sábado, 12 de septiembre de 2015

Cafetín con gramófono

El cielo de las serpientes


Un extraordinario proyecto que, aunque tuvo un solo número, dejó huella entre los emprendimientos literarios de fines del siglo pasado.



Omar Rocha Velasco

El cielo de las serpientes fue un esfuerzo monumental que se publicó en enero de 1994. El primer impulso -como dicen los responsables en la editorial llamada Réquiem para los días venideros- fue dar a conocer un panorama de la poesía contemporánea de Latinoamérica y, si bien les faltó abarcar algunos países, cumplieron ese propósito parcialmente.
En efecto, esta “Gazeta” [Sic.] literaria de 67 páginas, ilustradas con “diseños altoperuanos” provenientes del museo Amano, se dividió en dos partes, por un lado el rescate de algunos textos presentados en el memorable I Encuentro de Narrativa y Poesía, realizado en Copacabana del 18 al 20 de diciembre de 1992 -se incluye textos de Antonio Cisneros, Cé Mendizábal, Humberto Quino, Blanca Wiethüchter y varios otros escritores que participaron de esas humedecidas jornadas- y, por otro lado,  una muestra de poesía cubana, uruguaya, chiapaneca y ecuatoriana. Además, la “Gazeta” incluye el poemario de Julio Barriga El fuego está cortado, “publicación costeada por Alejandra Echazú”.
Los responsables de tremenda publicación fueron los cuatro “Jinetes del Apocalipsis”: Jorge Campero, Edmundo Mercado, Juan Carlos Ramiro Quiroga y Rubén Vargas. Obviamente Rubén fue parte de la escritura de los dos textos colectivos que abren la revista: la editorial y el poema El cielo de las serpientes, in memoriam de Guillermo Bedregal, Edmundo Camargo y Jaime Saenz.
Éste es un texto sobre la poesía, la memoria, la realidad y el viaje, temas que aparecen bajo el manto alegórico del apocalipsis bíblico y la firme convicción en los poderes de la palabra “basta nombrar y soñar”.

Todo encuentro es un sueño
porque todo es un poema
uno jamás sale del cuarto
basta con nombrar y soñar
los viajes no se realizan
las ciudades no existen
(…)

La “Gazeta” publicó el discurso de apertura del Encuentro que estuvo a cargo de Jorge Campero, y que señala que el lugar escogido no fue una casualidad, Copacabana es un santuario “y, por lo que a nosotros nos toca, un espacio sagrado para la literatura, hoy por hoy más relevante que la política o la fiebre democrática que en Bolivia sobrevive”.
Hacia el final marca que la intención del evento es el diálogo, que el destino del poeta lo acerca a la sociedad y a sus preocupaciones domésticas. “Escribir un poema o un cuento es entablar con el mundo un lazo más fuerte que la amistad y más durable que el amor…”.  
El invitado especial del encuentro fue el poeta peruano Antonio Cisneros, cuya participación se dio en el acto central. Rubén Vargas fue su interlocutor, realizó la presentación, luego Cisneros leyó sus poemas y finalmente ambos conversaron.
La revista recoge estos tres momentos: en la presentación, breve, Rubén destaca que la poesía de Cisneros es innovadora y renovadora, entrega la posibilidad de un lenguaje que engrana la historia y la vida cotidiana; además “ensambla” varios lenguajes” y tradiciones: coloquialismo, poesía culta, siglo de oro y poesía anglosajona.
En el diálogo sostenido con el poeta luego de su lectura, Rubén enfatiza este juego entre Historia -con mayúscula- e historias cotidianas, como veta de lectura de, por lo menos, dos libros centrales de Cisneros: Canto ceremonial contra un oso hormiguero y Crónica del niño Jesús de Chilca, además, menciona una dimensión religiosa en la poesía del peruano.
La muestra de poesía y cuento -sobre todo poesía- que logró publicar este “culebrón literario” fue realmente impresionante, empezaron con poesía Chimane y Mosetene, luego continuaron con las secciones “Cóctel Nacional”, “Mojito, Cuba viene”, “Hojas de Parra”, “Candombe”, “Año nuevo Chiapaneco” y “El Chimborazo”.
En estas páginas encontramos textos de Gilmar Gonzáles, Carlos F. Mendizábal Rivera, Humberto Quino Márquez, Antonio Rojas, Roberto Echazú, Marcela Gutiérrez, Alfonso Murillo, Roxana Sélum Yabeta, David Mendoza Salazar, Wendy Guerra Torres, Elena Hernández Caballero, Agustín Labrada Aguilera, Sonia Díaz Corrales, Nelson Simón Gonzáles, Damaris Calderón, Margarita Kurt, Silvia Gallo, Marosa Di Giorgio, Hugo Achugar, Juan Carlos Bautista, Gabriela Balderas y Ulises Estrella, entre otros.
La simple enumeración de nombres otorga la dimensión del proyecto, cada uno de los autores es introducido con una pequeña nota que lo sitúa, se menciona el país, los libros publicados, los premios obtenidos y en algunos casos, se regala hasta una pequeña orientación de lectura.
Un detalle, además de las dos grandes partes que componen la “Gazeta” y el poemario de Julio Barriga que publican como un plus, los responsables introdujeron una pequeña tarjeta -además de la tarjeta de suscripciones- que intentaba recoger información para el “1er. censo de lectores de poesía”, un cuestionario que planteaba las siguientes preguntas: ¿usted lee poesía? (casi siempre, nunca). ¿Poesía de qué país le gustaría leer? (escriba tres). ¿Qué poetas de su gusto personal le gustaría difundir o conoce? (escriba tres). ¿Tiene producción propia que quiera difundir? (escriba tres).

Lamentablemente, “Producciones Poéticas El cielo de las Serpientes” dio a luz solamente un número, sin embargo, bastante complejo, abundante, pretencioso, maravilloso, ingenuo…

sábado, 5 de septiembre de 2015

Artículo

Escritos completos, el universo (literario)
de Juan Conitzer en un libro

La esencia y fundamentos de la obra literaria y artística de Conitzer, y detalles fundamentales para entender el libro que reúne la totalidad de su producción. En cuadros adjuntos, dos piezas breves de sus libros y un extracto de un texto preliminar.


Martín Zelaya Sánchez

“Todo lo que Juan hacía -sus escritos, sus obras de arte- era una bitácora, la mirada que tenía sobre la vida. Todo es parte de una obra global, única”, comenta Mabel Fava. “Juan Conitzer es un gran escritor y un artista del futuro”, afirma Rodolfo Ortiz.
“¿Pero quién era realmente Juan? -se pregunta Alejandra Echazú-. ¿Es posible llegar a su corazón, a los que fueron sus sueños y sus realidades en un itinerario a través de su paleta, de los trazos de color, de las vetas, de las figuras geométricas o de sus textos complejos?  ¿Es posible intuir su personalidad a través de la arquitectura  y la decoración de su taller? ¿Es posible llegar a descubrirlo recorriendo su producción artística?”.
Nos referimos, claro, a Juan Conitzer, escritor y artista paceño cuya valiosa aunque poco conocida producción literaria acaba de reunirse en el libro Escritos completos (La Mariposa Mundial, 2015), un valioso rescate y compilación que estuvo a cargo de Rodolfo Ortiz, y que se presentará este miércoles 9 de septiembre en el Museo Nacional de Arte de La Paz.
La obra reúne los ocho libros -entre prosa y verso- publicados por el autor, la mayoría en ediciones artesanales, caseras y de muy escaso tiraje, y una selección de textos dispersos e inéditos.
Ortiz, que suma este valiosísimo rescate literario a sus trabajos de investigación y rescate de Jaime Saenz -plasmados en varios textos inéditos y facetas biobibliográficas en su momento publicados en La Mariposa Mundial- y de Arturo Borda -de quien editó el sorprendente Nonato Lyra, además de varias piezas en la citada revista- tiene en esta ocasión un doble mérito: dar a conocer a un autor aún menos leído que Borda y, además de contextualizar, anotar y ubicar su obra según la cronología de vida de Conitzer, presentarla en una edición matizada acertadamente con las coloridas obras de arte del también talentoso artista.
Componen Escritos completos los libros Cuaderno borrador (1968), Alba: mar de pescadores (1975), Y Francisco pasó a la leyenda (1978), Hijos de papel (1996), Cuento desmoralizante del año cristiano y otros (1999), Continuando la obra de Dios. Teresa y última parte (2003), Hoy entrego el alma. Cuentos de sobremesa (2005), ¡Como esté! (2008) y Textos dispersos e inéditos (1958-2007).
Todo precedido por la nota “Liminar” de Ortiz, la “Introducción” de Echazú y una completa biobibliografía cronológica, fundamental para ubicar y entender en el tiempo la producción literaria y artística del hijo menor de Yolanda Bedregal fallecido prematuramente hace casi seis años.
Comenta Ortiz sobre el proceso de investigación: “quizás valga la pena mencionar que el proyecto se inició en 2012 (Conitzer había fallecido apenas tres años antes), y que desde entonces el trabajo fue cada vez más exhaustivo en la revisión de archivos y en el rescate de textos dispersos solapados en revistas, antologías y publicaciones periodísticas. Estamos hablando de un libro de 365 páginas, que reúne por primera vez toda su obra (ocho libros y 18 textos inéditos), cuya recomposición se dio a partir de criterios de edición lo más respetuosos posibles a lo estéticamente esbozado desde el principio por el autor, pero también acorde a las características propias de una obra única, dispersa y compleja en su morfología”.

El universo de Conitzer
“Juan siempre repetía que ninguna vida se pierde nunca por completo, y que simplemente tras dejar de existir de una manera, todo se transforma. Es decir, para él incluso cuando los objetos terminaban su ciclo útil, seguían ‘vivos’ en sus piezas sueltas que no tenían desperdició”, comenta Fava, su inseparable compañera. “Yo creo que ahí puede encontrarse su filosofía de vida, y la que regía tanto sus textos como sus obras de arte”, agrega.
En el libro Alba, mar de pescadores (1975), Conitzer escribió: “cada vez los insomnios se repiten con mayor frecuencia. Hoy lo combatiré con esta lanza de tinta negra en mi viejo cuaderno; tiene manchas de carne, de sangre y se ha cansado de la presión en el bolsillo. -Cuaderno, amigo de todo solitario, de las horas sin nombre, de otros recortes en olvidados baúles…”.
Y es que Juan era en esencia un recolector de sensaciones, de pasiones… de ideas y, claro, de objetos y palabras: no perdía la ocasión de ponerse a los bolsillos cualquier alambre, metal, plástico que hallara en el suelo para luego reciclarlos en sus esculturas o pinturas de técnica mixta, y tampoco se separaba de sus libretas o incluso trozos de papel en los que recogía también frases, párrafos o ideas que se le venían a la mente el rato menos pensado, y que anotaba con fruición para trabajarlas después.
Pero, sobre todo, Juan era un recolector de sí mismo; nadie como él para plasmarse en textos y sus pinturas y esculturas, para bien de sus lectores y de quienes puedan apreciar su legado artístico.
Más claro lo dice Echazú, literata y sobrina del autor, en el texto introductorio del libro: “Se dice que con la ‘muerte del autor’ el texto se sustenta por sí mismo y se hace innecesario escudriñar todo aquello que está fuera de la página. Lo mismo sucede, me imagino, con la obra pictórica. El cuadro revela lo que debe y quiere decir; aquello que oculta a la interpretación lo guarda en el misterio de sus propias formas y colores. Hay obras que se bastan a sí mismas y ante las cuales no sentimos la urgencia de abandonar el marco en los de la persona. No sucede así con la obra artística de Juan Conitzer: estoy convencida de que ése es precisamente uno de sus mayores logros: haber sido capaz de imprimir en el papel, el cartón, el lienzo, los alambres, la madera o lo que fuera, una visible y casi táctil esencia de sí mismo, desplegada de manera inocente e involuntaria, sin coincidencia de que en su obra quedaba impregnada su intimidad”.
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¿Quedarse aquí?
Prólogo del autor

Juan Conitzer

Todos mis anteriores best sellers tratan de criminales de este mundo, de esquizofrénicos y de seres humanos. Éste también será un éxito porque concierne a una psicología póstuma: el individuo G. tenía tendencia a la normalidad cuando nació en 1897 y la mantuvo los 87 años que vivió. Paralelamente, otra tendencia a la locura esquizoide lo acompañó el mismo tiempo; ésa se puso de manifiesto pasada la ceremonia fúnebre y se fue agudizando año tras año.

Rasgos:
1. Quería tremendamente a la naturaleza y la odiaba, pues lo había abandonado.
2. Hereditaria.
3. Va en aumento en los descendientes varones.
4. Debilita el cabello de descendientes mujeres.
5. Es incurable y
6. Se parece a la muerte misma.

* Tomado del libro Hijos de papel.
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Coliseo de títeres. (Juan Conitzer)
Propiedad privada

Juan Conitzer

Hace como siete años, en mi horóscopo, en las estrellas, estaba escrito que sería un exitoso hacendado, maderero, filántropo del pueblo. En mi destino se confabuló toda una fortuna en marcos alemanes de los abuelos, la enorme propiedad del ex suegro, cuatro vehículos todo terreno, dos vagonetas, cinco motocicletas, motosierra, motocultor, cuarenta y más cerdos, chivos, vacas que parían terneros, y yeguas que parían estrellas, “Estrella” que paría un potrillo, unos patitos que seguían a otros y cuatrocientas gallinas que ponían huevos, plantines de plátano y estevia y costales de semilla de papa, panales con ocho mil abejas y su reina que se alimentaba cerca a la cascada y ojos de agua, un chirimoyal y medio, paraíso para cercarlo a tres o cuatro corridas. De ellos solo queda un cuarto con troncas de colo cual bóveda de banco.
Los Salesianos tomaron control de la nueva escuela gallega y ahí estarán las láminas que regalé, grabados invaluables para la deprimida región Sur-Yungueña, veinte hermosas láminas entregadas en desfile patrio al directorio.
Las cuatro sillas de montar y las bridas y cuanto hay de caballos a excepción del fuete con cantonera de plata de mi abuelo materno; todo ha sido robado, y esta historia ¿cómo culmina? El día en que el gran vaquero quiere subir al potro Chelo, monta por la derecha, pasa sobre el animal y termina en el suelo a la izquierda.
Yo he nacido para conversar con el maíz, había de él sembradíos en Casali. Ahora una empresa siembra unos surcos de amaranto para exportarlo a Europa. En el resto crece el cari-cari, ese frutito silvestre tan exquisito con nata.

* Tomado del libro ¡Como esté!
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[Liminar]
(Fragmento)

Rodolfo Ortiz

¿Qué deseó en última instancia esta edición? Hacer visible el proceso de recomposición vertiginosa que sigue a la inmersión en un archivo; los escondidos criterios de ensamblaje; los papeles, sobre todo los manuscritos, en los cuales se extravía hasta el cuerpo; y junto a esto, la importancia de dar al lector una obra desnuda, fundamental, siempre futura, que seguro será leída y redescubierta muchas veces. Pero también esta edición escuchó el deseo en residuo de algunos documentos, des petits papiers, que no se incorporaron siendo escritos ellos mismos (apuntes de sueños, cartas, fichas y trabajos universitarios, una tesis de filosofía de la cual queda un cuento (cf. 286), un glosario de francés-español, frases sueltas, el Cuaderno de Casali); o siendo cuentos otros mismos, perdidos todos en una computadora y que nunca conoceremos. Pero a la vez están los cuadros elegidos, y los no elegidos, y las tapas que fueron pinturas y dibujos inamovibles, sintonizados también desde un deseo familiar alerta y solidario con la aventura de esta obra y, fundamentalmente, con la apuesta de una edición que reordenó, rearticuló y completó estas páginas tantas veces como fueron creciendo los hallazgos.
Grampas, pegaduras y papeles han acompañado a Juan Conitzer de tan diferentes maneras que ni el libro abierto de todos los días, ni esa manera en que dos dedos dicen adiós en un instante tachado mil veces, se equiparan al modo inaudito donde La Paz y el Universo vuelven a ser un momento de atoramiento y semilla.



El último mestizo

Muchas gracias


Extracto del discurso que dio el autor cuando recibió el Premio a la Trayectoria Literaria durante la pasada Feria del Libro de La Paz.



Manuel Vargas 

Sí, muchas gracias. Esto es todo lo que se me ocurre decir en esta ocasión. En un viaje que hizo la antropóloga Verónica Cereceda por comunidades quechuas -Paria, Ventilla, Banderani- entre Oruro y Cochabamba, le ocurrió lo siguiente.
Se acercaba con sus acompañantes a una casa a preguntar por el camino que debían seguir y un campesino desde el fondo del patio apreció diciendo esto mismo: Gracias, muchas gracias. “Venía alzando los brazos como para recibirnos en ellos y era tal su delicadeza toda, que con la ayuda del poncho parecía un pájaro alado”.
¿Gracias de qué?, ¿por qué?, se pregunta Cereceda. ¿Gracias a quién y qué diciendo?, digo yo. No hay una respuesta. Y la antropóloga recordó la filosofía Zen: “cuando como, como; cuando duermo, duermo”. Así nomás debe ser.   
Ahora resulta que me han otorgado un reconocimiento. ¿Quién?, ¿por qué?, ¿de qué? Solo me resta repetir lo mismo. Gracias. Y aprovechar la ocasión para desnudarme un poquito. De pronto me he dado cuenta de que estoy viejo, que no es lo mismo que decir que soy un viejo. Junto conmigo algunos amigos se extrañaron diciendo, “pero tú no te has muerto aún y pareces estar sano, ¿qué ha pasado, por qué te están dando reconocimientos”?
Y bueno, me han pasado tantas cosas, de pronto se me ocurre que puedo hablar de mucho tiempo atrás, y desde siempre. Por algo sería que mis compañeros de escuela me pusieron, premonitoriamente, el sobrenombre de “Abuelo”. De pronto he vivido y he conocido a mucha gente y he viajado por todas partes. Desde Huasacañada hasta Suiza, pasando por Vallegrande y la isla de Cuba y algunos trechitos del África. ¿Por qué? Ahora recién entiendo. Por andar escribiendo. Gracias, letras.
Cuando era niño, a mi madre se le ocurrió mandarme a un Seminario de Tupiza a estudiar para cura. A mí me encantó la idea, pues iba a aprender algunos idiomas, como el latín, y junto con el francés y el castellano, ¡ya iba a hablar tres idiomas! Y seguramente iba a comer cosas ricas, también.
Así que me fui. Y por andar viajando, perdí mi infancia. Hasta pensé que la dejé en un camino entre Santa Cruz y Cochabamba, cuando el bus en que viajaba se despeñó unos cien metros, causando algunos muertos; a mí me correspondieron dos heridas, una detrás de mi cabeza y otra en mi ajayu, aparte de cientos de espinas de caraparí en mi rodilla izquierda.  Pero no, ahí no estaba mi infancia, pues en muchas ocasiones, años después la busqué con mi mirada por ese callejón que hizo el bus La Galgo al rodar hasta la quebrada. Fue solo mi ajayu que se quedó ahí por un tiempo, y de tanto mirar lo recuperé. Seguro, porque no estoy loco.
Entonces, ¿en qué recoveco del tiempo se perdió mi infancia? Tenía que estar en Huasacañada, en Salsipuedes, en alguna estancia o pampa o potrero entre Vallegrande y Paja Colorada. Pues, me dediqué a escribir cuentos a fin de encontrarla. Entonces ya estaba crecidito.
No voy a seguir paso a paso la marcha de mis largos años. A los 22 publiqué mi primer libro. Siguieron otros, años y libros. Últimamente, a instancias de una amiga, me puse a contarlos. Ya desde hace rato se me ocurrió decir que tenía publicados diez libros, luego una docena, por nada más muchos comentaristas y amigos me pusieron la chapa de escritor prolífico, pero no. Bueno, sí, deben ser muchos, pero no tantos. Este año los he recontado, y pasan raspando los veinte títulos.
Paso. El año 1981 dejé Bolivia, contra mi voluntad, para verla desde el otro frente. Fui uno de los pocos exiliados literarios en este país de tradición oral. Ocurrió que al “crítico literario” Luis Arce Gómez y a sus seguidores no les gustó mi cuento, El mal de ojo, publicado en Presencia y fui denunciado por escribir mal, y en contra del honor de la mujer cruceña.
Todas estas anécdotas, dolorosas en su momento, apenas hicieron que tome más en serio mi trabajo de escritor, y buscara en la literatura una explicación para comprender el absurdo del mundo. Me agarré de las palabras de Homero: “Los dioses tejen desventuras para los hombres, para que las generaciones venideras tengan algo que cantar”.
Borges lo dijo de otra manera: “Un escritor o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo”.
Jaime Saenz, el amable, le da otro toque a todo esto: “Hay que tener una fuerza casi sobrehumana para contrarrestar los efectos de una bien organizada y encubierta conspiración. Claro que es el humor uno de los principales componentes de esta fuerza casi sobrehumana. El humor es el conocimiento en el más alto sentido. El que escribe lo que le da la gana, el que no teme a nada ni a nadie, el que no transige, el que escupe sobre las convenciones, sobre los grupos, los cenáculos y peñas está perdido. No tiene perdón. Y como a uno le interesa un comino que lo perdonen o que dejen de perdonarlo, y como ni siquiera los mira de reojo, la cosa se vuelve de lo más chistosa. Pero a mí me da mucha pena que la gente sea así. ¿Será tan difícil ser como lo que se es? ¿Por qué simular? ¿Qué cuesta escribir lo que uno cree y lo que uno siente?”.
Pues, cuesta. Pero vale la pena. Volví a Bolivia. Aquí estoy. Otras cuantas cosas me pasaron. Vengo de una tradición que considera al escritor como un inconforme, un aguafiestas, cuyo poder está siempre lejos del poder. La literatura no es literatura. Los cuentitos no son cuentitos ni un saludo a la bandera.
Soy un hombre de tener, no de poseer. Tengo unas raíces bien puestas: Vallegrande y sus alrededores que llegan hasta Bolpebra y Villamontes. Tengo dos héroes, aún entre los vivos, que me ayudan a ir pasando: Loyola Guzmán, porque está a mil leguas de la política “real” y porque para ella la revolución no es un discurso hueco sino una sencilla vida de consecuencia. Y monseñor Julio Terrazas, o sea mi paisano “el Padre Julio”, me sacó con una sonrisa del pozo de la desesperación y la locura, diciéndome: “cuidado con meterte a la religión”. Y eso en boca de un religioso ya es definitivo.
Es que hubo un tiempo en que estuve muy enfermo. Pero tengo asimismo un hermano, un jodido hermano mayor, que ya se fue: Jesús Urzagasti, compañero de aventuras y mates cuando se dio el caso. Cuando mis nervios me quisieron doblegar, cuando dentro de mí todo estaba negro y el horizonte amenazaba estallar, me dijo: “Hay que ser fuerte. ¿Qué siempre te puede pasar?  A lo mucho te vas a morir”.

Tengo. Tengo palabras y recuerdos antiguos. Tengo cuentos. Gracias, palabras. Cuando tengo que comer, como; cuando tengo que dormir, duermo. 

Sombras nada más

Rodolfo Mier en la memoria


Un reconocimiento al periodista y escritor hace poco desaparecido.



Gabriel Chávez Casazola

A mi regreso a Bolivia, hace unos días, me esperaba la noticia de la muerte de un amigo que durante muchos años militó en la “poesía secreta”, según me confesara literalmente una noche de finales de siglo, whiskies en mano, descubriendo así su identidad de escritor encubierto.  
Se llamaba Rodolfo Mier Luzio y como periodista había publicado incontables artículos y columnas desde que iniciara -jovencísimo, si hacemos cuentas- su andadura en el oficio a finales de la década de los 50; sin embargo, recién se animó a reunir y dar a conocer sus textos literarios a partir de 2001, saliendo así de la clandestinidad (otro término que le era caro desde su años revolucionarios), primero con colaboraciones en suplementos y luego con un libro propio. 
Revisando el infidente Google compruebo que se le ha recordado, cuando murió, como el prolífico periodista que fue, pero que no se ha escrito (o al menos no está recogido en la red) algún texto sobre su literatura. Trataré aquí de remediarlo brevemente.
No sé la edad que tenía Rodo, como le llamábamos con afecto, cuando se editó su primer libro en 2003 en Sucre, pues ni siquiera el Diccionario cultural boliviano registra su fecha de nacimiento para hacer un cálculo exacto, pero presumo que había cumplido ya (o iba a hacerlo pronto) siete décadas vividas con intensidad.   Parece obvio que por esa razón de calendario -y no sin cierto melancólico pesimismo, que parecía ajeno en alguien que en ese momento rebosaba vitalidad y actividades- nombró a ese volumen como Letras del crepúsculo.
En su producción, la reunida en ese libro (me dicen que publicó otro después, pero no lo conozco) y la dispersa en publicaciones periódicas, encontramos cuentos, poemas, prosas y relatos. Los que mayor valor tienen, a mi juicio, son estos últimos. Se trata de textos autobiográficos muy bien escritos, amenos, incluso conmovedores, desplegados con estilo, gracejo, plasticidad y saludables dosis de humor negro. La mayoría de ellos habla de una época de su vida que lo marcó a fuego: el exilio.
Rodo estuvo exiliado en los años 70, primero en Chile, donde le tocó vivir, como periodista de IPS, los días de la Unidad Popular, para tener que huir después del golpe de 1973; luego en París, donde enfermó de ansiedad y nostalgia, hospedado en un Hotel para Jóvenes Trabajadores; y más tarde en Argentina, donde aprendió a ejercer los más diversos oficios, como el de verdulero -junto a Iván Decker-, el de relacionista de un hotel y el de jefe de personal de una gran represa, escapando de cuando en cuando a La Quiaca para sentir próxima a Bolivia.
Todas las etapas de ese largo extrañamiento están capturadas en sus memoriosos relatos, destilando, a menudo del barniz de una anécdota, una ácida (y a la par risueña) crítica a tirios y troyanos: derechas e izquierdas, golpistas y golpeados, exiliadores, exiliados y hasta  “expertos” en exilios. La suya no es la mirada habitual sobre esa etapa, que canoniza y demoniza. Aquí todos llevan su parte. 
Es que Rodo, en esos tiempos militante convencido del PCML -¿esta sigla le dirá algo a los lectores jóvenes?- y luego agriamente desencantado, escribió sus Letras del crepúsculo cuando ya podía mirar aquellos sucesos con distancia e inteligencia (acaso la suma de ambas sea uno de los nombres de la sabiduría); lo que no quiere decir que no recorra sus textos, por debajo, a lo Duby, un regusto a desazón.
Comentando estos relatos, que se nota le impresionaron de forma vívida, Néstor Taboada Terán, también recientemente fallecido, anotaba que “hay dos formas de asumir el exilio, la de Ovidio y la de Dante Alighieri. Mientras Ovidio pasó su vida solicitando al Emperador su retorno, Dante fue absolutamente creador”. Para Taboada, “muchos en Bolivia sufrieron el dolor del exilio”, como Ovidio, “pero pocos hicieron lo que hizo Rodolfo Mier Luzio, escribir su testimonio”, a la manera de Dante.
Es más, y no sé si sea una afirmación precisa, Taboada Terán afirmaba (en 2004) que los relatos de Mier eran el primer testimonio de esa etapa histórica -el exilio boliviano de los años 70- que se publicaba en primera persona.  Lo que es seguro, como apuntaba también, es que “ya son parte de nuestra memoria colectiva”.

De mi memoria personal forman parte algunas pláticas con Rodolfo Mier Luzio, su generosidad, su discreción, su humor ácido, su lealtad para conmigo y mi familia en momentos en que otros nos volvían la espalda. Dejo aquí registro de mis lecturas y de su amistad, para que el olvido, al que somos tan proclives, no las borre del todo. 

Arte

Los sueños del picapedrero


Fragmento del texto que el autor leyó en la inauguración, en Cochabamba, de una muestra de arte de Gonzalo Ribero.



Mario Argandoña Yáñez

Son 50 años de trabajo y más de 1.200 cuadros. Su actividad es inagotable, como un demiurgo hace y deshace firmamentos imaginarios en experimentos sin fin: usó conchas en el Brasil, y batik en el África; esculpió granito en Tolomosa, amasó y horneó cerámicas, tomó innumerables fotografías, y atrapó los brillos del salar Tunupa, con arenas, oro y plata. Día a día Gonzalo Ribero crea bellezas efímeras de pétalos, semillas, guijarros, pedazos de metal y madera, o de velas que chorrean grutas misteriosas.
En este ambiente prodigioso, resalta el interés apasionado por las piedras, solo equiparable a la convicción aymara de que somos los hijos de las piedras. Gonzalo vive el ensueño petrificante y milenario del planeta en su formación, cuando las piedras reinaban sobre los cuatro elementos ancestrales en una sorda armonía de luchas descomunales.
Con las palabras del conocimiento, las piedras se refieren a los residuos duros, fríos e inertes de un pasado sin memoria. Pero con las palabras valorizantes de la imaginación preludian los ensueños de la creatividad. En la imaginación material rige la dialéctica de lo duro y lo blando, que da a las cosas una ambivalencia que puede sentir hostilidad hipócrita en lo blando, o franca provocación en lo duro, a la que respondemos con el apronte de nuestro coraje o nuestra fuga.
La dura resistencia de la piedra se transmuta en imaginación contra las cosas, y la agresividad va a lo profundo, a la intimidad de los contrastes. Así  tomamos conciencia de los enigmas de la energía que nos convierte en seres dinámicos frente a la potencia del universo y con las certidumbres de nuestras fuerzas y destrezas.
En cuanto intervienen las manos, surge el sueño de la voluntad, prefigurada en la acción sobre la materia. El impulso infantil, violento y destructor contra las cosas, deviene virtud con las destrezas lentamente adquiridas en el trabajo cuidadoso y constructor.
Con las manos armadas de cincel y martillo, atacamos a la piedra para desbastarla y después seguimos las labores pacientes del pulimiento. Pero si las manos están vacías, las piedras son demasiado duras y guardamos nuestras fuerzas. Entonces las cosas se exhiben sobre un fondo de universo, donde el espectáculo de la realidad es visto a través de metáforas que dilatan la imaginación a perspectivas cósmicas.
La imaginación creadora trasciende las sensaciones para valorizar los colores y las formas. Esta valorización es la dialéctica de la vida y la muerte, el amor y el odio, lo bello y lo feo, la paz del nirvana y la guerra de la creación. Lejos de la simple utilidad, los valores luchan entre sí. La materia, espejo de nuestra energía, refleja el sueño de la voluntad que anticipa la acción futura, que cambiará la realidad objetiva en el marco de un universo valorizado. Cuando se actúa con el sueño de la voluntad, el tiempo se materializa como un tiempo activo, bifurcado en el esfuerzo del artista y la resistencia de la materia.
La imaginación creadora se opone a la simple fantasía que valora la  soledad y el relajamiento, y se opone a la imaginación que repite lo percibido y se somete a las normas sociales.
Una creación no reproduce, sino que produce en el reino de la irrealidad, triunfando sobre cualquier fijación pasada.  No es lo mismo la imagen que describe una belleza estancada en su plenitud, y la imagen que no describe, sino que sugiere la sustancia de la materia, sus fuerzas y valores. La imaginación material une a la materia con el trabajador y devuelve vida a las oportunidades perdidas.
El trabajo creativo es la más plena realización humana, porque apuntando a una meta propia, integra las fuerzas del trabajador y de la realidad en una oposición complementaria. Pero es necesario redoblar la atención para captar la energía prospectiva de la imaginación creadora, para reconocer la aventura que rompe con la percepción sensorial y la verdad social. Tal aventura empezó con el batán.
Un día de esos, mientras Gonzalo pintaba muros, se le presentó la visión del batán en una intuición instantánea que contenía todas las posibilidades y ambivalencias del universo, que le dio permiso para crear un mundo nuevo, y le hizo responsable de conservar viviente ese impulso naciente, que daba valor y sentido a un destino encadenado al futuro de acción. Es así que pasado y futuro se unieron en la intuición.
El paso desde los archivos del pasado a los propósitos del futuro se enriquece con los valores artísticos de universalidad y valentía. Convocadas por la memoria afloran a la conciencia multitud de imágenes que al constituirse en ideas y plasmarse en los colores y las formas, acrisolan la irresistible fuerza expresiva e intersubjetiva de la creación artística. Desde ese momento la imaginación, el pensamiento y el entusiasmo caminan juntos por la senda del trabajo y del esfuerzo que organiza la excitación dinámica, para construir un nuevo cosmos.
Aunque Gonzalo parece atado a la piedra, supera las apariencias sensibles con ensueños que imaginan un cosmos centrado silenciosamente alrededor de sus batanes y las piedras. Su ensueño invade, traslada y modifica la sustancia de los cuatro elementos primigenios. La imaginación terrestre que avizora  diamantes, metales y piedras, aporta vivencias inmutables de solidez y peso con el único futuro de caer abajo y más abajo. Los otros elementos son volubles en su connubio de fuerzas y sustancias: Pinta la esencia luminosa y caliente de las hogueras. Hace correr la fluidez del agua y la detiene en los glaciares. Atrapa el alma libre y ligera del aire, en las brisas y torbellinos.
Gonzalo hace sentir la dureza y la duración de las piedras en imágenes geométricas, angulosas e  inmóviles, fijas en la parte inferior de algunos cuadros. El batán ocupa generalmente el centro de la pintura y de la imaginación, puede levitar en la claridad aérea contra su propia vocación de caída. Se intercambian de los valores imaginarios de la tierra y del cielo, en la correspondencia comunicativa de las sustancias que se transforman. El amplio espacio remanente está colmado por atmósferas diáfanas, luminosas y volanderas, u oscuras y tormentosas, que envuelven a los astros y a los aires.
Los cuadros de Gonzalo convocan enjambres de connotaciones, en las que cada batán, cada piedra, es un surtidor de ensueños y energías que propagan lo ético y lo estético, por encima de lo útil y cotidiano.

Ninguna sustancia permanece inerte. El artista encarna las potencias que recibe de la materia dinamizando los trazos rectos de la dureza, junto a las curvas y círculos del espacio y de lo blando. Las superficies se hunden en la doble orientación hacia el interior de la piedra y la intimidad del sujeto actuante. En la lectura de estos cuadros hay que resistir el llamado de temas conscientes, razonables y objetivos, para restablecer las ensoñaciones de los colores, que de repente nos descubren las energías secretas que preparan nuevos universos. Si le restituimos su onirismo, la imaginación creadora nos mostrará muchos otros sueños en estas bodas de oro con el arte.

Libros

El amor de Teresa de Jesús
y Fray Jerónimo Gracián

Reseña de Sus ojos en mí, una novela que desentraña un intrigante romance prohibido en el siglo XVI español.



Ricard Bellveser

Teresa de Jesús (1515-1582), con casi 60 años de edad, se encontraba en Beas del Segura, un pueblecito español de la provincia andaluza de Jaén, cuando recibió al visitador de la Orden del Carmelo, Jerónimo Gracián de la madre de Dios, un joven de 30 años, “seductor, bien parecido, elocuente y dotado de excepcional inteligencia”.
Al poco de tratarle se da por vencida y en ese instante, tras ese episodio, comienzan “los días más luminosos de mi vida”, dijo ella por escrito, empieza una colosal historia de amor que el escritor Fernando Delgado ha contado en la novela Sus ojos en mí (Planeta, 2015), texto de una emocionante inteligencia y por ello una de las novelas en español más interesantes de los últimos años.
Intentaré ordenar lo que acabo de decir. Desde la perspectiva crítica, la novela está escrita con un estilo claro, directo, cristalino, y así lo reconoció el jurado del Premio Azorín (dotado con 45.000 euros). Es una obra que no pretende ser novela histórica según el modelo de las novelas basadas en el mundo romano o la revolución francesa pongamos por caso, sino que utiliza la historia únicamente para contextualizar esta bella historia de amor no carnal. Es una novela con los imprescindibles ingredientes clásicos: intriga, traición, amor, generosidad, odio, respeto, defensa de valores generales e incertidumbre, teselas que nos hacen continuar la lectura con curiosidad y también con placer.
Sí, acabo de escribir amor no carnal, pues lo que se narra es un amor admirativo, tampoco platónico en su sentido clásico y demasiado tópico, sino idealizado, con evidentes elementos obsesivos que lo convierten en ese tipo de amores que tantas veces hacen daño, pero un daño reclamado.
Estructuralmente la novela es un alarde. Tiene dos partes, una primera que llega hasta la muerte de la Santa, y una segunda hasta la muerte de Jerónimo Gracián, sucedida a las puertas de Bruselas. En medio, la persecución que ambos sufrieron  por la Inquisición, en especial Gracián por seguir los consejos, enseñanzas e impulsos de una mujer, Teresa de Ávila, como demostración de que sus máximos gozos y sus notables desgracias comenzaron cuando ella puso sus ojos en él. Que Teresa mirara a Gracián fue su perdición…
La primera parte transcurre en los últimos seis años y medio de la vida de la Santa y la segunda describe la persecución que sufrió Fray Gracián, todo ello se desliza sobre un trasfondo de riñas entre los carmelitas (descalzos y calzados), las peleas en el interior de la Iglesia (un caos de rencillas, envidias, denuncias y odios que demuestra que mientas el ser humano y su condición esté tras las cosas, estas no podrán evitar su propensión a envenenarse) y la putrefacción política y social de la corte del rey de España Felipe II.
Dos partes, decía, y también dos universos y dos voces. La novela, situada en el siglo XVI, transcurre en paralelo en la década de los 60 del siglo XX. Dos frailes, Humberto de San Luis y Fray Casto del Niño Jesús, comienzan a indagar sobre la relaciones entre Teresa y Gracián, con ayuda del historiador Ronals Weyler, que es tío de Fray Casto, que es quien quiere escribir una novela sobre este episodio. Pura ficción.
Por lo tanto, novela, insisto, en dos partes, una hasta la muerte de la Santa y otra hasta la muerte del Visitador de la Orden; dos tiempos, el siglo XVI y el siglo XX, y dos procedimientos corales de voces narrativas que proceden de los frailes que 400 años después investigan esta relación. Todo bien encajado.
Pero no hay que olvidar que se trata de una novela de amor, aunque no quisiera que nadie malinterpretara mis palabras dejándose engañar por el tópico, pues, ¿cuántos lados tiene el poliedro del amor?
No se trata aquí de un amor sexualizado, sino de un amor que Teresa cree que está consentido por el propio Dios, porque ella no puede vivir sin estar con él, (él en minúscula), en quien piensa permanentemente, no puede vivir sin su opinión, que termina convirtiéndose en clave para el proceso de reforma de la Orden del Carmelo; sin su compañía, es una relación obsesiva, de necesidad, por lo tanto que no precisa de consumación, basta con morir de sed junto a la fuente….
Fernando Delgado ha obtenido buena parte de la documentación que le ha servido de ayuda del epistolario de Santa Teresa, que es un fondo elocuentísimo. Por eso algunas pasajes asemejan sí a una novela histórica, pues no se excluyen los enfrentamientos entre Gracián y el Padre General Rubeo que muestran la enorme distancia que existía entre unos y otros, y la ferocidad que llegaron a alcanzar las luchas internas en la Iglesia del siglo XVI.
En fin, una novela de amor, histórica, teórica, mítica y antimítica, atinadamente escrita y muy, muy inquietante.



Staccato

Don Juan

Un acercamiento más que peculiar a Don Juan, de Mozart. Un diálogo entre el personaje y su creador.


Pablo Mendieta Paz

Me llamo Don Juan. Me he dado modos para estar contigo desde hace mucho y brinco de alegría al saber que nada ni nadie impedirá que pueda permanecer en tu presencia. Ayer, al amanecer, junto al río, cuando agitaba como siempre mis pies en el agua cálida de la aurora, repasé otra vez con mi vista cómo el sendero de arbustos nacientes había atrapado en sus flores todavía no del todo abiertas al sol que despuntaba. Sabía que era el momento en que vendrías pues siempre apareces acompañado de la virtud más excelsa de la naturaleza. Tus pasos, de pronto, resonaron a mis espaldas y te sentaste a mi lado. Me puse a tararear tus melodías mientras las escuchabas en silencio.
- ¡Mozart! Escucha. ¿No te parece extraño que a despecho del bienestar de mi propia existencia, de mi felicidad incluso, escoja, por la glorificación de mi espíritu, tu eternidad? A mí no, me respondí antes de que él lo hiciera, pues si tú no existieras o tu figura hubiera desaparecido en el misterio de la nada, sin duda que el mundo, llevándolo yo a cuestas por su terrible tibieza, se habría desmoronado como un castillo de arena que ha sucumbido al viento de los acantilados.
- ¿A qué le llamas “terrible tibieza”? -preguntó mirándome a los ojos.
- Al desdén, a la fea indiferencia. Aunque no creo -proseguí- que alguien pudiera anidar en su interior la idea de impedirte la entrada al reino celestial, sí puedo dudar, por mucho que esto suene a puerilidad, que no te acomoden a la cabecera de la mesa en la cena de la Providencia. Y eso podría dolerme más que a nadie ya que tú me moldeaste, me llenaste de ornamentos y finalmente me creaste.
- No lo creo, y no me juzgues inmodesto -me dijo agitando su mano en el agua cálida del río. Desde niño, con aquello que todos llaman magia, hado, estrella, y que en realidad es algo que solo yo conozco, tuve la gracia de encantar el espíritu, alimentar corazones de alegría, levantar exclamaciones; pero juntos, tú y yo, amigo infinito, concebimos otra vibrante verdad: atravesamos el umbral de lo humano y del tiempo, sin que este se burle de nosotros para no quedarnos en un frío sarcófago penando la inutilidad de una vida efímera, derramando lágrimas de muerte olvidada.
- Tú, ¿vida efímera y muerte olvidada? Sonreí… Y sobre aquello que solo tú conoces, sé lo que es. ¡Cómo no, si tú me creaste! -exclamé. Es la más elevada sensibilidad y genio que uno puede abrigar en su interior, pero no por eso solitarios, sino plagados de libertad: libertad de formas, sonrisa en las notas, fortes en susurro, pianos en pianissimo, tristeza que roza con la alucinación, improvisaciones pletóricas de inusual colorido (añadiste trombones que no gozaban del gusto de una sociedad refinada); pero, sobre todo, estética, belleza única, como elegante era el andar de la bella Aloysia, ¿tu gran amor a quien contemplabas como Venus erótica recostada en tu lecho?
- Me sorprende el conocimiento que tienes de mí -enfatizó sin ocultar el brillo de sus ojos ni el momento de solaz que estaba viviendo junto al verdor de la naturaleza.
- Me conmueve tu eterna felicidad, Mozart. Has llegado como la aurora, pleno de matices, y me has obsequiado tu alegría porque has venido a descubrir en mí otra vez lo que creaste para tomar asiento en el sitio principal, en la cabecera de aquella mesa de la Providencia. Ya te previne: eres el orador principal. Tu lenguaje, en lo semiótico -lo musical-, desencadena en mí un inmenso lenguaje de pasiones. Sublime distinción, por mucho que cuando me escucharon por primera vez los vieneses me dieron -nos dieron-, la espalda.
Reímos rememorando aquel día de octubre. Su risa, ligera y suave, poco a poco se fue convirtiendo en una estruendosa e impostada risotada, tal vez evocando sus lecciones de canto con la soprano Manzuoli. Incluso en ella, en su carcajada, brotaban melodías.
- Pero bastó solo un año para que después de aquella aciaga jornada de octubre, el príncipe de Kaunitz ¿lo recuerdas? se refiriera a ti diciendo que “tales hombres no vienen al mundo más que una vez en cien años”. -Una vez en cien años -me tocó a mí reír con estrépito. Se quedó corto, querido Mozart: no vienen al mundo nunca más.
- Aparte de las bromas, lo que señalaste antes sugiere mucho -discurrió Mozart recostándose en el follaje, y estás en lo cierto-. De niño, oía hablar a mis padres, a mis pequeños amigos, y oía la música. Y cuando a los cuatro años escribía fragmentos para clavecín, de pronto, como algo que inquietaba mi acelerado corazón me preguntaba: ¿habrá algo en la naturaleza que se dirija a mis oídos? Le pregunté a mi prodigiosa hermana Nannerl y no dijo nada. Escuché tanta música, pero faltaba algo que luego comprendí tener en abundancia: estaba infundido de un lenguaje colmado de sensibilidad celeste.
- Sí, de perfecta y múltiple forma -como ya te dije, Mozart. Tanta, que pese a tu apego por la instrumentación pura (quizás como nube que tapa el sol y que de pronto se disipa), necesitaste de la palabra y me diste vida de superhombre, como un cínico que retaba a los poderes divinos y a los preceptos terrenales para alcanzar la belleza y el placer, a pesar de las abominables intrigas que cruzaban ante mí, pero que, no obstante, me fortalecían y llenaban de vitalidad.
Y entonces acomodaste acordes mágicos para retratar con gran derroche de fantasía, pinceladas de sátira y brisa burlona, mi papel de seductor: me elevaste a otras regiones, lejos de lo mundano, con frescura de originalidad, como poesía que obedece a la música. ¡He ahí tu genio, amigo!, pues aun sin pretenderlo atravesaste de lo trágico a la sensualidad, al frenesí del placer, al éxtasis. Hasta el minuto -minuto terrible- en que el suelo se abrió entre llamaradas y me precipitaste al abismo. En ese preciso instante cesó tu música, pero solo por un instante. Ocurrida mi muerte, estallaron, en intimidantes acentos dramáticos, notas de artillería de pura tonalidad.
- No es que no lo haya pretendido -clavó su vista en el agua que corría mansa. Preparé todo de tal suerte que hice que no solo tuvieras éxito con las mujeres, sino que las hicieras felices, pero también desdichadas; y a pesar de eso, que disfrutaran de ti. ¡Ah!, amigo, ¡qué fortuna tuviste! Yo no gocé de eso y cuánto lo habría deseado. Todo en mi vida fue muy espiritual, nada demoníaco.
- Así, Don Juan, quiero que te quede claro para siempre -me tomó del brazo con firmeza- que al crearte burlé incluso el libreto de Da Ponte, y aunque todos supusieron que te mostraría como alguien bufón, burlador, tal cual lo hice antes con Las bodas de Fígaro, mi música se manifiesta de otro modo; posee una naturaleza muy distinta: se expresa -aunque dibujándote en los ojos y oídos de todos como un libertino y burlador- rica en dramatismo que encarna toda la tragedia del pecado y la expiación. Por eso tu muerte…
- Mozart, no tienes que decírmelo. Lo comprendí todo. Hiciste conmigo algo que jamás se hizo ni se hará: mientras yo hacía de las mías, libre hasta el libertinaje, ¡debía expirar!
Ahora, a tu lado, Mozart, quiero que me escuchen todos; que delimiten la idea precisa de un Don Juan que desarrolla su lenguaje en tono irónico y que en vital paradoja se consume en el fuego. Que escuchen la variedad de mi vida a través de los sombríos fagotes, y el júbilo de la sensualidad y el anhelo incontrolable de la pasión en el tañido danzante de los violines; y finalmente mi destrucción en turbulenta agitación armónica.
Y elevándose la música como fuegos artificiales, oigan el murmullo del amor, el llamado lascivo de la tentación, el rumor de la seducción suave y penetrante, y el dramático final. Si escuchan esto, se abrirá para todos el mundo.
-¡Óiganme!

Soy Don Juan, de Wolfgang Amadeus Mozart, mi creador inmortal.