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lunes, 15 de mayo de 2017

Ficción

Una anécdota lateral



El autor hace una pausa en su columna mensual La vida fluida, y nos ofrece un breve texto de ficción.


Aldo Medinaceli 

Cuando salimos del bar la mujer todavía estaba parada allí. Miraba hacia la calle esperando a que algo sucediera, que pasara un taxi, que alguien viniera a recogerla o que comenzara a llover. Por la avenida los autos aceleraban. Nosotros, afectados en parte por el tequila, solamente veíamos ráfagas de luces rojas y verdes que atravesaban el cuerpo de la mujer.
Un rato antes, cuando ella comenzó a hablarnos en el bar, nos miramos con Mireya. No sabíamos si todo lo que nos decía iba en serio o simplemente estaba loca. Nos dijo que su familia acababa de morir en un accidente y que necesitaba el dinero para cubrir los gastos del hospital. Vendía flores.
No sabíamos si eso había pasado un día antes o hacía veinte años. No era una mujer joven. Se la veía tranquila, en paz. Ahora con la lluvia y la oscuridad parecía un poco más delgada. Comenzó a llover.
Mireya le había comprado un par de orquídeas pero yo simplemente me quedé observándola, quería adivinar si lo que nos decía era verdad. Después ella se fue por las otras mesas del bar y finalmente salió. Pero volvió a mirar hacia nuestra mesa, quedándose por dos segundos en el umbral.
Ahora ella seguía sosteniendo su inmenso tejido lleno de flores de distintos colores, esperando, o quién sabe qué, en la orilla del camino.
Nos acercamos con Mireya pero ella comenzó a andar cada vez más rápido. Todo era absurdo, parecía que la estábamos persiguiendo, mojándonos por esa carretera interminable de aquella ciudad desconocida.
Ya basta, parece que está bien, me dijo Mireya.
Pero yo seguí caminando. Tal vez solamente quería seguirla como si ella fuera una guía hacia alguna parte. No sé muy bien hacia dónde. Pero en ese momento, con la cabeza húmeda por la lluvia y las entrañas calientes por el tequila, estaba seguro de que era una guía y de que teníamos que seguirla.
Yo no pienso dar un paso más, me dijo Mireya.
Estaba mojada de pies a cabeza. Su cabello no tenía volumen y una parte le caía sobre el rostro. Me detuve a tres metros de ella. Luego me di vuelta y vi que la mujer de las flores se subía a un enorme bus repleto de personas.
Atrás las montañas dejaban ver sus contornos de líneas luminosas.
Quieres volver al bar, le pregunté. Pero Mireya simplemente se quedó parada.
Estaba agitada.
¿Cuánto te costaron las flores?, le pregunté.
No importa, me dijo.
No nos movimos. Era nuestra primera noche en la ciudad. Pero tenía el presentimiento de que ese primer encuentro resumiría nuestra permanencia por más de tres meses, perdidos y ausentes en aquel sitio de luces veloces.



domingo, 15 de enero de 2017

Ficción

Que te vaya como mereces


Fragmento de la novela con la que el autor boliviano logró el Premio LH Confidencial, en España.




Gonzalo Lema

“¿Y por qué no vendemos este país tan feo y compramos uno bonito junto al mar?”. Negro sonso. Negro ignorante. Las cosas que decía como si nada. ¿Ya le tenía tanta confianza para hablarle así? ¿A su jefe? Santiago Blanco se sonrió nostálgico, porque de inmediato lo recordó hablando mal de los indios: “Mírelos, jefe. No son humanos, sino animalitos”. Eso decía. Con su índice los apuntaba acusadoramente. (“¡Bajá esa mano, che!”) Él todavía conservaba alguna imagen de la carrocería de aquel viejo camión pese a los tantísimos años transcurridos. Todos montados sobre las duras y puntiagudas cargas de papa y otros tubérculos. Los quechuas y los aymaras envueltos en sus mantas. Inescrutables. Sin oponer resistencia al zarandeo y polvo inclemente del camino pedregoso trepando la áspera montaña. Y sin mirar a nadie. Sin quejarse. Sin reír. Sin hablar entre ellos, tampoco. ¿Y él, qué esperaba? ¿Que hicieran reverencias al usurpador? ¿Al colonialista? Al diablo. Vaya, carajo. Negro pelotudo. Además, ellos mismos apenas eran unos cholos. Y, para colmo, policías cholos. Ninguna gran cosa. “Mejor te callas, Negro. Y mejor si piensas en algo bueno”.  
¿Y de cómo diablos se acordó del Negro? Santiago Blanco movió los pies en el piso, como los tordos, y se acodó mejor en la baranda del puente para observar en detalle, con calma y con placer, el gruesísimo turbión del río Rocha querido. Una lluvia bíblica había caído al amanecer cubriendo la ciudad, las bellísimas colinas de San Pedro y de San Sebastián y las lejanas montañas que en días sin lluvia se mostraban azules. La lluvia llegó del sur, metiendo bulla como una banda de guerra en tiempos de golpes de Estado. Y Blanco se sobresaltó al colmo en su catre de una plaza. Primero pensó eso: los militares volvían al poder, pero luego creyó que vibraba la Tierra y rápidamente decidió estarse de pie bajo la viga de la puerta. De pronto se ensordeció con el golpe del agua contra la calamina de su pequeño cuarto y recién comprendió que por fin llovía sobre la ciudad. Se avergonzó de tanto temor. Se cubrió el cuerpo gordo con una chaqueta impermeable, se montó en sus abarcas de indio y trepó las gradas sin flojera, aunque bufando, hasta la misma azotea en el octavo piso. La lluvia lo era maravillosamente todo.
Desde esa altura observó un poco de cielo y un poco de ciudad, y, sin ningún motivo racional, pensó en quien fuera su ayudante en los remotos y duros tiempos de la policía nacional: el negro Lindomar Preciado Angola. Se sonrió. “¡Qué simpático tu nombre, Negro! Seguramente te bautizaron en el Comité Pro-Mar”. Su cabello menudo, trenzado en una maraña como virutilla para lavar vajilla fina. Sus cachetes inflados, vibrantes, propio del trompetista (pero él era tamborilero del montón en la banda de música de la policía). Sus ojos grandes, globos amarillos expectantes, que se llenaban de lágrimas cuando recordaba el paraíso de su Chicaloma en los Yungas de La Paz. Un jovencito apuesto, era verdad. Cholero a morir. Como nadie nunca visto.
-Mis padres quisieron aprovechar mi apellido, jefe. Además mi gente vivía frente al mar en el África. Es nostalgia pura. Encima soy nacido el 23 de marzo. Muchas casualidades, lo sé. Pero no se burle. Se lo ruego.
-Lo han aprovechado bien, Negro. Aguantame una bromita, pues.
Blanco calculó que la intensidad de la tormenta duraría apenas unos diez minutos, pero se sorprendió porque continuaba igual en los veinte. Por eso paseó por la azotea observando los cuatro puntos cardinales. Inclusive achinó los ojos y se montó una mano de visera sobre sus cejas para escrutar el horizonte redondo, pero no pudo traspasar ni cincuenta metros del tupido velo gris del agua gruesa. Inquieto, como siempre, apoyó todo el abdomen sobre la baranda fría, en la U de EDIFICIO URIBE, y miró, muy expectante, el menudo kiosco rojo herméticamente cerrado de su novia Gladis, allá abajo, en plena esquina y en la acera del frente, y le imaginó unas cuantas goteras directas al mostrador y al viejísimo anafre. Llenó los pulmones de oxígeno líquido y bajó todas las gradas con suma calma, atento a las rodillas que ya le temblarían en el piso cinco o cuatro, pensando que esa intensa lluvia que caía ameritaba observar la llegada del turbión, y su carga de basura, desde el mismísimo puente del Topáter.

Caminó veintidós cuadras sin flojera. Al llegar, la lluvia había cesado y la luz del sol oculto encendía de fulgor sucio las nubes preñadas de agua.
Suspiró con tanta poesía.


domingo, 4 de diciembre de 2016

Ficción

Fábula verde


En el III Congreso Iberoamericano de Lectura y Literatura Infantil y Juvenil (CILELIJ) que se realizó en México, eligieron a Fábula Verde de Isabel Mesa como uno de los 28 mejores títulos de narrativa infantojuvenil de Iberoamérica, en los últimos tres años. Ofrecemos un fragmento del libro a modo de invitar a leerlo.



Isabel Mesa Gisbert 

El grupo de editores esperaba el comienzo de la reunión a la que había convocado el gerente general. La editorial tenía que iniciar una nueva campaña anual de lectura que fuera novedosa y distinta a las propuestas de otras empresas de la competencia. No por nada, “Mil libros.com” era la empresa más prestigiosa del continente. Los libros electrónicos que ofrecía se vendían por millones a usuarios que coleccionaban en sus aparatos tecnológicos nuevos ejemplares para su biblioteca virtual.
De pronto, la pantalla gigante del salón mostró la imagen del gerente Riester sentado detrás de su escritorio y los editores presionaron un par de botones de sus teléfonos digitales para tomar notas. El gerente habló sobre generalidades varias de la empresa hasta que llegó a la frase clave de la reunión.
-Este año -dijo en tono pausado-, lanzaremos al mercado la colección “Fábula Verde”. Nuestros lectores tendrán acceso a aquello que ya no existe, conocerán historias de selvas, de bosques y de animales.
La idea ya se había lanzado al aire y un fuerte murmullo se dejó escuchar en el amplio salón. Los editores movían la cabeza en señal de desaprobación, había un gran descontento entre todos, hasta que uno de los empleados se animó a hablar.
-Disculpe, señor Riester, usted sabe que nos está pidiendo una misión imposible. ¿De dónde conseguiremos esas historias?
-Ese es justamente el reto, mi amigo… -respondió el gerente sin recordar el apellido de su empleado-. ¡Hoy por hoy, esa es la demanda de nuestros lectores! Quieren oler un bosque, acariciar a un venado y escuchar una cascada a través de las páginas digitales… y ¡nosotros vamos a dárselo!
El gerente golpeó la mesa de su escritorio con el puño al decir la última frase e inmediatamente después el monitor se apagó. Los empleados volvieron a sus cubículos de trabajo totalmente desanimados intentando asimilar semejante propuesta. ¡Con tantos temas que abordar en los libros electrónicos actuales…! Seres en otros planetas, viajes intergalácticos, novelas policiales, cuentos de terror, historias románticas… Pero nada de esto servía, porque el gran jefe quería la colección “Fábula Verde” y nada ni nadie lo haría cambiar de opinión.
Joaquín intentó concentrarse en las frases que había en la mini pantalla de su mini tableta para retomar su trabajo, cuando recibió el ingreso de un chat. “K´acmos?”.  Era Rita, su compañera de trabajo. Habían entrado casi juntos a la compañía y eran los más jóvenes del grupo. Se habían llevado bien desde el principio y ahora eran inseparables. “No c”, respondió Joaquín. “No ay a qn acdir. Los últimos hombres que conocieron un bosq´ y ablabn de animales los an enterrado hace 50 años. Nadie podrá darnos información”. “Tenems k´pensar en algo”, concluyó Rita y salió del chat.
Durante la siguiente semana, Rita y Joaquín se devanaron los sesos pensando en cómo conseguir esas benditas fábulas. Para comenzar, Rita no sabía exactamente lo que era una fábula, porque nunca había leído una, así que lo averiguó. Luego le puso un mensaje a Joaquín diciendo que la Superpedia decía que una fábula era un relato corto en el que, por lo general, los protagonistas eran animales de bosques y selvas que actuaban como los humanos, y que al final de cada relato existía una moraleja que enseñaba al lector a mejorar su comportamiento o a enfrentar la vida. Rita concluyó en su charla electrónica con Joaquín que ciertamente había cosas mucho más interesantes para leer que algo tan absurdo en que animales ridiculizaban a los humanos. Pero lo que pensara Rita no era importante, porque el Gran Jefe quería “Fábula Verde” y si no la conseguían, por cierto que perderían el empleo.
La estrategia por la que todos los editores optarían, opinó Joaquín, sería la de escribir miles de mails o publicar en Facebook y Twitter, blogs y páginas web un anuncio preguntando quiénes conocen alguna fábula. Pedirían información sobre cualquier cosa que refleje la vida de épocas pasadas en las que, por rumores sabemos, que las flores ni eran de plástico ni los animales de fieltro.
“Tenms k´acr algo difrente!” -opinó Rita. “Si lo q buscams son cuents d lantigüedad, usems la comunicación d lantigüedad” -propuso Joaquín respondiendo a Rita desde su Irisphone último modelo- con la esperanza de k´xista alguien q aún sepa dests cosas.
Rita consiguió varios datos interesantes y se los mandó en un mail a Joaquín, en el que le contaba que los anuncios de hacía 120 años atrás se realizaban a través de periódicos, por la televisión, por personas que hablaban dentro de un aparato que se llamaba radio, mediante volantes de papel que se lanzaban por el aire… Había que tomar una decisión.
No era nada fácil conseguir algún material parecido al papel en una época en que un cuaderno era historia y todo se anotaba de manera digital. Así que Rita y Joaquín se dirigieron al anticuario de la calle Pixeles para, al menos, conseguir un instrumento con qué escribir. El dueño del negocio les ofreció lápices, plumafuentes y hasta marcadores a precios exorbitantes. Finalmente se decidieron por el marcador negro que parecía el de mayor duración.
Cuando llegaron a la casa de Joaquín, se pusieron a cortar cientos de trozos de tela sintética que les servirían como hojas de papel.
-¡Medio mes de sueldo por un insignificante marcador!
-Ahora quiero verte escribir el mensaje -dijo Rita.
-¡Lo harás tú! -replicó Joaquín-. Yo nunca…
-¡Yo tampoco! -interrumpió Rita-. No tengo la más mínima idea de escribir sin presionar un teclado.
-Dicen que las mujeres tenían mejor letra que los hombres, así que copia el texto de la pantalla como puedas y listo…



miércoles, 14 de septiembre de 2016

Ficción

Epilepsia

Ofrecemos uno de los cuentos de Confesiones de una oficinista, de Carmen Huarachi, que acaba de sacar Correveidile.


Carmen Rocío Huarachi Caro

El tigre ha pintado una raya más en su cuerpo, hay una línea más y nadie lo ha tomado en cuenta; el felino con su persistente apego a los colores, no sabe definirse, a veces piensa que es amarillo y otras veces piensa que el negro es su verdad, su color.
La selva entera sabe que el tigre rugirá por la noche, sabe que hay que estar alerta para poder aprovechar y vencerlo, sabe de la debilidad del tigre. Si fuera una hiena, adquiriría nuevos sentidos, no existiría otro motivo que el existir y ladrar las depresiones preexistentes dentro de la animalidad, pues la torpeza y el cansancio no son lo bastante enormes como para no poder vivir.
Pero cuando el tigre sabe que tiene colmillos poderosos, garras fuertes, velocidad de guepardo y belleza de pantera, se crea un vacío. El tigre llora dentro de sus ojos, que también son amarillo y negro, llora su independencia y llora su dependencia y nadie nota los borbotones porque son transparentes, porque su esfinge es fuerte y su figura respetable.Y la selva sigue su curso y las serpientes siguen rayando el suelo, escribiendo memorias in- necesarias porque ellas solo tienen el color hermoso, y las ardillas siguen saltando porque tienen la esperanza de hacerse ricas con la legendaria nuez de oro. El tigre camina erguido, pasea, piensa y es feliz cuando se contempla en el Lago de la Indiferencia ya que los peces siempre pasarán y solo viven para comer, hablan poco, solo lo necesario y de su mundo.
Él vio morir y dio muerte, sintió que esa muerte era eterna: la víctima caía, gritaba su dolor, botaba espuma por la boca, al morir emitía el grito final y ya jamás se levantaba. (Él sí).
¿Cómo era entonces que él no viviera la muerte eterna? ¿Cómo era posible sentir que la realidad se alejaba, que tenía los temblores tan parecidos a los de la agonía, y después de vivir- lo despertar nuevamente? ¿Cómo era posible que cuando su boca se llenaba de sangre por morderse la lengua al no poder controlar sus convulsiones, revivía nuevamente?
¿Por qué?
Y la selva sigue sonando. Los búhos siguen pensando, las águilas diagnosticando. Los cuervos, decepcionados, se alejan una vez más, porque una vez más no hay cadáver putrefacto.
La luna se enciende más que nunca, se escucha su rugido lastimero, algunos sonríen incómodos, otros se alegran por su vergüenza. El tigre está solo con su ataque de epilepsia, y solo él sabe que aumentará una vez más una raya de su cuerpo. La raya del tigre que es la cicatriz de su alma, su línea invisible y tratada de olvidar.
--


Cuentos extraños y palpitantes
Manuel Vargas

Confesiones de una oficinista no es una autobiografía que se desarrolle en el mundo de la burocracia urbana. Tampoco un texto de las intimidades eróticas que pudieran transcurrir entre bambalinas o tras mamparas oficinescas. Tampoco son confesiones.
Este es un libro de cuentos, extraños y palpitantes, escritos por una mujer que de pronto se ubicó, sin más vueltas, a la entrada del siglo XXI. Y aunque me caigan como piedras todas las críticas de los teóricos puros y razonables entendidos, que dicen que una buena literatura no tiene sexo, este libro no podría haber sido escrito por un hombre. Fue escrito, y vivido y sangrado y bebido y representado, por una mujer llamada Carmen Rocío Huarachi Caro, natural de cualquier rincón del mundo, pero que tuvo la ocasión -o fue el azar o el destino- de nacer y crecer en alguna ciudad boliviana como Sucre, o como La Paz, donde actualmente vive.
Pero hay algo claro. Estos cuentos no transcurren en una ciudad conocida. A lo mucho en un anónimo dormitorio, en una cantina o en una placita con mirador. Más bien, para seguir con el lugar común de estos tiempos, estas Confesiones de una oficinista transcurren, triste, alegre, impunemente, en el cuerpo y la mente de una mujer.


martes, 30 de agosto de 2016

Ficción

Cebolla problema

Reproducimos el primer relato del libro de cuentos Caja de zapatos, de Isabel Suárez, el debut de la editorial Sobras selectas, que se presentará el 2 de septiembre en el Centro Cultural de España en La Paz.



Isabel Suárez 

Sos una cebolla, una blanca. Yacés en el mesón de la cocina, rodeada de desorden y sumergida en la fría oscuridad, pero tranquila.
Encienden la luz. El gordo entra en la cocina y se dirige a la heladera, saca el pan molde, el táper con jamón y queso, y un tomate. A este lo conocés, lo viste cuando llegó del supermercado y ya lleva una semana viviendo en la heladera. Por alguna razón no te cae bien. Será porque es demasiado rojo, demasiado redondo, brillante... No. Solo sos una cebolla racista.
El gordo saca un gran cuchillo. Pone dos panes en el mesón y cubre uno con dos lonjas de jamón y abundante mayonesa. Qué gordo goloso, pensás. Agarra el tomate con una mano y el cuchillo con la otra. Toma impulso. Levanta la muñeca derecha y la deja caer con fuerza. La piel del tomate se abre y su jugo se derrama, rojo ardiente. Caen dos lonjas sangrantes en el mesón y el resto queda como un corazón abandonado, partido en dos. Qué desagradable. Podés ver hasta sus pepitas.
El gordo vuelve a la heladera y saca una cabeza de lechuga, esa vieja mustia. Le arranca unos pedazos y los lava antes de colocarlos sobre el jamón. Al menos ella no hizo tanto escándalo.
Pero ahora te mira a vos y se acerca, cuchillo en mano, decidido a cortarte y convertirte en sándwich. El momento ha llegado. Vas a cumplir tu cometido: ser alimento. Desde que fuiste un pequeño cebollín tus padres te inculcaron obediencia y estoicismo, recalcando que quedaras quietecita cuando por fin fueras a ser comida, pero no te sentís lista, querés hacer muchas cosas y te destroza la idea de perecer entre dos panes con tus antipáticos compañeros de cocina.
No hay tiempo para pensar, el corte fatal es inminente. El gordo levanta el cuchillo y solo se te ocurre morder la mano que te sostiene, con todas tus fuerzas.
El gordo empieza a chillar despavorido y echa a correr por todo su departamento como puerquito espantado. Vos también tenés que correr. Ahora sos una rebelde, una prófuga de la ley natural.
Brincás hacia la ventana, jadeando y, antes de lanzarte, agradecés a dios estar en un departamento de planta baja. Tu ropaje queda sucio y tu cuerpo abollado, adolorido, pero debés seguir saltando.
De las sombras aparece un gato acechante que ya debió confundirte con un ratón. No hay tiempo que perder. Le escupís ácido en los ojos y seguís saltando a toda prisa, hasta llegar al patio del vecino. Te sentís a salvo.
El hombre que vive ahí tiene un labrador y acostumbra jugar a la pelota con él todas las noches. Sucede demasiado rápido, no lo podés evitar: vas saltando y de pronto el perro, torpe, daltónico, te atrapa con toda la fuerza de sus fauces.
Te suelta al instante, perturbado por tu sabor, pero ya te pegó una buena mordida.
Quedás ahí, herida, pero viva aún. El hombre se acerca más tarde en busca de la pelota y se sorprende al encontrarte. Te mira desconcertado por unos segundos, luego aleja su rostro y te patea con indiferencia. Se va, dejándote ahí, sola.
La reacción de este vil humano te hace pensar. Un hombre no patea con desprecio a una cebolla. El hombre necesita la cebolla, la busca, paga por ella, se aguanta el ardor, las lágrimas al cortarla y luego disfruta comiéndosela.
Sin embargo vos, cebolla rebelde con aspiraciones más grandes que la de ser cena rápida, yacés en la tierra de un patio extraño.
Contemplás la inmensidad del cielo. Las estrellas parecen brillar más en la última noche de tus ojos. La sonrisa de la luna te hace sentir que valió la pena.
Cuando salga el sol, la potencia de sus rayos te secará y el calor descompondrá tu cuerpo en pocas horas.

Serás tierra de la tierra y alimento del polvo, todo, mientras el gordo, dopado hasta la idiotez, se desahoga con el psiquiatra que le ayuda a perder el miedo a consumir a tus semejantes, siempre dispuestas a quedarse quietas.

sábado, 7 de mayo de 2016

Ficción

Una noche


El escritor y politólogo boliviano nos envió este su relato inédito.



Christian J. Kanahuaty

-Creo que debemos dejar que pase un tiempo. Esta relación se está volviendo simbiótica y no es justo.

Claro que no es justo. No era esto lo que ella esperaba cuando lo conoció. No imaginó que llegaría el día en que tuviera que esperarlo afuera de su trabajo, bajo la lluvia y con todas las bolsas del mercado mojadas y a punto de reventar.
Quizás a esto se refería su madre cuando le dijo que era mejor que se tomase las cosas con calma. Ella, después de todo, no tenía mucha experiencia con los hombres. Pero ¿de qué servía la experiencia si ninguno de ellos era igual? Y aunque sirviera para algo, su madre tampoco sabía la verdad por completo. Para ella las cosas habían resultado de un modo distinto, porque después de todo, era otra época y las parejas se comportaban de una manera distinta; ahora ya todo era más rápido. Los sueños y las cartas de amor no eran suficientes. Si su madre supiera en realidad todo cuanto ha vivido con cada uno de los hombres con los que estuvo, tal vez, se hubiera ahorrado esas palabras y de seguro ya nunca más la miraría como lo hacía.

-¿De qué hablas?
-De esto. De lo que nos estamos haciendo.
-No nos hacemos nada. Cálmate y vamos a casa, tengo frío.
-Pero si llegamos a casa ya no hablaremos. Te conozco. Además tú deberías saberlo, después de todo, eres psicóloga, ¿no?

Claramente esta no era la noche que pensó que sería. ¿Por qué tenía que sacar aquello de la psicología? ¿Qué tenía que ver? ¿Acaso usar un concepto tan golpeado como “relación simbiótica” era lo único que le podía decir? Simplemente ella no quería escucharlo más. Con cada palabra suya, las cosas buenas que había soñado se iban de sus manos y de su cuerpo. Y mientras veía cómo las demás personas que pasaban a su lado los miraban, empezaba a crecer dentro de ella aquel sentimiento frío que la había acompañado las últimas semanas.
El cansancio y el sueño retornaban a ella. A punto estaba de desmayarse, pero se contuvo. No podía ir más allá de sus propios límites. Tenía ganas de gritar, de pelear como antes, pero ahora su cuerpo volvía a estar cansado. Tan cansado como las semanas anteriores donde no tenía fuerzas para levantarse de la cama y él tenía que hacer algunas de las labores de casa antes de salir para el trabajo. Ambos, sin embargo, sabían que ese periodo era momentáneo y que luego del reposo, ella podría volver a hacerse cargo de todo, como cuando empezaron a vivir juntos y él casi no se molestaba en levantar los platos de la mesa luego del almuerzo.
Pero ella sabía que lo amaba, y por eso no deseaba ese tipo de discusiones y menos en una noche como aquella. Así que mientras él hablaba y seguramente trataba de explicarle por qué debían separarse provisionalmente, ella solo pensó en las horas que invirtió para detallar cada una de las compras.
¿Pero ahora qué importancia tenía la cena que pensaba cocinar para ambos?
Él solo deseaba pasar la noche lejos de ella. Seguramente en un hotel y no importaba el dinero, por supuesto; eso dejó de ser sustancial el día en que le ofrecieron aquel empleo en esa empresa, a la que, ahora que lo piensa, en estos últimos cuatro meses, ha ingresado solamente dos veces. Pero no le importaba una manera de vivir su relación de esa manera, porque para ella, era sobre todo una cuestión de respeto, de dividir los espacios. No ir a visitarlo ni darle sorpresas tenía que ver con todas las cosas que se acumulaban en el día y que ambos se podrían contar antes de acostarse. Era mejor no hablarse. Solo llamarse para conversar un poco cuando tuvieran tiempo y luego dejar que el día siguiera avanzando lentamente hasta el anochecer. Así, ambos estarían tranquilos y con ganas de verse y estar juntos y de esa forma también pasarían los años y ellos envejecerían con trabajos estables y con amigos que los visitarían muy de cuando en cuando los fines de semana.
Pero ahora quizás todo eso que había imaginado se esfumaba como el humo que salía de los escapes de los autos que pasaban por la avenida, muy cerca de ellos, y cuyo ruido a veces hacía las palabras incomprensibles, y mientras veía que poco a poco la cantidad de personas a su alrededor se reducía, ella aún pensaba: De verdad iría a un hotel, ¿O es que conoció a alguien más y se va con otra mujer en vez de conmigo? ¿Pero por qué pienso en esto? Él me ama, me lo dice, lo repite y lo siento. Pero desea estar solo, ¿Por qué no? Tal vez sea sano, como dice. Podría ser, pero ¿cuál es su apuro? ¿Por qué no me lo dice todo con calma en la casa? ¿De verdad ha llegado el punto en nuestras vidas en que ya no podemos hablar de las cosas que nos pasan en la comodidad de nuestra casa?
Quizás sea por esto. Quizás él se va porque mientras habla y me intenta explicar sus razones y lucha conmigo para tomar las bolsas y ayudarme, yo solo pienso en que mis planes no se cumplirán; en que desperdicié mi tarde para arreglar la casa y comprar algo que nos gustara cenar. Ese tiempo nadie me lo devolverá. Él jamás reconocerá lo que hago. No lo puede ver. Solo desea marcharse.
Ya nada tiene sentido, no debí venir.

-Por lo menos cenemos.
-No puedo. Será peor, en serio.

Compré flores. Puse individuales lindos en la mesa y coloqué velas en la casa. Quedó linda, como cuando festejamos mi cumpleaños; ahora él no quiere ir. No quiere regresar a esa casa hasta que las cosas estén tranquilas en su cabeza. Me dice que no está bien lo que hacemos, que nos estamos haciendo daño y que es mejor respirar un poco antes de seguir.

-¿Por qué? ¿Qué hago mal?

Yo tenía que haber regresado y preparar mejor la sorpresa. Pero no. No podía esperar más, no podía mantenerme quieta en casa y pensaba que al regresar juntos, yo cocinaría rápido mientras él podría ver la televisión sin problemas.
Y sería lindo, como antes, como cuando no vivíamos juntos y aun así, pasábamos juntos algunas noches. Podía quedarme a dormir con él y al despertar me sentía feliz porque sabía que ése día sería mejor que el anterior solo por haber despertado a su lado. Pero yo no quería esperar; quería verlo, deseaba verlo salir del trabajo y saber cómo estaba.

Y ahora me dice que no, que no quiere ir a casa. Si se va ¿cómo haré para contarle todo lo que me ha pasado? ¿Cómo podré decirle que estoy embarazada? 

sábado, 15 de agosto de 2015

Ficción

La indiferencia de los patos

El primer capítulo de la primera novela del poeta Benjamín Chávez.



Benjamín Chávez

(Capítulo 1) Para empezar, una despedida
Llegué a Bolivia arrastrando una maleta de aeropuerto con rueditas de plástico y bastón jalador. Las llaves del auto, medio kilo de queso camembert, un miriñaque estropeado, el catálogo de la vajilla perdida de los Romanoff y la réplica de una caja fluxus. Pronto supe que, salvo la discutible excepción del miriñaque, nada de nada me serviría para maldita cosa.
Entré por el Perú, donde me había detenido a conocer el Cusco, y una improvisada fiesta con japonesas y rusos la última noche en el hotel, me dejó con una resaca horrible. Así que atravesé la interminable ribera del Titicaca –que dicen que es bella– sin abrir los ojos.
Sufrí todo un exótico buffet de pesadillas a pleno sol y traté de ahogar mi infortunio en varias botellas de Inka Cola, una bebida amarillenta parecida al pis contenido de una borracha como yo que rodaba en un bus sin baño y al parecer sin frenos, mientras mi cabeza daba tumbos y me despertaba con cada golpe contra el vidrio de la ventana.
En realidad la resaca estaba todavía lejos y tardaría en alcanzarla. La cabeza me dolía con una sensación giratoria de calesita sin aceite, mientras trataba de entender de dónde venía esa espuma blanca que asomaba por la comisura de mis labios cada vez que un nuevo golpe contra la ventana me devolvía a un mundo de espejismos del que yo era parte tan natural como lo es una pelota de colores rebotando en una catedral.
Allí, en el Cusco, asombrada y boquiabierta por la imponente plaza y por las ganas de comer algo, me fui temprano para el hotel, pues debía viajar al día siguiente y quería estar descansada. No sabía entonces que no pegaría un ojo en toda la noche y buena parte del día siguiente, ni que bebería vodka suficiente como para llenar el tanque de combustible del auto y perder toda capacidad de comprensión de las infinitas (por extensas y profundas) cosas que me decía una chinita, quiero decir japonesa, que al menos en ese momento, terminó siendo la mejor amiga de todas mis vidas vividas y por vivir.
Después de haber bebido toda la noche, convirtiendo el lobby del hotel en ruidosa discoteca y posta médica desinfectante para las urgencias de huéspedes acostumbrados al bucear nocturno por líquidos intimidantes, antes que en las pegajosas sábanas, sacamos a flote todos los cuerpos y las miradas, mientras el algún momento, en algún sitio, se había hecho de día y las cosas brillaban con una luz intensa, algo inquieta y arenosa. Fue entonces que salimos al garaje, deslumbrados y urgidos por mi persistencia de marcharme.
– ¡Debo irme! ¡Debo irme!
– El auto– decía mi querida amiga señalándolo con su níveo dedito de eterna comedora de arroz –debe quedarse en garaje. Ga-ra-je-que-dar-se-que-dar-se. Intentaba hacerme comprender.
– Sí, por supuesto. No puedo conducirme ni a mí misma.
– Podemos gastar dinero de viaje. ¿Cuántas copas más podemos tomar con ese dinerou? –Pues, como tres copas por minuto hasta que nos mate la borrachera.
– O hasta que auto acabe al-co-hol. 
– Éste no va para ningún lado con alcohol, no es como nosotras. El auto es a gasolina.
– Pero si dejas mo-tor en marcha amiga, se acaba alcoho-l. 
– Te digo que no es a alcohol, así sea dejándolo encendido por horas de horas, por días incluso, sólo contamina, no se alcoholiza a-mig-a, sólo estropea el green planet y un buen día, o noche, adiós pla-net. Pero no es para tanto, nos pongamos trágicas, que mucho antes de eso, lo que se acabará será el dinero hecho humo de escape sin recorrer ni un kilómetro. O el hígado, sí, eso es, se acabará el hígado y sin rastros de happy hour, barbitúricos milagrosos o cigarrillos que imitan a los de la bella isla de quiu-ba.
– ¡Happy hour! ¡Yeah¡
Lo que sí tendría que haber es un happy tour por delante. Todo un país al final de la ruta, ¿te imaginas? recuerda que voy para Bolivia, aquí sólo me detuve un momento.
– No, no. Ga-ra-j-e.
– Tranquila, ya lo sé, el auto se queda aquí y yo me voy allá. Eso es, separación, distancia, divorcio. Mecánica, digo, estática y pasión, desviación. Estacionamiento y vértigo. Las dos cosas claras, claritas, hasta que todo regrese a la normalidad, es decir, hasta que vuelva yo de mi viajecito a las cumbres andinas.
– ¿Pero por qué irte hoy?
– Ya te lo dije, una amiga me espera. Además, siento que ya no puedo beber ni una gota más. Pero tranquila, todo está bajo control. Me mentí a mí misma.
– Volveré por el auto– me dije a mí misma. Llegaré contenta del tal viajecito, con muchas aventuras para contar y, lo más importante, con una nueva vida por delante. Entonces, llave en mano encenderé el motor, luces, música, me dibujaré una sonrisa seductora con la punta brillante del carmín, pagaré las cuentas y saldré, como en cámara lenta, al ritmo de Another Chance de Tammy Wynette, sabiendo que nada, pero nada, tengo ya que hacer aquí. Aunque en realidad ése era el libreto para ser representado al partir, es decir ahora y no a la vuelta. Necesito esa mi fachada de triunfadora. Pero, lo dicho, ni qué hacer ante la marejada de vodka que anegó los planes y arrastra los vestigios de la razón a la deriva.
Ahora no hay nada que hacer, salvo dejar de escuchar las andanadas de tonterías que esta chinita (japonesa) me dice con esa voz venida del otro lado del mundo, en este garaje donde nuestras risas estallan a cada nuevo sorbo de la botella que ella sostiene con celo de samurai a punto de desenvainar. Entonces abro la cajuela del carro y veo que no está mi maleta. Apoyándonos una a la otra, caminamos hacia las gradas para subir a la habitación por mis cosas. Tras mucha risa y trastabillo, respiro hondo, me concentro y empaco lo mejor que puedo las imprescindibles cosas para poder sobrevivir el ascenso a lo más encumbrado de Los Andes.
Pedro, el ruso de dos metros se ha dormido con sus botas de reno o de alce sobre el tablero del coche (¡vamos, alce las botas! le digo con un par de palmadas, pero él ni se entera) y hay otros compatriotas suyos en claro internacionalismo conversando con algunas japonesas, mientras intentan treparse a la batea de una Ford. Al parecer, toda la barahúnda de la cantina se trasladó al garaje a despedirme o a impedir cualquier movimiento en falso.
Veo uno más, o un par de ellos, no sé si moscovitas o siberianos, moviéndose por entre los autos, haciendo ademanes de empleado de pista de aeropuerto para desviarme de la puerta de salida y evitar que yo saque el auto. Supongo que es eso lo que pretenden ¿quién puede saberlo? si sólo repiten: Prestuplenie i nakazanie. ¡Prestuplenie i nakazanie! ¡Ah y Nazdarovia!, o eso creo.
Todo pudo haber sucedido al revés que en este caso no es el revés sino el derecho, o sea lo apropiado. Me refiero a que si anoche dormía como manda la ley, hoy entraba al garaje muy temprano, duchada, con aire deportivo, las gafas de sol como una faja sobre los ojos, una coleta en el cabello, la gorra de tela y una actitud positiva dispuesta a conducir cuesta arriba disfrutando del paisaje hasta dar fin con la jornada, la música, las llantas o lo que se acabe primero en este intento por llegar a Bolivia, habiendo pasado de largo el bar del hotel y sin  tener idea de la existencia de un grupo de japonesas locas y rusos dipsómanos.
Aseguro las puertas del auto luego de arrastrar a duras penas, con la ayuda de la japonesita amiga mía desde tiempos de la dinastía Tang. Tang-bieng-you-teq-iero, a la tonelada de huesos de Pedro el Grande, y ya estoy lista para despedirme de todos y todas, todas las copas que quedan por tomarse en el mundo. Rodeada de los muchachos rusos y las dignas representantes del imperio nipón, inesperadamente vienen a mi memoria escenas de cine de artes marciales y entreveo un atroz adelanto de las pesadillas que habré de sufrir en el viaje.

Pero sin nadita de violencia, puesto que esto no es ninguna maldita película, entre risas, abrazos, caídas, gritos de protesta ¿o de euforia? (ya dije que no entiendo), brindis, más, risas y más caídas, me despido de todos ellos. –Adiós Igok, adiós Idiot. ¡Cuídate mucho Padrostok! y así paso por todo el grupo y abrazo sus camisetas rojas que en el pecho llevan estampada la palabra “Biesi”, algo que parece un tenedor, Romanoff supongo, y un lazo de rozón. En eso, mi querida Sei Shonagon me dice a guisa de despedida: –Más vod-k-a amig-a? Y yo me escabullo como puedo hacia la calle donde todo gira y gira, aunque mucho más lentamente que hace algunas horas, con lo cual tengo suficiente para poder continuar el viaje o iniciarlo, depende de cómo se miren las cosas, si es que las malditas cosas pudieran estarse quietas por un momento. 

domingo, 31 de mayo de 2015

Dramaturgia

Tamayo

Apolíticas consideraciones sobre el nacionalismo Vol. III. Este es el subtítulo de la pieza teatral de Percy Jiménez que se presentará en La Paz todos los fines de semana de junio. Ofrecemos un fragmento de la primera escena.

Una escena de la obra Tamayo. (Foto: Carlos de Águila)

Percy Jiménez

En la cima de una montaña nevada, alrededor una planicie que se extiende al infinito. El paisaje es árido y monocromo. En la cima se ven un hombre, dos monolitos y Adonais, el espectro.
El hombre escribe, tal vez es historiador o poeta, se llama Gumucio. Los dos monolitos son la materialización del pensamiento de Gumucio, se llaman a sí mismos Medina (el flaco) y Reinaga (el bajito).
Adonais es un espectro que está por encima de todo, de esta manera, cuando aparece interfiere en el pensamiento del hombre, pero también interfiere con el desarrollo de la propia obra.
Entre todos construyen a Tamayo. Los monolitos son servidores de Gumucio, lo mismo que Adonais del espacio.

Escena 1
Amanecer fulgurante, Adonais canta, mientras Gumucio, Reinaga y Medina yacen en el piso; escriben o escuchan a Adonais cantando. Es el tiempo del espectro y el tiempo se ha salido de sus goznes. El espacio y los cuerpos ya no son concretos.

CORO (Cantando)
He aquí vueltas las horas
¡De los pasados duelos!
Este es el grande Cáucaso
que el titán diviniza,
y esta es la ninfa triste
que consoló sus males.

ADONAIS (Cantando)
He aquí de nuevo el día
que de la sombra brota,
como capullo ígneo
de renegrido tronco
Bajo el candente raso,
he aquí el monte titánico
testigo de dolores
trofeo de venganzas
Sobre las cosas una
terrible primavera,
llueve lirios y rosas
que un día al hielo hiberno
serán polvo y pavesas,
para volver un día
a ser rosas y Lirios

(Adonais calla y se recuesta allá a lo lejos, luego desaparece. Retorno a lo concreto)

REINAGA
Día 21 de noviembre de 1944, la nación despierta estupefacta ante el aviso oficial del nuevo régimen que dice: Hasta la fecha han sido fusilados X. X. X.  
Releo la nómina varias veces, como si quisiera que se quedara esculpida en mi memoria. En minutos comenzará una peregrinación de innumerables visitas de extranjeros y nacionales, incluso parlamentarios, que vendrán a pedirme intervenir confidencialmente ante el Presidente de la república. Todos habremos comprendido el texto e intención del aviso gubernamental que anuncia una larga cadena de ejecuciones.

MEDINA
Las palabras del comunicado son directas y no se pierden en explicaciones. Es… escalofriante…

(Reinaga y Medina trasladan a Gumucio hasta una pila grande de papeles muy bien ordenados que están sobre otra piedra. Luego colaboran a Gumucio en la búsqueda de algo, encuentra un papel)

GUMUCIO
(Leyendo)
Luego del conato sedicioso con epicentro en Oruro, los militares de Radepa han transportado a los conjurados hasta Chuspipata donde los han acusado de “traidores” y resuelto eliminarlos sin forma ni figura de juicio… (Para sí) Once muertos…

(Gumucio retorna a su piedra de trabajo, siempre trasladado por Reinaga y Medina)

REINAGA
¿Se puede sembrar nabos sobre la espalda del pueblo? ¿Se puede asesinar impunemente a los mejores hombres de la patria?

MEDINA
Estas frases vienen de pronto a mi cabeza, mientras cruzo por enésima vez el ancho de la oficina.

GUMUCIO
(Para sí, preocupado. En un momento Reinaga y medina vuelven a la pila de papeles y buscan entre las hojas)
Los detalles del Banditismo gubernativo están aquí, en mi memoria. Las prisiones, los destierros, la muerte… (tomando un papel de Reinaga). Es Domingo Ramírez agonizando en las puertas de la patria, sin poder obtener que se le permita morir en suelo nativo. Es Donato Dalence, muerto en el páramo al marchar al destierro. Es Abel Iturralde, desesperado en la Siberia boliviana, cabalgando hacia el confinamiento bajo los dolores de su mortal enfermedad…
(Para sí) ¡Banditismo Gurbenativo! (Anota) dicen que Pando, agónico ya y bajo el tormento de la fiebre traumática, pidió un trago de agua antes de morir, uno de sus verdugos le orinó en la boca.

REINAGA
Le orinó en la boca.

(Medina se toma el papel en el que ha escrito Gumucio, lo pega en una de las piedras, los tres lo observan. Movimiento en el Ángulo de perspectiva)

REINAGA
Día 21 de noviembre de 1944, sentado en sobre el escritorio de mi oficina, mi mente se convierte en una confusa maraña de pensamientos. No he tenido poder de reacción. Los segundos han quedado fijados en el reloj que llevo colgado en la cintura. En unos minutos más, la caterva de visitas consabidas iniciará su peregrinaje.

MEDINA
Mi memoria se evade… soy un monigote de ocho años… Estoy sentado en las faldas del presidente Aniceto Arce… alrededor, una constelación de edecanes resplandecientes de charretas y entorchados.

GUMUCIO
(Para sí)
Cincuenta y seis años antes… un niño.

MEDINA
También soy… el monigote de la mano del Obispo del Bosque… visitante espléndido, con sus trazas de príncipe mitrado… y su escolta de familiares y clérigos… jóvenes.

GUMUCIO
(Anota)
Una niñez precoz en Yaurichambi.

REINAGA
Alguien dijo alguna vez, antes o después, no lo recuerdo. Dijo:

GUMUCIO
(Para sí)
En ningún lado un amigo de la misma edad.

REINAGA
“Aunque no quiera reconocerlo, usted y su familia siempre fueron OUT SIDER”… (Enfático) ¡Triple cretino!

GUMUCIO
(Para sí, sonriendo)
¡Sí! En Yaurichambi el rey, en La Paz, el indio.

REINAGA
Debería enviar una nota.
GUMUCIO
(Para sí)
Lo anoto.

REINAGA
Para recordar a mis hermanos publicar de una vez por todas.

GUMUCIO
(Anota)
Megalomanía.

REINAGA
Las centenas de cartas de Baptista a mi padre.

GUMUCIO
(Anota)
O programa autodestructivo.

REINAGA
No les pertenece a ellos tanto como a la Historia Nacional.

GUMUCIO
(Anota)
Dos puntos, el padre.

MEDINA
También debería encomendarles una re-edición de Odas.

GUMUCIO
(Para sí, enojado)
¡Espera! ¡Espera!, volvamos.
(Anota)
Día 21 de noviembre de 1944. Punto.
(…)



sábado, 11 de abril de 2015

Ficción

London, UK 1985

Fragmento de London, UK 1985, uno de los tres relatos de largo aliento incluidos en el libro Viajeros del atardecer del escritor chuquisaqueño Raúl Teixidó.

 
Raúl Teixidó (Foto: Alfonso Gumucio)
Raúl Teixidó

Antes de convertirme en lo que se suele entender por un “adulto responsable”, relacionarme con la gente más allá de lo estrictamente imprescindible nunca se me antojó una actitud gratificante. Estaba, ante todo, mi privacidad –sosegada, autocomplaciente– que me permitía afrontar mis días (más bien grises) de una manera digna y llevadera.
Digamos que había logrado establecer un “pacto de mínimos” con la vida real, salvaguardando, sin esforzarme demasiado, un espacio vital de mi única y exclusiva propiedad.
Pese a ello, no era inmune a eventuales ramalazos de pesimismo, que me sugerían pensamientos sombríos; por ejemplo, ¿qué sucedería si durante alguno de mis paseos en solitario por la explanada de Colón, me atracaban con violencia y luego arrojaban mi cuerpo (probablemente malherido) a las aguas del puerto? Nadie me daría por desaparecido hasta que mi propio cadáver, en silencioso testimonio de protesta ante la indiferencia del mundo, saliera a flote, y la policía se diera a la tarea de establecer mi identidad…
En la época que pretendo rememorar, me encontraba precisamente atravesando uno de aquellos baches anímicos, traducido en una especie de “fatiga ambiental” cuya única terapia, como es bien sabido, consiste en un oportuno y saludable cambio de aires. ¿Vacaciones? Ya las había hecho (un poco de mar y montaña, ambas cosas, aburridísimas), y el nuevo curso –impartía clases de inglés en el British Institute, grados elemental y medio, 20 horas semanales– estaba casi a punto de comenzar.
Apelando a la razón, cabía pues, únicamente, aguardar a que aquella perturbación de baja intensidad siguiese su curso natural y terminase por disiparse. Me conformaba, además,
comprobar que algunos colegas acusaban, por su parte, el típico síndrome post-vacacional, y parecían tan poco dispuestos como yo a reanudar su tarea. Uno de esos días, la secretaria del instituto me comunicó que el director deseaba hablar conmigo “a la brevedad posible” de un asunto que me concernía.
Mr. Wetherell era alto, espigado y tenía un acento casi idéntico al del actor James Mason. Manteníamos una relación cordial, reforzada por un sentimiento de mutua simpatía. Me estrechó la mano, indicándome que tomara asiento. Mi historial académico estaba sobre su escritorio, por lo que intuí que no se trataría de un simple asunto de orden interno.
Todos los años, durante un mismo periodo lectivo, un docente del instituto viajaba a Londres con una beca para realizar un seminario de lengua y literatura inglesa; el objetivo, ampliar y perfeccionar conocimientos y, al retorno, dictar clases de nivel superior.
El profesor designado en principio (merecidamente, por cierto) había renunciado a la beca por motivos familiares. Mr. Wetherell, había pensado que yo podía ayudarle a solucionar aquella contingencia; además de estar bien considerado, era soltero, por lo que un cambio imprevisto tal vez no me afectaría en la medida que al resto de los posibles candidatos. Recalcó que mi nombre figuraba en la lista de futuros becarios; no obstante, si se me presentaba la ocasión antes de lo previsto, lo más sensato era aprovecharla. ¿Podía iniciar de inmediato el correspondiente papeleo? De todas maneras, no tendría que viajar antes de quince o veinte días. ¿No había estado deseando un cambio de aires, pese a ser consciente de que no existía la menor posibilidad de hacerlo efectivo? “¿De acuerdo, pues? –preguntó–. Vuelva la semana que viene, tendré todo a punto”.
Había estado en Londres, de vacaciones, hacía ya varios años. Mi conocimiento de la ciudad se limitaba a unos cuantos lugares emblemáticos y a visitas guiadas que me supieron a poco. Ahora tendría oportunidad de ver de nuevo todo aquello, sin prisas, y desde una perspectiva muy distinta, la del residente, no la del viajero de paso. Seminario de Literatura incluido…
Éste consistía en clases por la mañana (excepto lunes) y talleres optativos a partir de las cuatro de la tarde. El último fin de semana de cada mes, visita a la casa natal de algunos destacados autores que figuraban en el programa de estudios, lo que implicaba conocer entornos tan contrastados como sugestivos: las brumas de Yorkshire, cuna de las hermanas Brontë o la apacible campiña de Hampshire, pulcramente descrita en las novelas de Jane Austen… En verdad, Mr. Wetherell me había hecho un regalo digno de los Reyes Magos.
Durante los días que precedieron al inicio del curso, solía deambular por Leicester Square; me detenía a examinar la generosa oferta de la cartelera teatral y tomaba luego un refrigerio en cualquiera de sus terrazas, contemplando a los viandantes.
Incluso me atrevía con The Sun o el Daily Mirror –tabloides sensacionalistas a disposición de la clientela–, cuyo estilo extremadamente coloquial a menudo se me resistía (el profesor Higgins no se encontraba por allí para echarme una mano).
Almorzaba en alguno de los steakhouses de los alrededores (alfombras color vino, asientos afelpados, solícitos camareros… y absoluta privacidad). Ocupaba una mesa con vista a la calle, que me proporcionaba una instantánea latente, tangible, de la vida ciudadana. Hombres presurosos, con aspecto de oficinistas, señoras jóvenes, con la bolsa de la compra o el cochecito de niño (a veces, ambas cosas); un grupo de personas en la parada del autobús, una chica que indagaba alguna dirección, gente que leía los titulares del periódico mientras caminaba…
Por lo general, un súbito chubasco alteraba la placidez de la escena; de inmediato, todos procedían a abrir el paraguas, que los londinenses parecen llevar siempre consigo.
Por la tarde, recorría los centros comerciales, mercadillos y puestos de venta al aire libre (según se tratara de una u otra zona de la ciudad) y visitaba lugares mencionados pródigamente en las novelas policíacas que leía de jovencito: Picadilly Circus, Baker Street, la Torre de Londres y muchas callejuelas del East End, escenario de los horrendos crímenes perpetrados por Jack, el Destripador, a finales del siglo XIX.
De hecho el Soho era el barrio que transitaba con mayor asiduidad, sugerente, laberíntico, canallesco. Resultaba fácil imaginar su promiscua y sórdida vida nocturna: cada veinte metros, pubs atestados de una clientela desaliñada y de carcajada estruendosa, tiendas de libros prohibidos, sex-shops… Y, a lo largo de la estrecha acera de Brewer Street, una hilera de portales bajos –la palabra Models escrita en el dintel– en los que chicas, la mayoría de color, fumaban o conversaban distraídamente, y cuya finalidad de reclamo no ofrecía ningún género de dudas.
En las proximidades, se encontraba un teatrillo, propiedad del magnate Paul Raymond, editor de una cadena de revistas eróticas que se distribuían en medio mundo. El espectáculo ofrecía la oportunidad de admirar en directo y al natural, a las chicas que posaban en las numerosas “revistas para caballeros”… e invitarlas luego a una copa: placeres reservados a personajillos con la cartera repleta de libras, respecto a los que un modesto profesor de inglés estaba obligado a observar una meritoria abstinencia.



jueves, 4 de septiembre de 2014

Ficción

Siempre fuimos familia

El autor nos cedió gentilmente este fragmento de la obra con la que acaba de ganar la primera versión del Premio Internacional de Novela Kipus.


Gonzalo Lema 

El fin de semana: (Capítulo Uno)

1.
-¡Carpe diem!
El viejo se estabilizó en la acera del templo y empezó a buscar a sus contertulios entre la mucha gente que llegaba a oír misa. Del baúl profundo del BMW salió el taburete de los sábados y rasgó -como era su costumbre- parte del tapiz. El viejo se sonrió al advertirlo. Su hijo se desesperó como si fuera el primer corte del clavo visible de una de las tres patas. Sin embargo, más de un flequillo indicaba lo contrario. De todas formas se preparó como un ganso de pelea para protestar.
-¡Memento mori! -previno el mendigo con un dedo en alto-. No vale la pena sufrir por las cosas materiales. Además, si quieres te compras un bólido del año, tenemos ahorros. Este ya está como pasado. La gente de tus círculos debe estar cuchicheando en tu contra.
Álvaro suspiró con dolor. Pasó la palma de su mano derecha por las heridas de tantos sábados. Más que martillar la cabeza del clavo le hubiera gustado prender fuego a ese trasto piojoso. Y a la ropa con la que su padre se disfrazaba para lograr “armonía absoluta” con sus colegas de limosna de verdad. Una pira de cinco metros capaz de llevarse los piojos, la madera, la tela y la locura misma…
Alguna gente que entraba al templo, o salía, se detuvo a observarlos. Estaban los esposos Carpio que manejaban con fluidez la breve historia de la sociedad cochabambina y no ubicaban desde el arranque a los señores constructores Martínez. Y los Tardío Arauco, que jamás perdían el tiempo mirando a gente que no había estudiado en el colegio de la plazoleta. Y los Arandia, que habían empezado su linaje en las serranías de un pueblo del sur pero que habían logrado su fin de emparentarse con los propietarios del Sol en la plaza Colón y el arranque del paseo El Prado. El resto era gente que llevaba su apuro y apenas saludaba moviendo una ceja escuálida. Tanto  desconocido en la acera era un logro de la democracia.
A papá Álvaro todo aquello lo tenía sin cuidado. Una vez firme sobre la acera sacudió su saco de pobretón pensando, una vez más, en su parecido con el mendigo de la pintura. Cuando se sintió presentable en su ropa de pordiosero reclamó su taburete y caminó hacia la enorme puerta de madera donde ya se reunían algunos pretendidos suyos. Allí depositó su carga y se sentó en el acto con muy buena cara. De inmediato se despidió de su hijo batiéndole una mano, apurándolo.
-¡No más tarde de las 12:30, así almorzamos 13 uur!
Luego se dedicó a quienes se sentaban y arrastraban en el frío piso de cemento a la espera de una moneda caída del cielo mismo de los feligreses.
-No somos pobres –les consoló- si tenemos Sol. Y este Sol sale cada día para todos nosotros.
También advirtió que todavía le giraba la cabeza por el alcohol de la víspera, como si medio litro se le hubiera quedado en la nuca.
Álvaro dejó de observarlo y cerró la quinta puerta. Se sacudió ambas manos de alguna probable astilla. La acera se había llenado de gente y casi parecía un tumulto. Los de la primera misa se confundían -en su trajín corto y menudo- con los de la segunda. También parecía un hormiguero afanoso buscando comida para el invierno. El olor de los cirios, del incienso y de las flores generaba un espíritu nuevo, renovado de esperanza entre todas las personas.
De uno de los tantos montones de gente una muchacha de piel blanca le sonrió. Él detuvo en seco sus pasos y se sacudió sorprendido de cuerpo entero. Afinó todo lo que pudo su vista y confirmó feliz que esa mano que volaba allí como una paloma de paz servía para llamar su atención.
Carraspeó. Se lanzó al ojo del remolino mismo de cabeza.
-¡Hola! –le dijo la muchacha. Álvaro no pudo ubicarla en su galería de amistades. Los padres y la otra gente del grupo también lo saludaron, cada uno a su manera.
-¿Es tu padre ése que anda por ahí? –le preguntó sin rodeos la señora de sombrero con encaje negro. Con una mano enguantada hizo un gesto en la misma dirección de su quijada. En el gesto dejó una estela de perfume de flores.
Álvaro se sonrió y se puso firme: -Sí, es mi padre. Los sábados viene a pedir limosna para no olvidarse de ser humilde en la vida. O sea.
-¿¡Con todo el dinero que tiene!? –opinó molestísimo el señor viejo con ambas manos cruzadas en la espalda. Y con las cejas fruncidas.
-Precisamente por eso –comentó Álvaro moviendo el cuello flaco y la cabeza pequeña, como si se tratara de un ganso de iglesia.
-¡Además lo traen en un BMW del año! ¡Qué ridículo todo! –insistió el señor desde las tripas y giró el cuerpo tres cuartos, en un semi mutis.
-98 –precisó Álvaro-. Ya tiene dos años. De hecho, pienso cambiarlo apenas empiece la próxima semana. Por anciano.
La muchacha y sus amigas se taparon la boca para ahogar sus risas.
-¿Es cierto que fuiste novio de Carolina de Mónaco? –le preguntó en un solo impulso una de ellas y de inmediato se coloreó del rostro.
-¡Bruta! –la recriminó otra muchacha.
Los viejos giraron el rostro para prestar atención a la respuesta.
-Así es –dijo Álvaro, más ganso que nunca. Del bolsillo superior de su chaqueta sacó más de una tarjeta personal y la repartió con facilidad en el grupo-. Estamos construyendo un rascacielos único: 20 pisos, 5 piscinas, 5 gimnasios, 5 áreas sociales… Si les interesa echarle una mirada estoy para servirlos.
-Ya tenemos casa –dijo la señora y comenzó su camino soberbio en pos de la puerta de ingreso del templo-. Gracias, de todas formas.
-Gracias –dijeron las muchachas casi a coro y se pusieron en marcha, divertidas, mirándolo con simpatía.
El viejo masculló algo que no quedó muy claro: -…la pichicata.
La muchacha del saludo le dio un beso en la mejilla. “Voy a llamarte uno de estos días”, le susurró. También le sonrió desde tres centímetros de distancia, cómplice. “Necesito pedirte un favor”.
Álvaro se alegró con esas palabras. Era un enganche, estaba seguro. La vio desaparecer por la puerta del templo justo cuando su padre se ponía de pie y vociferaba que había que bajar la filosofía a la tierra. Sócrates ya lo había hecho una vez con grandes resultados.
-¡A nadie ha de pesarle saber un poco más! ¡Quien evita saber apenas es más que un mono peludo! ¡Necesitamos una contabilidad mínima sobre esta vida! ¡3.000 años es todo lo que les pido!
Algunos feligreses se espantaron con sus gritos y retrocedieron en su camino. Los niños comenzaron a berrear asustados. En general, todos se pusieron a susurrar opiniones poco favorables sobre la presencia del viejo loco y chillón. ¡Habíase visto: en pleno ingreso al Hospicio! En sábado. Un loco borracho…
-No nos perjudiques con tus palabras -le dijo el mendigo de la rodilla anquilosada en un ángulo de 45 grados-. De esto vivimos. De la limosna de los sábados. Sin esta limosna no hay qué comer los restantes días.
-Si eres loco -le dijo la indígena en su lengua materna, luego volcó al castellano de la Colonia- hacerite a un lado y dejanos trabajar. Ese favor te voy a pedir, ¿ya?
-Hablemos en voz baja –dijo un tercer mendigo desde la sombra fría, trasminado de alcohol-. Para que los curas no piensen en echarnos.
Los restantes seis mendigos huyeron de su lado a la pared del frente y de inmediato volvieron a arrastrarse en el piso, y a estirar la mano, para las monedas caídas de los solidarios que entraban y de los pocos que salían todavía de la primera misa.

El viejo se acomodó mejor en su taburete y observó el cuadro. Como su hijo continuaba sobre la acera, le hizo señas de que se marchara pronto. Deseaba filosofar sin distracciones. La lucha recién comenzaba contra toda la mendicidad intelectual y espiritual en la Tierra. Contra la terrible y cruel indiferencia. El hombre no dejaba de ser un animal.

jueves, 24 de julio de 2014

Fragmento

La tumba infecunda

Fragmento inicial de la más conocida novela de René Bascopé, que será reeditada en la colección Papeles de Antaño de la revista La Mariposa Mundial.


René Bascopé Aspiazu

I

Si al doblar el último recodo del callejón que lo conducía a su cuarto no hubiera tropezado con un perro muerto, negro, pequeño, cubierto con un nylon sucio del que sobresalían las patas traseras y el hocico, y si las moscas, al espantarse del cuerpo yacente, no hubieran producido un gemido nítido, parecido a un suspiro, ese jueves habría sido uno de los días más gloriosos y rotundos en la vida del mayor Constantino Belmonte.
Varios minutos después, ya dentro de la habitación, la sensación honda y penosa que le produjo el gemido persistía en su pecho, sin que él atinara a explicarla, clasificarla o, al menos, identificarla, como solía hacerlo desde mucho tiempo atrás, cuando era presa de alguna emoción, práctica ésta de su voluntad, de su memoria y de su inteligencia que, además de distraerlo, le concedía el beneficio de la catarsis, pues la implacable soledad en que había vivido los últimos años le había enseñado a encontrar cierta triste voluptuosidad en la anulación de sus pasiones mediante el recurso de la comprobación de que ya las había experimentado alguna vez. Abrumado por esa dificultad inusitada, se sentó al borde de la cama impecablemente tendida, puso las manos sobre los muslos y miró, uno a uno, el medio centenar de retratos suyos, tomados en diversas épocas, que cubrían las paredes en un orden preciso como para que cualquiera que de pronto las viese se sintiera obligado a intuir, repentinamente, la biografía del viejo militar jubilado. Así, en las expresiones y las edades de cada una de las fotografías fue buscando el significado del gemido, con insistencia desesperada, como un marinero extraviado que otea el horizonte para hallar la isla de su salvación. Y lo encontró sólo cuando el sol de la tarde se retiró del cuarto, llevándose los últimos vestigios del polvillo suspendido en el aire y, con él, toda señal de movimiento. Con gran esfuerzo al principio, el mayor Belmonte empezó a recordar uno de los acontecimientos más dramáticos de su niñez, algo así como sesenta años atrás, cuando, en su pueblo, Irupana, había culminado, tal como empezó, abruptamente, su aprendizaje de las artes de la brujería.

Fue en los tiempos del cometa, días en los cuales el pueblo careció de noche, pues el gigantesco astro, con una cola que atravesaba casi la tercera parte del cielo, iluminaba de tal manera que en poco tiempo los animales habían enloquecido, mientras que algunas plantas habían duplicado su tamaño y otras habían florecido, sin que les correspondiera, en búcaros de colores extraños y formas nunca vistas. El mayor Belmonte recordó, con una mezcla de nostalgia y asombro, la desorientación de los gallos que, imposibilitados de percibir ya el amanecer, habían optado por cantar todo el día, hasta que casi todos acabaron por perder la voz, en tanto que los más débiles murieron víctimas de un vómito de sangre producido por sus gargantas reventadas. Esa época, el mayor lo recordaba ahora perfectamente, los pobladores de Irupana se habían visto acometidos por un acceso de lujuria colectiva que había terminado muchas veces trágicamente, y otras emparentando a familias tradicionalmente enemigas, cuando no había consolidado varias uniones maritales incestuosas y contranatura. Él mismo, que entonces bordeaba los  once años de edad, había vivido, gracias a los efectos fantásticos del calor y la luz del cometa clavado en el cielo, su primera experiencia amorosa, que lo habría de marcar por siempre, pues estuvo teñida por dos sentimientos —el dolor y la vergüenza— que al acentuarse en su psicología con los años, lo fueron transformando en el hombre que fue y, ahora, en el viejo que se resistía a ser. Eran los días en los que todavía se hablaba de la sublevación de los indios de Lambate, quienes, incitados por Sócrates Cárdenas, habían intentado reeditar las experiencias del Willca Zárate, aterrorizando a los irupaneños durante tres días y tres noches, sitiando la población y amenazándola con incendiar sus casas y quemar las cosechas de coca; hasta que fueron abatidos por las tropas del gobierno, que mataron a más de cien alzados, en tanto que a Cárdenas, quien además había nacido en Irupana —por lo que era considerado un imperdonable traidor—, se le condenó con el mayor de los rigores a morir arrastrado por una mula gigantesca que, al girar alrededor de la plaza, por una senda preparada con espinas, lo desangró lenta e implacablemente, sin que nadie osara apiadarse.