sábado, 21 de febrero de 2015

Etc.

Pesimismo y creación literaria


La influencia del universo personal e íntimo de un autor en su texto. Psicología, ontología y hasta política en la literatura.




Carlos Decker-Molina

“Me asusté, hasta los tuétanos, porque me di cuenta de hasta qué punto debía de haber progresado el emponzoñamiento provocado por años y años de odio, cuando incluso allí, en una pequeña ciudad de provincias, sus cándidos ciudadanos y soldados habían sido ya instigados de tal manera en contra del emperador y de Alemania, que una simple imagen fugaz en la pantalla era capaz de provocar en ellos semejante baraúnda”, relata el escritor austriaco Stefan Zweig en El mundo de ayer, su autobiografía.
Cuando fue a ver una película en una villa francesa, la aparición de la imagen del emperador alemán (era 1913) produjo un abucheo sin excepción.
Eran los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial y a pesar del rol de los intelectuales liberales y socialistas por la paz, la guerra se produjo. La literatura no salva a nadie de la tragedia y menos de la guerra, pero se alimenta de toda crisis, porque ésta actúa de espoleta creativa.
Al inicio de este año hemos sido testigos del asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo y el lanzamiento de la novela Sumisión del francés Houellebecq, que no llaman precisamente al optimismo.
A pesar de la retoma de Kobani, enclave curdo, en Siria y el retroceso de los terroristas del Estado Islámico, la prensa informa que hay 300 mujeres euro/árabes enroladas voluntariamente en las filas del EI, mientras miles de niños gritan su frío y su hambre en los refugios de la ONU.
Mi intención no es tocar la política, pero ésta repta empollando pesimismo que, antes  de convertirse en guerra, debiera ser fuente de la creación literaria. Sin duda la mayor parte de la literatura es hija legítima de ese estado de ánimo porque suele alimentarse de la realidad y sus circunstancias.
El texto emerge como novela, crónica o relato y los personajes dicen cosas que no siempre son ideas del que escribe. Este proceso no es nuevo, hace recuerdo a la historia reciente y a la de antes de ayer.
Hay un  texto, escrito en papiro, que se conoce como “Diálogo de un hombre cansado de vivir con su alma”. Existe una sola copia y está fechada en la XII dinastía egipcia. Se trata de un individuo, desengañado y angustiado, que mantiene una disputa con Ba (su alma). El pesimismo suicida lo obliga a escribir.  

Mi sufrimiento es una carga demasiado pesada para llevarla.
He aquí que mi nombre apesta,
más que una cesta de pescado
en los días de pesca cuando el cielo arde.
¿A quién me dirigiré en el día de hoy?
Aquel que debería fustigar a los hombres por sus delitos,
hace que todos se rían a causa de su iniquidad.
¿A quién me dirigiré en el día de hoy?
Los hombres saquean.
Todos roban a su compañero.
¿A quién me dirigiré en el día de hoy?
El amigo íntimo es un criminal.
El hermano con el que uno se trata es un enemigo
¿a quién me dirigiré en el día de hoy?
Nadie es justo.
El país es controlado por malhechores.

La poesía traducida del papiro es tal vez el primer antecedente de la presencia del pesimismo en el texto poético y es, quizá, el prolegómeno del suicidio de su autor.
Pero, surge la pregunta, ¿por qué supongo que el autor es un suicida? Quizá es solo un reflejo de la época, puede que el uso de la primera persona sea para una mejor comprensión.
El pesimismo como caldo de cultivo de la literatura fuerza un producto que, leído con detenimiento, se convierte de todos modos en político y así surge un nuevo problema, pues hay quienes pretenden que no es dable mezclar literatura y política.
Dejo por un momento el pesimismo para referirme al segundo aspecto. ¿Cómo evitar la mezcla entre política y literatura? Vargas Llosa fue criticado por algunos periodistas suecos por su “machismo” (el feminismo -su contrario- es un pensamiento político) así como el noruego Karl Ove Knausgård autor de Mi lucha, un alegato en 6 volúmenes contra un padre autoritario, a quien Ebba Witt-Brattström, una escritora feminista, critica porque su personaje principal sojuzga a su mujer y “ese hecho no está bien, no es correcto”, es decir no está dentro de la corrección política del feminismo.
Knausgård en un ensayo sobre la literatura y la maldad se pregunta ¿Es que la literatura debe tener solo personajes virtuosos? El autor noruego, que ha vendido millones de ejemplares de su novela testimonial, sostiene que la seña fundamental de una novela es lograr una distancia entre el Yo del texto y el Yo de la persona que escribe.
Algo parecido respondió Vargas Llosa a sus críticos en Estocolmo. Es como acusar a Umberto Eco de pensar como Simone Simonini un antisemita, personaje principal de su obra Cementerio de Praga.
Y, ahora vuelvo al pesimismo, ¿se podrá acusar a Goethe por los suicidios que provocó su Werther? El confundir el Yo del relato y el Yo del autor es un aprendizaje más del lector que del escritor.
Este último tiene el desafío de asumir, como inspiración, el reto de la crisis/ pesimismo sin cortarse los dedos en las aristas políticas para no convertir el texto en panfleto. La presencia de la crisis o la guerra en la novela toca, tal vez sin querer, los márgenes políticos.
¿Cómo evitar que una obra -como la novela de Isaac Rosa, La  mano invisible, o la vieja obra de teatro de Ibsen, El enemigo del pueblo- tenga unos parecidos inevitables con la realidad política actual?, y ¿cómo hacer que el lector separe el Yo del texto con el Yo del autor? ¿Cómo evitar el suicidio de alguien que le da la razón al personaje de En la orilla de Rafael Chirbes?
La sociedad con sus pesimismos y sus optimismos seguirá alimentando a la creación literaria, por eso es importante separar, cuando se lee, la literatura del ensayo, de la historia y de los libros de referencia.
Pretender sociedades perfectas son ilusiones, las sociedades se alimentan del conflicto incluida la contradicción cotidiana del amor.
Las guerras y las desigualdades sociales están presentes; la miseria y la exclusión han vuelto a ser  comunes en Europa. Sin duda son viejas heridas sin cicatrizar a pesar de IPads o Galaxis, los nuevos  instrumentos de una virtualidad que dizque nos igualan.
El pesimismo, que campea en la actualidad en Europa, se expresará (así lo espero) en literatura de la buena, pero también de la otra. Así como no niego que el pesimismo se puede convertir en su opuesto y producir la guerra por el exceso de triunfalismo heroico.


Artículo

Las antologías de la Biblioteca del Bicentenario


El autor continúa difundiendo sus puntos de vista y sugerencias en torno a la BBB; esta vez respecto a quiénes deberían hacerse cargo de las antologías y obras escogidas.



Adolfo Cáceres Romero

Además de los libros individuales, las 200 obras de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia se completarán con 42 antologías, de las cuales ocho o nueve son literarias; además, habrá que escoger la obra representativa (obra escogida u obra completa) de 39 autores.
En ambas situaciones prevalecerá el criterio del recopilador. Gran responsabilidad para éste. Nos preguntamos si será el Comité Editorial el que se ocupe de dicha tarea. Entre los 35 expertos encuentro pocos nombres con la posibilidad de llevar a cabo ambas selecciones.
Primero, un antologista, aunque se guía por sus  gustos personales, debe ser sabio y cauto en su elección; esto quiere decir que debe conocer muy bien su área de trabajo, y ya en mi anterior artículo señalé las debilidades del Comité Editorial.
De algún modo, la lista final de las 200 obras muestra su capacidad de apreciación de nuestras letras. Desde luego que no quiero ser injusto con ellos, pues la mayoría es gente valiosa y, precisamente por ello, muy ocupada. Entonces, los vacíos pueden ser justificados, más por descuido que por falta de capacidad. Nunca dudé de su idoneidad. Eligieron entre las obras que conocían; aunque no las hubieran leído, confiaron en quienes les sugirieron algún título o autor.
Lo que sí advertí es que no todos compartían su visión del momento actual. Es como si todavía no se hubieran  percatado de que vivimos un tiempo de cambio, con la emergencia de una nueva clase.
La era republicana quedó atrás. Herida de muerte con la UDP, el 85, año en el que, al asumir su cuarto gobierno Víctor Paz Estenssoro, lanzó su diagnóstico: “Bolivia se nos muere”, promulgando su célebre decreto 21060; la República agonizó hasta la “Guerra del Agua”, en Cochabamba, para morir con la caída de Goni, el 2003.  Ahora Bolivia es un Estado -esto debe entenderse bien- Plurinacional. Lo cual implica no sólo la aparición de una nueva élite dirigencial, sino también la irrupción de las etnias originarias dispuestas a alcanzar  protagonismo político; desde luego que este fenómeno social no excluye el aporte de las otras clases sociales. No hablo de razas, porque no hay distinción entre ellas.
Algo más, si nuestro Presidente indígena eligió el Tiwanaku y la Puerta del Sol, para valorar su investidura, es porque, al igual que la wiphala, ese centro es vital, no solo para desempeñar su mandato con el reconocimiento de todas las etnias del país, sino para lo que significa el nuevo Estado Plurinacional, llamando la atención del mundo sobre la Bolivia de hoy; entonces, no entiendo cómo Tiwanaku –al igual que Machu Picchu- no fue declarado patrimonio de la humanidad.
De ahí que urge publicar las obras del olvidado arqueólogo Arturo Posnansky, especialmente su Tiahuanacu: Cuna del hombre americano (1945); también me atrevo a sugerirles el Diccionario de mitología aymara (2006), de Mario Montaño Aragón.
  
Los campesinos –como los llamaban los terratenientes urbanos- ya no son objetos pasivos y receptivos de la historia. Las mayorías que se hallaban en el piso de la pirámide -como clase baja-, ahora son sujetos activos que poseen un nuevo proyecto de vida. Saben que todos somos iguales en este Estado Plurinacional. El único privilegio que consigue el boliviano de hoy lo logra con su capacidad de trabajo, sin importar su género, color,  área o especialidad. Por si acaso, cabe aclarar que nunca fuimos un “pueblo enfermo”, de ello debemos estar seguros. Arguedas, con mentalidad positivista, nos juzgo más con la imaginación que con la razón.
Volviendo a las antologías -aunque posiblemente no les importe a los organizadores-, me atrevo a sugerir algunos nombres: Homero Carvalho es notable, con seis o siete antologías en su haber, la última dedicada a Bolivia, vista por intelectuales de dentro y fuera del país; también podría hacerse cargo de la literatura de las tierras bajas.
Siempre en el ámbito de “literatura y arte”, la literatura infantil y juvenil estaría en buenas manos con Isabel Mesa Gisbert; su madre, Teresa Gisbert, podría hacerse cargo de la literatura colonial; para el teatro boliviano tenemos dos figuras: Apodaca y Willy Óscar Muñoz; para la literatura aymara: Juan de Dios Yapita; para el cuento boliviano, contamos con Manuel Vargas y Martín Zelaya; para la música, nadie mejor que Carlos Rosso o Alberto Villalpando.
Otro antologador acucioso es Mariano Baptista Gumucio, que podría hacerse cargo del ensayo y la crítica literaria, lo mismo que Mauricio Villena. Todavía estoy pensando en el ámbito de las letras, donde para la poesía, tenemos a Eduardo Mitre y a Mónica Velásquez.
Tanto las antologías sobre “tradiciones, folklore y mitos”, como: “la tradición oral en Bolivia”, podrían estar a cargo de Delina Aníbarro; Xavier Albó podría hacerse cargo de la poesía quechua; en las otras áreas, de la antología de estudios arqueológicos podría encargarse Juan Albarracín Jordán; para la farmacopea kallawaya tenemos la obra de Oblitas Poblete; en fin, para el resto de las antologías habría que lanzar una convocatoria y luego analizar las propuestas.
El problema sobre la parte de escoger las obras de varios autores ya es más complejo, por ejemplo, con Cerruto, los organizadores consideran dos volúmenes; probablemente uno para su poesía y el otro para su novela y los cuentos, cuando podrían ir por un lado sus cuentos y por otro su novela Aluvión de fuego; en cambio, sus poemas pueden ser seleccionados por Mónica Velásquez o Eduardo Mitre.
¿Pero qué hacer con la obra de Santiago Vaca Guzmán? ¿Elegirán una o dos de sus cuatro novelas?; luego, irá en un volumen su La literatura boliviana? ¿Y de su obra histórica? No puede faltar su Derecho de conquista, vital para comprender la problemática del mar.
¿De Francovich, qué piensan escoger? ¿Sus obras de teatro o sus ensayos? ¿Ambas? Entonces a no olvidarse de Los mitos profundos de Bolivia. En cuanto a Augusto Guzmán, hay tanto por escoger, entre su narrativa, sus estudios biográficos, literarios e históricos.

En fin, habrá que esperar como salen de este ch’enko los organizadores de la BBB, teniendo en cuenta que también deben elegir la obra de José Antonio Arze, fundador del PIR, partido que propició el colgamiento del Presidente Villarroel, el 21 de julio de 1946. 

Reseña

Isabel Mesa, 100.000 libros vendidos  y una nueva obra


Una nota bio-bibliográfica de la autora paceña, a propósito de su éxito editorial y del lanzamiento de un nuevo libro.



Verónica Linares Perou

Hablar hoy de literatura infantil boliviana, es necesariamente hablar de Isabel Mesa de Inchauste.
En primer lugar, es importante destacar el estilo y la calidad literaria que ha implantado en sus diversos cuentos y novelas, desde el primero, La pluma de Miguel: una aventura en los andes, hasta el último, Fábula verde, primicia que será presentada el 24 de febrero, para alegría de todos sus lectores.
Pues sí, me atrevo a hablar de un estilo de escritura muy particular con el que la autora aborda, en la mayoría de sus obras, la cultura, el patrimonio y las artes en épocas pasadas, sobre todo en la Colonia.
De esta forma, Isabel logra recuperar y dar a conocer no sólo increíbles mitos, fábulas y leyendas de nuestros pueblos originarios, sino también historias que ella va tejiendo en forma amena, muchas veces humorística, alrededor de pinturas, construcciones y personajes del pasado.
Además, es una rigurosa investigadora que vuelve sobre los anales históricos, consigue libros y archivos de lugares recónditos, y encuentra datos y anécdotas que utiliza en sus escritos. Entonces, como una verdadera alquimista, transporta todos estos elementos a otros contextos, a otros espacios y tiempos, logrando un estilo de literatura único y ameno que se ha convertido en su sello.
Es así que en La pluma de Miguel, una aventura en los andes, nos encontramos con el fascinante mundo de ángeles, arcángeles y demonios que sobrevuelan la zona andina en la época colonial.
En La portada mágica, gracias a las aventuras de Luis Niño y Jahuira, quienes buscan elementos para decorar la portada de la iglesia de San Lorenzo de Potosí. La misma tónica está en los cuentos de  La flauta de plata y en la novela La turquesa y el sol en los que incas, ñustas, deidades mayores y menores, leyendas acerca de estrellas y animales aparecen en entretenidos relatos que nos envuelven en su trama histórica.
Además de los elementos históricos, Isabel es una fanática del futuro y de los avances científicos y tecnológicos. Está al día, pues conoce a sus pequeños y grandes lectores cibernéticos y les ofrece elementos futuristas; es el caso de Trapizonda, El revés del cuento, La esfera de cristal, y de su última novela Fábula verde.
La autora juega con tiempos, espacios y elementos distanciados y opuestos, como es el caso de la era de los dinosaurios en contraste con la de los videojuegos, en Trapizonda; o la época de Jesús en la que encontramos extraños seres celestiales cibernéticos, en La esfera de cristal; o un contexto familiar actual en el que aparecen personajes de cuentos de hadas y superhéroes, en El revés del cuento; o la época de las fábulas de animales andinos en contraposición con el futuro próximo en el que los animales sólo existen en forma digital, en Fábula verde.
De esta manera se unen personajes históricos, míticos o imaginarios con artefactos y léxicos futuristas que fascinan a los ya “interconectados” y “digitalizados” lectores de hoy.
Sin lugar a dudas, Isabel tiene un lugar muy destacado en nuestra literatura infantil y juvenil por el éxito que ha alcanzado en nuestro país, éxito que se mide por la cantidad de obras que ha vendido: ¡100.000 ejemplares! con 11 títulos escritos, la convierten en una verdadera “best seller” boliviana.
Es importante mencionar que este éxito también se mide por la reedición permanente de sus libros, algunos de los cuales van por la séptima edición, y destacar que ninguno de sus títulos se ha dejado de publicar desde que se inició como escritora, 16 años atrás. Por otro lado, muchas de sus obras han sido premiadas y reconocidas tanto en Bolivia como en el extranjero.
Isabel no sólo ha marcado un hito en la historia de la literatura infantil y juvenil boliviana sino que aporta a su difusión, a su investigación y a su enriquecimiento.
Este martes 24 de febrero Isabel Mesa presentará Fábula verde en el Espacio Simón I. Patiño, una nueva obra en la que su estilo se identifica plenamente. Se trata de una novela en la que aparecen maravillosos personajes de las fábulas y se van mezclando de manera mágica con el futuro, con un futuro con el que de alguna forma ya convivimos.

Con seguridad los lectores de Isabel tendrán nuevamente el gusto de volver a leer una increíble aventura que los mantendrá en suspenso hasta el final. 

lunes, 16 de febrero de 2015

Las escenas

Un pretexto para la alegría de las ciudades


Libros & películas. Una mirada. Una lectura de los pasajes que cambiaron nuestra forma de ver el mundo.



Aldo Medinaceli 

La gran ciudad. Suma de luces, gente concentrada y vehículos. Máquina de lo artificial. Devoradora de almas y también gestora de anhelos. Avispero de voces que hablan consigo mismas.
La urbe. Némesis de la naturaleza. Circuito cerrado. Placa informática. Señales de asombrosa funcionalidad. Acero en las esquinas. Rostros. Metrópoli. Síntesis del mundo. Residuo del mundo. Ventanas de edificios como delgados párpados. Sonidos yuxtapuestos. El impredecible acontecer de los hechos. El azar. Los resoplidos. Las alcantarillas.
Escenas que se repiten incansablemente día tras día. La misma ruta a la oficina, los mismos trajes arrugados, el maquillaje radiante luciendo efímero. Esa misma repetición como ritual de la existencia. Los horarios como metáfora de una limitada comprensión del tiempo. Las cimas, las depresiones. Abismos de los que nadie se entera. La soledad. Intuir que aquí cerca se encuentra el prójimo sin asimilarlo. Tanta separación y tanta conexión.
Recuerdo un pasaje de El Loco de Arturo Borda: el narrador regresando a su buhardilla dentro de una vecindad atribulada. El “Caserón del Pobre” o uno de los tantos conventillos que abundan en los alrededores. Nido de inocentes. Panal desvencijado. Las puertas cerrándose. Nuestro narrador llegaba a su cubículo para escribir lo que veía en las calles de hace un siglo. Borda era también un cronista, pienso, y el escritor de su propio diario, complejo y revelador diario. Una vez encerrado ante el papel en blanco y la luz de la lámpara, describía un pueblo grande que comenzaba a convertirse en aquella gran ciudad: La Paz.
En esas páginas es posible descubrir la metamorfosis, el paso de la comunidad hacia el implacable anonimato. La infatigable tarea para ganarse la recompensa mercantil. Los días largos y la fiesta, siempre la fiesta.
En la escena, Borda -su narrador­- hablaba de los danzarines, de los instrumentos musicales y asistíamos a aquella maravillada descripción. Alguna vez habló de la fiesta de la raza, por ejemplo, o del centenario nacional, o de los carnavales. Pero la impresión era la misma siempre. Un cronista retratando su sociedad para un improbable lector, tal vez para sí mismo, para su otro desvanecido.
Desde los primeros libros de El Loco: Divagaciones, De la miseria o Razón y locura, hasta los últimos como El triunfo del arte, la escena se repite innumerables veces: el artista regresando a su habitación desolada para retratar la fiesta que veía en las calles. Sin huirle a esa fiesta, canalizando su algarabía, los ritmos y el nacimiento de una nueva manera de habitar la realidad. En estados parecidos al delirio, el narrador de El Loco iba tejiendo una materia muy similar a la de que están hechas las calles de esa misma urbe desenfrenada, caótica, a ratos esplendorosa y a ratos insensible.
Haber narrado tantas veces la misma secuencia seguramente habría sido el producto de una experiencia a su vez repetitiva, que nacía del estado bipolar entre un desequilibrio entre el mundo interior y el exterior, tan bien representado en la disyuntiva de las inmensas praderas frente a las diminutas habitaciones de aquella Casona, que solía pintar en sus lienzos.

La escena:
a) El narrador regresa afiebrado después de una exhaustiva caminata.
b) Se dirige a un lector confidente quien será el único en conocer lo que sucedió en su excursión.
c) Comienza un relato realista y en exceso cotidiano.
d) Luego la realidad va cediendo ante la potente imaginación de Borda y la escena se desconfigura completamente.
e) Después -como lectores- estamos ante escenarios inverosímiles, fantásticos: Arañas mecánicas hechas de madera, sardinas que nadan detrás de un barco en el mar, ensoñaciones fuera de la misma vía láctea.
f) Posteriormente, ya cansado, el mismo autor se descubre delirando y decide destruir su creación.
g) El personaje se ve solo en una pequeña habitación mal iluminada.
h) Inicia una nueva búsqueda cada vez más profunda y delirante.

A veces las calles de la ciudad parecieran decir, retrucando aquel viejo lema del navegante: “Bailar es necesario, vivir no es necesario”.
Una ciudad que estalla, que se despide de viejas vestimentas para desplazar la lógica del disfraz, de la máscara carnavalera, donde las identidades se mezclan sin jerarquía, y las multitudes avanzan por los paseos sin otro obstáculo que el ritmo de sus propios pasos.
Esta escena repetida una y otra auguraba el nacimiento del antihéroe a cabalidad. El ser nulo. Anulado por su entorno. Un espía de su prójimo y voyeur de su mismo interior desconocido.
En El Loco se encuentran tantos hilos para tejer.
Incluso hoy son varias las casas donde se convive solamente desde el símbolo, desde el saludo y desde el vacío. La comunidad se ve amurallada, emerge la voluntad individual.
Así como existen vías destinadas para la circulación de automóviles, existen otros ríos menos evidentes destinados al fluir de las energías personales, a sus emociones y pensamientos. Calles peatonales. Ciclovías. Andamios por todas partes y -escondido entre los intersticios- un nuevo canal por donde las personas se comunican. Redes telefónicas. Conexiones a internet. Instalaciones eléctricas. Nuestro instinto.

La escena de aquel personaje que intentaba reunificar las partes dispersas de una comunidad extraviada funciona como el óleo angular desde el cual Borda se conectaba con su propia comunidad. Íntima comunidad. Caótica comunidad. Y nos describía un espacio en ciernes desde el cual se empezaba a imaginar una realidad explosiva, en la cual la soledad pierde el partido frente a lo colectivo, donde es posible encontrarse como individualidades, pero siempre retornando a un espacio común. Muchas veces regado por altas dosis de alcohol y fertilizado por el sabio pretexto de la alegría eterna.

El chicuelo dice

Yo, el que huele

El poder del olor, del olfato. De la vida a través de la nariz, y de la posibilidad de memoria y razón a través de los aromas de la gente y de las cosas.


Wilmer Urrelo


El mundo de los olores era temible e infinitamente rico.
C.E. Feiling, El mal menor

Ocurre que el olor. O los olores, más bien. Me refiero a esos extraños y sombríos fenómenos como el olor paceño. El olor, por ejemplo, que despide el Cruce de Villas.
El olor que había en ese lugar cuando fui a vivir ahí, hace más de catorce años. Por esa época despedía un olor a acequias y a casas a medio construir. Hoy huele a escapes de minibús y a billetes manoseados y también a un crecimiento desmesurado.
O también puedo hablarles del olor de la desesperación, es decir, a caramelo de limón. Quizá gracias a mis incapacidades visuales (y por la migraña) tengo el sentido del olfato afilado, trágicamente afilado, más bien, y por eso o por vanidad, poseo un perfumito para cada día de la semana.
Y también: a causa de esta maldición o de ese universo trágico del oledor profesional, escojo con mucha cautela el jaboncillo que recorrerá por las mañanas este cuerpecito (y la esponja también) que tantas chiquillas desean (y que le pertenece sólo a una, y ella sabe quién es), y por eso, aunque parezca el plan de un depravado, cuando paso cerca de una chica agraciada o más o menos agraciada, la huelo. Sin malas intenciones, ojo. Sólo es el deseo de saber cómo es la niña en cuestión lo que me impulsa a hacerlo.
Entonces cierro mis ojitos tapatíos y aspiro su olor y ahí sé: ah, esta es renegona, no aguanta pulgas; ah, esta otra es más cristiana que la insoportable doña que conduce Vaso frágil; mientras que esta otra, ah, esta es multicultural y encima snob (lectora de Paul Auster o de Murakami, seguro) y se chupa los fines de semana en el Ojo de Agua (¿seguirá existiendo ese espantoso cuchitril?), y esta otra es tierna, aunque celosa, ah.
Oler. Oler para saber cómo es una persona (o para inventar cómo es, eso es más divertido). Juro por Satanás y por la Curva del Diablo que puedo hacerlo y que es un infortunio sin nombre, gigante, pues uno termina siendo esclavo de su propio olfato.
Sigo: por ejemplo, esta chica es independiente, una chica de hoy, “con el mundo al hombro, tururú, tururú”, como decía la canción. Ya sé. Seguro que ahora, mis queridos educandos, se les viene a la mente El perfume, de Patrick Süskind (mala novela, por cierto). Y bueno, a lo mejor lo que pasaba en el libro sí es cierto. Ir por la vida oliendo, llevar esa desdicha encima, poder cerrar los ojos y caminar con la nariz al aire, oliendo, capturando esencias, dejándose embelesar y confundir por eso. Les hablo de formas de actuar en público y les hablo de formas de ser en privado. Para mí oler significa eso. Eso es el olor.
Por otro lado, cuando viajo cada aeropuerto también tiene su olor. La terminal aérea de El Alto huele a leche de vaca, es decir, a desdén. El de Viru Viru a humedad, es decir a ti, que ya me olvidaste. El de Lima a pescado y a café, es decir a chavetazos rasgando el aire. El de Buenos Aires a lejanía, a Europa, y el de México DF a desconfianza y a peligro súper menta. Y no se diga el de Frankfurt: ese huele a silencio, a inglés pésimamente hablado y a comida recalentada. El de Quito huele a silencio, a un terrorífico silencio como el asesinato del pobrecito mariscal Sucre.
Y la música también tiene su olor. La que hace Brujería huele a rica marihuana. The Cure a demasiada sensibilidad. Y las canciones del ahora retirado Braulio Hito huelen a ese bar de mala muerte que se llamaba Luminar y que estaba ahí cerquita de la Garita de Lima.
Qué recuerdos traerá este nombre a los borrachitos y bohemios fracasados de la época. “Se sufre pero se aprende”, decía Braulio Hito, y yo le digo: mentira, Braulio, sólo se sufre, mas no se aprende.
Y el olor de Cochabamba: a río y a cuero, igual que a esa curtiembre que me fascinaba, hace años ya, y que estaba en plena avenida Tejada Sorzano. Ahora ahí funciona una universidad, ¡qué retroceso!
O bien el olor de la amistad, es decir, un olor que va mutando según avanza el tiempo. O bien el olor de aquellos amigos que ya tienen familia: esos huelen a domingos aburridos y a domingos de ese infame deporte llamado wally. Los amigos a los que casi no ves, esos huelen al desierto de Sonora, en otras palabras, a miedo.
Y el olor de los libros, esos huelen a engrudo (harina, resina en polvo, alumbre y unas gotas de clavo de olor) o bien a humedad o bien a hilo de lino de primera calidad. Ah, esa humedad que sólo dan los años, un olor como ese no existe. Decía al respecto Héctor Abad Faciolince (otro trágico oledor como su servidor, imagino) en la novela Angosta: “Clavó su nariz en la hendidura de los pliegos como quien la hunde entre las piernas y los pliegues de una mujer”.
Y también está el olor de uno mismo. El mío, por ejemplo, se transformó según iban pasando los años. Antes olía a café con leche, es decir a desconfianza, luego a sábados por la tarde, es decir, a decepción, luego a… no sé, a enfermedad, es decir, a olvido, me refiero a la distancia kilométrica que ahora nos separa.
Dame tu olor y yo, a cambio, te suministraré mariposas de colores.
Lo olores, pues, ahí están, transitando como fantasmas simultáneos, atormentándome todo el tiempo, cada quien con su historia cierta o inventada y protagonizando su final fugaz. Son los olores.

Y ahora me pregunto: ¿a qué olerán mis palabras? Y telepáticamente me respondo: bueno, a eso que están imaginando, maliciosos. Pensar como lo hacen ustedes también es humano. Ocurre que ése es el olor de la humanidad, chiquillos: mierda, me suena el celular. Contesto y vuelvo a escribir para ustedes. Mientras tanto, tarea para la casa: piensen en el olor de la humanidad y díganme a qué les huele.

Blimunda

Doce años sin Monterroso

“Queremos tanto a Monterroso”, dice el autor en este texto tributo al genial escritor guatemalteco, en el aniversario de su partida.



José Luis Exeni

Hace doce años, febrero gris, partió uno de los escritores latinoamericanos más apreciados y (re)leídos: Augusto Monterroso. Fue en México, su segunda patria. Y nos dejó rabiosos, enmudecidos, huérfanos.
Todavía conservo en la memoria el pequeño dinosaurio de tela verde que alguien puso sobre su féretro. Y ahora estoy convencido de que era el celoso guardián de las miles de historias que Augusto tenía para contarnos y, hasta el final, inteligente como era, se negó a publicar. Lo que sigue es un recordatorio/homenaje a sus (no) escritos. Queremos tanto a Monterroso.

El más prolífico
A este escritor, nacido en Honduras pero de patria guatemalteca, se lo (mal) identifica y (bien) conoce por dos cualidades de su obra: la brevedad y el humor. Mezcla venenosa aunque no necesariamente verdadera. Augusto escribió también cosas larguísimas. Y lo hizo con la más cultivada de las seriedades. Aunque en rigor, como solía decir, no escribía. “Yo solo corrijo”, confesó en un coloquio de escritores. La especialidad del buen M era tachar. Pero lo que en verdad le gustaba, sin matices, sin concesiones, era leer.
Es un lugar común sostener, como tarjeta de identidad/presentación, en su bio-bibliografía, que Monterroso es el autor del cuento más corto y famoso de la historia de la literatura: “-Envejezco mal -dijo; y se murió”.
El título de tan intenso relato es Nulla dies sine linea, en homenaje a Plinio el Viejo que, como Augusto el Prolífico, no pasaba un solo día sin hacer una línea. Aunque sea para sobreponerla a otra del día anterior. O borrarla. Aunque sea para no envejecer. O aguijonear al enemigo principal: la solemnidad.
En su inaugural Obras completas (y otros cuentos) escribió también un cuento llamado El dinosaurio, pero como es muy largo (tiene siete palabras), poco conocido y peor citado, mejor dejarlo a los insomnes y especialistas. Igual hay ediciones íntegras y anotadas de esta obra. Y sus variaciones son innúmeras. Como sus distorsiones: Vargas Llosa convirtió al dinosaurio ¡en unicornio! Y Carlos Fuentes lo confundió con un cocodrilo. Con los creadores nunca se sabe. Ni con los lectores: consultada sobre este cuento, una dama aseguró que llevaba días leyéndolo.

El más alto
Tito, como le decían sus amigos con respeto, no fue solamente un gran escritor, sino también un escritor grande. Queda como testimonio de ello una hermosa fotografía junto con el cronopio Cortázar, a quien miraba desde el hombro.
Su estatura, claro, le granjeó toda clase de bromas. “Desde pequeño fui pequeño”, escribió una vez ironizando acerca de sus cumbres. Su tamaño era una máscara. Como su timidez. Monterroso fue un gigante. Inagotable. Por eso no escribió versos. Y en venganza aconsejaba: “Poeta, no regales tu libro: destrúyelo tú mismo”.
Pero Augusto, está dicho, no solo escribió cuentos más o menos extensos y benévolos. Fue asimismo un notable ensayista. No es casual que el prestigioso The Oxford Book of Latin American Essays registre en sus páginas este escrito monterrosiano: “Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. Hermoso ensayo. Fecundidad, se llama. Y es parte de su Movimiento perpetuo. En otro inolvidable ensayo se propuso “contar la historia del día en que el fin del mundo se suspendió por mal tiempo”.
Monterroso también nos regaló una novela construida de fragmentos. Se trata de un tejido imprescindible para entender América Latina y contemplarnos en el espejo. Porque si -como aseguran los epistemólogos del Sur- Macondo es el microcosmos de la región y Luvina su purgatorio, San Blas, San Blas, S.B. constituye su plaza pública. Con Eduardo Torres como ineludible testigo. Y es que “mientras en un país haya niños trabajando y adultos sin trabajo, la organización de ese país es una mierda”. Lo demás es silencio.

El más triste
“Excepto mucha literatura humorística, todo lo que hace el hombre es risible o humorístico”, decía Tito. Y con esa convicción, desde el zoológico de Chapultepec, escribió cuarenta fábulas gravísimas.
“Hubo una vez un rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho”. ¿Les parece divertido? Algunos críticos insisten en que Augusto escribía ora con humor, ora con ironía, ora con sarcasmo. Por mi parte juro que en sus páginas encontré mucha (antología de) tristeza.
Con esa declarada angustia, Monterroso dejó también memorias, entrevistas, parcelas de su diario, aforismos, misceláneas, letras E, palabras mágicas, renovados cuentos, reseñas biográficas, ensayos del adiós…. Su producción literaria es tan fecunda y nutritiva que uno puede pasarse la vida (o los carnavales) leyéndolo. Releyendo, más bien. Y es que en algunas piezas del bendito M, como en los clásicos que tanto cortejó, se puede encontrar más sabiduría que en muchas, prescindibles, (s)obras completas.
Me olvidaba. Creador completo como era, Tito también nos legó espléndidos dibujos. Sus autorretratos, en especial, y sus mosquitos, en particular, son de una elocuencia insuperable. No quiero ser vanidoso pero tengo en mi poder una de sus mejores obras: la vaca, que hice enmarcar y ahora pasta en mis paredes, melancólica, con “todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en general y el tren en particular siguieran su marcha”. Es la vaca de Maiakovski “dando cornadas contra la locomotora”.

De paso por Bolivia (paréntesis)
La relación del maestro Monterroso con Bolivia fue breve pero intensa. Estuvo en nuestro país entre 1953 y 1954, en plena Revolución Nacional, como primer secretario y cónsul de Guatemala, en representación del Gobierno de Jacobo Árbenz.
No he encontrado registros de ese período, pero sus biógrafos cuentan que ese año, desde La Paz, hizo una cerrada defensa del régimen revolucionario de Árbenz hasta que fue derrocado por un golpe de Estado made in USA. Entonces Tito renunció y partió al exilio en Santiago de Chile.
Claro que lo suyo no era la diplomacia sino, está visto, la palabra escrita. Y ese tránsito, si acaso, se desencadenó en Bolivia. Fue al pie del Illimani donde Augusto, en 1953, escribió su cuento más antiimperialista: el excepcional Míster Taylor. Es el cuento que abre su primera obra publicada. No volvió a visitarnos.

Epílogo con Cielo
Tito partió hace doce años y hoy debe estar riéndose de nosotros, humanidad. Si existe, seguro está en el cielo, domando demonios. Claro que no partió libre de prevenciones. “Lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve”, escribió en su Paraíso imperfecto. Juan Villoro nos hace notar la sustantiva diferencia entre el primer Cielo absoluto (con mayúscula) y el segundo cielo común (con minúscula). Es la importancia de la travesía.
Augusto Monterroso, escritor con mayúscula, nos dejó huérfanos de su presencia. Cierto. Pero su Cielo/horizonte, almita, continúa intacto.



Comentario

Un pedazo de historia en soliloquio

Cuando la historia se sobrepone. Comentario de Soliloquio del conquistador, la primera novela del expresidente Carlos Mesa.



Martín Zelaya Sánchez

Hernán Cortés es todo y nada. Omnisciente, ubicuo, pero reducido a la nada, a la intemporalidad desde la que rememora y describe su vida en un extenso monólogo siempre dirigido a una incorpórea Malinche.
A través de su amante indígena proyecta el conquistador las hazañas y desventuras de la Colonia española en México y Perú, y de paso sus vivencias, sentimientos, anhelos, fugaces triunfos y grandes fracasos.
Así, Soliloquio del conquistador (Edaf - UDLAP, México 2014), el debut literario de Carlos Mesa, se asemeja más a un relato histórico, a un informe de situación, a un confesional soliloquio -como dice el título- que a una novela propiamente dicha:

“Marina, fuiste usada para arremeter sobre el imperio que odiabas, como arremetía yo sobre tu piel de lava. Fui usado yo bajo las manos enjoyadas de mi rey”. (…) “¿Por qué fuimos lo que fuimos en el amor y en las voces y en la negociación y en la guerra? ¿Por qué de la mano (con los dedos bien apretados para no separarlos) estuvimos sobre un caballo, sobre una trenza, como tu nombre, sobre un altar de cenizas? ¿Por qué miramos juntos la gran pirámide sin saber que sería nuestra y que luego la perderíamos? ¿Por qué te vengaste tú y atravesé yo con la pica y con la espada el alma de un pueblo que nunca más sería el mismo?”.

La trama del libro puede resumirse en muy pocas palabras: Cortés divaga y le habla a Marina, y de paso al lector. Cuenta cómo conquistó México, cómo los Pizarro conquistaron Perú, y en el ínterin revela sus pasiones y frustraciones. Recién en las últimas 10 páginas se produce una extraña variación: aparece, en su propio soliloquio, el fallecido músico boliviano Abraham Bohórquez (Ukamau y Ke) para, mediante un ajuste de cuentas de recién fallecido, complementar el mensaje cortesiano de mestizaje.

El precio de la historia
Alguien podrá decir que más que una novela esta es una recreación histórica matizada por episodios, diálogos (muy pocos) y circunstancias que pudieron haber pasado en la intimidad y en la mente del conquistador.
El mismo Mesa contó en una entrevista que en los últimos años leyó unos cien libros y documentos sobre Cortés y eso, al parecer, quiere dejar muy bien sentado en su generoso despliegue de datos e información (e incluso en los epígrafes que abren cada capítulo).

“Almagro, tras su desastroso viaje de 1535 hacia el Collao y Chile, sentirá que ha sido engañado. El Cuzco será un botín que enfrentará irreconciliablemente a las dos familias. Frustrado y lleno de inquinas llegará a la capital inca en son de guerra, sabiendo que quien manda en la ciudad es Hernando. El pleito por el Cuzco se erizará de violencia, no ya solo contra el valeroso Inca Manco II, que habrá tratado en vano de recuperar la capital de sus ancestros, sino porque Almagro, jefe de “los de Chile”, como despectivamente llamarán los pizarristas a sus desafortunados hombres, aducirá que el título de Teniente Gobernador de la ciudad le corresponde, cargo que en ausencia del Marqués detentará Hernando. Los hermanos Pizarro se negarán rotundamente a aceptar la pretensión. Pelearán y serán derrotados por Almagro, quien tomará la ciudad y aprisionará y aherrojará a Hernando”.

Hernán cuenta cómo conoció y amó a Ce Malinali-Malintzin-Marina-Malinche; cómo venció -y perdió- batalla tras batalla con indecibles sufrimientos y fugaces glorias, cómo logró poder y riqueza inimaginables, y cómo los fue perdiendo. En una sucesión de paisajes atractivos y reveladores, intercalados con otros innecesarios y cansinos, a medida que pasan las páginas, uno entiende que no habrá el giro esperable que le dé frescura a un texto que, aunque impecablemente redactado e irrefutablemente veraz, no termina de cuajar del todo.
De todas maneras, sin llegar a ser un golpe de timón, hacia la mitad de la novela se dan tres innovaciones en lo formal y en lo temático: Cortés le empieza a contar a su amada lo ocurrido en la conquista de Perú; aparecen más diálogos que quiebran la monotonía, y por primera vez se hace referencia a Bolivia, al describirse el auge de Potosí:

“En 1545, siete años después de caer la cabeza del Adelantado en las duras piedras cuzqueñas, más al sur, en el centro mismo de lo que hoy se llama Nuevo Toledo y se llamará después Audiencia de Charcas, se descubrirán grandes vetas de plata en el Sumaj Orko, el cerro de Potosí, lejos de la capital inca, en territorio de los indios charcas. El Cerro Rico será la montaña más fabulosa de la historia del mundo, de ella manará la plata como si la montaña entera no fuera otra cosa; riqueza que alimentará nuestro imperio por siglos, riqueza que será muchísimo mayor que todos los tesoros que los ávidos conquistadores reunirán del rescate de Atahualpa y de los templos y palacios que saquearán y de las joyas de oro y plata que encontrarán y exaccionarán. Nada, mujer, se parecerá en este increíble Perú a los ríos de plata que saldrán por centurias del cerro que Almagro no conocerá nunca y que está en el corazón de lo que, sin saberlo, Don Carlos había reservado para él”.

Trasfondos
¿Y más allá de la novela como tal, y sus circunstanciales realidades y ficciones? No es lo más aconsejable, a la hora de reflexionar sobre una novela, desmenuzar los trasfondos ideológicos, las posibles intencionalidades políticas, aunque es más que evidente que hay en Soliloquio del conquistador un alegato a favor de la teoría del mestizaje que el autor desplegó a profundidad en su anterior libro La sirena y el charango.
¿Pero, y una matización de los excesos de la Colonia, como afirmaron algunos?:

“En lo que (Bartolomé de) Las Casas erró no es en el centro de su defensa de los hombres, erró en decir algo que tampoco es verdad, que nosotros los españoles trajimos daño y malas artes y vicios y malas costumbres”. (…)
“Creo por todo esto tan extraordinario que hemos vivido, que la palabra ‘condena’ debiera desterrarse de la historia americana. ¿Cómo condenar a tantos y tantos que hicimos cosas maravillosas y que también cometimos atrocidades?, tantas como aquellos a quienes combatimos. ¿Cómo juzgar y con qué autoridad moral?, ¿cómo entender el papel que cada cual jugó?”.

Más allá de lo políticamente correcto e incorrecto de todo esto, más allá de lo ideológico y lo coyuntural (o lo recientemente pasado: el debate sobre el significado de “mestizo”, a propósito del censo de población de 2012) como todos sabemos, toda novela es una ficción, una creación del imaginario del autor, matizada por hechos reales o verosímiles.
Solo como apunte, la postura que defiende Mesa en su novela concatena cabalmente con el pensamiento de Fernando Molina que en 2012 ganó el Premio de Periodismo Rey de España con su ensayo “Pensar Hispanoamérica: el inicio”, en el que afirma: “sólo por ignorancia o frivolidad es posible convertir el hecho hispanoamericano en un mero saqueo de recursos o en un simple genocidio. Fue esto, pero no sólo esto. Lo que no necesariamente implica que fuera más positivo. Pero sí más -muchísimo más- complejo”.
Para cerrar, un pasaje más:

“El mexica y el inca (Cuauhtémoc y Manco) pelean contra el destino, lo desafían, lo confrontan. Son conscientes de que en su mano y su pericia está el juego del presente y el futuro de sus pueblos. No hay profecía que importe, ni miedo que arrugue las almas, ni enemigo por extraño y poderoso que sea. Solo hay decisión y temeridad. Cuauhtémoc y Manco son personajes épicos, cuyas vidas, como la de todos estos naturales, solo valen en tanto valen las de sus pueblos”.