sábado, 20 de junio de 2015

Ensayo

Víctor Hugo sí, Víctor Hugo no


Mucho se habla y se especula sobre la vida y obra de Viscarra. Pocas personas tienen mayor autoridad en el tema que Virginia Ayllón, escritora, crítica y amiga cercana del desaparecido autor paceño.



Virginia Ayllón

Hace cuatro años, un editor cochabambino, posteó (palabra obligada) en su blog un comentario laudatorio a la obra de Víctor Hugo Viscarra, mismo que terminaba indicando que ciertas personas que “se dicen literatas”, especialmente la suscrita, habíamos defenestrado y descalificado la obra de Viscarra.
Este año, un artículo aparecido en un suplemento literario de Cochabamba aseguraba que soy responsable, junto a Manuel Vargas, de “propagandizar el fanatismo y las modas literarias que encumbran a Viscarra como el gran conocedor de los suburbios pobres de la urbe paceña”. O sea, ¿Víctor Hugo sí? o ¿Víctor Hugo no?
Víctor Hugo se calificaba a sí mismo como antropólogo o experto en antros, y siguiendo esa retórica, dije alguna vez que había cierta actitud antropófaga con Víctor Hugo, aludiendo a esa manía social que privilegia la mirada al personaje -una mirada que traga- y no a la obra del escritor.
La mejor explicación a esta actitud la he encontrado en las teorías de la identidad, que indican que ésta se estructura con base en la creación del otro para explicarse uno mismo. Esta certeza antropológica es también literaria, especialmente narrativa, al menos en la que peligrosamente se acerca al maniqueísmo de los personajes. A la vez hay sobresalientes obras, como algunas de la novela de misterio en las que el investigador o la investigadora encuentran en sí mismos abominables rasgos del delincuente que es su “otro”.
Pero la antropofagia con Víctor Hugo ni era ni es del tipo literario, era simple antojo y ganas de zamparse un bocado desconocido lleno de burdeles, cantinas, perros y niños callejeros.
Quienes defienden la literatura de Víctor Hugo porque sería testimonio fiel de los mundos que le tocó vivir, flaco favor le hacen a su literatura porque la desliteralizan; es decir la hacen valer por el referente y no por el cómo el Víctor Hugo dibujó ese referente. Por ese efecto, Víctor Hugo deja de ser escritor para ser periodista de investigación o fotógrafo.
Para el extremo, hace como un año oí a alguien que públicamente y con bastante soberbia reconoció no haber leído la obra de Víctor Hugo con el argumento de que todo lo que allí estaba ya lo conocía por las farras que compartió con el escritor. 
Posiblemente la arrogancia del Víctor Hugo también alimentó esa forma de leerlo; decía que le “ganaba a Saenz” porque éste último no conocía ni la punta de lo que él conocía de la ciudad nocturna. ¡Soberbia al máximo!
Por el otro lado están quienes niegan todo carácter literario a su obra, precisamente por su tono testimonial; o le niegan suficiencia testimonial indicando que “hay otro mejores en describir el bajo mundo de La Paz”.
Para mi gusto ni uno, ni lo otro. Como amiga personal hemos compartido con Víctor Hugo varios momentos de nuestras vidas, desde las vicisitudes políticas, las farras en los barrios bajos, lecturas, tristezas, alegrías, ferias del libro. O sea, nada más ni nada menos que lo que se comparte con un amigo, muy querido por cierto.
Precisamente por esa amistad, no puedo conceder nada a favor o en contra de su literatura que no sea mi convencimiento como lectora. Menos mal la vida me permitió, como se dice popularmente, “decirle en su cara” lo que pensaba de su literatura y de su actitud como escritor.
Le alerté sobre los peligros de la fama de la que sí gozó en vida, de la soberbia propia de alguien que no lee a los otros, o simplemente no lee (por eso fueron hermosos los breves meses en que dejó de tomar y visitaba con fruición la biblioteca del Humbertito Quino o la mía; leía desaforadamente, como quien descubre la literatura).
El grupo de antropófagos, que hacen del Víctor Hugo un “mito urbano”, prefiere Borracho estaba pero me acuerdo, precisamente porque es el más testimonial, el “más duro”.
A mi gusto, algunos cuentos de Relatos de Víctor Hugo y especialmente otros de Alcoholatum y otros drinks son muestra de un mejor trabajo literario. Asentada en estos cuentos diría, o más bien repetiría, que la obra del Víctor Hugo es, en general, autobiográfica pero con rasgos literarios importantes en muchas de sus piezas.
Se discute si la autobiografía, el testimonio, los diarios y la correspondencia son literatura, justamente porque el objetivo de su producción no es ficcional; todo lo contrario, estos textos expresan “una realidad”, la vivida, descrita o percibida por los escribientes.
Claro que el asunto no es simple porque muchas de estas piezas pueden contener elementos literarios ya que “el escritor no sabe lo que escribe”; es decir pueden tener cierto nivel de autonomía respecto de su creador. Por eso sirven mucho para ejercicios de acercamiento a las condiciones en que escribió un autor, el mundo en el que vivió cuando escribió, etc. También son útiles para acercarse a la historia de determinadas literaturas ya que se ha demostrado que algunos grupos subvalorados socialmente, en distintas épocas de su devenir histórico, hacen uso de este tipo de textos para expresarse “literariamente”; una especie de pre literatura.
Entonces, la obra del Víctor Hugo puede servir para estudios sociológicos, claro que sí, ya la historia de las ciencias sociales, especialmente en países como el nuestro, ha validado a la literatura como fuente de investigación social e histórica. También sería muy útil en estudios sobre la ciudad de La Paz, la bohemia, los escritores paceños, los escritores “de los márgenes”, etc., etc.
Todo eso está bien y vale, pero el análisis literario de su obra ha de ser con claves literarias y no otras. Pondré un ejemplo: una cosa es decir que un gran valor de Adela Zamudio fue su defensa de los derechos de las mujeres, y otra es asegurar que Íntimas es una novela que con maestría estructura sus personajes con base en la correspondencia entre hombres y mujeres.
Y no es casual que tome el ejemplo de Zamudio, escritora cuya obra se valoraba a través de la pre-valoración de su persona. Es decir, a tan valiente mujer le debía corresponder una excelsa literatura. Este ejercicio es peligroso y maniqueo ya que ni todos los buenos son buenos escritores ni los buenos escritores son todos bondad pura.
Es decir, la literatura del Víctor Hugo no puede justificarse, defenestrarse, ensalzarse o anularse por la vida que le tocó. Esto vale para los lectores como para la crítica, la academia, etc., aunque, claro, lo peor es que no se lea su obra porque con su vida ya basta. Víctor Hugo era, entre otras cosas, un escritor, y a un escritor hay que leerlo.

¡Salud!, y creo que lo más saludable en este caso es dejar tranquilas la vida y la muerte del Víctor Hugo. 

La palabra teleférica

El mataburros boliviano

Elogio de un clásico, el Diccionario de bolivianismos de Nicolás Fernández Naranjo y Dora Gómez de Fernández.



Juan Pablo Piñeiro

“Vistos al Illimani”, es un giro verbal boliviano que ha dejado de usarse hace un tiempo. Para entender plenamente su significado podemos tomar dos caminos, el de la teletransportación y el de la definición.
El primer camino a la vez se divide en dos opciones determinadas por la edad del lector. Si usted ha ido a la escuela en la década del 50 entonces apóyese en sus recuerdos para teletransportarse a algún colegio de la ciudad.
Si no, simplemente imagine que está caminando por el patio de algún establecimiento educativo junto a un compañero en el año 1957.  El compañero descubre que algo brilla en el suelo. De inmediato y con mucha habilidad  levanta un objeto. Es un trompo. Un trompo maravilloso. Entonces para asegurar la propiedad del juguete encontrado el compañero pronuncia el conjuro legitimador diciendo “vistos al Illimani”. Esto significa que ahora el trompo es suyo. Gracias a esta expresión cualquier escolar podía convertirse en el propietario verdadero de todo lo hallado.
El segundo camino para entender esta frase boliviana es el de la definición. En este caso lo que corresponde es consultar el Diccionario de bolivianismos de los esposos Nicolás Fernández Naranjo y Dora Gómez de Fernández.
El cuarto suplemento de este diccionario está dedicado a los giros verbales bolivianos y en la letra V, se puede leer la definición de “vistos al Illimani”. Dice: “expresión escolar con que se pretende legitimar la posesión de un objeto hallado”. La frase que se define a continuación es “volver estampilla” que claramente alude a una amenaza de paliza. Y así muchas más.
La primera edición del Diccionario de bolivianismos se agotó rápidamente debido a la sana curiosidad que a veces sentimos por entender las palabras que pronunciamos. Yo tengo la segunda edición publicada en 1967 por la editorial Los Amigos del Libro. Es recomendable leerla como si se tratara de un libro de poesía porque muchas de las palabras que son definidas poseen un manifiesto poder evocador. Evocan para revelar.
El Diccionario de bolivianismos puede ser leído también en una reunión de amigos, abriendo las páginas al azar para pulir la conversación mediante el humor. Si tenemos la suerte de embarcarnos en una seguidilla de definiciones maravillosas, seguramente terminaremos ahogados de risa.
La parte principal contiene las definiciones de palabras que han sido acuñadas en el castellano boliviano, así como también las acepciones que han adquirido palabras ya existentes al ser pronunciadas en estas tierras.
Así por ejemplo uno puede encontrar la definición de palabras como gualaycho, manazo, macana, chiripa o itapallo. Uno puede descubrir que la mayoría de estas palabras vienen del aymara o del quechua. Para muestra un botón, chiripa se define como “el resultado de una causalidad feliz”, y tiene su origen en la palabra aymara chiripa que significa pepa.
Como les decía, además de las palabras que nacen en el castellano boliviano, en el diccionario también están definidas las palabras que adquirieron nuevas acepciones por su uso en el país.
Un buen ejemplo es el verbo “chocolatear” que se define como “vocablo usado en cuarteles para indicar el castigo del chocolate”. O el uso de suspirar cuando uno se refiere al despilfarro de una fortuna: “en un mes ha hecho suspirar su herencia”. Así como la curiosa acepción de derramar, que se define como “perder algo por descuido”.
Por otro lado uno puede entender que si alguien trabaja para la “Compañía Vaguinson” seguramente es porque es un vago de siete suelas. Que un mirame-y-no-me-atoques es “una persona melindrosa, llena de embelecos y dengues”. Y que un moscamuerta es un “hipócrita, persona que procede con disimulo y picardía”. Y así cada definición marca un rumbo distinto y nos ofrece suculentas opciones para entender mejor las palabras que pronunciamos.
Además del corpus principal el diccionario posee siete suplementos muy interesantes. El primero hace un listado de palabras aymaras y quechuas de uso corriente en el castellano popular. Así uno encuentra las definiciones exactas de achuntar, tutuma, tijchar o thunkuña.
El segundo suplemento enfoca su atención en los paralogismos del verbo como los que se producen en el verbo coser que en su modo indicativo presente utiliza el “yo cuezo, tú cueses, él cuece y ellos cuecen”.
El tercer suplemento está destinado a los giros verbales bolivianos.  Entre ellos además del ya mencionado “vistos al Illimani”, se encuentran sabrosos giros como “sin asco”, “un kilo de cosas”, “jalar la lengua”, “echar una craneada”, “hasta por ahí nomás” o “estar de chaqui”. En la definición de la frase “irse al país de los calvos” se puede leer: “morirse, ir a dar con sus huesos al cementerio. Esta figura alude a que las calaveras son calvas”.
El cuarto suplemento es una selección de paremias bolivianas, nuevamente utilizando suculentas definiciones de paremias como “la venganza es chamuña”, “no hay hierba contra las jorobas” o “vamos a ver cuántos pares son tres botines”.
El quinto suplemento está dedicado a los vocablos aymaras y quechuas que son usados en el castellano popular de países americanos. Muchos podrán descubrir que la famosa “cancha” que aman los argentinos y en general todos los aficionados al fútbol viene de un vocablo quechua. Del aymara viene macurca, ojota o paspar, como muchas otras palabras.
El sexto suplemento es uno de los más extraordinarios del libro, es la sección dedicada al apodo boliviano. La precisión que tienen muchas definiciones sobre todo en lo que se refiere al apodo aymara, permite imaginarnos por lo menos a un conocido nuestro por cada apodo.
Kukuluruya es un apodo que significa “cara de pepa de durazno” y se aplica a un rostro surcado por arrugas y cicatrices. Un wakañawi (ojos de vaca) es una “persona de ojos grandes y mirada plácida y triste” y un tajmara (que es el sobrenombre que se puso Isaac Tamayo) es “un pobre diablo”. El séptimo suplemento está destinado a las incorrecciones fonéticas.
Este libro es una de las joyas de la literatura boliviana y hace mucho tiempo estaba con ganas de hacer antojar su lectura, ya que como dicen “más vale oler a burro que a muerto”.


Cafetín con gramófono

El fuego y los papeles viejos


En una pausa en su recorrido por las revistas literarias bolivianas, el autor reflexiona sobre las amenazas históricas contra las bibliotecas y archivos.



Omar Rocha Velasco

Una imagen se repite insistentemente en la literatura boliviana: el fuego alimentado por papeles. Imagen de la fatalidad, la tragedia y la incompletitud, pero al mismo tiempo de la pasión, el impulso y el resurgimiento. “Pulsión de vida y demonio ajeno”, como dice Luis H. Antezana en el texto que escribió como introducción a La lengua de Adán de Emeterio Villamil de Rada.
Cualquiera que va al Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia en la ciudad de Sucre y tiene el privilegio de visitar la sala en la que están acogidos los libros de Gabriel René Moreno, puede observar los lomos quemados de los libros de este gran bibliófilo y archivista boliviano (aunque a él le gustaba calificarse como “modesto papelista”); en efecto, el 28 de diciembre de 1881 su biblioteca se quemó en Chile, pereciendo, de esta manera, libros, folletos, revistas, manuscritos y todo tipo de papeles que adquirió tenaz y pacientemente.
Con el material que se salvó del incendio Moreno escribió Estudios de literatura boliviana, el libro de historia y crítica literaria más importante del siglo XIX, y que incluye a escritores como Bustamante, Tovar, Galindo, Mujía y Ramallo.
Moreno fue director de la Biblioteca del Instituto Nacional de Santiago de Chile durante 40 años. Se encargó de la publicación de las obras completas de Andrés Bello y reunió la colección “Biblioteca Boliviana”, que más tarde adquirió el gobierno de Bolivia.
Otro caso emblemático relacionado con el fuego es el de las obras de Emeterio Villamil de Rada, “hiperpolíglota”, que planteó la tesis de que la lengua en la que Dios y Adán se comunicaron fue el aymara y que el paraíso terrenal estaba situado en Sorata.
De él se conoce solamente La lengua de Adán, que según las palabras del autor eran solamente apuntes iniciales, la argumentación y sustentación de sus teorías se quemaron en el incendio del Palacio de Gobierno el 20 de marzo de 1875 (desde entonces llamado “Palacio Quemado”). Recupero otras palabras de Luis H. Antezana en el mismo estudio introductorio citado más arriba:

“En los depósitos, sótanos y oficinas del edificio no solo se acumulaban fardos de papeles y archivos ‘oficiales’ sino también innumerables solicitudes y manuscritos privados, enviados ‘desde siempre’ -se podría decir- a ese centro del poder político en Bolivia. Por lo que se sabe, tales manuscritos colmaban varios anaqueles y no solo incluían meras cartas personales de los ciudadanos a las autoridades de turno sino obras de autores que las enviaban, solicitando, rogando, esperando que el gobierno las publique. Entre otros, por ejemplo, ahí esperaba algún tipo de atención burocrática el grueso de la obra de Emeterio Villamil de Rada”.

En El Loco (1966) de Arturo Borda asistimos a una constante quema de cuartillas, es un acto que se repite a lo largo de todo el texto. Lo que queda (El Loco) son las páginas que las llamas no han podido alcanzar, eso es lo que declara el investigador Saúl A. Katari:

“También se ha encontrado entre un montón de cenizas de una fogata hecha en el centro de la habitación, un gran número de cuartillas escritas a lápiz y llenas de enmendaduras, por lo cual se ve que se trata de ensayos literarios, o cosa así, y que las publicamos en un orden meramente conjetural, ya que las cuartillas en desorden no se hallan numeradas”.

Se trata, de una especie de procedimiento creativo basado en la destrucción/demolición y que deriva siempre en la posibilidad de resurgimiento.
Cuando el fuego no ha llegado existen otros peligros como el señalado por Carlos Medinaceli cuando se peleaba con vendedoras de varios productos:

“El caso es que, en Potosí, cuando se muere un hombre de esos raros que tienen la costumbre, mala, por supuesto, pésima, de coleccionar libros, hasta organizar lo que allí llaman librería -que en otras partes dicen ‘biblioteca’- lo corriente es que los deudos queden pobres y, lo peor, con un clavo encima, la librería del papá o del esposo difuntos. Y como también, es lo frecuente, tienen que cambiar de casa, no sabiendo qué hacer con los tales libros, folletos y tanta ‘papelería’ del papá o del esposo, los hijos o la viuda deciden vender los folletos y papeles por arrobas, a las chancaqueras, ancuqueras, bizcochueleras, mantequeras y demás gente que necesita ‘papeles que no sirven’ para envolver en ellos lo que sirve para el regalo del paladar, como son los ancucos, y bienestar del estómago, como es la manteca”.

No es casual entonces, que René Moreno haya señalado las siguientes causas para la destrucción documental, como nos cuenta Luis Oporto en su Historia de la archivística boliviana: a) el ancucu, el dulce de maní, b) la naturaleza, a través de sus agentes como la polilla y la humedad; c) las actitudes culturales y políticas de la época…; d) el vandalismo, la asonada o la revolución [es decir el fuego, añadiríamos].
El fuego es la imagen que reconoce los vacíos, las imposibilidades que generan los archivos, las falencias del propio investigador y la destrucción / germinación que implica toda quema emprendida por cualquier sursuncorda.



Libros

El capitalismo artístico

El hombre contemporáneo no sabe diferenciar entre arte y provocación, broma y genialidad tras lo que el mercado le ofrece.



Ricard Bellveser 

Uno de los razonamientos que sostienen la tesis de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy sobre la “estetización (sic) del mundo” y el “capitalismo artístico” es que hoy el arte ha abandonado sus escondites de privilegio y se ha mimetizado con las exigencias del mercado y sus procesos productivos, de manera que se considera al arte como un elemento imprescindible en el diseño en todos sus campos, la publicidad, la moda, la decoración, el cine, el espectáculo, el comercio, la industria, la peluquería… como estímulo de los mecanismos de venta, ya que el comercio basa su apoyo en razones estéticas de seducción, afecto, sensibilidad y en el manejo de las emociones.
El arte, durante siglos, ha estado al servicio de la religión y la transmisión de mensajes trascendentes sino metafísicos a sus fieles, después estuvo al servicio de los príncipes que a su vez fueron sus mecenas, más tarde se puso a las órdenes de la acción política y ahora lo está a merced de los mercados.
El capitalismo, de este modo, habría sacado al arte de los museos y lo habría puesto en la calle como instrumento de lo cotidiano, al alcance de todos pero también como un peligroso adversario.
Lipovetsky (París, 1944) es uno de los más importantes filósofos de la modernidad, de lo efímero, del vacío contemporáneo, del consumismo, de la pérdida de la conciencia histórica, que ha combinado reflexiones sobre la “era del vacío” o la “sociedad de la decepción” con textos muy ambiciosos como La felicidad paradójica.
Es profesor de la Universidad de Grenoble, como lo es Jean Serroy, historiador, filólogo y un experto en el estudio de la globalización de las culturas, quien ha publicado varios libros en colaboración  con Lipovetsky, algunos tan claves como Pantalla global, sobre la incidencia del cine en la construcción de las referencias contemporáneas, y ahora este profundo ensayo sobre las estetización (sic) y el capitalismo, volumen que publicó primero en francés en la prestigiosa editorial Gallimard en una edición de más de 400 páginas, como un ejemplo del pensamiento hipermoderno, y que, traducido al español, acaba de editar Anagrama. (1)
Pero regresemos al tema: la interacción del arte y el comercio no es nada nuevo. Para estos autores, el capitalismo artístico ya comenzó a mediados del siglo XIX con la puesta en servicio de los grandes almacenes en los que comprar se convirtió en un espectáculo.
Comprar dejó de limitarse a ser un hecho práctico con el que cumplir con una necesidad material para, a partir de ese momento, cuando se convierte, decíamos, en un espectáculo, ir de compras, hacer shopping, es una teatralización en la que el comercio se focaliza en nuestras emociones y con ayuda de la publicidad juega con ellas, hasta presentarnos la figuración de cómo mejorará nuestra vida con el consumo e incluso nuestra estética o nuestras relaciones sociales y de pareja. El arte al servicio de la publicidad ha determinado un estándar de felicidad.
El arte, señalan los autores, cumple fines comerciales y no lo esconde, de Andy Warhol (I’m a business artist, yo soy un artista de los negocios) a Damián Hirst, “la economía ya no se rige por el oportunismo de la oferta o la demanda, sino por la dinámica de la moda”.
Pero no hay que alarmarse, pues siempre ha habido intereses detrás del arte, aunque es entre los modernos, los que ganaron la batalla de la cantidad por la de la calidad, cuando se excluye la comercialidad del arte al considerar el “arte comercial” como un arte despreciable.
Pero fracasaron sus dos grandes proyectos de modernidad que fueron, primero, el del arte por el arte de Schiller, quien quería ir por esa vía hacia “lo absoluto”, hasta tal extremo que los románticos alemanes, pusieron el arte por encima de la sociedad y al poeta por encima del sacerdote, lo que se filtró en las vanguardias que optaron por poner el arte al servicio del hombre nuevo y de las necesidades de las personas, y segundo, el arte revolucionario hecho para el pueblo, esto es, un arte que debía ser útil. Ninguno de los dos proyectos fueron lo suficientemente satisfactorios.
Ahora lo que se está creando es una estética del consumo, todo debe ser gozoso, inspirado, atractivo y para ello el capitalismo artístico mezcla arte e industria, comercio, diversión, ocio, moda, comunicación. El comercio pasa a ser espectáculo, el diseño arte, el turismo una aventura cultural y las redes sociales lo digieren todo, con el dilema de que el hombre contemporáneo ya no sabe diferenciar qué hay de arte o de provocación, de broma o de genialidad tras lo que se le ofrece.
Los modernos, decía, desacreditaron el arte comercial, y lo presentaron como ejemplo de lo que no se debía hacer, pero hoy ese rechazo se ha pulverizado y en los museos más serios se hacen pases de modelos, se exhiben colecciones de productos de marca, nadie duda de que modistos, peluqueros o diseñadores lo que hacen es arte y ayudan a construir la gran estética del consumo, de modo que el consumo se inserta en nuestras emociones y hasta en nuestras pasiones.
El capitalismo ofrece un rostro que nada tiene que ver con la imagen áspera, monetarista, impersonal, encubridora de las injusticias sociales, justificadora de las diferencias económicas, productora de infinitas toneladas de basura y fealdad, sino que nos permite consumir belleza permanentemente, aunque no haya logrado hacer un mundo más hermoso, y nos hace vivir en lo que Lipovetsky calificó en un ensayo anteriormente citado como la “felicidad paradójica”. Un ensayo, clarificador, amable de leer, complejo y novísimo.



(1) Pilles Lipovetsky y Jean Serroy, La estatización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico. Editorial Anagrama. Barcelona, 2015.
  


Lector al sol

Al norte de los ríos del futuro


Pocas veces un libro me entusiasma tanto, confiesa el autor, antes de recomendar decididamente un poemario.



Sebastián Antezana

Quizás por un desgaste natural del músculo de la sorpresa, producto de años de lectura sistemática, o quizás por una deformación profesional -estudio y me dedico a la literatura desde hace más de una década y media-, a estas alturas no son muchos los libros que me causan un placer verdadero, total, que en la lectura me deslumbran o me provocan una revelación súbita y vertical.
Pero, como la literatura es, casi por definición -cuando es bien escrita-, una máquina de descolocamientos y puestas en crisis, de cuando en cuando me encuentro con autores o libros que se me concretan como pequeñas explosiones de felicidad o sorpresa entre las manos, lecturas que desafían, involucran, seducen o derrotan de golpe, con la contundencia de sus lenguajes, la originalidad de su propuesta formal y, en general, la profunda riqueza de sus planteamientos.  
Hace un año, en junio de 2014, me sucedió esto con un libro breve y hermoso compuesto a cuatro manos por el escritor Roque Larraquy (1975) y el diseñador gráfico Diego Ontivero (1979), ambos argentinos: Informe sobre ectoplasma animal.
Publicado por Eterna cadencia, la muy cuidada edición de este Informe… es una fantasía pseudocientífica que cubre la mayor parte del siglo XX argentino en forma de una hipnótica incursión al mundo de la ectografía, ciencia secundaria que estudia el ectoplasma, la materia que los animales dejan en su entorno cuando mueren.
Pese a su brillantez, no reseñaré aquí el libro de Larraquy y Ontivero, un poco por temas de espacio y otro poco porque ya lo mencioné en una anterior ocasión. Baste decir, sin embargo, que lo recomiendo enfáticamente.
La misma sensación de muy grata sorpresa, de completa felicidad lectora que encontré al leer el Informe…, se me acaba de presentar ahora, curiosamente un año después, en junio de este 2015, cuando terminé de leer el fantástico libro de poesía del peruano Jerónimo Pimentel (1978), titulado Al norte de los ríos del futuro.
Otra vez, como en el caso del libro publicado por Eterna Cadencia, la edición de la editorial Álbum del Universo Bakterial resulta un producto muy cuidado, un objeto visualmente atractivo -una prueba más de que muchas editoriales independientes del continente hacen un trabajo igual o mejor que el que llevan a cabo, con monotonía, las grandes editoriales- y un poemario que, desde mi óptica, es uno de los mejores que se han publicado en América Latina en años.
Al norte, entonces -en ese más allá geográfico-, de los ríos del futuro -esa clásica marca temporal-, se desarrolla la poética de Pimentel, un aparato casi narrativo que establece de entrada -bajo el subtítulo de “Poemas de anticipación”- un diálogo sostenido con la ciencia ficción, un buen número de referencias científicas y, en un nivel mayor, con mecanismos de representación -artística o no, literaria o no- que prueban ser endebles o poco sostenibles frente al peso de la estructura que configura el libro, no solo en términos de lenguaje sino también de política -“La democracia debe evitarse a toda costa” (poema 15)- y de historia -se menciona lo terriblemente fugaz de paradigmas como la Modernidad, frente a los cuales una opción viable, aunque peligrosa, es la poesía:
“El imperio del Yo / modela el mundo a voluntad / la palabra sobre las cosas / los músculos sobre las palabras… / sin embargo / mi palabra surca el foso e instala un régimen fascista en tu voz / he penetrado las Árdenas / he cruzado la línea Maginot / date cuenta / mi Yo de sitio asedia tu mirada y aspira tu aliento para poseerlo y / hacerse nuevo en tu sangre / con aplomo / para hacer fogatas con tus puertas caídas / para violar dulcemente a tu mujer / ¡Larga vida al Yo totalitario! / ¡Dios salve a este poema!” (poema 16).
La voz poética del libro, una especie de conciencia desplazada a un futuro especulado y distante del presente terrenal, pasa directamente por una puesta en crisis de discursos como el científico y el racional, como paradigmas que conducen a una civilización condenada a repetirse en versiones cada vez más irrelevantes y despiadadas:
“El fin evolutivo de la vida es aniquilar la vida, como lo supo Ward dos mil años después de Plauto… / El periodo que va de la industrialización a la desecación será recordado como funesto. E, irónicamente, fue el germen de salvación. La tecnología logró la satisfacción de las necesidades materiales a través de la colonización espacial y la indeterminación de la materia. El proceso se asemeja a la Hipótesis de Medea: la evolución permite la técnica que conlleva a la autodestrucción de la especie que genera la técnica… / Luego nacerá el próximo asesino y así hasta la siguiente desecación” (poema 22).
Pero Al norte… no es un ejercicio de desesperanza ni presenta una visión exclusivamente crítica de los referentes materiales a partir de los que se construye.
En realidad, se presenta como una serie de preguntas sobre las coordenadas que plantea en el título y que, desde cierta óptica, podrían verse como un replanteamiento de la negación foucaultiana del pensamiento utópico: ¿cómo pensar, cómo diseñar incluso si solo imaginariamente, el más allá y el futuro? ¿Cómo representarlos o construirlos con las condiciones materiales, políticas y económicas, del aquí y el presente?
La respuesta a estas preguntas, transversal y difuminada a lo largo de las páginas del poemario, parece sustentarse en un tipo de lenguaje específico, el de la poesía crítica o consciente:
“Cuando hubo fe en la materia, el hombre vio metales. / Cuando hubo fe en el espíritu, el hombre lo exterminó. / Lo que esconde esta miseria es fascinante: seducido por la autoconsciencia de su lenguaje, el telúrico renunció al entendimiento del resto /… El español peruano, dos veces campesino, no es el idioma indicado para la reflexión espacial” (poema 18).
¿Cuál lo es, entonces? ¿Cuál es el idioma indicado para la reflexión espacial y el asentamiento especulativo de las futuras coordenadas de lo real? “El poema lógico ha terminado”, indica Pimentel, “y a partir de aquí el color es el límite del borde”. Desde lo ilógico o lo irracional, entonces, desde el poema que desafía las convenciones científicas y políticas de aquí y el ahora, nos llega una última respuesta: “El poema está detrás de la puerta” (poema 25).

Hay mucho más que decir de este gran libro, desde luego. Por ahora, y a falta de más espacio para reseñarlo, baste dejar aquí sentada mi recomendación más sentida para todos sus potenciales lectores, los habituados a la poesía, a la narrativa realista, a la ciencia ficción y para todos los demás.

sábado, 13 de junio de 2015

Nota de Apertura

Tres de siete: Grandes
directores del cine boliviano

Ruiz, Eguino y Agazzi de cuerpo entero. Esta es la propuesta de José Murillo del Castillo en este libro –que tendrá al menos un tomo más- en el que busca dar una semblanza definitiva de quienes considera los mayores maestros del séptimo arte nacional.



Martín Zelaya Sánchez

Últimamente se habla mucho de antologías, compilaciones y selecciones de libros (autores, géneros). Se habla para bien y para mal de esta difícil y osada experiencia de proponer un canon o, al menos, impulsar títulos o nombres y, por lo tanto, deleznar o al menos ignorar otros.
Pero también hay, claro, clasificaciones y listas de películas (directores, géneros). Hace un par de años se presentó un trabajo: “Las 12 películas fundamentales del cine boliviano”, y también en los últimos meses apareció una serie de libros de entrevistas a destacados cineastas, bajo el título de El cine según
Y es que aunque proporcionalmente -en cuanto a creación y producción, que no en cuanto a consumo- entre literatura y cine no hay parámetros comparables, en Bolivia -con todas las limitaciones- el séptimo arte siempre tuvo una especial impronta y preponderancia.
No está demás entonces ningún aporte bibliográfico, documental, testimonial, y en ese marco llega en muy buena hora Grandes directores del cine boliviano, un libro a todo lujo, no sólo por su presentación –papel couché, tapa dura, full color, español-inglés- sino por su contenido: largas y esclarecedoras entrevistas a tres figuras indudables del cine nacional: Jorge Ruiz, Antonio Eguino y Paolo Agazzi.
¿Pero por qué hablábamos de selección? Porque José Murillo del Castillo, autor de este trabajo editado por Edición Limitada, y que se presentará en los siguientes días en La Paz, comparte así solo parte de una propuesta mayor, de una tesis diríamos, que defiende en su introducción:
“Siete son, desde mi punto de vista, los grandes directores del cine boliviano, cada uno a su modo: Jorge Ruiz, Jorge Sanjinés, Antonio Eguino, Paolo Agazzi, Juan Carlos Valdivia, Marcos Loayza y Mela Márquez”, escribe.
Es decir, antes siquiera de disfrutar de este volumen, sabemos ya que en un futuro ojalá no muy lejano un segundo tomo nos presentará de cuerpo entero -porque eso hace Murillo en sus diálogos: muestra antes que nada al ser humano, y luego recorre su vida a través de sus películas y su rol en la cinematografía nacional- a Sanjinés, Valdivia, Loayza y Márquez.
Antes de recoger, tras una mirada veloz a las más de 200 páginas de este libro, extractos de algunas de las experiencias más interesantes compartidas por los tres “grandes cineastas” (ver recuadros), Murillo nos da breves pautas de su perspectiva sobre el cine boliviano, y algún detalle de la experiencia de conversar con sus admirados realizadores.

- ¿Cuán idóneo es hacer un canon en este arte que, pese a picos altos, no alcanzó un rango de industria estable y consolidada como en otros países?
- El cine además de industria es comercio pero encima de ambos es arte y en Bolivia, pese a presentar deficiencias al respecto, ha tenido y todavía tiene una consolidación plena por los picos altos de sus producciones.
Evidentemente tenemos, comparativamente, pocas películas respecto a otros países, pero la mayoría de nuestras cintas son fuertes y de extraordinario valor artístico. Hoy gracias a los adelantos tecnológicos es más fácil hacer cine en cualquier parte del mundo.

- Conocer la vida-trayectoria de los cineastas es un buen complemento a conocer su cine, pero nuestras salas no se caracterizan precisamente por reponer filmes bolivianos, y no todos nuestros cineastas lanzan colecciones con su obra al mercado. ¿Será que los bolivianos tienen la oportunidad de disfrutar lo suficiente el cine de estos grandes cineastas?
- La obra de los “grandes directores del cine boliviano” fue muy difundida en los años 60 y 70, principalmente, y por eso alcanzó una enorme y positiva influencia social; pero hoy no es así. Creo que ahora, sobre todo, falta promoción, y este libro además de ser un homenaje tiene esa finalidad.
Hay en el mercado, incluso pirata, a bajo precio, copias de las películas de estos “grandes directores”. Todos tienen reproductor. La obra de estos es fascinante, las nuevas generaciones tienen mucho que ver, que entender, que reflexionar y sobre todo tienen mucho que hablar para lograr ubicarse mejor y más sólidamente… ubicarse ante el mundo, el futuro y ante sí mismo. Estas películas son una opción maravillosa para lograrlo.

- Le pido que destaque brevemente un momento que le haya marcado -por la respuesta, por el tema, por la revelación…etc.- de las conversaciones con cada uno de los entrevistados.
- Menuda pregunta... En el caso de Jorge Ruiz fue todo. Estaba algo delicado de salud cuando conversamos, pero debo mencionar la sencillez, sabiduría y fina inteligencia de un hombre honesto.
Eguino es una persona recia, aguda y sobre todo lúcidamente autocritica. Tanto a nivel personal como social. Su obra es muy cuestionadora de ciertas tendencias políticas y sociales irreflexivas y superficiales que causaron y tienden a causar mucho daño, dolor y sangre, la mayoría de las veces innecesaria, injustificada y por eso mismo estúpida.
Agazzi ve doble, desde adentro y desde afuera de la realidad. Es la ventaja de ser italiano y boliviano. Eso le da mucha perspectiva. Abrió las puertas y las ventanas del cine nacional y lo llenó de aire fresco. Fue pionero en muchos sentidos, trajo el humor, la sexualidad a nuestro cine, así como la noción de la coproducción, y propició la llegada de actores extranjeros y el uso de la literatura en el cine.
Como verán, más que momentos me quedan impresiones globales. Conversar con ellos fue muy grato y muy emocionante. Mucha y buena comida, vino y whisky. Un verdadero placer.

En su introducción, Murillo apunta: “La grandeza de las obras de Ruiz, Eguino y Agazzi y de los otros grandes directores del cine nacional no está basada únicamente en la cantidad ni en la calidad de sus películas -que ciertamente las tienen- sino en un parámetro que en nuestro caso es más importante: el haber construido un cine auténticamente abierto y plural, pero asimismo muy consistente (…) un cine libre de espantosos facilismos y horrorosas frivolidades que frecuentemente corroen el alma de los cineastas en muchas partes del mundo”.
Muchos pueden no estar de acuerdo del todo con esta definición. En todo caso, el verdadero aporte para cinéfilos y cineastas es descubrir de primera mano no solo cómo se hicieron muchas de las grandes producciones del cine en Bolivia, sino cómo se hicieron a sí mismos sus creadores.
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Jorge Ruiz

- ¿Qué es el cine para usted?
- Confieso un exabrupto inevitable: el cine es para mí la forma más milenaria de soñar la realidad. El español Luis Buñuel, tan surrealista, afirmaba que el filme es una simulación involuntaria del sueño, y Verdone sostenía que el sueño es el filme interno del ser humano. El cine es un sueño que ya inquietó con júbilo la mente de los primeros humanos, cuando vencieron la oscurísima noche de los antropoides y sintieron necesidad de rememorar sus visiones interiores y representarlas en diversas posturas gráficas.
(…)
El cine es una forma audaz de buscar las manifestaciones de la realidad, siempre tan esquiva. Es como una lente: puede agrandar aquello que enfoca. Pero yo lo prefiero como un espejo: antes que mirar a través de él, elijo mirarme en él. Así, con el cine podemos aprender a leer mejor los mensajes del espíritu, los guiños del contexto histórico. Como poco, el cine es un arte basado en retos tecnológicos casi insaciables. El abordaje fílmico de la realidad exige las claves del lenguaje propio

- Vuelve Sebastiana…
La historia de Sebastiana, que también es la del pueblo chipaya, reposa en una trilogía temática: presencia-ausencia permanencia. (…)
Diría que Vuelve Sebastiana ya no es mía. Se fue remontando el espacio y el tiempo, a jalones de viento, igual que una cometa fabricada de carrizos maduros de los lagos de la montaña. Solo me ata a ella una hebra invisible, impalpable como las redes tejidas por el recuerdo. Impalpable como todo lo perteneciente al tiempo.
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Antonio Eguino

- ¿Se puede decir que hoy se puede contar con una industria cinematográfica básica en Bolivia?
- No en este momento no lo hay, menos en el pasado, ni en el desarrollo de los nuevos emprendimientos cinematográficos actuales. Los cambios tecnológicos si bien facilitaron y abarataron el registro, nos trajeron desfases en el modo de trabajo al que estábamos acostumbrados. (…)
Contar con una industria de cine significa tener dentro del país todos los elementos profesionales con que se respalda la producción audiovisual moderna. Si bien se cambió los métodos de registro, elaboración y postproducción, todavía no tenemos suficientes técnicos especializados en cada etapa y tampoco los equipos sofisticados, que requieren grandes inversiones de dinero. Por el momento, en el ámbito profesional seguimos con la dependencia en la postproducción para hacerla fuera de Bolivia.

- Chuquiago…
- Chuquiago fue una película feliz, armoniosa, una película donde todo funcionó, no hubo ningún problema, después de su estreno fue un gran éxito. Me agrada hablar de esa experiencia, un trabajo intenso hecho por un grupo de amigos que creían en este proyecto, casi como una familia.
(…) Supongo que estaba muy fresco el estilo de las películas combativas y de denuncia de Sanjinés y muchos de los críticos esperaban un cine aguerrido, agresivo, acusador, de fusiles. Yo no quería hacer ese tipo de cine. Lucho Espinal dijo algo muy interesante que viene el caso mencionar: –“El cine norteamericano casi siempre nos da el final feliz, con un resultado previsible, el cine revolucionario también nos está dando un final feliz, la revolución está a la vuelta de la esquina. El cine de Eguino no nos da ningún final, nos hace pensar”.
-

Paolo Agazzi

- ¿Quién es Paolo Agazzi?
- En cierto sentido soy como dos personas diferentes: mitad italiano y mitad boliviano, mitad administrador de empresas y mitad cineasta. Viví la mitad de mi vida en Italia y la otra mitad en Bolivia.
En el país, muchos piensan que soy un boliviano de padres italianos y se sorprenden cuando aclaro que nací en Italia y que llegué a Bolivia a una edad adulta. A propósito, recuerdo una frase del sacerdote jesuita español Luis Espinal: da más carta de ciudadanía morir en y por un pueblo que haber nacido en él. Uno no decide dónde nacer. Por ello me considero una persona privilegiada, porque tuve la opción de decidir dónde vivir los años más importantes y productivos de mi vida.

- Mi socio…
- En países del Tercer Mundo, mal llamados en vía de desarrollo, el camión es un medio de transporte muy popular, muy común, y en el imaginario colectivo es más que eso, es un símbolo. Por tal motivo, en Mi Socio el camión adquiere personalidad propia, y asume el papel del tercer personaje más importante en la historia.
Además, creo que Mi Socio significó un punto de partida y, al mismo tiempo, un punto de llegada; y un gran cambio en la cinematografía boliviana. (…)
Tal vez sorprendió porque mostraba un país que, en ese momento permanecía, en buena medida, desconocido. Indudablemente, había mucho desconocimiento de cómo eran el oriente y el occidente de Bolivia, no sólo en términos geográficos o culturales.

Pero Mi Socio planteó una respuesta muy importante: que el antagonismo entre el oriente y el occidente, entre cambas y collas, se podía superar, no solo mediante una política de Estado -que nunca hubo, seriamente, hasta ese momento-, sino más bien a través de la calidez y la espontaneidad de la relaciones entre personas comunes, la gente de la calle, la gente del pueblo.

El chicuelo dice

La memoria de la H

Una lectura del reciente Premio Nacional de Novela, enriquecida con un paralelo a una novela venezolana de inicios del siglo pasado.



Martín Zelaya Sánchez

Hace unos años atrás cayó en mis manos un libro extraordinario: Memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra. Éste relata la vida de la Venezuela criolla de principios del siglo XX a través de las escenas cotidianas de una familia de ricachones.
Quizá la autora no tuvo otra intención que contar una historia o a lo mejor entre sus objetivos estaba la maliciosa pretensión de fotografiar a esa sociedad conservadora, reprimida y atrasada. Tan atrasada, tan reprimida y tan conservadora que creía estar a la par de lo que acontecía en París y que además tenía un gran pendiente con el tema de la figura paterna.
Dice en alguna parte: “El pobre Papá, sin merecerlo ni sospecharlo, asumía a nuestros ojos el papel ingratísimo de Dios. Nunca nos reprendía, sin embargo, por instinto religioso, rendíamos a su autoridad suprema el tributo de un terror misterioso impregnado de misticismo”.
¿Qué es El sonido de la H, la más reciente ganadora del Premio Nacional de Novela? ¿Qué hay en este libro de Magela Baudoin que lo hace tan incómodo? ¿Será la enorme necesidad de una adolescente llamada Mar por encontrar lo que desea en la vida? ¿O se tratará de un fabuloso esfuerzo por derrumbar los aspectos de la vida que le parecen horrendos? ¿O es la ambición de Rafael por querer ser Rafaela?
En estos tiempos donde la corrección política es una ficha de oro para acomodarse donde uno pueda y donde parece que todo fue inventado hace apenas una hora atrás, El sonido de la H viene a construirnos un recuerdo, una memoria.
Sí, así como lo hiciera en su momento Memorias de Mamá Blanca. En este caso, la novela de Baudoin nos da la posibilidad de ver a esa parte de la sociedad boliviana que parece libre de pecado.
Cuando la leía me preguntaba si el verdadero fondo de El sonido de la H es la sombra del padre militante de izquierda, otro Dios todopoderoso e intocable, ese que está en la cima del mundo, y que por ser de izquierda arruina la vida de la familia sin inmutarse siquiera.
¿Alguna vez les preguntamos a las hijas e hijos de los perseguidos políticos si querían ser perseguidos? ¿Les preguntamos qué opinaban del asunto? Ya sé que eso suena, en el momento político que vive (¿o padece?) Bolivia, a una blasfemia.
Aunque les digo una cosa por experiencia y angustia propia: ser blasfemo no está nada mal, no estar de acuerdo con todo, como lo hace Mar al revelar sus verdaderos sentimientos de solidaridad obligatoria: “Mis padres tenían vergüenza de tener. Culpa. Cuando yo era pequeña y me compraban un helado, a veces se lo daba a algún niño pobre que andaba por el parque. Lo hacía no de buena, sino porque sabía que ellos me querrían más”.
Esos padres y madres jamás se preguntaron si esa niña estaba haciendo lo que deseaba o si era feliz. Así como los personajes-personas de Memorias de Mamá Blanca creían ser parisinos cuando eran tan solo unos simples venezolanos encerrados en una hacienda, los personajes de El sonido de la H (el padre y la madre, sobre todo), creen estar haciendo la revolución y no saben hacer la revolución en sus hijas. Les hablan de igualdad, de emancipación y, sin embargo, permanecen inconmovibles ante la tragedia de la lavandera de la casa.
¿De izquierda y con una lavandera en casa? Esa es la magnífica memoria que construye esta novela: la memoria olvidada o que se desea olvidar de forma deliberada. La izquierda que no cuestiona a su propia familia.
Para no aburrirlos más con estas mis chácharas blasfemas, terminaré con una anécdota: en alguna oportunidad, luego de ver después de mucho tiempo la película Chuquiago, ese gran retrato a pincel de la ciudad de La Paz, me preguntaba por qué todo el mundo repudiaba la actitud de Johnny (algún día, lo juro, me vestiré como él), uno de los personajes que niega sus raíces, que reniega de ellas y desea ser otro.
¿Qué tal si el tal Johnny se hubiese llamado Samuelín y hubiera sido hijo de un próspero exdueño de una cementera? ¿Y qué tal si este Samuelín hubiera renegado de sus raíces? ¿Y las hubiera apuntado y condenado? Ahí, es casi seguro, el aplauso hubiera sido generalizado.
Eso porque siempre pensamos que el pobre (en este caso Johnny) debe ser fiel a sus raíces y el rico (el “carismático” Samuelín) tiene todo el derecho de renegar de sus orígenes. ¿Acaso Mar no tiene el mismo derecho de poner en entredicho lo que hicieron sus padres con ella y con su generación?

Memorias de Mamá Blanca se publicó en 1933 y El sonido de la H en 2015. Si la calculadora no me falla, hay 82 años que las separan. 82 años es toda una vida. Ambas novelas están ahí como dos objetos incómodos para esos entornos sociales que les tocó vivir  (y memorizar y escribir) y que parecen ser tan disímiles, pero que en el fondo son tan aterradoramente parecidos.