sábado, 29 de julio de 2017

Novela de Mauricio Murillo

Pasado y presente, memoria y legado

Sombras de Hiroshima (3600) la nueva novela de Mauricio Murillo, una de las grandes novedades de la Feria Internacional del Libro de La Paz, es una provocadora reflexión existencialista, matizada en una trama fluida y simple -en el buen sentido de la palabra- con un sólido lenguaje y una inteligente estrategia narrativa.



Martín Zelaya Sánchez

Un escritor más bien mediocre -el narrador-protagonista- está ante la oportunidad de su vida: un canal de televisión aceptó su guion para una teleserie, y empieza a producirla. ¿Logrará este éxito laboral llenar sus vacíos, enterrar sus obsesiones y traumas?
Obsesiones y traumas, anotamos y así es, la nueva novela de Mauricio Murillo es una constante vista al pasado, o mejor aún, una muestra de la terrible convivencia de presente y pasado.

Presente 1. El protagonista, de quien nunca se sabe el nombre y a quien se intuye bordeando la treintena, encara la vida sin entusiasmo ni ambiciones, pero tampoco con desolación o culpas. Al margen de su ocasional rol de guionista, huye de la soledad con la mayor cantidad de tragos posible, y junto a Elena y David, una pareja de amigos anarquistas que coquetea con el terrorismo.
Pasado 1. Precisamente Elena y David empiezan a escarbar los fantasmas de su amigo cuando se obsesionan por la extraña manía del abuelo de éste, que coleccionaba fotos de las sombras de Hiroshima (cuando la bomba atómica cayó sobre la ciudad japonesa, se produjo una temperatura tan alta que siluetas de personas y objetos quedaron tatuadas en pisos y paredes), y de fenómenos naturales: siameses, malformaciones, etc.
Pasado 2. Y ni siquiera en el prometedor nuevo empleo puede escaparse. Uno de sus colegas -Mirko Maidana- resulta ser un conocido de su pueblo que lo atormenta con la historia de Alicia Villanueva, amiga inseparable del protagonista en la infancia, salvajemente asesinada años después.

Esta novela habla sobre el legado y la memoria, sobre las marcas indelebles: las sombras son el reflejo de una presencia, pero las sombras de Hiroshima son el reflejo eterno de una ausencia. A partir de este concepto el autor arma una historia pesimista, pero absolutamente a tono con la crisis existencial acaso más aguda –aunque desapercibida- de las generaciones del milenio.

“Lo más difícil es despertarse. Saber que no hay nada por lo que uno quiera salir de la cama. Ahí está todo ese peso inmaterial que a veces es impuesto nomás”. (Pág. 27)

Presente 2. El argumento de la teleserie: un detective llega a un pueblo en las riberas del Titicaca a investigar la muerte de un hombre. En medio de una fiesta devocional, en el pequeño poblado se identifica a un hombre que acaba de despertar amnésico (¿Memoria? ¿Olvido?), y al asesino que se niega empecinadamente a hablar.
Pasado y presente: como las de Hiroshima, medio siglo atrás, el protagonista da con su propia imagen devastadora: una foto de la escena del crimen de Alicia, en la que se podía notar la silueta de la joven grabada en un charco de sangre).
Legado y memoria, también… pero fiel a su intento –muy remarcable, por cierto- por reflejar algunos de los rasgos de estos días ya no tan de inicio de milenio, Murillo da cuenta del ineludible signo de la contradicción en que vivimos; y lo hace, bellamente, desde un personaje marginal: Norma, la esposa paralítica de su abuelo quien desolada por su postración, decidió no volver a hablar nunca más.

“Norma había elegido el silencio. No podía mover nada aparte de sus ojos, pero todos sabíamos que podía hablar. No pude comprender. Podía haber entendido que quisiera matarse (…) Lo que no pude comprender jamás es que alguien quisiera dejar de hablar para siempre”. (Pág. 60)

Inmediatamente después de este párrafo, Murillo, en la voz de su narrador-protagonista, escribe: “Habitamos el mundo, que no es un lugar lindo, a partir de lo que podemos nombrar”. Es decir, renunciar al lenguaje es despojarse de uno mismo, sacrificar, por consiguiente, cualquier legado; negarse a sí mismo la posibilidad de la memoria. A no perder de vista que el silencio no necesariamente es igual en todo o para todos. Norma lo busca y asume, el asesino de la teleserie, se ve obligado a él.
Pasado y presente. Memoria y legado. Contradicción y obsesiones. Una frase que el guionista recuerda en boca de su abuelo confirma esta cadena de ideas-temas-inquietudes y, de paso, sirve como muestra de algunos de los picos encomiables en el trabajo del lenguaje del autor:

“Cuando se acabe todo, o sea, la vida de una persona, o sea, la mía, que es la única vida, se van a parar los relojes a la misma hora. [¿Cómo en Hiroshima?] La edad del mundo, de lo que existe, es la edad de uno mismo y es en ese momento en que llega el fin. (Pág. 79)

El cuerpo es una grabadora de nuestra vida. La muerte, es el apagarse del cuerpo. El dolor, los traumas y obsesiones -no pocas veces el legado más tangible del pasado- son una cicatriz que se graba para siempre y que solo se libera con la muerte.


PD. No quiero olvidarme de la portada. No siempre se le da la importancia que tienen a las tapas de los libros: la cara, la imagen primera. Y Sombras de Hiroshima tiene una portada extraordinaria. Punto alto para el diseño de Camila Jaimes… y para la editorial 3600, por supuesto.



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