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lunes, 10 de abril de 2017

Perfil

Roberto Echazú, el héroe del silencio

De un poeta a otro. Hace algunos meses Julio Barriga aceptó compartir su flash memory en una noche de tertulia y aceptó, además, ceder este texto para publicarlo en una ocasión especial, como esta.


Julio Barriga 

Roberto era un tipo desconcertante y genial, con una particularidad que lo distinguía del resto: podía decir cosas bellas y profundas sin perder el aire apacible de quien dice cualquier minucia.
Por muchos años fue, sin dudas, uno de los más importantes poetas vivos de Bolivia cuando los grandes -Cerruto, Suárez, Ávila Jiménez, Saenz, Camargo, Bedregal…y un corto etc.- ya habían muerto.
Por muchos años, también, él y Jesús Urzagasti -su viejo compañero de aventuras y el otro escritor señero producido por la región y desaparecido un poco después que Roberto-, fueron de los pocos bolivianos incluidos en antologías latinoamericanas, como la del poeta argentino Aldo Pellegrini en los 60, y aun en la del prestigioso crítico peruano Julio Ortega, alrededor del año 80 del siglo pasado.
Fue también con Urzagasti que en una etapa cordobesa de sus trashumancias pergeñaron la legendaria y hoy imposible de conseguir revista de literatura Sísifo, que contó con la colaboración de una de las más altas voces de la poesía en español: Alejandra Pizarnik.
La poesía de Roberto es como la fuerza de la gravedad, poderosa pero sutil. Atraviesa todas las cosas y las orienta hacia un secreto núcleo o eje cenital, con lo que quiero nombrar a una poesía central como el amor, que es ese evidente y oculto centro al que tiende la poesía en particular y toda actividad humana en general. Recuerdo que J. Barnes dice que parte del amor es prepararse para la muerte, algo que Roberto podría suscribir en cualquier instante.
La de Roberto es una poesía que se inscribe en el dolor, en la soledad y el silencio como las únicas instancias de ser felices que tenemos en la fugacidad de la existencia, lo que muy pocos querrán reconocer por cristianos que se pretendan. Roberto es ese autor de tour de force de arquitecto que trabaja con escasísimos elementos erigiendo una catedral de silencio. En Roberto encuentro la perseverancia de los sombríos signos de la pena en un contrapunto silente de melancolías luminosas y oscuros júbilos.
Roberto escuchaba lo que decían el mundo y las cosas, pero podía abstraerse del sonido y la furia, de los gritos y los susurros para oír aquello que el mundo y las cosas callan, lo que las cosas humildes y las gentes humildes y cotidianas, anónimas e irrepetibles silencian en su fuero interno, pero que es lo que más pesa y vale; la fuente y origen de lo que en verdad es uno y en verdad son las cosas, privilegiando el silencio como una forma de comunicación más profunda y verdadera.
Y redundaré recordando aquello que dice Cernuda en el Soliloquio del farero: “Por ti, mi soledad, odié a los hombres / en ti, mi soledad, los amo ahora”.
Poesía minimalista y ajustada como una ejecución, él mismo decía risueñamente: “yo no escribo: corrijo”. Su procedimiento me parece similar a zarandear cinco camionadas de arena para extraer un gramo de oro. Sencillez y franqueza esenciales en el hombre a través de quien han pasado dos mil litros de vino tinto, produciendo música incomparable.
Y también la poesía puede hacer esto: alzar del suelo una cosa cualquiera y levantarla hasta las estrellas. Poesía que ocurre cuando se produce una pequeña victoria de la belleza y/o inteligencia sobre la fealdad y/o la tontería del mundo. Roberto era una especie de vara de San José, pues a su admiración y amistad concurrían tanto los viejos cuanto los jóvenes poetas. Y había en él aquello que aun hablando del precio de las papas, se refería a la poesía. En cambio otros poetas tarijeños, aunque hablasen de Shangri La o Xanadú, parecía que hablaran del precio de las papas. Tenía una voz que escarbaba hondo como una pala en el ripio y la arena de la condición humana.
Él es, opino muy personalmente, el mejor ejemplo que conozco de asimilación de influencias y realización de estas con un máximo provecho (mutuo). No puedo dejar de oír en sus mejores momentos la mejor voz de Saint Jhon Perse o Cerruto o Rulfo.

Irradiaba por fuera una rotunda alegría de existir, pero si avanzabas hacia su interior podías precipitarte en un abismo negro y hondo. Construyó trabajosamente su muerte con los materiales de su vida y así logró expresar la profundidad y la altura del  sentimiento con muy pocos elementos.
Para entender esta poesía haré una analogía: hacen falta un entrenamiento y una disposición especial como en el caso de los dibujos 3D que estuvieron de moda hace algunos años, cuyo entrelazamiento de diseños repetidos logra al fondo en una tridimensionalidad (aparente) un diseño mucho más grande. Es un poeta en quien cabe festejar tanto los dones de la palabra cuanto los del silencio, alguien que fue dueño de su vida y su muerte y tuvo el valor y la capacidad de ir hasta el fondo de sí mismo y mirar cara a cara su fin, caminar por el borde de su abismo sin esperanza y sin desesperación y con la fascinación y la seguridad del vértigo.

La última época de su existencia mortal, tuve el extraño y aun no bien digerido privilegio de compartir sus laconismos y recibir un alto e ignoto magisterio consistente en una actitud ante la vida y frente a la muerte. Energías secretas despiertan frente a la muerte. Él escaló la cumbre de su muerte el año 2007 y me hizo trepar a mí también al carro de sus célebres ascesis y ascensión. 

sábado, 16 de abril de 2016

Entrevista

Reminiscencias, las tres
facetas de Edgar Ávila Echazú

El escritor y artista plástico tarijeño llegó a La Paz para presentar una muestra de arte. Con un libro de poesía flamante, y aún algunos proyectos en mente, rememora, a sus 86 años, su larga trayectoria literaria, siempre de la mano de su ajetreado y “viajero estilo de vida”.



Martín Zelaya Sánchez

Edgar Ávila Echazú ya camina lento a sus 86 años. “Lento pero seguro”, comenta mientras avanzamos rumbo a un café por la empinada y resbalosa calle Socabaya del centro paceño. Es de hablar calmo, como todo tarijeño, y a veces tarda largos segundos en responder, pero su velocidad mental -no se le pasa la mínima oportunidad de hacer una chanza o remitir a un texto o autor- se mantiene intacta, así como su enorme capacidad para producir literatura y arte, esa “imaginación creadora” sin la que -como bien lo confiesa- nada sería posible.
Y es así que no solo sigue escribiendo novelas y ensayo -“estos últimos años estuve trabajando en la Historia de Tarija”- sino que el año pasado publicó un nuevo poemario; y, aunque está compuesta en su mayoría por piezas antiguas, acaba de inaugurar su muestra pictórica Reminiscencias, en el Museo Nacional de Arte, en aquella imponente casona que colinda con la Plaza Murillo, y en la que le di encuentro el pasado viernes 8.
“Vamos a tomar un cafecito, no me llama conversar frente a todo esto”, comenta, mientras aún caminamos, recorriendo ambos con la mirada la veintena de óleos y dibujos que adornan los muros de las salas “temporales” del repositorio.
Edgar Ávila Echazú poeta, Edgar Ávila Echazú narrador, Edgar Ávila Echazú pintor. Y, claro, cómo no llevar el arte, las letras, la cultura en el alma con un padre como Federico Ávila Ávila, destacado ensayista y diplomático de inicios del siglo pasado, con quien hasta joven Edgar “viajó por el mundo” y se cultivó en lecturas, bellas artes, música…
De niño viajó y vivió temporadas en La Paz, Paraguay, Argentina y México, de donde viene uno de sus primeros recuerdos, acaso el más memorable. “En México estuvimos parte de 1940. Un día mi papá me llevó lejos de la ciudad, a una casa cuidada por vigilantes y apenas entrar me dijo: ‘aquí vamos a ver a Trotsky’. Estuvieron charlando una hora o más y al terminar, antes de irnos, Trotsky se levantó, me agarró la mejilla y dijo: ‘este niño va a ser poeta’”. A los pocos meses el político ruso murió asesinado en la capital mexicana.

Pluma y pincel
Empezamos por las artes plásticas. Destacan en Reminiscencias los óleos figurativos y los desnudos femeninos. Las tonalidades más bien apagadas, variaciones del marrón, y amarillos y verdes opacos, oscuros.
“Sí -responde- estuve en Bellas Artes en La Paz (y luego enseñó en su natal Tarija), pero he aprendido más en el Louvre, y en infinidad de museos…horas de horas viendo obras maestras”.
“Lo mío es el óleo, soy muy conservador en cuanto a técnica. Ya al principio me di cuenta de que no era bueno para la acuarela, y me concentré en el óleo; también he hecho dibujo y algo de mural, cuando era ayudante de Oscar Pantoja”.
“Me fui a hacer mundo”, decían no pocos bohemios, aventureros… artistas, hombres de arte, hombres libres, cuando se referían a la etapa en que, rompiendo las convenciones sociales imperantes hasta muy entrado el siglo XX, no solo no seguían estudios y oficio comunes y corrientes, sino que se rebelaban a la tradición familiar y social y, dejándose guiar por su vocación e instinto, corrían a las urbes cosmopolitas, aquellas propicias para explorar y desarrollar la imaginación creadora.
Después de “hacer mundo” de la mano de su padre en varios países vecinos e incluso Europa, Ávila Echazú siguió luego su propio derrotero y así pintó y aprendió con el orureño Pantoja en Argentina, y compartió inacabables charlas sobre libros y autores y correrías de museo en museo, nada menos que con Augusto Céspedes en la milenaria Roma.
“Cuando el Chueco se fue como diplomático yo estaba viviendo ya un tiempo en Italia. Nos llevamos muy bien y creo que él nunca olvidó que le hice conocer a grandes narradores, sobre todo a Conrad, del que se volvió fanático”, comenta Ávila, y tras unos segundos, sin pensarlo mucho, agrega: “nuestro gran escritor boliviano es el Chueco Céspedes. Hay que revisarlo, rescatarlo”.

Huellas
En su extenso poema La noche, parte de Canciones para Maritza / La noche, su más reciente poemario, escribe: “(…) ¿y esperas insensato la guía / de angélicas presencias / en este claro camino que no ves? // ¿Cómo podrías advertir / luz alguna si tropiezas / y te enredas en tu propia sombra / luego de ilusas levitaciones / como ave perdida / en un sueño? // La música está ahora / en la ceniza / en las transparencias del fuego / en su danza de cristales // en el tejido de hielo / del suspendido mar (…)”.
En busca de esa luz, huyendo a tropezones de las sombras de la quietud y la abulia, Ávila Echazú partió innumerables veces pero, al final, nunca dejó -“siempre he vuelto, siempre he de volver”- su Tarija querida.
“Agradezco mucho que desde niño he viajado tanto, lo que me ha liberado de provincianismos y me ha servido para comprender la trascendencia del universalismo”, comenta y da pie a pasar de la plástica a las letras, a su poesía, en especial, tan caracterizada por la búsqueda y representación de momentos, experiencias (tiempo)… de esos detalles inadvertidos que a fin de cuentas hacen lo trascendental.
“Al cabo del tiempo, antes que pintor, yo me considero más un literato -narrador y poeta (es la misma cosa que se expresa con diferentes estilos y lenguajes… son las mismas raíces vivenciales y temas)-. Empecé con las dos cosas, casi simultáneamente, de niño, y sigo ahora de viejo pintando y escribiendo, sobre todo escribiendo”.
Ya embalado, continúa la charla, y no importa que se enfríe el cortado doble y que en menos de 20 minutos empiece el acto inaugural de Reminiscencias.
“Comencé con poesía, muy joven, a los 18, 19… y a los 20 escribí la que considero mi obra mayor (no necesariamente la mejor, pero la con mayor alcance y ambición, Memoria de la tierra con mucha influencia, mucho eco, de Saint-John Perse y Rimbaud”.


- ¿Coincide con la crítica en que el sello de su poesía es el tono, la musicalidad, el manejo hábil de rima y ritmo?
- Sí, seguro. Yo pienso que la mayor diferencia entre poesía y prosa es que la poesía es musical y siempre debe tener ritmo, incluso en verso libre o poesía abstracta. Es fundamental cuidar la forma. Eso no quiere decir que la prosa no pueda tener estos detalles, finalmente, toda buena narración tiene algo poético.

- Y temáticamente hablando, el tiempo…
- Desde luego, los grandes temas de mi poesía son el tiempo y la muerte… no la muerte saenzeana, sino una muerte “más humana”, no tan mitificada.
La muerte no es más que nuestra prolongación, la otra cara de la vida. Es imposible no tener conciencia del tiempo y de la muerte.

“Yo no puedo vivir sin música -dice remitiéndose, de paso, a la tónica inconfundible de su poesía-. Soy melómano desde niño y tengo una linda discoteca”.
Y mientras cuenta que “Bach es el más grande”, que hace unos tres años redescubrió a Chopin y sus valses y polonesas, y que de música popular se va por los boleros, chacareras, zambas y las bellas pero en peligro de extinción coplas chapacas, al azar, sin descuidar la grabadora, abrimos el poemario y saltan estos versos:
“(…) un día estaré perdido / no como se pierden / desaparecen las cosas / sino como en la música / o en la memoria / se oculta una melodía. // aquello que nos observa / tal una muda presencia (…)”.

Y para cerrar, luego que de que se niega a revelar del todo un proyecto poético “de gran envergadura” que se trae entre manos, una reflexión necesaria de un artista de cepa, de cuna, incansable: “la clave está en la imaginación creadora sin la cual no puedes hacer nada… Si no crees en lo que escribes, así sea la ficción más absurda, nunca podrás plasmarla o transmitirla”.
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Pintura libre y espontánea

José Bedoya Sáenz
         
                                                                                    
Existen pocas personalidades que tienen el carisma necesario para constituirse en un referente fundamental en la vida y el imaginario de un departamento. Edgar Ávila Echazú es sin duda una de estas personalidades, cuando queremos referirnos a Tarija, situado al sur de Bolivia, no podemos dejar de lado el aporte de este patriarca, desde sus distintos ámbitos de actividad: la literatura, la investigación o las artes plásticas.
La pintura de Ávila Echazú, ordenada por su autor en series que trascienden la temporalidad en su creación, y producidas durante un período de más de 40 años, en los que el autor ha alternado tanto las temáticas, como las aproximaciones visuales que conforman sus series, transmiten al espectador la espontaneidad de su factura.
Alejado de la intelectualidad, el acto de pintar en su obra se muestra como un acto libre en el que la gestualidad acompaña de manera significativa a la expresión que nace, a partir de su sincero sentimiento de contemplación del paisaje de su región y la admiración por la mujer tarijeña. 
Sus dibujos de carácter impresionista muestran un trazo ágil, cargado de fuerza que no busca representar la forma real, y más transmiten un estado emocional.
Una mención especial  merecen las piezas que conforman su serie abstracta, el juego con los espacios y las superficies de color, sin la pretensión de representar ningún elemento real, lo conecta más bien a un espacio íntimo espiritual, que compartió y exploró en compañía de uno de sus mejores amigos, Oscar Pantoja; no obstante al tener presente toda su producción uno descubre en esta su obra el apego indiscutible a la luz y el color del paisaje tarijeño.
Podemos inferir, del conjunto de su producción plástica, que se trata de un artista que parte de los elementos íntimos que conforman su personalidad y que trascienden en sus dibujos y su pintura dotándoles de un carácter claramente expresionista.                                    



sábado, 24 de octubre de 2015

Perfil

Cachín Antezana, la extrema habilidad posible

La entrega del doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, amerita un repaso detallado a la excepcional trayectoria de Cachín Antezana, acaso el mayor crítico literario y semiólogo boliviano de las últimas décadas. Una larga conversación da lugar a un esbozo de perfil de este incansable buscador de la estética en los libros, la música y el fútbol.


Martín Zelaya Sánchez

“Creo que puedo decir que yo fui un ser racional, libre y constituido -lo que pasa cuando tomas una decisión estando consciente de sus consecuencias-, a mis siete años. Fui a una librería a comprar un libro de texto pero no había, y me dijeron que iba a llegar en una semana. Solo tenía que esperar, pero vi en los estantes Los tigres de Mompracem de Salgari y quedé encantado. Sabía que podía comprarme el libro con el dinero que tenía. Pensé que tal vez mi padre me iba a dar una paliza, pero temía que si no me lo llevaba después ya no habría… y lo hice. Esa fue mi primera decisión”.
A Luis Antezana le cuesta hablar de sí mismo y más aún con una grabadora delante. Recién se suelta al segundo café y tras varios cigarrillos, aunque en el pequeño reloj de un cafetín del centro de Cochabamba apenas dan las 10 de la mañana. Mientras tanto, el tiempo no se pierde, ni mucho menos. Hablamos de tenis, fútbol y música y se reafirma así una idea que se repite a lo largo de su valiosa obra ensayística: el maestro orureño no es más que un observador atento y acucioso en busca de la estética, “de la extrema habilidad posible”, de la belleza… ya sea en un poema, en una lúcida reflexión, en la genialidad de un futbolista o en una conmovedora canción.

Primeros años. Formación
Como no ocurre con muchas personas, al hablar del recorrido profesional, académico de Cachín se habla al mismo tiempo de su historia de vida. “Feliz de aquel que trabaje en lo que ama”, repiten los viejos en tono cursi. Pero el lugar común cobra sentido cuando el mayor placer de uno le sirve de paso para ganarse la vida.
Media hora antes de sentarnos en el bolichito, el maestro me recibió en una pequeña antesala de su casa. Un ambiente rectangular más bien modesto y alejado del ubicuo sol de la Llajta, y que desde hace años es casi de su uso exclusivo. Allí está lo que más quiere y necesita: sus libros (no todos, pero los esenciales), su computadora y un televisor de buen tamaño que ese instante, claro, estaba sintonizado en un canal deportivo que retransmitía la liga alemana.
No hay un Luis H. Antezana J. -que así es como firma Luis Huáscar Antezana Juárez, Cachín para los amigos y alumnos-  lector o crítico, otro docente y otro semiólogo. Es uno solo.
Indudablemente sus tres grandes pasiones, modos de vida y de trabajo fueron y son la lectura crítica de la literatura, la docencia y la investigación. “Van juntas todas. Para poder enseñar hay que leer, hay que aprender a leer y hay que aprender a enseñar”, afirma.
A sus 72 años, el ilustre académico nacido en Oruro y asentado hace mucho en Cochabamba, recibirá un reconocimiento definitivo y justiciero: el doctorado honoris causa otorgado por la Universidad Mayor de San Andrés que le será conferido este lunes 26 en La Paz; razón más que suficiente para buscarlo, interrumpir su sábado futbolero y lograr una generosa conversación con un solo objetivo: la evocación.
“De Oruro, mis primeros recuerdos son posteriores a mi primera niñez, muy fragmentarios, porque entre mis cinco y 10 años viví en Tupiza, donde mi padre consiguió trabajo como administrador del cine Suipacha, y ahí hice la primeria. Alguna vez dije que todo lo que me gusta lo hice de niño en Tupiza, porque ahí aprendí a leer y escribir y quién iba a decir que después mi profesión iba a ser eso, leer y escribir”.
De Tupiza guarda además otro recuerdo que determinaría su vocación, su acercamiento al cine “que siempre ha sido fundamental en mi interés cultural” y con seguridad le ayudó en su perspectiva de análisis y noción estética.
En 1961 salió por primera vez del país gracias a una beca de intercambio, y luego de adelantar sus exámenes finales de bachillerato en el colegio Alemán de Oruro. Por entonces, confiesa, aún no había decidido qué iba a estudiar, aunque tenía dos opciones claras: los números, para los cuales tenía un talento natural, y las letras.
“Siempre he leído bastante. Mi afición por la lectura nació con revistas argentinas de historietas. No te hablo de El pato Donald, sino de series de historietas, trabajos de escritores, de artistas que concebían una trama literaria, o que adaptaban obras consideradas juveniles de Julio Verne, Emilio Salgari…”.
Pero inclusive cuando cursaba ya secundaria no se consideraba aún un literato en ciernes. “Más que todo jugaba al fútbol, correteaba todo el día detrás de la pelota, hasta que en la materia de literatura, ya en los últimos años, la profesora me dio a leer La vida nueva, de Dante. Siempre he dicho que ese fue el primer libro que me marcó profundamente”.

Juventud. Vocación
Ya bien lanzado en la remembranza, no hay quien lo pare. ¡Suerte la nuestra! Cachín se pide otro café, abre un nuevo paquete de cigarrillos y se preocupa de que se acabe la batería del teléfono-grabadora-cámara fotográfica-internet, todo en uno.
“Tras la experiencia en EEUU volví a Oruro y decidí estudiar ingeniería química porque me seguían gustando mucho las ciencias exactas. Me fui a La Plata donde al pasar los cursos me orienté a la electrónica, pero muy pronto me di cuenta de que mi futuro como ingeniero electrónico, en Bolivia, no existía… y decidí dedicarme a la docencia de física y matemáticas”.
Así fue como, a su regreso al país, se decantó por la Normal de Cochabamba. “Como ya tenía un nivel avanzado en matemáticas, física y química, me puse a estudiar paralelamente para profesor de literatura y lenguaje, porque leer era lo que más disfrutaba. Pero de todas maneras, ya me ganaba la vida dando clases particulares de matemáticas”.
Seguramente habría acabado como un excelente maestro de ciencias exactas -como finalmente lo es de literatura y semiología- pero cuando culminaba la Normal le llegó una beca de posgrado para la Universidad del Sur de California donde, por supuesto, escogió la mención de letras.
Fue allí donde amplió su panorama de lecturas y a la par de profundizar a Borges (su primer “flechazo” serio), se empapó del emergente boom de la literatura latinoamericana.
La docencia ya era una realidad y empezaba a abrirse en su mente el universo de la investigación, del análisis semántico y semiológico, pero ¿y qué de la ficción? ¿Nunca pasó por su mente escribir prosa o poesía?
“Jamás”, se apresura a responder, contundente.  “Sabía que era incapaz. Así como a mis siete años sabía que era un ser racional, a mis 12 ó 14 sabía que lo mío era leer”.
Fue en su primera juventud, también, cuando se consolidaron otras dos grandes pasiones: la música -desde la inigualable voz de Gladys Moreno hasta el jazz en sus distintas variedades, pasando por Leonard Cohen- y el fútbol.
“Otra vez la culpa es de Tupiza -dice a propósito del balompié-. Mi padre me llevaba a ver partidos a la canchita municipal y ahí un día ubiqué a un llok’alla que manejaba la pelota como los dioses. Recién mucho después supe que era Víctor Agustín Ugarte”.
Ahí nació la fascinación. Además de su amor por el juego como tal, muy temprano descubrió algo que muchos hinchas fanáticos a veces apenas llegan a intuir: la estética del fútbol, que se acrecentó a su vuelta a Oruro en la época dorada de San José.
Al regreso del café, mientras el maestro mete en un sobre unos documentos que me encomienda para La Paz, pausado en la computadora de la sala de su casa, está el disco de Enrique Morente en homenaje a Lorca. La música no falta casi nunca en sus días o sus noches, entre libros, Kindle, o un partido de fútbol de cualquier liga.
“Lo mío con la música no tiene que ver con la formación clásica. La música es una permanente canción de cuna que me tiene que enrollar y acunar. Me quedo con las canciones o melodías que me acompañan, porque no tengo el oído para apreciar la maravilla musical con rigurosidad… El jazz y Leonard Cohen me acompañan toda la vida”.

El maestro, el referente. Consolidación
Antes de terminar su posgrado en California, Luis tuvo que regresar repentinamente a Oruro debido al fallecimiento de su padre. Se quedó varios meses acompañando a su madre, hasta que se presentó la posibilidad de otra beca en Bélgica donde finalmente se doctoró, en 1974, con una brillante tesis sobre Jorge Luis Borges publicada después como Álgebra y fuego. Lectura de Borges.
“Ya había leído todo Borges de arriba abajo. Conocía sus libros de memoria, así que tuve sobre todo que aprender el análisis semiótico”. Indudablemente el gran escritor argentino es uno de sus referentes fundamentales, así como otros cuatro o cinco nombres de autores bolivianos sobre los que más adelante dejamos que se explaye: Carlos Medinaceli, Óscar Cerruto, Jaime Saenz y Jesús Urzagasti.
En el marco del Congreso Internacional Barthes Amateur, Luis H. Antezana J. recibirá el doctorado honoris causa. Nada más oportuno que premiar al genial investigador y crítico boliviano, que evocando el centenario del francés que fue pilar del análisis semiológico y referente de la investigación semiótica y lingüística en la literatura.
Investigación y crítica. Semiología y literatura. “Para mí, ambas van juntas -señala. Trato de leer el texto literario no tanto por su posible contenido sino por su forma, por la manera como trabaja, como funciona, una herencia -claro- de mi formación semiótica. Jamás van a ver que yo haga crítica de valor, nunca digo esta obra es buena o es mala; digo esta obra funciona así, o no funciona por esto”.
Con varios cafés y cigarrillos encima -aunque no tan arriba como el terrible sol del mediodía- apagamos el omnisciente smartphone y caminamos hablando, por supuesto, de fútbol y música. ¿Realmente era tan bueno el Maestro Ugarte? ¿Ya conoce el último disco de Leonard Cohen y el video del que tal vez haya sido su último recital?
De pronto, no sé cómo, se entromete un tercer tema, el tenis. “Ugarte -comenta- era como Iniesta ahora, pero mucho más talentoso y elegante, una máquina de hacer pases maravillosos para que otros hagan el gol… y es que eso es lo que hay que buscar, la genialidad, la belleza; después de ver al Barcelona de hace dos o tres años, qué más puedes esperar del fútbol. O después de ver las maravillas que hace Federer con la raqueta, el tenis nunca podrá parecerte igual. Hay que estar atentos para no dejar pasar la ocasión de apreciar la extrema habilidad posible”.
El destino en el que no creo, me regaló esta vez la oportunidad de no desaprovechar la extrema habilidad posible que solo Cachín Antezana encarna.
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Apoyo 1

Un legado imprescindible

Todo el bagaje y aprendizaje de Luis Antezana en más de 50 años de reflexión e investigación se reflejan en casi una decena de libros.
A fines de los 70, ya consolidado como uno de los grandes intelectuales bolivianos, y mientras pergeñaba entrevistas, reseñas y comentarios en la revista Hipótesis que codirigía con Gustavo Soto, o “cometía la locura de viajar cada semana a dar clases durante tres días a La Paz”, publicó sus primeros libros: Elementos de semiótica literaria (1977) y Algebra y fuego. Lectura de Borges (1978), la tesis con la que años antes se había doctorado.
Sobre el semestre maratónico de 1979, no puede obviarse acá una anécdota: “me quedaba una semana en casa de Jesús Urzagasti y otra en la de René Poppe. Todos los lunes, al bajar del aeropuerto, visitaba a Cerruto en la cancillería y charlábamos largo y tendido, pero nunca quiso darme una entrevista. Los martes almorzaba con Julio de la Vega y los miércoles con René Bascopé… y del trasnoche de miércoles, generalmente por jugar cacho en la casa de Jaime Sanez, al aeropuerto”.
En los años 80, en los que vivió ocasionalmente fuera del país “investigando teorías de la lectura en Alemania” y en otros países, editó Teorías de la lectura (1984), Tendencias actuales en la literatura boliviana (1985) y Ensayos y lecturas (1986).
En la década final del siglo XX, ya asentado en las reparticiones de investigación social de la Universidad Mayor de San Simón, sacó tres publicaciones: La diversidad social en Zavaleta Mercado (1991); Sentidos comunes (1995); y Un pajarillo llamado “Mané”. Notas al pie de su fútbol (1998).
Finalmente, ya en la década actual, Plural editores reunió lo mejor de su producción en Ensayos escogidos (2011), un libro imprescindible para comprender a fondo la literatura y el pensamiento político y social de Bolivia a partir de la Revolución del 52.
Y no hay que olvidar su incursión en los trabajos multimedia: La bodega de Jaime Saenz (2005), La pascana de Gladys Moreno (2007) y La ausencia de Adela Zamudio (2012), tres joyas interactivas en las que se puede apreciar textos, audios, imágenes y gráficas de estos tres referentes de la cultura y las artes del país.
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En pocas palabras

Texto armado a partir de diferentes momentos de la conversación con Luis Antezana.



Jorge Luis Borges
A Borges [a su obra] lo conocí cuando estudiaba en Argentina, y fue por culpa de Kafka. Vi la película de El proceso y no la entendí; busqué el libro, lo leí y seguí sin entenderlo. Entonces comencé a buscar cosas que se habían hecho sobre el libro o sobre el mismo Kafka, hasta que di con una antología prologada por Borges, que fue lo primero que leí de él.
Luego no me acuerdo si empecé, ya de verdad, con Ficciones o El hacedor, y ya lo leí todo a mi regreso, cuando estudiaba en la Normal.
Sigue siendo mi referencia básica. Cuando acababa mi libro Teorías de la lectura, al hacer el índice de nombres, las menciones a Borges eran demasiadas. Me daba vergüenza.
Después de Álgebra y fuego he completado mi visión sobre él, porque salieron un montón de libros sobre todo de sus inicios, que nunca quiso difundir e incluso retiró de circulación, pero que aparecieron tras su muerte.

Carlos Medinaceli
Carlos Medinaceli es esencial para la crítica literaria boliviana porque se ha inventado lo que llamamos la literatura boliviana.

Oscar Cerruto
Cerruto es uno de los escritores más completos que tenemos, con perfección en prosa y verso. No es una exageración decir que, después de Cerruto, en Bolivia no se puede escribir mala poesía.

Jaime Saenz
Saenz ha sido toda una experiencia de vida. Más o menos en 1978, cuando hacía la revista Hipótesis, y después de leer la obra poética de Jaime publicada en la Biblioteca del Sesquicentenario, me entró la idea de entrevistarlo, pero era muy difícil porque ya era todo un ícono y no era fácil llegar a él.
Por suerte a través de Blanca Wietüchter aceptó que lo entreviste, y hasta me dio de yapa las galeras de Felipe Delgado para publicarlas en la revista. Desde entonces se volvió un ritual cada que iba a La paz, trasnocharnos jugando cacho, y a la vez empecé a leer toda su obra y estudiarlo.
Jaime se inventó La Paz, La Paz marginal y nocturna y todavía “todos” escriben de esos temas, sobre esa creación de La Paz; los personajes, descripciones y paisajes saencianos son interminables.
Recorrer esta distancia y La noche pueden rivalizar sin problema con cualquier libro de la poesía latinoamericana.

René Zavaleta Mercado
Fue un rebote circunstancial pero extraordinario para mí. Lo primero que leí fue El poder dual ya cuando estaba enseñando; luego tuve que dar un curso sobre pensamiento social boliviano: Almaraz, Montenegro, y claro, tuve que profundizar a Zavaleta y estudié La formación de la conciencia nacional.
(Estudiar el discurso político no es tan diferente de estudiar el discurso literario, en teoría, en lo semiótico).
Zavaleta Mercado me sigue pareciendo muy importante. Una cosa es investigar los hechos y otra cosa es pensarlos, lograr un panorama teórico. Como él vivía afuera no tenía un panorama concreto, así que estaba obligado a pensar los hechos y todavía su pensamiento sobre la realidad boliviana es la forma más rica y profunda que hay: Las masas en noviembre es inagotable en ideas y sugerencias.

Jesús Urzagasti
Es un escritor fascinante. Yo  tengo una deuda con su obra; tengo varios escritos, pero me falta hacer una revisión general. Por ejemplo, siempre he querido escribir sobre De la ventana al parque, una novela fabulosa. Ya tengo unas 30 páginas avanzadas a las que me falta encontrarles un buen estilo de exposición.



Semblanza

Adolfo Cáceres Romero, tras las
huellas de la literatura boliviana

Perfil del escritor orureño, uno de los homenajeados en la FIL Cochabamba.


Martín Zelaya Sánchez

Si de resumir la trayectoria académica y profesional de Adolfo Cáceres Romero se trata, habría que decir que fue profesor de colegio y docente universitario de lenguaje y literatura, que obtuvo posgrados de especialización en Uruguay y España, y que además fue director del colegio Jesús Lara, decano de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS) de Cochabamba e investigador  emérito del Instituto de Investigaciones de la misma.
Ahora, si el tema es hablar de su producción literaria, hay que decir que es novelista, cuentista y ensayista con varios relatos traducidos al inglés, alemán, noruego, holandés, japonés y croata.
Pero ante todo destaca -consideramos- como historiador de la literatura boliviana, como un incansable recuperador de nombres y títulos, tendencias y estilos, hitos y épocas que conforman el decurso de las letras en Bolivia. Todo esto a través de su valiosa serie de libros de Nueva historia de la literatura boliviana, que a la fecha tiene cuatro volúmenes, y de su no menos útil Diccionario de la literatura boliviana.
Pero sigamos. Para conocer a este polígrafo orureño también hay que decir que, debido a su notable trayectoria, fue premiado en innumerables ocasiones. Entre otras distinciones recibió el Premio Nacional de Cuento UTO (Oruro, 1967), el Premio Municipal de Literatura (Cochabamba, 1967), el Premio Franz Tamayo (La Paz, 1982), la Gran Orden Boliviana de la Educación (La Paz, 1990), y la Medalla “Libro de Oro” (Cochabamba, 1999).

Su impronta
Cáceres es un hábil cuentista y novelista que maneja un lenguaje elegante y minucioso y se decanta por temas que reflejan la realidad de la sociedad boliviana, sobre todo de la que fue afectada por las dictaduras de los años 60 y 70.
En sus novelas se percibe un notable despliegue de datos e información, lo que refleja su vocación de investigador e historiador.
De su obra en general, señala el crítico Samuel Arriarán: “la narrativa de Adolfo Cáceres Romero se caracteriza por no contar historias literales sino de imaginación sensorial; es decir, más que una narrativa basada en la transmisión de ideas explicativas o conceptos, se trata de una forma literaria basada en la expresión de estados de ánimo y de sentimientos.
En lugar de imágenes que expliquen cosas de una manera concreta, son símbolos que el lector puede sentir y comprender de otra manera”.
Sobre su novela La saga del esclavo, Gastón Cornejo Bascopé escribe: “Dos líneas paralelas de encantador relato nos conducen a la imaginación sublimada de los hechos materiales, al acontecer humano de los protagonistas en sus vaivenes de grandeza y de maldad, la tormenta de los actos delictivos, la introspección íntima, la conciencia transformadora y la vibración religiosa de la purificación”.
Acerca del libro de relatos Cinco noches de boda, Víctor Montoya opina: “A tiempo de moverse con soltura en un territorio sensual y explosivo, donde convergen las descargas eróticas y el fulgor de las pasiones, Cáceres Romero nos acerca a temas narrados con verisimilitud, recreando a personajes que se cruzan en las rutas de la realidad y la ficción, con un estilo sencillo pero elegante, propio de un autor capaz de elevar a potencia literaria una situación cotidiana, sin más recursos que el verbo y la imaginación”.
Si de lo que se trata es de decirlo en pocas palabras, simplemente queda señalar que pocos como don Adolfo merecen el tributo que la Cámara Departamental del Libro de Cochabamba le otorgó en la IX Feria Internacional del Libro. Enhorabuena.

Bibliografía
Novela: La mansión de los elegidos (1973), Las víctimas (1978), La saga del esclavo (2006), Octubre negro (2007) y El charanguista del boquerón (2009).
Cuento: Galar (1968), Copajira (1975), Los golpes (1983), La hora de los ángeles (1987), Entre ángeles y golpes (2001), Cinco noches de boda (2009), El despertar de la bella durmiente (2009) y El puente de los suicidas (2015).
Ensayo: Nueva historia de la literatura boliviana (tomos I, II, III y IV, 1987-2011) y  Diccionario de la literatura boliviana (2009).
Antologías: Poésie bolivienne du XX siecle. Antología de la poesía boliviana en español y francés (1986), Poésie quechua en Bolivie. Antología trilingüe español, quechua, francés (1990), Poesía quechua del Tawantinsuyo (2000).
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Gaby Vallejo, ua escritora para los más jóvenes

Sobre la otra homenajeada den la Feria del Libro de Cochabamba, Gaby Vallejo, encontramos una interesante semblanza a cargo de Isabel Mesa.  
“Vallejo tiene una prolífica obra literaria dedicada a los niños y a los jóvenes; una veintena de libros que muestran su relación con el país y un compromiso con sus problemas. Varias de sus historias rescatan las raíces de los pueblos indígenas y sus protagonistas son niños valientes que dan a conocer a los lectores sus saberes. La más conocida y todavía de lectura vigente, es su novela infantil Juvenal Nina (1981) en la que un niño viaja junto al dios Wiracocha al pasado para conocer la cultura aymara”.
“Wara y el sudor del sol (1986) sigue la línea de Juvenal Nina, pues es precisamente un cuento basado en una leyenda que sostiene que dentro del lago Titicaca se encuentra el tesoro de los incas. Wara, una niña aymara, cae en las profundidades del lago donde se encuentra con un yatiri que es el guardián de este tesoro y que espera al pueblo elegido para entregárselo. Es un cuento que anticipa el sentir de lo que más tarde será la bandera de las dos reformas educativas próximas: el rescate de las lenguas y de la raza indígena”.
Gaby Vallejo Canedo nació en Cochabamba en 1941. Es profesora de literatura y lenguaje, y licenciada en ciencias de la educación. Es diplomada en literaturas hispanoamericanas, (Caro y Cuervo en Bogotá) e hizo una pasantía en literatura infantil en la Internationale Judengbibliotek de Munich.
Fue docente durante 18 años en la Universidad Mayor de San Simón, encargada de Bibliotecas Populares y del Centro de Documentación de Literatura Infantil del Centro Portales durante 16 años. Fue fundadora del Taller de Experiencias Pedagógicas y de la biblioteca infantil Th'uruchapitas.