ser sin más el narrador homónimo del libro: Carvalho jamás le hubiese llamado Estrellas segregadas al conocido poemario de Cerruto Estrella segregada, ni a Pirotecnia de Hilda Mundy jamás la hubiera llamado por su subtítulo: Ensayo miedoso de poesía ultraísta, y jamás le hubiera puesto como fecha de publicación el año 1937, etc.
Esos y otros erratones fueran demasiado visibles como para atribuírselos a un escritor de la trayectoria de Carvalho. De otro lado, a diferencia del narrador-lector homónimo, Carvalho jamás hubiera estropeado el quechua de los poemas de Elvira Espejo por desconocer sus más elementales marcas ortográficas (con toda seguridad Carvalho hubiera invitado como co-editor/a a un/a hablante/lector/a de dicha lengua; lo contrario fuera simple paternalismo q’ara, o movima colonizado absolutamente).
Pero. La prueba irresistible de que Carvalho no debe ni puede ser identificado absolutamente con el homónimo narrador de su más reciente novela está en que el susodicho narrador, a diferencia de Carvalho (la “persona”, “vital” y “real” si se quiere), es profundamente mezquino consigo mismo, al punto de incluirse él (el narrador) en la ficción de tal poética antología.
¿O a fin de cuentas el narrador no se incluyera a sí mismo sino a otro/a, al escritor y presidente de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia por caso, Homero Carvalho Oliva? (La hipótesis complementaria de un narrador masivamente ventrílocuo no ha de descartarse; por momentos -véase por caso la nota de presentación sobre Mónica Velázquez- la operación del narrador está literalmente habitada por la palabra de un escritor con una calculadora en la mano diestra y un terror infanticida ante la oscuridad y la incertidumbre en la siniestra).
La última novela de Homero Carvalho, en apretada síntesis sin síntesis: ¡de antología!