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domingo, 18 de junio de 2017

Desde la butaca

Tamayo pudo ser Choquehuanca, Choquehuanca no pudo ser Tamayo


Una reflexión en torno a la revelación de los orígenes de Franz Tamayo.

Lupe Cajías  

En el suplemento cultural “Semana” de Última Hora, en abril de 1979, Mariano Baptista publicó una entrevista que tuvo el efecto de una bomba silenciosa en los círculos literarios paceños: el gran Franz Tamayo -símbolo del apogeo poético en la sede de gobierno- era hijo de indígenas.
Era conocido que Franz (Francisco) era el vástago mimado del político y culto paceñísimo Isaac Tamayo y de una indígena del altiplano. La novedad era conocer que también el padre, anónimo, era otro indígena de las fincas de la familia Tamayo a orillas del Titicaca.
El “final inesperado” a los años de investigación del periodista, historiador y biógrafo sobre la vida y la obra de Tamayo provocó la protesta de la familia Tamayo. Hace poco, Baptista Gumucio reedito el libro Yo fui el orgullo (Plural, 2015) incluyendo la entrevista mentada.
Isaac Tamayo era terrateniente y miembro del Partido Conservador, el cual junto con el Partido Liberal, marcó el inicio de una época distanciada de las primeras décadas caudillistas y militaristas de Bolivia.
Al mismo tiempo, participó en grupos de intelectuales que debatían el futuro de ese país que no lograba ser nación y el llamado “asunto indígena” que despertaba pasiones y polémicas en un contexto positivista y a la vez de redescubrimiento de lo originario como base del orgullo nacional en México, Guatemala, Perú y Bolivia.
Tamayo era considerado un indianista. Había expresado en diferentes oportunidades su oposición a las corrientes europeístas que creían en la exterminación del indio para llegar al progreso, extremos que se avecinaban en el sur de la Argentina y en misiones “civilizatorias” hacia la Amazonia, en el norte y hacia el Chaco, en el este.
Opinaba que el indígena podía ser el mejor boliviano si el Estado le daba las condiciones de salubridad e higiene, educación y mucha lectura, saberes y sabidurías acumuladas por la humanidad a lo largo de su historia.
Isaac se casó inicialmente con una dama de la aristocracia limeña. Sus dos primeros hijos murieron al poco de nacidos y él culpó esa debilidad a la unión de la raza, de “dos polos positivos”, que no podían crear verdaderas chispas. Se prometió entonces buscar una mujer labriega, joven, fuerte, y probar a sus amigos (y enemigos) de la Sociedad Geográfica que una descendencia con sangre aymara, pero instruida, sería lo mejor para Bolivia.
Encontró en Felicidad Solares el ejemplo de esposa que buscaba y tuvo con ella a Franz, Max, Adriana, Herminia, Isaac, José y Elena. El primogénito nació el 28 de febrero de 1879; la guerra y la pérdida del Litoral habrían de marcar su vida desde esa cuna en la céntrica calle Mercado de La Paz.
Cuando Isaac se enamoró de Felicidad no sabía que ella ya había pasado una época de sirwiñacu con otro colono de apellido Choquehuanca. Ese dato, ignorado por un siglo, lo reveló Max Escobari a Baptista Gumucio, poco antes de morir. Escobari era hijo de Macario Escobari, correligionario e íntimo amigo de Isaac, con quien habían compartido luchas políticas y la defensa del indígena en diferentes escenarios.
El anciano llegó a la redacción de Ultima Hora para contar lo que sabía por su padre y revelar el valiosísimo dato de la biografía de Tamayo. Contó que Isaac aceptó cuando se enteró que la muchacha estaba encinta de otro, pero desterró al supuesto progenitor a otra de sus haciendas en los Yungas. Al parecer, le gustó la idea de dar la mejor educación posible al hijo de dos aymaras y probar con más fuerza su teoría. De hecho, su preferido fue siempre Francisco, al que llevó a sus viajes a Europa, alentó en sus lecturas y estudios y protegió para garantizarle un espíritu universal. Físicamente era más moreno que sus hermanos y poco parecido a los demás.
Me tocó, en uno de mis primeros reportajes de investigación, seguir a la rama Choquehuanca en Coripata. Mariano, director del periódico, me envió ahí para completar la entrevista a Max Escobari. Curiosamente descubrí que efectivamente la finca había sido de los Tamayo, aunque no figuraba como tal en otros registros, ni siquiera en los libros del más estudioso de la zona, Xavier Albó.
Quedaban dos ramas de Choquehuanca, una de analfabetos, otra sin domicilio conocido, pero nadie aseguraba dónde pudo quedar el antiguo colono traído a la fuerza desde el altiplano.

Tamayo y los Choquehuanca
Por su parte, Franz Tamayo, también probó primero suerte con una dama extranjera y la unión terminó pronto. Se casó con una chola, doña Luisa Galindo, quien le dio los hijos deseados y le ayudó tanto en su obra como en la administración de la famosa finca en Yaurichambi.
En diferentes oportunidades destacó la pureza racial de la “india soberbia que era mi madre”. Nada de mestizaje, decía, ni de híbridos, ni de mulas, sino la majestad de milenios que se acumulan en Palenque, en Tiahuanaco. “Y aquí una vez más y para siempre: en mis venas y gracias a mi madre, no hay una gota de birlochaje putrefacto”.
Desde muy joven alternó viajes por el país más profundo con visitas a París. Abandonó las aulas escolares para recibir instrucción personalizada y mucho más amplia y dominó varios idiomas. Fue periodista y militante del Partido Radical. Publicó en El Diario su famosa Creación de la pedagogía nacional. Defendió la causa marítima desde la poesía, el ensayo, el artículo de prensa y el debate diplomático. Demostró en cualquier escenario ser un hombre sabio, culto, político con propuestas, guía de juventudes.
Muy diferente a David Choquehuanca, formado con el apoyo de las ONG, y que reemplazó los libros por las piedras. Ni culto universal, ni sabio indígena. Representó la otra medalla: las personas sin formación no pueden cumplir con solvencia funciones para las cuales no fueron capacitadas ni quisieron capacitarse, mucho menos para puestos centrales como el Ministerio de Relaciones Exteriores. Ni poeta ni maestro.


lunes, 10 de abril de 2017

Desde la butaca

Algo más sobre Viejo calavera

Una lectura de una de las películas bolivianas mejor valoradas de los últimos años.



Lupe Cajías 

No sé si habían pasado 30 ó 60 minutos cuando sentía que la oscuridad ahogaba mis ojos, mi garganta y mi epidermis. Quería salirme del cine, abandonar la butaca en la sala de la Cinemateca Boliviana. No para que me devuelvan mi entrada, para que me den un vaso de agua, un aliento.
La sensación incómoda me recordaba antiguos ingresos a las minas en Potosí, Siglo XX, San José, Chorolque, Huanuni…; algunos como curiosa, otros para presentar el libro de Juan Lechín.
Suspiré aliviada cuando finalmente la cámara abandona el socavón, las viviendas sombrías donde el día siempre es noche, y se va de parranda a Coroico, donde la vegetación alivia la pobreza y el calor recuerda que hay un sol.
Lo más impresionante en las minas bolivianas, sobre todo las estatales, pero más aún en los recovecos de las cooperativas, es la ausencia de la luz. Muchos obreros ingresan al alba con un cielo aún ennegrecido y salen al atardecer con las tibias luces del campamento encendidas. Adentro solo las lámparas, algunas todavía mecheros para detectar el gas grisú, van trazando huellas como en las entrañas del infierno.
Las minas privadas tienen galerías mejor iluminadas y es posible caminar largos trechos con cierta idea del lugar, de las estalagmitas y de las rugosidades de las piedras, donde chorrea gota a gota el agua de copajira. En cambio, en los rincones del Cerro Rico, ahí donde se baja por un agujero, de culo, los ojos deben acostumbrarse a las sombras, a la eterna penumbra. Todos los días, la noche, como apuntó el fotógrafo suizo Jean Claude Wicky (1946-2016), otro gran retratista de la realidad minera boliviana.
Kiro Russo (La Paz, 1984), junto a un equipo de cineastas de la nueva generación - donde destaca Pablo Paniagua-, logra transportarnos al escenario minero con una capacidad extraordinaria. El trabajo es fruto de años de investigación, de pruebas, de caídas y de correcciones, hasta el logro de una historia redonda, aunque relatada con algunos altibajos. Parecería alargada para lograr un largometraje, pero más bien hay una intención de meternos en una realidad que “así nomás es”, rutinaria y tensa.
 El filme boliviano Viejo calavera es seguramente el más premiado de la historia del cine nacional y sigue impactando en festivales internacionales, tanto en América Latina como en Europa. En el país debe caminar más y llegar a los últimos rincones de la nación porque revela sutilmente lo más profundo de nuestro ser, la fraternidad.
Uno de los datos que más me impresionó es el interés entre los jóvenes por conocer el lenguaje cinematográfico de uno de sus contemporáneos. En las aulas universitarias tuve la experiencia de comprobar que casi todos los alumnos habían visto la película, algunos más de una vez pues volvieron a la sala para sesiones especiales de debate.
A veces es difícil encontrar una obra de arte para ponerla como ejemplo y que la audiencia menor a 20 años comparta ese conocimiento. No se puede citar a La Odisea, por ejemplo, porque muchos bachilleres ya no la leyeron y (oh sorpresa) ni siquiera vieron la película Troya con Brad Pitt, porque también a él lo consideran anticuado.
En cambio, puedo citar pasajes de Viejo calavera pues los chicos la entendieron y la aplaudieron y con ella aprenden herramientas de la crónica. El atractivo del filme para las nuevas generaciones abre interrogantes que apenas intentamos responder. Quizá porque es una obra de uno de sus pares, melenudo y con un aire misterioso en el caminar, sencillo y sensible, casi siempre acompañado por otros bohemios.
O porque puede decir lo que dice al dominar un diálogo sutil, unos silencios y unas formas que los añejos (léase militantes de los años 70) no comprenden. Los comentarios negativos sobre el filme son sobre todo quejas porque el director muestra a unos mineros que se emborrachan, que se ocupan de sus ocios en las asambleas al interior de la mina y que viajan al trópico. No hay marchas vociferantes, grupos en tropel bajando de los cerros con sus dinamitas ni monumentos a los dirigentes históricos. No hay lo “políticamente correcto”.

El argumento
El argumento de Russo y de Gilmar González es simple. El padre de Elder Mamani (Julio César Ticona) muere (partida) y él, que no es viejo, pero es un “calavera” hereda por una costumbre no escrita el puesto en la mina, donde vive su madre agrietada por la dureza del ambiente a cuatro mil metros de altura, cerca del Cerro Posokoni en Huanuni.
El padrino Francisco, que es una presencia casi sin palabras, se encarga de llevarlo al nuevo empleo y de intentar que el ahijado, “chupaco” y despreocupado -casi marginal- ingrese a una nueva etapa de su vida. Elder no se interesa por ninguna estabilidad ni económica ni emocional y se deja llevar por sus impulsos existenciales. ¿Acaso él y sus contemporáneos tienen un mejor futuro que sus padres? Tampoco le llama la atención la actividad sindical tan famosa en las minas bolivianas, la vanguardia proletaria; ni se anota a alguna otra iniciativa como el deporte, la música, también destacados aportes obreros.
Se apunta casi sin ganas, igual que a todo, a un viaje “al otro lado del mundo”, a una localidad tropical de ingreso a la Amazonia, Coroico, pueblo de la cabecera de selva, de los Yungas de La Paz. Ahí, algo de charla, algo de comida, la piscina pública, el sol, la luz del día. Al final, un gesto, una ternura como recordaba Líber Forty, tan esencial en la rudeza de los mineros, arremete contra el espectador que esperaba cualquier cierre menos aquel de tapar al padrino con una frazada en la helada cumbre andina. Los actores son personas entrenadas para el filme, sin experiencias previas.

Mensaje sutil
Entre escena y escena, aparentemente tristes y sin esperanza, se entretejen lo profundo del minero boliviano, de la familia boliviana, de los pobres bolivianos: la amistad, la solidaridad, la mano que se extiende y ampara, aun cuando todo lo demás dice “no”.
La experiencia en el campamento no es solo sentir la revuelta, la protesta, la marcha con dinamitazos. Russo comprende esa dimensión y la dispersa sin estridencias, sin consignas, sin arrebatos.
Ahí, donde la esperanza de vida era de 50 años pero ningún huérfano, ninguna viuda quedaba sin auxilio, sin un plato de comida, sin un techo, sin un libro. Me recordó los milagros que contemplé en 1986 en la “Marcha por la vida” donde el pan (ají de fideos) se multiplicaba y la viejita se inclinaba a lavar los pies de los caminantes, mientras una cruz iniciaba el último vía crucis de la FSTMB.
En Huanuni moderno abundan los karaokes y los prostíbulos alentados por el dinero de los buenos precios internacionales de los minerales; ahí donde hay más temor por el aumento de los casos seropositivos que por la silicosis. Ahí, en ese cotidiano sobrevive la humanidad samaritana.

Es posible que para los que esperan siempre un mensaje político explícito, la película no diga mucho. Russo declaró que no optó intencionalmente por ese camino. En cambio hay esa nueva forma que desarrollan las nuevas generaciones para acercarse al Nuevo Testamento, aún sin saberlo, con las luces, con los sonidos, con las miradas.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Desde la butaca

Rosángela gestiona cultura para La Paz

Un perfil de Rosángela Conitzer de Echazú, “Connie”.




Lupe Cajías 

Su mirada esmeralda se pierde detrás del ventanal que da a la ruidosa calle sureña. Seguramente en lo que menos piensa es en su belleza física, heredera de sólido tronco paceño y de forastero alemán judío. Algún comensal se acerca y la saluda entusiasmado de encontrar a quien el ambiente cultural citadino reconoce como figura estelar. Al despedirnos otro amigo la retiene: “Connie, qué alegría verte”.
Ella, sencilla como fue desde siempre, responde calurosa, sin prisas. Yo la miro alejarse agradecida con la vida que me permitió ser su alumna adolescente, su admiradora juvenil y más tarde amiga y seguidora de sus esfuerzos por sacar adelante emprendimientos estéticos para el goce de los paceños, de los bolivianos, de todos.

La estirpe familiar
Prefiere estar detrás del escenario y sonreír si simplemente la presentan como la hija mayor de Yolanda Bedregal, la Yolanda de Bolivia, o la hermana del extraordinario pintor Juan Conitzer. Rosángela del Carmen, Connie, no busca salir en la foto ni lucirse en el escaparate. Duda en responder a mi entrevista, pero soy consciente que es necesario dejar por escrito el trabajo que cumple para el entorno.
Alguna vez, visitando los sitios históricos del Cementerio General, encontré el epitafio de su abuelo, el modernista Juan Francisco Bedregal, que decía: “Murió como vivió, en silencio”.
Figura representativa del apogeo de la ciudad estrenándose como sede de gobierno y como principal generadora de literatura y de cultura en el país. “Juan Francisco Bedregal fue director de la Academia de la Lengua, presidente del PEN Club, rector de la UMSA… en fin, trabajó durísimo para mantener a seis hijos y a seis sobrinos huérfanos. Era además un hombre bueno. Toda La Paz se vació a su entierro cuando murió y se declaró duelo nacional”.
“El abuelo de mi madre era José Francisco Iturri, médico de los pobres con gran compromiso humanitario. Murió muy joven”. Yolanda y sus hermanos se criaron en un ambiente único que no volvería a repetirse en la sede de gobierno: tertulias literarias, conciertos caseros, debates políticos, y un sentimiento herido por la patria derrotada. Yolanda era música, literata, pedagoga y estudió estética en Nueva York.
El contexto internacional latinoamericano era también privilegiado con la pujanza del arte mexicano, la literatura argentina y colombiana,, en medio de duros conflictos y búsquedas de utopías. El mundo vivió las dos guerras devastadoras. Yolanda se enamoró de un refugiado del nazismo.
“Mi padre, egresado de derecho, pudo salir del Campo de Concentración en Sachsenhausen y emigró a Bolivia el 39. Se embarcó en Génova en el barco Virgilio con 20 dólares en el bolsillo pero con un bagaje de cuatro idiomas. Había ya antes aprendido español en Berlín. Los idiomas le dieron el sustento y le abrieron las puertas de la sociedad. Con su libro bajo el brazo iba de casa en casa enseñando alemán, inglés y francés. Entonces no había Goethe Institut, ni Centro Boliviano Americano; quizá sí Alianza Francesa. Fue secretario de Alcides Arguedas quien le confió la transcripción de su diario. Más tarde dirigió el Instituto Cultural Boliviano Alemán, hoy Instituto Goethe y trabajó como agregado cultural adjunto en la Embajada Alemana”.
Recuerdo que en el círculo de Gesta Bárbara, en mi hogar, siempre se nombraba con mucho respeto a Gerd Conitzer, a quien se lo conocía como el “Gringo Chukuta” por su personalidad germana tan integrada a Chuquiago. “Sí, era muy apreciado. Fue poeta y filósofo, pero además un hombre sereno y tengo la imagen de cómo terminaba el día laboral tocando piano, dando un ambiente musical al atardecer”. Intercambiaba cartas con el Nobel de La Paz Albert Schweizer y con Herman Hesse, Nobel de Literatura. Generoso, apoyó a Yolanda como la poetisa de la casa y ayudó a traducir su obra; ella tradujo poemas de él y juntos publicaron Ecos.
“Agradezco a Dios cada día su legado de hombre íntegro, culto y la vertiente judío-alemana que corre en mi sangre. El judaísmo es, además de religión, una actitud ante la vida y más allá de la cultura es una sabiduría que se impregna en el alma. A mi padre le debo el amor al idioma, a los filósofos y escritores alemanes, esa mentalidad organizada, previsora, la disciplina. Gracias al alemán he trabajado 30 años como profesora en el Goethe, el colegio y la universidad”.

Paceña universal
Le digo que me parece injusto que a veces la presentan como la hija de Yolanda, más que por ella misma. Sincera, aclara: “a mí no me molesta, somos lo que somos por ser hijos de nuestros padres”.
“Nací en La Paz el 25 de julio de 1945; soy licenciada en filosofía por la Universidad Católica del Ecuador. Me metí a mil cosas desde chica, iba a clases de idiomas y de piano; soy graduada de la Escuela de Guías y Cicerones de Turismo; fui Secretaria de don Roberto Prudencio, el primer ministro de Cultura del país. Fui dirigente activa en la UMSA. Estudié luego idiomas en Inglaterra y Alemania y en la Escuela de Intérpretes y en la Universidad de Zurich, en Suiza”.
Habla español y alemán perfectamente, muy bien el francés y el inglés y se maneja en portugués e italiano, además de conocer hebreo literario. En un homenaje por sus 70 años, su hija recordó cómo se quedaba hasta medianoche para gestionar proyectos culturales. “Dirigí por años la Comisión de Fomento a la Cultura de la Fundación Hermann que apoya a jóvenes talentosos con escasos recursos en el campo de la cultura. Publicamos libros, organizamos conciertos, otorgamos becas, auspiciamos eventos; un trabajo ad honorem que requirió mucho de mi tiempo pero que me dio mucha satisfacción. Edité un libro sobre la Guerra del Chaco, otro para niños, uno de historia del cine boliviano. He revisado y coordinado los libros sobre mi madre editados por El Aparapita, el Ministerio de Culturas y la Fundación del Banco Central”.
Casada con el diplomático Rafael Echazú, es madre de Alejandra y Natalia y abuela feliz, emparentada con la familia de Walter Montenegro, otros cultores de la música. “Consciente del valor literario de la obra de Yolanda Bedregal, más allá del amor, cuando ella murió, me propuse publicar su obra para que no sucediera lo que pasó con Juan Francisco Bedregal que, según mi madre, murió dos veces: una en Cochabamba el 1944 y la segunda cuando sus ensayos y su vasta obra quedó durmiendo el sueño de los justos. Diez años después de su muerte, el 2009 Plural Editores bajo la dirección de Leonardo García Pabón, publicó la Obra completa en cinco tomos, dos de poesía, uno de narrativa y dos de ensayo”.
“Mi hermano murió a los 60 años habiendo pintado y creado con colores y palabras toda su vida. Con parte de su enorme producción llenamos la Galería “Nota” con una bellísima exposición de sus cuadros y esculturas. Junto a Mabel y los hijos de Juan puse gran empeño en que se publiquen sus escritos. La Mariposa Mundial sacó un libro con su obra literaria”.
Antes de despedirnos suena el teléfono, su esposo le comenta sobre el almuerzo en la casa, ahora que escasea el agua. Es también ama de casa.

La veo partir feliz, siempre está tranquila aún en medio de los sufrimientos. Le doy el beso con el agradecimiento por su esfuerzo para promover el amor al arte, la fraternidad entre las personas y, con ello, espacios de paz para el mundo.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Desde la butaca

Catre de fierro, un espacio paceño

En esta nueva reseña de la novela de Spedding, se enfatiza en la habilidad de la autora para retratar a cabalidad la realidad paceña y boliviana de la segunda mitad del siglo XX.




Lupe Cajías / Periodista

Nadie tiene ojos más amplios que aquellos forasteros que llegan de ultramar, con una cabeza formada en otros ambientes, y quieren conocer y aprehender otra cultura -en este caso, desde la profunda Inglaterra hasta los Andes- y ahí descuartizar la complicada sociedad rural paceña a lo largo del intenso siglo XX.
Y nadie mejor que Alison Spedding (Belper, 1962) para adentrarse en la saga de una familia de hacendados pobretones y provincianos: los Veizaga con sus ramificaciones legales y de hijos “naturales”; el paisaje emblemático del quiebre que trajo la Reforma Agraria en los poblados valles intrandinos: Saxani, Suri, Inquisivi; la participación política desde los cubretachos liberales, los movimientistas hasta el mirismo de una clase que nunca logró ser aristocrática y ni siquiera burguesa; y los entreveros de personajes típicos de la urbe más indígena de la América morena con su cultura inalterada en 500 años.

La novela
Catre de fierro (Plural, 2015) es la ficción más ambiciosa de la reconocida autora que deja atrás la trilogía fantástica de sus Saturninas para retratar los cambios sociales y culturales en la estructura sociocultural boliviana (paceña) a través de una familia impactada por la revolución nacionalista de 1952 y desbordada por los excesos de sus sucesivas generaciones.
La novelista no se desprende de la rigurosa académica, de la antropóloga que ha vivido en las entrañas de su objeto de estudio. No es casual que la obra comience sus 460 páginas de denso contenido con la presencia del “albañil”-el mejor personaje andino para unir el campo y la ciudad- y el ritual precolombino a la Madre Tierra, con el edificio ultra moderno. Describe aquella noticia susurrada de los entierros humanos en las esquinas de puentes o grandes construcciones en La Paz. La metrópoli orgullosa intentando no mirar a los yatiris del Faro Murillo, a sus ayudantes y artilleros que manejan sus hilos oscuros y profundos.
Ese “catre de fierro” es como un resumen del argumento: catres que existen aún en los alojamientos o en hoteles baratos pueblerinos y que en un tiempo eran signo de grandeza. Catres donde se unen las parejas vinculadas por un juez y un cura y las otras de raptos o juegos clandestinos, donde el victorioso es el mestizaje indómito. Ahí mismo nacerán los vástagos legales, los reconocidos y los achacados. Catres donde morirán los viejos. Colchones olorosos al paso del tiempo, de la abuela, del hijo, de la amante, del bastardo, del orín y del semen.

“Todos habían sido hermanos”
Aunque la novelista despliega una cantidad de nombres intercalados por un tiempo narrativo desordenado y demasiados escenarios rurales y citadinos, el lector atento tiene en las voces narrativas de los personajes secundarios (Matías Mallku, el yatiri, Jorge el huérfano, Nemesio, el preso) el hilo de Adriana para no perderse en el laberinto.
Las mujeres son la columna vertebral que impulsa el desarrollo del relato, sobre todo las más aymaras, las cholas. Clotilde, Dorotea, Justina superan a las patronas y a las universitarias por su fuerza para vencer el abandono como hijas del pongueaje, la violencia sexual, la exclusión e imponerse al final con sus puestos de comida, de bebida, de prostitución o con la venta en el Shopping La Wiphala, en plena Eloy Salmón.
Aunque la trama principal sigue las ambiciones económicas y políticas de los hombres de la familia Veizaga, sus fracasos y sus amoríos frustrados, son estas hembras las que caracterizan a la comunidad que describe Spedding, abigarrada, barroca y compleja, como la foto que acompaña la contraportada del libro.

Voces narrativas
Spedding es siempre original y su escritura no se enmarca en otros autores bolivianos o andinos, aunque reconoce su gusto por el estilo de René Bascopé y Adolfo Cárdenas para describir La Paz, logrando lo más difícil: dar el tono creíble y justo a los personajes andinos y cholos. Probablemente su conocimiento profundo del inglés, del español y del aymara le permite narrar con un lenguaje incorrecto, de sintaxis fatal y lleno de verbos secundarios, tan característico de los collas.
Cada matiz, cada tono, de las voces narrativas, permite imaginarnos el rostro y las actitudes de los miembros de un clan que aparenta ser oligárquico pero no puede esconder su mestizaje real, hasta los tuétanos.
El relato es trágico y a la vez cómico, lleno de detalles de objetos y rituales que compartían las abuelas y las sirvientas de una época decadente y a la vez nueva con la llegada del Movimiento Nacionalista Revolucionario al poder. Una bacinica, vaciada a la madrugada, está tan llena de nostalgias como la tienda siempre semi vacía en una calle pueblerina, atendida por la antigua patrona para evitar aburrirse, para evitar irse a la ciudad donde nadie la conoce.
El mundo oscuro de la Sagárnaga hacia las callejuelas de esa aún desconocida Chuquiago Marka, con sus yatiris y brujos, y Matías se convertirá en un contrapunto a la historia familiar llena de amores esquivos, militancias políticas fracasadas y ambiciones económicas burladas por el comercio informal que gana la partida.
Aunque formalmente aparece como la historia de una larga venganza, de los resentimientos sociales individuales y colectivos, y una novela para encontrar al asesino, la obra es sobre todo un retrato sutil de La Paz. Spedding es capaz de crear personajes reales y no indígenas prefabricados (“buenitos”) o mestizos políticamente correctos o blancos “for export”.

La vida en la hacienda, los viajes a mula en los años 40 por la ruralidad terrateniente, las costumbres, las comidas, las bebidas, la hoja de coca y su influencia, el narcotráfico, las cárceles sin candado, el panóptico de San Pedro, las pensiones, las casas de inquilinos en el centro paceño, la vejez, las muertes, son los otros puntos de apoyo en este libro que ha sido considerado como la mejor novela publicada en Bolivia en el último quinquenio.

domingo, 14 de agosto de 2016

Desde la butaca

Los nazis en Bolivia

Una lectura del libro Los nazis en Bolivia; sus militantes y simpatizantes 1929- 1945 (Plural, 2016), de Irma Lorini.



Lupe Cajías 

El nacionalsocialismo fue una realidad en Bolivia de 1933 y 1945 entre instructores militares, comerciantes, profesores, profesionales y otros alemanes que vivían en el país.
Hubo también simpatizantes bolivianos: políticos y diplomáticos; militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR, 1941), de Falange Socialista Boliviana (FSB, 1937), del Partido Socialista (fundado por Enrique Baldivieso en 1934), además de otros pro nazis que defendían a Hitler en artículos de prensa o reuniones sociales. Casi todos relacionados por la Embajada de Alemania en Bolivia, la cual cumplió el rol de reclutar adeptos y difundir las ideas del nazismo.
Irma Lorini (La Paz, 1942) presentó su nuevo trabajo de investigación en abril: Los nazis en Bolivia; sus militantes y simpatizantes 1929- 1945 (Plural, 2016) dando continuidad a sus obras sobre los partidos políticos y las corrientes nacionalistas surgidas en torno a la Guerra del Chaco.
Ella es historiadora de la Universidad Mayor de San Andrés y forma parte de un grupo de elite dentro de esa carrera tanto por su formación como por su involucramiento en las luchas sociales y el compromiso con la búsqueda de la verdad; además tiene varios otros estudios en universidades latinoamericanas y europeas.
Es descendiente del farmacéutico italiano Doménico Lorini, descubridor del tónico de coca que fue base de la Coca Cola. Creció en ambiente de saberes diversos. Por motivos de persecución política salió a Argentina y luego a Europa donde radica hace años. Vive entre Alemania y Bolivia junto a sus cuatro hijos y varios nietos. Esa doble residencia le ha facilitado la consulta en los archivos oficiales de ese país y verificar la correspondencia sobre Bolivia para este trabajo.
Entre las fuentes aprovechadas están cartas, informes, telegramas encontrados en el Archivo Político del Ministerio de Relaciones de Alemania, en el Archivo General de Alemania y en archivos bolivianos. Ficha noticias de la prensa de la época. Así también acude a los excelentes libros de Antonio Mitre y de León Bieber sobre la colonia alemana en Bolivia a inicios del siglo XX y su significativa influencia en la política y en la economía boliviana.

Propagación del nazismo
Lorini explica el contexto internacional con la llegada del fascismo a Italia, la victoria del franquismo en España y los avances incontenibles del nazismo en Alemania, mientras en América Latina- especialmente en el Cono Sur- se desarrollaban ideas y grupos nacionalistas, antimperialistas, y otras corrientes ideológicas que también entreveraban socialismo, autoritarismo, rechazo a las antiguas oligarquías y a los partidos tradicionales (liberales, conservadores).
En Bolivia las protestas sociales de fines de los años 20 y la respuesta de la rosca minero feudal precipitaron la Guerra del Chaco. Las trincheras fueron simiente fértil para el nacimiento de los partidos políticos que influyeron durante el siglo XX. Falange, el PS, el MNR y las logias militares (Razón de Patria, RADEPA, Estrella de Hierro) fueron los espacios más fructíferos para escuchar y adherirse al pensamiento nazista alemán, sobre todo en su fase del  nacionalismo autoritario.
Lorini indaga el rol de la embajada alemana en Bolivia para ganar adeptos para el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP, por su sigla en alemán); además de los papeles cumplidos por los colegios alemanes, los centros culturales, el Club Alemán que aglutinaban a la importante colonia de comerciantes y profesionales que vivían en La Paz, Oruro, Cochabamba, Santa Cruz (algunos casados con bolivianos y de segunda generación).
Aunque de los 2.000 residentes alemanes en Bolivia apenas unos 200 se convirtieron en propagandistas del nazismo, éstos lograron ocupar espacios estratégicos tanto civiles como militares y políticos. No eran muchos pero eran influyentes.
Lorini describe varios momentos en el Colegio Alemán en La Paz  y en el Centro Escolar Alemán como contactos del régimen de Berlín, pero anuncia para el futuro un estudio más detallado.

El Chaco y el nacionalismo
El primer momento de expansión de los simpatizantes del NSDAP se dio alrededor de la Guerra del Chaco, sobre todo por los resultados adversos para Bolivia. Recuerda Lorini el apoyo militar alemán desde los años 20, incluso con figuras tan emblemáticas como Ernest Rhöm que estuvo entre 1929 y 1930 prestando servicios en el Estado Mayor y luego en reparticiones militares de Sucre, Uyuni y Oruro.
Rhöm militaba en el nacionalsocialismo desde 1923 y en las tendencias más duras. Eran los paramilitares utilizados como fuerzas de choque y representaban una visión de muchos germanos después de la derrota en la Primera Guerra Mundial, el tratado de Versalles, la República de Weimar. El sentimiento de pérdida fue transformado en amenaza para ocupar otra vez Europa y quizá el mundo entero.
Civiles y militares que estuvieron en las arenas del Chaco, tanto en Bolivia como en Paraguay, entendían ese sentimiento, lo compartían y, en el caso boliviano, estaban dispuestos a devolver la “razón de patria”, la dignidad del país. La idea de “nación” reemplazó las antiguas discusiones liberales como la “cuestión del indio”.
Los gobiernos del llamado socialismo militar de David Toro y de Germán Busch (1936- 1939) fueron un preámbulo, interrumpido brevemente durante los gobiernos de Carlos Quintanilla y Enrique Peñaranda (1939- 1943), para luego crecer como fuerza central bajo el régimen de Gualberto Villarroel (1943- 1946). La tendencia nacionalsocialista, incluso con rasgos antisemitas nazistas como lo demuestra el primer programa del MNR, dio el exitoso golpe militar de 1943.
Lorini cita muchas notas de los archivos políticos de la Cancillería alemana donde está clara la simpatía con la que Berlín evaluaba los acontecimientos en Bolivia.
Villarroel fue visto por Washington como aliado al Eje, corriente que también crecía en la Argentina peronista y en Brasil. Ese gobierno se debatió entre su extrema crueldad contra la oposición y una política favorable a los obreros y a los indígenas. Terminó ensangrentado el 21 de julio de 1946. El colgamiento del Presidente y de sus edecanes fue una imitación de lo sucedido poco antes con Benito Mussolini en Italia.
El libro de Lorini se limita a la etapa entre las guerras mundiales y no nombra las herencias fascistas que llegaron hasta los años 80, como la participación de alemanes en el golpe de Hugo Banzer (1971), el refugio a Klaus Barbie/Altmann y su influencia en las Fuerzas Armadas bolivianas o la conspiración de los “Novios de la Muerte” como aliados siniestros de Luis García Mesa.
La obra es novedosa y muy útil, pero una vez más lamentamos que los historiadores no cuiden la redacción. El texto tiene cantidad de faltas de concordancia verbal, de confusión en los tiempos verbales, puntación, e incluso de oraciones sin verbo. No parecen ser solo errores de imprenta. Hay incluso fechas incoherentes.

Otros asuntos tocan al fondo. Por ejemplo, sólo se coloca el apellido de los presidentes o se habla de Tristán Marof sin presentarlo. Sobran los adjetivos y los juicios de valor. Hay mucha repetición de ideas y de datos porque no hubo, aparentemente, una revisión posterior. 

martes, 26 de julio de 2016

Desde la butaca

La crónica redonda de Santiago Espinoza

Un elogioso comentario-entrevista al ganador de un concurso nacional de crónica.



Lupe Cajías 

Unir dos elementos aparentemente tan incompatibles como niños ciegos y un director de cine, es el hilo conductor de la magnífica crónica de Santiago Espinoza sobre su breve encuentro con su admirado Werner Hertzog, que fue premiada en el concurso anual de la Fundación Pedro y Rosa Rivero.
Espinoza (Cochabamba, 1983) cumple la teoría de la narrativa de no ficción y sus potencialidades fácticas con una historia simple, (por suerte, sin ningún gramo de sangre) que logra el suspenso y la novedad con puros datos conocidos. El arte del autor está en el “cómo” contar la historia que vivió una tibia mañana en su ciudad natal. No hay informes extraordinarios, sino un orden pulcro de quien conoce el oficio y sabe conjugar el qué, los quiénes, los dónde y, sobre todo, el cuándo: el tiempo narrativo concebido como la columna vertebral del texto.
El joven escritor y editor de La Ramona, suplemento cultural del diario Opinión, cumple uno de los desafíos más complicados para el cronista, aunque ya Aristóteles lo nombraba como imprescindible: la unidad. Un texto debe hablar de un asunto y de subtemas; no se dispersa en lo mucho que puede saber sobre el mismo, ni abre ventanas a temas que solo rivalizarán con la historia principal. Espinoza se concentra en qué quiere contar, compartir.
La fugaz visita de Hertzog a Cochabamba es el pretexto para rememorar sus filmes, las escenas que ya son parte de la historia del cine mundial, la sensibilidad del artista y del espectador y la ansiedad de un joven que descubrió hace muchos años que así quería que le desmenucen historias de conquistas, conquistadores, barcos, ríos y cantos.
Mas no es el autor quien protagoniza, como suelen caer en la trampa ansiosos escritores, sino que la tensión la dan los colegiales no videntes en un casting que, de inicio a fin, solo puede ser imposible y parte de un realismo mágico que es latinoamericano y también es propio del mismo Hertzog. Y con protagonistas tan singulares, el cronista abarca medio mundo y ese “dónde” es un aula y es el firmamento, Berlín, la Amazonia, Manaos, el Salar de Uyuni, la plaza pueblerina.
Su lenguaje es propio de quien lee mucho, ve mucho cine (del bueno), y escribe con la presión de la redacción en un periódico que hoy es historia y mañana envoltura de zapatos.  Por eso no desperdicia el espacio ni repite datos ni da números innecesarios.
Centrarse en el momento, no solo para darle actualidad a la crónica, sino para tener un piso temporal -el imprescindible presente/ presente de toda crónica- es saber que el tiempo es el que alivia o ahoga la narrativa. Es el mayor puntaje que logra Espinoza.
          
¿Quién es Santiago?
Es periodista cultural, investigador y crítico de cine. Autor, junto con Andrés Laguna, de los libros El cine de la nación clandestina. Aproximación a la producción cinematográfica boliviana de los últimos 25 años (1983-2008) y Una cuestión de fe. Historia (y) crítica del cine boliviano de los últimos 30 años (1980-2010).
Participó también de los libros Insurgencias. Acercamientos críticos a Insurgentes de Jorge Sanjinés (2012), Medios a la vista (2012), De Bolivia con amor: el huayño zapateado (2013), 12 películas fundamentales de Bolivia (2014) y Hora boliviana (2015).
Ganó el Premio Nacional de Periodismo (en categoría prensa) en 2012, el Premio Plurinacional Eduardo Abaroa en Periodismo Cultural (en la categoría de prensa) en 2013 y 2014, el Premio al Buen Periodismo en la categoría crónica de la Asociación de Periodistas de Cochabamba en 2015.
Más allá de la hoja de vida fría, cómo se ve este hombre en medio camino entre el joven que ya no es y el maduro que tampoco alcanza a ser. “La primera película que vi fue una cinta animada en el cine Capitol. No recuerdo el título ni mucho más, pero sí que mi hermana y yo alternábamos la fascinación y el pánico, como si fuéramos un par de esos espectadores parisinos que acudieron a las primeras proyecciones de los hermanos Lumiere, solo que a nosotros no era un tren a punto de arrollarnos lo que nos sobrecogía, sino el trajín de unos equinos colorinches y parlanchines”.
“La oscuridad de la sala nos acobardaba y rogábamos a mis padres porque nos fuéramos de allí, apelando, incluso, a amagos de berrinche. Pero ellos hicieron caso omiso de nuestras súplicas y nos obligaron a terminar de ver la película, como si de una experiencia de vida imprescindible se tratara”.
 “El primer artículo cinematográfico que escribí lo dediqué a la película On the waterfront, que visioné con el aliento suspendido a principios de 2002, en una remota función del cineclub “Lunes de Película”, el único espacio en el que por entonces un cinéfilo cachorro como yo podría corroborar que Marlon Brando fue alguna vez joven y atlético y que había sido un actor inmenso”.
“De entonces a la fecha, no he dejado de escribir artículos y críticas cinematográficas, siempre llevado por el deseo de descifrar y compartir la hipnosis a la que películas como aquella de Elia Kazan suelen conducirnos”.
“En 2012 conseguí acreditarme para cubrir el Festival de San Sebastián, la Semana del Cine de Valladolid y el Festival de Cine Independiente de Barcelona. En ellos encontré la única rutina que considero tolerable, una rutina intensa y atropellada, hecha de visionados sin pausa, de caminatas en rebaño, de compulsiva compra de entradas, de filas sin principio ni fin, de cronometradas ruedas de prensa, de fotografía indiscriminada de ‘estrellas’, de necia espera ante la dichosa alfombra roja y de otros tantos rituales, dignos o no de mención que cumplo con abnegada devoción”.
“Con esto no quiero parecer un primerizo impenitente, sino que, cuando de cine y periodismo se trata, suelo enfrentar las experiencias con ímpetu virginal. Ese ímpetu que activa el deseo de seguir escribiendo sobre películas, la necesidad de consumirse en festivales, la urgencia de seguir buscando teléfonos con altavoces, la posibilidad de hacer prisionero en filmotecas. Ese ímpetu que se renueva sin fin en las pantallas que contienen las imágenes y las palabras en movimiento.”

Dejo a Santiago aún incrédulo, con el principal premio boliviano para una crónica. Se ruboriza porque lo invito a charlas con los alumnos de la Católica, no cree que ellos tendrán interés en su experiencia, no imagina lo mucho que gusta su crónica.

sábado, 11 de junio de 2016

Desde la butaca

En el hammam


Una conmovedora crónica-testimonio de una trascendental experiencia personal.



Lupe Cajías 

Desde que llegué a la edad consciente amé los rituales con agua, las fuentes y tinajas, las formas infinitas de darse un baño con agua clara, las espumas, los perfumes, los aceites de semillas, los inciensos y jabones, las pulpas de frutas tropicales.
Quizá mi herencia marroquí me hizo soñar desde niña con las historias de esas mujeres lavadas con agua de rosas, clara, tibia y perfumada y las toallas de muselina blanca. Muchos son los pintores, sobre todo impresionistas, cautivados por los baños de las mujeres y sus cuerpos mojados. Hay demasiados ejemplos.
El ritual del aseo, de la limpieza, aparece en las culturas con diferentes intensidades y su sofisticación está ligada al desarrollo económico, a la concentración urbana. A lo largo de los años asistí a diferentes formatos, casi siempre relacionados con la limpia espiritual. Los masajes mayas en la costa mexicana, la sala de piscinas doradas en la campiña coreana, el pasaje híbrido en una casa china, el spa de los moros en Granada, el sauna en plena nevada muniquesa, los manantiales en el parque Tairona.
De todo lo que existe, nada se iguala con el hammam de los turcos. Cuenta la escritora turco francesa Kenizé Mourand, hija de princesa y de rajá, su experiencia en el libro autobiográfico De parte de la Princesa Muerta, cuando su abuela la Annedjim Hatitjé Sultana organizó una cita en el hammam del palacio de Ortakoy.
Así como las inglesas se reúnen a tomar té, las turcas se reúnen para compartir un baño. Son recibidas en el vestíbulo con una lluvia de pétalos de rosas. “Tras quitarles sus charchafs, las kalfas las conducen a los tocadores adornados con espejos y flores. Una esclava les trenza los cabellos con largas cintas de oro o plata y se las sube en espirales sobre la cabeza, luego las envuelven en un pestemal, gran toalla de baño finamente bordada y las calzan con coturnos incrustados de nácar”.
Luego entran al salón circular para disfrutar el café al cardamomo que las árabes toman para resistir los grandes calores. Después pasan a las salas de vapor donde las esclavas las bañan, las masajean, depilan y perfuman de pies a cabeza. Todo es de mármol blanco hasta salir a la piscina de agua fresca y de ahí a tenderse en la sala de reposo, llena de flores, donde disfrutan bebidas de violetas. “Tendidas voluptuosamente saborean sus sorbetes”.
El hammam está relacionado con el esoterismo. Uno de los maestros del Cuarto Camino George Gurdjief escribe sobre la necesidad de disfrutar esos baños dentro del trabajo interno con uno mismo. Cuenta en su texto Relatos de Belzebú a su nieto que estos locales fueron inventados por un asiático en tiempos antiguos.
La importancia de la respiración no es un proceso solo nasal sino a través de la piel y en el baño turco se elimina lo que no sirve y se recibe lo que nutre. El invento de la vestimenta obstaculizó el proceso natural y por eso Amambaklutre se fijó en que la acumulación de grasas en la piel causaba muchas enfermedades. La asistencia regular al hammam ayuda al equilibrio.
Gurdjieff relaciona la eliminación de esa grasa de los poros en el cuerpo con la limpieza más profunda de todo el ser y por ello para comunidades espirituales es vital asistir al hammam (él instaló uno en su escuela en Francia). En cambio, los europeos despiden un tufillo por no asistir a esos locales (escribe en 1930) y lamenta que inclusive alienten su clausura en sus colonias porque lo consideran “indecente”.
El hammam es un lugar que todos deberíamos disfrutar. En Estambul hay algunos de estos sitios que datan de 1450 y conservan la misma estructura aunque regularmente se renuevan cañerías y se modernizan las comodidades. En casi todos hay un horario para mujeres y otro para hombres.
Prefiero un hammam que aún funciona en la construcción complementaria a la mezquita azul. Antiguamente, las esclavas o doncellas y hasta algún eunuco se especializaban en bañar a las sultanas y sus amigas o parientes. Actualmente, hay un personal calificado y hay que reservar hora porque una kalfa estará encargada de todo el ritual. En algunos casos, las amigas intercambian roles y una baña a la otra y viceversas, en un juego casi erótico, lleno de risitas y murmullos, que se da donde existen comunidades turcas.
El hammam tiene la misma forma de una mezquita y la luz y el aire entran por aperturas en la parte altísima del techo, en forma de estrellas, técnica que permite circular al aire y da luminosidad sin requerir vidrios ni cerrojos.
La puerta está abierta. Nadie toca timbre o golpea porque desde el umbral se respeta el silencio y el misterio. Cada cual sabe su hora y su turno. Entro al vestíbulo, donde en voz baja me entrega el pestemal color marfil, una tanga desechable, suaves sandalias y me indica el rincón con casilleros. Mientras hago un primer contacto visual con las otras visitas, sin hablar, compartiendo un té de naranja y jengibre.
La muchacha que funciona como mi kalfa (antigua dama de honor en el palacio) se inclina con respeto y me guía hasta un patio. Me pone en cuchillas mientras me lanza chorros de agua helada, luego tibia, fría, otra vez helada, calentita, sin dejarme ni suspirar. Me sorprende cómo siempre empieza por los pies y así mantengo la temperatura adecuada.
Después paso a la sala del vapor donde una gran piedra de mármol, octagonal, recibe los cuerpos de todas, desnudas, mojadas, sin frío, sin calor, frescas. Cada tanto vuelve la kalfa para invitarme una limonada helada. Sin darme cuenta, mi cuerpo suda, sin sentir el sofoco del sauna.
La piel se abre. Contemplo a mis compañeras, me maravillo de la perfección de sus formas, bromeo conmigo misma: “con razón se esconden detrás de tantos velos”. El tono de sus vientres es dorado, senos perfectos y pezones muy oscuros. Unas tienen ojos negros pero otras lucen ojos muy claros. Y los cabellos… mejor dicho las cabelleras…. Hermosísimas, caobas, negras, largas, atadas con su mismo cabello o con horquillas coloridas, o sueltas, salpicando agua.
Me siento en un ambiente sensual y pulcro, de cuerpos expuestos sin grosería ni maldad. La muchacha me invita a pasar a un poyo de piedra y otra vez me sienta de cuclillas. Recién me doy cuenta que sudo a borbotones. Me pregunta si me siento bien, le dijo que estoy bien y feliz. Comienza a exfoliarme desde los pequeños dedos de cada pie, con una esponja de mar mientras los sistemas del agua que fluye constantemente se llevan mis escamas. Me asombro, se ríe, es “normal” me consuela. Siento que por primera vez limpio mi cuerpo.
Sigue frotándome. Me sorprende no sentir frío ni calor, aunque estoy sobre una piedra y en una postura que en otro momento sería incómoda. Me toma la cabeza y la revuelve. Sus duras manos no me hacen daño. Después frota con jabón de lavanda un delgado tul y así produce mucha espuma que cae poco a poco sobre mi cuerpo llevándose los restos de las escamas.
Muchas veces frota el jabón en su tul y me lo pasa por la cabeza, los hombros, la espalda, las piernas. Siento una calidez extraña. Agarra mi cabello y lo frota con otro líquido aromático, no con cuidado, casi con torpeza, apretando grandes porciones de mechones. Lo enjuaga con agua helada. Al final pasa algo suave por mi cara. Estamos listas, me dice, mientras me envuelve en otro pestemal, esta vez color malva.
Me toco los brazos sin poder acreditar en la suavidad de mi piel ya sexagenaria. Paso a un saloncito donde me orea con otra toalla el cabello y me invita al descanso. Vuelvo al vestíbulo donde me espera un largo diván de fina seda verde mar con almohadones y cojines de tonos claros para apoyar mi cabeza, mis brazos, los pies. Recuerdo la imagen de la Odalisca en el Museo de París.
En silencio comparto un té caliente, con algo de canela y clavo de olor. Puedo quedarme el rato que desee, me informan.
Duermo un poco, divisando el cielo azul que se asoma por las estrellas de la bóveda, allá en lo alto. Imagino cómo estará el bello Bósforo, el Puente de Gálata a esta hora.
Al final paso al masaje con los aceites perfumados. Esta vez es un hombre, blanco y de pelo negrísimo, el encargado de recorrer todo mi cuerpo con sus pulgares para reventar los últimos grumos que aparecen por mis venas, no sé ni desde cuándo. Frota la cabeza para ahuyentar recuerdos negativos y me dejar dormitar otro poco.
Al salir no puedo creer cómo floto. Me voy a rezar a la mezquita, detrás del sitio reservado a las mujeres. Miro los arabescos, tantos mosaicos perfectamente trabajados, me siento en la alfombra sin zapatos. Siento a mis antepasados.
Entiendo ahora por qué ellos aman su hammam y por qué aquellos lo prohibieron.


sábado, 30 de abril de 2016

Desde la butaca

En busca de Fitzcarraldo



Sumergiéndonos en las caudalosas aguas de los ríos del Amazonas, tras el mito de Fitzcarraldo y con Caruso de sound track.


Lupe Cajías

Recorrer el Amazonas es el sueño de todo viajero, de todo caminante, de todo aventurero, aunque a veces hay que esperar cinco décadas para cumplirlo y ver desde los propios ojos los relatos fantásticos de las enormes víboras, de las mujeres sin pezones, de las aguas intranquilas.
Las primeras ilustraciones inolvidables de mi niñez son aquellos grabados de “Tesoros de la juventud” en los cuales las lianas entreveraban hojas de inmensos mangos y almendros y la maleza desbordante tapaba la luz del sol. Detrás, vigilaba una hembra desnuda de pupilas embrujadas, como en la pintura naif de Henri Rousseau.
Y la siringa, tan nombrada en los libros de historia, en el verso de Pedro Schimose, polka que cantaba Luis Rico, o versión de Los Castañeros de Riberalta, tal como la recuerdo:
“Siringuero, coge tu cuchilla y tu tichel, / échate a la espalda tu morral. / Junto con la aurora corre y vuela / que las aves ya cantaron, amanece en el gomal. // Siringuero, sangra tu existencia en la madera, / llora el árbol tu desolación. / Corre, corre  que allá en la tapera, / el hambre te espera con la desesperación. / En la goma ha muerto tu alegría, en bolachas negras tú te vas, /  florece mi cantar en tu agonía y has encadenado el día por orden del capataz… // En tu piel la rosa se marchita, / vuelas con el humo y el temor. / Quítale al gomal lo que te quita, / grita como a ti te gritan, quienes siembran el dolor”.
Parecía historia de otro mundo. Fue en los gomales cerca del Madre de Dios donde por primera vez, hace ya muchísimos años, escuché retazos de la biografía de un “alemán”, Fitzcarraldo y la novia paralítica que había abandonado en plena floresta para que muera ahogada en sus propios alaridos. Aquel campesino de ojos claros, al que el patrón le había cortado el dedo meñique de la mano derecha, me aseguró que el aventurero murió en territorio boliviano, ya enloquecido.
A los tres años de esa primera excursión vi el filme de Werner Hertzog, Fitzcarraldo (1982) y la figura sublime y despiadada de su personaje encarnado en Klaus Kinski quedó para siempre entrampada en mi memoria y en la promesa de recorrer su trayecto buscando a la bella Claudia y a Enrico Carusso. Datos que confirmé en otros textos, desde la novelística de Mario Vargas Llosa, la historia de la ópera, los recuerdos de Guillermo Aponte Burela y folletos en portugués.
Cada que pasaba por la capital y veía en el panel de vuelos la salida de algún avión a Iquitos renovaba la promesa de conocer el departamento de Loreto. Iquitos, Cachuela Esperanza, Manaus, escenarios de lujos y miserias, donde lo social se entrampa con la ficción, más atractiva que las estadísticas del horror y la muerte de miles de siringueros.

Con Fitzcarraldo por el Amazonas
Iquitos es una preciosa ciudad al norte de Lima, la selva poco transitada de un país que fue fundamentalmente costero y andino y aún ahora son pocos los peruanos que la visitan, un siglo después de su apogeo.
La población es tranquila y amable, más mestiza que originaria y con fuerte presencia serrana en el comercio y la gastronomía. Asombra ver en las veredas a los indígenas, obligados a abandonar su hábitat y convertidos en mendigos alcoholizados o prostituidos por un sistema que los engulle sin compasión. Aunque ahí radican la mayoría de las diversas etnias de tierras bajas, los originarios tienden a desaparecer y los indicadores socioeconómicos son muy inferiores al resto del país.
El centro mantiene casas solariegas con balconcillos a la calle, patios y zaguanes de madera, altas paredes y complejas celosías para defender a los pobladores de la implacable canícula y del polvo esparcido.
En muchos locales se exhiben afiches con el rostro crispado de Fitzcarraldo/Klinski, pero solo uno asegura que ahí moró el verdadero aventurero, un irlandés, Brian Sweneey Fitzgerald, quien castellanizó y facilitó su nombre al simple y famoso apodo, “Fitzcarraldo”. Hay quienes señalan que en realidad era un peruano normal, de origen irlandés y más bien su nombre común, Carlos, se convirtió en portada de su fantástica aventura.
Atraído como tantos por la riqueza del caucho a fines del siglo XIX, al final fue ganado por la selva, como si fuese el personaje de La vorágine de José Eustasio Rivera; de hecho, Leticia y los escenarios que usa el colombiano están cruzando el río, infestado de crónicas rojas y amores violentos.
Cuenta la leyenda su obsesión por la música, por Caruso, hasta que llegó hasta Manaus, para tratar de verlo y traerlo a sus propios dominios. Para construir un teatro con la acústica de Milán necesitaba mucho dinero. Inventó el famoso traslado del barco de 30 toneladas a través de los pantanos y manglares, en 1894, desde la cuenca del Ucayali hacia el encuentro con los ríos Beni y Madre de Dios y al encontrar esa salida se convirtió de extravagante despreciado en un rico empresario.
La aventura contada en el filme de forma auténtica y sin efectos especiales, a costa de enfermedades tropicales, peleas inacabables y muchísimos marcos alemanes, representa la mejor obra de Hertzog y una de las películas imprescindibles del cine mundial. La música, como no podía ser de otra manera, completó la monumental cinta, premiada en todas partes, con extractos del Popol Vuh y la propia voz de Caruso, el más grande tenor del siglo.
Hertzog estuvo hace poco en Bolivia y visitó el Salar de Uyuni; a nadie se le ocurrió llevarlo al otro extremo, donde el calor aún derrite la siringa en las tijelas; o quizá él nunca más quiera escuchar sobre los gomales endemoniados.
Actualmente, el vapor está refaccionado y es posible visitar los aposentos con el catre solitario, el comedor, las fotos terribles de caucheros y de sus trabajadores esclavizados, abanicos para las mujeres llegadas de Nápoles, cartas para esperar la tarde, bares en la popa,  y una foto en altamar del que sería Isaías Fermín Fitzcarrald. Se dice que murió ahogado en 1897.
El momento emocionante es cuando su sirena aguda anuncia que sube el ancla y comienza el recorrido por el Amazonas, primero tranquilo, casi delgado, más tarde amplio como el mar, azulado y gris.

En el frontis se proyecta la película y Fitzcarraldo se convierte en el capitán, con sus gestos y con sus gritos. Al sonido de las olas se suma el alto parlante y Enrico Caruso, con Verdi y Puccini enciende emocionado el rojo de la tarde tropical en un momento único, de aquellos que uno sabe que jamás podrá volver a vivir.

martes, 8 de marzo de 2016

Desde la butaca

Vientos del sur, una orilla de la patria


Reseña de un libro de la historiadora María Elena Chambi, sobre la población fronteriza de Villazón.


Lupe Cajías 

Nadie puede asegurar que existe la borrasca hasta que camina por Villazón, en ese lejanísimo punto del territorio boliviano donde termina uno de los espacios más complejos del paisaje nacional, desde el Salar de Uyuni, los valles chicheños, los cerros rojos hasta el páramo de la frontera sur.
Parecería que ahí solo existen los tonos pardos y carmelitas y recién empieza el brillo al cruzar ese mítico puente lleno de hormigas apuradas, cargadas de bolsas y petacas hasta las primeras plantaciones de caña.
Sé que mi abuelo, el pionero veterinario José Cajías Portugal, fue enviado por el Estado en los años 30 para ayudar a los ganaderos primerizos y ahí quedó la lápida de una de sus esposas, la beniana Mercedes afectada por el frío y el vacío del horizonte.
Nadie va a esos lados de vacaciones, solo transitan los fenicios del altiplano y los migrantes que retornan por las fiestas. La población habituada a trotar encima de los 3.500 metros sobre el nivel del mar conoció épocas de libras esterlinas; de grandes almacenes cuidando las importaciones europeas que el tren llevaba hasta Oruro o La Paz. Mucho depende de la situación argentina para ver cómo unos compran y otros venden o viceversa, pero siempre en intenso intercambio.
Alguna vez ensayé encuentros fronterizos para conocernos mejor entre los seres humanos que estamos divididos artificialmente por una línea de puntos y rayas que solo existe para la burocracia y la guerra y no para el amor o para el festejo. Fue grata experiencia almorzar entre todos y encontrar a un antiguo vecino que recordaba mi gusto por sacarme el zapato mientras converso.
Llegué por allá en tren destartalado, en pequeño vehículo y otra vez, de indeseable recuerdo, en vieja flota desde Tarija. Siempre una aventura y una amabilidad y por ello anoto este largo preámbulo para comentar una de mis lecturas de fin de año: Vientos del sur, de la historiadora María Elena Chambi Cáceres.

Los nuevos pueblos
Aunque la presencia precolombina y el paso de los conquistadores hispanos dejaron sus huellas por esos lares, Villazón fue oficialmente fundada el 20 de mayo de 1910.
El extenso territorio era conocido como la Hacienda Mojo en la época colonial y pertenecía a Su Majestad Felipe II, de lo cual todavía hay indicios. Sin embargo, fue desde mediados del siglo XIX que el flamante abogado y terrateniente Juan José Escalier ligó el destino de ese espacio con el resto del país.
Compró fincas en Lampaya, Quellaja y Cuartos y sus negocios agrícolas prosperaron pronto pues entregaba sus frutos a las minas de José Avelino Aramayo, chicheño que ya era uno de los patriarcas de la plata.
Escalier se casó con Carmen de Villegas, con quien tuvo tres hijos: Juan, Carlota y José María, quienes también unieron sus destinos a los del país en una de las épocas de mayores cambios nacionales. El menor fue el más inquieto y a la postre el único heredero; con estudios para ejercer la medicina en Buenos Aires, también se ocupó de las haciendas y de relacionarse con sus amigos liberales como José Manuel Pando, Ismael Montes, Eliodoro Villazón.
En 1900 se realizó un primer censo en todo el país y los encuestadores llegaron a Mojo, Moraya, Sorocha, Nazareno, Esmoraca y Estarca, nombres que aún en este siglo retumban como aquello misterioso y desconocido. En la hacienda de los Escalier se registraron 44 blancos, 163 mestizos artesanos y chicheros y 1.185 indígenas, casi todos agricultores sometidos al patrón. También ahí moraban argentinos y chilenos, algunos dueños de fincas.
Chambi describe con detalles los viajes desde Tupiza o desde Atocha hasta Villazón, el correo, el paso de los vendedores turcos, los primeros servicios de transporte público, la llegada de alemanes y de italianos, las diligencias y las tareas de la primera Junta Impulsora del Camino de Automóviles. El acceso que tuvo la autora a documentos de fuentes primarias nos permite conocer la dinámica de ese pueblo y de sus vecinos del sur en las primeras décadas del siglo XX. Impresiona la cantidad de apellidos europeos que poblaron sus primeras casas solariegas.
En 1918 se fundó la primera escuela en Villazón y se abrieron nuevos centros de abasto. Sin embargo, nada dio mayor empuje al flamante poblado que la estación del ferrocarril Villazón-Atocha, licitada por Ismael Montes con características de un amplio servicio para pasajeros y para carga, sobre todo mineral, y para conectarse a los mares a través de su similar argentino. Aunque la construcción demandó la intervención de varias empresas extranjeras, el resultado final fue el esperado y tanto Aramayo como Escalier lograron que el tren favoreciera a sus propios intereses.
Pronto se les unieron otros comerciantes prósperos como Mauricio Hoschild. Más tarde también empresas alemanas construyeron sus centrales en Villazón para concentrar sus importaciones de diversos productos que luego distribuirían por las principales ciudades y centros mineros; una de las más importantes fue HANSA y las familias Bauer y Killmann unieron parte de su historia a la pequeña villa hasta muy entrado el siglo XX.
El crecimiento poblacional impulsó la creación de una sección municipal, más tarde de una nueva provincia. El puesto fronterizo enfrentó, como el resto del país, momentos de zozobra durante la Guerra del Chaco, las conspiraciones nacionalistas, las dictaduras y la persecución y huída de un sinnúmero de perseguidos políticos; así también gozó apogeo, sobre todo como centro de abastecimiento para Telemayu, Ánimas, Tupiza, Chorolque, o como paso de mercadería argentina y de ultramar. También sufrió periodos de decadencia, como durante la época de la hiperinflación.

Algunos apuntes más
Algo novedoso de Vientos del sur es la breve biografía de Roberto Hinojoza, el periodista colgado en la euforia del 21 de julio de 1946. Esa figura fue opacada por la importancia de los otros ahorcados, pero no fue casual su adhesión al gobierno de Gualberto Villarroel; Hinojoza se adhirió al lema “Tierras al indio” y para financiar su causa no dudó en realizar asaltos a las empresas más prósperas que tenían tiendas en Villazón. Difundió la necesidad de nacionalizar las minas, los yacimientos petrolíferos, los ferrocarriles, los bienes de la Iglesia, la abolición del pongueaje.
Villazón también fue una de las sedes del conjunto teatral “Nuevos Horizontes” y del grupo de jóvenes anarquistas que proclamaba la liberación de los oprimidos a través del arte y de la cultura. Tuvo una radio alternativa a las grandes cadenas y sus propios medios de comunicación antes que otros pueblos.
El libro de María Elena Chambi Cáceres tiene datos inéditos porque la autora investigó sobre todo en archivos legislativos y documentales, además de citar libros de historia boliviana.
Sin embargo, el estudio no fue revisado lo suficiente por lo que tiene demasiados errores gramaticales y está redactado con tiempos verbales inadecuados; el uso exagerado del “había” propio del habla cotidiana de los bolivianos es incorrecto para una publicación.
La edición tiene fallas, de hecho mi ejemplar carece de 10 hojas (50 a 61). Un lector no boliviano tendrá dificultad para reconocer el lugar pues no hay datos geográficos completos y tampoco un mapa, que tanto podría ayudar.
En caso de una nueva edición, la autora debe corregir estos defectos y pulir los pies de texto que acompañan las fotos para no desmerecer su interesante investigación.

lunes, 25 de enero de 2016

Desde la butaca

Pensión Ruiz: una historia de nostalgias

Reseña de la novela La Pensión Ruiz, la fiebre blanca y el escritor en busca del tema, de Fernando Andrade Ruiz.



Lupe Cajías 

Es difícil encontrar una palabra certera para resumir el significado de las pensiones de inicios y mediados pasado siglo que daban cobijo -cama y pan- a solitarios, viudas, migrantes, estudiantes, y que eran pequeños mundos con gran cantidad de biografías que resumían las variantes de la naturaleza humana.
En la novela La Pensión Ruiz, la fiebre blanca y el escritor en busca del tema, el profesor, periodista y escritor Fernando Andrade Ruiz, intenta reflejar esas ciudadelas con los recuerdos entreverados de la famosa Pensión Ruiz de su familia, la cual funcionó en Sopocachi y en la zona norte, por el Parque Riosinho con extensiones inesperadas hacia otros lugares donde habitaba algún miembro de la familia Ruiz.
Su madre administró un hospedaje para estudiantes en la calle Aspiazu, donde acudió mi padre Huáscar Cajías Kaufmann en su retorno a la patria después de morar parte de su niñez y adolescencia en Buenos Aires, también en una residencial. Por ese dato, escuché chismes y comentarios del concurrido albergue y de sus clientes, que se fueron trasladando a la Sánchez Lima y más tarde a la Avenida Ecuador.
Según recuerdan los comensales de la Pensión Ruiz era tan grato comer los platillos criollos gustosos, como a la vez compartir tertulias sobre las noticias, obras literarias, historia boliviana, poesías y algo de política.

No es hotel ni motel
Las pensiones con servicio de alojamiento y alimentación solían ser antiguas casonas, sobre todo en el centro urbano, de familias aristocráticas con necesidades económicas, que las adaptaban para inquilinos. Por ello, una vivienda acomodaba una docena o más personas, según el número y tamaño de los cuartos. Tenían el subletrero de “residenciales” para aclarar mejor sus funciones. Son estos detalles que guían a Andrade a introducirnos en la pequeña colonia de los Ruiz.
No eran conventillos, como los famosos garajes acomodados con cuartuchos precarios, a veces de cartón, que tenían un solo dueño y varias familias convertían el espacio en un “barrio cerrado”, con un patio central, un baño compartido, una lavandería común, decenas de cuerdas para colgar la ropa y cocinillas en los rincones. Los niños correteaban, mientras los mayorcitos asistían a la escuela de la zona, no faltaban beneméritos y alguna que otra prostituta disimulada.
Las pensiones tampoco tenían las características de un hotel pues no eran un lugar de paso y los inquilinos solían permanecer al menos un año, como muchos estudiantes llegados del interior. Cada procedencia tenía una zona preferida que se reflejaba en centros de residentes de cochalas o de cambas y se delataba con restaurantes con nombres elocuentes como “Punata” o “Rincón Oriental”.
No hay que confundir las pensiones con moteles o casas de cita que alquilan cuartos a meretrices para que ejerzan su trabajo sin mucho ruido ni escándalo, conviviendo también con otro tipo de inquilinos, casi siempre empleados solterones. O los moteles que son el ambiente de paso más violento y que recibe alquileres por algunas horas.
Las pensiones, hoy en decadencia, eran una especie de hogares sustitutos. Fernando Andrade describe certeramente a esos alojamientos en este texto novelado: La Pensión Ruiz, la fiebre blanca y el escritor en busca del tema, desde su esplendor hasta su decadencia.
La Pensión (Residencial) Ruiz ofrecía una cama y dormitorio en un cuarto seguro o en medio de la sala, si así insistía un necesitado, como pasa con el escritor no inspirado, protagonista de la obra. Todos compartían un mismo baño, con excusado y lavamanos y desfilaban por la mañana la oficinista, el play boy, la esposa, las estudiantes, con su tolla en mano, jaboncillo y cepillo de dientes. El papel para afanes secretos solía ser un pedazo de periódico pasado. Los pensionistas se bañaban en duchas públicas de la zona una o dos veces por semana.

Un relato muy paceño
Los dueños de la Pensión Ruiz ofrecían desayuno, almuerzo, cena y hasta merienda a sus inquilinos. Este era un asunto fundamental para dar la añorada sensación de hogar a los que salían a trabajar o a estudiar y retornaban para almorzar compartiendo entre todos la hora del noticiero. Por la noche, los pensionistas escuchaban la radionovela o algún programa ameno para que todos comenten, tantas veces con vehemencia o ira.
Los dueños no tenían muchos privilegios, salvo algún otro cuarto como un costurero o una salita pequeña y su propia vida transcurría sin intimidad y alrededor de la cantidad de pensionistas. Los Ruiz tenían la responsabilidad de preparar el menú semanal, tomar las previsiones para las compras diarias en el mercado popular, los pagos puntuales para los servicios de luz o de agua, los arreglos domésticos y todas esas otras tareas.
Las sirvientas y cocineras eran parte del enjambre humano que compartía alegrías, desesperanzas y confusiones.
Andrade desarrolla personajes muy típicos de la paceñidad, con sus gustos culinarios, su vestimenta, sus costumbres, pero sobre todo por una actitud atrevida ante la vida. Cada uno de ellos, desde el dueño don Celso, la esposa capaz de ordenar casa y finanzas, las hijas, los yernos son muy característicos de una familia criolla. Don Celso está inspirado en su abuelo, el escritor Víctor Ruiz, una entrañable personalidad para los salones paceños de los años 50.
Muchos detalles son autobiográficos, como la muerte del hermano mayor de los Ruiz o el asesinato de Fidel, el padre de Fernando y uno de los caídos en el Cuartel Sucre en 1959.
El rol de cada inquilino está plenamente justificado, aunque hay asuntos que podrían sobrar como el tesoro con las momias o los asuntos de las muchachas estudiantes. En cambio, son memorables las referencias a la radionovela o los afanes del escritor por conseguir un tema para su novela.

Es un libro para conocer el alma sorprendente de los paceños bien paceños.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Desde la butaca

La decadencia del Museo Nacional de Arte


A partir de evocaciones, datos y evidencias, la autora hace una dura crítica a los administradores del repositorio paceño y de paso se lamenta por la imagen de Plaza Murillo.



Lupe Cajías

En medio de tantos desaciertos del directorio de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, podría pasar inadvertida la decadencia física y de contenidos del Museo Nacional de Arte, el principal repositorio de artes plásticas en La Paz y uno de los más importantes del país. Sin embargo, quienes hemos seguido a ese cultivado escenario no podemos quedar indiferentes y callar ante su maltrato.

Una casona colonial
La vivienda original de Francisco Tadeo Diez de Medina, barroco mestiza, fue desatendida hasta 1960, cuando fue recuperada por el Estado para guardar ahí colecciones de artistas nacionales, desde la Colonia hasta la época contemporánea. Queda en la esquina de la calle Comercio y Socabaya, frente a la Catedral de Nuestra Señora de La Paz y sus bellas arquerías adornan esa encrucijada.
Hace varios años pasó a tuición de la FC-BCB, institución que tenía recursos y reunía a personas con experiencia para mejorar la administración de los museos bolivianos. La época dorada del trabajo interno y externo del MNA fue bajo el impulso de gestoras como Teresa Neiva y Norma Campos, además de una la larga lista de académicos y trabajadores que ayudaron a ponerlo en el primer sitial nacional y como referencia principal para entender el desarrollo de la pintura en Bolivia. 
Semanal o quincenalmente organizaban impecables muestras, ordenadas bajo un concepto y con folletos ilustrativos. Por ejemplo, el retrato en el siglo XIX, o el Illimani entre los pintores vanguardistas, o el paisaje del altiplano entre pintores post 52. También hubo retrospectivas extraordinarias de María Luisa Pacheco o de Cecilio Guzmán de Rojas, siempre con suficientes datos textuales para ubicar al espectador.
Por otro lado, el MNA cedía su espacio para conferencias para conciertos. Hace tres décadas daban conciertos matinales en domingo, exquisita experiencia que transportaba al siglo XVIII mientras tañían la hora nona en la catedral. Ahí escuché por primera vez a los niños de Urubichá y más tarde otros conciertos del recuperado pasado musical barroco. El patio de piedra y aljibe y los arcos alegrados con geranios florecidos y cuidados eran butacas melancólicas e inolvidables.
El museo cuenta con una amplia colección de pintores coloniales, aquellas firmas que fundaron las escuelas de Potosí y de La Paz. Anualmente iba a ver a Melchor Pérez Holguín o los lienzos anónimos de la escuela cuzqueña y pequeñas obras de arte. No hay excursión más simpática que ser turista en la propia ciudad pues así uno se detiene a mirarla mejor.
En varias ocasiones incluía en esos paseos a mis hijos, a mis sobrinas, a colegas visitantes, a compañeras deportistas, o a alumnos. Los paceños no visitan las exposiciones permanentes, ni siquiera en la época colegial o universitaria. En la segunda planta del MNA lucían con marcos dorados esas señales bellas de la herencia española.
Examinar la obra de Arturo Borda, por nombrar a uno de los importantes autores de la primera mitad del siglo XX, llena el espíritu; sus famosas obras sobre la victoria del arte o sobre el yatiri y el paisaje imponente paceño provocaban año tras año el goce que nos da lo estético y profundo.
En 1993 me tocó iniciar la negociación para intercambiar la sede histórica de la Asociación de Periodistas de La Paz con otras oficinas públicas con el objetivo de ampliar las salas de exposición ante la demanda del público. Los directivos de la FC-BCB de entonces emprendieron un gran reto con otras casonas y museos para completar los repositorios nacionales.
Los periodistas perdíamos el cariño acumulado en siete décadas de paso por la Comercio, a cambio de apoyar al Estado que quería dar más oportunidades a la cultura y también fortalecer una de las grandes fuentes de turismo como son los museos. Fue una buena razón y así lo comprendieron los socios que aceptaron el traslado.
La ampliación ayudó a fomentar más salas con exposiciones contemporáneas de artistas locales, nacionales y extranjeros y muchas muestras auspiciadas por las embajadas acreditadas en nuestro país, además de otras actividades culturales.
El MNA, como otros recintos similares, se modernizó con una tienda para ofrecer recuerdos de obras emblemáticas, en postales o camisetas, carteras o afiches. Los famosos Ángeles de Catamarca eran los más requeridos. Ésta es una fuente de ingresos propios en los museos del mundo.
Comenzó a funcionar una confitería con ofertas sencillas para calmar la sed del forastero o tentar a una merienda al transeúnte, y como lugar de encuentros entre gente vinculada al mundo de las ideas y de la creación.
Esta actividad, junto al empuje de los administradores del Hotel Torino que recuperaron esa otra casa colonial vecina para el arte y la convivencia con olor a personajes y decorados del ayer, permitió soñar en la recuperación de la Plaza Murillo y del centro histórico urbano para el goce cultural.

Una plaza más y más fea
En cambio ahora, la Plaza Murillo está cada vez más fea y hostil. Los habitantes de La Paz hemos dejado que avance una equivocada idea de populismo, además del ambiente conflictivo que no cesa en estos 10 años. Por lo menos cinco días al mes, la plaza está cerrada para impedir la llegada de alguna protesta social y regularmente es invadida por grupos de choque oficialistas para agitar cualquier actividad política.
Este ambiente influye para la ausencia de bonitos locales como sucede en otras partes. Panamá recuperó su centro histórico con ofertas gastronómicas y culturales al aire libre; Lima con la apertura de sucursales de los restaurantes de famosos chefs y paseos a conventos; Bogotá con librerías y cafeterías en los balcones; Cuzco, Quito, Río de Janeiro… ¿Quién va invertir en La Paz? Una modesta pizzería, salteñas al paso, galletas en un kiosco, eso es todo.
En medio de ese contexto desprolijo, la FC-BCB y Galo Coca, director del MNA decidieron cubrir las piedras barrocas de la fachada del Museo con un rosado chillón, pintura barata, ya agrietada y manchada con heces de palomas. Si quisieron ser “plurinacionales” podrían empezar por otra esquina. Actualmente albañiles trabajan en alguna remodelación que no se sabe dónde terminará, pero no hay buenos augurios.
Lo más decadente son las exposiciones, hechas al estilo masista, improvisadas, con papelitos sueltos, sin folletos ni explicaciones. Los bellos dibujos de Guzmán de Rojas se pierden en el ingreso mientras en la sala mejor iluminada cuelgan las de otros menos importantes. Hay una obra del famoso mexicano Cuevas u otra de Obregón, sin ninguna explicación o concepto. ¿Cuál es el orden, por qué se mixturan generaciones, procedencias, cómo se entera un turista de quién es Borda, bajo el título de “el dibujo en las colecciones del MNA?”.

Un desastre y no hay esperanza de mejora. Dar importancia a la cultura es muy neoliberal, salvo a los prestes. La politización y el favoritismo en la FC-BCB y por tanto del MNA son la principal causa del derrumbe de una institución que costó tantos esfuerzos económicos y humanos.