domingo, 15 de enero de 2017

El chicuelo dice

Un conejo de patas largas 

[Ya me voy, hasta nunca]


Fin de ciclo. El Chicuelo descansa rumbo a nuevos destinos, pero Wilmer Urrelo seguirá, una vez por mes, acompañándonos desde este espacio.




Wilmer Urrelo

Es un conejo de patas largas. Uno que llegó en calidad de regalo o quizá estaba ahí siempre, Chicuelo, desde vaya uno a saber cuándo.
-Era de tu hermano, pendejo -dice la Ovejita Literaria-. Y tú te apropiaste del peluchito ese.
No es un peluchito cualquiera. Un peluchito cualquiera serán las mierdas que les regalan los enamorados a sus novias. El conejito de patas largas del que pretendo hablar es algo más que eso, y la Florecita Rockera y el pequeño niño blasfemo diciendo: ¿y por qué hablas de él y a nosotros ya ni nos saludas, ya que es tu despedida?, y Chicuelo porque ustedes ya me llegaron a los huevos, ya estoy hasta acá de todos ustedes (incluso de la Ovejita Literaria).
Mírenlo, no lo pierdan de vista, ese es el conejito de patas largas, un concepto distinto, profundo, digamos que una idea.
-Ya no fumes de esa, Chicuelo -dice la Florecita Rockera-. ¿Te das cuenta de las barbaridades que estás hablando?
Y el Chicuelo diciendo: ¿te conozco acaso?, ¿de dónde tan preocupada por mí así de pronto?
-Así que aburrido de nosotros, así que hasta las bolas -se queja la Ovejita Literaria-. ¿Y se puede saber  por qué?
No. O sí, pero prefiero hablar del conejo de patas largas de mi niñez, dice el Chicuelo. O más bien de parte de esa niñez que ya no puedo recordar.
El conejo de patas largas. El que miraba impasible las cosas que uno hace de niño. Estar horas frente a la tele. Hacer poquísimas tareas. Dormir. O no dormir. Estar despierto escuchando el ruido que hacían los pocos coches que pasaban por la avenida Tejada Sorzano. El conejito de patas largas: el que a veces terminaba en el suelo y uno, ¡crack!, llegaba a pisarlo con la gran posibilidad de haberle roto el espinazo. ¿Por qué los conejos de patas largas retornan para que escribas de ellos? No sé, dice la Ovejita Literaria, más bien sigue hablando de ese conejo anormal. Qué envidiosa, caray, pues ese anormal al que te refieres era mi conejito preferido. ¿Qué conejo normal tendría esa mirada? ¿Esos ojos y esa boca desconcertada? ¿Y qué me dicen de las rayas verticales que le sirven de pantalones? La verdad que no entiendo, dice la Ovejita Literaria, qué siempre querrás decir con eso. Quiero decir que todo lo demás fue paisaje.
Qué lindo sería, incautos lectores que se empecinan en seguir esta columna que acaba hoy, que la vida real fuera así. Que después de las desdichas, del desamor, de la muerte inesperada, de la enfermedad incomprensible, todo, absolutamente todo, que todo lo demás fuera paisaje. ¿Qué clase de paisaje? ¿Qué cosas forman un paisaje?
-Para mí -dice la Ovejita Literaria-, el paisaje lo forman las montañitas, las nubes, el sol, las florecitas del campo, la cara de cojudos de los eternos finalistas del Franz Tamayo y del Adela Zamudio.
Sin embargo, para el Chicuelo el paisaje está en otra parte, está en otros lugares, mejor dicho, el paisaje está en mi conejito de patas largas. Ese mismo que carece de nombre hasta ahora. El conejito de patas largas que no fue bautizado en mi niñez y que por lo tanto debe estar maldito, endemoniado. ¿No les parece lindo haber tenido durante toda tu niñez un conejito de patas largas endemoniado? ¿“Satanismo desde niño”, como dice la canción de Brujería? Eso no más es el conejito de patas largas: una cosa sin nombre que siempre estaba ahí, esperándote cuando volvías del kínder, ayudándote a entender el extraño mundo de los adultos, alentándote cuando empezabas en el largo camino de mentarle la madre o los giles que ibas a encontrar en tu vida (ergo: esos eternos finalista de los concursos de cuentos). El conejito de patas largas: una idea, un paisaje, el volumen alto que fue parte de mi niñez. O mejor dicho, el conejito de patas largas que es el único destello de una niñez que no puedo recordar.
-Y miren que uno es ingrato -dice la Ovejita Literaria-. Tantos años haciéndote el favor y vos te olvidas de bautizarlo.
-Un ingrato y un idiota -dice la Florecita Rockera-. A veces eres un odioso, Chicuelo.
Entonces, quizá, para no ser un odioso como dice la Florecita Rockera, y como último acto literario de esta columna que duró más de dos años, creo que será necesario bautizar al conejito de patas largas. ¿Cómo puede llamarse? Conejín, no. Es un nombre más bien boludo. Entonces qué tal Patas Largas. No, tampoco, un tanto ridículo y poco original. Qué tal Saltarín. Nones, infantil, e inadecuado porque un grillo también puede llamarse así. Pues como que está difícil bautizar a un conejito de tu niñez siendo ya un viejote, ¿no?
¿Entonces qué hacemos con el paisaje? ¿El paisaje de El chicuelo dice?
El paisaje, en todo caso, ya no lo son ustedes, Ovejita Literaria, no mucho menos tú, pequeño niño blasfemo, y a ti, Florecita Rockera, prefiero incubarte en el olvido.
El paisaje ya fue. Se termina hoy con el conejito de patas largas.
Me voy, chau. Me retiro a disfrutar el sol, a las mañanitas de cielo azul. Con el conejito de patas largas sobre uno de mis hombros.


La vida fluida

La vida fluida #1

Eso nomás… la vida, y fluida. Crónicas, ficciones, historias así, de corrido, como suceden, como quisiéramos que sucedan, sin mayúsculas ni minúsculas, sin pausas ni signos de puntuación.




Aldo Medinaceli 


/camino tres pasos antes de atravesar la plaza que se pone fría no quiero cruzarme con la anciana que delira ni con los comerciantes quienes en un instante desaparecerán por una de las esquinas la más luminosa veo gente que regresa a sus hogares es la hora en que todo se cierra comienzan a salir los habitantes más contradictorios los que transforman a la ciudad los que viven el reverso de la realidad cotidiana allí donde inventan sus experiencias cuando todos duermen incluidos tú y yo tras la avenida principal se ven a tres policías muriendo de frío aparecen carros que van despacio hay gritos de despedida vendedoras de anticuchos permanecen bajo faroles riendo en medio del fuego intento trazar un recorrido imaginario entre una casa y el lugar donde me encuentro entre líneas de un mapa mental una ruta que me lleve sin darle demasiadas vueltas hasta puedo ver aparecer la casa en una esquina con las paredes blancas siete o nueve palomas reposan sobre sus muros pero la casa no es mía allí vive alguien más tal vez un compañero de trabajo o un antiguo amigo de la escuela alguien cercano que cuando yo llegue abrirá la puerta con una sonrisa tal vez sorprendida por la hora o por la apariencia por el paso del tiempo me recibirá con los brazos abiertos entraré en su sala me sentaré no le pediré nada de beber a pesar de la sed a pesar a pesar del frío pero esa persona enseguida aparecerá con un café soltando el vapor hablaremos de qué hemos hecho los últimos años de nuestra familia entiendo que no es un pariente sino alguien con lazos de amistad atribuiré los silencios a una confianza forjada durante décadas no me preguntará por qué aparezco a esa hora tan tarde sin avisar tampoco querrá saber si me quedo a dormir o si mi visita es temporal o si algo grave ha sucedido los muros verdes las palomas caminando tras el vidrio de la ventana es en verdad un sueño quizás una memoria hablaremos de lo extraño que se ha puesto el tiempo de la belleza de las mariposas ingresaré al baño me miraré en el espejo sin reconocerme pensando que yo no soy el que está parado frente a ese espejo sino aquel otro quien me espera sentado en el sillón de la sala y que en realidad soy otro precisamente aquel por quien espero que ahora se mira en el espejo las siguientes frases las olvidaré en pocos minutos serán parte de una escena extraña en la mente de alguien más saldré sin despedirme apareceré nuevamente en la plaza cubierto con un abrigo que me llega hasta las rodillas viendo cómo la vendedora de sombreros mete su mercancía en un profundo saco azul que parece no tener fondo al pasar a mi lado se despide con una sonrisa más grande que la plaza entera observaré a los policías que se acercan hacia donde estoy no dejaré que me pregunten qué hago ni dejaré que me digan que no puedo quedarme en la banca con el abrigo cubriéndome la mitad del cuerpo saldré caminando viendo a las aves de la noche preguntándome a quién pertenece aquel extraño pero confortable abrigo o si acaso no estaré yo lejos allá en una casa a punto de abrir la puerta a alguien que viene a visitarme después de mucho tiempo/

Informe

Tres poemas inéditos y una prosa autobiográfica de Matilde Casazola



Matilde Casazola, insuperable cantautora, fecunda poeta, extraordinario ser humano, acaba de recibir el mayor reconocimiento del Estado a la cultura y las artes. Dio y da tanto, la autora de Tanto te amé, que cualquier premio hace justicia y aun así seguimos en deuda. Y seguiremos, pues ahora nos regala de manera exclusiva para LetraSiete un revelador texto autobiográfico y tres poemas, todos inéditos.



El martes 20 de diciembre pasado, pocas horas después de que se mandó a imprenta el número 149 de LetraSiete (el anterior), Matilde Casazola fue proclamada Premio Nacional de Cultura 2016. Pocas cosas más merecidas y de unánime beneplácito pasan últimamente.
La mayor cantautora viva de Bolivia -solvente y prolífica poeta, además- dio en estos días casi una decena de entrevistas a diferentes medios, y no creímos posible -en una eventual nueva charla que por supuesto fue considerada- estimularle a revelar algo que no haya dicho ya.
Apelamos entonces a su enorme generosidad -y a la de Gabriel Chávez Casazola, nuestro mediador en Sucre-, le propusimos revisar su archivo y no dudó en mandarnos tres poemas inéditos y una exquisita prosa autobiográfica (¿adelanto de un libro de memorias en ciernes?) que ofrecemos a continuación para hacer justicia al acontecimiento de su galardón, el mayor reconocimiento del Estado Plurinacional de Bolivia a los hombres y mujeres del arte y la cultura.
Escribe el poeta Gary Daher: “A la manera de un registro de sus heridas de alma, Casazola marca cada poema con la fecha en que fue escrito, como una bitácora que anotara los detalles del viaje que le toca vivir, que le sirviese de luminaria”.
Así van, fechados, los tres poemas que nos regala Matilde; uno, contra su costumbre, está titulado -Para Elisa- y viene a tono con las fechas: cambio de año, pasar la página y renovar. Son versos de los años 90 y todo indica que pertenecen a la serie temática.
(Valga un paréntesis para recordar que Casazola tiene publicados más de una docena de poemarios, pero sus escritos -tanto libros acabados, como poemas sueltos- se multiplican y con mucho. Valga recordar, además, que según etapas, momentos… según el estro, sus versos son o “autobiográficos” o “temáticos”).
El amor/desamor, la fe, la naturaleza y el tiempo predominan entre las búsquedas e intereses temáticos de los poemarios de Matilde; y cuando se trata de recorrer su vida, sus sentires, avatares y recorreres, qué duda cabe que estos tópicos cruciales también pueblan sus páginas autobiográficas, esta vez desde la perspectiva personal, confesional. Ahí, al parecer, pertenecen el segundo y tercer poema inédito que ahora leemos. (MZS)


Para Elisa

II

Elisa comía doce uvas
contando las doce campanadas
de aquella medianoche misteriosa
más que ninguna otra, la postrera

del año que se va, pues que cumplía
años en aquel día treinta y uno
de diciembre, San Silvestre, Año Viejo
Año Nuevo que ya nos sonreía.

Y cantaba canciones de su tierra
y era feliz y a todos abrazaba
Elisa, que tan niña parecía
mas que tenía el alma atormentada.

Yo la recuerdo hoy, pues es primero
del enero reciente, aunque pasados
once años de aquel otro treinta y uno
en que viviera Elisa y sus diciembres.

Sus casi siempre eneros! Por la puerta
majestuosa del año que termina,
ella comenzó a ser rosa y espina,
Elisa de Beethoven. Alba incierta.


10 de enero, 1994






Cómo extraño
tus palabras

tus palabras que levantan las arenas
de ciudades empolvadas

tus palabras que despiertan las miradas
de antiquísimas estatuas

tus palabras

con que labras redecillas de corales
albos nácares
que relumbran en tus manos

tus palabras tempestuosas o tranquilas
con que hilas
tanta historia
tus fantásticas palabras que me colman
que me calman

tus palabras
tus palabras,
tus palabras…

Sucre, 30 de noviembre de 2002





Solíamos comer
trozos de luna llena
a manera de rajas de mandarina
o suculentos bollos
hechos por la mano maestra
de mamá.

Sentados en círculo de nubes
y tinieblas azules
comíamos con deleite
esos enharinados trozos.

Después, nos regresábamos
caminando
por el camino largo bordeado de árboles,
nuestras almas revestidas
de claridad
por tiempo innúmero
dichosos, niños nuevamente.


Sucre, noches de luna llena detrás de las nubes de lluvia
19 a 20 de marzo de 2011





La fuga con Alexis

¿Por qué llamar a ese tiempo de mi vida “La fuga…”?

Huía de mí, de los problemas sin resolver, de mi amor imposible, de la monotonía de una ciudad pequeña.

Si bien Alexis era un artista pobre, por el hecho de ser artista, ya era riquísimo. Esto es lo que no saben quienes creen que la riqueza está solamente en la posesión material.

Los artistas contamos con la imaginación, maga inseparable de todo cuadro que algún día podría convertirse en realidad.

¿Por qué los seres humanos amamos la ficción, el teatro, el cine, los mundos contenidos en una pequeña caja? Porque subconscientemente, en esos cuadros ficticios, nos vemos realizados nosotros mismos: nuestras existencias monótonas, grises, nuestra fealdad o el no tener gracia, se convierten a través del protagonista de la historia, y de la historia propiamente dicha, en algo supremamente real en lo que estamos involucrados, aunque el hechizo no dure más de una hora en el tiempo normal.

Alexis y sus títeres y su teatro colorido, eran la fantasía misma.

Cultivábamos amigos semejantes a nosotros, artistas o gente culta, que nos envidiaban secretamente la libertad que conlleva la trashumancia. También, por supuesto, cultivábamos amigos sencillos, de ésos que suele brindar el camino y que son pródigos en generosidad y capacidad de asombro.

Vivimos innumerables historias, unas amenas, otras dramáticas.

Recuerdo ahora una noche que fuimos a ver una ópera en una de las ciudades que visitábamos. La ciudad no era una metrópoli, y la compañía de ópera era alguna que ya no estaba en la primera línea del cartel.

Yo me puse un vestido que me había comprado en alguna tienda de supermercado. Un vestido bonito que quería usar. La función de ópera sería el motivo ideal para hacerlo.
Era un traje color verde claro, que me hacía un poco pálida. Me puse una chalina, una “écharpe” de color marfil, para complementar el atavío.

La ópera que vimos era Rigoletto. El actor cantante que hacía del protagonista, el bufón de la corte, ya había pasado su época de oro. Se lo notaba un tanto afónico. Para colmo de males, en un momento de ira, cuando Rigoletto se ve arrebatado por la crueldad de los cortesanos, el artista golpeó con tal fuerza sobre una pequeña mesa que había en el escenario, que la rompió.

Nosotros, como artistas a la par de él, nos sentimos solidarios en su desdicha personal; salimos de la obra extrañamente doloridos, más que por la ópera en sí, por haber sido testigos de la decadencia de un gran cantante.

Como ésa, muchas historias vividas en compañía de aquel hombre singular.

Ahora todo eso me parece un sueño. Yo tenía veinte años, él treinta y seis, y entonces él parecía ya un hombre maduro; yo, una adolescente.

Amigos me dicen que alguien les ha contado que ha muerto en un país distante.

No sería tan raro. Ahora yo tengo sesenta y tres años, él estaría por los setenta y nueve.

Cuando me di cuenta de que al irme con él, no había sido sólo porque quería explorar el mundo, vivir a plenitud, sino huir, decidí en lo profundo que aquella vida debía tocar a su fin.

Nos separamos, con la vaga promesa de encontrarnos en un año. Él siguió con sus títeres rumbo al horizonte; yo me quedé nuevamente en mi país, para adentrarme en mi propio arte.

Al principio nos escribimos, y luego la distancia fue tejiendo su tela sutil de olvidos, palabras no dichas, rencores ocultos. No volvimos a vernos. Y yo no quise saber nada más de su historia.

Rigoletto, Alexis y el vestido verde.

Correr con los brazos abiertos hacia mundos desconocidos.

Pocha ingenua de los veinte años.

Títeres carcomidos por el tiempo, encerrados en una valija rotosa.

Un hombre muriéndose en su camastro, en una ciudad lejana.

¡Bajar el telón!

Sucre, 2-3 de noviembre de 2006.


*Alexis Antíguez, titiritero argentino, mi excompañero.   

Ensayo

Escribir para leer

Fragmento del texto que el autor leyó en las III Jornadas de Literatura Boliviana, y que se recoge, junto a los trabajos de otros 11 ponentes, en el libro Flujo continuo (3600).


Rodrigo Urquiola Flores 

Se escribe para leer, siempre he creído en eso. No hay otra manera de comprender lo que sucede alrededor de ti. Aunque no leas libros, necesitas traducir a un idioma propio, y por lo propio siempre único -toda repetición es única-, aquello que tus ojos ven.
Aunque no escribas libros, necesitas almacenar, de alguna manera, aquello que has visto. Con esta escritura, que también podemos llamar memoria, estarás capacitado para emprender nuevas lecturas que generarán nuevas escrituras.
La memoria es todo aquello que tus ojos han visto e incluso lo que no; es lo que está y que ha llegado a estar a través de ciertos procesos quizás invisibles e innombrables; si vamos a hacernos otro dios de barro, aparte del tiempo que todo lo cubre, ese dios debe ser la memoria: no ha nacido con nuestro nacimiento, ha llegado a nosotros existiendo desde siempre y, aunque muramos, prevalecerá a nuestros cadáveres.
Los libros, pienso, no son otra cosa que una materialización de la memoria. La narración es una excusa, quizás toda invención lo sea, para darle una vida independiente a esta memoria. Aquello que sustenta una ficción más allá de su estructura de artificio, una suerte de aliento vital, llamémosle el alma del relato para sonar incluso místicos, no es otra cosa que la lectura almacenada saliendo de un espacio a otro después de un proceso de traducción de un idioma a otro.
Se escribe para leer, pero también se lee para escribir, es un círculo que, tal vez más que círculo, sea una esfera donde lo uno se encuentra con lo otro para confundirse y ser parte de una misma totalidad, no hay alternativa.

*** º ***

Se escribe para intentar matar a los dioses a los que uno, aunque esté postrado desde siempre, no quisiera tener que arrodillarse. Se escribe para, leyendo, como dijimos hace poco, atravesar el tiempo y diluirlo aunque sea por el breve período que duren unas cuantas páginas.
Cuando escribía Lluvia de piedra pensaba mucho en esto, en la posibilidad de retroceder en el tiempo de alguna manera y elegí una historia que me parecía acorde a esta idea: un viejo, Esteban, retornaba a La Paz luego de un autoexilio de 40 años para encontrar el perdón de su víctima, Marianela, antigua novia suya, a quien había asesinado a patadas.
En la estación de trenes -siempre quise que La Paz conservara su estación de trenes-, Esteban se encontró con una Marianela que se había quedado congelada en el tiempo, o sea, que no había envejecido como él; se encontró con una mujer a la que la muerte había salvado de morir.
Es una manera de retroceder en el tiempo, pienso, más allá de revivir cadáveres en espacios ficcionales, retornar a los lugares que se han quedado guardados en tu memoria y, desde esta perspectiva, pienso que las personas también son lugares, espacios geográficos. No hay otra manera de liberarse de los demás dioses que nos rodean más allá de la imaginación que es, también, el Olimpo que les hemos permitido habitar. Así como las personas se alimentan de otras personas, los libros de ahora, por modestos que sean, no serían lo que son sin haberse alimentado de los libros de antes.
Ningún escritor puede llegar a ser escritor sin ser un empedernido lector y dudo que un escritor que se tome en serio piense que su propia escritura sea más importante que las lecturas que lleva sobre las espaldas.

*** º ***

Siempre que me preguntan sobre algún inicio en este oficio, recuerdo una edición que llevaba las dos obras mayores de Juan Rulfo, Pedro Páramo y El llano en llamas. Este libro -un ejemplar de portada negra con unas velas encendidas proclamando alguna luz a pesar de la oscuridad que todo lo encierra- perteneció a mi tío Ricardo cuando él era colegial.
De alguna manera llegó a mi casa de Santa Fe y ocupó un lugar junto a los otros libros, unos libros de adoctrinamiento religioso que yo leía sobre todo porque no había nada más que leer, jugando, incluso, a que aquella torpe ficción -torpe ficción es toda aquella que se cree en lo cierto y que no se atreve a dudar de sí misma- era algo que podía creer como verdadero; ahí empezó el rechazo que conservo ahora hacia cualquier tipo de religión, pero también pude llegar a entender gracias a ello que la lectura, como cualquier creencia religiosa, implica un juego en el que la imaginación es la única capaz de marcar ciertos límites entre lo que vemos pero que no se ve: leer es, también, ver aquello que no está sucediendo.
Tristemente para mí, un niño de ocho años en aquel entonces, el único libro de verdad que tenía a mano, el de Rulfo, tenía un armazón que era inaccesible a mi entendimiento. Pero volvía a él una y otra vez, sobre todo porque, poniéndolo en una misma hilera con los libros enfermos de religión, tenía, inclusive, un aura prohibido.
Los primeros recuerdos de aquellas lecturas no son situaciones que empiezan en algún instante para concluir en algún otro, son las imágenes y sensaciones que provocaban estas imágenes. Y, quizás, a partir de estas imágenes, que con el pasar del tiempo han ido creciendo y juntándose a otras imágenes que el vivir te incrusta en la memoria, se ha ido construyendo todo aquello que quisiera decir cuando escribo. Por eso, volver a Pedro Páramo o a los cuentos de El llano en llamas, a veces, significa para mí volver a algún momento de mi propia infancia en el que hubiera querido tener todos los libros que ahora tengo.

*** º ***

Leer es también, para mí, oír los pasos de la niñez; un retroceso, un derrotar al tiempo, saborear una de las victorias de la ficción.
Se escribe para leer ciertas cosas que se recuerdan y que se creen recordar de la infancia. Se escribe para leer la memoria que llevas a cuestas. Leyendo nombras y al nombrar buscas darle un significado a aquello que quizás no lo tiene ni tenga la necesidad de tenerlo.
Ahora, por ejemplo, pasado cierto tiempo de la publicación de mi segunda novela, El sonido de la muralla, ya no me cuesta tanto encontrarme en la niña-vieja o vieja-niña narradora. Casi puedo recordar sus caminatas interminables como mías, casi puedo hallar en su propia incomprensión de la situación que vive su familia (la síntesis de la historia que narra la novela es simple: una familia cualquiera cuyo nombre nunca se mencionará, luego de retornar de un breve viaje, halla que su casa está invadida por personas aparentemente desconocidas) como mi propia incomprensión del mundo que rodeaba mi niñez. Y la memoria es una trampa porque es un artificio: una persona entra en un salón de espejos y observa tantas réplicas de sí misma que ya no sabe si ella, quien observa, es la imagen original o una copia que cree tener independencia. Y la memoria que se conserva de la infancia, me aventuro a decir, llegados a este salón de espejos, es un artificio del artificio: el tiempo se espesa como cuando esperas por algo que no llegará nunca, suceden tantas cosas en un espacio que parece no albergar nada dentro suyo. (…)


Staccato

El prodigioso arte de Arvo Pärt

Continúa la serie de perfiles críticos de músicos de diferentes épocas y estilos. Esta vez le toca al notable compositor estonio.



Pablo Mendieta Paz 

Creador de una música depurada, de inspiración profundamente religiosa, Arvo Pärt ha compuesto obras que se ejecutan en todo el mundo y que han sido grabadas en más de 80 discos compactos. Inspirado por el canto gregoriano y la antigua polifonía, el compositor ha desarrollado su propio estilo denominado tintinnabular.
Arvo Pärt nació el 11 de septiembre de 1935 en Paide, Estonia, ciudad situada aproximadamente a 90 kilómetros de Tallin, su permanente lugar de residencia. Divorciados sus padres, su madre lo llevó a Rakvere, al noreste de ese país. Entre los siete y ocho años siguió cursos de música en la escuela y más tarde aprendió las bases de piano y de teoría musical. Ya adolescente, se interesó especialmente por la música sinfónica, y aunque el piano era el instrumento de su predilección, practicó también el oboe en la orquesta de su escuela.
A los 17 años compuso Meloodia, pieza pianística para un concurso de jóvenes artistas. Exento entonces de raíces o influencias estonias, y más bien influido por el estilo de Rachmaninov, no obtuvo ningún premio. Más tarde, en 1954, ya en la escuela secundaria de música de Tallin, y bajo la tutela principal del profesor Harri Otsa, estudió teoría musical, composición, piano, literatura musical, análisis y música popular. Luego, con Veljo Tormis como profesor, asimiló toda idea musical novedosa, particularmente de Occidente; entre otras, el emergente dodecafonismo, toda una revelación para el artista.
En 1962 dio a conocer en la Unión Soviética una de sus composiciones escritas para coro de niños y orquesta, Nuestro jardín, con la cual obtuvo el Primer Premio de jóvenes compositores de la URSS. En 1963, una vez egresado del Conservatorio de Tallin, su carrera profesional como compositor ya gozaba del aplauso y consideración de los críticos y musicólogos, testigos directos de su inclinación para iniciarse en la composición de música serial, de la cual nacieron sus dos primeras sinfonías. 
En 1968, luego de la censura de su credo por el régimen comunista, Arvo Pärt renunció a la música serial para dedicarse durante diez años al estudio del canto gregoriano y la música de los compositores medievales franceses y flamencos, como Guillaume de Machaut, Ockeghem, Obrecht y Josquin des Prés, bajo cuya influencia escribió, en 1971, la Sinfonía Nº 3; luego Für Alina (1976), con las que rompió el estilo de sus primeras obras para calificar a las nuevas como las tintineantes (tintinnabular), cuya estructura le permitía trabajar con una o dos voces solamente, construidas a partir de un acorde perfecto y una tonalidad específica. Las tres notas del acorde perfecto sonaban como campanas, por lo mismo que su música fue bautizada con el denominativo de tintinabular. Las tres obras más importantes y reconocidas con este estilo son Fratres, Canto en memoria de Benjamin Britten y Tabula Rasa.
Luego de una travesía por Viena (donde obtuvo la nacionalidad austríaca) y por Berlín del Oeste, regresó a Tallin. En 1996, pese al inconveniente que surgió a raíz de que fuera alineado a compositores “minimalistas místicos” como Henryk Górecki y John Taverner, fue nombrado miembro de la Academia Americana de Artes y de Letras.
Creador de música depurada y de inspiración profundamente religiosa (fiel a su confesión cristiana ortodoxa), los cantos ortodoxos, así como los gregorianos, influyeron su estilo sobre la modulación lenta de los sonidos asociada a la música posmoderna. Arvo Pärt es, en consecuencia, un firme e inalterable creador del estilo tintinnabular del que no desiste bajo ningún concepto, ni siquiera para ilustración sonora de películas y espectáculos de danza.
La fina escritura minimalista de Pärt, da tal impresión de simplicidad que sorprende. El primer elemento de esta, según los profundos estudios de su obra, es la utilización de ritmos simples tales como “negro, blanco, negro, blanco” o “blanco, negro, blanco, negro”, es decir de una moderación y llaneza notables en el estilo (se podría decir elemental, aunque, implícitamente, sea de carácter profundo).
El segundo elemento es el famoso estilo tintinnabular que se inspira en el sonido de las campanas, es decir, que cualquier instrumento articula su juego entre tres notas principales: el acorde perfecto. Pärt, contrariamente a muchos compositores de las épocas barroca, clásica y romántica no emplea jamás ninguna forma de modulación o cambio de tonalidad.                
Es tan impresionante su minimalismo, que a pesar de haber jugado en términos de exploración con la polifonía más pura -la renacentista-, y con estilo gregoriano, no llama la atención que su música emplee solo lo estrictamente imprescindible.
Pärt, en el breve análisis que uno pueda aventurarse a hacer, obsequia auténtica magia en su música; la hace fluir con cualidades sensitivas de fácil comprensión, pero a partir de una profunda construcción, como si uno estuviera frente a un manantial de las aguas más puras y, al reparar en su exquisitez natural, no pueda sino valorar, en su inmensa magnitud, el tremendo misterio que encierra la naturaleza.
Lo que impresiona de Pärt es que al oírlo parecería que hay en su música acordes de usanza polifónica (uno los escucha y no los hay), pues economiza esa base de la armonía occidental y también ahorra elementos imprescindibles de la armonía tradicional, como las notas de paso o las apoyaturas (términos de armonía), pero insisto, ¡se los escucha!... En fin, música incomparable con ahorro de sonidos pero, en feliz paradoja, con una plétora inacabable de ellos.

Este prodigioso músico estonio toca el cielo con las manos (el oyente y el público hacen lo propio escuchándolo) guardando todos los sonidos posibles en un depósito herméticamente cerrado para que nadie pueda oírlos; pero, como un Houdini, de pronto los libera y el auditor logra “asirlos” sin que realmente estén ahí. Prueba de ello son, entre muchas otras composiciones, su Trivium, De Profundis, Nunc Dimittis, Spiegel im Spiegel (es frecuente oír fragmentos de esta obra en varias cintas cinematográficas), Psalom. Con Arvo Pärt, en fin, uno se transporta a abismos que ascienden.

Libros

Poesía completa de Lezama Lima

Sexto Piso acaba de lanzar esta fundamental compilación cuya última edición era de 1970.


Ricard Bellveser 

Disponemos de una edición moderna o, si se prefiere, nueva de la Poesía completa del cubano José Lezama Lima (La Habana, 1912-1976). Las tareas de compilación, prefacio y anotación están a cargo de César López, y la edición de estas más de mil páginas la ha realizado la editorial Sexto Piso (Madrid, 2016).
El último intento de reunir su obra lírica se dio en 1970, es decir, hace 46 años que se editaron conjuntamente y de un modo sistemático, aunque es evidente que ya convenía reordenar esta obra y contextualizarla en el mundo de hoy.
Lezama Lima es un caso muy extraordinario. De colaborar con la revolución castrista, pasó a ser perseguido y silenciado por esta a causa de su mirada crítica de la realidad y su defensa de la obra y actitud de Heberto Padilla. Mal visto por el régimen, se sometió al acoso hasta el punto de que se le prohibió abandonar la isla pese a las constantes y permanentes invitaciones que universidades de todo el mundo, muy especialmente europeas y latinoamericanas, le formulaban para que asistiera a ofrecer lecturas de su obra o para cursos, seminarios. Estuvo prohibido pero al mismo tiempo, mantuvo su vinculación con la Casa de las Américas. En tres ocasiones fue jurado de sus premios literarios, lo que muestra una “rara” flexibilización de ese severo acoso que padecía. Su muerte, su extraña y discutida muerte, todo lo allanó y a partir de 2000, la Casa de las Américas creó un premio literario con su nombre que fue rehabilitado, aunque él ni lo conoció ni pudo gozar de esa pequeña gloria última en la que su pueblo le reconoce sus valiosas aportaciones.
Permanecer en la isla sin opciones de salir, también le convirtió en el gran referente interior. Hizo una gran amistad con el poeta español, Premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez, que influyó de un modo decisivo en su forma de poetizar, pero también con Julio Cortázar, relación que recogió en un libro inolvidable; y con el poeta vasco Blas de Otero, durante los años que este vivió en Cuba.
Coincidió con Octavio Paz -con quien mantuvo una enjundiosa correspondencia- y con Alejo Carpentier en combatir la leyenda negra sobre la conquista americana por los españoles, y expresó su mundo poético y filosófico en diversos ensayos que hoy son de lectura obligatoria.
Se dio a conocer como poeta con Muerte de Narciso editado en 1937,  que tuvo una espectacular acogida, porque este extenso poema, escrito cuando contaba con 25 años, desveló la fuerza y el talento de un poeta emergente y consolidó esta emoción con Enemigo rumor publicado cuatro años después, en 1941;  Aventuras sigilosas de 1945 y La fijeza de 1949. Su posición dentro de las letras hispánicas la confirmó la edición en 1966 de su novela Paradiso, que le situó en un lugar excepcional en el conjunto de la literatura en español, pero también le puso en la diana de las autoridades castristas que no recibieron esta novela como algo grato, sino que antes al contrario, lo consideraron un autor conflictivo al que convenía atar corto.
Su obra poética se completó con Dador de 1960 y Fragmentos a su imán de 1978, todos ellos imprescindibles y que, por supuesto, se incluyen en la edición que reseñamos, junto a otros muchos materiales de interés.
Lezama Lima, como poeta, es propietario de una personal cosmovisión que él mismo presentó en varias ocasiones como un “sistema poético del mundo”, expresión que pese a su llaneza y simplicidad, hizo fortuna y se suele repetir al hablar de él, pues viene a reivindicar las claves del barroco literario como fundamento de su trabajo y del de otros muchos escritores latinos que en prosa se sienten cómodos dentro del llamado realismo mágico, y en poesía en el barroco hispánico, el mismo que atrajo a la generación del 27, con su homenaje a Góngora en España y a Sor Juana Inés de la Cruz en el ámbito de la poesía americana.

La gran originalidad de la obra poética de Lezama Lima no es suficiente para que poner a este autor a salvo del olvido. La renovación de los gustos poéticos, la revisión constante de la historia de nuestra literatura, y la pérdida de influencia de determinadas estéticas hacía temer que algunos autores con vertientes sociales tan marcadas como en este caso, cayeran en el silencio que es la puerta del olvido. Por ello, la edición de sus Poesía completa, vuelve a poner de actualidad su obra y su personalidad, nos exige una nueva lectura de sus versos y también nos invita a revisar la literatura cubana del siglo XX, tanto la anterior a la revolución, como la siguiente. 

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Blanca y radiante. Historia de la cocaína


Cocaína Andina. El proceso de una droga global es el libro de Paul Gootenberg que reconstruye más de 100 años de historia de esta sustancia, desde las primeras investigaciones decimonónicas que lograron aislar el alcaloide hasta el surgimiento de las redes latinoamericanas de narcotráfico. Esta entrevista fue publicada en una versión más extensa en Página 12 de Argentina; su autor la cedió gentilmente a LetraSiete.



Nicolás G. Recoaro 

“Por todas las partes de las Indias que yo he andado, he notado que los indios naturales muestran gran deleitación en traer en las bocas raíces, ramos y yerbas… En el Perú, en todo él se usó y usa traer esta coca en la boca, y desde la mañana hasta que se van a dormir la traen sin la echar de ella. Creo yo que algo lo debe de causar, aunque más me parece una costumbre aviciada y conveniente para semejante gente que estos indios son”, especulaba en 1553 el cronista conquistador Pedro Cieza de León, en el clásico Crónica del Perú.
La “hoja divina de los incas” casi nunca tuvo buena prensa. Resistida tempranamente por los colonialistas europeos y los hombres de medicina, la coca se incorporó tardíamente a la “revolución psicoactiva” en el naciente capitalismo de los siglos XVII y XVIII. Un período extraordinariamente intenso de expansión global y cambio en el estilo de vida y la conciencia social, alimentado por el consumo de nuevos estimulantes coloniales como el café, el ron, el tabaco, el opio y el intenso chocolate.
Este rechazo hacia la coca comenzó a cambiar para principios de 1800. La botánica, la ciencia de los alcaloides y las nuevas ideas sobre la racionalidad de los indígenas despertaron una aletargada curiosidad por la Erythroxylon coca. El “descubrimiento” europeo de la cocaína alcaloidea en 1860, aislada definitivamente a partir de la hoja de coca por un avanzado estudiante alemán de química, llamado Albert Niemann, terminó con las especulaciones acerca de su vitalidad. Nacía la cocaína científica. Ya sin el velo prejuicioso sobre la planta andina, las últimas décadas del siglo XIX aceleraron de un modo frenético la experimentación con este estimulante “caro y raro” que carecía de aplicaciones prácticas. La droga “moderna” -como la llamó el historiador Joseph Spillane- encontró su función como anestésico local recién en 1884. Los primeros investigadores de la cocaína eran alemanes, rusos y británicos. También descollaron los poco reconocidos peruanos. El joven doctor austríaco Sigmund Freud fue quizá el más famoso de todos ellos. Fascinado por la “magia” de la droga, entre julio de 1884 y julio de 1887, el padre del psicoanálisis publicó cinco célebres ensayos conocidos como “los escritos sobre la cocaína”.
Mientras Freud experimentaba en Viena, un ignoto químico limeño, Alfredo Bignon, ponía en jaque con sus investigaciones caseras al monopolio de la producción mundial de la nueva “droga milagrosa”, que estaba en poder de dos laboratorios alemanes, Merk y Gehe. Por esos años, el padre del psicoanálisis apenas podía costear la droga, pero el olvidado peruano redujo su costo en 100 veces en menos una década y ayudó a que estallara a nivel mundial su uso médico y popular.
Esta y muchas historias más dan cuerpo a Cocaína Andina. El proceso de una droga global (de la editorial gaucha Eudeba), el adictivo libro del historiador Paul Gootenberg, que abarca más de 100 años de historia cocaínica. Desde las primeras investigaciones decimonónicas que lograron aislar el alcaloide hasta la formación de las redes latinoamericanas de narcotráfico que dominaron la segunda mitad del siglo XX; pasando por el boom comercial de los afrancesados vinos de coca Vin Mariani, el crac del mercado global, el frustrado trust estatal peruano y la política prohibicionista norteamericana. No quedan afuera el golpe de Estado contra Allende, la ascensión de la Coca-Cola y aun la caída de Pablo Escobar.
“Por las controversias acerca de las drogas ilícitas, este es un tema muy atractivo, poco explorado desde la historiografía, ni siquiera en países como Perú, y con una fuerte relevancia social. Es un campo fascinante por la variedad de temas y disciplinas que abarca, en lo que podríamos llamar la nueva historia de las drogas”, explica Paul Gootenberg en diálogo con LetraSiete desde Nueva York, donde trabaja como profesor de historia y codirector de Estudios Latinoamericanos en la Stony Brook University.
En Cocaína Andina, Gootenberg se propone dar cuerpo a esta nueva historia global de las drogas ilícitas, haciendo foco en la cocaína, cuyo estudio solo se había esbozado previamente a través de escritos médicos y periodísticos desde perspectivas acaso temporal y espacialmente reducidas. “Este es un fenómeno tan grande y en muchos aspectos ‘amenazante’ -al igual que las políticas globales prohibicionistas que todavía se impulsan- que vale la pena comprender en profundidad y desde nuevos ángulos de abordaje”.


La mano invisible
Cocaína Andina permite entender el largo y complejo proceso de construcción de la cocaína como una droga global, partiendo en 1850 y llegando hasta los años dulces de la década de 1980. “En el comienzo de mi trabajo, no imaginaba cubrir un rango tan amplio desde lo cronológico y lo geográfico. Una historia de la cocaína que aborda el ascenso de la droga como una exportación legal y reconocida (1850-1910), su caída en la ilegalidad (1910-1950) y la progresiva conversión del pequeño comercio al auge del narcotráfico (1950-1980)”.
“En la primera parte de mi carrera académica era un historiador económico un tanto convencional, interesado en el auge de los commodities. Por la década de 1990, la cocaína era una de las materias primas en auge, que unía a los países andinos con la economía mundial. Por lo tanto, la cocaína era una mercancía más, la cual decidí investigar”, reconoce Gootenberg. Para el académico, la hoja de coca andina y la cocaína industrializada ofrecen un caso histórico impactante para reflexionar acerca de las cadenas productivas. “La cocaína es el único complejo global de drogas que surgió de fuentes indígenas y de empresarios americanos -explica. En su pico, durante la década de 1990, llegó a mover entre 40 y 50 mil millones de dólares al año. Uno de los mayores booms exportadores en la historia de la región. Y de forma totalmente ilegal”.

- El libro tiene un profundo trabajo de archivo que combinaste con incursiones en el territorio.
- Puse mucha energía en la búsqueda sistemática de nuevos materiales y de actores desconocidos en la historia de la cocaína. Busqué romper con los clichés y la visión eurocéntrica, incorporar el aporte andino y sudamericano sobre el tema. Gran parte de la investigación se llevó a cabo en Nueva York (en la Academia de Medicina), en Washington DC (en el Archivo Nacional, la Biblioteca Nacional de Medicina y las bibliotecas de la DEA), también en Londres, Lima y en la ciudad de Huánuco, que era la capital mundial del comercio legal de cocaína, en el Valle de Huallaga. Uno de los momento más extraños de la investigación se dio en las oficinas de la DEA, donde trabajaba mientras los agentes planificaban los primeros pasos de la ofensiva del Plan Colombia. También encontré en los archivos muestras de cocaína que tenían más de un siglo de antigüedad. No comprobé si las muestras seguían activas.  

- Estados Unidos fue históricamente el mayor consumidor y a la vez el principal impulsor de las políticas prohibicionistas. ¿Cómo llegamos a la situación de guerra global contra el narco?
- Estados Unidos ha sido la mayor “cultura de la droga” del mundo. A principios del siglo XX, ese uso problemático de drogas contribuyó a impulsar un esfuerzo misionero algo contradictorio para prohibir las drogas a nivel mundial, que con el tiempo fue consagrado en 1961 por las Naciones Unidas. Una cruzada impulsada por la arrogancia y el imperialismo occidental. La cocaína era un problema menor en la década del 60, pero luego de las políticas policiales, los traficantes se multiplicaron y profesionalizaron. El comercio se expandió: en 1980, entraron 100 toneladas de cocaína a EEUU, y en 1990, alrededor de 1.000 toneladas, pese a la guerra contra las drogas. Se persiguió sin distinciones a los cárteles colombianos y a los campesinos andinos pobres. Con terribles costos humanos en países como Bolivia, Colombia, Perú, y en los últimos años en México y Centroamérica. Por diversas razones, el impacto de la cocaína está disminuyendo actualmente en Estados Unidos, pero ha crecido enormemente desde el año 2000 en países como Brasil, quizá el principal consumidor de cocaína en el mundo, y en Argentina. Y también crece en algunos mercados europeos, africanos y asiáticos.

Blanca guerra fría  
La exportación y la consolidación de las políticas prohibicionistas en América Latina fueron logradas gracias a las alianzas de seguridad que se forjaron durante la Guerra Fría. Gootenberg explica que las élites políticas y militares sudamericanas se asustaron porque creían que las drogas serían una nueva fuente de subversión. “Las geografías de mercancías ilícitas y el contrabando –resalta- fueron moldeadas por los regímenes y los acontecimientos de la Guerra Fría, como la Revolución Boliviana (1952), la Revolución Cubana (1959), y el golpe instigado por Norteamérica contra Allende en Chile, que era en realidad la capital del tráfico de cocaína durante los años 50 y 60”. 
La sangrienta dictadura de Pinochet, para complacer a Estados Unidos, desplazó rápidamente las crecientes rutas de tráfico de cocaína al norte de Colombia, donde la droga apenas existía antes de 1973. Gootenberg completa: “Las dictaduras de Argentina y Brasil también colaboraron. No creo que haya sido un accidente que la cocaína surgió con toda su fuerza durante la presidencia anticomunista de Richard Nixon (1969-1973), y estaba relacionado con las culturas y los acontecimientos políticos de la Guerra Fría”.
 
- Hoy en día sigue activo el estigma sobre la hoja de coca, por ejemplo contra las políticas que lleva adelante el gobierno de Evo Morales en Bolivia.
- El de Evo es un caso especial, y en cierto modo las políticas de Estados Unidos en contra de su gobierno parecen un retroceso a los viejos tiempos de la Guerra Fría. Por diversas razones, cuando el MAS de Morales asumió en 2006, se invirtieron las políticas antidroga de Estados Unidos contra la hoja de coca, que se habían vuelto impopulares en el país andino. Desde 2008, Bolivia exige en la ONU por los derechos de los indígenas a plantar coca, por medio del control social y comunitario. Según la mayoría de los especialistas, esta política está trabajando para contener la coca ilícita y la producción de cocaína. Y protege de manera especial a Bolivia del tsunami de violencia y violación de derechos que plagaron los programas de erradicación de drogas, como en el caso colombiano.