sábado, 18 de julio de 2015

ALTIplaneando

Luis Ramiro Beltrán en Luis Ramiro Beltrán


In memoriam del reconocido comunicólogo orureño recientemente fallecido.



Edwin Guzmán Ortiz

El pasado sábado, por la mañana, supe del fallecimiento de Luis Ramiro Beltrán. De pronto sentí un escalofrío, y callé, tratando de abrazar ese sincero sentimiento que me había ligado en vida a quien tuve el privilegio de conocer más aquí y más allá de sus escritos y logros en la comunicación.
Precisamente, esa zona de certidumbre es la que me convoca a buscar en las palabras esa verdad sigilosa que uno se atreve a erigir frente a los seres que considera esenciales. Esa verdad que -como toda verdad verdadera- se destila en el tiempo y que además de haberse forjado de razones ha sido alimentada por actos, gestos y afectos, es decir por todo aquello que suele ser lo menos evidente pero que traduce las maneras más sutiles del espíritu.   
En Luis Ramiro, su vida y su obra tienen una coherencia atroz. Cuando se habla de su obra no se puede dejar de referir también a su vida,  juntas se entretejen y revelan mutuamente, juntas han confabulado para otorgarnos ese ser colmado de tantos valores. En él coexisten la ciencia y la vida cotidiana, la categoría y el testimonio, las ideas y seres de carne y hueso, la autobiografía y la historia del país, el rigor y la fanfarria, el arte y la política. De ahí es que una comprensión monocorde de su legado termine siendo un desacierto.
Acaso, porque él no asumió esa actitud frecuente en no pocos estudiosos, que anteponen la obra cual artefacto imponente e impertérrito, y suponen que la misma expresa autosuficientemente la totalidad del autor y su circunstancia.
Toda obra siempre trasunta una existencia. Por ello, junto a su enorme aporte a la comunicología, nos transmitió un cúmulo de historias y experiencias que confluyen hacia esa voluntad que impide que la vida se extravíe en la modorra y el olvido, empecinada a que el statu quo no se pasee orondo entre las sociedades signadas por la palabra cautiva y por el amordazamiento del espíritu colectivo.
Beltrán no solo fue considerado un adelantado en la lucha por la democratización de la comunicación en América Latina, y reconocido internacionalmente al merecer el Premio Mundial de Comunicación Marshall McLuhan Teleglobe de Canadá, sino que fue además apreciado por su solidaridad y sensibilidad frente a los dones y misterios del arte.
La literatura, la música y la pintura fueron realidades que habitaron su entorno y que lo habitaron de manera incesante. Son testimonio de su vocación literaria el poemario Pasos en la corteza (1987), un voluminoso tratado bajo el título de Panorama de la poesía boliviana, auspiciado por el Convenio Andrés Bello en Colombia, y la obra de teatro El cofre de Selenio, que mereció el premio único del Concurso de Obras Dramáticas de Ecuador.
La narrativa no le fue extraña. Tuve la oportunidad de escuchar de sus labios pasajes de una novela en trance de escritura: La rota Porota y la casa para quemar, en la que recuperaba con cierto tono autobiográfico aquel Oruro de los 40. Un revival de la ciudad, su gente, el ingente despliegue de una urbe privilegiada por la minería, el caldero en que se agitaba el preludio de la revolución del 52, la vida disoluta y la presencia de inmigrantes procedentes de diferentes puntos del orbe.
En medio, un curioso relato de aquellos desfiles cívicos en los que participaba el colegio Alemán de Oruro bajo la siguiente estructura: “adelante los hijos de papá y mamá alemán, al medio los hijos de papá alemán y mamá boliviana, y al final los hijos de papá y mamá bolivianos. Encabezando la columna cintilaba una cruz gamada seguida de un retrato del Führer, mientras las damas lanzaban margaritas desde los balcones”.
El amor por la pintura baña los muros de su departamento. Los  mestizos de Raúl Lara en medio de ese relampagueante azul de los oleos, vitrales habitados por los ángeles femeninos de Jaime Calizaya, esa niñez nostálgica colmada por una fiesta de color desde las pinturas de Graciela Rodo Boulanger, más una inacabable sucesión de íconos, artesanías, emblemas de exquisita factura y, por si fuera poco, una robusta biblioteca apoyada en las paredes de su morada.
Acaso muchos hayan disfrutado de la orquesta que armaba con címbalos, platillos  e instrumentos varios en aquellas reuniones con amigos. De pronto otro Luis Ramiro emergía desde esa alegría exuberante. La corbata atrás, las formalidades del protocolo académico a pique, una sonrisa eterna y traviesa atravesaba la noche y la plenitud tenía nombre propio.
Raúl Shaw Moreno le era definitivamente entrañable, no solo le dedicó un sentido artículo y escribió la letra de una de sus canciones, sino que compartió su amistad y ese olor a bohemia que procedía de aquel Oruro lejano e inolvidable.
Como periodista en su juventud accedió al despliegue cotidiano de los hechos,  rastreando el porqué de ese pulso que late en los meandros del devenir diario, llegando incluso a ser cronista de sí mismo y revelándonos en tono testimonial detalles de su existencia.
Doña Becha su madre, Norah su esposa, el fantasma de su padre Luis Humberto diluyéndose en la manigua del Chaco, sus amigos y compañeros en el copioso trance de los años configuran parte íntima de la historia de Luis Ramiro. Historia también nuestra,  ya que nos invitó a creer y crecer junto a valores como la fidelidad y la entrega.
No sería el único en afirmar que probablemente fue más grande su espíritu generoso y solidario que su obra intelectual, y que la riqueza de ésta no se explica sin esa condición que llevó hasta el final de sus días.    
Probablemente para muchos, los dispositivos con que cargó su discurso interpelante a la comunicación hegemónica: acceso, participación, diálogo, comunicación democrática, políticas para el cambio social son exclusivamente quintaesencias gestadas en la academia, producto de su paso por grandes universidades y venerables organismos internacionales.
Para no pocos, los logros que conquistó y su presencia entre lo más destacado del foro internacional de la comunicación crítica latinoamericana, deviene de su pertenencia a una tradición arraigada en la intelligentza comunicacional de la región.
Mas, los dispositivos también son portadores de un inconsciente vitalmente humano, que los prefigura y contribuye a definirlos. Es decir, la obra no nace exclusivamente de la endogamia discursiva, sino que a menudo brota de una realidad vívida, de una historia que nos toca, de una condición sensible frente al mundo.

Y así como el vuelo de una mariposa en el oriente puede provocar una tormenta en occidente, esa profunda calidad humana de Luis Ramiro Beltrán, esa sensibilidad exquisita frente al mundo, ese compromiso incondicional con nuestra patria, ese sentimiento generoso de justicia, aquellos actos de amor que sembró, en mi opinión, también fueron los percutores que permitieron desencadenar el huracán de la propuesta de una comunicación democrática, que hoy es una bandera que crece en pos de una convivencia más justa entre nosotros y frente a los otros.

Parhelio

[Útera]

Una lectura de Útera, la más reciente producción musical de Oscar García y Juan Carlos Orihuela.



Rodolfo Ortiz

La inabarcable palabra hysteron, que se tradujo antaño flojamente como “útero”, proviene de la antigua medicina hipocrática. Todo lo que la razón filosófica acarreó para dar cuenta de este oscuro vocablo derivó finalmente en la categoría nosográfica que la psiquiatría del siglo XIX consagró como la archifamosa “histeria”, es decir, como la inaudita expansión de una “enfermedad de la mujer” que no hallaba cabida ni tratamiento en los laberintos de la razón.
El tema es arduo, inadjetival, pero también históricamente implacable. Recuerdo que allá por los noventas mi afán era desnucar esta razón desde las elucubraciones de Freud y Lacan, quienes a plan de tinta negra y vocifería tentaron un acercamiento, léase un estudio, de aquello que desde ya estaba vedado a los hombres: la mujer y los encantos de una bellísima locura provocada por el “vagabundeo de su útero”. La fórmula hipocrática puede ser severa, pero no deja de ser relacional: los testículos gravitan, los úteros vagabundean. A contrapelo diría que este grado de movilidad sugiere un camino para la comprensión de ese anarquismo organizado que hoy parece funcionar entre arte y sexualidad. La noción de incesto entre las artes, por ejemplo, es fundamentalmente resultado de un procedimiento dentro del cual la hysteron fue propiciando lenguajes cada vez menos gravitacionales y más vagabundos.
Pero qué pasa, me pregunto, cuando estos lenguajes son generosos en la exhibición de su proceso y complejidad. Surgen las artes de útera, donde la única gravedad posible es la pérdida, y donde no hay viaje que no sea desde la enfermedad transgenérica provocada por el vagabundeo del útero en los cuerpos. Hay una escultura de Corina Barrero que me acompaña desde hace muchos años: una mujer mirando al zenit y con los brazos en abanico ostenta un orificio en el vientre que por atrás se torna en un caracol en expansión.
Quizás este breve rodeo no sugiera en el lector la vocación ilustrada que ameritaría un comentario a la obra que me ocupa. Sin embargo, la rara estirpe de ciertas hechuras que navegan a contracorriente empuja inevitablemente hacia un arrecife de ideas que saltan de lo nosográfico hacia aquel territorio atípico de filiación discursiva aquí llamado, finalmente, Útera (2014). No creo casual, por esto mismo, la apuesta frontal que ostenta la primera frase de la página liminar de su folletín: “La filiación entre la música y la palabra poética es un pulso que hace mucho tiempo nos perturba”. De esta confesión me aferro, entonces, para desglosar finalmente algunos apuntes, torsiones quizás solamente, alrededor de Útera, la última producción artístico-literaria de Juan Carlos Orihuela y Oscar García.
Comienzo destacando dos elementos de la cita anterior: el primero, la idea de la filiación entre lenguajes; y el segundo, la perturbación que parece insistir al confrontar estos lenguajes. Diría que el proyecto de aventurar una urdimbre donde confluyan y dialoguen “tres discursos yuxtapuestos: la aventura musical, la experiencia poética y la guarida urbana”, tal como suscriben Orihuela-García en Memoria del destino (2002 [1991]), cobra en Útera un impulso que se redimensiona y eleva a la potencia. Si en el primer caso proponen una matriz donde un conjunto de poemas son trabajados a partir de un temblor distinto entre música y palabra, en el segundo, esta matriz ya es una “útera”, quiero decir, un recinto que se desdobla en un arte de transmigraciones y polifonías ensambladas a través de un proceso composicional de feroz complejidad.
Útera, en este sentido, propone un acercamiento a la poesía boliviana, esta vez escrita por mujeres, desde un concepto de tejido sonoro abierto, aventurado, perturbador, o como mejor diría Oscar García en Libro de rastros (2014) a propósito de György Ligeti, desde una densidad donde “[t]odo niebla, todo bruma, sin embargo, claridad”. No es gratuita la relación, pues García entiende que el concepto de tejido sonoro aquí esbozado surge como una respuesta compleja al estado de contemplación y tal estado de contemplación en Útera significa fundamentalmente filiación y desafío polifónico. Esto también quiere decir que la intemperie de esta obra viaja siempre de útera en útera, y no así de matriz en matriz, al cabo inmersa en una práctica interpretativa, en el amplio sentido del término, que se mueve en diferentes niveles y registros de un proceso creativo siempre perturbador.
La selección de los poemas que realizó Juan Carlos Orihuela, el proceso de traducción a otros registros y la aventura interpretativa de quienes los cantan, constituyen un tipo de lectura compleja y relacional que al mismo tiempo se ve envuelta en procesos de descomposición y reorganización del material sonoro y textual. Queda claro, que el proceso de traslación entre lenguajes y el despliegue de lecturas prefiguran una memoria polifónica que sostiene cada una de las nueve composiciones de esta obra. No de otra manera, considero, se cumple el tenaz vagabundeo entre música y palabra poética que el proyecto de Orihuela-García había fraguado desde Memoria del destino.

“Nacer hombre” es el poema de Adela Zamudio que abre este trabajo. Se arguye que esta escritora a pesar de pertenecer al parnaso de las más homenajeadas del país fue y es la menos leída. Creo que con esta canción queda desmentida esta quejumbre de la mala lectura, reforzada también por la crítica. La canción “Nacer hombre”, que fue creada en principio para una producción interactiva a solicitud de Luis H. Antezana, propone de entrada una variante interpretativa interesante. El primer verso que escribe Zamudio, “Cuánto trabajo ella pasa”, es intervenido en la voz de Carla Casanovas con un lapidario “Ella que trabajos pasa”. Ignoro en qué momento del proceso composicional se forjó este atinado desvarío, pero el movimiento interno del pronombre ocurrido allí es una clave de lectura para escuchar la voz de Zamudio en la implacable entonación de Casanovas. Cada vez que repito esta canción, me convenzo que junto a los segmentos más rabiosos del poema, “Nacer hombre” cantado y musicalizado así, por Casanovas, vindica en su densidad expresiva mucho más que siete prólogos sobre las razones de la genealogía feminista de Zamudio. El proceso, al cabo, radica en la filiación de una magistral cantante de jazz, heredera de Ella Fitzgerald, que zapatea por las palabras de una poeta contestataria y solitaria de principios del siglo XX. (Continuará…)

La palabra teleférica

Corazón de dragón

Un comentario de la reciente producción documental del cineasta ítalo-boliviano Paolo Agazzi.

 
Una escena del filme Corazón de dragón. (Foto: Gustavo Soto)
Juan Pablo Piñeiro

El pasado 7 de julio se realizó en la Cinemateca Boliviana la premier de Corazón de dragón, el primer documental del reconocido director Paolo Agazzi.
Cuando terminó la película la mayoría de los asistentes se quedaron literalmente mudos y salieron de la sala en silencio, algunos porque se quedaron pensativos y otros porque se dejaron sobrepasar por la emoción y las lágrimas.
Y no es de extrañarse porque este documental tiene la virtud de interpelar profundamente al espectador ya que devela, sin recurrir en ningún momento al patetismo o la morbosidad, la situación de los niños que sufren de cáncer en el país. Obviamente este es un tema muy difícil de abordar y es este hecho el que hace de Corazón de dragón una gran apuesta ética y estética. 
La cinta narra la historia de diferentes niños del país como la de sus respectivas familias. El personaje principal es Sebastián, un niño que sufre de una extraña enfermedad: tiene un tumor en el corazón. Un tumor que le agranda el corazón.
Quizás por eso Sebastián es una persona luchadora y solidaria, que a través de sus habilidades para el origami, logra animar y dar fuerza a sus compañeros de sufrimiento. El origami se convierte entonces en una especie de faro en medio de la oscuridad y por lo mismo en el documental se transforma en el elemento estructurador de todas las historias.
De Paolo Agazzi aprendí muchas cosas y siempre le agradeceré la oportunidad que me dio, cuando yo era muy joven, de ingresar al mundo de la creación cinematográfica. En muchas conversaciones que tuvimos sobre el cine y sobre la crítica de cine, Paolo siempre resaltó que la manera ideal de abordar una obra de arte, especialmente cinematográfica, es analizando la ética y la estética de la misma. Lo fundamental, para él, es que ambas dimensiones de análisis se deben complementar y no pueden desligarse. En mi humilde experiencia creo que tiene toda la razón.
Bajo esta premisa creo que las dimensiones ética y estética de Corazón de dragón se complementan y están muy bien logradas. El elemento integrador de estas dimensiones es el origami.
En el nivel estético del documental el origami se convierte en el elemento estructurador de la historia porque permite transitar entre las diferentes experiencias de los niños retratados en la cinta. Además, el origami permite que el documental se nutra de técnicas distintas como la animación, lo cual es significativo porque en medio de la sordidez y las dificultades de las historias de vida, el origami representa aquello que los niños nunca pierden ante la enfermedad, la ilusión de jugar, de soñar y de ser felices.
En general el punto de vista se centra en las historias de vida de las familias antes de llegar al hospital, por lo mismo a los niños los vemos muy poco en su tránsito por el oncológico. El uso de la animación es muy importante porque permite al espectador la posibilidad de participar de la imaginación de los niños, en medio de la tragedia que representa enfermarse de cáncer, especialmente en nuestro país.
Otro de los logros importantes de Corazón de dragón, en el nivel, estético es la música. La composición de la misma estuvo dirigida con gran acierto por Alejandro Rivas, quién recibió la colaboración de varios músicos reconocidos del país como Vero Pérez, Vadik Barrón y Alfonseka entre otros.
Sin embargo, el mayor logro estético desde mi punto de vista está en la fotografía, la cual pertenece a Gustavo Soto. La cámara respeta en todo momento lo que podríamos denominar como “la intimidad del dolor”. Cuando la cámara ingresa al oncológico y muestra a los protagonistas, siempre lo hace a través de las ventanas de las habitaciones, desde afuera de las habitaciones, como un testigo silencioso que quiere mostrarlo todo sin caer en la morbosidad o el patetismo.
Este último detalle nos puede ayudar a entender mejor la dimensión ética de la obra pues el tema es muy difícil de retratar. ¿Cómo mostrar a estos niños sin caer en la tentación de la morbosidad? ¿Cómo lograr acercarse a ellos y a sus familias en momentos tan difíciles? ¿Cómo retratarlos en el sufrimiento y en la enfermedad?, y sobre todo, ¿cómo lograr construir un mensaje fuerte que permita repercutir en la sociedad para incentivar la solidaridad tanto de personas como de instituciones en favor de este sector tan desprotegido y abandonado?
Hace poco me contaron que muchas de las campañas que se realizan para ayudar a los niños con cáncer del país nunca llegan a sus beneficiarios. Esta clase de personas hacen que hasta los ladrones de bancos parezcan modelos éticos a seguir. ¿Con qué escrúpulos se pueden apropiar de fondos destinados a los que más sufren? ¿Será que entienden el daño que hacen? ¿Será que conocen la historia de vida y la lucha de estas familias por salir adelante?
Ante estas macabras preguntas uno valora aún más el trabajo de Agazzi y de su equipo. Creo que la única manera de retratar un tema tan fuerte es involucrarse plenamente en la vida de los personajes. Es decir construir una relación honesta y verdadera donde el realizador involucre también sus sentimientos.
Todos los miembros del equipo con los que pude conversar, como Sergio Medina o Jesús Rojas, se sintieron profundamente tocados por la relación con estos niños. Este es el valor ético de esta cinta: el punto de vista de sus realizadores. Y ese enfoque es el que permite que el documental en lugar de usar a sus protagonistas, genere un verdadero llamado de atención a nuestra sociedad en su conjunto.
Lo más lindo del documental es descubrir la valentía de estos niños. Es entender que ante los problemas verdaderamente graves, el ser humano apela a las fuerzas más puras que guarda en su interior, quizás sin saberlo.
Lo más fuerte del documental es saber que en muchas ocasiones estos niños son abandonados por sus propios padres y que en su lugar siempre hay una abuela, o una tía o una hermana que asume sin miedo el compromiso del amor.
Lo más duro del documental es entender que aunque hemos avanzado mucho como país, aún tenemos una deuda muy grande con los sectores más precarios y desprotegidos de la sociedad, y que en esto debemos trabajar todos juntos.
Corazón de dragón tendrá algunas funciones de beneficencia este mes en el eje troncal. El 30 de julio entrará en cartelera. Sinceramente les recomiendo no dejar de ir.


Cafetín con gramófono

Literatura y Arte


Reseña de la publicación que a inicios del siglo pasado dirigió Eduardo Diez de Medina.



Omar Rocha Velasco

En el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia guardan algunos ejemplares de la revisa Literatura y Arte. Los pocos números que se puede consultar pertenecían a José María linares -cuya firma aparece arriba del número 4 de julio de 1909, el primero de la serie a disposición del público-,  y están agrupados bajo la signatura topográfica RB 153, las hojas se ven amarillentas, algunas de ellas están rotas y son difíciles de leer, el tiempo ha sido implacable con estas hojas volantes.
La revista la dirigía Eduardo Diez de Medina (1881-1955) hombre polifacético como los que existieron y destacaron durante la primera mitad del siglo XX. Su hijo, nada menos que Fernando Diez de Medina, escribía en Thunupa (colección de ensayos dispersos) que su padre era un buen representante del “diplomático-literato” y que pertenecía a la escuela indagadora.
Lo primero estaba relacionado con el “diplomático-hombre de letras (…) que ha proyectado nuestra literatura más allá de las fronteras nativas, no solo a título de mero divulgador, sino con su propia labor de creación”; este “tipo” del siglo XX -a Fernando Diez de Medina le gustaba proponer tipologías- se diferenciaba de la legión de publicistas, internacionalistas, historiadores y sociólogos.
Lo de la escuela indagadora se refería a “esos vigías de un renacimiento espiritual, que cansados del afrancesamiento, de la influencia peninsular y de los europeísmos en general, se afanan por estudiar y conocer lo propio”. Además Diez de Medina (hijo), en ese libro nos da a conocer la vasta producción de su padre:

“Cierto es que Eduardo Diez de Medina fue auténtico paradigma en la escritura, periodismo y diplomacia boliviana. Redactor de “El Diario” en los inicios del decano nacional, fundó diarios y revistas: “La Tarde”, “El Comercio”. Creó dos grandes revistas: “Literatura y Arte” y “Atlántida”, editó “Pan-América”, revista de asuntos internacionales. Treinta libros publicó: 10 de poesía, 12 de cuestiones internacionales, 2 de prosa literaria, 4 didácticos, 1 de polémica y otro de memorias”.

Sea como fuere, Diez de Medina (padre) además de los treinta libros -o más- fue canciller, ministro plenipotenciario en varios países y acreedor de condecoraciones aquí, allá y acullá.
La lista de colaboradores que aparece en la portada del N° 4 de la revista es sorprendente: Julio César Valdez, Isaac G. Eduardo, Adela Zamudio, Rosendo Villalobos, Daniel Bustamante, Víctor Zaconeta, Miguel Ramallo, es decir, lo más representativo de la farándula literaria del momento.
La revista siguió la estela que el modernismo iba dejando por toda América, por ejemplo, en el número doble 15 y 16 de agosto de 1910, se publica un texto de Rubén Darío París y Eduardo VII, un obituario laudatorio muy cercano a la crónica modernista, el escritor nicaragüense da a conocer como se sintió la desaparición del monarca del Reino Unido en París, aparecen frases como “todo hombre tiene dos placeres: primero vivir en su patria y luego vivir en Francia”.
En este mismo número se publica un poema de Eduardo Diez de Medina: Miggnone al verla pasar evidentemente es un texto desprendido del poema A una que pasa de Baudelaire, trasladado al paisaje paceño:

tu pie es un copo de nieve;
tan diminuto y blanco es,
que un madrigal no es más breve.
¡Ni el Illimani se atreve
a unir su albura a tus pies!
y al verte pasar, galana,
bien me dice el corazón
que te vas a Triana,
(…)

En otros números aparecen textos de Enrique Gómez Carrillo y otros representantes del modernismo latinoamericano. 
La revista no dejó de lado las preocupaciones cívicas, el número de julio de 1909 “centenario del primer grito de independencia latinoamericana” publica una serie de textos relacionados con la gesta libertaria paceña, entre los que destaca el himno a La Paz compuesto por Rosendo Villalobos:

Coro
Salve al pueblo que alzó denodado
De los libres el sacro pendón:
Es su timbre la luz del pasado.
Del futuro la luz, su ambición

I
Fúlgido Iris que adornas la cumbre
De la mole del Ande gigante,
A tus vivos destellos levante
Sus canciones un pueblo inmortal
Si eres signo de eterna ventura
Y promesa de paz y bonanza,
En sus alas de luz la esperanza
Vuele a ti, que te ostentas triunfal.
(…)


Es difícil establecer cuántos números se publicaron de esta revista mensual, quizá no exista una colección completa, fue otra de las publicaciones que canalizó la expresión de determinadas formas intelectuales y artísticas que revelan la trayectoria de una época.

sábado, 11 de julio de 2015

Entrevista

Alberto Chimal: Limitación
/ estímulo, el reto de la creatividad

El escritor mexicano, uno de los principales invitados a la Feria Internacional del Libro de La Paz, respondió a unas preguntas a propósito de su próxima visita.



Martín Zelaya Sánchez

“Facebook y otras redes sirven ahora para otorgarnos la impresión de que el mundo nos da nuestros ‘15 minutos de fama’, pero la obligación que impone de manera implícita: tener siempre algo para decir, va curiosamente en contra de las necesidades del trabajo creativo. Usar las redes creativamente exige intervenirlas, ir en contra de sus reglas no escritas”.
Alberto Chimal, uno de los más destacados escritores mexicanos de la actualidad, se caracteriza además de por sus originales novelas y cuentos, por dos conceptos innovadores para la literatura: el uso de la web como herramienta y no solo canal de creatividad, y las minificciones, brevísimos textos que no deben exceder los 140 caracteres permitidos por Twitter.
“Buenos días, como dice el guardia ante la puerta de la Ley (pero ni así te va a dejar pasar). #Kafka”. Extraído al azar de su time line de los últimos días, este tuit cae como anillo al dedo para hablar con el mexicano sobre La torre y el jardín, su más exitosa novela –de cortes y guiños kafkianos, como lo reconoce a medias- y de la que Edmundo Paz Soldán escribió sin remilgos: “es un prodigio de la imaginación, una fascinante experiencia de lectura que, si hay justicia, debería convertirse en uno de los primeros clásicos de la literatura latinoamericana de este siglo”.  
“Música para la tarde: rocanrol y espíritu. "The Seeker", The Who: https://www.youtube.com/watch?v=hiSzo82Gbzc …”, y claro, Chimal, como cualquier persona, usa el Twitter también para comentar, recomendar o compartir, pero son más sus clásicos saludos y despedidas: “Buenas noches, como dice Ian Curtis desde el más allá, donde tampoco hay muchos patrones ni sentidos”, y sus minificciones, y sus originales propuestas en prosa desde Las Historias, uno de los blogs literarios más visitados y comentados en los últimos años.
Amablemente, y en razón a que llegará a La Paz en las siguientes semanas para participar en la XX Feria Internacional del Libro, el autor respondió un breve cuestionario vía –cómo no- la red.

- ¿Quién es Horacio Kustos? ¿Qué es Horacio Kustos? ¿Un personaje y nada más, un alter ego de Alberto?
- Horacio Kustos es un explorador, un buscador de rarezas con gran entusiasmo y enorme habilidad para meterse en problemas. No está claro si es además un loco o un alucinado, pero de que tiene aventuras, las tiene.
Y no es exactamente un alter ego: quizá podría decir que es mi agente, mi representante en ciertos lugares de la imaginación.

- ¿Cuánto condiciona a la hora de escribir, el hecho de tener un referente constante o por lo menos recurrente como en este caso Kustos? ¿Es solo una etapa? ¿No te reduce o limita el horizonte creativo?
- No, porque no es un personaje al que se subordine mi trabajo entero. Escribo historias suyas de modo intermitente. Y quizá algún día deje de hacerlo (me queda por lo menos otra novela más con él, creo; ya veremos).

- Hablemos un poco de La torre y el jardín. Leí por ahí que algunos la consideran una novela “kafkiana” ¿Lo aceptas, lo compartes?
- Kafka no fue el autor que tuve más presente al escribir el libro, la verdad. Pero su atmósfera es kafkiana hasta cierto punto. Uno de sus temas le interesaba a Kafka: la imaginación contra el poder.

- En esta novela se evidencian algunos de los problemas ontológicos eternos del ser humano, las búsquedas y vacíos, las virtudes y defectos… ¿Escribes con deliberado afán de reflexionar sobre ciertos temas, o simplemente cuentas historias que hablan por sí mismas?
- Las historias siempre van primero pero nunca se crean en el vacío. Las preocupaciones humanas que mencionas son su combustible, así que es inevitable (y necesario) que se dejen al menos entrever, al igual que la postura sobre ellas de quien escribe.

- ¿Qué valor tienen internet y las redes sociales para Alberto Chimal persona, y para Alberto Chimal escritor?
- Como persona, la red me sirve igual que al grueso de la población conectada, pero como escritor me resulta una herramienta creativa utilísima. Sus fortalezas y sus limitaciones me parecen muy estimulantes. (Digo “red”, por cierto, porque lo importante es el sustrato digital en general y no los servicios concretos.)

- Recurres con especial interés al Twitter, ¿qué beneficios encuentras en esta red social a la hora de hacer literatura?
- La brevedad de los mensajes de esa plataforma es una restricción que funciona como un excelente detonador creativo. Sucede lo mismo allí que con la forma del soneto: la limitación se convierte en un estímulo, porque -de cierto modo- en el espacio pequeñísimo que acotan las reglas cabe todo.

- Consideras a Las Historias como una “bitácora y sitio personal”. ¿Será que reemplaza esto al diario íntimo de antes? ¿Estamos en una época en que es necesario hacer públicas nuestras reflexiones más privadas?
- Parece que hacer público lo privado es al menos una moda de la época (o incluso una obligación socialmente creada: hay que ver lo que pasa en Facebook), pero Las Historias no es un diario íntimo sino más bien un sitio sobre narrativa con algunos accesorios. Justamente empecé el proyecto porque no quería hacer una bitácora confesional como las que estaban de moda a principios de este siglo.

- Pregunta obligada: ¿qué expectativas tienes de tu próxima visita a Bolivia, y qué conoces y puedes comentar de literatura boliviana?
- Será mi primera visita y tengo muchos deseos de conocer libros y lectores bolivianos. Conozco poco, lamento decir. A México no llega casi nada, lo cual es una consecuencia triste de cómo ha funcionado la “globalización” para la cultura hispánica.
Supe de Renato Prada Oropeza porque vivió en México, por ejemplo. Por otro lado, últimamente he disfrutado mucho los libros de Edmundo Paz Soldán. Ahora será mi oportunidad de encontrar muchos otros autores interesantes, estoy seguro.

- ¿Te animas a compartir algunas minificciones con los lectores de LetraSiete?
Van tres:

1
En el bar ponen Pink Floyd. De pronto mi tío, muerto hace años, está riendo en la mesa de junto, bebiendo con sus amigos, tan jóvenes.

2
El Viajero del Tiempo ve la “Alicia” de Tim Burton. Para reponerse pasa varios meses en un siglo en el que no existe el cine.

3
Llevado por el Viajero del Tiempo, Roberto Bolaño da una charla sobre literatura en el siglo Milochomil:
—Incluso Shakespeare será olvidado —empieza.
—¿Quién?


El chicuelo dice

Restauraciones para el padre muerto

Escribir, bien dicen por ahí, es vaciar en partes el alma; curarse un poco en cada letra, palabra, frase…



Wilmer Urrelo

Hablemos del padre. Del padre recientemente muerto. De aquel que guardaba de forma religiosa la columna que ustedes leen ahora.
Hablemos, pues, de los periódicos donde aparecía mi nombre. Me refiero a cuentos como aquel de 1998, por ejemplo, y que era lo primero que alguien se atrevía a publicar de mí y que yo guardé aunque a vos, hijo, no te importaba en lo mínimo. Hablemos entonces del padre muerto, de aquel que leía el periódico de punta a punta. Miremos también la imagen del padre muerto a minutos de llegar al hospital para entenderlo en toda su agonía.
Hablemos no de los desencuentros generacionales o de tu silencio, pa, cuando salía con una de las mías. Me refiero a blasfemar a partir de frases como la siguiente: “¡me cago en Cristo y en todos sus apóstoles!”.
El padre en silencio mirándome, como diciendo o pensando: tarde o temprano cambiará. O el padre muerto queriendo decirme cómo actuar, cómo vestirme de manera más formal, tal vez con la esperanza de que algún día usarías terno y esas cosas que la vida tarde o temprano te impone, hijo.
Hablemos del padre muerto y de sus anécdotas mil veces contadas y mil veces cambiadas acerca de su niñez. Miren: las carreras por las calles uyunenses en medio del frío, de las travesuras sin nombre o cómo era el abuelo también fallecido, mis enfermedades, mi rigidez o mi experiencia como alcaide de la cárcel de Uyuni. O de los juegos en la estación de trenes. La niñez olvidada, la vigorosa niñez que nada tiene que ver con esta muerte con olor a desinfectante de hospital público. Como el olor de los pétalos de las flores negras.
El padre muerto y su fascinación por El ladrón de bicicletas. También es posible hablar del padre muerto y de la anécdota sobre el Che: cuando yo era muy joven, un mensajero apenas, con una bandeja en las manos y un café humeante, ingresando al despacho del ministro Arguedas y ahí la mano del guerrillero flotando en una botella llena de formol.
Sí: el padre muerto en este minuto, mientras escribo estas líneas, descomponiéndose en silencio mientras la vida y el mundo siguen su propio rumbo haciendo, eso sí, un ruido tenebroso.
Hablemos, de una vez, del padre muerto formado ya no de células o de músculos o de huesos o de la maldita médula espinal que me jugó la mala pasada: “Golpes como el odio de Dios”, acusa Vallejo en los Heraldos negros. Pues son los golpes de Dios en plena médula espinal.
El irracional y ciego odio de Dios que se tendrá que combatir a dentelladas.
El padre muerto conformado, armado tan solo de nebulosos recuerdos. La fragilidad del cuerpo del padre muerto. La inconsistencia de los músculos. La minoría de mis huesos. La casi inexistente resistencia de los pulmones.
La muerte del padre: las palabras que tú, hijito, no supiste comprender en el momento clave de mi agonía.
Gritemos en silencio, entonces, mediante estas palabras por el padre muerto y ahora en pleno proceso de descomposición. Miremos, en este instante, al padre muerto. Debemos analizarlo a unas cuantas horas de convertirse en el padre muerto: obsérvalo, ahí lo tienes agonizante, se los regalo, no creo que me sirva para nada. Me refiero a simbologías como la mirada clavada en el vacío, los labios convertidos en una sola línea, las pupilas dilatadas: “me estoy muriendo”. Me refiero a ese padre mal oxigenado y con unas cuantas horas de vida. “Tiene las horas contadas, no pasa de esta noche”.
Ahora miremos el contexto del padre muerto, detengámonos en los detalles que rodearon su muerte, sigamos con atención la respiración automática, por ejemplo, hundámonos en el dolor de estómago; seamos parte, carne herida, carne agónica, carne hecha de flores negras, de las marcas que te dejaron los pinchazos, casi cincuenta en cada brazo, y ni hablar de las infligidas en mi estómago, esas sí que me dolieron, hijo. Y miremos, antes de todo eso, la ya normal negligencia de los médicos bolivianos (y anexos) del Hospital Materno Infantil. De los pañales canallescamente hurtados por las enfermeras dueñas del mundo y del destino de los pacientes y de sus familias: o de mi vida ahora desaparecida, hecha añicos y gusanos.
“Pelean contra el enfermo y no contra la enfermedad”, dijo alguien en la radio hace muchos años atrás y cuánta razón tenía.
El padre muerto pidiendo un helado de canela o su consabida Coca-Cola que los hijos nunca pudieron suministrarle para no destrozarme más el estómago que cargaba como una cruz en los últimos meses de vida. Petición no satisfecha de la que ahora se arrepienten. ¿Qué simbología oculta habrá que descifrar en introducir al hospital, de manera subrepticia, un helado de canela, un humilde helado de canela? Helado de canela que algún día me tomaré en tu honor.
El padre muerto enfrentándose solo al abismo. La muerte diciéndome: “ven conmigo, qué manera de buscarte. Te me escapaste varias veces, caray”.
Seamos testigos del cuerpo del padre muerto bajando por el ascensor hacia la morgue del hospital cubierto por una manta amarillo patito. El padre muerto en el velorio, y las miradas de pena y conmiseración de los asistentes: la fortaleza que uno supuestamente debe tener, las recomendaciones venéreas de personas a las que nunca viste y que es probable que nunca más veas.
Las ganas de dormir, de apagar el celular, de hablar tan solo con las personas necesarias para cuestiones estrictamente técnicas: a qué hora será el entierro, si vendrá uno de esos cuervos a dar la misa de mi cuerpo presente.
Miren al padre muerto siendo enterrado, ahí está, véanlo entrar a este nicho, este recuerdo también se los regalo: a la nieta mayor llorando en mi hombro, a un viejito entonando una lastimera canción que narra la consabida historia de los hijos arrepentidos, de aquellos que no supieron aprovechar la presencia del padre muerto. Me refiero a la típica historia urdida desde los socavones del catolicismo. Y perciban el morbo a partir del padre muerto: en cuántos labios circularán nuestros nombres, el de los hijos del padre muerto, “¿y él cómo no lloró?, ¿cómo vino vestido de colores y no de luto?”.
El morbo que les hace falta para llenar esas horas vacías, el morbo para llenar sus miserables vidas.
Sin embargo, retornemos al padre muerto una vez más: a mis últimas lecturas impuestas por este hijo radical y blasfemo: que Los secretos del túnel, de Humberto Jara, que Historia de las luchas de los trabajadores gráficos, de Waldo Álvarez, que Asesinato, de Vicente Leñero.
Entonces el padre muerto y sus lecturas y mis secretas e inconfesables e irreprimibles ganas de estar feliz porque el sufrimiento, la angustia, la impotencia, todas las causas que son el producto del dolor físico, también se murieron con él.
El olor infinito del hospital y de los hospitales del mundo entero poblando para siempre mis pulmones.

Felicidades, padre muerto, flores amarillas y montañas nevadas porque lo lograste, porque venciste al dolor y ahora vives en la fotografía que acompaña a este intento de restauración de alguien que no existe ya.

Cómic

Abandonando el barco


Reseña del más reciente cómic de Álvaro Ruilova, presentado hace pocos días en La Paz.



Mariana Ruiz

Un puñetazo en el estómago. Un jab a la mandíbula. Un knock-out en menos de 20 páginas. Eso es la última obra de cómic de Álvaro Ruilova.
Mientras los demás boxeadores del cómic nacional luchan por sacar obras largas o finalizar historietas con un toque personal, Ruilova entra plenamente a una categoría única. Con textos e imágenes propias y un argumento simple pero efectivo, esta joyita arranca con el tema de los zombis y le da la vuelta, con un twist elegante que deja al lector tirado sobre la lona, tratando de hacer replay mental y entender qué parte de la historia es la que realmente le deja temblando.
Desde The Walking Dead, (primero cómic y luego adaptado a viral serie televisiva), estamos hasta la ceja de los no-vivientes. Básicamente, el argumento central es la supervivencia: matar, huir, ser testigo del horror, volver a matar, volver a huir.
Es un argumento cíclico, de ratón atrapado en su laberinto. El ratón estará desesperado, pero los creadores y consumidores de este género oscilamos entre el interés y la apatía. En tema de zombis ya se ha visto todo: desde el milagro genético que es Mila Jovovich en Resident Evil, hasta las adaptaciones cómicas como Shaun of the Dead y Zombieland.
Hay manuales de supervivencia y relatos de post-guerra. (Siendo el mejor el libro Zombie War de Max Brooks y la peor película la adaptación que financió Brad Pitt). Hay sets de decoración, desfiles en Halloween y despensas temáticas. Lo que no hay y Álvaro plantea es una pregunta fundamental: ¿Qué pasa si la idea es no sobrevivir? ¿Podríamos entregarnos? ¿Abandonar el barco sin pelear, sin discutir?
Una idea mística que va en contra del instinto, no solo de sobrevivir sino también de proteger. Y que en imágenes resulta peor como planteamiento: una niña muere de un balazo en la cabeza, a manos de un encapuchado, en la sexta página. (No en vano el cómic sale recomendado para mayores de 15 años). Cuando el padre desea tomar venganza, el encapuchado explica sus razones: los muertos están dejando un mensaje que se puede captar en ondas de radio y mediante grabadoras. Su hija le está agradecida, ya está con su mami, ya dejó este mundo.
Los muertos vivientes obedecen a un mandato supremo, quieren llevarse a todos con ellos, ayudarlos a morir. ¿Qué da más terror? ¿Sobrevivir a cualquier precio, amputarse miembros del cuerpo si lo que te atenaza es una enfermedad, vivir enchufado a una máquina con el cerebro muerto, o dejarse morir? ¿Pelear por mal vivir, aferrarse a lo conocido? El no-morir como una máxima que no sabemos si se sostiene sola, al menos en estas apocalípticas circunstancias.
¿Y qué queda? ¿Honrar la muerte como una transición, nada más? ¿Aceptarla? El protagonista escucha, y toma una decisión. Una decisión en contra del instinto, con una escena final contundente y efectiva: no solo se trata de ir en contra del deseo de sobrevivir, sino del proteger. Se cierra el telón, señoras y señores. Se acaba la película. Y el planteamiento se queda dando vueltas, acechando en la oscuridad, a la manera de los clásicos cuentistas del suspense, como O. Henry, como Stephen King.
TuKiosko Editorial se lanzó al mercado boliviano en 2013 con cómics de Walking Dead y posteriormente de Marvel. No les ha ido mal, y ahora se animan, junto a Punto Réflex, a lanzar un cómic nacional.
Álvaro Ruilova publica poco y bien. Comenzó en 2001 con Cuentos de Cuculis, de Pesudo Gente Editores, una recuperación de leyendas nacionales que, desde el terror, recreaba con gran talento narrativo partidos en los que se juega el alma y monstruos que acechan en los tambos y mercados. Ambas están presentes en España, gracias a la editorial Glénat.
Le siguieron Primaria furiosa, con Pseudo Gente editores; la colaboración para [•REC] historias inéditas, editada en España; Los cinco músicos, una colaboración en la revista Escape de La Razón, (que todavía no sale compilada), y, finalmente, Periférica Blvd., de editorial 3600, en colaboración con Susana Villegas y Óscar Zalles.
Ante quienes critican que Abandonando el barco es muy corta, no hay nada que decir. Álvaro es un narrador consumado que puede resumir un argumento escalofriante en pocas pero efectivas viñetas. Si no me creen, adelante: pasen al ring, lean la historieta, enfréntense al dilema… quédense temblando.