domingo, 21 de mayo de 2017

Crónica

También esto, Favia


Sigue el autor con las evocaciones a su buen estilo: crónica-ficción. Pero ahora con Favia, ya no con Marianne.



Hugo Rodas Morales



Porque el ayer es nunca
y el mañana mañana.

Julio Cortázar: “La patria”, en Papeles inesperados.


Por eso, lo que ahora das Favia, tiene el vuelo de lo inesperado. Que llegaras sin aviso a este bunker, justo después de un mes de previsto divorcio, que se había postergado en muchos de inevitable papeleo. Nadie antes y quizá nunca mañana: nadie sabe, como dice el poema del epígrafe. En cambio tú sí, porque estás aquí, en estos módicos treinta metros cuadrados, probablemente diez, quitando libros, muebles, películas, ropa…
Entonces esto. Tus brazos que desde el vamos de la puerta reducen espacios y se hacen largos tomando el beso desde el cuello. No pensaba en ti esta vez y llegas comunicando apuro con tus piernas, después interminables en esta ruptura de costumbres. Pasa por favor, la mascota del vecino es una indetenible máquina de ladridos y preferiría escuchar tus ojos.
Mira, sacaba el desayuno de la mesa y queda solo una taza vaciada de té. Déjame ordenar, pero pasa… a la cama porque no hay dónde y dime algo mientras tanto; si te quedas callada siento que estás pensando en tu cabeza y me demoro más a este otro lado del muro. Te cuento que un compatriota infirió, al ver este breve espacio acentimetrado, que seguramente era mi “bulín” y como hace tanto que no escuchaba esa palabra importada a Bolivia de un país vecino, respingué pensando que debe ser el primer bulín “sancto” de su especie, porque solo enciende fuego en la imaginación. Pero no, es mi “palacio de verano” porque aquí estoy liberado del esparcimiento físico. Ya te lo explico.
Estoy tan sorprendido que camino para atrás y no lograré salir de mí si no te digo qué es esta sensación detenida en su preludio. Porque no dudo que a tus ojos veloces, este lugar será “quizá menos que minimalista”, como dirías con toda la educación neoyorquina que te conozco, qué sé dónde la conseguiste, qué verde de la vida de campus universitario te la inculcó. Aquí de lo que se trata es de la pequeñez contra lo grande por cultivar, ¿me sigues? A ratos, sobre todo muy tarde, cuando creo estar cansado y lo estoy, ver estas paredes saturadas de libros en reunión, semeja la sombra atardecida de un sauce; el final del día parece investido de algo muy distinto a las noticias de cada día, de mujeres y hombres en un punto muy alto, dispuestos a dar su voz para pronunciar el nombre verdadero del que los lee, a recordarnos el ojo del pasado y lo que bien podríamos ser. Por eso, Favia.
Desde aquí escucho la calle que no lo sabe y a mí mismo sin darme cuenta, salvo cuando suena, raramente, como un extraño, el teléfono. No rebotan las ideas en ventanales lujosamente vestidos de pesadas cortinas sino al revés: cual una cámara traslúcida, semejante a los nidos de tarántulas, cuyo techo de hilos en capas sobrepuestas alcanzan a dar un blanco níveo y gasas laterales a través de las que sus habitantes de ocho patas no dejan de ver. Como el recipiente de la memoria que tu mente imaginará, tejido con retazos de la vida pasada y que sin embargo todavía es, así podrías ver mis días y noches moviéndose hacia un nuevo rostro por las mañanas, los ojos en un más allá de tiempo indefinido; todo en uno, en suma, con esa lentitud del caracol que sale de su casa y vuelve interminablemente, movimientos que tienen por único fin pensar algo que sea algo, Favia.
Llegaste y estoy haciendo el camino al revés, debido a tu respuesta anticipada a mi deseo. Estos minutos de contemplación y aterrizaje en cámara lenta son así porque hoy hubo buena cosecha ¿sabes? Las flores que a un lado y otro de mis escasos pasos alrededor se ofrecieron propicias: una roja lo fue de verdad de un modo inusual; una amarilla me dio la tristeza sin adjetivos; otra tenía tan diferente matiz como el que según Wittgenstein no está en ella misma. De un prado así hasta el color con sombras de tus ojos es que voy andando. 
Pensándolo bien no hay gran diferencia: ¿No es con palabras que han salido de otras bocas, más insignes, con las que te estoy hablando? ¿No es negando lo que eras que has llegado? Por eso Favia no dudo del camino que tiendes con tu silencio, del brillo de tu piel que hace escamas ni de la mía que no se puede apagar pensando. También esto, entonces. Favia de calles con tiendas relucientes, imposibles sin recordar algún desnudo maniquí nocturno; sin deshojar botones ignorando tallas y elevando intenciones al alcance de labios multiplicados. Favia de las costuras no siempre resistentes, propensas a hacernos reír por su estrepitosa voz desgarrada. Favia de las miradas escapando, hacia donde es irresistible tocar enceladas puertas. Favia del brasier enfriando sus concavidades desdibujadas y de una segunda pieza, tibia y final. Favia comenzando a sentir de otro modo al de las esperas, lengua de vela encendida que sin moverse de su lugar ondula. “¿Café, cine y cama?” aventuraste traviesa la primera vez; “invirtamos el orden de los factores”, te propuse siguiendo el juego. Y todavía nos debemos un café.



Reseña

Jardines de Tlaloc



Un comentario del nuevo poemario de Gary Daher, presentado a inicios de este año en Santa Cruz


Mauricio Peña Davidson

La presentación de un nuevo poemario de Gary Daher es inevitablemente una experiencia gratificante, pletórica de hermandad cultural y de significación literaria. Y es que Gary hace tiempo es ya un referente de la lírica boliviana y ocupa, con toda justicia y prestancia, un sitial de honor en la literatura que viene surgiendo en el oriente. Cabe además mencionar que su poesía, plasmada en no pocas y selectas páginas, no solo revela una innegable calidad estética, sino la promesa, nunca fallida, de una caudalosa, sorpresiva y siempre renovada creatividad.
Este poemario es buena prueba de esa vocación, esa prolífica inspiración, ese generoso destino. Jardines de Tlaloc lleva el nombre de esa divinidad superior de la mitología azteca: el señor de la lluvia, del viento, del rayo y del trueno, de las altas cumbres; en fin, una poderosa deidad, con múltiples manifestaciones de su poderío cósmico, como múltiples son también los temas que Gary aborda y ofrece. Aquí encontramos mucho de novedoso, pero también la huella de una tradición, un mosaico de temas recurrentes en la poesía de Gary, una celebración de la naturaleza, de las cosas que persisten y perduran, como son la tierra, el agua, el fuego, el aire, la piedra, las aves. De igual manera, los dones que nos entrega la vida: la memoria, los sueños, la amistad, el arte, nuestros mayores, las cosas que recordamos y no queremos olvidar. Hay pues una hermosa celebración de la existencia en el mundo, aunque también se menciona lo terrible, lo oscuro, lo amenazante. Veamos algunos ejemplos de ambas caras de la medalla:

La muerte, que puede ser amiga, cuando nos “libera de la indignidad de arrastrarnos sometidos, esclavos de sistemas y de sombras”. El culto de la amistad, ya que un buen amigo es un “compañero del alma, compañero”, como escribió Miguel Hernández. La belleza, tan frágil y expuesta a la destrucción, como aquel rosal que desnudan las hormigas “ciegas por el hambre” espléndida metáfora sobre la naturaleza torpe, inocente e inhumana. Las estrellas, que nunca nos abandonan y pueden siempre señalarnos el camino, cuando en el desierto buscamos el agua salvadora.
La añorada ciudad del pasado, hoy colmena humana que ha devorado a los árboles de la antaño hermosa selva, reducida hoy a unos pocos troncos estremecidos por la humareda de frenéticas y estruendosas calles. Aquel toborochi que sabe florecer sabiamente en el otoño, y aquellos caimanes dentro del agua, que aguardan pacientemente poder apresar entre sus fauces a “la redonda y esquiva luna”. Aquel pájaro carpintero, afligido por un incendio forestal, viendo cómo el fuego consume su vivienda. Aquel río de Coroico que sigue cantando entre las piedras, que no entienden su voz, la voz del agua. El agua, que es también un espejo y puede ser la alegría de la lluvia o el horror de la inundación: gota de rocío o lágrima en los ojos de un niño. El agua, depositaria de la sal y de los rayos del sol.

Nuestro poeta, como sacerdote de un culto sagrado y misterioso, en “los inmensos jardines de Tlaloc” esa increíble deidad, celebra el mundo mágico aquel “mundo mago”, del que se preguntó Miguel de Unamuno si iría a morir con nosotros, pero que sabemos que seguirá asombrando los ojos de nuestros hijos. No sería muy errado denominar a la poesía de Gary como la poesía de la nostalgia y el asombro; pero también de la vida sencilla y la dicha cotidiana, la que ilumina las cosas de todos los días, como esa avecilla que Gary nos muestra posada en el pequeño jardín, que de pronto alza el vuelo, pero deja un aroma, una estela de alegría en el hogar, o la imagen fugaz de una sonrisa inolvidable, esa sonrisa que, en palabras del gran poeta Jorge Suárez, era apenas un destello delirante en un cielo marchándose de prisa.
Es que los buenos poetas, como Gary, siempre son capaces de encontrar y revelar la poesía en las cosas más pequeñas y en los hechos más insignificantes. Para ello, utilizan los variados recursos que la literatura pone a su alcance, para vencer las inevitables limitaciones del lenguaje humano. Porque si bien nuestro lenguaje puede alcanzar a tener gran riqueza, será pobre siempre al lado de la realidad, o de los sueños, o peor todavía, al lado de la imaginación que siempre será infinita (recordemos que, para Oscar Wilde, el mayor pecado es no tener imaginación). Esos recursos que use el poeta pueden ser metáforas, alegorías, símbolos, hipérboles, hipálages, enumeraciones y en fin todas las destrezas que han manejado los hombres de letras.
En el primer poema de esta nueva colección, poema por demás expresivo, revelador e incluso dramático, nuestro poeta se condena a sí mismo, se declara culpable ente otras cosas de haber caído en lo que llama “la vanidad de la literatura”. Pero es que gracias a esa vanidad (si en verdad lo es), pensamos nosotros, los lectores somos grandemente gratificados, es decir gratuitamente, con bellas emociones, nobles verdades y sentimientos profundos, tesoros que nunca dejaremos de agradecer, versos y líneas que guardaremos celosamente en la memoria, porque son y serán la sal de nuestra vida.

Digo esto como lector impenitente, beneficiario de obras que siempre uno puede leer y releer ansiosamente, con insaciable curiosidad, con esperanza, buscando la revelación, la frase sabia, la palabra mágica que tendrá la virtud de librarnos “del gravamen de ser lo que somos en la tierra” para usar palabras del inmenso Borges; el verso que nos libre por un instante siquiera de los “muchos infiernos necesarios, con un débil y corto recuerdo del paraíso perdido”.

Poesía

Viendo llover y Clave

Hace pocas semanas Melissa Sauma ganó el Premio Nacional “Escritores Noveles” con su poemario Luminiscencia, mientras que Amilkar Jaldín obtuvo una mención de honor  con Llave de agua. Les pedimos a ambos un poema de muestra y una breve descripción, en sus palabras, de sus libros galardonados. 


Melissa

Luminiscencia es un libro que reúne algunos de mis escritos -y en ellos algunos de mis viajes interiores- de los últimos años. Comencé escribiendo poemas sueltos que iban surgiendo de forma inesperada y que guardaba sin saber muy bien qué destino tendrían.
Trabajé en la edición de los poemas en el Taller “Llamarada Verde” y elegí 33 poemas con miras a formar mi primer libro. En el último año los revisé, los ordené de modo que dialogaran mejor entre ellos y que pudieran contar una historia; que formaran un todo como libro. Finalmente quedaron los 26 poemas que conforman Luminiscencia.
El proceso de edición ha sido un trabajo interior muy profundo que me llevó a revisar poemas que había escrito hace muchos años y a repasar, a través de mi poesía un poco de mi historia, de mis vivencias y de mi voz.

Viendo llover

He sabido de la paciencia del agua
que talla gota a gota el cuenco en la piedra.

He esperado tantas horas
             -la cabeza apoyada en las rodillas
            el cuerpo hecho un recinto
            los ojos en silencio-
la palabra
             -basta una, a veces-
que revele la profundidad de lo vivido.

Y he sabido también de la paciencia de la piedra
que tantas veces presintió sobre su espalda el golpe de la gota.

Aún espero.


Hoja de vida

Poeta. Melissa Sauma Vaca (Santa Cruz, 1987)

Trayectoria. Es economista de profesión y MBA en Dirección y Gestión Empresarial. Explora distintas artes, entre ellas, la literatura, la danza y la fotografía. Cursó el diplomado en escritura creativa de la UPSA y los talleres online “Narrativa I y II” con Casa de Letras, Argentina. Participa en el Taller permanente de narrativa a cargo de Maximiliano Barrientos y en el Taller “Llamarada Verde”, a cargo de Gabriel Chávez Casazola.

Obra. En 2016 su cuento Oniria obtuvo una mención en el XLIII Concurso Municipal de Literatura “Franz Tamayo”.
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Amilkar

Llave de agua reúne 21 poemas distribuidos en cuatro partes: Casa despierta, Casa líquida, Deshojas y Ruta crítica. En ellos intento hacer una lectura territorial, geográfica.  Las imágenes poéticas recrean el entorno inmediato como los tajibos en flor, los sures y chilchís, la humedad del trópico y una visión mágica de las cosas cotidianas, entre ellas la sombra de un árbol que se transforma en isla o cómo nacen los anillos concéntricos de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra a partir de una flor que cae a tierra.   


Clave

La llave de agua se esconde en la lluvia

Nadie conoce la forma de la llave de agua

Tal vez la toques con tu mano desnuda
y no sentirás la feroz dentellada

Entonces se mete en tus venas
entonces tus dedos son llaves
que aflojan botones
escriben poesía
aprietan gargantas
empuñan un arma

Para algunos
la llave de agua es un pez

para otros
los menos
no existe
la llave de agua

Pero yo sé

No valen las puertas cerradas
las cerraduras no tienen secretos
ella puede abrir
todos los candados
y liberar
un caudal de fuego.


Hoja de vida

Poeta. Amilkar Jaldín Rojas (Santa Cruz, 1956)

Trayectoria. Hizo el Postítulo de Escritura Creativa de la UPSA.  Actualmente es miembro del Taller “Llamarada Verde”.

Obra. Algunos de sus poemas se han publicado en revistas y en la Antología provisional (1986) recopilada por Antonio Rojas. Tiene cuentos publicados en el libro Taller del cuento nuevo (1986) coordinado por Jorge Suárez, y en Había una vez… (1997) colección de relatos de la Sociedad Cruceña de Escritores.

  

lunes, 15 de mayo de 2017

Homenaje

El mundo empieza y acaba en Comala


Este martes 16 se recordarán los 100 años del nacimiento del autor de Pédro Páramo. Pocos autores como Rulfo se forjaron la unanimidad. Pocos autores como el mexicano tienen el privilegio de la trascendencia y ubicuidad. Todo empieza y termina en Comala.



Martín Zelaya Sánchez

Unanimidad. Es una fea palabra, por su denotación política, pero es la precisa -estoy seguro- para hablar de Juan Rulfo y Pedro Páramo, de Comala y El llano en llamas, de un universo único y magistral.
Parecen lejanos ya los días en los que los escritores y lectores se dividían entre joyceanos o proustianos -uno u otro, nunca ambos-; borgeanos, onettianos o seguidores del boom; en que ya sea por sus estilos o sus tendencias políticas, unos eran gariciamarquianos y otros vargallosianos; o en que los incondicionales de Tolstoi no podían, casi por principio, ser además amantes de la prosa de Dostoievski. ¿Tiempos lejanos? ¿Cuántos de los más acérrimos seguidores de Roberto Arlt bancan, por ejemplo, a Cortázar? ¿Por qué los lectores y defensores de la ética y estética de Bioy Casares o de Sabato difícilmente disfrutarían de la prosa amena del Gordo Soriano o del Negro Fontanarrosa?
Y por casa, ¿cómo andamos? A ver que algún frenético saenzeano -de esos que le hacen más daño que bien al gran autor paceño-, o un recalcitrante del Toqui Borda se desprejuicie y lea (no digo disfrute, antes que le dé una chance siquiera) un buen cuento de Giovanna Rivero o las novelas de Maximiliano Barrientos. La literatura es buena o mala y punto, dicen muchos, pero casi siempre caemos -muchos- en el prejuicio de oponernos por nombres, modas, regiones y antipatías ideológicas o personales, cuando simplemente habría que dejar que sea el texto el que hable. Cuando algo tan básico y elemental como esto se da, cuando solo la lectura de una obra vale para juzgar al autor, llegamos todos a Comala.
Desde este punto de vista -no quiero decir que autor y obra no tengan detracciones puntuales- Rulfo, Pedro Páramo y El llano en llamas gozan de un privilegio de pocos (¿Kafka?, ¿Borges?): convencimiento, desprejuicio.
Ni Cien años de soledad ni La vida breve. Ni Canto general ni Trilce… Ni Macondo, Santa María o Yoknapatawpha… Comala, de lejos. Indiscutible e inmune. Todo el mundo (literario) empieza y acaba en Comala. “Todos los caminos de nuestra variada literatura pasan por él; Rulfo nos acoge a todos”, dice Edmundo Paz Soldán en un breve apunte que nos envió especialmente para celebrar en LetraSiete los 100 años de nacimiento de Juan Rulfo.
Y Eduardo Mitre nos reafirma, desde una contraposición: “Lejos de borrarse del mapa, / te cuento que ahora Comala / es una aldea planetaria, / una extraña idea global. // El camino que subía o bajaba / según se iba o venía, / es hoy una lisa autopista / que nos engulle de entrada”[1].
Volvamos a lo de indiscutible, citando a Borges. “La historia, la geografía, la política, la técnica de Faulkner y de ciertos escritores rusos y escandinavos, la sociología y el simbolismo, han sido interrogados con afán, pero nadie ha logrado, hasta ahora, destejer el arcoíris”, sostiene el argentino detallando la magia de la novela de Rulfo, y sentencia: “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de la literatura de lengua hispánica, y aun de la literatura” [2].
Volvamos a lo de único, citando a Monterroso. “Rulfo es un caso único. Se puede detectar una escuela o una corriente kafkiana o borgiana; pero no la rulfiana, porque no tiene imitadores buenos. Supongo que estos no han comprendido muy bien en dónde reside el valor de su maestro. ¿Cómo imitar algo tan sutil y evasivo sin caer en la burda repetición del lenguaje o las situaciones que presentan El llano en llamas o Pedro Páramo?”[3].
Festejemos los cien años de un condenado a la eternidad.
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Por qué hay que leer a Rulfo

Edmundo Paz Soldán

Hay pocos escritores como Rulfo, con textos tan cargados de resonancias simbólicas, capaces de funcionar en varios niveles al mismo tiempo. Pedro Páramo fue para mí, en una primera versión cuando estudiaba en Buenos Aires, una novela sobre las consecuencias traumáticas de la revolución mexicana; después, en los años de doctorado en Berkeley, se convirtió en una novela sobre la transculturación en el continente, en la que formas narrativas de avanzada son utilizadas para captar el sustrato mítico de México; y luego, mientras la leía una y otra vez para enseñarla, se transformó en una compleja novela de horror, el mejor relato de fantasmas escrito en América Latina. Así también leo sus cuentos: Luvina puede ser un relato sobre zombis, un viaje espectral al purgatorio o una desolada lectura del abandono rural. Rulfo es realista y fantástico al mismo tiempo. Todos los caminos de nuestra variada literatura pasan por él; Rulfo nos acoge a todos.
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Así quiero ser de grande

Homero Carvalho Oliva

En el año 1980, durante la dictadura de Luis García Meza, tuve que salir de Bolivia porque era dirigente universitario y me exilié en México donde, a las pocas semanas de haber llegado al DF conocí a Juan Rulfo. El autor de algunos de mis cuentos favoritos era presidente del Comité Mexicano de Solidaridad con el Pueblo Boliviano (se decía que había tenido amistad con Marcelo Quiroga Santa Cruz), y encabezó un acto de apoyo a los exiliados en el que dio el discurso central. Al terminar el acto le estreché la mano, pude conversar un poco con él, entremedio de muchos otros bolivianos que querían hacerlo, y me dije a mismo que cuando fuera grande quería ser como ese señor: humilde y sencillo.



[1] Mitre, Eduardo. Carta a la inolvidable. Centro de Literatura Boliviana Contemporánea, La Paz, 1996.
[2] Borges, Jorge Luis. Biblioteca personal. Emecé, Buenos Aires, 1998. Pág. 133.
[3] Monterroso, Augusto. La letra e. Alfaguara, Madrid, 1998. Pág. 141.

Artículo

Radio Comala


Los ecos eternos y únicos de Pedro Páramo y Juan Rulfo.



María José Navia / Escritora y académica (Chile)

Dicen que Juan Rulfo era un radioaficionado. Que llamaba a sus amigos, a horas extrañas, diciéndoles que estaba en Comala. Así lo cuenta, al menos, Fernando Benítez en Inframundo, the Mexico of Juan Rulfo. Una anécdota, quizá, un detalle. Pero en mi cabeza, esa siempre ha sido la puerta de entrada a esa novela inmensa que es Pedro Páramo (1955). La voz que lo anuncia todo ya desde el comienzo. La voz que pide, que llama a unos oídos bien alertas.
“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.
(Vine a Comala, sí. Vine porque me dijeron. Es más: “mi madre me lo dijo”).
Según el académico Rubén Gallo, en su libro Mexican Modernity, a partir de los años 20 se empieza a masificar la radio en México, algo que llega a impactar en la vida cotidiana mucho más que la máquina de escribir, también importante por esos tiempos. Dice Gallo que, a diferencia de ésta, que fue asumida por las élites intelectuales, la radio fue entrando en cada uno de los hogares mexicanos, sin importar el nivel de escolaridad de sus habitantes. De pronto había voces nuevas, voces distintas, circulando por el espacio familiar. Voces que provenían de lugares remotos. Voces, tal vez y también: muertas. Voces capaces de atravesar paredes. Voces que entraban por los oídos, dejando un poco de lado el imperio de la vista.
Me gusta la imagen: un Rulfo que toma la máquina de escribir, la hace volar, y ahí quedan las ondas de radio. Tal vez por eso, cuando enseño Pedro Páramo en la universidad donde trabajo, les pido a los estudiantes que cierren los ojos. Y recito de memoria. Porque la primera página de esa novela se ha transformado en un lugar querido. Un lugar terrible también al que hay que volver siempre.
“No vayas a pedirle nada, exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.
Es solo la primera página y ya tenemos a una madre y su voz de gigante. Esa madre que le entrega, a su hijo, “sus ojos para ver” y le anuncia que en Comala la escuchará más nítidamente (mientras que la foto, la única que carga de ella, se va desintegrando).
Pedro Páramo se instala en la literatura latinoamericana como una caja de resonancia, una cámara de ecos multidireccional. Hacia el pasado, y en otras lenguas, está esa Tierra baldía de T.S.Eliot (y en Comala también nos enseñan eso del “miedo en un puñado de polvo”), o ese recorrido de Leopold Bloom en la novela Ulises. En esta última también hay un hijo en busca de un padre y una mujer que delira contando sus secretos. Solo que en lugar de germinar (“bloom”) tenemos lo duro y seco de la piedra y el páramo.
Pero hay ecos también hacia adelante. Ecos deslumbrados y ecos freak. Como la relectura o reescritura de Cristina Rivera Garza en su reciente y maravilloso libro Había mucha neblina o humo o no sé qué, en que se vuelve a las condiciones materiales de la escritura y a la importancia del acto lector en relación a la obra de Rulfo. Afirma Rivera Garza, con ese deseo furioso que provocan en nosotros algunos libros, los mejores libros: “Tuve que reescribirlo porque no conozco otra manera de decir quiero vivir dentro de ti.” Y también: “Su legado dice, sobre todo: la realidad es extraña y está fragmentada en mil pedazos”.
Pero también hay ecos pop y ahí también la voz de Rulfo se oye clarito. Estridente. En otra frecuencia. Me refiero a la novela Mantra, del escritor argentino Rodrigo Fresán. En ella, el autor explora Ciudad de México desde distintos personajes y formas (la segunda sección es una particular y caótica enciclopedia) hasta que, al final, llegamos a una reescritura de la novela de Rulfo en clave postapocalíptica en la que un androide va en busca de su “Computadora Madrecita” (O, en sus palabras: “Yo vine al D.F. -vine a las ruinas de lo que alguna vez fue el D.F. y que ahora es Nueva Tenochtitlán del Temblor- porque me dijeron que ahí vivía mi Padre Creador, que aquí vivía Mantrax”). Mantra vuelve a Pedro Páramo para rescatar o resaltar su lado zombie: el de los muertos que no callan, que no pueden callar, que no deben callar. Y que a veces entonan canciones tristes. Para continuar el eco.
Hace poco leí Los niños perdidos (un ensayo en cuarenta preguntas) de la escritora mexicana Valeria Luiselli y nuevamente despertó la voz de Juan Preciado: el hijo que cruza en busca de su padre y encuentra la muerte. Luiselli se detiene en la pesadilla de esos niños que arriesgan su vida para reunirse con sus familias o buscar un mejor futuro, en esas voces que hay que traducir, que a veces también hablan en murmullos. Y Pedro Páramo se siente, otra vez, de una vigencia (y urgencia) tremenda. Los ecos siguen, se repiten, no se apagan.
Este mes se cumplen cien años del nacimiento de Juan Rulfo y su conmemoración ha estado rodeada de otros murmullos, otros rumores. De la imposibilidad de celebrar e incluso decir el nombre de este autor. Yo no sé nada de fundaciones, pero sí sé que Juan Rulfo no solo fundó un mundo sino que una constelación, una galaxia, donde el tiempo y la vida se mueven a una velocidad distinta, ese lugar donde las ondas, y las voces que cargan, no mueren nunca, trayendo cada vez un nuevo mensaje urgente.

Espero que Rulfo no siga el destino de su protagonista. Que a él no, que a él nunca lo maten los murmullos. Que siga transmitiendo, siempre, desde (radio) Comala.

Opinión

Rodrigo y Liliana

Diez años después, Liliana Colanzi alcanzó a Rodrigo Hasbún en un listado de los mejores escritores latinoamericanos jóvenes. Una reafirmación se desprende de esto, hablando de la literatura boliviana en general.



Martín Zelaya Sánchez

Fines de junio de 2008. Rodrigo Hasbún acababa de ganar el Premio Unión Latina a la Novísima Narrativa Breve, conferido a su cuento Familia, y en una brevísima entrevista que alcanzó a responderme por email dijo: “Escribo las historias que necesito contar y las cuento en la manera que necesito contarlas… y aparte de eso, hay poco más”.
Unos meses antes el autor cochabambino había sido elegido como uno de los “39 de Bogotá”, lista que una década después, en su segunda versión, acaba de incluir a Liliana Colanzi entre los 39 más destacados escritores latinoamericanos de la actualidad, menores de 40 años.
“Cuando una escribe convoca ciertas energías y eso que está en el aire por lo general acude a tu llamado, así que hay que tener coraje para recibir aquello que se conjura. Hay que ser paciente, porque descubrir su verdadera forma puede tomar meses o años”. Eso decía Liliana en julio de 2015, en una conversación en el marco de su participación en la Feria Internacional del Libro de La Paz.
Rodrigo y Liliana. Cochabambino y cruceña. Ambos nacidos en 1981. Ambos cuentistas consumados, aunque Rodrigo ya publicó además dos novelas y Liliana, se sabe, pergeña la primera hace ya varios años. Ambos representantes de primera línea de la nueva generación de narradores bolivianos que, como pocas otras -como casi nunca en la literatura boliviana- logran trascendencia y reconocimiento de lectores y críticos no solo dentro del país; es más, sobre todo fuera del país.
Una década es mucho y poco a la vez. Mucho, porque en este tiempo Hasbún pasó de ser un prometedor autor novel a un consolidado escritor reconocido en América Latina y España, cuya novela Los afectos fue ya traducida a media docena de lenguas y logró en el último par de años incontables críticas favorables. Mucho, porque Colanzi en aquellos días apenas ensayaba sus primeros textos y se daba a conocer en suplementos culturales de Santa Cruz y algunos blogs entonces en boga; pero hoy, en cambio, su nombre no falta en casi toda feria, encuentro, antología o recopilación de narradores latinoamericanos, de la mano de sus libros de cuentos, sobre todo del último, Nuestro mundo muerto, editado en Bolivia, Chile, México, Argentina… traducido ya al inglés y el italiano, y uno de los más vendidos en las semanas pasadas en la prestigiosa editorial-librería porteña Eterna Cadencia.
Y una década es poco, porque Rodrigo podría -a sus 36 años- volver a estar en la lista bogotana por mérito propio, por lo que siguió haciendo en estos años en los que ganó mucho más reconocimiento; y poco porque Liliana apenas empieza, y miren lo que ya logró y lo que se augura.
Pero lo trascendental, lo importante que permite esta plataforma -porque eso es sobre todo “los 39 de Bogotá”, una importante visualización-promoción de los escritores seleccionados y de sus obras- es reafirmar el valor de la literatura de ambos a partir -precisamente- de sus búsquedas y entendimientos literarios. Y eso percibe muy bien en sus declaraciones reproducidas al inicio de esta nota.
Si consideramos estos dos “casos modelo” como una muestra representativa de los derroteros de la narrativa boliviana actual -hablemos de Giovanna Rivero, Juan Pablo Piñeiro, Sebastián Antezana, Maximiliano Barrientos, Wilmer Urrelo, por citar a unos pocos- a no dudar que en estos últimos 10 años nuestra literatura es más literatura; nuestros escritores son más escritores. ¡Ojo! No estoy hablando de calidad, valía o consolidación en un eventual canon. No los pongo por arriba o debajo de ningún otro escritor de hace cien, 50 o 20 años. Simplemente me remito al oficio y vocación, al profesionalismo, dedicación y decisión.

Escribo lo que Yo necesito escribir y como Yo quiero hacerlo; más o menos eso, en otras palabras, afirmaba Rodrigo. Hay que tener coraje para plasmar (escribir-publicar) lo que tanto trabajamos tal como lo concebimos y diseñamos; más o menos eso sostiene Liliana. Escribir y punto, al margen de modas, tendencias, compromisos, obligaciones o responsabilidades históricas, políticas, sociales que otrora condicionaban las letras bolivianas. Rodrigo y Liliana son una muestra de que buena parte de la literatura en la Bolivia actual es eso: literatura, en todo el sentido de la palabra. No parece mucho, pero es algo que no estuvo del todo claro por mucho tiempo. Enhorabuena por eso.

Rasgos
Para terminar, una breve síntesis descriptiva de las prosas de los dos autores. Leer los cuentos de Colanzi remite automáticamente a un concepto: intensidad. Intensidad en la forma y en el fondo. Es decir, un trabajo duro y riguroso con el lenguaje, los planos narrativos y la construcción de tramas y personajes; una labor que no puede salir de la noche a la mañana, por un lado; y, por otro lado, una impronta de misticismo, un sello personal que le lleva a crear historias que navegan entre lo real y lo sobrenatural: muertos entre vivos, poderes extrasensoriales, seres de otros mundos, destinos predeterminados. “Algo que no he contado antes es que rezo antes de escribir… rezo para olvidarme de mí, para poder sintonizar, aunque sea por un segundo, la música de las altas esferas”, comenta Liliana en una vieja entrevista.

De Hasbún hay que resaltar primero su nivel parejo, su voz clara e irrenunciable. Muchos de sus cuentos tienen destino de clásicos, pues sobreviven intactos el paso del tiempo. Y de sus novelas, a contracorriente de la mayoría, me quedo con la primera, El lugar del cuerpo. Cronista de situaciones urbanas y familiares, pero sobre todo hábil constructor de estados mentales, de situaciones emocionales de sus personajes, el cochabambino sobresale por la ductilidad de su estilo, por su notable poder de síntesis: es admirable lo mucho que cuenta, lo bien que cuenta en tan pocas páginas. 

Artículo

Obra reunida de Hilda Mundy: Aclaratoriamente…



Cuando hay debate, en literatura, generalmente quiere decir que se está leyendo, y partir por ahí es esperanzador. Con este artículo -que responde a uno de similar detalle y extensión aparecido en LetraSiete el 22 de enero pasado-, suman ya al menos media docena de textos en repercusión de Obra reunida de Hilda Mundy, trabajado por Rocío Zavala para la BBB, y Bambolla Bambolla…, edición de Rodolfo Ortiz para La Mariposa Mundial. Remito al referido texto para seguir al detalle el “ida y vuelta” del debate: http://letrasietebolivia.blogspot.com/search?q=Hilda+Mundy+consideraciones


Rocío Zavala Virreira

La presencia ahora contundente de una escritora víctima de menosprecio y olvido -tanto por parte de la autoridad literaria como de su propio círculo íntimo, hecho que aceleró la dispersión y la desaparición de sus textos- es una presencia paradójica hecha de las ausencias y los rasgos efímeros de una materia textual pensada para la prensa en su intrínseca fragilidad. Más aún si hablamos de un proyecto poético relacionado con la heteronimia y la anonimia. Esta inestabilidad editorial y referencial, apreciada y trabajada por Hilda Mundy, no se acabará con tres o más libros. Estos aparecerán, felizmente, para ratificar el carácter inaprensible del texto mundyano.
En fondo, son dos las cuestiones esenciales que aborda este artículo: aspectos de la historia de mi investigación, por una parte; y por otra, la edición de Obra reunida (OR) de Hilda Mundy (Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, 2016).
Cada publicación tiene sus objetivos, y los de una colección -cuánto más los de una biblioteca nacional- responden a formatos que se sobreponen a la voluntad de autores o responsables. Y la BBB, en su afán de llegar a los más con nuestras mejores obras, ha privilegiado aspectos que están al margen de polémicas, en este caso relacionadas a textos redescubiertos de un corpus y a su cotejo con otro corpus.
Los corpus nuevos, la disponibilidad o no de archivos, son temas densos y controvertidos por lo arriba dicho; temas que merecen desarrollo en marcos de discusión académica, pero nunca así como Rodolfo Ortiz dejó ver el 22 de enero pasado en este medio en su artículo sobre OR, a saber: una voluntad de revelar una situación incomprensible; de reparar errores de una edición imprecisa mediante la puesta en escena (publicitaria) de la verdadera precisión; de hablar de falta de rigor para iluminar el verdadero rigor y el único trabajo in situ; de atribuirse el traje de profesor de legitimidades e ilegitimidades al descubrir brillantemente que había que visitar los archivos apropiados en colecciones hemerográficas.
Al margen de ataques desmedida e inapropiadamente chilladores que solo denigran a su autor, aprovecho algunas de sus aseveraciones para hacer varias aclaraciones necesarias. Pero antes de entrar en materia, como lo escribí en OR, este libro tiene un antecedente disponible (Zavala, 2013); a este trabajo académico me referiré, siempre que sea necesario para defender mi autoría, esclarecer dudas, equivocaciones o intentos de tergiversación.
Rodolfo Ortiz debe saber que quien insiste, con la altura que emana de su artículo, en cotejos referenciales con pretendidos fines de rigor investigativo, debe ser mínimamente riguroso y no abundar en inexactitudes.

Investigación
En primer lugar, se equivoca Ortiz al afirmar que el corpus con el que he trabajado se constituye de una mayoría de fotocopias y fotocopias de fotocopias. De un corpus de 118 textos, 50 pertenecen a los fondos del Centro Documental de la Mujer “Adela Zamudio” (CDMAZ-CIDEM), otros cuatro son fotocopias (fechadas y con nombre del periódico) que recibí en persona de los investigadores Fabrizio Cazorla y por Marlene Durán en Oruro. Los 64 textos restantes fueron reproducidos personalmente de la prensa original, in situ, si se quiere.
Los archivos consultados a lo largo de mi investigación están detallados en mi tesis (2013: 499-500). A la lista de los 12 fondos de archivo relativos a Bolivia, debo añadir tres omisiones (lástima; no me olvidé sin embargo de nombrar a sus propietarios o responsables): en La Paz, la biblioteca de Valentín Abecia Baldivieso y la de la Academia Boliviana de la Lengua; y en Oruro, los archivos de La Patria (mencionados no obstante, puntualmente, por los específicos y rotundos vacíos que encontré con respecto a los años de la guerra y la inmediata posguerra del Chaco [Zavala, 2013: 40]). Esta lista no comprende, obviamente, otras bibliotecas que solo visité, o las entrevistas con personalidades que me procuraron o fotocopiaron documentos valiosos. Fueron, pues, 15 los archivos consultados en Bolivia: Oruro, La Paz y Sucre. La lista de archivos de OR (p. 56) es distinta: se trata de las colecciones de donde provienen los 118 textos redescubiertos en mis investigaciones.
Con respecto a la investigación en el CDMAZ-CIDEM, facilitada por Mary Marca y Lourdes Peñaranda (entonces directora y bibliotecaria responsable, respectivamente), fotografié los textos de unas fotocopias de muy mala calidad contenidas en un fólder cuyo origen no pudieron darme razón. Intenté, naturalmente, indagar sobre la constitución de tal fólder y consecuentemente sobre los originales, sabiendo que Sonia Montaño, fundadora del CIDEM, menciona una copia de los escritos de Hilda Mundy depositada por su hija Silvia Mercedes Ávila[1]; conociendo además la historia que me contó Guido Orías (yerno de Mundy) sobre la maleta perdida de la escritora. Intenté incluso contactar a Montaño por internet, pero no tuve respuesta.
Los documentos de una tesis de doctorado (esto debe saberlo todo doctorando) y de toda investigación, son de distinta índole: principales, secundarios, originales o derivados (las clasificaciones son diversas). Única condición: explicitar dicha índole para marcar los límites del tratamiento documentario. Hecho: (Zavala, 2013: 40-44). La presentación que hago de los archivos del CDMAZ-CIDEM es exhaustiva y habla no sólo de su carácter derivado sino también de una confección que recorta, además del título del periódico en que aparece el texto, la fecha y a veces hasta el texto mismo. En cuanto a OR, esta explicación aparecía en nota de pie de página y fue enviada a los editores. Lamentablemente la quitaron y no lo vi.
En todo caso, pese al estado del fólder, encontrarlo fue una maravilla, y trabajar con él fue de enorme utilidad, especialmente por las 11 Vitaminas y, cómo no, por los textos de Dum dum. Ya me había resignado a no ver un solo texto de este semanario, tras haber investigado en estadías repetidas durante dos, tres o cuatro años en los archivos indicados. Toda publicación teórica se enmarca en las fechas explícitas de sus referencias: entre 2002 y 2012 ninguna biblioteca ni pública ni privada de los 15 archivos consultados tenía un solo ejemplar original de Dum dum. Lo mismo en cuanto a El Fuego, con una excepción: mi corpus tiene un ejemplar que pude fotografiar de un original perteneciente a Fabrizio Cazorla. Ahora aparecen archivos otrora no disponibles; por eso existe algo que se llama bibliografía y que sirve para decir: he trabajado con esto y no con lo otro.
Con relación a los archivos de Oruro, espacio faltaría para detallar las dificultades allí encontradas para acceder a la documentación, especialmente en la hemeroteca de la Biblioteca Municipal “Marcos Beltrán Ávila” (cf. Zavala, 2013: 39-40). Ahí indico que tras dos estadías de investigación (limitadas por las fechas de vacaciones universitarias en Francia), plagadas de dificultades en dichos archivos, fue solo en una tercera estadía, mediante una credencial (difícilmente obtenida) firmada en agosto 2007 por el alcalde de Oruro que se me permitió acceder personalmente para buscar esos archivos que no estaban en consulta libre. Solo a partir de entonces mi corpus, especialmente con relación al diario La Mañana, se enriqueció sólidamente y mi tesis pudo tomar los caminos que la definieron. Si la situación ha cambiado en Oruro, si los archivos se hallan disponibles, es una estupenda noticia para todos. No fue el caso durante los años de mi investigación.


El libro de la BBB
En cuanto a la edición de OR: la limitación del espacio que se me impuso alteró mi proyecto presentado en abril de 2015. Primera aclaración: mi proyecto comprendía dos elementos fundamentales: el archivo iconográfico de los 118 textos de mi corpus y un cuadro con detalle bibliográfico y comentarios de los textos redescubiertos. Mi voluntad manifiesta en este sentido desmiente cualquiera de las tantas especulaciones torpemente insinuadas o emitidas.
Segunda aclaración: los sistemas y formatos de la BBB, definidos colectiva e institucionalmente, me dejaron al margen de muchas decisiones formales. Por ejemplo, incluir Cosas de fondo y Pirotecnia, aunque después vi la importancia de ofrecer, en un solo volumen y a un público no necesariamente especializado, una lectura lo más compendiosa posible de esta obra. Cuestión de objetivos. Otros aspectos, como la ortografía modernizada, requerían para mí mayor discusión.
Es sabido que el autor o responsable de libros recopilatorios en colecciones institucionales no puede controlar todo. Si bien es cierto que el trabajo entró en imprenta estando yo presente en el país, tras un trabajo mancomunado -intenso y muy agradable, por cierto- con la BBB, mi supervisión no contempló omisiones sobre las que no se me consultó. Es importante decirlo claramente porque establecer la existencia de tales referencias es desbaratar todo intento de denigración que al señalar mi trabajo está señalando también el trabajo de equipos altamente calificados, como los de la BBB.
Obra reunida debió publicarse en 2015, apareció un año después por reestructuraciones institucionales en la BBB. Pero el proyecto no cambió: la BBB me contactó en razón de un trabajo académico reconocido en 2013. Yo no tenía ni interés ni necesidad de correr detrás de otras publicaciones o apariciones; de estas me enteré cuando mi trabajo ya estaba emprendido. ¿Y desde cuándo hay que preocuparse por publicaciones ajenas antes de publicar? La difusión plural del conocimiento es algo que solo puede inquietar a los enemigos del conocimiento.

Textos de dudosa autoría y enmiendas
Respecto a la inclusión de la selección de textos Dum dum en OR (la misma selección de mi tesis): ni atribuye firmas inexistentes ni es arbitraria. Primero: esta inclusión se presenta bajo el signo de la hipótesis, afirmándose repetidamente que ciertos seudónimos que aparecen en las páginas encontradas de Dum dum pueden o no pertenecer a la autora. Es decir: hipótesis, es decir: suposición verificable o no. Hablo, por ejemplo, de “un paisaje (hipotético) de diez nombres de pluma diferentes, […] susceptible de modificarse con investigaciones posteriores” (trad. Zavala, 325-326). Segundo: esta inclusión se basa en un estudio sobre el universo paratextual mundyano (Zavala: 313-338). OR no trata (falta de espacio) de la paratextualidad, pero el cuadro enviado a los editores detallaba claramente la cuestión de las firmas: heteronimia y anonimia, es decir, explicitación de casos hipotéticos.
Otra inexactitud: la cuestión del cha-cha-cha en el texto Vitaminas que habla de los bailes de moda. Es un texto sin fecha: el archivo de origen no la contiene. Por eso se habla de hipótesis. Ortiz transcribe “A cha-cha”, tal como yo misma escribí en mi trabajo, solo que los editores lo enmendaron erróneamente y no lo vi. Lo corregiremos.
Hubo enmiendas pertinentes. Por haber leído, revisado, estudiado los textos de Mundy, y como todo investigador que ha trabajado con la prensa de los años 20, 30, 40, sé que los errores de composición tipográfica eran entonces moneda corriente. Existen escritos de la autora a los que les falta toda una línea, los hay con texto volcado, etc. Sé también que Mundy, al utilizar extranjerismos de todo tipo -principio vanguardista- sufría también la “corrección” de editores, cajistas, etc. En cuanto a una referencia concreta de Ortiz: he desarrollado ampliamente el tema del mundo del espectáculo sin nunca utilizar la idea del cha-cha-cha. Esta hipótesis solo pretendía, en caso de verificación, reforzar la idea de que  Mundy no se calló en 1936. Y esto lo he probado debidamente en mi trabajo.
Ortiz cita “al azar” el Brandy cocktail que aparece con fecha del 07.12.34; proviene del fólder CDMAZ-CIDEM y el mal recorte le quitó aparentemente un numerito al día 7, es decir que se trata del 17 o del 27. Lo mismo para el Brandy cocktail sin día, de diciembre 1934: mal recorte. En cuanto a los dos errores de fecha (mi tesis contiene las fechas precisas), se subsanarán sin perjuicio ni del libro de la BBB ni de los estudios mundyanos.
En cuanto al El Fuego, y al cuento Excombatiente, la nota bibliográfica que envié a los editores es: El Fuego, Oruro, s/nº, 24 de marzo 1936, p. 4. La referencia incompleta y errónea en OR (p. 252) no me corresponde. La abreviación de las referencias fue decisión de los editores. Yo envié referencias bibliográficas exhaustivas que figuraban en pie de cada uno de los textos. Respecto a la firma: si la trascribí es porque figura en mis fuentes. Si Ortiz “dudaría en atribuírselo a Hilda Mundy”, debería comenzar a dudar de su análisis lexical: mi archivo lo invalida. La escritura mundyana es heterogénea y diversa, un ensayo permanente que es elogio de la contradicción.
En cuanto a La Retaguardia: se equivoca otra vez Ortiz al ver errores donde no los hay. En la página 143 de OR que cita, figuran los meses de los textos publicados de Hilda Mundy (esto lo hicieron los editores, pero no es erróneo). Nadie habla de la aparición de La Retaguardia. Otro error de Ortiz: el número 1 de ese periódico es del 22 (y no del 20) de febrero de 1934, como explico en OR (p. 24). Fotocopié, in situ, el número entero de los Archivos nacionales de Sucre ya en el año 2004.
El proyecto de la BBB responde a objetivos específicos que perduran al margen de polémicas que poco tienen que ver con intereses literarios, y a pesar de eventuales problemas de coordinación entre sus múltiples actores. Aligerar y abreviar referencias bibliográficas del corpus, sintetizar datos técnicos relativos a los archivos, fue lo que –entiendo- primó en el trabajo de los editores. Si bien las omisiones, errores u olvidos -relativos a un corpus de textos redescubiertos y por redescubrir- tienen su importancia en el caso paradigmáticamente atípico de Hilda Mundy, el libro de la BBB cumple ampliamente con sus objetivos: llegar a un público grande que leerá y seguirá leyendo, en un volumen único, unos escritos necesarios.
En cuanto a mi trabajo de investigación, las referencias exhaustivas existen y están disponibles. Obra reunida viene de un trabajo que dialoga con investigaciones precedentes, citándolas como debe ser o debatiendo con ellas con el respeto de rigor en marcos académicos. Lo que no cupo en OR por limitación de espacio o de objetivos, se publicará en otros medios. Lo referencialmente enmendable, para mí como autora del estudio y editora responsable, puede y debe hacerse. Es mínimo y no altera lo esencial de este libro como parte de una colección privilegiada por sus alcances y su perdurabilidad.





[1] Artículo “Cosas de fondo”. Consultado en 2004 en www.fempress.cl/base/precursoras/cosasdefondo.htm,