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sábado, 10 de enero de 2015

Ojo de Vid

Cocina boliviana “con sabor a clandestino”

Reproducimos fragmentos del prólogo del libro Con sabor a clandestino (Kipus, 2015), de Marco Antonio Quelca, de próxima aparición.



Ramón Rocha Monroy (El Ojo de Vidrio)

Pocos libros he leído más interesantes que Con sabor a clandestino, de Marco Antonio Quelca. Me remitió de inmediato a Marinetti, que no era un chef de cocina sino un gourmet, pero consideraba el oficio coquinario como una de las bellas artes.
Marinetti quería establecer una cocina humana, la cual, como todas las artes, “excluye el plagio y exige la originalidad creadora”. En esa línea, la pretensión constante de Quelca es sublimar los recuerdos de su infancia pobre en las laderas de Cotahuma y la dieta de carbohidratos a la cual lo sometía la pobreza. Quizá por eso busca la calidad en lugar de la cantidad: abolición del volumen y del peso y de la mediocridad de lo cotidiano en los placeres del paladar.
Uno piensa inevitablemente en el proyecto de Marinetti de sustituir el vientre lleno, producto de exigencias primarias, por el vientre estético, que es una resolución artística de la necesidad corporal. Un cuerpo bello, fuerte, equilibrado, musculoso, animal y mecánico significaría la transmutación del pueblo en elite y dejaría en él la impresión de comer obras de arte.
Quelca, como Marinetti, ataca todos los sentidos. El primero: la vista, el placer de ver, que a veces incluye platos e ingredientes sólo destinados a ser vistos y no ingeridos. Luego el tacto, que suprime tenedores y cuchillos; el olfato, que utiliza aromas naturales y perfumes exteriores. “Esencias combinadas se propagarán, pues, durante las comidas. Serán cuidadosamente seleccionadas por sus cualidades armónicas con los colores, formas y cualidades de los platos que se presentan”, decía Marinetti.
El oído exige música asociada al sabor y no debe ser perturbado por la elocuencia, la charla trivial o política en la mesa. “Un bocado resumirá todo un tramo de una vida, el desarrollo de una pasión amorosa o un viaje al Extremo Oriente”.
Marinetti comenzó sus manifiestos futuristas en 1930 en Turín; Quelca es joven, pero ha acumulado una experiencia increíble desde sus primeros cursos en la Escuela de Hotelería de La Paz, su incursión en un hotel de cinco estrellas en Santa Cruz, su larga estadía en Islas Canarias y sus experiencias en Europa, que no le hacen olvidar sus raíces y, por el contrario, las acentúan con una expresión nueva y artística.
Como en el caso del italiano, los banquetes que propone Quelca están sembrados de platos con nombres poéticos. En el caso de Marinetti, el porexcitado, “un salchichón crudo pelado servido directamente en un plato que contiene café muy caliente mezclado con una gran cantidad de agua de Colonia”.
El aeroplato: a la derecha, aceitunas negras, corazones de hinojos y quinotos; a la izquierda, un rectángulo de papel de lija, seda rosa y terciopelo negro. La derecha alimenta, la izquierda palpa las texturas, mientras los camareros hacen vaporizaciones en la nuca de los comensales con un coperfume de clavel y en la cocina se escucha un violento cosonido de motor de aeroplano combinado con música de Bach.
El despiertaestómago: una sardina sobre una rodaja de ananá cuyo centro se recubrirá con una capa de atún coronado por una nuez. Las truchas inmortales: fritas en aceite de oliva, rellenas con nueces, envueltas en lonjas delgadas de hígado de ternera. No es rara la inversión del orden de los banquetes: entrada y postre que consisten en un helado simultáneo hecho con crema helada y trocitos de cebolla cruda.
Los perfumes prisioneros, del profesor Sirocofran, consisten en vejigas que vaporizan, permiten fumar y aspirarlos.
Hay una poética común en el bautizo de los platos. Zumbidos al despegar, fuselaje de ternera, aeropuerto picante, aeroplano libio, aterrizaje digestivo. Bautizos a veces humorísticos: Ternera intuitiva, leche al resplandor verde, pechos italianos al sol, esquiador comestible, sopa zoológica, huevos divorciados.
El libro de Quelca es un homenaje al ají de fideo, al caldo de cabeza, a la salchipapa, a las achachilas e incluso A la Pachamamita. Esta última consiste en un lomo de llama relleno con queso humacha, costra de quinua, ahumada en k’oa. Este último elemento es una mesa aymara que se quema mientras se ahoga el humo con una campana de vidrio que se destapa a medida que se consume la llama rellena.
Los recuerdos de Quelca son vívidos y frescos. Él ha visitado la comunidad de sus padres en el altiplano y ha ofrendado a los achachilas. Luego, ha tratado de esculpirlos en un plato gourmet de exquisito sabor y proporciones. Del mismo modo, su homenaje a Tiwanaku consiste en una combinación de sabores y papas esculpidas como monolitos. El huerto de la abuela incluye una imitación de tierra y los recuerdos amorosos inspiran un postre delicioso hecho con tunas silvestres.
Leamos los nombres de sus platos inspirados por pensamientos y sentimientos, repartidos en una clasificación de sabores: salado, dulce, ácido, amargo y umami. Difusión de río y lago: pejerrey, trucha arco iris, carachi e ispis texturizados y algunos reconstruidos.
Brincando la cerca: anticucho estilo paceño, tierra de hierbas del altiplano y ensalada inspiración camba. El luto del carnaval: serpentinas y globos sobre manto oscuro de cremoso amaranto. ¿Verde por fuera, blanco por dentro…? Esfera y tierra de phasa, rellena de espuma, salsa y peras al vacío.
El pato del rey inca: piernas de choka en costra de chipilo acompañado de majadito del mismo. Falsas chuletas de papá: solomillo de cordero relleno de pimientos asados y reducción de racacha.
La desaparición (lo efímero del amor): pejerrey sobre cama de cochayuyo, crocante de zanahoria, crema de habas bebé, salsa de yogurt y copo de azúcar de remolacha. ¡Atención… Firrr!: helado de pito de cañahua, torrija de marraqueta, trufas de pito de quinua y más.
Salchipapa: cremoso y gelificación de salchicha criolla, chips de papa negra y papa frita.  Ají de fideo: crocante de fideo, crema fluida de chuño y ají de fideo. Caldo de cabeza: crema y granizado de reducción de cocción, cremoso de seso y lengua a baja temperatura.
A mi Pachamamita: lomo de llama relleno con queso humacha, costra de quinua, ahumada en k’oa. El verdadero conejo de Indias: conejo cuis en costra de hojuelas de maíz, adobes de walusa y costra de coca, gelificación de jallpahuayca.


jueves, 27 de noviembre de 2014

Ojo de Vid

Cocinar y escribir

¿Cuán diferente es escribir un buen libro que hacer un buen guisado? Secretos y talentos culinarios y artísticos, de la mano de un escritor y apasionado gastrónomo.



Ramón Rocha Monroy (El Ojo de Vidrio)

Hace varios años que probablemente sea el único cronista gastronómico del país, no obstante la riqueza y variedad de su cocina. No se trata de transmitir recetas, que eso lo hacen incluso los que copian de revistas extranjeras o de Internet, sino de transmitir esa sensación de las papilas gustativas que te produce un buen platillo, que literalmente “se te haga agua la boca”, es decir que salivas y quieres degustar ese placer vicario que te ofrece el cronista.
Quizás el antecedente más antiguo está en mi novela Allá lejos (1979), que en el capítulo inicial trata de responder a la pregunta ¿a qué sabe el beso de una cholita? Unos se portan discriminadores al suponer que sabe a cebolla pero, en realidad, allá me pareció que más bien sabe a todos los platos criollos juntos, como en un aleph del buen sabor tradicional que se junta en una esfera de delicias cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna, según dice la conseja de Borges.
Desde entonces, no puedo omitir en lo que escribo una referencia a la buena cocina y un respeto supersticioso por cocineros y cocineras, entre las cuales no me cuento.
Cierta vez, mi buen amigo Carlitos Heredia fue víctima de mis modestas habilidades culinarias. Vino a casa y le propuse meter al horno dos truchas y almorzar a domicilio. Las adobé con todo lo prescrito, incluido el romero, la sal, la pimienta y el limón, los cerré con ganchos de ropa, como si fueran chamarras y los metí al horno. Los quité y los serví. Carlitos comía en silencio, y cuando acabó me dijo algo inolvidable: ¿Qué ha fallado? Creo que desde entonces no cocino. Era un platillo mal guisado, pese a las instrucciones, porque no tenía el gusto, la atención, la maña de un buen cocinero para hacerlo bien.
En alguna oportunidad he valorado más a cocineras que a cocineros porque en las mujeres, en sus mareas interiores, influye la Luna, que es también conocida como la madre de todas las hierbas.
Éstas, como se sabe, son fundamentales para conseguir un buen sabor en la cocina; en realidad no importa la parte fundamental del plato, como es la carne, el arroz, la papa o el fideo en sus distintas variedades, sino la salsa con la cual se la rocía, en la cual invariablemente entran las hierbas.
No hay punto de comparación entre un humilde asado que se prepara con sal y fuego y una salsa que perfuma el ambiente con su aroma de albahaca, romero, laurel, suico o quilquiña, para no referirme a la salvia, la menta, la hierbabuena, el puerro, el ajo y cientos de miles de productos vegetales que son consejeros áulicos a la hora de guisar.
Las mujeres suelen ser temperamentales en la cocina según sus ciclos vitales regidos por sus líquidos. Si una mujer está en su luna, quizá no guise bien los alimentos; de una mujer que muele una llajua demasiado picante se dice que está de mal humor; que está de buen humor si la comida le salió salada o que tiene un disgusto si le sale amarga.
El prejuicio dice que las mujeres son impredecibles en la cocina, a diferencia de los hombres, que parecen blindados frente a los avatares de la vida a la hora de acercarse a los alimentos y guisarlos. De cualquier forma, debo reconocerlo, prefiero el albur de una cocinera a la seguridad que me da un cocinero.
¿Por qué tengo un respeto supersticioso por la cocina? Porque siempre pensé que un buen libro es un libro bien guisado y, en general, una obra de arte se parece mucho a la buena cocina. Sólo que un buen plato se suele apreciar apenas sale del horno y es servido, porque de inmediato se lo deconstruye, que es una forma leve de decir que se lo destruye para incorporarlo al cuerpo, y a la nada.
Es el mejor ejemplo de arte efímero, que se agota apenas se lo presenta. José Luis Cuevas hacía papelotes gigantescos con dibujos suyos que colgaba en la Zona Rosa, de Ciudad de México, hasta que la lluvia y el viento les den su cualidad mayor, la de ser un arte efímero; pero en la cocina tenemos el ejemplo más inmediato y trágico de este arte mayor.
El cocinero sabe qué cocción, qué ingredientes, qué intensidad de fuego y qué resultado. ¿Lo saben los artistas? En casi 50 años de literatura, nunca supe cómo había guisado mis libros. Seguramente por eso no tengo seguridad de que sean buenos. Tienen aristas que un buen cocinero las prohibiría.
Pienso que lo mismo ocurre con un buen libro, una pintura, una obra de teatro, una obra de arte. Por efímera que sea, tiene el regusto y el sabor del buen cocinero que sabe cómo guisar bien las cosas.
Por eso respeto y quiero el arte de la cocina, muy en especial el de David Carranza Peco porque a la hora de hacer las cosas más sencillas en la cocina -como las croquetas o la tortilla española, que son cánones para saber si uno es bueno o mal cocinero-, le pone todo el amor que puede, toda la ciencia que puede, luego lo presenta y es maravilloso a la vista, al olfato y al tacto. No tardamos en hincarle los cubiertos y lo malbaratamos, como para decir que esa fue una obra de arte efímero que acabará en nuestro estómago.
David Carranza es el chef mayor de La Tirana y Olé, un restaurant español y centro de diversiones en el cual no hay rincón que no haya sido decorado con amor. El proyecto mayor lo hizo mi hijo Ariel y en ello puso un año de su esfuerzo para crear un ambiente grato que, en términos conceptuales, debe ser el más importante del país.
No hay que olvidar que, por lo general, los restaurantes y centros de diversiones imitan a sus similares de otros países porque no tienen concepto. En este caso, ha sido tanto el esfuerzo y la acumulación de detalles que entre ellos la vida es otra, es amable y efímera, pero no hay forma de aburrirse en esas cuatro paredes, en las cuales el arte de guisar está a cargo de David Carranza, que es además mi yerno.

Van a disculpar, ¿ya?, pero si visitan Cochabamba, no olviden ir de noche a la calle Venezuela casi esquina Lanza, a una cuadra y poco más de la Plaza Colón, de martes a sábado y por la noche.

jueves, 30 de octubre de 2014

Ojo de Vid

¿Por qué se llama Ucureña?


El autor divulga una investigación de Federico Arispe que devela algunos detalles casi desconocidos de la emblemática población en la que nació la Reforma Agraria.

 
Víctor Paz Estenssoro firmando el decreto ley de Reforma Agraria en Ucureña.
Ramón Rocha Monroy (El Ojo de Vidrio)

El 2 de agosto de 1953 Ucureña se hizo famosa porque allí se firmó el decreto ley de reforma agraria; y más tarde, José Rojas encabezó allí a parte de los milicianos más aguerridos, que eran los ucureños. Sin embargo, no hay en la toponimia del lugar nada que signifique Ucureña. ¿De dónde viene el nombre?
Además, en ese sitio se gestó el primer sindicato agrario del país, según las apreciaciones del profesor Federico Arispe en su folleto titulado “Ucureña es historia en la liberación del campesinado boliviano” (1993).
El 27 de noviembre de 1936, al calor del Decreto de Sindicalización Obligatoria, el responsable de Asuntos Campesinos del Ministerio de Trabajo, Eduardo Arze-Loureiro, propuso a los campesinos de Cliza que se organizaran en sindicato para arrendar en forma colectiva las extensas tierras del monasterio de Santa Clara, ubicadas en La Loma, Cliza.
El primer Sindicato agrario del país se había constituido el 22 de agosto de ese año en el cantón Huasacalle de dicha provincia y de este modo se consiguió el arrendamiento. El promotor de la fundación fue Arze-Loureiro, pero actualmente no hay la menor mención a él en el Monumento a la Reforma Agraria existente en Ucureña. Por eso rescatamos su memoria.
Eduardo Arze-Loureiro,  del conocido clan Arze-Anaya cochabambino, había recibido la visita de los agricultores de La Loma, quienes querían arrendar las tierras del monasterio pero sufrían las evasivas de las monjitas y el sabotaje de la Sociedad Rural. Nada mejor que acogerse al decreto de sindicalización obligatoria dictado por el Gobierno de David Toro, quien creó el primer Ministerio de Trabajo, a cargo del dirigente gráfico Waldo Álvarez, donde trabajaban José Antonio Arze, su primo Eduardo Arze-Loureiro y otros conspicuos izquierdistas. De este modo nació el primer sindicato agrario, que pudo arrendar las tierras del monasterio como cooperativa.
Tenemos copia del protocolo original de la escritura de arrendamiento donde figura la “Partida de Inscripción Sindical de Trabajadores Agrarios de Cliza”, donde dice lo siguiente:
“Ministerio del Trabajo y Previsión Social.- La Paz-Bolivia. Partida de inscripción del Sindicato de Trabajadores Agrarios de Cliza.- Primero de septiembre de mil novecientos treinta y seis. (…)
Señor Ministro: la clase indígena trabajadora en algunas comarcas de la provincia de Cliza se ha reunido en gran asamblea en el cantón de Huasacalle y organizando su mesa directiva en la forma que hace constar la copia del acta que nos permitimos acompañar, ha resuelto dirigirse a usted para que se sirva aprobar su organización y las siguientes finalidades que determinan nuestras leyes, ofreciendo de nuestra parte someternos respetuosamente a las determinaciones del Gobierno y de los estatutos y reglamentos que rigen esta clase de agrupaciones.
Con este motivo nos suscribimos del señor Ministro a quien nos dirigimos como obsecuentes servidores.- Primitivo Pinto Veisaga, Secretario de Actas.- Víctor Jiménez Ponce, Presidente y Secretario de Gobierno.
Sección campesina.- Decreto.- Sello: Ministerio del Trabajo y Previsión Social.- La Paz-Bolivia, primero de septiembre de mil novecientos treinta y seis.- Tómese nota e inscríbase en el Departamento Sindical así como en la Sección de Trabajo Campesino. Se delega al oficial del Trabajo Campesino camarada Eduardo Arze-Loureiro para que constate y colabore para su mejor organización.- Se declara reconocido el Sindicato sin perjuicio de ejercitar sus derechos que correspondan a las organizaciones campesinas.- Waldo Álvarez.- Ministro del Trabajo y Previsión Social”.

El nombre de ucureña
Eduardo Arze-Loureiro había seguido de cerca los sacrificios de Elizardo Pérez y Avelino Siñani para constituir el primer núcleo escolar indigenista de Warisata el 2 de agosto de 1931, Día del Indio desde el Gobierno del Presidente Busch.
El concepto de núcleo escolar indígena se irradió desde Warisata a varios países del continente, que lo adoptaron. Entretanto, en 1937, Arze-Loureiro instó a fundar otro núcleo indigenista en el valle de Cliza.
Se buscó un sitio en Huasacalle y otros sitios y como nadie quería ceder ningún terreno se recurrió a un sitio y lugar ubicado en La Loma, una casa de hacienda que había pertenecido a una mujer laboriosa del lugar, quien había vivido casi toda su vida en las minas de Ocurí, cantón Chayanta de Potosí.  Ya en la vejez retornó a La Loma y vivió sola sus últimos días. Los vecinos la conocían como Mama Ocureña, por Ocurí, y ese nombre se generalizó en La Loma, Huasacalle, Kochi, Ana Rancho, Lobo Rancho, Sunchupampa, Santa Lucía, Chillijchi y todo el valle.
Mama Ocureña murió trágicamente porque unos ladrones pensaron que tenía dinero y la ahorcaron. A su muerte, dejó una heredad de 400 a 500 m2 donde había una casa en ruinas. Ese terreno abandonado fue utilizado por los comunarios para construir en ayni el núcleo escolar. El profesor Arispe agrega: “Desde aquel momento se llamó y se difundió como Escuela Campesina de Ucureña; la palabra Ucureña se divulgó y se popularizó dentro la comunidad íntegra y en todo el ámbito nacional. Por este hecho la comunidad que era La Loma hoy es conocida con el nombre de Ucureña.
Durante la construcción de la escuela se destacaron los campesinos: Pedro Delgadillo (el Cuncalo); Primitivo Pinto (el Ñato); Desiderio Delgadillo (el Bola Uma) y Demetrio Torrico, quien dirigió la construcción y llevó adelante la organización del Sindicato Agrario, siempre según el profesor Arispe.
Un apunte más: “el límite de la propiedad del monasterio era el camino que une Cliza-Toco al oeste y de allí al este hasta las proximidades del río Sulty, límite interprovincial con Punata y al norte separaba las comunidades Lobo Rancho y Sunchupampa”.

En homenaje al profesor Arispe, reproducimos la nómina de los primeros maestros del Núcleo escolar, que abarcó todo el Valle Alto de Cochabamba hasta Pocona, provincia Carrasco. Los presidía el director Leónidas Calvimontes; profesor de música Pacífico Terán; profesores: Julio Paz, Walter Torrico, Humberto Yapur y Alberto Tardío; jardinero: Mario N.

jueves, 16 de octubre de 2014

Ojo de Vid

Primer Encuentro de Lectores

En la Feria Internacional del Libro de Cochabamba, que se efectuará en un par de semanas, serán los lectores –y no esta vez los escritores- los que cobren protagonismo.



Ramón Rocha Monroy

Una contribución de la Universidad Mayor de San Simón a la Feria Internacional del Libro, de Cochabamba, será el primer Encuentro de Lectores, que se debe a una preocupación especial de este servidor.
La Feria se realizará entre el 30 de octubre y el 10 de noviembre en el coliseo de la UMSS, que no cobrará un solo centavo por este auspicio constante, año tras año. Ocurre que en las múltiples ocasiones en que concurrí a las ferias de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, vi que los escritores se pasean como pavorreales, que pontifican y dicen lo suyo, cada uno hablando de su obra, mientras conspicuos lectores se apelotonan en el anonimato del público y escuchan, callados nomás, a los escritores.
¡No, pues! Eso debe cambiar. Por eso el Encuentro de Lectores tiene también el auspicio de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, a cuyo directorio me honro en pertenecer.
El récord de cada feria es el libro más vendido, pero eso no garantiza que sea el más leído. De ahí la importancia del primer Encuentro de Lectores, donde ellos se sentarán a la testera y los escritores en el anonimato del público. Sospecho que su reporte sobre los libros nacionales más leídos sea tanto o más contundentes que sobre el libro más vendido, porque a veces uno compra por parentesco, afinidad o cariño, o propaganda, y no lee ni la cubierta del libro.
Tal vez el encuentro de lectores estimule a imitar a ciudadanos que han hecho del leer un arte para iniciados. En todo caso, confiamos más en el criterio de los lectores antes que en el de los vendedores. Si no, cuánto nos llevaría de ventaja Cuauhtémoc Sánchez, Paulo Coelho u otro pelafustán de turno.
El presidente de la Cámara del Libro de Cochabamba nos reunió en un almuerzo, y allí dio cifras escalofriantes. Mientras los visitantes a la Feria de Santa Cruz sobrepasan los 100.000 y en La Paz los 90.000, en Cochabamba apenas pasan los 20.000.
En sus inicios, la Feria se ubicó en la piscina del Club Social, luego se amplió a la Brigada Parlamentaria, se fue al campo feria de Alalay; años después, la Cámara alquiló el Hotel Cochabamba y por fin aceptó la oferta de la UMSS, que le hicimos hace más de cuatro años.
Ahora que no se cobrará por el alquiler del coliseo, una muestra de la vocación cultural de la universidad pública, los vendedores quizás no cometerán el exceso de invitar a Cuauhtémoc Sánchez, como lo hicieron en otros años.
Todos nos dimos a la tarea de apoyar la Feria, y la Universidad de San Simón, mediante la Dirección de Interacción Social Universitaria (DISU), cuyo director es José Decker Márquez, ofreció una franja en la TV Universitaria que no se limitará a la duración de la Feria, sino que se prolongará indefinidamente, además de la organización del Encuentro de Lectores, que está a cargo de este servidor.
Siempre he insistido en que se puede ser un gran lector sin necesidad de ser escritor; pero de ninguna manera se puede ser escritor sin ser un gran lector. La lectura está en el origen de casi todas las obras literarias. Felices quienes pueden escribir sobre la realidad o sobre sus vidas, pero el escritor vive en solitario, tras su computadora o su papel y lápiz. Puede matar, asesinar, enamorar, hacer lo que guste, pero sigue siendo un placer solitario.
Del mismo modo insisto en que la lectura es un oficio de magos, de taumaturgos: expresar realidades o fantasías en 28 signos estampados en un papel es el colmo de la magia, pero deconstruir ese proceso y rescatar de esos 28 signos un mundo poblado por Don Quijote, Aureliano Buendía, Gargantúa y Pantagruel o Zavalita también es oficio de magos, de taumaturgos.
Ahí viene la justificación del Encuentro de Lectores, que quizá se dé por primera vez en todo el orbe, porque generalmente damos importancia a los escritores, no a los lectores.
En Cochabamba ocurre algo inusual entre los escritores. Aquí se concentra una poderosa carga de creatividad literaria manifestada en la cantidad de premios literarios nacionales que ganaron escritores cochabambinos; sin embargo, los escritores andamos totalmente atomizados. Como decía un amigo sobre su matrimonio, cada uno tira por su lado.
Qué diferencia con los escritores paceños, para los cuales no existe el país sino solamente La Paz como si de allí fuera toda la literatura nacional; o los escritores cruceños, que tienen un genuino entusiasmo por la poesía, el movimiento, las letras como argamasa que une a una sociedad cada vez más plural y nacional. En Cochabamba andamos desarticulados, y si existen grupos como Escritores Unidos, el Pen Club o la casi extinta Unión Nacional de Poetas, el conjunto se caracteriza por su aislamiento.
Hoy Cochabamba es sede del Premio Internacional de Novela Kipus, dotado con 20.000 dólares, el premio de arte más importante de la historia del país, cuya primera edición la ganó Gonzalo Lema por decisión unánime de un jurado de lujo, presidido por Luis H. Antezana Juárez e integrado por Rubén Vargas y por el escritor navarro Miguel Sánchez Ostiz, todos los cuales apoyaron la novela de Lema.

¿Por qué no, entonces, lanzar esta inédita iniciativa que privilegia a los lectores antes que a los escritores, también desde la Llajta?

jueves, 18 de septiembre de 2014

Ojo de Vid

Vicente Camargo y otros héroes olvidados

Reseña de un estudio que devela algunos nombres y hechos pasados por algo por la historiografía oficial.



Ramón Rocha Monroy (El Ojo de Vidrio)

Un valioso estudio de Hugo Canedo Gutiérrez titulado La Guerra de la Independencia en las Intendencias de Chuquisaca y Potosí revela nombres de héroes que cayeron en el olvido, rescatados de fuentes primarias de la Casa Nacional de Moneda, el Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia, la Biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, las bibliotecas de los Arzobispados de Sucre y Potosí, la Iglesia de San Lucas y de Ravelo, entre otras fuentes.
Luego de un análisis pormenorizado de la participación popular e indígena en la mencionada Guerra de 1809 a 1825, el estudio señala los siguientes nombres: Antonio Alarcón, Andrea y Juliana Arias y Cuiza, Julián Arias, Mariano Asebo, Rudecindo Ávila, Juana Azurduy Llanos, Fermín Baca, Francisca Barrera y Cuiza, Gregoria Batallanos, José Mateo Berdeja, Miguel Betanzos, Vicente Camargo, Pedro Calisaya, Yldefonso Carrillo,  Mateo Centeno, Pedro Contreras, Jacinto Cueto, Alejo Cuiza Gómez, Isidro y Miguel Cuiza Salazar, Santiago Fajardo, Esteban Fernández, Lorenzo Fernández, Ignacio Fuentes, Diego Flores, Vicente y José Martínez, Gregorio Méndez, Prudencio Miranda, Alberto Antonio Montellano, Pedro Molina, Hermanos Pacheco, Manuel Ascencio Padilla, Julián de Peñaranda, Miguel Sillo, Mariano Subieta Balzeda, Ana María Torrez, Lorenzo Torrez, Félix Torres, Pedro Nolasco Villarubia, Ildefonso Vela, Juan Wallparrimachi, José Ignacio Zárate.
Entre las joyas del estudio se hallan las partidas de matrimonio de las hermanas Juana y Cecilia Azurduy Llanos, varios partes militares al coronel de Vanguardia Martín Miguel de Güemes, el Diario Militar del comandante Esteban Fernández y semblanzas de Paula Cardona, viuda de José María Camargo y Patricia Durán de Castro, viuda de Casimiro Hoyos. Sobresale la familia Cuiza, cuyos descendientes fueron visitados por el autor del libro, así como sitios históricos que hoy quedaron en el olvido.

Vicente Camargo
Para referirnos tan solo a los más conocidos por su nombre aunque no por sus acciones, están los casos de las hermanas Azurduy, de Manuel Ascencio Padilla y Vicente Camargo. Ese último es descrito como un joven mestizo y despreocupado que deambulaba llevando como único equipaje su guitarra. Tenía 19 años cuando se prendó de él una hacendaria sexagenaria, que contrajo matrimonio y luego lo sometió a virtual cautiverio como administrador de sus tierras.
De este modo, Vicente fue residente de Yurubamba y vecino de Moromoro, de donde fue alcalde pedáneo, por más de 20 años y a los 39, junto a Nicolasa Acosta, fue padrino de bodas de su vecino Manuel Ascencio Padillla y de Juana Azurduy Llanos, el 19 de mayo de 1799 en la Iglesia de Moromoro.
Vicente era laborioso y honrado y al fin pudo arrendar y luego comprar una finca en Sacabamba, donde se retiró para administrar sus intereses; pero la esposa no solo hizo anular el matrimonio sino que lo acosó con los tribunales celosa por una supuesta relación con una esclava, a quien Vicente se refiere con el apelativo de Samba.
“Da. Nicolasa: No sé por qué me muela U. tanto con la samba sabiendo que yo estoy tan soo aquí y que no tengo de quien echar mano para que me cuide de la cocina (…) Nicolasa: Ey recibido la tuia en contestación de la que te dirigí, y según ella parece que el lector no a entendido mi carta, por que te digo que la samba ya a buscado amo que va a dar la plata para ella, y en el término que pide pode yo hacerme de una persona que me sirva, y así cogerás tu dinero aunque sé por mano del Duque de Alba”. (Sic)
Una de las preguntas que hace a sus testigos es la siguiente: “Si he vivido todo el tiempo de mi matrimonio como su pupilo y esclavo, sirviéndole diligentemente en sus siembras y negociaciones, y si todo el manejo corrido; sujetándome a que ella me vista y alimente de lo adquirido con mi sudor y trabajo”.
Y Doña Nicolasa se refiere al matrimonio en su querella: “De su desgraciado matrimonio con Camargo a quien recogió a su casa pelado y sin más mueble que una guitarra”. La Audiencia Arzobispal o Curia Eclesiástica anuló el matrimonio en 1803.
El estudio registra varias notas de Camargo que llegan alrededor de 1800, en las cuales expresa su contrariedad; entretanto su finca prosperaba y en esas circunstancias estalló la revolución y Camargo tomó el mando de los ayllus vecinos donde cobraba tributos y gozaba de prestigio entre los originarios porque defendía sus derechos.
Su finca fue varias veces destruida y saqueada por las fuerzas realistas, entre ellas, por el “felón” de Carlos Medinaceli, por entonces oficial del ejército del Rey, aunque luego derrotaría al general Pedro Antonio de Olañeta en Tumusla y en 1825.
Camargo fue vecino de la calle de los Tres Molles (hoy Olañeta) en La Plata. Cuando estalló la independencia tomó su lugar en las fuerza de la patria y fue sañudamente perseguido por el general Pezuela en las provincias de Pilaya y Paspaya, como lo manifiesta en uno de sus partes militares:
A pesar de los muchos esfuerzos que ha hecho el general Pezuela a destruirme y convertirme en cenizas, no ha podido conseguir otra cosa, sino ruina y desesperación (ganancia propia de los hombres tiranos irreligiosos).
Luego de infinidad de combates, la ofensiva realista de 1816, de graves consecuencias en todo el país, acabó por batirlo en los campos de Arpaja el 3 de abril de aquel año. Allí murió, pero sus seguidores continuaron alzados hasta 1819. El general argentino José Rondeau le había enviado despachos de teniente coronel y subdelegado del partido de Chayanta. A su muerte, la exesposa Nicolasa Acosta puso en remate la hacienda de Sacambaya, a 10 kilómetros de Moromoro y beneficiada con las aguas de los ríos de Ichupampa y Sasanta.

Perfil del autor
El ingeniero agrónomo Hugo Canedo Gutiérrez es potosino, estudiante del Colegio Nacional Pichincha y de la Facultad de Agronomía en Sucre, dedicado a la investigación histórica desde 1997.
Su obra historiográfica basada en fuentes primarias es importante e incluye: Heroínas potosinas, las Arias y Cuiza (2002); La Hacienda de Pitantorilla y la familia Serrano (2003); Genealogía de la familia Lemoine (2002); Genealogía de la familia Cuiza-Otondo (2003); Genealogía de la familia Gutiérrez-Cuiza (2004); San Lucas de Payacollo en la provincia de Pilaya y Paspaya (2011).


jueves, 21 de agosto de 2014

Ojo de Vid

Cortázar cuentista

Un capítulo del libro Consejos para escribir más mejor (Kipus, 2014)  que el autor acaba de presentar, se ajusta al homenaje al autor de Rayuela en su centenario.


Ramón Rocha Monroy en la tumba de Cortázar.

Ramón Rocha Monroy

1.- Pocos cultores del cuento en castellano hay tan sugestivos como Julio Cortázar, que escribe imanes, campos magnéticos que atrapan al lector y lo seducen hasta reclutarlo, imperceptiblemente, en una nueva ética de la mirada y la palabra signadas por el  azar, la patafísica, el sentimiento de no estar del todo, el asombro ante el resuello vital de las cosas aparentemente inanimadas y el amor por los gestos y actos gratuitos, desprovistos de utilitarismo, gravedad, distinción o jerarquía social.
“Para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial”.
2.- El cuento y el poema generan campos magnéticos que propician la aproximación mayor de la prosa a la poesía. No están sujetos a leyes, pues cada autor es legislador de sus propias normas y puede revisarlas, según su construcción espiritual, cada vez que necesita una nueva “constituyente”.
“Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable”.
3.- El cuentista debe aproximarse a esa conmoción previa a la escritura con inocencia y máxima apertura de sus sentidos; actitud que uno se siente tentado de sugerir también al lector, pues si se acerca con prejuicios, preconceptos y suficiencias de avezado crítico, es posible que altere el campo magnético, que no se deje atrapar como una partícula por un imán.
4.- No hay consejos previos infalibles, no hay dogmas sobre el arte del cuento, porque “el tema comporta necesariamente su forma”. En principio apenas se tiene una situación, un punto de partida hacia un camino que el autor (como el lector) no sabe adónde lo llevará. La única certeza que lo acompaña es que se ha empeñado en “una carrera contra el reloj” en la cual sólo puede disponer de “una máxima economía de medios”.
La experiencia le enseñó a Cortázar a desconfiar del amigo de café que ha planeado previamente todos los movimientos de un cuento, de una novela, cuánto más de un libro de poemas. “Hay escritores que proyectan escribir un libro y se lo cuentan a usted en detalle, en un café, todo está listo, todo planteado: cuando lo escriben, generalmente es un mal libro”.
5.- El cuento es a la fotografía lo que la novela al cine. Como la fotografía, el cuento practica el encuadre de una situación ceñida por el espacio y el tiempo. Como en ese campo reducido de la foto, nada puede ser gratuito ni excesivo en el cuento. Pero así como el fotógrafo escoge conscientemente el encuadre para usarlo estéticamente, así el cuentista debe ceñirse a esa limitación a medida que corre al desenlace y, como todo corredor atribulado por el peso de su equipaje, deja flecos, descripciones y escenas inútiles en el camino.
No obstante, ese recorte arbitrario de la realidad es como un flash, un resplandor que ilumina una realidad más amplia a través de múltiples alusiones implícitas. El fotógrafo o el cuentista escogen un símbolo, un icono, un motivo que obrarán en el lector como un catalizador, como la levadura en la masa, como un conjuro de una visión mayor, ubicada “mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento”.
Cortázar ha ilustrado esta percepción en el cuento Las babas del diablo, que sirvió para el filme de Michelangelo Antonioni Blow up: un fotógrafo ha tomado una fotografía que amplía y amplía hasta revelar un elemento al principio invisible que revelará el secreto final del cuento.
6.- Como en el boxeo, “la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout”.
“Un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario”. Por eso las primeras palabras de un buen cuento, el plan de apertura de las fichas en el tablero no tienen “elementos gratuitos, meramente decorativos”.
7.- En el cuento, tiempo y espacio son elementos condensados, “sometidos a una alta presión espiritual y formal” que provoca el knock out. Como el jazz, el cuento tiene tensión, ritmo, pulsación interna, lo imprevisto dentro de parámetros previstos. Cortázar habla de una “libertad fatal”. Por eso Cortázar tiene un concepto muy severo del cuento. Si se aproxima a él con inocencia, el producto debe compararse con una esfera, con “un ciclo perfecto e implacable” en el cual el inicio, el nudo y el desenlace se ordenan como en el interior de una esfera, donde “ninguna molécula puede estar fuera de sus límites precisos”.
8.- Como en el jazz, el ritmo del cuento es decisivo. Es el pulso que indica que no te has alejado del camino, pues apenas éste se pone pedregoso, es que te has desviado y debes volver atrás para seguir en la autopista.
9.- No hay temas buenos ni temas malos; hay solamente un buen o un mal tratamiento del tema. No hay personajes buenos ni malos, pues “hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka”.
Tratamiento bueno significa generar una tensión de arco que ha de lanzar una flecha al centro del blanco desde el inicio. En esa tensión, quedan fuera personajes y situaciones secundarios: son exorcizados y rechazados como si se tratara de virus, de “criaturas invasoras”. Pero el exorcismo obra también sobre los personajes irrenunciables:
10.- En la abigarrada realidad de cada día, el cuentista, como el fotógrafo, escogen un tema que a veces no se escoge propiamente sino que se impone irresistiblemente al margen de la voluntad y de la razón del artista, como si éste fuera un médium a través del cual se manifiesta “una fuerza ajena”.
El tema puede ser apenas “una anécdota perfectamente trivial y cotidiana”. Si es tratado adecuadamente, se convertirá en un imán, un campo magnético que convoca en el autor y en el lector “un sistema de relaciones conexas”.
El tema no tiene importancia per se. La obtiene si se produce esa “alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores”. El producto es ese flash, esa explosión de luz que ilumina múltiples radios en el vientre de esa esfera que es la condición humana.

“Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá entre nosotros, dará su sombra en nuestra memoria”.

jueves, 7 de agosto de 2014

Ojo de vid

Apuntes para una biografía de Jennifer Salinas

El Ojo de Vidrio cuenta el primer acercamiento a la campeona boliviana de boxeo, en miras a una biografía, y el sueño de que Angelina Jolie la interprete en el cine.


Ramón Rocha Monroy

Un acontecimiento sin parangón en la historia de las mujeres bolivianas fue el campeonato mundial de box que ganó la cruceña Jennifer Salinas en noviembre de 2013. El pasado sábado le hice una entrevista larga en video para alistar su biografía, pues hay un productor de Hollywood interesado en filmar su vida.
Una imagen se me sobrepuso desde hace varios meses a la de Jennifer Salinas: otra mujer bella que hace papeles de peleadora y es Angeline Jolie. Se lo dije a Jennifer y me confirmó que su productor tratará de interesar a la bella Angeline para que protagonice el filme.
La encontré este sábado en su gimnasio ubicado en la Avenida Alemana y Totaí, en Santa Cruz. Una docena de bellas mujeres cumplían su rutina junto a un ring donde Jennifer entrena box. La idea fue una excelente inversión porque las cruceñas cuidan su figura y hay dos actividades que están de moda: el fitness y el catering para adelgazar.
Me alojé en la Casa de Huéspedes Los Aventureros, de mi buen amigo Hans, que vivía al lado de La Casona de la Pascualita, donde Jennifer comparte una cabaña preciosa y barata con sus tres hermosas hijas, una adolescente y dos pequeñas, porque el varoncito se quedó en Virginia, con su papá, que se llama Ernesto Guevara.
Conversamos mucho y largo, como tres horas ininterrumpidas, y me confió las peripecias amargas de su vida y su fe inquebrantable en el destino, que al final la coronó campeona mundial de box.
La pregunta más obvia es por qué una mujer tan bella se dedicó al boxeo, cuando es por todas partes una modelo. Dice que tiene el tabique nasal un tanto desviado debido a un golpe en el ring, y varios rasguños y pequeñas cicatrices en el rostro, que no se le notan. En cambio, sorprende el tamaño de sus pequeñas manos que, sin embargo, están llenas de fracturas.

Experiencias traumáticas
Le comenté que para mí es un privilegio escribir por segunda vez la vida de un campeón mundial, pues antes lo hice con el Huracán Ramírez, el luchador mexicano que hoy habita en el Panteón de los Inmortales, junto a la Virgen de Guadalupe y Santo, el Enmascarado de Plata, que era su consuegro.
Se ríe y comenta que su vida de ningún modo fue fácil, pues de los 5 a los 9 años sufrió agresiones sexuales muy graves por dos personas que aparentemente tenían la misión de cuidarla. Esto le desarrolló un carácter agresivo que se manifestó durante su educación en Santa Cruz, de los 6 a los 15 años.
Fue una deportista consumada en varias disciplinas y un buen día su madre, que pertenece a una iglesia cristiana con sede en Michigan, decidió separarse de su padre y acogerse al nuevo refugio donde vivió con su hija Jennifer.
Los estudios no eran su fuerte, mucho más si como mesera ganaba más de 100 dólares diarios de propina, aunque su sueldo básico fuera pequeño. Con todo, se enfurecía cuando alguien quería irse sin darle el tip respectivo: “que se fuera a hacer cola con su bandeja a McDonald, pero si quería ser tratado como un rey por una mesera guapa, la cosa era poniendo”.
De este modo no duraba en el trabajo más de tres meses, un récord que cumplió en un restaurante mexicano. Justamente al lado había un gimnasio y ella continuamente veía a jóvenes que ingresaban y luego reaparecían con el rostro hecho cisco.
Un día tomó su mochila y se fue al entrenamiento. Allí olía a hombre y la única mujer era ella. Jennifer cuenta que la primera vez estuvo como una hora esperando a que alguien la atendiera hasta que de pronto un hombre moreno y viejo le preguntó que quería. Cuando los varones oyeron que quería ser boxeadora se echaron a reír. Eso no era para ella: mejor que estudiara para modelo porque una mujer tan bonita no podía ser boxeadora. Creía ser la única mujer en el gimnasio, pero allí estaba Connie, la campeona estatal, quien peinaba y vestía como hombre y tenía rasgos varoniles. Con todo, era mujer y el sueño de Jennifer era medirse con ella y derrotarla.
El consejo de un amigo casual la llevó donde el cubano Ernesto Alonso, otro entrenador que, al escuchar sus pretensiones, le dijo: “pero qué tú esperas, chica, vístete y ponte a entrenar, que el tiempo vuela”. Este hombre y su esposa, Minerva, la llevaron al estrellato y un buen día tuvo la suerte de pelear contra Connie y vencerla. Las dos aguantaron hasta el último campanazo, pero el fallo fue unánime a favor de Jennifer.
No paró allí la carrera amateur de Jennifer, que comenzó a ganar guantes de oro y copas en todo el Estado. Luego incursionó en el boxeo profesional y comenzó a ganar dinero. Fue un cochabambino, el periodista deportivo Roberto Rico, radicado en Virginia, quien le propuso aspirar al título mundial  que promueve la Federación Mundial de Boxeo, y comenzó el trabajo de producción, que al final se dio en Santa Cruz frente a la colombiana que hasta entonces era campeona mundial.
Hay que verla en Youtube para saber cómo pelea un mosquito, porque Jennifer basa su éxito en su extrema agilidad. Primero el proceso es mental, dice, porque hay que agarrarle bronca al adversario, y luego el 20 % es el estado físico. En esto le ayudó mucho mentalizar la imagen de su abusador sexual cuando era pequeña, ese pedófilo que ella intenta olvidar.
Me explicó que no la interpretan bien cuando dicen que cada vez que lanza un puñete se imagina el rostro de su violador, porque ella tiene que concentrarse en su rival y no ver dos caras; pero es una lástima que ese episodio triste la perjudica hoy cada vez que intenta tener una relación de mujer normal.
Ella tiene una relación ejemplar con Ernesto Guevara, que la acompaña desde que tenía 19 años y con quien tiene tres hijos, pues la mayor es hija de un primer matrimonio de Ernesto. Pero Jennifer es Cáncer y eso se nota en que es una madre abnegada y ejemplar: se desvive por sus hijos.

Me sorprendió del modo más grato la cordialidad y la sinceridad con que habló sobre su vida y la profunda fe que tiene en el futuro. Es una mujer llena de planes y de una firmeza de carácter tan fuerte que estoy seguro de que los va a realizar. 

jueves, 24 de julio de 2014

Ojo de Vid

Encomio de René Bascopé Aspiazu


En la política, en la literatura, y en el exilio. Crónica y memoria de una amistad con diferentes destinos.



Ramón Rocha Monroy / El Ojo de Vidrio

Con René Bascopé nos iniciamos juntos en la narrativa, gracias a una publicación pionera de la UMSA que titula Seis nuevos narradores. Fue un amigo entrañable y me colaboró como director de Literatura en el Instituto Boliviano de Cultura, que estuvo a mi cargo en 1979.
Juntos hicimos cinco grandes festivales de cultura, en los cuales participaron artistas de renombre y ninguno cobró porque no teníamos un puto peso en el presupuesto. Asimismo pasamos juntos las emergencias del golpe de Natusch, cuando trabajábamos todavía en el IBC.
Recuerdo que recogimos una edición clandestina y antigolpista del semanario Aquí de una imprenta ubicada en la calle Illimani y la llevamos en una combi de la IBC a un domicilio donde estaban Luis Espinal, Xavier Albó y otros voluntarios que doblaron esa edición.
Estábamos en la imprenta cuando se escuchó el silbido de los caimanes, que bajaban hacia el estadio de Miraflores, y entonces apagamos máquinas y luces y esperamos a que pasaran en medio de la mayor tensión, porque nos pillaban y no contábamos el cuento.
Al llevar el semanario teníamos que ir por el cuartel Sucre y allí recuerdo que nos interceptó un conscripto, vio el carro oficial y le dije: Aquí controlando el golpe, y así logramos pasar.
Pocos meses después se precipitó el asesinato de Luis Espinal y el rearme del sector duro de las Fuerzas Armadas que planeaban un golpe cantado. La UDP había ganado las elecciones del 80 y ese 15 de julio los paceños celebraban la verbena de vísperas con una euforia renovada.
René y yo éramos jurados del Premio de Cuento de la UTO, en Oruro, y recuerdo que fui primero a La Paz y no pude pasar en taxi la Pérez Velasco porque estaba llena de gente.
Ingresé al café Verona y allí me lo encontré. Dormí en su casa y lo convencí de que fuéramos a Oruro, donde trabajamos en el jurado todo el 16. Me amanecí con Alberto Guerra Gutiérrez y el 17 nos fuimos al restaurante 312 a comer un fricasé. Nos alcanzó René y cuando saboreábamos el uma jampicu llegó un amigo con el pasaporte bajo el brazo, pues se iba a México, y nos avisó que había estallado un golpe de Estado.
René se levantó de inmediato de la mesa y logró tomar la última flota que salió de Oruro, rumbo a La Paz. Todavía tengo el pasaje en ferrobús de aquel aciago 17 de julio de 1980, que me llevaría a Cochabamba a mediodía.
Justo a esa hora llegó René a La Paz, se encaminó a la reunión de la COB, donde debía estar, pero a media cuadra de su destino lo detuvo un transeúnte y le dijo que la sede había sido asaltada y que se hiciera pepa.
René corrió a las oficinas de Aquí, donde había asumido la dirección tras el asesinato de Espinal, pero poco antes de llegar, la dueña de una pequeña tienda le advirtió que los paramilitares lo estaban esperando, y entonces se asiló en la Embajada de México, donde yo llegaría semanas después.
Allí fundamos el Grupo Charles Baudelaire con Rolando Costa Arduz, Coco Manto, Luis Rico, Alfredo Tarazona, René (que andaba en amores, cuándo no), este servidor y Picasso. No olvido la vez que nos colamos al comedor del embajador, sacamos su mejor vajilla para tomar pernod y pasamos toda la noche susurrando brindis, en los cuales el Basquito destacaba por su extraordinaria vena poética.
Su vida, como la de todos, era azarosa durante la dictadura, y no conocíamos más futuro que el presente, hoy libres, mañana detenidos, torturados, muertos o exiliados, como ocurrió cuando nos expulsaron a México.
Vivimos juntos primero en el hotel Francis y luego en Tlalpan. A diario buscábamos trabajo y siempre íbamos juntos. Mario Guzmán Galarza, ex embajador de Bolivia y muy allegado al PRI, nos recomendó a la directora del Museo del Chopo y del periódico Ovaciones, y fuimos a buscarla.
No podía contratarnos en el Museo ni en Ovaciones, pero nos mandó a una especie de Playboy mexicano, que se llamaba Su otro yo, y que en los siguientes meses nos compró relatos eróticos.
Esa mujer, hermosa, era nada menos que Ángeles Mastretta, ya famosa por sus libros Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, que con el Basquito decíamos riendo “Arráncamela, vida”, porque se ponía risueño y tenía un humor muy ocurrente.
René ganaba además, semana tras semana, un concurso de cuentos de El Nacional, donde yo también intervenía sin el menor resultado. René me decía que mis cuentos no eran malos, pero para ganar un concurso se necesitaba presentar caballos de carrera.
Él siguió ganando y yo perdiendo. Un tiempo trabajamos juntos como correctores en el Fondo de Cultura Económica, donde conseguimos un amigo de confianza, el escritor Felipe Garrido, gerente del Fondo y hoy Premio Xavier Villaurrutia por una vida dedicada a la literatura.
Luego René se fue a trabajar como redactor de El Día, y allí, Gregorio Selser le brindó su abundante archivo para que escribiera La veta blanca, la primera conexión del poder del Estado con el narcotráfico durante la dictadura de Banzer.
Cuando se fue a México creo que ya militaba en el Partido Socialista 1. Tenía una conciencia superlativa de sí mismo y me reprochaba que fuera escalera de base de un partido político.
Allá en México me hablaba de dos cuadros socialistas de primer orden, que enarbolaban las banderas de Marcelo: Cayetano Llobet y Roger Cortez. El primero murió en las antípodas de su antiguo izquierdismo y del segundo no sé nada, quizás porque vivo en Cochabamba.
El René, Basquito, Travolta, Clark Kent, pertenecía a un grupo que se llamaba con humor Los Iracundos, porque todos eran cortos de vista y usaban lentes de grueso carey, entre ellos Jaime Nisttahuz, Édgar Arandia Quiroga, Alfonso Gumucio Dagron, Manuel Vargas y el propio René, que con lentes parecía el ser más inofensivo, pero se los quitaba, como Clark Kent, y tenía una capacidad innata para seducir a las muchachas que se aventuraban a su vera.
La última vez que lo vi gobernaba la UDP y festejábamos en el Hotel Sheraton el primer aniversario del restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba. En el banquete había todas las tendencias de la izquierda partidista y sindical de entonces.
En ese escenario, René me confesó que no había dejado la literatura, pese al momento político, y que había presentado una novela al Premio Erich Guttentag que titulaba La tumba infecunda. Le dije sin asomo de lamento que otra vez me ganaría, como lo había hecho en México, pues yo también había presentado una novela, titulada El run run de la calavera.
El jurado fue inclemente, declaró desierto el primer premio y compartimos el segundo con René. Pasaron unas semanas y murió. La editorial se apuró en editar su novela, pero recuerdo que al año publiqué una columna en la cual invitaba a la misa de cabo de año de mi novela, porque todavía no había sido editada.
Recibí de inmediato una llamada de Werner Guttentag y a poco nos entregaron el premio, tan devaluado, que de los mil dólares originales apenas recibimos al cambio alrededor de 37 pesos bolivianos. En realidad, los recibí yo y la viuda de René, nuestra buena amiga Rosmery Guzmán, a quien le pedí que con el importe le comprara al menos flores, si el monto exiguo alcanzaba para un ramo.


jueves, 26 de junio de 2014

Ojo de Vid

Cómo escribir (más) mejor

A modo de presentación e invitación, el autor habla de su próximo libro pronto a lanzarse.


Ramón Rocha Monroy  (El Ojo de Vidrio)

Acaba de salir de imprenta el libro Consejos para escribir (más) mejor (Kipus, 2014) que será entregado en breve y, aunque tarde, leo unas palabras confirmatorias nada menos que de José Lezama Lima en un libro de entrevistas de antología.
Esos diálogos con José Lezama Lima editados en Cuba, en un libro maravilloso que me trajo mi hija Camila, iluminan ese afán de dar consejos formales para escribir. Mauriac, escritor francés católico y Premio Nobel de Literatura decía cuán importante era la técnica o la estructura en el arte de escribir y Lezama opina:
“Yo soy renuente a usar en literatura expresiones como técnica o estructura. (…) De las técnicas se derivan leyes. Por el contrario, un configurador de la expresión, un pintor, un escritor, tienen experiencia de taller, la balanza secreta para la gravitación de cada palabra o de cada color. Si mi novela ha podido desenvolverse ha sido por el desprecio de todas las técnicas, de los clichés para construir novelas. Yo no tengo una técnica, yo no recomiendo modos ni maneras, yo no tengo ningún parti-pris al enfrentarme con la palabra”. Y aquí viene lo bello: “Tengo la alegría de ver las palabras como peces dentro de la cascada”.
El maestro Ricardo Pérez Alcalá no creía en la inspiración; pero si existe, decía, mejor que te pille trabajando. Lezama dice lo mismo: “la disciplina o la continuidad de un escritor consiste en estar despierto a la llegada no avisada de las horas privilegiadas”.
Aún más y cito: “desconozco totalmente lo que significan hábitos prácticos en poesía o en prosa, y la frase bíblica ‘cómete este libro’, tenía en mí una realidad. Leer era para mí una nutrición orgánica”.
Le preguntan si son placenteras las horas que dedica a escribir y contesta: “yo no calificaría de placenteras ni de gimientes las horas en que escribo, sino como algo que tiene que verificarse como un doble que está afanoso de saltar de mi piel. La escritura es para mí un sortilegio numeral. Como la extensión crea al árbol, la escritura me regala una escala, un ejército de hormigas que se despliegan en una ciudad en la cual puedo pasar la noche. En esa nueva ciudad puedo hablar o dormir, con palabras y gestos parecidos a los míos habituales, pero que no son los mismos, que pueden alejarse desmesuradamente o penetrar por mis ojos oscureciéndome de nuevo”.
Por último habla de la afición latinoamericana por la palabra antes que por la acción. Tal como dice la Biblia, que en el principio era el verbo, y el verbo estaba en Dios, y el verbo era Dios, Lezama añade: “el latino ha sido siempre nombre del verbo; ha visto la acción a través del verbo, mientras otras razas, como la sajona, se han quedado demoradas en la acción. En este sentido, la búsqueda del verbo ha traído una gran comunicación entre los humanos, en tanto que la búsqueda de la acción ha traído la dispersión y aun hemos terminado en guerra por buscar la acción antes que el verbo”.
Le preguntan cómo definiría su estilo y Lezama dice: “¿Tengo yo un estilo? ¿Se me puede considerar un escritor que tenga estilo? Lo que me ha interesado siempre es penetrar en el mundo oscuro que me rodea. No sé si lo he logrado con o sin estilo, pero lo cierto es que uno de los escritores que me son más caros decía que el triunfo del estilo es no tenerlo”.
Las citas son de Ciro Bianchi Ross: Así hablaba Lezama Lima. Entrevistas. Colección Sur, La Habana, 2013.
Pues bien. En la solapa izquierda de los Consejos para escribir (más) mejor hay una nota que define bien el contenido del libro y dice así:

Disuasoria
Narradores famosos se han tomado la molestia de codificar sus consejos sobre cómo escribir (más) mejor, pero el encanto de estos radica en no tomarlos en serio. Esa es la gracia de las letras: que estos consejos sirven y no sirven, orientan y desorientan, llenan la cabeza y la vacían, de modo que no hay verdad mayor que la de uno frente a la página en blanco, tan inerme como cuando nació o cuando hizo esfuerzos por repetir su primera palabra.
De mí sé decir, como escucho en boca de doctos, que jamás tomé en serio mi oficio de escritor, porque me pareció tan respetable como el de un carpintero, un zapatero, un plomero, un albañil o un deportista, ocupaciones en las cuales me declaro completamente inútil; pero, a fuerza de teclear, sospecho que tengo alguna destreza en el comercio con las palabras.
No falta gente de buena voluntad que quiere hacer de mí una persona distinguida y respetable. Tan no lo soy que algunos y algunas, muchos y muchas no saben mi nombre: me dicen Manuel, Sixto, Monroy e incluso me cambian de sexo, pero, eso sí, me identifican al tiro por mi chapa de periodista, porque soy su amigo Ojo de Vidrio y me complazco en describirme como un ciudadano de a pie, que goza de pedalear su bicicleta, vestirse a su aire y vivir de alquiler mensual, como cualquier estudiante.

Invito a todos ustedes a leer las páginas que siguen por puro placer y no para convertirse en literatos, que es lo peor que les podría ocurrir.

jueves, 24 de abril de 2014

Ojo de Vid

El legado de Gabriel García Márquez


El autor reflexiona en torno a la importancia de la obra, el pensamiento y el estilo del autor colombiano para la literatura y la sociedad de América Latina.

 
El autor junto a García Márquez en Guadalajara en 1991.
Ramón Rocha Monroy (El Ojo de Vidrio) / Escritor

¿Cuántas causas y azares tendrán que confabularse para que nazca otro Gabriel García Márquez? Quizá ya no en Aracataca pero sí con la cuota de sencillez que le dio un gran pueblo y una gran familia.
Había escritores famosos como Martí, Darío, Neruda, Gallegos, Asturias... pero al menos desde 1966 él solito se engarzó como mascarón de proa de la literatura latinoamericana. Por aquellos años estallaban por doquier rebeliones juveniles contra la guerra de Vietnam, contra el sistema, contra la dictadura, y América Latina se veía como un todo.
Aquel año salió la primera edición de Cien años de soledad y en marzo de 1967, el director Porrúa de Editorial Sudamericana, dicen que no necesitó leer el manuscrito íntegro de esa novela que ya no tendría oportunidad sobre la tierra, y la publicó, y al final fue traducida a 35 idiomas en el mundo.
El Gabo nos desaforó la imaginación y nos enseñó a buscar lo maravilloso en lo cotidiano de nuestras familias. Acaso ninguna de ellas recobró después tanta dignidad como al influjo de Cien años…
Años después, René Bascopé escribiría La noche de los turcos, que parecería calcada de la obra del Gabo si no tuviera su propia fuerza, y entonces él pudo moverse a sus anchas de este y del otro lado del delgado celofán que separa la vida de la muerte al escribir su novela La tumba infecunda.
Cuando me enteré que la había presentado al Premio Guttentag le dije resignado que una vez más me ganaría, como lo hizo antes durante el exilio en México; pero, para sorpresa de todos declararon desierto el primer premio y a los dos nos dieron el segundo compartido, y con la misma temática, porque mi novela hablaba también sobre la muerte y había sido bautizada como El run run de la calavera por mi entonces pequeña hija Raquel.
René y yo habíamos ya leído y visto Doña Flor y sus dos maridos y Pedro Páramo y Cien años de soledad, por supuesto, y caminábamos como Pedro por su casa a este y al otro lado de la muerte, hasta que él se quedó del otro lado y nos dejó para siempre.
Carlos Fuentes dijo algo que nos pareció muy cierto: que escritores como García Márquez eran los libertadores de la lengua castellana. De pronto nos arriesgamos a escribir y lo primero que hicimos fueron imitaciones.
Si escribir era decir las cosas con gracia y evitar aquello que Lezama Lima describiría como la actitud de tortugones amoratados con la cual “halgunos hescritores” velan armas para recibir el contacto con las musas, entonces había para nosotros otra oportunidad sobre la tierra.
Eso, la liberación de la lengua castellana y de la imaginación desaforada e irredenta de estos pagos, que habitaba en los sitios más humildes de nuestros pueblos latinoamericanos se convirtieron en universales.
Y a ello había que agregar cierta disposición en mangas de camisa para decir y nombrar las cosas, que alguna vez a Gabo le hizo elogiar el castellano que se hablaba en México, y ponía como ejemplo la diferencia entre méndigo y mendigo: mendigo es el que pide limosna y méndigo el que no la quiere dar.
Desde entonces muchas aguas pasaron bajo los puentes. Vargas Llosa hizo un estudio definitivo sobre la obra de Gabo que tituló Historia de un deicidio, que hasta hoy es el mejor taller literario.
Sin embargo, recuerdo con especial cariño la lectura de las primeras columnas de Gabo que reunió en el volumen Textos costeños, entre las cuales figuran sus célebres “Jirafas”, a juzgar por la forma alargada de la columna de opinión.
Este fue un taller inagotable para nosotros, que aprendíamos esa zona amable del periodismo, que es opinar sobre todos y sobre todo, pero sin dejarse tentar por la costumbre de acartonarse y decir cosas profundas.
Con la Fundación del Nuevo Periodismo, grandes periodistas como Gabo, Tomás Eloy Martínez y su esposa, Susana Rotken, trataron de estimular una dimensión ética en el ejercicio de lo cotidiano y ella escribió un libro inolvidable sobre una invención del Nuevo Mundo, la crónica y los cronistas.
Para sorpresa de sus lectores, resulta que un 70 % de la obra de Darío, de Martí, de Amado Nervo, de César Vallejo y, por supuesto, de Gabo, fue crónica periodística, pero por una convención decimonónica los críticos no consideran sino sus poemas o novelas, algunos de los cuales han envejecido en el tiempo.
La integridad intelectual y moral, la mansedumbre y simpatía con que defendió los movimientos populares en América Latina y su apoyo efectivo a la Revolución Cubana lograron que todos, en forma unánime, festejáramos la concesión del Premio Nobel a un escritor que rememoró en su discurso de aceptación a las víctimas de las dictaduras.
Palabras nobles, lecciones enormísimas vertidas en un discurso corto pero compartido por su público.

Alguna vez elogió a un niño que hizo una pregunta de gran literatura: Señor, ¿no vio pasar a una señora que iba sin un hijo como yo?

jueves, 3 de abril de 2014

Ojo de Vid

Pachi, tata Jack

 A propósito de El legado indígena, de Jack Weatherford


Cergio Prudencio y el autor de El legado indígena.
Ramón Rocha Monroy (El Ojo de Vidrio)

Jack habla como un predicador, fue el apunte preciso de Cergio Prudencio, el artífice de la traducción, la cesión de derechos y amigo personal de Jack Weatherford, autor del libro El legado indígena (Fondo Cultural del Banco Central de Bolivia, 2014), que fue presentado en La Paz, Sucre, Potosí y Santa Cruz.
En efecto, Jack es sentencioso cuando dice: “Gracias, gracias, gracias. ¿Qué le dio Bolivia al mundo? Todo, todo, todo. ¿Qué le dio el mundo a Bolivia? Nada, nada, nada”.
En Sucre hubo un acto especial en la Casa de la Libertad -cuyo director, Mario Linares, es una persona entrañablemente simpática- donde se habló en castellano y quechua, idioma que el consejero de la Fundación, Orlando Pozo, puso de relieve al presentar el libro.
Minutos antes, Verónica Arciénega, una guía de la Casa de la Libertad, presentó el libro en un discurso impecable por su capacidad de síntesis, su dicción, la precisión de su lectura y el remate con una frase en quechua, que resonó en el recinto donde nació la República.
“Quizás hoy el más grande ejemplo del aporte indígena al orden social sea el sistema federal de Estados Unidos, cuyo origen y disposiciones, fueron inspirados en la Liga Iroquesa que reunía a cinco grandes naciones indígenas de América del Norte, organizadas con principios de inclusión y democracia. ¿Cuánta gente conoce de este hecho?...”.
Cuando le tocó hablar a Jack, fue presentado en el idioma vernacular como el Tata Jack Weatherford y entonces aprendió una palabra nueva: “Pachi, pachi, pachi… gracias, gracias, gracias”.
El libro escrito por este prestigioso antropólogo es un alegato vigoroso sobre el aporte de los indios de este continente al desarrollo del capitalismo que, en los libros de historia universal escrita por autores europeos se suele atribuir al Renacimiento de la cultura grecolatina, como si después de la oscura Edad Media Europa, por sus propias fuerzas, hubiera dado el gran salto científico y tecnológico que marcó la modernidad.
Weatherford muestra que el capitalismo creció no sólo con el oro y la plata ingentes que salieron del Nuevo Mundo sino también con otros productos que revolucionaron la alimentación y la gastronomía europea.
En La Paz, el escritor Félix Layme Pairumani presentó el libro y desarrolló unos conceptos dignos de Franz Tamayo. A su turno, Marcelo Zabalaga, presidente del Banco Central, dijo que El legado indígena es un libro aleccionador, porque muestra la enorme, variada e ignorada contribución del Nuevo Mundo al desarrollo de Occidente, que hoy se prolonga en la sangría de 150 millones de inmigrantes que el mundo pobre forma para enriquecer más al mundo rico.
Luego Zabalaga se refirió, entre otros productos que aportó esta parte del mundo al resto, al tomate, sin el cual no se podría hacer la lasaña ni el spaghetti italiano; la cochinilla, que sirve para dar un tinte indeleble a los tejidos; el algodón americano, que provocó la revolución industrial en Inglaterra y llegó a significar más del 50% de las exportaciones del imperio al mundo; la papa, sin la cual no se haría la tortilla española ni el fish`n potatoes, plato típico del Reino Unido; el maíz, el cacahuate, los frijoles, la yuca, la batata, el chocolate, el achiote y el ají en sus múltiples especies, que fueron aportes claros a la cocina y la gastronomía occidentales.
De vuelta a Sucre, Weatherford  recordó en su discurso que mientras los indígenas de América perfeccionaban una cultura de paz  y una medicina avanzada, el capitalismo en Occidente propició la carrera armamentista, la bomba atómica y el abuso en la explotación de los recursos naturales y de los seres humanos.
Así ocurre con los grandes filósofos políticos, que menosprecian a indios y negros, como Hegel, para quien indios y negros son biológicamente inferiores e incapaces de entender una estructura tan compleja como el Estado moderno.
La presentación en la Casa de Moneda de Potosí se realizó el pasado jueves… y a propósito, esta institución acaba de presentar otro libro que de seguro le interesará mucho a Jack Weatherford.
Se trata de La falsificación de la moneda por Francisco Gómez de la Rocha, basado en estudios de fuentes primarias que prueban hasta qué punto la moneda de plata potosina era un instrumento de pago en todo el mundo, pero a raíz de la baja subrepticia en la ley de la plata, los ricos comerciantes ya no la quisieron aceptar como instrumento de pago y sólo recibían lingotes, por lo que el rey Felipe II envió a Potosí a un visitador que mandó a la horca a las autoridades de la Casa de Moneda.


jueves, 20 de marzo de 2014

Consejos para escribir "más" mejor


El juego de la escritura




A partir de este artículo, el Ojo de Vidrio alternará su habitual columna Ojo de Vid con estas experiencias en el arte de (enseñar) la escritura.



Ramón Rocha Monroy 

Desde 2005 he ido completando un libro de Taller de escritura creativa que nació en un taller del mismo nombre, como una de las materias de Filosofía y Letras en la Universidad Católica de Cochabamba.
La dedicatoria da cuenta del tono ligero y sin pretensiones del volumen. Dice: “Este libro es un homenaje expreso a Julio Cortázar, y por eso tiene deliberadamente la estructura de Rayuela: tres partes unidas por pasajes secretos o arterias escondidas que se pueden leer de pe a pa, de pa a pe, siguiendo un orden que proponemos o el orden aleatorio que se le ocurra al lector, pues como dicen los mexicanos: ¡Muy su gusto! ¡Y se va la primerita!”
Será inevitable hablarles de mi experiencia, tanto personal como vicaria, es decir, aquélla que tuvo otros protagonistas y testigos pero que incorporé a mi memoria como algo también personal. Experiencias ajenas que fueron convirtiéndose en experiencias propias.
Comenzaré por una auténticamente personal y que se remonta a mi niñez, aunque la rescaté como experiencia literaria mucho después. Hablaré de un zapatero de mi barrio cuyo nombre jamás supe porque lo conocí como el Chingolo.
El Chingolo era viejo, desdentado y cojo porque era herido de guerra. Su taller era un sitio muy humilde; mi padre y el Chingolo se sentaban en banquitos casi a ras del suelo y conversaban de su tema de preferencia, la guerra, mientras compartían una jarra de chicha.
Aquí viene la imagen que se convirtió para mí en un fetiche del oficio literario: el Chingolo contaba cosas divertidas, de muy buen humor y suelto de cuerpo, y casi no prestaba atención al oficio de sus manos que tomaban con destreza un botín, lo calzaban en una horma de fierro; el zapatero tomaba tachuelas de una lata o de la comisura de sus labios, la situaba en el sitio exacto de la suela y la hundía de un certero martillazo.
Esta imagen se me convirtió en fetiche porque me sirve en aquellos pedregosos momentos en que pierdo la soltura para escribir y las palabras huyen de mi memoria. Invoco entonces la memoria del Chingolo y suelo recuperar la alegría de escribir de inmediato.
Pienso que hay que escribir como él remendaba zapatos, contando cosas divertidas, de buen humor y suelto de cuerpo, sin apenas prestar atención al desplazamiento mecánico de la escritura, cuando más echando miradas furtivas como el Chingolo cuando manejaba la lezna.

Un juego místico
Escribir es un juego. Pero no es un juego cualquiera. Es un juego místico. Esta es una vieja creencia nunca mejor enunciada que por la cultura hebrea. Dice el Génesis que en el principio fue el Verbo, o la Palabra, y que el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Antes de la creación existían las palabras para nombrarla. Esta convicción nominalista es el origen místico del juego de escribir, porque se dice que Dios tomó las veintitantas letras del alfabeto hebreo, las combinó y creó las palabras y las palabras se convirtieron en las cosas del universo.
Jehová fue pues el padre de los escritores, pero también, no lo olvidemos, de los lectores, porque ambos, escritor y lector, practican un juego místico parecido.
En rigor la escritura no es más que un conjunto de signos, en el caso del castellano 28 letras que se combinan en palabras y éstas en frases. La escritura no es más que un estampado sin relieves sobre una superficie plana que es el papel.
¡Poderoso ejercicio de la magia, pues esos signos contienen mundos coloridos y plenos de pasiones como El Quijote o Cien Años de soledad! Pero no es menos admirable la actitud del lector que descifra esos signos y convierte esa superficie plana estampada en un mundo vicario tanto o más real que el mundo real.
Los ejemplos abundan: Cervantes es menos importante que el Quijote y García Márquez menos conocido que Aureliano Buendía. Ese mundo imaginario sostenido por la palabra es ese Tlon, Uqbar, Orbis Tertius del que habla Borges.
Combinar letras y palabras es un juego al alcance de todos; pero hay un umbral que sólo cruzan los iniciados, y entonces se convierte en un juego místico, una liturgia reservada para algo así como los sacerdotes de la palabra.

La hiperestesia
Comúnmente los artistas usan diversos estimulantes para acrecentar la percepción de sus sentidos y de su razón. Café, té, chocolate, tabaco, yerba mate, hojas de coca; pero también alcohol, yerba, hachís, cocaína, anfetaminas y otras drogas. Esta no es una invitación al consumo de esos productos, sino una reflexión sobre algunos de sus defectos.
Cuando uno consume un café y un cigarrillo, una copa de vino, una cerveza, un whisky, sentado a solas en una barra, poco a poco se abre un abanico de relaciones que pueden comenzar por dar fuego, pasar el cenicero, las servilletas o cualquier otro acto de pura gentileza.
De pronto comienza la tertulia: unos encuentran coincidencias de oficio o de trabajo; otros, de gustos musicales o artísticos; otros hablan a gritos de deporte o de política; otros buscan parentescos y amistades comunes. Así se entabla una relación empática, un empate efímero pero intenso entre personas que quizás nunca se vuelvan a ver.
Lo propio ocurre con las palabras, cuando uno se halla relajado, a solas, quizá escuchando una suite de Bach, un ensamble de blues, un piano que sugiera un bar vacío a las tres de la mañana. Puede que uno se sienta relajado porque se ha servido un vaso de whisky, porque ha fumado un cigarrillo. O más.
En la medida de esa soltura, de esa buena disposición, las palabras inician su propia tertulia; buscan relaciones entre sí; intercambian letras y así nacen los juegos de palabras, las aliteraciones, los palíndromas; se juntan en frases insólitas o de doble sentido; se presentan con el ropaje de un lugar común pero a continuación se desdoblan en combinaciones nuevas y sorprendentes.
Cuando uno contagia ese estado de ánimo a las palabras, es seguro que hablarán solas, que se divertirán solas y combinarán un texto vivo, un empate efímero pero intenso que quizá nunca más se repita.

Hay testimonios valiosos sobre este estado de hiperestesia que a veces proviene del sueño, tal como sucedió con el célebre poema Kublai Kan que Coleridge anotaba en estado de semivigilia, semiconciencia, hasta que un importuno cortó la conexión con su visita intempestiva.
No hay duda de que escribir es un placer solitario y difícil de compartir. Requiere silencio pero ante todo soledad. William Faulkner trabajó alguna vez como peón alimentador de carbón en una usina eléctrica o algo parecido. Se amanecía en ese trabajo, pero a cierta hora volcaba la carretilla y aprovechaba su soledad para escribir la obra literaria que le hizo merecedor del Premio Nobel.

No es pues un ejercicio de multitudes ni es compatible con una familia larga y ruidosa. Uno tiene que fabricarse un espacio de soledad y silencio para relajarse de tal forma que se pueda trasmitir a las palabras un estado de paz, serenidad y regocijo creciente. Las palabras son como un público celoso de sus gustos al cual el artista en el escenario debe trasmitir sus emociones.