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lunes, 12 de junio de 2017

Libros

Una Mantis mirando el horizonte

El autor destaca el concepto y filosofía con que fue creado este sello editorial de Plural, a cargo de Rivero y Baudoin.




Aldo Medinaceli

Son varios los motivos para celebrar el nacimiento de una nueva criatura editorial, llamada Mantis. Sin ningún orden establecido y apelando al azar podríamos enumerar: el primero, porque se trata de una colección conformada íntegramente por mujeres, algo que se agradece, desde el lugar del lector, porque varias de las voces más virtuosas e influyentes de América Latina en la actualidad están en ellas.
También es un motivo de celebración que este valioso proyecto vea la luz en Bolivia, sitio donde no faltarán escritoras para su catálogo ni lectores para sus páginas. 
Al igual que el insecto de fama decapitadora, la nueva colección lleva el nombre de -tal como dice su manifiesto-: “este bellísimo ser, el único del reino animal que tiene el oído en el corazón”. De esta manera inician Magela Baudoin y Giovanna Rivero, creadoras y escritoras bolivianas, con una nueva y urgente línea editorial.
Aunque por principio no se deba amurallar a la escritura según su procedencia corporal o regional, la realidad es que el instinto de equilibrio siempre tiende a impulsar las voces de los lugares más velados. De ahí que la decisión de publicar solamente a mujeres sea tan válida como la constante búsqueda de estabilizar la balanza.
Es difícil conocer a qué se refiere con exactitud una “literatura femenina”, más allá de las etiquetas o los estereotipos. Lo que sí se entiende es que cuando una Mantis -o cualquier ser viviente- siente que su vida corre peligro, no ahorrará esfuerzos para la sobrevivencia.

Probablemente, en ese afán, alcanzará cimas estéticas que muchas veces coinciden con tiempos de extrema injusticia y violencia. En ese sentido, la literatura que formará parte de Mantis es una propuesta abierta con un matiz político que ya nos anuncia lo que podremos encontrar en su estantería.
También se puede celebrar, como otro inminente motivo, el potencial del catálogo de esta colección que ya inicia con dos voces enormes -No soñarás flores, de Fernanda Trías y Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett-; así como imaginar que en el futuro próximo podríamos encontrar en esta misma colección obras tan indispensables como las de Marina Perezagua, Samantha Schweblin o Valeria Luiselli -por nombrar solo a algunas-, congregando así algunas de las mejores notas de la actual literatura en español en un solo lugar.

A celebrar el nacimiento de esta bestia futurista que sincroniza las vibraciones sonoras de su alrededor con los latidos de su propio corazón, y que nace como una aventura de alto riesgo pero de gran beneficio para la Literatura, lo que siempre se agradece. Solo queda augurarle una larga vida a la Mantis y que las cabezas de los lectores sean las verdaderas devoradoras de sus próximos frutos.

domingo, 4 de junio de 2017

Libros

Mi hermano el Che

Juan Martín Guevara ha escrito una biografía suya y de Ernesto, apasionada, acrítica y enamorada del recuerdo



Ricard Bellveser 

Al publicar Mi hermano el Che (Alianza Editorial), Juan Martín Guevara nos ha desvelado una buena colección de secretos, nos ha dado noticias sobre la familia, el entorno revolucionario y las principales influencias del soldado, ha puesto ciertos asuntos en su sitio, ha humanizado al barbudo de mirada perdida y soñadora y nos ha hecho sonreír con su desconocimiento de la geografía, de la filosofía y de otras ciencias. Nadie es perfecto, ya lo sabemos, ni él lo quiere ser, pero así son las cosas.
Nos habla de su hermano “Ernestito”, “Fuser”, “Chancho” o “Che” con una admiración que se comprende porque la arrastra la sangre. Tenía 15 años -hoy es un simpático personaje de 73- cuando Fidel entró en La Habana y expulsó a Batista y lo envió con todos los demonios, y a partir de ese momento, siempre miró a hermano como líder, como filosofo de la revolución y como hombre del pueblo.
Nada o poco se sabe de la familia Guevara. Para empezar estaba formada por el padre, Ernesto, la madre Celia, y cinco hermanos, Celia, Roberto, Ana María, Juan Martín que es el más pequeño y el autor de la biografía, y Ernesto. La madre es el personaje de mayor peso ideológico si hemos de creer lo que asegura Juan Martín, mientras que el padre, un tipo interesante que crió a sus hijos en total libertad, pero que no entendió lo que había sucedido en Cuba y eso le produjo enfrentamientos con su hijo. El padre creyó que una vez ganada la guerra, él podía entrar en Cuba y comenzar a hacer negocios tan imaginativos como lucrativos y le correspondió a su hijo explicarle cómo iban a ser las cosas.
La madre, Celia, recibió amenazas, incluso de muerte, fue insultada en ocasiones, e incluso encarcelada en Argentina como estuvo encarcelado el propio Juan, según cuenta en el libro, circunstancia que atribuye al hecho de que Argentina es para el autor, un país muy de derechas, en donde el pensamiento libertador del Che no tenía ni tiene sitio.
Resulta curioso que desde que el periódico Clarín de Buenos Aires publicara la noticia de la muerte del Che Guevara, nadie de la familia se había atrevido a dejarse ver en actividades públicas relevantes. Desde aquel 9 de octubre de 1967, hará ahora, este año, cincuenta años, en que mataron a Ernesto, ninguno de ellos había explicado cómo era el Che, ni había escrito sobre ello, o había dado información, o había corregido errores de cuanto se ha dicho del personaje, un velo de silencio había envuelto a todo el grupo familiar, sin saberse muy bien por qué, lo que le da a este libro un valor añadido, y es el de la voz cercana, de quien vivió desde chico con él, compartió casa y juegos, educación y aventuras.
Cuenta el periodista Josep Catà en La Vanguardia, que cuando el Che iba a ser ejecutado en Bolivia, miró fijamente a su verdugo y le dijo: “Póngase sereno y apunte bien. Va a matar a un hombre”, en una elogiosa síntesis de ética, dignidad y valentía.
Esto puede justificar sobradamente la adoración que Juan Martín siente por su hermano, y que se traduce en el hecho de no encontrarle ningún defecto. El libro es una admirada inflamación de amor y fervor fraternal, una hagiografía más propia del santoral que de la vida ordinaria, y eso que no se detiene en las censuras a la URSS, que en su opinión traicionó las ideas revolucionarias del marxismo y del leninismo. Pero para él su hermano es intocable, el libro habla hipnotizado por su recuerdo y es algo que el lector ha de tener muy en cuenta. 
¿Por qué, 50 años después, uno de sus hermanos pone punto y final al silencio familiar y se desborda en la narración de historias, anécdotas, explicaciones a veces totalmente innecesarias? Según el autor, quiere con ello neutralizar tanto las mentiras que ha leído sobre su hermano como, algo peor, las cosas deformadas escritas por quienes no conocieron al personaje que él sí conoció, esa persona que vivió detrás del mito, a su sombra o en su interior, el joven que jugaba con Juan Martín como los hermanos mayores juegan con los pequeños.
Era muy divertido estar con él porque era muy ocurrente, -le confesó a la periodista de El Mundo, Núria López- siempre con humor negro, se reía de sí mismo y de los demás,  un humor que yo diría propio, nuestro, un humor argentino”.
Juan Martín dice que no es historiador, que no es filósofo, que tampoco es escritor aunque haya escrito un libro de 300 páginas, y que se ha visto en la necesidad de decir cuanto aquí cuenta. Para conocer los espacios de su hermano, fue en coche desde Buenos Aires al barranco La Quebrada del Yuro, y se decepcionó de ver en qué habían convertido los bolivianos la memoria de su hermano, en su opinión demasiado mercantilizada y frivolizada. Pero lo bien cierto es que tampoco parece que él mismo supiera dónde estaba, a juzgar por lo que cuenta a lo que hay que sumar otros disparates geográficos como afirmar que Uruguay es “el vecino del norte” de Argentina, cuando es de todos sabido que Uruguay está al oeste, o cuando dice que Rosario es la capital de Santa Fe, cuando, a menos que lo hayan cambiado ayer por la tarde, la capital es Santa Fe. En fin, pequeños despistes tal vez justificables.


domingo, 21 de mayo de 2017

Libros

Mantis, cuando la literatura es
(también) acción política y estética



Giovanna Rivero y Magela Baudoin presentan su nuevo proyecto editorial, el sello Mantis que, de la mano de Plural, se especializará en narrativa escrita por mujeres. Una novela de Piedad Bonnett y un libro de cuentos de Fernanda Trías inauguran el emprendimiento.



Martín Zelaya Sánchez

Acción y provocación. Una iniciativa editorial con un leitmotiv estético, por supuesto, pero además político-activista. Eso es Mantis, la nueva colección de narrativa de mujeres -que no femenina- de Plural Editores, concebida y dirigida por Giovanna Rivero (G.R.) y Magela Baudoin (M.B.).
Provocación. A modo de explicar sus fundamentos -no olvidemos que mantis es una especie de insecto cuyas hembras suelen devorar al macho luego del apareamiento- ambas escriben: “nos hemos propuesto intervenir -desde la publicación y los compromisos que este paso implica- en el gran tablero del mercado, ese juego de capitales materiales y simbólicos que no siempre ofrece los dados justos para visibilizar, leer y valorar la producción literaria de las escritoras”.
Acción. “Hemos decidido colocarnos en un lugar riesgoso, tal vez incluso anacrónico, al plantear [en un proyecto editorial] una posición política y estética”, explica Baudoin, respecto a la siempre presente interrogante de los encasillamientos en la literatura.
Estética y política. Sin descuidar la calidad literaria y sin que la particularidad de que solo se publique a mujeres signifique algún condicionamiento en cuanto a “temática femenina”, las narradoras bolivianas defienden su propuesta incluso desde la selección de sus dos títulos inaugurales: Lo que no tiene nombre, un testimonio novelado en el que la colombiana Piedad Bonnett comparte la desgarradora experiencia del suicidio de su hijo, y No soñarás flores, una colección de cuentos signados por el dolor y lo emocional, de la uruguaya Fernanda Trías.

- Hablemos de la motivación y las circunstancias que llevaron a concebir esta nueva colección, y cuáles serán sus características y alcances.
- (G.R): Desde hace tiempo queríamos hacer algo que reflejara un poco de nuestras búsquedas y planteamientos sobre cómo se enfrenta una escritora al mapa nacional e internacional; con qué trampas choca, cuáles son sus verdaderas posibilidades. Así que decidimos que publicar libros de escritoras era una declaración de principios bastante leal con nosotras mismas.
Por ahora estamos comenzando con un par de títulos y para el próximo año queremos publicar otro par. Nuestro enfoque es fundamentalmente narrativo, nos interesa acompañar y difundir la imaginación de las escritoras contemporáneas en esa lógica, la del tejido de novelas y cuentos. Y si bien el libro de Bonnett es testimonial, la narración de la honda experiencia de la muerte de su hijo va estructurándose como una novela y, en ese sentido, además del valor vital y e histórico hay un enorme valor artístico en su propuesta.


- Hay una permanente reflexión y discusión en cuanto a los “encasillamientos” en la literatura: que si debe o no etiquetarse un libro o un autor por la región de origen, por el género literario o por la temática, y más aún si vale la pena diferenciar una “literatura escrita por mujeres”. En el marco de la reivindicación de género -más presente y necesaria que nunca-, ¿no será que al hacer una distinción entre libros escritos por mujeres se cae en una peligrosa diferenciación? ¿No debería la literatura abocarse a la calidad ante todo, a que el autor o autora se promocionen por su habilidad antes que por el hecho de ser hombres, mujeres o pertenecientes a algún grupo específico?
- (M.B.): Tenemos meses, años dialogando sobre el lugar de la mujer en la literatura, lo cual es bastante distinto a decir “literatura femenina”, que es un cliché, una etiqueta, una minimización.
Hemos decidido colocarnos en un lugar riesgoso, tal vez incluso anacrónico, al plantear una posición política y estética que deriva de una honda reflexión y desnudamiento. Si me hubieras hecho esta pregunta hace unos años, habría saltado con un discurso purista y antiséptico, señalando que la literatura solo debe responder a criterios de calidad y defenderse por sí misma. Lo cierto es que un día será así. Hoy no lo es.
Se publican muchos más hombres que mujeres, se reseñan a muchos más hombres que mujeres, el canon de cualquier país tiene muchos más hombres que mujeres, el mundo académico contrata a más hombres, hay muchos más niños que niñas que van a la escuela, etc. Lo que ocurre es que nadie se cuestiona que así sea, nadie se pregunta por qué los catálogos de los grandes conglomerados editoriales y de las editoriales independientes son abrumadoramente masculinos. No creo que la prensa y que los críticos crean que hay más hombres con calidad artística. Sencillamente todavía nos parece normal la supremacía masculina en este capitalismo cultural que nos toca. Es normal que se publiquen más hombres, ellos merecen estar allí, no necesitan defenderse, nunca han tenido la voz embargada. A nadie le incomoda. En la única lista en la que las mujeres ganamos por incontrastable mayoría es en la de feminicidios. ¿No es extraño?
Ahora bien, nuestro criterio de selección no es solo político: sí, nos interesa publicar mujeres, pero también tenemos un fin estético. Hemos metaforizado en la mantis el tipo de literatura que nos convoca, que trasciende los criterios de calidad obvios. Nos interesan las escrituras que provienen de la intuición, de las entrañas, del apego a la vida o a la muerte, del descubrimiento.
- (G.R.): Más peligroso, creo yo, es aceptar calladitas, correctas y obedientes, sin ejercitar el derecho a la duda y al disentimiento, lo que llamo “combos” ideológicos que, si bien en un inicio pueden tener altas y buenas intenciones (como la que mencionas de evitar los encasillamientos), terminan por devolver al control de siempre las fuerzas culturales y sin hacer muchos esfuerzos.
Si por evitar posmodernamente caer en el encasillamiento nos quedamos quietas, sin intentar una intervención en el mercado para conquistar territorios de visibilización de la producción literaria de escritoras, entonces mejor no nos quejemos luego cuando de nuevo las listas, las estadísticas, las reseñas, la distribución de los valores simbólicos, las condiciones materiales, los cánones sagrados y los que se pretenden profanos, en fin, sigan excluyendo estas propuestas (por ingenuo olvido o sistemática distracción) o incluyendo esporádicamente algunas muestras de ellas como para tranquilizar parcialmente las conciencias.
Nuestra postura no está para nada peleada con la exigencia de calidad y de talento; todo lo contrario, queremos justamente que ese talento, que ha excedido inmensamente la voluntad del mercado por incluirlo en sus circuitos y que ha trascendido a pesar de los silencios pactados, tenga una posibilidad más en nuestra Mantis. Aspiramos a que nuestra colección crezca para poder dar cabida a muchos títulos. E insistimos: no estamos hablando de “escritura femenina” (mas, si en esa oferta nos cae una magnífica e innegable “ficción femenina”, pues, ¿por qué no incluirla?), sino de instancias culturales de difusión y diseminación de la producción literaria de las escritoras.

- ¿Cómo se dio la oportunidad de empezar Mantis con dos libros de Bonnett y de Trías, por qué estos fueron los elegidos?
- (G.R.): Tenemos una larga lista de libros que deseamos publicar, pero lógicamente tuvimos que escoger y así nos decidimos por dos estéticas muy valientes y distintas entre sí. Desde hace años que veníamos leyendo la obra poética y narrativa de Bonnett y el impulso y deseo de comenzar nuestro proyecto con ella fue tácito. Editar es un acto de amor y esa es la energía que debe primar antes que cualquier cálculo. En el caso de Trías, a quien admiramos por el compromiso y la altura con que viene escribiendo desde muy joven, nos decantamos por sus cuentos porque sencillamente son cuentazos.
- (M.B.): Nos gusta la idea de explorar distintos géneros, distintas edades, distintos territorios de la escritura, sin prejuicios. Ambos libros son arriesgados. Hay un ejercicio de desnudez intelectual y emocional en ellos; y al mismo tiempo una búsqueda en el modo, en la expresión, en la poética, lo cual no es poco. Son libros que no solo cuentan una anécdota existencial, sino que elaboran un pensamiento; se desgarran componiendo una melodía consciente.

- Escogieron una novela y un libro de relatos publicados en los últimos años en sellos internacionales. Hablando del panorama editorial boliviano en específico y latinoamericano en general, en los últimos años se percibe la tendencia de que varios de nuestros principales autores son publicados en el exterior y luego recién en el país, o en su caso, en co-ediciones. Por otro lado, ¿será que como nuestras librerías no logran cubrir una oferta acorde a sus pares de otras capitales una opción para que los lectores bolivianos accedan a la buena narrativa es lograr ediciones locales de escritores del resto del mundo? Parece evidente que ambos casos son parte de una nueva tendencia literaria-editorial sobre la que les pido una reflexión.
- (M.B.): Ninguno de los grandes sellos editorial ha puesto un pie en Bolivia. Es un mercado muy pequeño para ellos -que debemos seguir desarrollando-, por lo cual somos literalmente “invisibles” e “inmunes” a las novedades literarias. La necesidad genera sus propias estrategias de resistencia. Las editoriales independientes están respondiendo al desafío de “ser” a pesar de todo. Es un emprendimiento que como todo lo que se emprende puede fracasar, pero que al parecer tiene y seguirá teniendo exploradores, dispuestos a conquistar nuevos caminos. Estamos un poco cansadas de quejarnos. Actuamos para dejar de quejarnos y ser un poco responsables de nuestros derroteros.

- (G.R.): En esta situación, empezamos con un claro ejemplo de acción: Trías es una escritora joven pero ya madura y que merece ser leída en muchas partes, también en Bolivia. Eso es parte de nuestra filosofía: “también en Bolivia”.

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Sobre No soñarás flores

Magela Baudoin y Giovanna Rivero


Recuérdenla bien, esta es Fernanda Trías, una Mantis de género cosmopolita cuyo vuelo atraviesa las paredes del agobio y depreda con su oído-corazón las arquitecturas -los genomas-, de simulacros y máscaras sociales.
¿Cómo tocar el vacío? ¿Cómo manipular ese fluido sutil, imponderable y elástico que como el éter lo llena todo de nada y la nada de ese todo que es la memoria?, pareciera que se pregunta la escritora. He ahí su destreza: narrar lo aparentemente inenarrable, las semillas del dolor, la temblorosa hazaña que es el apego a la vida. Y su pintura, que ocurre en las capas minuciosas de un hiperrealismo sensorial, no pierde en ningún momento profundidad sicológica. Al contrario, encuentra su fuerza simbólica en él, como cuando muestra las patas de dos bancos invertidos, que se ven en la madrugada lenta de un bar, como las ramas de árboles de invierno.
En No soñarás flores hay flores, pero su belleza es estéril, ha sido vencida en el plano real, pero subsiste como entelequia, como aroma, como la prueba última de que la descomposición es, al fin y al cabo, un destino inexorablemente humano.
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Sobre Lo que no tiene nombre

Giovanna Rivero y Magela Baudoin


Una de las formas más profundas del amor es la conversación. ¿Cómo seguir conversando con el hijo que ha decidido partir, morir, interrumpir su existencia? Piedad Bonnett escribe este hermoso, terrible y estremecedor testimonio para comprender la profunda complejidad de esa decisión, pero también para abrazar al hijo, a Daniel, desde los términos increíbles de la ausencia, la vida compartida y la enfermedad mental.
En las coordenadas actuales del sobrevalorado régimen de “lo normal”, hablar, escribir, pensar, e incluso acariciar, una subjetividad de ruptura se hace enormemente necesario. Bonnett nos acerca a esa herida innombrable -la personalidad desgarrada- de un modo honesto y lleno de compasión. Porque honestidad y compasión son las entradas al entendimiento de este oscuro resplandor.
La escritura Mantis de la gran Piedad Bonnett es exactamente eso: la palabra limpia, adolorida, bella y trascendental de quien primero pone el oído-corazón en el rumor de la vida -y de la muerte- y luego cuenta y revela.
Lo que no tiene nombre es un título desnudo porque así son los duelos. Nos complace y enorgullece acercar esta joya al lector boliviano.
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¿Qué es ser una Mantis?

Magela Baudoin y Giovanna Rivero

La mantis es una bestia invertebrada cuya mala e injusta fama la precede. Todo porque puede, alguna vez, devorar al macho durante el apareamiento. La maledicencia olvida, sin embargo, que esta criatura es poderosa, no porque mate, sino porque lleva el oído en el corazón. En esa caverna ella metaboliza la experiencia, la descompone, y así, entre diástole y sístole, nos devuelve la vibración siempre única de una verdad. Por eso la elegimos, porque su poético cuerpo es a la vez manifiesto político y estético.
Sí, nuestra Mantis devora con amor al lector y le ofrece a cambio una revelación. Escucha los latidos del mundo tóxico y dolorido, los modula en su tórax e inventa con ellos relatos que muerden y sangran, que abrazan y perdonan. Es fiel a la más noble vocación del editor: el descubrimiento. Y sin necesidad de hacer sombra o de protegerse en ella, sostenida en su magnífica y delicada estructura, sigue con curiosidad a sus compañeras de ruta en este camino escogido, el de crear.
Es así que, con auténtica fe en esta filosofía Mantis, las editoras nos hemos propuesto intervenir -desde la publicación y los compromisos que este paso implica- en el gran tablero del mercado, ese juego de capitales materiales y simbólicos que no siempre ofrece los dados justos para visibilizar, leer y valorar la producción literaria de las escritoras.
¿Qué es, pues, ser una Mantis? Escribir como si se rezara al infinito universo. Narrar con el cuerpo. Masticar el texto, depredarlo, amarlo.





domingo, 7 de mayo de 2017

Libros

Qué vergüenza


El primer libro de la chilena veinteañera Paulina Flores, una de las revelaciones del año, una gran sorpresa



Ricard Bellveser 

La vida literaria -y sin ser literaria, la vida misma- tiene estas sorpresas, como que nos encontremos a una escritora de veintitantos años capaz de escribir relatos con una solvencia profesional tan notable, que de leerlos como hacen los enólogos con los vinos, en una “cata ciega”, esto es, probándolos sin saber de dónde son, a qué bodega pertenecen, de qué uvas está hecho y qué marca tiene, podríamos creer que estamos ante la obra de un experimentado escritor, incluso de un clásico contemporáneo.
Como sucede en las catas de vinos, al desenfundar la botella y poner la etiqueta a la vista, muchos especialistas se llevan una gran sorpresa y las manos a la cabeza.
Eso sucede con la chilena Paulina Flores (Santiago 1988), que es la revelación del último año, porque con su primer libro ha logrado sorprendernos a todos hasta extremos que no se recordaban. Pero no caeré en la trampa de dar a entender, o sugerir o que se me malinterprete, que lo que me alarma es que sea mujer, haciéndome con ello cómplice de la crítica paternalista tan alejada de mis intereses, sino por ser tan joven como es y tan capaz. Sorprende que sea joven y chilena y “a pesar” de ello, se haya impuesto a la tan alambicada como selectiva realidad editorial del mundo hispánico.
Su primer y de momento único libro es Qué vergüenza, que en Chile editó Hueders y en España Seix Barral, y contiene nueve relatos. Dice el editor español que trata “de la vida actual en las ciudades: mujeres que viven en edificios de viviendas; hombres que, al perder su trabajo, revelan los frágiles cimientos que sustentan la familia; jóvenes que trabajan en bibliotecas o en locales de comida rápida, y que recuerdan el día en que perpetraron un pequeño robo, las razones que los llevaron a separarse o aquel instante en que perdieron, definitivamente, la inocencia”, resumen cabal para invitar a la lectura y que reproduzco por lo mucho que me ahorra en explicaciones.
Y ahora que hablo de esto y de pasada ¿para cuándo una buena antología de textos de solapas de libros, con expresión de sus autores? Eso nos los debemos los que empezamos los libros por estas frases gancho, que en demasiadas ocasiones redactan excelentes escritores que no siempre han tenido suerte profesional y otras nos recuerdan a los pianistas alcohólicos de los garitos...
Con 25 años de edad, Paulina Flores ganó el Premio Roberto Bolaño 2014 con el relato que titula el libro y en el que cuenta la pequeña historia de las dos niñas que acompañan a su padre, en paro, o cesante, a una entrevista en la búsqueda de un empleo por medio del cual pueda recuperar su dignidad, todo ello sin dejar de ser el referente casi mítico que al menos para una de ella, él sigue siendo.
Usando sus propias palabras, estos relatos son como “manzanas a medio comer”, contadas desde una ironía despierta que aleja la dureza de algunas situaciones, y que suelen estar digeridas por la mirada de otro que es quien observa el mundo, y construidas desde historias aparentemente sencillas. Y utilizo el tópico de que en demasiadas ocasiones la sencillez es solo apariencia, porque la realidad verdadera es que en la vida, detrás de lo que sucede a nuestro alrededor, hay una intrahistoria o un intramundo que no siempre nos es permitido ver a primer golpe de vista.
Es el caso de la niña de origen humilde que veranea con sus primas de clase media y contrasta la vida, o el diario que espera ser acabado, o el sarcástico puzzle que construyen los recortes de periódicos con golosas ofertas de trabajo, tan tentadoras como para un hambriento observar el interior de un restaurante a través de los cristales. Es la ceremonia del desclasamiento deseado, provocado, forzado o simplemente sugerido.
En declaraciones al diario El Español confesó Flores: “Una siempre piensa que el cuento tiene que tener cierta forma, ¿no?, que tiene que ser algo como Carver o Hemingway, pero mi escritura no va por ahí. Yo quiero que la cosa rebalse. Quiero pensar”.
Y así son las cosas. En este libro todo futuro es pasado y es lo mismo. Por ejemplo, pierde su trabajo, pierde su empleo, pero en el relato está a punto de encontrar uno nuevo, es un cesante dejando de serlo, hay parejas que comienzan su relación cuando  sospechamos que todo va a fracasar por lo que casi empieza por el final, niños que nacen a la vida y todo va a ir mal, o un militar que tuvo mando durante la dictadura y ahora rebusca por las basuras (¿o no fue lo mismo?) y así todo comienzo está preñado de su final, todo inicio lleva en sus entrañas una pizca de fracaso.
Es un libro, insisto en ello, sorprendente, de una escritora asombrosamente joven, cuyas historias atraen por su vigor desconocido. Todo junto conforma un suceso muy poco frecuente.


martes, 25 de abril de 2017

Libros

Ordenar un país desde su ficción

Un comentario sobre la Antología del cuento boliviano que Manuel Vargas preparó para la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia.



 Mauricio Murillo 

Para que una antología literaria sea efectiva y para que valga la pena su publicación, el antologador debería evitar, por lo menos, dos objetivos: primero, la intención de fijar un canon indiscutible o pensar que los textos propuestos son lo que se debe leer y los que no están, los que no; segundo, buscar que el volumen abarque todo sobre el género y que las puertas a “nuevos” textos del pasado queden cerradas.
De entrada, habrá que decir que Manuel Vargas, como antologador y autor del estudio introductorio, no hace ninguna de las dos cosas en Antología del cuento boliviano, nuevo volumen de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia. Él mismo lo plantea en el texto: esta no es la única antología sobre cuento boliviano y no pretende ser la biblia sobre el género (“toda antología no se cierra del todo”, dice Vargas). Así, este libro viene a conversar, o discutir, con anteriores antologías y, además, por la envergadura de su trabajo, se instaura como un territorio necesario dentro de la historia del cuento boliviano.
Al inicio del volumen, Vargas elabora una introducción justificando el libro y, a la vez, explicando de manera rápida pero efectiva los límites y características del género. Entonces, toda antología sobre el cuento deberá ser, también, una reflexión sobre los elementos del género; en cada cuento que forme parte de dicha antología debería estar la propia definición del género, sus límites, sus características, sus rupturas. El objetivo principal, leemos en el Estudio introductorio, no solo es que el lector lea desde el placer estético, sino mostrar, a partir del género, la conformación de un país; es decir, analizar, lanzar hipótesis, reflexionar sobre Bolivia y sobre el cuento que se elabora (en este sentido, el primer concepto me parece mucho más abstracto e inasible que el segundo).
Si bien Vargas hace referencia a la idea de que el cuento nace de la vocación narradora de las culturas y del ser humano, en el índice deja de lado esta concepción insuficiente para ofrecernos solamente el ordenamiento de textos modernos. Este es uno de los mayores aciertos del contenido: hubiera estado fuera de lugar, por ejemplo, insertar un relato de Arzáns. No porque este nuestro autor fundacional no sea esencial o no escriba relatos, sino porque en su escritura no encontramos cuentos (pensemos, de manera restrictiva, que el cuento existe luego de Poe y Chejov). Entonces, meter todo en la misma bolsa para representar un género literario en Bolivia, como se hizo con anteriores proyectos, solo le quitaría calidad al trabajo, cosa que no sucede. Otro acierto dentro del índice es que Vargas (junto con el comité asesor, del que hablaré más adelante) no va por lo conocido/canónico/escolar, me refiero a que muchas de las elecciones no pasan por la popularidad, sino por la calidad de los textos. El mejor ejemplo es la elección de Ifigenia, el zorzal y la muerte de Óscar Cerruto, el mejor cuento escrito en Bolivia.
Para esta antología, cualquier cuento de Cerco de penumbras podía haber sido seleccionado, pero Vargas no va por lo seguro (El círculo o Los buitres). Esta reflexión es subjetiva, por supuesto, pero marca la vocación del comité asesor del libro de insertar los “mejores” cuentos bolivianos o, lo que es preferible, los que generan una experiencia lectora más completa, válida y que interpela al lector. No lo marca Vargas en el Estudio introductorio, pero el índice también privilegia los textos que mejor elaboran un mundo ficcional, los que le dan un espacio a la ficción. Otro logro en la selección de los cuentos es elegir relatos que se han escrito hasta el anterior año. Un prejuicio en muchas selecciones implica que los textos literarios solo valen por su antigüedad, lejanía o tradición. Algunos narradores bolivianos están escribiendo actualmente grandes ejemplos del género.
Al analizar rápidamente el índice puede decepcionar que Vargas se haya incluido en la selección. Y no porque no lo merezca, es uno de nuestros mejores cuentistas, sino porque un antologador que se antologa a sí mismo, que se inserta en la historia con un puesto de privilegio, es como un niño que pide que lo miren antes que a otros (pese a que la ausencia de El Con Caballo hubiera sido importante). Un antologador que se hace parte de lo más importante que se ha escrito sobre un tema basándose solo en su propia reflexión agota su texto en su propia visión. Pero esto no es lo que hace Vargas. Su decisión se justifica porque est asesor﷽﷽﷽fica porque est un Comigritos que lo miren. Esto no es lo que hace Vargas. Su decisi diciendoiselecciones implica que á el comité asesor, conformado por Giovanna Rivero, Edmundo Paz Soldán y Adolfo Cárdenas. Esta antología parte de un trabajo colectivo. Lo dice Vargas en el Estudio: “es el producto de un trabajo colectivo”. Y este es otro de los grandes logros de Antología del cuento boliviano, partir de la idea que la literatura, sobre todo en el ámbito de la interpretación y la lectura, no es el oficio de uno solo.
Imagino que este volumen podrá recibir dos reproches o reclamos. 1. Que no hay incluido ningún relato oral; esta afirmación estaría injustificada porque cuento y relato oral son dos cosas distintas, ninguna es más importante que la otra, ni culturalmente más relevante, sino que, repito, son cosas distintas. 2. Muchas de las críticas que recaerán sobre el índice estarán conjugadas desde la primera persona; esto quiere decir que muchos escritores reclamarán el hecho de no estar antologados pese a sus grandes aportes realizados a la literatura nacional. Esto suena un poco a lo dicho más arriba: cada afirmación que hable del ombligo propio en literatura está fuera de lugar y es insostenible.
La edición del libro es depurada. Se nota un muy buen trabajo al que aportan las reseñas biográficas y los datos bibliográficos. Los hermosos dibujos de interiores y de la portada (la más linda de la colección hasta ahora) son de Alejandro Salazar y completan un libro que encontrará un lugar destacado en la historia reciente de nuestras letras. Pese a la calidad dispareja de los textos que siempre se encuentra en una antología (advertencia que hace Vargas en la introducción) los cuentos de este volumen pueden redondear una idea de lo que es el cuento y de lo que es este cuando se lo nomina boliviano.

Me parece que a la BBB le hacen falta más libros de literatura, más libros de ficción. Pese a esto, está demostrando ser un proyecto interesantísimo y muy importante. La ficción, la literatura, es central para sobrevivir y entender la realidad, para divertirnos pero también para entender algo más de nosotros y de la absurda realidad. La Antología del cuento boliviano, gracias al importante trabajo de Manuel Vargas Severiche y de los cuentistas antologados, cumple a cabalidad con esto. 

lunes, 17 de abril de 2017

Libros

Medio siglo de Tres tristes tigres

Sobre la obra cumbre de Guillermo Cabrera Infante, un autor prohibido por Batista por obsceno, por Castro por contrarrevolucionario, y por Franco por marxista.



Ricard Bellveser 

A veces la vida imita a la literatura, y viceversa. Una se monta sobre la otra para producir nuevas obras. Las más de las veces, la vida quiere ser literaria y solo de vez en cuando lo consigue.
Este año se cumple el 50 aniversario de la publicación de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929 - Inglaterra, 2005) novela que la editorial Seix Barral acaba de reeditar en una edición razonablemente pulcra, si se tiene en cuenta el trasiego que estas páginas han sufrido, y la entretenida intrahistoria que las acompaña.
Cabrera la escribió, “en cubano” según explicó en numerosas ocasiones, no sin ironía, en referencia a que tomó calcado el habla de la calle, la puso testimonialmente en boca de los tres protagonistas, amigos de las aventuras, que viven inmersos en la atmósfera de la Cuba de Batista, su desplome y el triunfo, en 1959, de los barbudos cubanos de Fidel, revolución con la que el autor simpatizó, aunque como otros tantos, pasado no demasiado tiempo, se sintió atrapado por el desencanto.
Inicialmente la llamó Vista del amanecer en el trópico, título que luego cambió por el de Ella cantaba boleros, hasta llegar finalmente a TTT, como le gustaba llamar por acrónimo a Tres tristes tigres; pero los anteriores títulos le gustaban tanto que los aprovechó para otras historias.
En TTT describe La Habana anterior a la revolución, su vida cotidiana, sus prostitutas, la decadencia, la noche, la golfería, la lucha armada que terminó por cambiar las cosas y el gobierno. En 1964 envió la obra a Barcelona, al prestigioso Premio Biblioteca Breve que convocaba la editorial Seix Barral, que ya lo habían ganado Luis Goytisolo, Caballero Bonald, Mario Vargas Llosa y García Hortelano y que servía de apoyo al boom latinoamericano que comenzaba a hervir. Hay dos boom en el sentido temporal de la etiqueta. El primero lo conformaron la edición en 1939 de El pozo de Juan Carlos Onetti, Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias de 1946 y El túnel de Ernesto Sábato que conoció la imprenta dos años después, en 1948. El segundo boom vino marcado por libros tan contundentes como Hijo de hombre de Roa Bastos (1959), La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa (1962) y el sublime Rayuela de Cortázar (1963). En esta atmósfera hay que entender la novela de Cabrera Infante que se publicó en 1967 el mismo año que Cien años de soledad de García Márquez.
Tres tristes Tigres ganó el premio, pero no superó las pruebas de la censura. Se editó en 1967, reescrita… más bien amputada, con páginas prohibidas y escenas suprimidas que no se repusieron en el libro hasta una fecha tan tardía como 1990, aunque esta es otra historia que habrá que contar en otro momento.
Ahora tiene interés la “novela” que conformó el trajinar de TTT que por imitación de la vida a la literatura, fue la novela de la vida. A los censores cubanos no les pareció lo suficientemente revolucionaria, e incluso al revés, vieron en ella elementos contrarrevolucionarios, por tanto la prohibieron. La censura española del gobierno del general Franco, la consideró demasiado marxista, y por ello la prohibió.
No dejemos pasar este aspecto: el censor español, en su informe del 10 de abril de 1965, dijo textualmente: “se trata de una serie de narraciones entrecortadas por alusiones a la lucha castrista, victoriosa, y alabada, contra Batista. Lo entrecortado de la narración se explica por una mala imitación de la escuela francesa del nouveau roman. Ahora bien, el contenido de todas esas narraciones es pornográfico a veces, irrespetuoso otras, procaz siempre. Dada la manera como está concebida la narración, no admite tachaduras y habida cuenta de la tendencia marxista esencial en la intención del autor NO DEBE AUTORIZARSE”. Las mayúsculas son suyas.
Ya bastante antes, el gobierno de Batista prohibió a Cabrera Infante la publicación de un cuento por “obsceno”, y por la misma razón, como hemos leído, se persiguió en España.
Cabrera, cuando empezó a tensar sus relaciones con el gobierno de Fidel Castro, marchó a Bruselas a un cargo peri diplomático. A la muerte de su madre, regreso a La Habana. Una vez allí, le prohibieron salir de la isla y le tuvieron retenido más de cuatro meses. Cuando se pudo zafar fue a Madrid y a Barcelona y al no hallar acomodo suficiente, marchó a Londres donde continuó el resto de su vida, hasta incluso obtener la nacionalidad británica. En España se le concedió el Premio Cervantes en 1997 y La Habana puso su nombre a una institución pública, cosa a la que Cabrera se negó, porque nunca quiso regresar allí donde se sentía un infante difunto.
Chocante recorrido, prohibido por todos, los unos y los otros, en un extremo y en el otro, por marxista y por contrarrevolucionario, por obsceno, por excesivamente laico y decididamente antimilitarista como si, en opinión de los censores, no hubiera sitio en la tierra ni en los libros para él.


domingo, 26 de marzo de 2017

Libros

El pasajero arriba a la última frontera


Fragmento del prólogo al libro Obra poética de Rubén Vargas (Plural) que se presentó el viernes en La Paz. Chávez traza un perfil biográfico, pero ante todo una memoria personal de su amistad con Rubén.




Benjamín Chávez 

Todos los caminos comienzan en la puerta de tu casa. Todas las fronteras, en algún lugar. Partir es ya haber llegado. Para Rubén Vargas Portugal (1959 - 2015), la poesía era lo más importante en la vida. Como Octavio Paz, estaba convencido de que ella exorciza el pasado y así vuelve habitable el presente. Fue lector, poeta, crítico y su altísima sensibilidad lo convirtió, sin haberse propuesto tal meta, en uno de los mayores especialistas del género. Lo hizo gozosamente, con gratitud y fe en los poderes magnéticos y transformadores de la poesía.
Nació en La Paz el 29 de marzo. Hijo de Juan Vargas y Teresa Portugal, era el segundo de cuatro hermanos (Eduardo, Rubén, Fernando y María Teresa). Pasó sus años escolares en Obrajes y se graduó bachiller del colegio Bancario. Luego estudió literatura en la Universidad Mayor de San Andrés, donde llegó a ser docente del Taller de Poesía, cátedra que heredó de su amigo y maestro Jaime Saenz. Años más tarde, dictó la materia de Tesis creativa, modalidad en la que también él se había titulado con el libro El viaje a Lisboa, cuyo ensayo académico, requisito para tal titulación, redactó a ritmo febril en pocos días en Sorata en 2007.
En ese pueblo al pie del Illampu, Rubén rentaba una pequeña casa que durante varios años (desde 1996, pero asiduamente entre 2004 y 2011), visitó los fines de semana, las vacaciones y en cuanta oportunidad tuvo, porque había encontrado el reducto de paz que lo colmaba de dicha. Allí, en compañía de su esposa, la pedagoga María Luisa Talavera (con quien se había conocido en la militancia política hacia finales de la década de los 70) y el hijo de ambos, Julián (1986), pasó gratísimos momentos, hasta el accidente automovilístico ocurrido en 2011, en el que la pareja casi pierde la vida, mientras Julián estudiaba en Holanda. Luego de ese hecho, las visitas a Sorata disminuyeron drásticamente.
En 1989, merced de una beca de estudios obtenida por María Luisa, emigraron a México, donde Rubén realizó trabajos críticos para la revista Vuelta. Allí publicó textos sobre Octavio Paz, Nicanor Parra, José Emilio Pacheco, Oliverio Girondo, Martín Adán, Efraín y David, Huerta, Enrique Molina, Eduardo Mitre y otros. Tres años antes, había editado su primer poemario Señal del cuerpo en la editorial Cabildo de Santa Cruz de la Sierra. Un libro breve de tema erótico, que mostraba la fineza de su escritura, su familiaridad con las imágenes claras y reveladoras y un oído muy bien afinado (sólo / una línea / nos separa del mundo // tu piel). Sobre dicho libro, el poeta uruguayo Eduardo Milán expresó: “Vargas centra toda su atención en la raíz del acto de escribir, una raíz que no se ubica en la retórica formal del pasado sino en el presente incuestionable del poema”.
Tras retornar a Bolivia, formó el grupo Los jinetes del Apocalipsis junto a sus amigos los poetas Jorge Campero, Juan Carlos Ramiro Quiroga y Edmundo Mercado. Ellos organizaron el Primer Encuentro de Narrativa y Poesía que se realizó en Copacabana del 18 al 20 de diciembre de 1992. Poco más de un año después, publicaron El cielo de las serpientes (La Paz, enero de 1994). Allí, a manera de frontispicio, apareció el poema homónimo escrito por los cuatro en el Bar Boulevard el 3 de diciembre del 92. (…)
En 2003, Plural editores publica su segundo libro La torre abolida, obra central en la escritura de Rubén y uno de los mejores poemarios de la década, donde pueden leerse poemas magistrales que conforman el discurso medular de su poética. (…)
La lectura y los viajes fueron centrales en su vida y materia privilegiada de su poesía. Además de visitar en repetidas ocasiones varios países del continente, viajó a Europa por primera vez en 1994 de camino a Israel, donde había sido invitado en su calidad de periodista cultural. En aquella ocasión Barcelona fue la ciudad que lo cautivó. En el 98 visitó París, a donde volvió junto a su familia en 2001. En esa ocasión, juntos recorrieron también varias ciudades de España (Madrid, Sevilla, Granada, Málaga, Barcelona) e Italia (Turín, Florencia, Venecia y Roma).
Retornó a Europa a mediados de los 2000 (Madrid, Lisboa, París, Santiago de Compostela). De aquel viaje nacieron los poemas de El viaje a Lisboa y, de su recorrido por el camino de Santiago, el poema La Vita Nuova. Una consecuencia de aquella peregrinación fue su cambio de look (cabello largo, barba y bigote).
En 2013 retornó a Europa con motivo de la finalización de los estudios de maestría de su hijo, con quien visitó Eindhoven, Amsterdam, Istambul, Praga, Budapest y Madrid. Las Tres postales que nunca envié, provienen de ese viaje: (Praga, Budapest e Istambul). El último viaje que hizo fue a Nueva York en septiembre de 2014 donde, junto a Julián, visitó a Eduardo Mitre y asistió a una lectura de poemas de Mark Strand. Un planeado viaje a la feria del libro de Buenos Aires en 2015, junto a su amigo Luis H. Cachín Antezana, se truncó por el precario estado de salud de Rubén. (…)
Fue también un melómano y como periodista fue siempre atento e inteligente ante las propuestas musicales que se generaban. Sus notas críticas y entrevistas mostraban lo verdaderamente importante, y es sabido que los músicos y directores (además de los artistas escénicos), consideraban un honor que Rubén escriba sobre su trabajo. Se esforzaba por comprender propuestas atípicas, a veces difíciles, y disfrutaba con entusiasmo de lo que le gustaba. Solíamos pasar largas jornadas en su casa o en la mía escuchando música y sus sugerencias fueron siempre una guía. Entre muchas otras cosas, le gustaba Nick Cave, Patti Smith, Leonard Cohen, Luzmila Carpio y el Cuarteto Cronos. Ah y claro, Tom Waits (no en vano, en un festival de bandas en Oruro, fundamos, junto a Edwin Guzmán y Julián Vargas, la comparsa “Alegres Tom Waits”, así bautizada por Rubén).
La última vez que lo vi fue en un café de la plaza Abaroa. Nos habíamos juntado para celebrar que sendos artículos nuestros acababan de publicarse en España, en un volumen de homenaje a Álvaro Mutis. Allí conversamos largamente en torno al libro, sus clases en la universidad y lo que yo estaba escribiendo. Aproximadamente una semana después, lo llamé por teléfono en un mediodía caluroso. Me respondió con una voz extremadamente débil y me comunicó que estaba camino al hospital. Quedamos en hablar luego. Nunca más pudimos hacerlo. (…)


lunes, 6 de marzo de 2017

Libros

Valle-Inclán: el regreso de
quien nunca se había ido

Se acaban de publicar, simultáneamente, y por ser su aniversario: La media noche, en edición anotada, y La pipa de kif en facsímil.

  

Ricard Bellveser 

A los 150 de su nacimiento y los 80 de su muerte, el gallego Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936), sorprendente personaje, escritor admirable, representante del mundo de la bohemia heredado de las ensoñaciones de los simbolistas y parnasianistas franceses, autor modernista, admirador hasta la imitación del nicaragüense Rubén Darío, y protagonista de centenares de anécdotas, la mayor parte de las cuales no son sino meras atribuciones, vuelve a los escaparates de las librerías con novedades singulares.
Valle-Inclán siempre está presente en las letras españolas y en español, pero ahora regresa desde sus aspectos más curiosos y quizá menos representativos que verdaderamente se encarnan en sus Sonatas y en sus “luces de bohemia” donde le da un buen repaso a su generación histórica.   
Alianza Editorial publicó hace pocos meses La media noche. Visión estelar de un momento de guerra, en edición de Margarita Santos Zas en colaboración con la Universidad de Santiago de Compostela; mientras que la editorial Hiperión puso en circulación una edición facsímil de La pipa de kif, un canto a la marihuana y sus efectos, que el autor publicó por primera vez en 1919.

Corresponsal de guerra
La media noche se publicó hace ahora un siglo, en 1917, y es una crónica periodística y literaria resultado de su experiencia durante dos meses, cuando en 1916 y dadas sus simpatías aliadófilas (fue uno de los firmantes del manifiesto pro-aliados, lo que le dio más de un disgusto), el gobierno francés le invitó a visitar el frente de combate en la Primera Guerra Mundial a condición de que publicara un libro sobre el conflicto. El proyecto no era nuevo, algo similar habían realizado James Joyce, John Dos Passos, Ernst Jünger, William Faulkner, Vicente Blasco Ibáñez y otros muchos escritores de diversa inspiración, con resultados tan dispares como eran sus muy variadas personalidades humanas y literarias.
Valle-Inclán recorrió los frentes de guerra como enviado especial de los periódicos Prensa Latina y El Imparcial, consciente de que era la primera vez que una guerra se extendía por medio planeta hasta ser considerada, no sin exceso verbal, “mundial”, y para la cual la inteligencia humana había realizado cuantiosas inversiones y diseñado terribles máquinas de destrucción, e hizo un deslumbrante descubrimiento: la guerra  podía ser contemplada desde el cielo, a vista de pájaro, subido a un avión, con una perspectiva que aumentaba su carácter mitológico; los pilotos podían competir con los dioses en perspectiva y en alejamiento de su capacidad destructora, y con los héroes por su magnificencia ante el nuevo mundo que se ofrecía, y eso le deslumbró: “Yo he volado sobre las trincheras alemanas, y jamás he sentido una impresión que iguale a esta en fuerza y belleza”, lo que de nuevo, en palabras de Valle, convertía a los pilotos en “héroes de la tragedia antigua del vértigo erótico” y dicho de este modo, eso no era una descripción sino un verso.
Esta crónica, esta guerra y estos episodios representaban un desbordante reto para un escritor que abría los ojos y su mirada de poeta sobre un acontecimiento que, pese a ser una de las mayores tragedias de la existencia, era también la explosión de un mundo nuevo, la realidad de ese programa expuesto por Marinetti y los futuristas de que la guerra: por un lado la higiene del mundo y por otro el elogio del conductor de automóviles, del piloto de aviones, del héroe contemporáneo que llamaba al siglo XX para enterrar el siglo XIX que había sido un siglo emborronado de tinta.
No lo tuvo fácil don Ramón. Sabía que no podía escribir un libro como los que se habían escrito hasta el momento, pero dudaba del enfoque que debía darle al complicado encargo. Todo esto se constata en las distintas entregas que se fueron publicando, llenas de vacilaciones. Este es el verdadero interés de la historia aquí narrada y del libro que dio como consecuencia: haber volado sobre una guerra entendido como una experiencia inenarrable que aun así intentó narrar.

Poeta
No solo era un narrador con extraordinarias dotes, sino también un poeta que aunque desconfiaba de sí mismo, nos dejó una obra lírica de enorme interés, y dentro de ella el poema titulado La pipa de kif, una obra mucho más conocida que la anterior, referente del modernismo y de la modernidad, cuyo asunto es un elogio a la marihuana tan propio de las vanguardias europeas de principios de siglo.
Dejémosle que hable él: ¡Verdes venenos! ¡Yerbas letales / de paraísos artificiales! /A todos vence la marihuana / que da la ciencia del Ramayana. / ¡Oh marihuana, verde neumónica, / cannabis índica et babilónica! / Abres el sésamo de la alegría, /
cáñamo verde, kif de Turquía / yerba del viejo de la montaña”.

Tuvo –tiene- un recto perfume modernista que recorre todo el poema, del tema al tratamiento, la métrica o la atmósfera metafórica, la desvergüenza y la elegante provocación que se siente a gusto expandiéndose por el acomodado esperpento que se manifiesta por una galería de personajes de lo mas valleinclanesco.



lunes, 13 de febrero de 2017

Libros

Sylvia Plath en español

Los recién publicados Diarios completos -en su versión en español- son claves para entender la personalidad de la poeta norteamericana, sostiene el autor de este artículo.




Ricard Bellveser 

La poeta Sylvia Plath (1932-1963) sirvió el desayuno a sus dos hijos de uno y tres años, se fue a la cocina, selló con toallas y paños la parte inferior de la puerta y ventanas, abrió el gas y metió la cabeza dentro del horno. Hacía cuatro meses que había cumplido 30 años. Vivía en la casa de Londres que había habitado W.B. Yeats.
“Morir / es un arte, como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien. / Tan bien, que parece un infierno. / Tan bien, que parece de veras. / Supongo que cabría hablar de vocación”, escribió en uno de sus poemas más conocidos.
Solo 30 años y su obra es por todos estimada y recordada. Ahora la editorial española Alba acaba de publicar sus Diarios completos, en edición de Juan Antonio Montiel a partir de la estadounidense que hizo Karen Kukil, y con traducción al español de Elisenda Julibert.
En una nota correspondiente a febrero de 1957, dice la autora refiriéndose a su admirada Virginia Woolf: “En el verano negro de 1953 yo sentí que estaba replicando su suicidio. Solo que yo sería incapaz de meterme en un río y ahogarme. Supongo que siempre seré excesivamente vulnerable y algo paranoica”.
Su padre también murió muy joven, a los 55 años, y cuando Sylvia tenía 9. Le diagnosticaron diabetes pero pese a ser un hombre culto, profesor universitario, se negó a ser tratado por los médicos, por lo que la enfermedad siguió su progreso; tuvieron que amputarle una pierna, luego tratarle los ojos por la progresiva pérdida de visión.  
El hijo varón de Sylvia, Micholas Huges Plath, fue un tipo muy raro, solitario y huraño, profesor de ciencias del mar en la Universidad de Alaska Fairbanks, vivió soltero y puso fin a su vida ahorcándose, en 2009. Su hermana Frieda es escritora y colaboradora de la prensa británica, y está en permanente tratamiento por depresión.
La obra poética de Plath ha dado pie a diversos estudios psicológicos, especialmente centrados en el denominado trastorno bipolar que según ciertos expertos, padecía, aunque hoy, de ella, parece interesar mucho más su apuesta feminista y su renovación poética, pese al hecho sabido de que fue una estudiante muy brillante, aunque tuvo que alternar la universidad con los tratamientos psiquiátricos en el Hospital McLean, donde se sometió a sesiones de electrochoques que le ayudaron a llevar una vida, digámoslo así, normal.
Se casó con el escritor Ted Hugues, de quien se separó dos años antes de morir, y al poco de tener a su hijo. Tuvo con él una relación muy complicada, tanto por las sospechadas infidelidades de él con alguna alumna, como por sus relaciones como escritores. Escribe Plath en agosto de 1957, tras que le rechazaran la publicación de un libro: “Lo peor de todo es que me compadezco tanto de mí misma que me preocupa sentir envidia de Ted: de su éxito (…). Debo alegrarme de que lo haya conseguido, a pesar de tener tanta necesidad de mis propios éxitos para hacer que los dos nos sintamos mejor”.
Estos Diarios… que se acaban de publicar en español, llegan con todas las sabidas amputaciones. Las que hizo el propio Hugues sobre los pasajes de los últimos años, correspondientes a su vida juntos, y las que realizó su madre, un personaje interesante, que abandonó su vida al casarse con el padre de Sylvia, y que se negó a llorar cuando este murió. Al parecer la poeta norteamericana nunca olvidó cómo le influyó la muerte de su padre siendo ella pequeña, ni la relación con su madre, que no pudo superar y que ya nunca conoceremos porque esas páginas, hasta donde se sabe, han sido destruidas.
Está claro, además, que Sylvia tenía prisa por conseguir algún tipo de reconocimiento literario que le permitiera sobreponerse a sí misma. Es de una enorme elocuencia leerle en enero de 1958, cuando escribe: “Estoy verde de envidia -los ojos inyectados en sangre, echo espuma por la boca- después de leer a las seis poetas seleccionadas como ‘las nuevas poetas de Gran Bretaña y Estados Unidos’: todas insulsas, pomposas, menos May Swenson y Adrienne Rich. En cualquier caso ninguna otra es mejor que yo ni tiene más obra publicada. Así que siento el legítimo rencor sereno”.

Paradojas de la vida, Sylvia Plath fue la primera poeta en ganar un Premio Pulitzer, aunque lo fue con carácter póstumo, por sus Poemas completos, preparados para su edición por su marido.

Libros

El mundo de Liliana


Comentario del nuevo libro de Liliana Colanzi, que el autor leyó en una reciente presentación en Cochabamba.


Adolfo Cáceres Romero 

No diría el mundo, sino el universo de Liliana. Aunque ella nos habla de Nuestro mundo muerto en un cuento de ciencia ficción que le sirve de título para su nuevo libro publicado en 2016 por la editorial El Cuervo.
Al leer El ojo, Alfredito y La ola, los tres primeros cuentos de los ocho que componen el volumen, sentí que me impregnaba -una vez más- del mismo aroma intimista, obsesivo, que emana de los cuentos de Virginia Woolf. Algo similar sentí al leer Retrato de familia y Rezo por vos, cuentos de Liliana que están en Vacaciones permanentes (2010), su primer libro, elogiosamente recibido por la crítica.
Pero la otra parte de Nuestro mundo muerto, con Chaco, me sorprendió por su floración mítica, auténtica y personal; el rescate de los seres cuyas voces recién son escuchadas en su concepción de la tierra que se resiste a morir a pesar del asfalto que abre sus entrañas; su tierra, nuestra tierra, sazonada con la sal de nuestros ancestros. Ese escenario de nuestra América originaria que fue cantado magistralmente por Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo, Joao Guimaraes Rosa y Gabriel García Márquez, ahora se abría a mis ojos, celebrando el origen de nuestras cosas, nuestros árboles, fuentes, animales, en fin, nuestra naturaleza, con toda su magia originaria.
No es fácil llegar a esta resolución si no se vive con la mente puesta en nuestros mitos, como lo hace Homero Carvalho en varios de sus poemas emblemáticos. Es en ese intento donde se autentifica Liliana Colanzi, con algo que es exclusivamente suyo y nuestro, inclusive en el lenguaje que usa. Pienso que Liliana, a pesar de vivir lejos del país, siempre sintió el clamor de la sangre. “Para mí -nos dice-, escribir es meditar sobre situaciones o temas que me interpelan de manera profunda”. Esa interpelación viene de más allá de sus sueños, de un tiempo que todavía vive en ella.
Desde luego que también están sus lecturas, sus vivencias en medio de otras culturas; de ahí que sus cuentos urbanos bordean el misterio, la rutina, no diría de la vida, sino de lo que somos o nos hacemos, obsesionados con el misterio de nuestra creación. Expulsados del paraíso, vamos aprendiendo con nuestras caídas. Aquí recuerdo Rezo por vos, de su primer libro; magistral en el manejo de la anécdota. Entiendo perfectamente lo que sigue, cuando ella dice en una entrevista para Brújula, del diario El Deber de su natal Santa Cruz: “aunque a veces no tengo muy claro por qué. De hecho, casi nunca tengo claro por qué o hacia dónde voy, hasta que empiezo. Ese ánimo exploratorio es el que me motiva, tanto para el cuento como para -en este momento- la novela”.
Y aquí viene a cuento Chaco. Virginia Woolf también empezó su célebre novela La señora Dalloway (1925), con un cuento que publicó, con el mismo título, tres años antes.
¿Pero qué es Chaco? Podría decir que es un vitral de nuestro mundo originario del sur de Bolivia, especialmente de los departamentos de Santa Cruz y Tarija. Vitral de la memoria, diría Eduardo Mitre, remitiéndose a sus recuerdos de infancia. El de Colanzi es de las etnias que aún pueblan nuestro ámbito territorial. Chaco, que ganó el Premio Aura Estrada de México, comienza con estas palabras:

“Decía mi abuelo que cada palabra tiene su dueño y que una palabra justa hace temblar la tierra. La palabra es un rayo, un tigre, un vendaval, decía el viejo mirándome con rabia mientras se servía alcohol de farmacia, pero ay del que usa la palabra ligera. ¿Sabes qué pasa con los mentirosos?, decía. Yo quería olvidarme del abuelo mirando por la ventana a los suchas que daban vueltas en el inmundo cielo del pueblo. O le subía el volumen a la tele. La señal llegaba con interferencia, una explosión de puntitos. ¿Sabes lo que le pasa al que miente?, insistía el abuelo, esquelético, amenazándome con el bastón: la palabra lo abandona, y al que se queda vacío cualquiera lo puede matar”.

La muerte ronda este cuento, de la manera más insospechada, mostrándonos la extraordinaria capacidad de fabulación de esta escritora. Trama y lenguaje, van parejos, inclusive con sus giros coloquiales.
Nuestro mundo muerto es un libro de cuentos único, incomparable, en el que Liliana, estimulada por los “irisinos” de Edmundo Paz Soldán, nos lleva a la colonización de Marte, con personajes nuestros, como Choque, el botánico de la colonia. Tenemos para más con ella, si confiamos en sus motivaciones. Leyéndola nos damos cuenta no solo de su enorme talento creador, sino también de su voluntad de crecer.
“Estuve lidiando en los últimos años con algunos problemas médicos -nos confiesa- que me hicieron experimentar lo frágil que es el cuerpo y la tenue relación que tenemos con eso que está allá afuera: el insomnio prolongado o una pastilla diminuta pueden hacer tambalear por completo tu sentido de la realidad. Me interesó trasladar ese desquiciamiento, esa ruptura epistemológica, a la escritura. Y eso vino acompañado, también, por un deseo primal de volver a las fascinaciones de la infancia. De chica pasé algunas vacaciones en Beni, en un aserradero en el monte, y allá vi y escuché cosas tremendas”.
Anhelamos que esas cosas tremendas sean sublimadas en nuevas obras, para ventura de quienes admiramos y seguimos la ruta de sus escritos.