jueves, 20 de marzo de 2014

La palabra teleférica

Un día triunfal


Juan Pablo Piñeiro, el “Piñas”, debuta en su columna mensual con un bello texto que remite al incomparable Fernando Pessoa.




Juan Pablo Piñeiro

Una cosa es hacerse dictar algo al oído con un espíritu y otra muy distinta es tener un día triunfal. Con esto no quiero decir que lo que tenga que decir cualquier espíritu sea poca cosa, aunque  a veces, hay que aceptarlo, lo que les gusta a varios de nuestros amigos invisibles es chacotear un poco y pueden llegar incluso al extremo de gastarnos una broma. Más les vale.
En cambio un día triunfal puede ver la luz solamente si  ha sido gestado en la oscuridad durante un tiempo que excede a los días, a los años o a los siglos o que, paradójicamente, incluso puede  llegar a ser de mayor brevedad.
Si el tiempo es algo desconocido y relativo en nuestro mundo, cómo serán los tiempos de otros confines. Esos mundos que crepitan en otros hornos, con otros compases y que otras conciencias lo perciben sin entenderlo. Nadie sabe dónde brota un día triunfal, lo importante es que viene de otro sistema tan diametralmente opuesto a este, que tranquilamente puede llegar a ser el mismo. Finalmente por algo dicen que no se sabe cuánto mide el universo pero se puede afirmar con certeza que la parte más grande es del mismo tamaño que la más pequeña.
Bueno, el 8 de marzo pasado se cumplió lo que podríamos llamar a la manera de Jaime Saenz, el centenario de una visión. Hace un siglo un poeta solitario de 26 años estaba parado frente a su cómoda escribiendo sin pausa una de las mayores obras de poesía de occidente.
En realidad no sólo fue una, fueron tres: la Oda triunfal de Alvaro de Campos, los Poemas Oblicuos de Fernando Pessoa y el Guardador de rebaños de Alberto caeiro. Todo de un tirón, como si nada.
Años más tarde Fernando Pessoa revelaría  a su amigo Adolfo Caisas Monteiro, mediante carta, el origen de estos consagrados poetas: “Un día en el que finalmente me había dado por vencido -fue el 8 de marzo de 1914- me acerqué a una cómoda alta y, tomando un manojo de papeles, comencé a escribir de pie, como escribo siempre que puedo. Escribí más de 30 poemas seguidos, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguiría definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro igual”.
Para los que no conocen a Fernando Pessoa habría que contarles que nació en Lisboa en 1888 y que llevó una vida discreta y solitaria, trabajando la mayor parte del tiempo como traductor de correspondencia comercial. Por algo Octavio Paz dijo que “nada en su vida es sorprendente, nada excepto sus poemas”.
Y tenía razón, sus poemas son extraordinarios, especialmente por la invención estética de los heterónimos. En otras palabras Pessoa escribió bajo diferentes nombres (más de 72), siendo los más importantes Alvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Bernardo Soares y el mismo Fernando Pessoa.
Si solamente hubiera utilizado esos nombres para escribir, se podría haber dicho que se trataba de pseudónimos. Pero no, lo maravilloso fue que cada uno de estos poetas tenía una escritura propia, la cual muchas veces incluso se contradecía con la de otros poetas de su creación.
Por eso para definir mejor a todos estos sujetos utiliza la palabra heterónimo, complejizando a fondo el concepto de ficción. En su poema autopsicografía se puede leer lo siguiente: “El poeta es un fingidor/que llega a fingir tan completamente/ que finge que es dolor/ el dolor que en verdad siente”.
Tuve la suerte de conocer a Fernando Pessoa en la universidad a través de un curso monográfico sobre su poesía dictado por mi querido maestro Jesús Urzagasti. No creo que haya mejor forma de conocerlo.
A Jesús naturalmente le encantaba toda la obra del lisboeta, pero había un poema del Guardador de rebaños de Alberto Caeiro, que tocaba sus fibras más profundas. Ese poema comienza diciendo lo siguiente: “El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea/ pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea/ porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea”. Por algo será que le gustaba tanto este poema, quizás porque en el fondo plasmaba su propia apuesta literaria, escribir desde nuestra aldea, escribir desde nuestro país.
El día triunfal de Pessoa ha cumplido un siglo y en Lisboa se ha organizado la semana pasada un encuentro de escritores en honor al centenario de este éxtasis creativo, en el cual el poeta no solamente escribió la parte más importante de su obra en una jornada, sino que además lo hizo de pie. Quizás porque para recibir en su casa a espíritus de la envergadura de Caeiro, debía hacerlo con toda la solemnidad del caso, firme y dispuesto a los dictados del otro mundo.
Por eso es tan sugerente aquella foto suya en la que aparece bebiendo solo, y también de pie, en la vinatería de Alberto Ferreira. Esa foto se la dedicaría a Ophelia Quiróz con la siguiente leyenda: “Fernando Pessoa, en flagrante delito”.
El día triunfal de Pessoa es también un flagrante delito porque pone de cabeza los preceptos más importantes de la creación literaria, en especial la existencia de un autor. ¿Cómo es posible que se pueda escribir en una sola jornada semejante obra?
Lo más llamativo es que dos años antes nacía la primera novela corta del mayor narrador europeo del siglo XX, Franz Kafka. La condena fue escrita en 8 horas la noche del 22 de septiembre de 1912. Fue una noche triunfal. Una novela en una noche. Pessoa y Kafka, tienen mucho más en común: ambos fueron discretos funcionarios públicos que se dedicaban a la literatura en la noche, ambos publicaron poco en vida y ambos dejaron una obra que todavía no se ha desentrañado por completo. Maravilla de maravillas.

Actualmente la crítica literaria especializada, incapaz de entender estos fenómenos, afirma que el día triunfal de Pessoa es una más de sus invenciones. Argumentan que existen pruebas de que esos poemas fueron escritos a lo largo de los años y no en un día como contó el propio creador. Para ellos decir que todo fue recibido seguramente es quitarle valor al trabajo del autor. Cuando sería más fácil entender que dicha obra fue trabajada durante años pero que nació en un día al dictado de espíritus que como en Muerte por el tacto de Jaime Saenz podrían decir lo siguiente: “Yo me quedo en ti porque así es mágico y porque basta un instante para confirmarme por el tacto”. 

ALTIplaneando

Jorge Zabala en la memoria


Un obituario del genial pensador y poeta orureño-cochabambino, fallecido hace poco en la Llajta.

 
Jorge Zabala (derecha), el autor de esta nota (centro) y el poeta Héctor Borda.

Edwin Guzmán Ortiz

Difícilmente olvidará quién haya conocido a Jorge Zabala. Su peculiar manera de ser contrastaba con aquel ciudadano en serie que pulula nuestras ciudades. No porque asumiera esa vocación infrecuente de intelectual, sino por la manera de ejercer esta condición, que a su vez contrastaba con el intelectual cliché, que sino pulula, es frecuente en tantas movidas, también cliché.  
Quiero decir, fue un hombre auténtico. Jorge Zavala se apagó hace unos días en Cochabamba, y de él nos queda mucho más que su memoria. Poeta, ensayista, pensador atípico y genial conversador.
Sin desmerecer su reducida pero valiosa obra, buena parte de su talento lo empeñaba en ese epicentro secreto: la mesa de un café, a través de la conversación, de la que era un lúcido protagonista. A propósito de ese espacio, el poeta Kunstek escribía: “Las palabras de la noche son estrellas / astronomía humilde sobre café negro”.
Jorge, era dueño de una inteligencia excepcional. Dotado de una formación humanista en Argentina y luego en Inglaterra, a través de estudios de Teoría Social, enriqueció ese capital con el ejercicio incesante de lecturas que eran objeto de permanente reelaboración y tensionamiento, al conjugarlas con otras lecturas y sobre todo, las memorables performances que desplegaba en torno a los coloquios cotidianos.
Además de su obra, se daba a la tarea de elaborar de artículos y ensayos de temática plural, colaborando en periódicos y revistas con el seudónimo de Jorge Agrícola. Cómo no recordar aquel, antológico, titulado “Las clínicas”, que narraba con una mezcla de escepticismo crítico y humor, su fuga de uno de esos centros, especializados en la exacerbación del ex/centramiento. 
En 1968 escribió “Mundo Compartido” un libro de poemas; de él aún me queda en la memoria su voz cálida y vacilante cuando leía en veladas y encuentros los versos de Viajera:
Cuando las ruedas de  tu tren giren veloces/ creerás que el espacio muere a cada instante/ y sentirás que el tiempo simplemente pasa/ y lo que ha sido parecerá no ser/ e imaginarás tú allí, silente y quieta,/ en la natural inercia de tu sueño/ muchas cosas nuevas/ y otras no menos viejas/ en tanto que yo aquí/ la música de mi querer se la entregaré al tiempo/ para que él a sus instantes/ los haga simplemente eternos.
Exorcismos fue un libro de ensayos publicado en 1971. Una obra pionera en el análisis de los fenómenos emergentes de la cultura de masas. Al iniciarse esa década, ya le hincaba el diente a temas que años después serían preocupación de los estudios comunicológicos.
Precisamente en uno de sus acápites, el libro de Umberto Eco Apocalípticos e integrados pasaba entonces por el ojo zahorí de Jorge y, años después, se corroboraba su interés sobre el tema, cuando compartimos una larga  noche en Oruro, royendo las ideas que desglosaba Debray, en su tratado de mediología.
Al cabo de varios años de trabajo, en 1995, publicó Las hojas del adivino, un ensayo atípico sobre la coca. Remontando ese manido sociologismo y esa pulsión de posicionamiento político de que suele ser frecuente respecto a la “hoja sagrada”, se dio a la tarea de escudriñar los avatares del imaginario occidental respecto a la coca.
La obra denota ese espíritu prolijamente obsesivo, que era una de sus características, revelándonos datos y filones de análisis por cierto, inéditos.
El chat, la baraúnda multimedia y otros adminículos de la tecnología moderna  van eclipsando hoy, cada vez más, la calidez de una mesa de conversa y, claro, toda forma de interacción entre semejantes.
Sábato decía que las revoluciones y cambios sustanciales en la historia se habían originado en una mesa de café, o algo parecido. Zabala era un personaje central de ese proverbial escenario, sus lecturas y reflexiones rebasaban el tintero y se las veía danzar en medio de ávidos contertulios, quienes bajo el santo y seña del oficiante mayor, transitaban desde los avatares de la cotidianidad y el futbol, a las páginas de Ovidio o las perplejidades de Spinoza.
Su conversación discurría por rutas imprevisibles, y la manera de abordarla rompía con los esquemas tradicionales que es fama en académicos e intelectuales al uso.
Ningún centro fijo, ningún saber omnímodo regían sus palabras, tanto podía ser la poesía, la cuña de una ciencia social, una referencia filosófica o ese conocimiento segregado por la pasión del instante lo que daba solidez a sus argumentos, siempre en constante mutación y desplazamiento. Todo esto, sazonado por un fino humor, donde incluso tautologías y logomaquias se tornaban arte precioso en sus labios
En una oportunidad -recuerdo- a propósito de la inauguración de un Encuentro de Poetas en los ambientes de Portales, bajo la batuta del Ojo de Vidrio en aquella Cochabamba de los 80, y al cabo de la lectura inaugural de los participantes, dentro un clima de tertulia oficial, saltó a colación un tema que inmediatamente fue capturado por un poeta asistente que a través de ufana retahíla lo enganchó a Masa y poder de Elías Canetti.
Jorge después de oír ese discurso -como no podía ser de otra manera- y en estilo personal, retrucó al exponente con una salva de eruditos contraargumentos. Desfilaron por su palabra ciertos “poetas clorofílicos” del medioevo, el Leviatán de Hobbes, el Miedo a la Libertad de Fromm, en fin…
El debate, a la par que se adensaba, se prolongaba cada vez más en un juego confrontacional digno de los mejores exponentes. El público, como en un partido de tenis -deporte del que Jorge en sus años mozos fue un destacado jugador- veía la bola dialéctica, ir y volver, sorprendido por la erudición de ambos polemistas.
Al cabo de una media hora de intenso debate donde todos estábamos convencidos de que las tesis y antítesis esgrimidas reflejaban un profundo conocimiento de la mencionada obra, Zabala respiró profundamente, y con cinismo exquisito, exclamó: “así supongo que deben ser las cosas, porque yo nunca he leído a Canetti”. 
Jorge Zabala Suárez nació en Oruro en 1939, y radicó la mayor parte de su vida en Cochabamba. Al saber de su partida, nos atrevimos a abrir ese cajón secreto que uno guarda de los amigos entrañables, ahí se agolpan escritos, palabras, gestos, imágenes y voces que con el tiempo crecen y de algún modo también son nosotros.

Difícilmente olvidará quien haya conocido a Jorge Zabala.

Lector al sol


Genética y ficción



Una reflexión sobre la paternidad, herencias, influencias y filiaciones en la literatura.




Sebastián Antezana

“Los grandes escritores no eligen a sus precursores fundamentales; son elegidos por ellos, pero tienen la inteligencia de transformarlos en seres compuestos y, por lo tanto, parcialmente imaginarios”.
Estas palabras de Harold Bloom, crítico estadounidense que, entre otras cosas, en 2011 publicó La anatomía de la influencia -último libro suyo en que se ocupa de uno de los conceptos fundamentales de su construcción teórica: la ansiedad de la influencia- señalan una problemática que, desde Borges hasta hoy, e incluso antes de Borges, marca buena parte de la literatura en tanto estructura del conocimiento heredada entre generaciones, en tanto forma de la imaginación constituida en base a un continuo movimiento de tradición y ruptura.
Por motivos no demasiado difíciles de entender, la paternidad y la maternidad son en literatura figuras de poderoso atractivo, formas de la vinculación genética y la filiación que han sido largamente representadas y trabajadas en la escritura de ficción de todos los tiempos.
Presencias como las del padre, la madre y el hijo han sido desdobladas y dadas vuelta, subvertidas y problematizadas millones de veces, no sólo desde las historias en que se concretan como personajes sino también desde el exterior de los libros. Todos hemos sido padres, todos hemos sido hijos, si no carnalmente seguro que de otras muchas maneras -el vínculo de la sangre es sólo una de las formas del enlace entre criaturas similares.
El campo literario ofrece ejemplos interesantes de esta dinámica. La fascinación que ejerce sobre nosotros un enlace tan fundamental, como el que significa aceptar el compromiso genético que vincula al padre y al hijo, puede reflejarse perfectamente en aquella ansiedad tan propia del lector por diseñar, a medida que va viviendo y leyendo, una especie de biografía literaria, dentro de la cual engarza nombres como quien elige cuentas para un collar, acercándose a algunos autores y alejándose de otros.
En ese sentido, no será difícil descubrir en la afición lectora, en esa que busca activamente un vínculo -¿ficcional, simbólico, acaso real?- entre lector y escritor, un gesto de rebeldía digno del psicoanálisis: la traición del hijo hacia el padre carnal, al cual reemplaza con otro que, en un mundo cuyos límites son los de la escritura, se configura como su centro.
Si adoptamos una postura determinista podríamos lanzar la hipótesis de que, en esta realidad, los hechos puros como, por ejemplo, la vida, no tienen sentido en tanto sucesos independientes.
Al contrario, es la concatenación, la organización -o, literariamente hablando, en el relato y la narración- lo que les provee sentido, lo que le da significancia a aquello que pasa. En ese orden, la figura de la vinculación genética y la filiación serán centrales en la tarea de proveer sentido, en el camino de darle significancia a alguien -la persona que recibe la herencia biológica y la descendencia jurídica, el hijo- que sin la figura paterna no la tendría.
Pero esto, inevitablemente, provoca un movimiento reflexivo, que vuelve sobre sí mismo: si aceptamos -siempre con la misma visión determinista- que la paternidad y la maternidad son formas de otorgar sentido, de dotar de historia, habrá que volver sobre las cifras que componen la ecuación: es decir, habrá que reflexionar sobre -e incluso poner en crisis- las figuras del padre, la madre y el hijo.
Cómo nos vemos como padres y cómo nos vemos como hijos, es una problemática que se hace desde la ficción como forma de concretar la búsqueda que el individuo hace de sus raíces y como forma de su reencuentro con la historia colectiva.
Se adivinará entonces lo que viene. Completando el tercer término del silogismo, si el individuo lector niega la herencia biológica y jurídica del padre carnal, si mediante la asunción de la lectura como compromiso vital elije suplantarlo -en un gesto absolutamente ficcional- con el escritor o los escritores que componen su biografía literaria, o si el padre problematiza su condición de paternidad, se habrá hecho trizas un privilegio que una visión determinista consideraría indestructible: la capacidad paternal de otorgar sentido.
Inmediatamente, en el caso del lector esta capacidad será transferida al escritor o a los escritores -o incluso a los libros- que configuran su genealogía personal, por lo que queda claro que, al final de cuentas, quien le da sentido a un lector es la ficción -y por sentido, me refiero a que es la literatura la que tiene la potestad, tradicionalmente divina, de fundamentar una existencia-.
Así, se entiende, por ejemplo, la capacidad borgeana que tiene el individuo de crear a sus propios padres literarios, la potestad de elegir su historia personal, que viene a complementar de lo propuesto al inicio de este artículo por Bloom.
Nos queda una última posibilidad. Desde el punto de vista del padre y la madre, la negación a procrear puede ser vista, en este razonamiento, como el más anárquico de los gestos porque, en un solo movimiento, consagra una opción por la eterna juventud -si uno no es padre no provee de historia a nadie y, por consiguiente, anula la temporalidad y su propio decaimiento- y otra por la nulidad, el vacío, la ausencia de jerarquías.
Literariamente hablando, esta opción por la no descendencia equivaldría a un gesto obscurantista y, al mismo tiempo, profundamente feliz, profundamente liberador: la quema de libros, por un lado, y por el otro la anulación de las estructuras del saber y la imaginación, lo que provocaría, finalmente, un desafío largo y seductor: creemos todo de nuevo. Inventemos.

         

Sombras nada más

Marco Antonio Campos, forastero en la tierra



Una lectura de El forastero en la Tierra (1970-2004), que reúne la obra poética del reciente Premio Nacional de las Letras de Sinaloa, en México.



Gabriel Chávez Casazola


Sombra que dibuja otras sombras al nombrarlas, la voz del forastero recorre paisajes, ciudades, moradas, siluetas, que alguna vez frecuentó cuando no eran sombras, o que ya siéndolo entonces no lo fueron antes de antes, en un tiempo por él entrevisto en ajenas presencias.
Y el forastero las hace reverberar a todas, sombras de presencias y presencias de sombras, en la neblina de la página, allí donde nos internamos de la mano de su voz, como queriendo (y logrando) recobrar (por un instante, lo que duran el poema y su estela) una luminosidad perdida.
Pasad y decid que a la tierra / fui fiel, y viví la experiencia / de la tierra. Que a la tierra ahora / vuelvo, pero que aun bajo tierra / entre polvo, cenizas y humo, / oiré a la luna, / a la luz, el sol en alto grito, / ramaje de muchachas quebrándose / como árboles, flores como frutos, / la poesía que cae en el cántaro, / y alzo y bebo, y frescura. Y vi tanto, / oh Dios, vi tanto.
Es verdad que en los poemas del forastero podemos sentir casi el peso (incómodo a momentos, pero no abrumador) de ese su haber visto tanto. Visto -dice su voz-, no vivido. O vivido –sentimos- como quien siempre está de paso o es otro o huye, desertor de la felicidad, o apenas contempla.
Y ese tanto pareciera ser la medida exacta de la resistencia de la memoria antes de vencer los resortes de la romana en que la pesamos. O de la rama en que se posa el pájaro de la voz, una rama siempre punto de quebrarse.
(…) con luz dura / como rabia azul, quemado el rostro, / destrozada el alma, desde una rama / frágil al borde del precipicio, / se escribe.
Allí, en el pináculo de la memoria, que es a la vez inminencia de su sima; en el punto (exacto e inexacto) de tan precario equilibrio, escribe su poesía Marco Antonio Campos (México, 1949), el forastero, el funámbulo, como si la memoria, de no ser escrita, pudiera inundarle e inundarnos; cual si escribir poesía fuera un impostergable desbordarse: Se escribe abriéndose las venas / hasta que el grito calla, con llanto ácido / que nace de pronto pues imposible / nos era contenerlo (…)
Hay una estética y una cadencia precisas en los poemas del forastero -árboles con frutos que se ofrecen propicios en la copa, mas hunden raíces insondables; cantos pulidos con minuciosa belleza- y podríamos detenernos a recorrerlas, pero nosotros somos también sombras de tiempo, engranajes de otro reloj de agua que se alimenta de aquello que lo desgasta.
Nos interesa más, ahora, la ética creativa de estos poemas. Menos la que está dispersa, cuyos rastros hay que enhebrar, que la explícita, cuando la voz del forastero se vuelve sobre el propio acto de escritura para afirmar y reafirmar que la poesía existe más allá de sí misma, que no es un artificio narcisista (se escribe abriéndose las venas) y no puede saciarse ni autosatisfacerse de palabras hueras: Se escribe contra toda inocencia / del clavel o el lirio, contra el aire  / inane del jardín, contra palabras / que hacen juegos vacíos (…) 
Para el forastero en la Tierra, que sin embargo habita (vive, aquí sí) en la poesía, ella está hecha (o debe estarlo) con carne y sangre y sentido, ser escrita con el grito doloroso del tigre lanceado / en el momento de fallar la red.
Y aunque sabe que la poesía no transforma el mundo material del modo en que algunos quisieran: Las páginas no sirven. / La poesía no cambia / sino la forma de una página (…); y así esté atribulado por la duda que acaso ronda o carcome a todo poeta, a todo aquel que contempla: (…) Pero en serio, es una pregunta en serio para uno mismo o para cualquier poeta / a cierta altura de su edad: ¿valió la pena el sacrificio, valió la pena abandonar / la apuesta de la acción para entregarle la vida a la inutilidad de la poesía?
El forastero conoce bien que ella ha podido transformarlo, transmutar su mirada y otorgarle sentido a su voz que es esa sombra que dibuja otras sombras, otras presencias, dándoles sentido también a ellas: (…) y sin embargo aseguro que al menos la poesía / me dio otras cosas: una manera de mirar la mirada de los pájaros migratorios, / de armar desde el sueño imágenes de la pintura y del cine, / de apreciar más a fondo la ligereza y la dulzura corporal en las mujeres, / de admirar en las tardes y las noches las hileras de los mástiles (…)
Y por si esto fuera poco, Campos sabe que la poesía puede cambiar, tocando su interior, al lector, a su lector, y que aquella que es capaz de hacerlo resistirá la prueba de la romana del olvido, de la balanza de la vida gastada, de las vidas gastadas, y podrá de alguna manera hacer al mundo ligeramente más bello / y acaso / también / menos / cruel, como he escrito alguna vez.
No en vano se pregunta y les pregunta a los lectores, acerca de la poesía que han leído: ¿(…) cuántos versos te revelaron un mundo, / cuántos versos quedaron en tu corazón, /dime, cuántos versos quedaron en tu corazón?

Yo también me lo he preguntado, y me lo pregunto muchas veces, y aunque no sé si esto sirva o importe, puedo decir que hay puñados o racimos de versos de Campos -notable poeta mexicano, pero más que eso: una voz esencial de la poesía contemporánea-, que son ya moradores (y no forasteros) de mi ajetreado corazón, y que allí quedarán mientras transite esa sombra en movimiento que aún soy. 

Consejos para escribir "más" mejor


El juego de la escritura




A partir de este artículo, el Ojo de Vidrio alternará su habitual columna Ojo de Vid con estas experiencias en el arte de (enseñar) la escritura.



Ramón Rocha Monroy 

Desde 2005 he ido completando un libro de Taller de escritura creativa que nació en un taller del mismo nombre, como una de las materias de Filosofía y Letras en la Universidad Católica de Cochabamba.
La dedicatoria da cuenta del tono ligero y sin pretensiones del volumen. Dice: “Este libro es un homenaje expreso a Julio Cortázar, y por eso tiene deliberadamente la estructura de Rayuela: tres partes unidas por pasajes secretos o arterias escondidas que se pueden leer de pe a pa, de pa a pe, siguiendo un orden que proponemos o el orden aleatorio que se le ocurra al lector, pues como dicen los mexicanos: ¡Muy su gusto! ¡Y se va la primerita!”
Será inevitable hablarles de mi experiencia, tanto personal como vicaria, es decir, aquélla que tuvo otros protagonistas y testigos pero que incorporé a mi memoria como algo también personal. Experiencias ajenas que fueron convirtiéndose en experiencias propias.
Comenzaré por una auténticamente personal y que se remonta a mi niñez, aunque la rescaté como experiencia literaria mucho después. Hablaré de un zapatero de mi barrio cuyo nombre jamás supe porque lo conocí como el Chingolo.
El Chingolo era viejo, desdentado y cojo porque era herido de guerra. Su taller era un sitio muy humilde; mi padre y el Chingolo se sentaban en banquitos casi a ras del suelo y conversaban de su tema de preferencia, la guerra, mientras compartían una jarra de chicha.
Aquí viene la imagen que se convirtió para mí en un fetiche del oficio literario: el Chingolo contaba cosas divertidas, de muy buen humor y suelto de cuerpo, y casi no prestaba atención al oficio de sus manos que tomaban con destreza un botín, lo calzaban en una horma de fierro; el zapatero tomaba tachuelas de una lata o de la comisura de sus labios, la situaba en el sitio exacto de la suela y la hundía de un certero martillazo.
Esta imagen se me convirtió en fetiche porque me sirve en aquellos pedregosos momentos en que pierdo la soltura para escribir y las palabras huyen de mi memoria. Invoco entonces la memoria del Chingolo y suelo recuperar la alegría de escribir de inmediato.
Pienso que hay que escribir como él remendaba zapatos, contando cosas divertidas, de buen humor y suelto de cuerpo, sin apenas prestar atención al desplazamiento mecánico de la escritura, cuando más echando miradas furtivas como el Chingolo cuando manejaba la lezna.

Un juego místico
Escribir es un juego. Pero no es un juego cualquiera. Es un juego místico. Esta es una vieja creencia nunca mejor enunciada que por la cultura hebrea. Dice el Génesis que en el principio fue el Verbo, o la Palabra, y que el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Antes de la creación existían las palabras para nombrarla. Esta convicción nominalista es el origen místico del juego de escribir, porque se dice que Dios tomó las veintitantas letras del alfabeto hebreo, las combinó y creó las palabras y las palabras se convirtieron en las cosas del universo.
Jehová fue pues el padre de los escritores, pero también, no lo olvidemos, de los lectores, porque ambos, escritor y lector, practican un juego místico parecido.
En rigor la escritura no es más que un conjunto de signos, en el caso del castellano 28 letras que se combinan en palabras y éstas en frases. La escritura no es más que un estampado sin relieves sobre una superficie plana que es el papel.
¡Poderoso ejercicio de la magia, pues esos signos contienen mundos coloridos y plenos de pasiones como El Quijote o Cien Años de soledad! Pero no es menos admirable la actitud del lector que descifra esos signos y convierte esa superficie plana estampada en un mundo vicario tanto o más real que el mundo real.
Los ejemplos abundan: Cervantes es menos importante que el Quijote y García Márquez menos conocido que Aureliano Buendía. Ese mundo imaginario sostenido por la palabra es ese Tlon, Uqbar, Orbis Tertius del que habla Borges.
Combinar letras y palabras es un juego al alcance de todos; pero hay un umbral que sólo cruzan los iniciados, y entonces se convierte en un juego místico, una liturgia reservada para algo así como los sacerdotes de la palabra.

La hiperestesia
Comúnmente los artistas usan diversos estimulantes para acrecentar la percepción de sus sentidos y de su razón. Café, té, chocolate, tabaco, yerba mate, hojas de coca; pero también alcohol, yerba, hachís, cocaína, anfetaminas y otras drogas. Esta no es una invitación al consumo de esos productos, sino una reflexión sobre algunos de sus defectos.
Cuando uno consume un café y un cigarrillo, una copa de vino, una cerveza, un whisky, sentado a solas en una barra, poco a poco se abre un abanico de relaciones que pueden comenzar por dar fuego, pasar el cenicero, las servilletas o cualquier otro acto de pura gentileza.
De pronto comienza la tertulia: unos encuentran coincidencias de oficio o de trabajo; otros, de gustos musicales o artísticos; otros hablan a gritos de deporte o de política; otros buscan parentescos y amistades comunes. Así se entabla una relación empática, un empate efímero pero intenso entre personas que quizás nunca se vuelvan a ver.
Lo propio ocurre con las palabras, cuando uno se halla relajado, a solas, quizá escuchando una suite de Bach, un ensamble de blues, un piano que sugiera un bar vacío a las tres de la mañana. Puede que uno se sienta relajado porque se ha servido un vaso de whisky, porque ha fumado un cigarrillo. O más.
En la medida de esa soltura, de esa buena disposición, las palabras inician su propia tertulia; buscan relaciones entre sí; intercambian letras y así nacen los juegos de palabras, las aliteraciones, los palíndromas; se juntan en frases insólitas o de doble sentido; se presentan con el ropaje de un lugar común pero a continuación se desdoblan en combinaciones nuevas y sorprendentes.
Cuando uno contagia ese estado de ánimo a las palabras, es seguro que hablarán solas, que se divertirán solas y combinarán un texto vivo, un empate efímero pero intenso que quizá nunca más se repita.

Hay testimonios valiosos sobre este estado de hiperestesia que a veces proviene del sueño, tal como sucedió con el célebre poema Kublai Kan que Coleridge anotaba en estado de semivigilia, semiconciencia, hasta que un importuno cortó la conexión con su visita intempestiva.
No hay duda de que escribir es un placer solitario y difícil de compartir. Requiere silencio pero ante todo soledad. William Faulkner trabajó alguna vez como peón alimentador de carbón en una usina eléctrica o algo parecido. Se amanecía en ese trabajo, pero a cierta hora volcaba la carretilla y aprovechaba su soledad para escribir la obra literaria que le hizo merecedor del Premio Nobel.

No es pues un ejercicio de multitudes ni es compatible con una familia larga y ruidosa. Uno tiene que fabricarse un espacio de soledad y silencio para relajarse de tal forma que se pueda trasmitir a las palabras un estado de paz, serenidad y regocijo creciente. Las palabras son como un público celoso de sus gustos al cual el artista en el escenario debe trasmitir sus emociones. 

jueves, 13 de marzo de 2014

Mario Bellatín en Bolivia

Mario Bellatin: literatura como pretexto de (auto)exploración




El reconocido escritor peruano-mexicano que llegará a Cochabamba en julio próximo para el Encuentro de Escritores Iberoamericanos, conversó brevemente con LetraSiete, igual que José Ovejero y Jorge Eduardo Benavides, los otros invitados.




Martín Zelaya Sánchez

Está fascinado por la literatura de Jaime Saenz, por la oportunidad de poder redescubrirse un poco como autor -al tener que pensar y repensar en su propio proceso creativo para hablar de eso en su próxima visita a Cochabamba-, y está fascinado también por la oportunidad de volver a la Bolivia (“el primer país al que viajé en avión a mis siete años”) que, según piensa, logró librarse de McDonald’s y la Coca-Cola.
Sobre Mario Bellatin se dice y escribe mucho y algo de ello veremos a continuación de la voz de dos literatos y académicos -Benjamín Santiesteban y Antonio Vera- y del propio Bellatin que atendió una brevísima entrevista a LetraSiete.
Todo esto a propósito de que el escritor peruano-mexicano junto a José Ovejero (España) y Jorge Eduardo Benavides (Perú) serán los invitados internacionales del VIII Encuentro de Escritores Iberoamericanos que entre el 2 y el 5 de julio se efectuará en Cochabamba, bajo la organización del Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño y la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia.
Por Bolivia estarán, en aquél encuentro, Claudia Peña, Juan Pablo Piñeiro y Homero Carvalho, con quienes LetraSiete dialogará en una próxima ocasión.
Volvamos a Belllatin. Antes que nada, es necesario transcribir la autopresentación del autor en el tomo Obra reunida (Alfaguara, 2005): “Soy Mario Bellatin y odio narrar. El hecho de ser escritor está más allá de una decisión consciente que haya podido ser tomada en un momento determinado”.
“No recuerdo exactamente cuándo nació la necesidad de ejercer esta actividad tan absurda, que me obliga a permanecer interminables horas frente a un teclado o delante de las letras impresas de los libros. Y eso, que para muchos podría parecer encomiable y hasta motivo de elogio, para mí no es sino una condición que no tengo más remedio que soportar”.
Eso en cuanto a una autodescripción. Pero yendo ya a las miradas externas, quizás una síntesis cabal de su literatura la tiene el académico cochabambino Benjamín Santiesteban, para quien Bellatin es ante todo un cuestionador, un deconstructor de la realidad.
“Bellatin -señala- lleva a cabo lo que puede llamarse una ‘crítica inmanente’ o una deconstrucción del realismo. Esto significa que utiliza los recursos formales del realismo para hacer explotar al propio realismo, para mostrar que la construcción de la realidad es tan ficticia como la ficción y que la construcción de la ficción es tan real como la realidad…”.
Mientras tanto, Vera hace énfasis en la singularidad del estilo y los intereses del narrador: “Pocas certezas sobreviven en el lector de un libro de Mario Bellatin. Desde Mujeres de sal, su primer libro publicado en 1986, hasta Gallinas de madera (2013), la escritura de Bellatin se ha plantado como un desconcertante desafío para quienes han pretendido ubicarla o dibujarle algún ícono clasificatorio. Y no han sido pocos. Por eso se suele recurrir a la comodidad de llamarla “experimental” pero, como se sabe, ésa es la más arbitraria y muda de las etiquetas. Sólo la visita a algunos de sus títulos puede servir para vislumbrar la extraña naturaleza de la cartografía que rige su universo literario”.
Va a continuación la transcripción de dos preguntas (con sus respuestas) hechas a Bellatin vía internet. En cuadros de apoyo, Ovejero y Benavides responden -por la misma vía- a las mismas interrogantes, y Vera y Santiesteban reflexionan brevemente en torno al autor de Salón de belleza, sin duda el invitado estelar a Cochabamba.

- Según la convocatoria para el Encuentro de julio en Cochabamba, los escritores invitados desarrollarán su ponencia en torno a la visión propia de su obra: estrategias narrativas, intereses, tendencias, influencias y, ante todo, el proceso creativo. Le pido que en pocos párrafos nos haga un resumen de todos estos puntos.
- Me interesa mucho que se hayan organizado las ponencias a partir de nuestro trabajo personal, porque de alguna manera el congreso se convertirá en una plataforma de reflexión sobre ese proceso misterioso que es la creación.
Cada libro es para mí un pretexto para hacerme una serie de preguntas acerca de mi propio proceso de escritura, y esta invitación me servirá también como un pretexto para descubrir nuevas cosas de semejante ejercicio.
El lujo mayor será poder escuchar los métodos de los demás participantes, para de esa forma tener una idea más clara de los aspectos esenciales que conforman la escritura contemporánea.

- ¿Qué sensaciones le despierta su inminente llegada a Bolivia, qué conoce de este país y de su literatura?
- Desde niño he estado vinculado a Bolivia. Recuerdo como algo mágico que mi primer viaje en avión a los siete años fue a Bolivia y guardo nítidas una serie de impresiones que se refrescan en cada una de mis visitas.
Uno de los elementos que siempre me han llamado la atención es la convivencia de una serie de culturas entrelazadas de una manera particular que, de alguna forma, conforman un panorama sumamente particular.
Y tengo sumo interés además de llegar a una sociedad que logró liberarse no sólo de los McDonald’s sino de ese veneno sutil y devastador, sobre todo en países como México, llamado Coca-Cola. 
Un autor boliviano que me parece fascinante, entre otros muchos, es Jaime Sáenz, sobre todo por haber incorporado en un mismo discurso texto e imagen. Entre los autores presentes, me llama mucho la atención el trabajo de Edmundo Paz Soldán, Rodrigo Hasbún y Liliana Colanzi.
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Descripción y minimalismo


Benjamín Santiesteban

La temática de la obra de Mario Bellatin puede ser comprimida en dos unidades. Una de ellas trata sobre las relaciones individuales dentro de sociedades patriarcales y totalitarias, en textos como Salón de belleza, Canon perpetuo, La escuela del dolor humano de Sechuán…; la otra indaga la textualidad de la ficción, en textos como Poeta ciego, La mirada del pájaro transparente…
No se debería comprender dicotómicamente a esta división, ya que un texto puede pertenecer a ambas unidades: Poeta ciego, por ejemplo, versa sobre el autoritarismo religioso y, al mismo tiempo, pregunta por la autorreferencialidad y metatextualidad inevitables de la escritura ficticia.
Por cierto, se podría afirmar que a las dos unidades les subyace un cuestionamiento radical del realismo.
Entre los recursos formales del realismo que Bellatin emplea deconstructivamente se hallan la referencia a escritores y personas reales, las citas a pie de página, los datos autobiográficos… estrategias borgianas, en suma.
Merecen atención especial dos de estos recursos, que tradicionalmente contribuyen para crear “el efecto de realidad”, pero que en Bellatin acaban interrumpiendo el sentido de la referencia.
Uno de ellos es casi omnipresente: la descripción seca, con un lenguaje parco que elude la adjetivación. A través de ella el lector es introducido a una narrativa con la que no puede identificarse por lo emotivo; las descripciones truncan el movimiento teleológico que conduce al final (feliz o infeliz) de la historia.
El otro recurso conecta bien con el primero. Se trata del minimalismo, el cual parece corresponder con la noción que se tiene de la realidad en la llamada “condición posmoderna”.
A una realidad fragmentada, que ha perdido su noción ideológica de continuidad y progreso, le conviene un minimalismo fragmentado.
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Escribir para seguir escribiendo

 

Antonio Vera

Mario Bellatin lleva cerca de 30 títulos publicados: Salón de belleza, Canon perpetuo, Efecto invernadero, La escuela del dolor humano de Sechuan, Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, La jornada de la mona y el paciente, El libro uruguayo de los muertos….
Este último, publicado en 2012, creo que muestra lo que ha hecho, lo que ha terminado haciendo Bellatin con la escritura.
Planteado como una larga carta dirigida a un interlocutor indefinido, un narrador al que no tardamos en identificar con el escritor Mario Bellatin, relata historias que forman parte de su trajín cotidiano: viaja a Cuba con Sergio Pitol, lucha contra el encargo de escribir un libro sobre Frida Kahlo, sale a caminar por las calles del DF…
Pero el relato, casi de forma imperceptible, comienza a evolucionar de forma circular: se trata sobre todo de un libro en el que las historias se repiten, pero en cada repetición adquieren detalles que las hacen distintas, nuevas, que las alejan de la idea o la pretensión original hasta convertirlas en una suerte de mantra narrativo cuyo centro ya no es la historia, la sucesión de hechos, sino el impulso de contarlos, el gesto del que escribe.
“Yo soy un señor que escribe”, dice Bellatin. Y escribir tiene como finalidad seguir escribiendo.
Esperemos que esta su segunda visita a Bolivia sirva como pretexto para que sus libros aparezcan en nuestras librerías.
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José Ovejero: “Ir a Bolivia me hace mucha ilusión”



- ¿Cómo toma su próxima llegada a Bolivia, qué conoce de este país en general y de su literatura en particular?
- Es un viaje que me hace ilusión porque Bolivia es uno de los pocos países latinoamericanos en los que no he estado. Por eso mismo, aparte de unos pocos datos históricos y geográficos, es un lugar desconocido para mí.
Y lo mismo sucede con la literatura boliviana: he leído a Edmundo Paz Soldán, algún cuento de Rodrigo Hasbún y durante un tiempo -cuando estaba escribiendo mi ensayo Escritores delincuentes-, me interesé por Víctor Hugo Viscarra.

- En Cochabamba leerá una ponencia en torno a la visión propia de su obra. Le pido que en pocos párrafos nos haga un resumen sobre todo esto.
- Mi ponencia va a partir de mi última novela, La invención del amor, no para hablar de ella sino para utilizarla como ejemplo de la manera de construir una novela -más bien, de la manera en la que yo construyo una novela-; así que hablaré de estrategias narrativas y también del sentido de mi escritura.
Al mismo tiempo intentaré tematizar los límites de las explicaciones que puede dar un autor sobre su propia obra, construida siempre a través de una serie de procesos conscientes e inconscientes.
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Jorge Eduardo Benavides: “Hablaré de los mitos del oficio”



- ¿Cuál será el eje de su charla en Cochabamba?
- Centraré mi ponencia en los mitos que hay en torno al oficio, en lo que realmente significa escribir literatura y cómo fomentar nuestra vocación de escritores.
Me resulta particularmente interesante desarrollar un esquema de cómo se elabora una novela y cuáles son los principales escollos que debe salvar el escritor no sólo a la hora de escribir, sino a la hora de elaborar una estrategia que le permita llevar a cabo su proyecto. Como coaching y asesor de novelistas, y novelista yo mismo, mi conferencia será casi un breve taller de novela.

- ¿Qué puede decirnos de Bolivia?
- Será la primera vez que estaré en Bolivia, país cuya literatura y actividad artística y cultural conozco bastante bien, desde escritores como Claudio Lechín, Ramón Rocha, Liliana Colanzi, Edmundo Paz Soldán y Rodrigo Hasbún, hasta referentes como Nataniel Aguirre o Alcides Arguedas (sin contar con el importante movimiento literario que promovió allí Gamaliel Churata, y la Gesta bárbara) ...
En fin, evidentemente hay una serie de vínculos históricos, sociales y culturales entre mi país y Bolivia que nos hacen muy similares. Y más aún para mí, pues soy arequipeño y ya Edmundo me ha dicho que Cochabamba se parece mucho a mi ciudad. Será pues un gran placer estar allí.


Ficción. Cuento inédito de Wilmer Urrelo

Niños corriendo en el piso de arriba


En este espacio que se estrena hoy, el autor alternará entre ficción, reseñas, comentarios, ensayos y otros textos.





Wilmer Urrelo / Escritor


Una palabra confundida y miénteme,
miénteme y con tu sonrisa quedaré…
La Banderville, A la distancia.


1
Los oímos una mañana. Oímos los ruidos en el piso de arriba. Digo los oímos porque Thayli, mi perrita, una cooker spaniel, estaba conmigo. Creímos que se trataba de una familia nueva. Qué desgracia, le dije a Thayli, ya se acabaron los días de paz. Y es que los ruidos provenientes del piso de arriba eran, sin duda, los que hacen los niños.
Esa tarde, al bajar al parque, ella a correr y yo a leer, le pregunté al portero del edificio donde vivimos: ¿Y qué con la familia del departamento de arriba? Julión nos miró sorprendido. No hay nadie allá arriba, nos dijo, el departamento está vacío. A lo mejor son ratas, dijimos y luego salimos olvidándonos del tema.
Ese día leí parte del Diario íntimo de Federic Amiel, Thayli se enamoró de un Gran Danés, el cual la despreció y por lo tanto le rompió el corazón. Al volver, Julión nos dijo: Fui a ver y ni rastros de ratas. ¿Seguro oyeron bien? A lo mejor nos equivocamos, le dijimos. Quise hacerme el gracioso: Ya sabes, la medicación…, puede ser un efecto secundario.
Subimos. Thayli enamorada y con el corazón roto, yo diciéndome la enfermedad, las pastillas. Sin embargo, esa noche los volvimos a oír. Esta vez reían. Niño y niña, eso seguro. De inmediato subimos. Tocamos la puerta. El ruido cesó. Esperamos. Se esconden, pensé. Mejor, no quiero conocer a nadie. Bajamos y esa noche los ruidos cesaron.

2
Pero al día siguiente los vimos. Aparecieron en el balcón. Tenemos un balcón y arriba nuestro hay otro. Digo que los vimos porque la niña (diez años, rubia, pecas, el cabello desordenado y con un enorme pedazo de sangre coagulada en la mejilla) y el niño (quizá cinco, cara redonda, pestañas enormes y con el cuello cortado) sacaban medio cuerpo hacia la calle. Pensé en mis pastillas. En los efectos secundarios. Intenté recordar si incluían alucinaciones.
En algún momento se descolgaron a nuestro balcón. Thayli les lamió las manos. Me ignoraron. Estuvieron así por un rato. Afuera estaba el ruido de la ciudad. La gente espeluznante. El Gran Danés rompedor de corazones. Ella pensando en todo menos en mí.
¿Qué quieren?, pregunté de forma estúpida.
La niña me miró. Traía un vestido azul colocado al revés: la espalda en el pecho y viceversa.
Me llamo Dina, dijo, y estoy muerta.
El niño se acercó. Me miró de pies a cabeza. Tocó el bastón metálico que utilizo todo el tiempo. Dijo:
Yo soy Claudio y también estoy muerto. Hace años ya.
¿Dónde están sus padres?, les dije.
No sabemos, contestaron, a lo mejor en el cielo.

3
Luego me lo contaron. No eran hermanos. Ella había desaparecido una tarde llena de sol en 1985. Alguien se la llevó de un parque. La violó. La mató de una pedrada y enterró su cadáver cerca de un río. Él, Claudio, fue víctima de un tío suyo. Un día simple y sencillamente, mientras veía Los Pitufos en la tele, lo degolló. Botó su cadáver a un barranco. Nunca lo hallaron. A ninguno de los dos. Eso fue en 1989. Ambos estaban muertos más de veinte años ya.

4
Estamos endemoniados, nos dijeron, vamos de acá para allá. De casa en casa. A veces espantamos a la gente y a veces la matamos.
Dios no nos quiso, dijo Dina, nos adoptó el Diablo.
Se dice Satanás, corrigió el niño.

5
Entonces se quedaron a vivir con nosotros. Curaron a Thayli y a su enorme corazón roto y enamorado. Me dieron excelentes ideas para mis novelas. Reímos todo el tiempo. Aunque a veces, también, tenemos peleas: Claudio mete los dedos en la herida que le atraviesa el cuello y eso me molesta. O Dina quiere ser como Shakira y eso, como el único adulto aquí, no lo permitiré.
También les leo libros. Les leo fragmentos de los diarios de Pizarnik o los de Cheever o los de Sándor Márai (y, a veces, los míos). A los dos les divierte tanto sufrimiento, tanta agonía inútil. Ambos se desternillan de risa con los padecimientos de esos autores (y de los míos también).
Es que nos gusta ver sufrir a la gente, dicen, eso nos encanta un montón.

6
Sí, están endemoniados. A veces salen del departamento y matan a alguien y me traen la cabeza de ese alguien (yo la meto en una bolsa de plástico y me deshago de ella), otras recuerdan su pasado y lloran. Otras, disfrazan a Thayli de bailarina rosa (y te recuerdo y recuerdo también que te abrí mi corazón y que la respuesta fue negativa y de pronto la tristeza me invade). En otras oportunidades queman alguno de los libros de mi biblioteca e invocan a Satanás, entre risas. Otras esconden mi bastón metálico y jugamos hasta que lo encuentro siempre en el mismo lugar.
Sí, son los niños fantasmales, los niños infernales, los que adoptamos sin pensarlo mucho. Los quiero porque son como los hijos que nunca tendré.

7
Y en otras oportunidades, cada vez con más frecuencia, me abrazan muy fuerte y me dicen: te amamos un montón, papá.