miércoles, 12 de octubre de 2016

Libros

Juguete entrañable

Una lectura de Nuevos juguetes de la guerra fría, una novela del peruano Juan Manuel Robles, ambientada en La Paz.




Raúl Peñaranda U. 

Juan Manuel Robles es uno de los mejores cronistas peruanos y latinoamericanos. Sus crónicas periodísticas han aparecido en las más afamadas revistas de ese género en la región y mediante ellas nos ha mostrado un curioso universo de personajes y hechos de la vida real.
Sus reportajes, sin embargo, estaban escritos usando las técnicas de la literatura: inclusión de diálogos, generación de suspenso y sorpresa, división del texto en escenas, uso de metáforas e incorporación de inteligentes giros irónicos.
Robles ha escrito ahora una novela, Nuevos juguetes de la guerra fría (Seix Barral, 2015) haciendo lo contrario, usando las características de “la realidad”, empezando por presentarla como una autobiografía que relata los hechos de manera muy apegada a como sucedieron en verdad.
Suele decirse que la ficción debe ser “verosímil” y el periodismo tiene que ser “veraz”. Creo que Robles ha intercambiado esas características y le ha dotado de “verosimilitud” a sus reportajes y de “veracidad” a su novela.
Por ser amigo de su padre, el periodista Manuel Robles, quien vivió en Bolivia durante muchos años, y gracias a otras casualidades (una de mis primas fue muy amiga de la hermana mayor de Juan Manuel, de la que, además, otro primo mío estaba disimuladamente enamorado), doy fe de que la novela es, básicamente, una “autobiografía”.
Iván Morante, el nombre del personaje, al igual que Juan Manuel, estudió durante su infancia en la escuela para hijos de diplomáticos de la embajada cubana en Bolivia, vivió en la zona Sur de La Paz, estudió después informática, tiene un padre que fue corresponsal internacional, una de sus hermanas es súper memoriona, su abuelo desplegaba mapas en la mesa de su escritorio, etc., etc.
Con un telón de fondo en el que casi todo representa la verdadera vida de Robles, es difícil establecer cuáles son los breves lugares y momentos que son ficcionales. Y de ahí la “credibilidad” del libro, su atracción. Las páginas de la novela inoculan en el lector la duda sobre qué es realmente ficción, y qué no.
La novela, por otro lado, empieza siendo una cosa y termina convertida en otra: de una autobiografía sobre la vida del autor en La Paz, basada en una mirada socarrona y humorística sobre toda la parafernalia comunista que aprendió durante su niñez en la escuela para hijos de funcionarios de la embajada cubana, deviene en una suerte de novela policíaca y, también, en un sabroso tratado de piscología que aborda el aspecto de la memoria y sobre cómo y qué recordamos las personas. Nuevos juguetes de la guerra fría es, por eso, varios “juguetes” a la vez: autobiografía, novela policial, tratado sobre la memoria, relato de amores pasajeros.
Cuando lo entrevisté en La Paz durante su reciente visita en ocasión de la Feria Internacional del Libro le pregunté al respecto y me dijo que esos saltos pueden deberse a su impericia como novelista, considerando que ésta es su primera incursión en ese género después de haber sido reportero y, luego, cronista.
Y es verdad que esa impericia se percibe por momentos, pero ello le ha permitido también hacer una trama más “genuina”, otra vez, más “veraz”. Que luego es, incluso, arriesgada. Le consulté si el final de la “historia policíaca” del novela no era un poco temerario y si su padre, el Manuel Robles de carne y hueso había leído el libro antes de su publicación. “No arruines el final de la novela a mis lectores”, me pidió. “Y no, no le di a mi padre el texto para que lo leyera con anticipación”.
Antonio Muñoz Molina, que fue su profesor en la New York University, escribe en la contratapa del libro que Juan Manuel es uno de los narradores latinoamericanos con mejor “fraseo” y que su “potencia narrativa” es “admirable”.
Es verdad. La fluidez del texto, la “naturalidad” con la que discurren los hechos y su estilo ligero, pero no superficial, logran concatenar sutil y rítmicamente los sucesos y personajes y conducen al lector tersamente de las escenas sucedidas en los años 80 en La Paz a las de la “actualidad” de Nueva York, pasando por las numerosas anécdotas secundarias.
Como suele escucharse en los talleres de narración, no hay cosa más difícil que escribir en fácil. Y Robles, a lo Hemingway, hace eso, nos lleva de la mano en su historia sin barroquismos, sin artilugios innecesarios, sin exuberancias inútiles y, a la vez, afortunadamente, sin laconismos. Su estilo es, por ello, luminoso y sosegado, al que rocía además de las ya mencionadas ingeniosas alusiones irónicas y etéreamente humorísticas.
Si uno de los trasfondos de la novela es su desfachatez en la caricaturización de la simbología socialista de los años de la guerra fría, y su mezcolanza con los personajes de la televisión capitalista de los 80, el otro es, como ya he dicho, el de la memoria.
Aproveché la entrevista con Robles para desafiarlo sobre un aspecto que me parece central en lo que son sus recuerdos y, más que eso, su formación como periodista y novelista: si el libro es en buena parte una autobiografía, ¿por qué su padre aparece en varios aspectos y circunstancias, pero no como una influencia en su carrera?
Juan Manuel creció viendo a su progenitor escribiendo cientos de despachos para la agencia Prensa Latina. Lo visitó en su oficina, donde veía cómo funcionaba, primero, el viejo télex y después la computadora y el internet. Años después, él mismo, fue reportero, posteriormente cronista y finalmente novelista. Para mí, algo que es meridianamente claro, como el hecho de que el oficio de su padre lo ayudó a ser el escritor que es hoy, para Robles es una idea borrosa y sin mucho sentido. Curioso para un escritor que se despachó un libro en el que uno de sus ejes es, precisamente, recordar, revivir imaginariamente el pasado, conocerse mediante la reconstrucción de hechos que están enterrados en algún lugar de la mente.
Nuevos juguetes de la guerra fría tendría que ser de lectura obligatoria para cualquier boliviano interesado en la literatura. No existen muchos libros de escritores extranjeros que se ambienten en La Paz y menos aún que tengan una mirada tan favorable y amistosa de la ciudad. Por ello esta novela es aún más entrañable. (ANF)


Comentario

Víscera con víscera para entender

Una invitación a la lectura de La pasión según G.H., de Clarece Lispector.




Jorge Patiño Sarcinelli 

Hace trescientos cincuenta millones de años, mucho antes de que el hombre apareciera sobre la tierra, existía ya la cucaracha. Trescientos millones de años después de que el hombre haya desaparecido, ella existirá todavía. El hombre es un instante en la vida de la cucaracha.
En todos estos millones de años la cucaracha no ha cambiado nada; no lo necesita. Mientras el hombre se reconoce imperfecto y anhela el cambio, la cucaracha ha encontrado la forma de ser que le asegura ese prodigio de supervivencia entre las especies, ha logrado la perfección, una cima ínfima y despreciable de la perfección. La cucaracha es lo eterno, la evolución que se burla del hombre. Él responde con un asco profundo de quien rechaza su ser elemental.
En La pasión según G.H. una mujer encuentra una cucaracha en un cuarto en el fondo de la casa, la aplasta y se pasa por los labios la blanquecina pasta visceral que sale del bicho. El punto de partida de la novela de Clarice Lispector es el deseo de entender. Comienza así:
“…estoy buscando, estoy buscando. Estoy tratando de entender. Intentando dar a alguien lo que vivi…”.
Son muchos los caminos del tratar de entender; Clarice toma uno inesperado, el del encuentro de una mujer con una cucaracha, en el fondo del ser.
“Así como hubo el momento en que vi que la cucaracha es la cucaracha de todas las cucarachas, así quiero de mí misma encontrar en mí la mujer de todas las mujeres”.
La pasión según G.H. es una novela -así lo quiere la autora- que dura un largo e intenso instante y se desarrolla en el espacio sin límites de las elucubraciones de G.H., una mujer. Reina de reinas, bruja de brujas, mujer de mujeres. La esencia de ser mujer llevada a su grado extremo. Mujer que divaga, llega al límite de la narración y crea. “Voy a crear lo que me sucedió. Solo porque vivir no es narrable”.
Lo que nos sucedió no sucedió hasta que no encontremos el lenguaje que lo cree. Vivir no es narrable porque entre la vida y la palabra hay un abismo. “El lenguaje es mi esfuerzo humano. Por destino tengo que ir a buscar y por destino vuelvo con las manos vacías. Pero vuelvo con lo indecible. Lo indecible solo me será dado a través del fracaso de mi lenguaje”.
Del fracaso del lenguaje surge uno nuevo, en el que se podrá decir lo indecible, en el que se puede hablar del otro, del más allá, de lo que ya no es uno. “Vi. Sé que vi porque no di a lo que vi mi sentido. Sé que vi porque no entiendo”.
Impresionante lucidez de quien admite que para entender realmente algo, es necesario darle el sentido que le pertenece, renunciando al propio. Pero el desafío es enorme y la lucidez no basta. La búsqueda, cuando encuentra su límite, debe crear. Hay que encontrar un camino que lleve al límite más profundo, al encuentro con el otro más otro que hay, para someter al ser y al lenguaje a la prueba más extrema.
Dice Lispector en una entrevista: “Yo, de repente, percibí que la mujer G.H. iba a tener que comer el interior de la cucaracha, y temblé de susto”.
Para dar al encuentro la dimensión de lo profundo esencial, es necesario matar y comer al otro, encontrarse cuerpo a cuerpo -víscera con víscera si es posible- con el ser más asqueroso de la creación, la cucaracha.
“Santa María, madre de Dios, os ofrezco mi vida a cambio de no ser verdad aquel momento de ayer. La cucaracha con la materia blanca miraba. No sé si ella me veía, no sé lo que una cucaracha ve. Pero ella y yo nos mirábamos, y tampoco sé lo que una mujer ve. Pero si sus ojos no me veían, su existencia me existía -en el mundo primario donde yo había entrado, los seres existen a los otros como un modo de verse. Y en ese mundo que yo estaba conociendo hay varios modos que significan ver: un mirar al otro sin verlo, un poseer al otro, un comer al otro, un apenas estar en un rincón y el otro estar allí también: todo eso también significa ver. La cucaracha no me veía directamente, ella estaba conmigo. La cucaracha no me veía con los ojos, pero con el cuerpo. Yo la veía entera, la cucaracha”.
Cuerpo, ojos; patas de cucaracha en los ojos. Alas secas en la boca, como una lengua rígida, álala; gusto a tierra amarga. Es el momento del encuentro. En todo el cuarto, en todo el mundo, el aire está muerto con olor pungente a cucaracha. Sin embargo, esos trazos de muerte cucaracha son la vida que queda, la única vida que queda. Es necesario sorber de ella con todas las fuerzas.
“Entonces, nuevamente, un milímetro grueso más de materia blanca se exprimió hacia afuera. […] Sus dos ojos estaban vivos como dos ovarios. Ella me miraba con la fertilidad ciega de su mirar. Ella fertilizaba mi fertilidad muerta. ¿Serían salados sus ojos? Si yo los tocase -ya que cada vez más inmunda yo gradualmente quedaba- si yo los tocase con la boca, yo los sentiría salados.
Yo ya había probado en la boca los ojos de un hombre y, por la sal en la boca, había sabido que él lloraba. Pero, al pensar en la sal de los ojos negros de la cucaracha, súbitamente retrocedí nuevamente, y mis labios secos retrocedieron hasta los dientes: los reptiles que se mueven sobre la tierra. En medio de la reverberación parada del cuarto, la cucaracha era un pequeño cocodrilo lento”.
Y hay más:
“Y es que no te conté todo.
No conté que, allí sentada e inmóvil, yo todavía no dejaba de mirar con gran asco, sí, todavía con asco, la masa blanca amarillada por encima del parduzco de la cucaracha. Y yo sabía que mientras tuviese asco, el mundo se me escaparía y yo me escaparía. Yo sabía que el error básico de vivir era tener asco de una cucaracha. Tener asco de besar un leproso era yo equivocando la primera vida en mí -pues tener asco me contradice, contradice en mí mi materia.
Entonces aquello que, por piedad por mí, yo no quería pensar, entonces lo pensé. No pude impedirme más, y pensé lo que en realidad ya estaba pensando.
Lo que era peor: ahora tendría que comer la cucaracha pero sin la ayuda de la exaltación anterior, la exaltación que hubiese actuado en mí como una hipnosis; y yo había vomitado la exaltación. E inesperadamente, después de la revolución que es vomitar, yo me sentía físicamente simple como una niña. Tendría que ser así, como una niña que estaba sin querer alegre, yo iba a comer la masa de la cucaracha.

Entonces avancé”.

Cómic

24 en 24, el reto historietil


Uno de los mayores impulsoras del noveno arte en el país es el C+C Espacio del Espacio Simón I. Patiño, que, entre muchas otras actividades, organiza el reto de crear un cómic de 24 páginas en 24 horas.




Francisco Leñero 

La fugacidad con la que se lee una historieta de Condorito o un gag cartoon de Quino (chiste grafico de una viñeta) nos hace olvidar el trabajo que se esconde detrás estas publicaciones.
Considerada como el noveno arte, o arte secuencial (Según Will Eisner), la historieta requiere de un proceso complejo para su creación. Después de escribir un guion o historia, debe adaptarse al formato de cómics y al número de páginas. Luego se boceta y dibuja las páginas, para luego entintarlas y colorearlas. Finalmente se rotulan los textos y diálogos.
No hay que equivocarse, si bien es cierto que las computadoras facilitan el trabajo (Ctrl-Z), no reemplazan ni el talento ni la creatividad de los artistas. Una obra requiere de tiempo para su elaboración. Si a esto le sumamos el hecho de que prácticamente ninguna editorial paga por su producción, los historietistas son una suerte de quijotes tratando de hacer girar molinos de papel. Si quieren ver que sus publicaciones salgan solo les queda la autoedición.
Si bien es cierto que da algunas ventajas, sobre todo en lo referente a la libertad creativa, es un obstáculo mayor para lograr periodicidad y tiraje. Muchos deben vivir de otras actividades, como la mayoría de los artistas, y dejar la producción de historietas para sus ratos libres. Este problema de libertad creativa y producción es común en el mundo entero, y en cierta medida ha sido el freno a la publicación independiente.
Por ello en 1990 Scott McCloud (Undertanding comics y Making comics) inició un ejercicio desafiando a un amigo dibujante a hacer un cómic de 24 páginas en 24 horas. Ambos lo lograron, y cada año fueron motivando a muchos otros a que se sumen al ejercicio, y van ya más de 25 años.
La idea de replicar este ejercicio en La Paz fue de Marco “Toxico” Guzmán y, porque le pareció el lugar idóneo, llevó su propuesta al Espacio Simón I. Patiño, específicamente al C+C Espacio. 
Desde 2010 la actividad se realiza anualmente en la biblioteca y hace tres años que nos hemos adherido al evento internacional. La fecha marcada a nivel mundial es el primer sábado de octubre. Puede verse el listado de los países participantes en la página www.24hcomicday.com
La actividad inicia a las 10:30 de la mañana del sábado y termina el domingo a la misma hora. Generalmente, y ya que se trata de un reto, se sortea un tema al azar ese mismo día. Por ejemplo este año fue “energía solar”, a partir del cual los participantes tuvieron que introducir el tema en sus historias, ya sea como elemento central o de fondo. Adicionalmente este año se les propuso unificar el formato (en años anteriores cada quien trabajaba en el que le apetecía).
Como lo mencionamos antes, hacer historietas es un proceso complejo, más cuando no llegas con una historia ya escrita, o debes introducir un elemento ajeno. En el caso particular del reto historietil, los participantes deben administrar su tiempo adecuadamente, planificar su obra y establecer un ritmo de labor y descanso. Sobre todo, deben luchar contra el cansancio. Pero es una fiesta y hasta la fecha, aunque rezongan un poco, los participantes aceptan el reto con todas las limitaciones, incluso se adaptan a los gustos musicales de la mayoría, que se impone a la hora de elegir la música ambiente.
Este año no fue la  excepción, Zetbastian (Sebastian Antezana), Viko (Víctor Cuaquira), Aldo Gabriel Cabrera Miranda, Julio César Chiri Titirico, Rodrigo Andrés Cachaca, Jo'C (José Álvaro Coria Quispe), Silvia Baltazar, Samuel Finley Villa Janco, Laura Ricel Saavedra, Brayan Marcelo Ramos Luque, Hentaro (Mauricio Yasser Vargas Ideria), Súcoco Sempai (Sonia Condori Coarita) y Samuel Vargas Villarroel se sentaron y emprendieron la tarea.

Nadie cumplió las 24 páginas en esta oportunidad pero, y hay que destacarlo, fue porque se dedicaron a hacer sus mejores trabajos, dándole preferencia a la calidad sobre la cantidad.  El reto fue la excusa para producir lo que no lograban hacer en sus casas, aprovechando la atmósfera de camaradería y de intercambio de conocimientos. Los trabajos de esta versión y de las anteriores, pueden verse en la página 24n24.blogspot.com.

La pelusa que cae del ombligo

Séptimo sentido



Una crítica de la más reciente obra de teatro de Marcos Loayza.

  
Omar Rocha Velasco 

Marcos Loayza es uno de los directores de cine más destacados de Bolivia, tiene vasta experiencia como guionista y director  cinematográfico, su incursión en el teatro es reciente y lo hace a través de Séptimo sentido, un monólogo a cargo de la consagrada actriz Patricia García.
La obra trata de una profesora de historia que en medio de una clase se pone a reflexionar sobre su vida, su oficio y, fundamentalmente, sobre la historia misma. El séptimo sentido es la metáfora de la memoria, que además es un atributo femenino.
El texto no es críptico, al contrario es fácil de seguir y en esa sencillez va planteando cuestionamientos terribles a la forma de conocer la historia que se va incorporando en el imaginario desde el colegio. Esa historia llena de héroes, llena de fechas, llena de memorización vacía. Por eso se rescatan algunos elementos de la memoria ínfima, esos desechos de memoria cotidiana que humanizan más a los héroes que la historia está acostumbrada a erigir.
El escenario es un aula de colegio, hay un pizarrón, una ventana, un banco y un escritorio destinados a la profesora. También hay un añadido, muy poco explotado para mi entender, se trata de una pantalla que aparece al costado. Es una pantalla capaz de proyectar imágenes o proyectar sombras, pero nada de eso sucede.
Algo similar pasa con la música: además de la actriz que está haciendo el monólogo, en escena aparece un músico que interpreta acordes guitarra en mano. Sin hablar de la calidad musical de esos acordes, me parece que la presencia de ese músico no le aporta nada a la obra, sin él (y sus acordes) la obra seguiría siendo la misma y mejor.
Aquí surge una duda sobre Marcos Loayza guionista y director cinematográfico y Marcos Loayza dramaturgo y director de teatro. Quizá en su obra de teatro está muy presente el registro realista que caracteriza al cine, me parece que este registro es el que caracteriza a la profesora de historia. Quizá la obra exigía un despliegue más histriónico. Extraño también el humor que caracteriza a Marcos Loayza cineasta, no dejo de pensar en Cuestión de fe o Las bellas durmientes, por ejemplo, cuyos textos gozaban de la salud que le da el buen humor, escaso en nuestro medio.
También señalo una escena o imagen suelta, es cuando la profesora da la espalda al público, se acerca a la pizarra, se agacha provocativamente y deja ver sus piernas. Luego todo transcurre como si esa escena no hubiera ocurrido, ¿por qué dejar sin continuidad algo tan provocativo?
En concreto se trata de un monólogo que muestra el desmoronamiento de una clase de historia en plena ejecución, allí mismo en la acción plena, cuando la profesora pregunta sobre Melgarejo todo el montaje profesoril cae y surge la experiencia, el amor, el desamor, surge la propia vida y surgen los detalles, aquellos que una sensibilidad masculina y heroica no pueden abarcar. Surge entonces el séptimo sentido.
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Ficha técnica

Título: Séptimo sentido
Autor: Marcos Loayza
Dirección: Marcos Loayza
Actuación: Patricia García
Música Original: Gabo Guzmán
Arte: Patricia Mariaca
Vestuario: Cecilia Mariaca
Iluminación: Alejandro Loayza Grisi
Diseño: Alejandro Loayza Grisi
Producción: Alma Films
País: Bolivia


Libros

De La odisea al Ulises de James Joyce

Porque nunca está demás, el autor boliviano ofrece una lectura detallada de la obra maestra de Joyce, sin perder de vista la legendaria odisea de Homero.



Enrique Rocha Monroy 

Al componer La odisea, Homero comprendió que no podía repetir los efectos dramáticos de La ilíada. Por tanto, su segunda obra es una historia de aventuras que tiene origen no en los cantos heroicos sino en los antiguos relatos y narraciones folklóricas.
La odisea narra la historia de Ulises, un hombre que tras muchos padecimientos y vagabundeos vuelve a su hogar donde le espera su esposa, materialmente sitiada por un puñado de pretendientes. Al llegar disfrazado de mendigo, Ulises arroja al suelo los harapos que lo cubren. Cuando concluye con la matanza a flechazos -por su destreza en el dominio del arco lo descubre su mujer- de todos los pretendientes de Penélope (eran más de cien) se acuesta vestido y agotado al lado del cuerpo palpitante de horror de la reina. Olía a sangre humana.
No dio ninguna importancia al llanto de Penélope por la pérdida de tanta belleza y juventud. El no creía en el amor desinteresado de su mujer. Esos hombres, todos jóvenes y hermosos, estaban bien muertos. Su conciencia de héroe no le daría sobresaltos a partir de ese momento.
Ulises, el libro de James Joyce, se basa escrupulosamente en cada uno de los 18 cantos de La odisea durante 18 horas del día 16 de junio de 1904 en Dublín. Lo que le sucede ese día al protagonista es una paráfrasis de lo que le ocurrió al rey Ulises durante su regreso a Ítaca después de la guerra de Troya.
Homero relata su epopeya en 18 episodios que duran unos 20 años. Al final, Ulises ha envejecido. Joyce utiliza al anciano guerrero como símbolo de las peripecias que vive su personaje, que no es precisamente un héroe. El también, cansado de lidiar con las Circe de los burdeles de Dublín, se acuesta agotado al lado de su mujer, palpitante de vida y con un agudo olfato para presentir la belleza del cuerpo joven de Telémaco (James Joyce), que duerme su borrachera en la habitación de al lado.
La historia comienza unos capítulos antes, pero en el momento de presentar a su personaje el autor lo hace con estas palabras: “Leopoldo Bloom comía con fruición órganos internos de bestias y aves”. Extraña manera de presentar a un héroe. El Ulises clásico es noble y todo en la epopeya homérica tiene elevado origen y selecta estirpe. Penélope es una reina, Ulises es el rey de Ítaca y Telémaco es un príncipe heredero obediente a los dictados de su ilustre padre. Todos están sometidos a las leyes de una noble concepción de la vida.
El tono de Homero no desciende jamás a la ironía ni deja dudas o sospechas sobre la conducta de sus personajes. Homero es “el padre Homero” de la epopeya clásica griega, y nada tiene que ver con el espíritu burlón de Aristófanes, por ejemplo. Todo en Homero es elevado, digno, sobrio y majestuoso.
El Ulises del siglo XX es un corredor de avisos comerciales para los diarios, un buen burgués que no conoce la felicidad plena de verse vivir en un ambiente adecuado a su personalidad. Tiene pies planos, es tacaño y judío, aunque se ha bautizado. En medio de las pullas antisemitas de algunos de la tertulia, Leopoldo Bloom reacciona bien: “¿Y qué? ¿Acaso Jesús no era judío también?”.
Su Penélope se llama Molly, Marion Tweed Bloom. Es gibraltareña, hija del general Bryan Cooper Tweed y de la judía española Lunita Laredo. El autor nos advierte que por ser descendiente de madre española, Molly es muy apasionada en el amor. Comete adulterio con Hugo Boylan.
El Ulises del siglo XX se levanta, se baña, prepara  el desayuno, se lo lleva a Molly a la cama, lee el diario, se entera de las noticias del día, entre ellas de la muerte de su amigo Dignam (“¡Pobre Dignam!”), y sale a la calle canturreando una canción de moda. Su mujer, que se desayunó en la cama, queda entre las sábanas perezosa y somnolienta para no entablar ningún diálogo con su marido que lo distraiga de sus ocupaciones. Pero tiene el oído alerta para adivinar la entrada de su amante, un tenor. “Los tenores -sostiene Mr. Bloom- siempre tienen mucha suerte con las mujeres”.
Como se ve, este Ulises de pies planos sabe que su Penélope lo engaña y esta Penélope no ignora que su marido se deja encantar fácilmente por las sirenas de los prostíbulos de Dublín. Ahora Bloom tiene cosas más importantes y piadosas que realizar: ir al entierro del amigo Dignam, aunque esto le impedirá ir a visitar a un cliente. Pero no, no, no puede faltar al entierro del amigo Dignam. ¿Qué dirían todos los amigos si no fuera? Lo acosarían a indirectas sobre su origen judío.
No hay antisemitismo en Ulises. Pero Joyce necesitaba un hombre con una serie de conflictos íntimos, un oriental preferiblemente, para simbolizar en él al hombre moderno acosado por los traumas que le crea una sociedad fragmentada y deshumanizada. Un simple irlandés no le servía. Leopoldo Bloom es un símbolo humano, una síntesis del hombre moderno que nos roza a todos con sus frustraciones y sus inhibiciones. Tenía que ser un judío. Un judío es un ser atemporal, ahistórico.
El mismo Bloom se autodefine: “El judío es un ser fuera del tiempo”. No vive para los onomásticos ni los aniversarios. Viene de la eternidad y va hacia la eternidad. Ese hombre venido del misterio de Oriente, deambulando siempre por Occidente, envuelto en conflictos de adaptabilidad y funcionabilidad -como las máquinas- en sociedades que no fueron creadas para él, era el personaje ideal para encarnar en él todo el dolor y las contradicciones de un mundo que la intuición genial del autor anticipó muchos años.
Este hombre sencillo y nada erudito  carga sobre sus hombros con una serie de complejos que el autor sabe dispersar hábilmente por el libro para llenarlo de dudas acerca del propio destino del hombre en el mundo.

A través de este personaje de pies planos, Joyce emite opiniones alarmantes sobre el mundo como una sirena que extiende su alarma por todo el planeta. Todo cae bajo su lupa implacable: países, religión, patriotismo, judaísmo, esoterismo, sexo, amor, Roma, Jerusalén, Nueva York, Paris Londres, los ingleses, Dublín... Dublín está presente en todo el libro. Es una lección de cómo describir una ciudad sin demostrar que se describe y sin detenerse en hablar de ella. El lector recorre Dublín en seguimiento de Bloom y entra y sale con él en todas partes. Están las calles, los puentes, los lugares más importantes, el río, la playa, el mar, las gaviotas, los prostíbulos, las mujeres, los borrachos. En todo se respira el aire de una ciudad durante 18 horas de un día de principios de siglo. Y en ella se mueve un hombre que habrá de poblar todas las ciudades de Occidente con su tedio vital durante el siglo que comienza: un solitario entre la multitud. Un humillado por la sociedad de masas, una víctima. Si Joyce hubiera descrito a Dublín como Balzac describió a París o como Galdós describió a Madrid, hubiéramos leído un relato realista. 

Memoria

Tres cuartos de siglo sin James Joyce


Este año se recuerda el 75 aniversario de la muerte del escritor irlandés, probablemente el más influyente del siglo XX.



Ricard Bellveser 

El Ulyses (1922), la célebre, extensa, discutida, admirada, denostada e imprescindible novela de James Joyce, sucede en un solo día, un 16 de junio de 1904, fecha que ha pasado a denominarse el Bloomsday en honor al personaje principal de esta historia, Leopold Blomm, y se ha convertido en una fecha mítica, ya que todos los 16 de junio, los admiradores de la novela y del escritor se reúnen para oficiar un ritual en el que se leen páginas del libro, se interpreta lo que allí dice, se proponen exégesis, y se come, se bebe, se habla, se pasea, y se recrea la novela; se hace un recorrido por las calles y los lugares citados en ella y se oficia una especie de misa pagana en la que el texto joyciano es el centro de la reunión.
Por la correspondencia con su mujer Nora Barnacle -de quien estaba enamorado hasta la sin razón, aunque el amor “es un maldito fastidio, especialmente cuando también está unido a la lujuria”; con quien vivió, se separó, volvió a vivir, se volvió a separar, y casi 30 años después y dos hijos de por medio, se casó para oficializar la relación, todo ello en un cataclismo de celos, peleas, alcoholismos y miseria económica-, sabemos que Joyce, nacido James Augustine Aloysius Joyce, que por razones políticas, económicas y sentimentales, vivió la mayor parte de su vida fuera de Irlanda, en París, en Roma, en Zürich y en Trieste, le pedía a ella y a su tía Josephine, planos, revistas y periódicos de Dublín, así como que le midieran la anchura de una calle, le contaran el número de árboles que había en otra, que le informaran de los comercios de determinados espacios, o les requería detalles mínimos de su ciudad, de esa ciudad, Dublín, que según la leyenda, si fuera derribada por un terremoto, a partir de la novela de Joyce se podría reconstruir.
En la búsqueda de la exactitud llegó a proponerle a su mujer, -él, que era un tipo celoso hasta la enfermedad- que se acostara con otro hombre y le contara la experiencia para él poder escribirla, que le dijera qué le había hecho, si la había tocado por aquí o por allá, si había llegado a más… Nora, muy enfadada, se negó a complacerle, y se lo comunicó en una famosa carta que encabezó con “Mi querido cornudo”.
No son demasiado extrañas estas cosas, porque la relación entre James y Nora está reflejada en su picante correspondencia, (lectura que aconsejo con todo énfasis) escatológica y directa, como era su relación tantas veces interrumpida y retomada de nuevo.
En su primer encuentro, que fue el 16 de junio de 1904, fecha que entraría en la historia de la literatura, ella ya le abrió la bragueta y lo manoseó hasta hacerle un hombre, según sus propias palabras, y esa obviedad tan directa les acompañaría el resto de su vida, aunque James fue constantemente infiel, y constantemente adicto a la botella de whisky, vicio que había heredado de su padre Hon Stanislaw, un alcohólico, maltrabaja y delirante personaje que le transmitió su afición por tocar la guitarra y su dipsomanía, alguien que pasó a la literatura como el prototipo que inspiró el Earwicker de Finnengans Wake.
Lo más asombroso es que James Joyce, por encima de todo esto, lejos del realismo tan bien aceptado por sus contemporáneos, estaba inventándose un género, un estilo, un modelo narrativo, estaba experimentando una nueva forma de narrar que un siglo después sigue teniendo una capital influencia entre los escritores de todo los países y todas las lenguas.
Ulyses es, con toda probabilidad, el libro más influyente del siglo XX, un texto en el que Joyce confesó haber puesto “tantos enigmas y acertijos que la novela mantendrá ocupados a los profesores durante siglos, discutiendo acerca de lo que quise decir. Esa es la única forma de asegurarse la inmortalidad”, tarea propia de los genios de la literatura, entre los que se incluía, y en consecuencia una novela que no contiene ningún error pues, “los genios no cometemos errores. Nuestros errores son siempre voluntarios y originan algún descubrimiento” que hace felices a los investigadores, doctorandos, estudiosos y profesores.
La novela cuenta un día en la vida de un agente de publicidad desde que se levanta, sale de casa hasta que regresa, un recorrido como el que hizo el héroe griego, Odiseas, protagonista de La ilíada y clave en La odisea, texto al que da nombre.
El escritor irlandés James Joyce, muerto cuando estaba a punto de cumplir 58 años de edad y de cuya muerte se cumplió 75 años, concibió la novela de la misma forma con que Homero calculó sus dos inolvidables poemas: como un viaje sin final, y al mismo tiempo, como una forma de experimentar cuánto da de sí el idioma inglés.
Joyce escribió su novela estirando el idioma, tensándolo, llevándolo hasta el extremo donde ya no puede dar más de sí y el resultado es una novela sobre la que hay que volver una y otra vez, una de las novelas que tiene mayor número de admiradores y también el mayor número de personas que confiesan no haber podido leerla porque les produce agotamiento.

Por lo que a mi respecta, he regresado varias veces a ella y volveré a hacerlo. Yes I said yes I will yes. (Sí, le dije sí, lo haré, sí).

Reseña

El más reciente libro de Alfonso Gumucio

Texto que la autora leyó durante la presentación del poemario Poeta de papel, hace algunos días en La Paz.



Matilde Casazola

Fue una hermosa noticia para mí saber de este nuevo libro de poesía de Alfonso, personalidad siempre dinámica en tantas y tan diversas facetas de la creación y el intelecto, como son la narrativa, el ensayo literario, el periodismo, el cine, la fotografía, las ciencias de la comunicación… para todas las cuales ha aportado con valiosas entregas: publicaciones, películas, libros; algunos de estos trabajos premiados en eventos internacionales y nacionales.
Pero indudablemente es la poesía la rama en que nos complace quedarnos hoy en compañía de Alfonso. Le anteceden otros poemarios: Antología del asco (1979), Razones técnicas (1980), Sobras completas (1984), Sentímetros (1990) y Memoria de caracoles (2000).
Poeta de papel (2016) contiene cien poemas inéditos, cada uno ornamentado de sugerentes dibujos logrados por diversos artistas. Un doble regalo para el esteta: lo que éste capta directamente del mensaje poético y lo que ve a través de los ojos del pintor.
Poesía la suya, depurada, contenida, al tiempo que rica en imágenes, en juegos de palabras que da gusto descifrar. Poesía traviesa con un cierto toque amargo. Poesía poderosamente descriptiva.
Poeta de papel, obra densa en el sentido de ser fecunda, es al mismo tiempo ligera, como el poeta mismo, caminante, viajero, el ojo alerta, el pie alado.
Alfonso, detallista, amante de los objetos bellamente labrados (en una cierta visita que hice a su casa me enseñó hermosas esculturas africanas talladas en madera), refleja esta misma cualidad en varios de sus poemas.
Hay otros de amor ardiente. Muchos denotan esa sed de justicia que ha dado un rumbo claro a su existencia.
Otra clave para sus salmos: la mirada aérea y la mirada desde diversos puntos del planeta: ciudades innúmeras, puertos, volcanes, selvas, desiertos, ruinas de antiguas y admirables civilizaciones, paisajes en colores contrastados.
La observación de las criaturas que pueblan nuestro mundo: animales, plantas, lo cósmico en su poesía. Y el ser humano con todas sus llagas, sus costumbres cotidianas, sus hastíos, también sus crueldades.
Este libro es un testimonio de vida. Todo un mundo contenido en cien poemas que fueron escritos a mano, en una hoja de papel, y guardados a veces por años, hasta volver a leerlos y darles la definitiva forma.
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Apoyo

Dos poemas

De noche

Sacarse de encima el día
como un traje triste dejarlo
colgado en el borde de la ventana
escalar desnudo a la noche
a su terciopelo estático
cerrar los ojos al derroche de luz
bajar la pantalla diurna
como una persiana caliente
elevar el espejo de plata
al nivel más profundo
del sueño
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Tornillo

Tengo un tornillo en vez de cuello
una tuerca oxidada en la base del cráneo
quizás son termitas que corroen
mi nuca mis vértebras mis nudos
goznes que gruñen sin grasa
se quejan cuando muevo la cabeza
o será una víbora con esqueleto de palo
que ha crecido conmigo todo el tiempo
se ha hecho dura como mi coraza
se ha hecho coraza como mi corazón
se ha hecho corazón como mi cabeza
cebolla rígida y preludio