sábado, 13 de junio de 2015

Reseña

Asma: respirando palabras


Texto leído durante la presentación del libro de cuentos de Aldo Medinaceli en la reciente Feria Internacional del Libro de Santa Cruz.



Darwin Pinto

Hay gente que escribe para no pegarse un tiro. Hay gente que escribe para no golpear a otra gente o porque le da placer o porque le da la gana y puede. O porque no quiere, pero tiene que hacerlo, para no pegarse un tiro, para no pegarle a otra gente. Para vivir.
Hay también gente que escribe, porque a través de las palabras uno termina de construirse. Uno dice para ser, de adentro hacia afuera. Y por escrito, porque de otra forma sería imposible. 
No sabemos cuál es el caso del autor, aunque en la obra él lanza centros que si se cabecean con precisión, se puede ensayar alguna respuesta. Uno es lo que escribe, así el autor se halle disperso en algunas ignotas esquinas de su propia obra, está ahí, sin excusas, desnudo, con el corazón en un vaso de agua a la vista de todos. Eso dicen que es: el Arte.
Y si la literatura es una bella arte que solo la pueden ejecutar con éxito los mimados por las musas, o los empujados por ese tipo de inteligencia que permite crear y recrear atmósferas emocionales a través de ese privilegio único dado por Dios al hombre y a la mujer: la Palabra, entonces Asma es un muy buen ejemplo de ello. 
Asma es un libro poblado por historias y personajes que si uno se lo piensa bien, es posible que nos los hayamos topado alguna vez por las calles. En el bus, en el trabajo, en el cine, en el ascensor. O incluso -en muchos casos- nos hayan habitado, dirigido y, casi casi, nos hayan consumido en algún momento de nuestras vidas. 
O quizás no. Aún así ellos están, ellos son. Aunque no los veas, aunque no lo creas. Una clave importante para descifrar este libro es hacer el seguimiento minucioso de lo que se dice y de lo que no se dice.
Aquí no hay palabras al azar. Por lo tanto se recomienda hacerle un seguimiento detallado a la construcción permanente y sucesiva de sus personajes, la mayoría rotos, inacabados, adoloridos, dañados, extraviados, incompletos que buscan complementarse con otros a través del sexo, del delito, el alcohol, la locura, los silencios, las soledades. O en ese triste y anónimo acto de compartir al entrañable y mítico monstruo que llamamos ciudad. Las ciudades que llevamos dentro, las de los recuerdos, las que solo existen ahí, adentro, en las fotos: Adentro.
Y también las ciudades de afuera, las enormes y grises, las que se nutren de nosotros al dejarnos caminarlas, habitarlas, gastarnos las vidas sobre su pavimento y sus semáforos. Las que viven de nosotros, sus parásitos, sus criaturas.
En el libro el autor hace gala de exactas descripciones del cuerpo, el alma y el mundo, manejando además los conceptos de la desintegración, de la metamorfosis y de la reconstrucción o resurrección, otra vez, de lo que se ve y de lo que no se ve, moviéndose en el plano de lo real y en el de lo fantástico, o en el de lo no tan fantástico, como puede ser el ámbito de lo sobrenatural-cotidiano, que uno halla por ejemplo en el cuento La Pelea antes del fin. Cito un fragmento:

“Un instinto desmedido le hacía notar que se encontraba en otra dimensión. Veía cosas que antes no veía. Movimientos. Rostros. Luces. Había estado acostumbrado a observar siempre a las mismas personas caminando hacia sus casas, a los mismos automóviles tocando sus bocinas, a los mismos autobuses repletos y destartalados. La realidad que ahora percibía combinaba un plano mal enfocado con la luminosidad que alcanzan los sensores infrarrojos. Veía siluetas traslúcidas, sombras veloces, seres extravagantes que volaban por el aire.
Agazapado en el onceavo piso de un edificio en construcción, se detuvo a observar aquel espectáculo delirante. Además de la realidad cotidiana asistía a otro espectáculo simultáneo velado para los demás. Al lado de los conductores veía sombras vigilantes. Cada persona tenía a su alrededor figuras que le perseguían.
Incontables siluetas volaban por el aire. La ciudad era una explosión de energía. Los cables, las calles y los letreros estaban infundidos de hálitos fantasmagóricos.
Trevor sentía el aura de los metales, la estela que dejaban los pensamientos y los agujeros negros de las emociones depresivas. Descendió hasta el tercer piso velozmente, sin dejar de observar el río cromático que sucedía allá abajo. Se pasó algunas horas en un estado iniciático, hipnotizado por la novedad del nuevo universo que nacía ante sus ojos.
Después de un momento sumergido en aquella  nueva dimensión se acercó a un autobús repleto de pasajeros. Varias figuras parecían alistarse para un encuentro con sus tripulantes. Trevor vio cómo aquella fila de figuras opacas ingresaba en el cuerpo del conductor…”.

Precisión, obsesión por el detalle, a través de una mirada intimista -frase cliché en estos casos, pero aquí muy real-, en una permanente relación cíclica entre creador y creación, es lo que se nota en estos cuentos narrados con prosa clara y certera.
Se agradece. Aquí hay un gran narrador creando mundos con la Palabra. Mundos con seres, seres que quizá también lo traicionen un día, seducidos por otras voces… no lo sabemos.
El autor cuenta desde adentro para adentro historias en las que el fuego de la palabra hace saltar chispas hacia quien lee, para que ambos, historia y lector, se quemen juntos en ese fueguito lleno de cosquillas y de revelaciones, que nos enciende por dentro un relato bien contado. Aquí la ficción se hace carne. Se hace sudor, se hace noche. Se hace abrazo.

Mientras se avanza en las páginas de Asma se puede sentir la pulsación interior del creador, que mediante la narrativa va reconstruyendo una realidad a través de los ladrillos de las palabras, de las emociones, de las sensaciones. En este libro, cuando uno lee: es cierto que falta el aire, pero no atormenta ni importa, las palabras aquí son más que el aire. Son todo. 

domingo, 7 de junio de 2015

Música

Bolero de caballería: la historia
boliviana en clave de melancolía

Música de guerra, música militar, música de entierros y de conflictos políticos. Jenny Cárdenas lanza Historia de los boleros de caballería: dos libros y tres CD, una investigación que reconstruye el origen, la esencia y trascendencia de este género musical genuinamente boliviano.



Martín Zelaya Sánchez

No sé cuán buena idea fue poner de fondo El terremoto de Sipe Sipe para redactar esta entrevista.
Recuerdo que de niño, mientras correteaba en el patio y jardín de la casa de los abuelos, de cuando en cuando en la radio -permanente compañera en las tardes familiares- ponían éste y otros boleros de caballería que instintiva e inconscientemente siempre asocié con el dolor, con la derrota.
Alguna vez, en charlas de cerveza con el escritor Juan Pablo Piñeiro, nos enfrascamos en emotivos elogios a esta música cien por ciento boliviana, y arriesgamos -sobre todo yo, profano total en el tema- conceptos, orígenes y esencias.
No hay por qué seguir a tientas. Jenny Cárdenas, una de las mayores cantantes y músicas bolivianas está a punto de presentar un trabajo monumental -su tesis doctoral- que llenará enormes vacíos de información e historia, pero sobre todo -creo y espero- permitirá reponer en los primeros planos del imaginario social un patrimonio cultural que aunque nunca desapareció del todo, nunca, tampoco, tuvo el espacio y consideración que merece, al menos públicamente.
Empecemos por lo básico. ¿Qué es un bolero de caballería?, le preguntamos, y Jenny responde: “es un género musical existente solo en Bolivia. Es una pieza musical melancólica y lenta que -enraizada en una vertiente prehispánica, de yaravíes y otra más criolla, de tristes- tiene una presencia principal en el repertorio de las bandas militares de música”.
Historia de los boleros de caballería, el monumental trabajo de Cárdenas, que se presentará la siguiente semana en Cochabamba y pronto en La Paz, consta de dos libros: el tomo central en el que se desarrolla la investigación, y el segundo tomo en el que se recogen 30 partituras para banda y 52 para piano, muchas de ellas reconstruidas por la autora.
Pero además, tres CD: con partituras y audio, con colecciones de discos de 78 y 33 RPM, y el tercero titulado Música política y confrontación social en Bolivia, tal cual refiere el subtítulo general del trabajo.
Violeta Parra recorrió Chile de punta a canto con su guitarra y sus cuadernos de notas. Entrevistó a cientos de viejos cantores y narradores orales y logró lo que parecía imposible: reconstruir buena parte de la identidad del folklore chileno.
Salvando las distancias en alcances y logros, con esta labor con los boletos y su anterior investigación de la música en la Guerra del Chaco, Jenny traza las bases para que al menos una parte sustancial del patrimonio musical boliviano salga del ostracismo y del peligro de extinción.

- ¿Cómo, dónde, cuándo se originan los boleros de caballería?
- El origen español de los boleros se pierde en el tiempo, alrededor de la primera mitad del siglo XIX para servir de estructura a un género musical extraordinario que ha servido de indeleble pero persistente telón de fondo de los hechos trascendentales de la historia de Bolivia.
Llega desde España, como expresión de la música popular; la más temprana noticia del bolero en la flamante república boliviana, es a propósito de la segunda función que se ofrece en el apenas inaugurado Teatro Municipal de La Paz, en 1845, en el que se baila un bolero o boleras con guitarra y canto, castañuelas y palmas.

- Desde el subtítulo de tu libro, adviertes que éste es un género musical indisolublemente ligado a la historia boliviana y a los contextos políticos y sociales ¿Por qué? ¿Cuáles son sus principales características… hubiera sido posible sin la guerra?
- Hubiera sido posible sin la guerra, pero difícilmente sin el Ejército; es desde las bandas militares de música que se difunde -masivamente en medio de las retretas- pero fue también tocado en las celebraciones religiosas, a través de los armonios de las iglesias.
Está ya presente en la Guerra del Acre como una forma, una estructura musical definida, madura. Se compone, por ejemplo, un bolero que titula Víctimas del Acre; y el famoso El terremoto de Sipe Sipe se compone en 1907, es decir, está ya identificado con la tragedia, de las guerras y del sufrimiento a inicios del siglo XX.
La Guerra del Chaco es, entonces, el escenario más propicio -por decirlo de alguna manera- para que ancle, se enraíce en el alma, en la memoria de toda la gente que asistió, como actor directo, o como familia o sociedad en que ocurría esa guerra.
Y de allí, siguió acompañando toda confrontación social  inclusive si no había muertos- para significar que estaba sucediendo un hecho de violencia política.

Cito acá, para complementar, y porque es parte de uno de los más esclarecedores capítulos de la investigación: “Los boleros eran descritos con esa connotación, la nostalgia, desde sus tempranas apariciones en el siglo XX. Si por una parte eran vistos como expresión artística y tenía este atributo a consideración de las élites civiles, desde la percepción militar y con seguridad desde la percepción del pueblo, el bolero era en sí mismo ‘la memoria’ de los hechos históricos (…) La conjugación de ambos aspectos, la melancolía en el marco de las despedidas de quienes iban a la guerra, le otorgaba ese carácter tan particular y único”. (Pág. 171)

- Háblanos un poco del trabajo de campo, metodológico, ¿cómo fue la investigación?
- Fueron las entrevistas las que inicialmente me dieron la pista para empezar a buscar información; la bibliografía, necesariamente, complementa, refuerza o abre nuevos temas; sin embargo, la etnografía ha sido fundamental; asistir a las celebraciones de Todos Santos, los velorios, las procesiones en Tarata, Punata, Sipe Sipe, y aquí mismo en La paz.

- Aparte del gran valor de tu investigación como tal, un aporte extraordinario es la recuperación de decenas de boleros de caballería, grabaciones casi desconocidas… ¿cómo fue esto posible?
- La verdad, cada bolero que iba encontrando era causa de asombro y, claro, una fiesta -un fetichito más, como diría mi amigo Jesús Durán-; en muchos casos tuve que restaurarlos, son alrededor de 100 boleros de caballería y muchísimos yaravíes y tristes.
Entre las fuentes están, principalmente, los archivos personales de los músicos de bandas; la discografía de 78 rpm que fui comprando en estos 10 años de investigación, además de discos de amigos y casetes, algunos publicados, algunos que encontré en mi trabajo sobre la Guerra del Chaco, como Brigada fantasma de Rigoberto Sainz y Gloria a los héroes del Chaco, de Medardo Villafán.

- Un antecedente directo de este trabajo es tu investigación sobre la música de la Guerra del Chaco. Imagino que fue entonces que surgió la idea de trabajar sobre los boleros de caballería.
- Efectivamente, a pesar de que había escuchado en diversas ocasiones los boleros de caballería, al estudiar la música de la Guerra del Chaco comencé a tomar conciencia de esta música tan especial; puntualmente, El terremoto de Sipe Sipe y Despedida de Tarija estaban insolublemente ligados al Chaco.
Esto por una parte, pero también me daba cuenta de que estaba en las convocatorias de los sindicatos: la COB, maestros, mineros, etc.

- Está la Jenny académica y la Jenny música, cantautora. Por supuesto que este es un estudio riguroso, ¿pero cuánto de la sensibilidad de artista, de amante de la música hay en el trabajo? ¿En qué te ayudo esta faceta?
- Los boleros son una joya de la música boliviana; personalmente creo que la canción de protesta, una de las expresiones con que me identifico, encuentra también un horizonte en esta historia de los boleros de caballería; y de una manera natural, arte-música y significado-símbolo-mensaje, se unen.
Verdaderamente, tengo una gran pasión por la historia, y más aún si está tan relacionada con la música, como en este caso. Es una gran satisfacción tener esta oportunidad de hacer un estudio en el que hay una gran convergencia.

Cada entierro de un excombatiente del Chaco o de algún ciudadano notable, cada retreta dominical -cada vez más infrecuentes- o cada vez que pillo un documental sobre las dictaduras y la recuperación de la democracia, se agolpan los recuerdos de la infancia con los abuelos… aunque ahora, mientras suena por enésima vez El terremoto de Sipe Sipe, me percato que la mente -acaso procesando la información hojeada en los libros de Jenny- produce además otras imágenes: soldados marchando a la guerra, madres y novias llorando inconsolables.



Los grandes cultores
“Los principales compositores están en dos generaciones: la del medio siglo XIX y la siguiente -la que llega hasta los 50 del siglo XX. Entre los primeros, sin duda está Mauricio Mansilla y Francisco Suárez; de la segunda generación, Teodoro Rodríguez, Daniel Albornoz, Saturnino Ríos y Adrián Patiño Carpio, pero entre otros muy buenos compositores se deben mencionar a José V. Zavala, Alfredo Aguirre y Rigoberto Sainz, remarcando que todos pertenecieron al ejército, como adjuntos en su mayoría”.

Las grandes “joyas” recuperadas
“¿Joyas? Joyas son todos… amo estos boleros; pero con nombre: Tiahuanacu y Hombres de a caballo de Francisco Suárez, son hermosos y claramente muestran en el título esta relación con temas del país, con una idea romántica del heroísmo, la valentía, lo ancestral. También Vesperal, de José Lavadenz -contemporáneo de Roncal y Valda-; La llegada del tren a Tarata, gran bolero de Albornoz -el compositor de El Terremoto de Sipe Sipe; Caballería que viene, de Alfredo Aguirre; El pequeño clarín, de Patiño; La inundación de Santa Bárbara, de Teodoro Rodríguez… en fin son tantos y en su mayor parte, son muy buenos ¡todos!


La música del umbral

Juan Pablo Piñeiro

No es necesario ser un músico eximio para entender enseguida, cuando uno escucha un bolero de caballería, de que se trata de un género musical boliviano, de un género que ha brotado en nuestras tierras.
El hilado musical es inconfundible y salta al oído de cualquiera que escuche estas tonadas. El compás andino tejido con la melancolía del metal, une lo magnífico y lo triste como si uniera la vida y la muerte.
El hecho de que se llame bolero de caballería confunde a mucha gente, aunque lo de “caballería” está claro: este género musical despidió y recibió a los soldados bolivianos en varias de las guerras en las que hemos participado. La caballería compuesta muchas veces por jóvenes voluntarios se despedía de su tierra y de su vida para abandonarse a la guerra.
Lo que sí se confunde es su calidad de bolero porque uno no puede identificar este género en la cadencia del bolero de caballería. Quizás esa fue la forma de nombrarlo en esa época, porque es evidente que más parece un triste o a veces hasta un huayño. Aunque yo no sé mucho de música. Lo que sí sé es que mis compositores favoritos son Saturnino Ríos y Daniel Albornoz, justamente porque las piezas que más me conmueven son Despedida de Tarija y El terremoto de Sipe Sipe.
No hay día en que no se escuche El terremoto de Sipe Sipe en alguna ladera de la ciudad de La Paz. Me imagino que sucede lo mismo en varios departamentos del país. No hay día en que no suene este bolero de caballería porque no hay día sin muerto.

Siempre hay alguien. Siempre alguien es despedido. Y el compás que lo despide es el del bolero amplificado por la cuadrafónica ubicación de las laderas. El bolero de caballería destila un misterioso destino, es uno de los pocos géneros que se escuchan al mismo tiempo en el mundo de los vivos y en el mundo de los muertos. Es un gran privilegio. Es la despedida de la vida. Es la bienvenida a la muerte. Es la música del umbral. 

Lector al sol

Facsímil


Reseña del nuevo libro del chileno Alejandro Zambra, un “objeto literario” que sigue la estela de Queneau.



Sebastián Antezana

A pocos les corresponde el denominativo de “escritor de culto” tanto como a Raymond Queneau, genial autor francés que a varias décadas de su muerte goza de una entusiasta minoría de seguidores militantes de la causa que él supo encabezar en vida: asumir la literatura como un juego muy serio. 
En Ejercicios de estilo (1949), por ejemplo, quizás su libro más conocido, Queneau narra un incidente trivial, una anécdota mínima -un hombre va a la parada y toma el autobús-, de 99 maneras distintas, 99 formas de contar una misma historia.
Inspirado en El arte de la fuga, de Bach, Ejercicios de estilo es un libro de difícil clasificación, un texto que casi en solitario revolucionó la conciencia técnica de escritores y lectores, e hizo del ingenio y el humor no solo marcas registradas de su autor sino herramientas decisivas a la hora de componer aquello elusivo y fugaz que conocemos como el estilo literario.
El estilo como un motor creativo, así, es una de las características fundamentales del movimiento literario OuLiPo -Ouvroir de littérature potentielle (Taller de literatura potencial)-, del que Queneau fue uno de los fundadores.
Tras pasar por el Colegio de Patafísica, una sociedad de investigaciones eruditas e inútiles, Queneau fundó el OuLiPo junto a François Le Lionnais con el objetivo de -lo defino aquí a grandes rasgos- explorar las posibilidades formales del lenguaje y aplicar reglas matemáticas -aunque a veces de apariencia desopilante- al trabajo literario.
Ante los incrédulos y los atónitos, Queneau mismo se encargó de definir y defender la postura del grupo: “La inspiración, que consiste en obedecer ciegamente todo impulso, es en realidad una esclavitud. El clásico que escribe una tragedia observando unas reglas que él conoce es más libre que el poeta que escribe lo que le pasa por la cabeza y que está esclavo de otras reglas que ignora”. O, en otras palabras: la función del OuLiPo fue y es clara: buscar ataduras formales para así ser más –literariamente- libres.
En las antípodas del azar, la escritura automática y otras dinámicas de grupos como el surrealista, y crítico también a las exigencias de verosimilitud del realismo casi decimonónico que perduraba en Europa hasta bien entrado el siglo XX, el OuLiPo se fundó como una máquina lúdica muy seria que elabora y sigue el pie de la letra sus propias reglas. O, como otro de sus miembros lo indica: “Un oulipiano es una rata que construye ella misma el laberinto del cual se propone salir. ¿Un laberinto de qué? De palabras, sonidos, frases, párrafos, capítulos, bibliotecas, prosa, poesía y todo esto”.
Y todo esto, ahora, lo digo a cuenta de la aparición de Facsímil (Eterna Cadencia, 2015), última publicación del chileno Alejandro Zambra, una de las voces más sonadas de la actual narrativa latinoamericana. Luego de tres novelas y dos libros de cuentos, todos bastante difundidos, Zambra regresa con un objeto literario -cuyo título completo es Facsímil. Libro de ejercicios- que se inscribe en la estela dejada por Queneau y los miembros del OuLiPo, un texto que es, en efecto, un libro de ejercicios -de estilo, podríamos añadir- y que se presenta en un formato muy poco común.
En las primeras páginas de Facsímil podemos leer una especie de advertencia: “Las palabras facsímil y ensayo se asocian, en Chile, a la Prueba de Aptitud Académica -aplicada desde 1967 hasta 2002- y a la actual Prueba de Selección Universitaria o PSU, vale decir, a los exámenes de ingreso a la educación universitaria. La estructura de este libro se basa en la Prueba de Aptitud Verbal, en su modalidad vigente hasta 1994, que incluía noventa ejercicios de selección múltiple, distribuidos en cinco secciones”. Secciones que son -lo vemos en el índice del libro-: I. Término excluido; II. Plan de redacción; III. Uso de ilativos; IV. Eliminación de oraciones; y V. Comprensión de lectura.
A la manera de los 99 ejercicios de estilo de Queneau, los 90 ejercicios de Zambra ofrecen un planteamiento literario, exitoso, que parte de un seguimiento cercano a reglas que en un primer vistazo parecerían arbitrarias.
Bajo la forma de ejercicios de opciones múltiples y oraciones para completar, Facsímil habla, como toda la obra de Zambra, del pasado político, de las familias y la infancia, vicisitudes amorosas, la clase media chilena, la ley, las dictaduras y otros.
Y lo hace de tal forma que le da al lector la capacidad de formar sus propias pequeñas historias, sus propias ideas y recuerdos, su propia imaginación literaria, mediante esa capacidad que tiene el texto de presentarle opciones.
Por ejemplo, la segunda parte del libro, II. Plan de redacción, se inaugura con una instrucción: “En los ejercicios 25 a 36, marque la opción que corresponde al orden más adecuado para construir un buen esquema o plan de redacción”. Y a continuación nos ofrece ejercicios como este para que nosotros, lectores, los resolvamos:

25. Mil novecientos ochenta y tanto

1.                  Tu padre discutía con tu madre.
2.                  Tu madre discutía con tu hermano.
3.                  Tu hermano discutía con tu padre.
4.                  Casi siempre hacía frío.
5.                  No recuerdas nada más.

A)               2-3-1-4-5
B)                3-1-2-4-5
C)                4-1-2-3-5
D)               4-5-1-2-3
E)                5-1-2-3-4  

Parodiando la Prueba de Aptitud Verbal pre universitaria, que en Chile estuvo en vigencia desde fines de los 60 hasta principios de los 90, casi en paralelo al Gobierno dictatorial de Pinochet, Facsímil se presenta como un complejo aparato productor de ideas y sensaciones en el que el sentido está en constante crisis, alterado y alterable, uniendo las constelaciones de la historia política, la vida íntima y la memoria en un panorama formalmente curioso pero capaz de producir momentos de verdadera belleza pese a la aparente rigidez de su lenguaje.
Como Ejercicios de estilo, de Queneau, que parece reconocer como predecesor, incluso si lejano, Facsímil es un libro desafiante, que requiere de un compromiso lector quizás mayor al que demanda la narrativa tradicional, regida por la maquinaria a veces insulsa de la progresión lineal. Y, como la mayoría de la obra de Zambra, aquejada quizás solo por uno o dos puntos bajos, es un libro que vale la pena.


El último mestizo

Muchos deben pensar que yo me he muerto


Un Vargas, Manuel,  recuerda a otro Vargas, Rubén. Una vida de amistad, bajo un horizonte común.



Manuel Vargas

Y no me animo a contradecir a nadie, pues es bien sabido que todos los que vivimos nos dedicamos a morir poco a poco (que no es lo mismo que estar moribundo toda una vida, como decía Víctor Hugo de Voltaire). En los demás y en nosotros mismos.
En realidad, el título de este artículo está referido a la muerte de… de un tal Rubén Vargas. Quien no es mi hermano, ni mi pariente lejano. (Esta última frase la he repetido muchas veces, ay, pero es que ambos nos hemos dedicado a lidiar con las letras y las palabras, y ni modo, nos hemos cruzado en el camino muchas veces). Por todo lo cual, nos han venido confundiendo quienes nos conocen a medias, o quienes son simplemente un poco distraídos, o sea todo el mundo.
Habiendo hecho esta aclaración, que más parece una decidida confusión para quienes hasta ahora lo tenían claro, voy a relatar algunos de esos encuentros, no tan esporádicos. No había año que no nos encontráramos con un grupo de cuates en unas famosas reuniones llamadas “cierre de gestión”, donde debíamos tomar cerveza muy concienzudamente, como una manera de tomar fuerzas y alegrarnos para afrontar el año venidero.
Ahí participaban poetas, críticos y algunos otros fanáticos, y junto con Iván, los Vargas éramos tres. Pero este sábado pasado, en una asamblea extraordinaria, de recordatorio al susodicho, notamos sentidamente que ya éramos solamente dos. A pesar de que en La Paz, y en otras partes del mundo hay muchísimos Vargas, nos dimos cuenta en esta última ocasión, que estamos mermando de una manera considerable. 
También se fue institucionalizando una reunión de principios de año, en mi casa. No por un tardío “inicio de gestión” sino por mi cumpleaños. Antes mi casa era en la propia ciudad y municipio paceño, y no había drama. Pero desde hace tres años comencé la retirada a un lugar menos frío. De modo que un primer encuentro fue un poco más dificultoso, pero estuvimos todos y Rubén se emocionó con la vista de mi nueva morada.
El año pasado, por eso mismo, comencé a hacer la convocatoria vía teléfono tradicional, y al primero que llamé fue a Rubén. Pero a los dos días se me complicaron las cosas y en mi familia decidimos suspender la reunión. Como hasta ese día sólo había convocado a Rubén, lo tuve que llamar y decirle que no, que no habría tal encuentro y se suspendería hasta el año siguiente, Dios mediante. Y él me dijo algo más o menos así: “Ah, caramba, qué pena, y yo ya tenía listo mi caballo. Será para la próxima”.
Y llegó este año. Esta vez sí que no fallaremos, dije. Llamé a mis amigos, y entre ellos a Rubén. “Esta vez sí”, le dije, “esta vez nos reunimos, ya he hablado con los demás”. “Listo, Manuel, pues nos vemos este 6 de marzo”. Y yo contento con todos los preparativos. Cuando un día antes del día fijado recibo la llamada de Rubén: “Oye, no voy a poder ir, me vas a tener que disculpar. Estaba con muchas ganas, pero estoy con ciertas dolencias y el médico me ha dicho que mejor tenga un poco de cuidado. Así que ni modo, será para la próxima”. Y ya no hubo tal próxima.
El año 1975 publiqué mi primer libro, llamado Cuentos del Achachila (que no es un libro sino un folleto, y no son cuentos sino una fábula). Haciendo cuentas, entonces yo tenía 22 años, y todavía no me arrepiento de dicha publicación.
Entonces ya lo conocía al Rubén, que andaba parriba y pabajo acompañado del ya conocido escritor René Poppe, el de  los cuentos mineros. Trabajaban en una pequeña revista, Khoya, y el que manejaba la cosa era René, y el que le seguía los pasos Rubén. ¿Cuántos años tenía entonces Rubén? 16 años. Y me fijo en mis archivos, y veo que el año 1976 salió, en Khoya, el primer comentario de mi primer libro, firmado por… Rubén Vargas.
Estoy casi seguro de que fue también la primera reseña que publicó. Era que en una de esas subidas y bajadas por El Prado de La Paz, cuando nos encontrábamos con René y Rubén, aquél le dijo a éste que debía escribir un comentario a Cuentos del Achachila, por esto y por esto y por esto.
Ya por los años 80, Rubén trabajaba en el periódico Presencia. Yo no, pero colaboraba ahí con mis columnas. Y entonces se acrecentaron las confusiones. Cada uno, por así decirlo, cosechaba los elogios del otro. Y llegamos al colmo cuando recibimos una carta; el aviso le llegó a Rubén Vargas, pero era para Manuel Vargas, o al revés, ya no me acuerdo. Y tuvimos que ir los dos a hacer la aclaración, o a completar la confusión, a las oficinas del Correo Central. Y la carta llegó a manos del destinatario.
Una vez, ya iniciado el nuevo siglo, ambos, siendo parte de un grupo mayor, fuimos homenajeados por el Gobierno Municipal de La Paz, él por su trabajo como periodista cultural, y yo por la revista Correveidile. Nos sentamos juntos en el gallinero del Teatro Municipal, a la espera de que nos llamen para ir a recibir nuestro reconocimiento (una estatuilla y un pergamino).
No, ahí no nos confundieron, pero seguramente muchos en el público se enteraron, o se desayunaron, de que esos Vargas no eran uno sino dos. Una vez recibido nuestro reconocimiento, luego de las fotografías y de la comparecencia ante el público, emocionados y otra vez en nuestro puesto anónimo de las gradas de arriba, con la seriedad que lo caracterizaba, Rubén me dijo: “Bien, desde ahora he resuelto dedicarme a ganar premios”.
El día de su muerte, temprano en la mañana, comentamos con un amigo dedicado a las letras, la noticia. Luego él se despidió diciendo: “Bueno, tengo que ir a trabajar, chau Rubén”. Y yo tartamudeando, le dije, “Pero, yo, yo estoy todavía vivo”.

Esa tarde tenía que ir al velorio, a saludar a la viuda, mi amiga María Luisa. Y dije no, qué barbaridad, no voy a poder contarle de esta última confusión, sería mucho humor negro. Y voy al velorio, y después de un rato veo a María Luisa y me acerco a darle el pésame. Y después del abrazo ella misma toma la iniciativa y me dice con la tranquilidad de siempre: “Gracias, Manuel, ahora ya no te van a confundir más con el Rubén”. Y le dije, “bueno, sí, espero que la de esta mañana sea la última confusión”, y tuve nomás que contarle. Salud, Rubén. 

Cafetín con gramófono

Kollasuyo, revista de estudios bolivianos (I)


Reseña de la legendaria publicación dirigida por Roberto Prudencio.



Omar Rocha Velasco

La revista Kollasuyo fue ejemplo de continuidad y trabajo, sin duda fue una de las que más números logró a lo largo de la historia de las publicaciones bolivianas. En ella han colaborado todos los más importantes escritores del país, “no solo del kollao”, como decía el director Roberto Prudencio, sino entendiendo que el Kollasuyo comprende a todo Bolivia.
La revista contribuyó a la construcción de una de las facetas más interesantes de la vida cultural boliviana: la del intelectual que intenta pensar su país.
Podemos dividir en tres periodos los 88 números (de 1939 a 1975) que alcanzó la revista: 1) De 1939 a 1947, la intención fue ser una Revista de Estudios Bolivianos incluyente y abarcadora, en la que tuvieran cabida textos de historia, filosofía, literatura, sociología, pedagogía, etc. 2) De 1951 a 1953, durante este periodo la revista fue publicada por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Mayor de San Andrés, se publicaron cinco números (del 66 al 70) y se convirtió en una revista de estudios filosóficos. 3) El tercer periodo se inició en enero de 1970 y duró hasta la muerte de Roberto Prudencio en 1975.
Por razones de espacio y acceso a los materiales en este texto abarcaré el tercer periodo: después de una larga interrupción la revista volvió a publicarse bajo la dirección de Prudencio y el cobijo institucional de la Universidad Mayor de San Andrés, el texto de apertura muestra la intención de volver a los principios iniciales:

Ahora, nuevamente, Kollasuyo se publica como revista de la Universidad, pero retomando el espíritu de su primera época, como revista de Estudios Bolivianos exclusivamente. En este punto seremos más rigurosos que antes, y no se registrarán sino estudios sobre los diferentes aspectos de nuestra vida cultural y sus problemas, tanto de escritores bolivianos como de extranjeros. No deseamos, pues, hacer una revista de letras y menos aún una publicación de actualidades. Queremos que Kollasuyo sea, como lo fue siempre, una revista inactual y por tanto de un valor más permanente. (Prudencio, 1970)

Desde el principio, y muy claramente en esta tercera etapa, la revista Kollasuyo osciló entre el presente y el pasado, es decir, acogió en sus páginas a escritores que estaban en plena etapa de producción y a “escritores del pasado”, como se llamaba la sección.
El afán fue dar a conocer lo que se estaba produciendo y publicando en Bolivia y también recuperar escritores o pensadores que construyeron una tradición de pensamiento boliviano, este es el caso de Alberto de Villegas, Gabriel René Moreno, Jaime Mendoza, Enrique Finot, Antonio Díaz Villamil, Rigoberto Paredes, etc. Desde esta óptica lo que llamaron Estudios Bolivianos, involucraba necesariamente una mirada hacia el pasado.
Uno de los grandes aportes de Kollasuyo, fue la publicación de números monográficos en los que toda la revista se dedicaba a un tema o un autor, el número 48 estuvo dedicado a José Eduardo Guerra, el 51 a Nataniel Aguirre, el 55 a Franz Tamayo y Juan Francisco Bedregal, el 84 a Gabriel René Moreno y el 88 al “problema marítimo boliviano”.
Otra de las secciones -que quizá tuvo su origen en el libro Itinerario espiritual de Bolivia (1936) de José Eduardo Guerra en el que el autor inventa una geografía literaria a partir de sensibilidades e imaginaciones regionales-,  fue “Paisajes literarios”, allí se publicaron textos agrupados desde los diferentes departamentos y geografías del país.
Kollasuyo fue una revista precursora en haber publicado un índice, en 1974 aparece este invalorable documento en el que se da a conocer un sumario cronológico de todo lo que había publicado, acompañado de un índice de autores y materias.
Roberto Prudencio fue claro exponente del pensamiento liberal boliviano, creía que mantenerse al margen de los “apasionamientos” políticos era una virtud. En el discurso de celebración de los 80 números de Kollasuyo dijo: “la única cuestión que ha sido ajena siempre a la revista, es la política” (N° 81). 
La premisa fue cultivar un espacio en el que se puedan expresar libremente los intelectuales bolivianos con el mayor rigor posible.



Staccato

Jaime Mendoza Nava, el creador

Un tributo –y reseña de vida, a la vez- del destacado compositor boliviano, en el décimo aniversario de su partida.



Pablo Mendieta Paz

Hace diez años, el 31 de mayo de 2005, dejó de existir en el Centro Permanente Kaiser, en Woodland Hills, Los Ángeles quien sin lugar a dudas ha sido -y permanece en ese sitial- el compositor boliviano de mayor renombre en el contexto internacional de la música, consagrado desde su partida por organizaciones y personalidades del exterior que apreciaron y exaltaron el arte de Jaime Mendoza Nava, nacido en La Paz el 31 de diciembre de 1925.
Fue considerado un niño prodigio, pues sin estudios musicales, y con una inclinación innata al arte, a los 11 años formó una orquesta de menores que ejecutaba composiciones suyas dotadas de una técnica intuitiva y rica sonoridad que marcaban ya una inminente aptitud para la música.
Se cuenta que él mismo repetía que tales creaciones tempranas, infundidas de percepciones intimistas e instantáneas que afloraban naturalmente, presagiaron con certeza el rumbo que tomaría su vida.
Emprendió sus estudios musicales con Humberto Viscarra Monje quien, entre otros connotados maestros que favorecieron su formación, habría de iniciarlo con una marcada tendencia estética de acento nacionalista, quizás cercana a una relación de afinidad o semejanza con el estilo de Eduardo Caba, aunque ciertamente su enseñanza estaba dotada de una expresión aún más depurada en textura melódica y nitidez armónica que Mendoza Nava exteriorizó en sus trabajos preliminares y posteriores.  
Luego de proseguir sus estudios en conservatorios de Sudamérica, en particular de Argentina, perfeccionó su formación en piano, dirección coral y composición en la afamada Escuela Juilliard de Nueva York como discípulo de un insigne maestro de la talla de Robert Shaw quien, a su vez, fue alumno del gran artista Julius Herford, eminente preceptor de memorables artistas como Margaret Hillis, Roger Wagner y Elaine Brown.
De más está decir que en esa prestigiosa institución el maestro Jaime Mendoza Nava  amplificó considerablemente su desarrollo artístico.
Se incorporó luego al Conservatorio Real de Madrid donde, según aseguran ciertos estudiosos, culminó en un año el estudio de composición musical cuyo sistema y distribución de asignaturas se prolongaba a cinco.
Aunque no existe certidumbre acerca de esta inusual simplificación de sus estudios, lo evidente es que el artista, favorecido por su dotes de precocidad manifestadas en su infancia (que valga la repetición del concepto), cursó en menor tiempo del establecido la materia de composición implantada en el plan académico de estudios; lapso en el que obtuvo, como memoria de grado, el primer premio en composición con la obertura dramática Don Álvaro.
Este elevado galardón lo motivaría a componer La gran desnudez, obra basada en un hondo poema del filósofo y escritor español Eugenio D´ors -impulsor del movimiento denominado Novecentismo-, cuya abundancia en recursos musicales, nada rimbombantes ni arropada en estilizaciones inútiles y erróneamente efectistas, persuadió con entusiasmo al público español que descubrió a un boliviano, Jaime Mendoza Nava, sencillo pero talentoso, cuya creación fue determinante para estudiar con el maestro español Conrado del Campo, célebre compositor, violinista, pero sobre todo prominente educador de encumbrados artistas como el director de orquesta Ataúlfo Argenta, o el compositor Cristóbal Halffter, para mencionar solo a dos.
En sus estudios europeos, se unieron a Conrado del Campo el pianista y director de orquesta franco-suizo Alfred Cortot, extraordinario concertista que divulgó conocimientos mayores a Mendoza Nava.
Luego de esa provechosa experiencia siguió cursos de composición en París con Nadia Boulanger, la afamada maestra que inculcó en él los grandes secretos de la creación musical, como así lo hizo, entre muchos otros, con renombrados compositores como Walter Piston o Aaaron Copland. 
A su regreso a Bolivia, Jaime Mendoza Nava se declaró firme adepto al grupo europeo de “Los seis”, constituido por Arthur Honegger, Darius Milhaud, Francis Poulenc, Georges Auric, Louis Durey y Erik Satie.
La creación de su poema sinfónico Antawara, de sonoridad progresista, lo llevaría a plantear -en acuerdo con los otros artistas-  la constitución en Bolivia de un grupo similar a “Los seis”, integrado por Antonio Ibáñez, Néstor Olmos, Gustavo Navarre, Jaime Gallardo y Hugo Araníbar. No obstante, enfoques contrarios o diversos de cada cual, abortaron una idea que, rigurosamente encaminada, podría haber consumado una imperecedero movimiento musical.
Ya al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional, Mendoza Nava, en estrecha colaboración con su primer director, el maestro alemán Erich Eisner, tuvo la virtud de conferir al elenco un estilo remozado y posibilitar la interpretación de las primeras audiciones en La Paz de obras escritas por eminentes creadores como Aaron Copland, Paul Hindemith, Darius Milhaud o Igor Stravinsky; amén de incluir en los programas obras suyas caracterizadas por acabada simetría y sencillez que remataban en singular elegancia, como son el Preludio sinfónico, la Suite andina para trío de viento, Estampas y estampillas para conjunto de chelos, la Sonata para corno y piano y el Preludio y fuga.
Posteriormente, respondiendo al llamado irrefrenable de dar a conocer su vena creativa en el extranjero, emigró a Los Ángeles en 1953. Contratado por la industria de Walt Disney, compuso música para series de televisión de la década de los 50, destacando los inolvidables temas de The Mickey Mouse Club y El Zorro.
Ante la excepcional calidad de su obra, en 1961 fue invitado a asumir la dirección musical de la United Productions of America. Más tarde, constituiría su propia compañía donde compuso la música de más de 200 películas de ciencia ficción, del género de terror y de aventuras; aunque, sin duda, su mayor logro, y de vigencia eterna, fue la puesta en música del histórico documental de una hora de la primera misión tripulada a la Luna por el Apolo 11.
La trascendental obra de Jaime Mendoza Nava, el creador por excelencia, encuentra espacios superlativos en nuestro país; un encumbrado talento en la apropiación del telurismo que se expone ricamente en el tratamiento de células rítmicas, en la pureza de líneas melódicas, en la unidad temática y en la inigualable plasticidad armónica.

Como compositor de música para el cine y la televisión destaca la exposición de sutiles efectos rítmicos y rico colorido armónico, los cuales, dependiendo del carácter de las cintas -fueran éstas de humor o de seriedad sonora- hallan permanente cobijo bajo un manto de ingenio, encanto y delicada expresión; cualidades, en fin, que lo conceptúan como eminente creador en su propia tierra -tal cual se ha definido- como asimismo en escenarios del exterior.

Entrevista

Mabel Rivera, creativa del buen teatro

Fragmento de una entrevista radial que el autor le hizo, hace varios años, a su esposa, la destacada teatrista recientemente fallecida.



Mario Castro

Hace pocos días falleció la destacada directora de teatro Mabel Rivera, impulsora del buen teatro y precursora de grandes musicales.
Por sus valiosos aportes a las artes escénicas le tributaron muchos homenajes, y ahora nos sumamos a la evocación de algo de su inolvidable trayectoria reproduciendo una entrevista que incluimos en el libro Lo que el viento no se llevó, que se presentó hace aproximadamente un año, y que contiene decenas de entrevistas logradas a lo largo de década de labor radialista.  

- Podría pensarse que cuando nos referimos a la actuación de grupos artísticos nacionales de teatro, debe imponerse cierta condescendencia por las limitaciones del medio en el que nos desenvolvemos. No es este el caso de Teatro El Arlequín, dirigido por Mabel Rivera, que ha alcanzado ya una altura que hace innecesaria toda concesión. ¿De dónde provienen esos frutos?
- Ese nivel es fruto de un serio y constante trabajo que  ha permitido a diferentes elencos -el estable y otros eventualmente conformados según las exigencias de cada argumento- la confrontación de los intérpretes con obras de gran envergadura.

- ¿Podríamos sintetizar las características del repertorio de obras que eliges?
- En la larga trayectoria de El Arlequín se ha incluido particularmente obras de teatro del ámbito del drama y la tragedia de célebres autores, por ejemplo, Shakespeare y tramas ligeras y lúdicas para el universo de los niños, como El gigante egoísta, ofreciendo al mundo infantil también atractivos divertimentos musicales como, por ejemplo, canciones e historias de María Elena Walsh.

- La reciente realización de El Hombre de la Mancha fue un acierto. ¿Qué anotarías como lo más destacado?
- Lo que esta tarea ha significado para el elenco, que ha encontrado un acercamiento a las grandes obras musicales, con sujeción a una obra complementada actoralmente.

- ¿Qué se aprende con un musical de esta índole?
- Una obra hecha de este modo se constituye en un medio didáctico para divulgar una obra clásica universal, y el genio creador de un autor inmortal como Miguel de Cervantes Saavedra.

- ¿Que significación tiene el haber llevado a la escena una primera experiencia de esta magnitud?
- He venido a descubrir que este esfuerzo puede ser pionero para el futuro en nuestro medio, para este género que, hemos comprobado, gusta al público en general.

- ¿Se han atenido estrictamente al libreto original o han hecho algunas variaciones?
- Nos hemos basado con rigor en el concepto original, de acuerdo a las posibilidades físicas del teatro y los recursos con los que se cuenta. Hemos hecho una recreación de la obra de Daie Wasserman, con música de Mitch Leigh, inspirada en la fantástica historia caballeresca de Cervantes.

- Es una historia de historias vinculadas a los sueños de este personaje y por eso mismo se hizo difícil resumir en la puesta en escena…     
- Pudimos lograrlo en una secuencia de 17 cuadros, manteniendo unidad y ritmo, tono y equilibrio en sus instancias dramáticas y en las graciosas… en fin, en detalles y en la totalidad.

- ¿Es difícil sostener una obra con ese tratamiento y duración?
- Sí, pero la satisfacción es que el público aplaudía de pie y pudimos comprobar que muchas personas volvían a verla. Fueron cerca de dos horas, sin intermedios, con la modalidad de mutaciones a la vista del público, sin los consabidos apagones para transportarnos a distintos lugares, y lo bueno está en que no se producía cansancio por la dinámica aplicada.

- Al no haber una tradición de canto lírico en obras, ¿fue difícil la selección de los intérpretes para los diferentes roles?
-  La elección del barítono Gastón Paz, para encarnar al “caballero andante de la triste figura” fue otro acierto y además tenía que hacer, según el libreto de la obra, el desdoblamiento en Miguel de Cervantes y lo realizó como esperábamos.
Y así como él muchos de los personajes tenían que lucir dotes de cantantes y cualidades histriónicas como actores. También estuvieron el fiel criado de Alonso Quijano, convertido por la fantasía de su amo en el escudero Sancho Panza, muy bien interpretado por Armando Iglesias y René Miranda; Aldonza-Dulcinea que inspiró el mítico romance del Quijote, fue un rol bien logrado por la soprano Esperanza Mc Namie. 
Otra soprano con voz dulce y bien dotada, Ligia Gutiérrez, se desempeñó cabalmente como la gitana presa. La actriz Norma Merlo aunque tuvo un “bocadillo”, esta vez, no dejó de lucirse como gran actriz.

Carmen Castro, cumplió muy bien de figura y bailarina odalisca, presa y Virgen. Los otros actores, en diferentes roles, y con talento, consolidaron el argumento, armonizaron y enriquecieron la trama. Y hubo otros cantantes, actores y bailarines que hicieron el apoyo secundario, fueron más de 40 integrantes en escena.