martes, 25 de abril de 2017

Libros

Ordenar un país desde su ficción

Un comentario sobre la Antología del cuento boliviano que Manuel Vargas preparó para la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia.



 Mauricio Murillo 

Para que una antología literaria sea efectiva y para que valga la pena su publicación, el antologador debería evitar, por lo menos, dos objetivos: primero, la intención de fijar un canon indiscutible o pensar que los textos propuestos son lo que se debe leer y los que no están, los que no; segundo, buscar que el volumen abarque todo sobre el género y que las puertas a “nuevos” textos del pasado queden cerradas.
De entrada, habrá que decir que Manuel Vargas, como antologador y autor del estudio introductorio, no hace ninguna de las dos cosas en Antología del cuento boliviano, nuevo volumen de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia. Él mismo lo plantea en el texto: esta no es la única antología sobre cuento boliviano y no pretende ser la biblia sobre el género (“toda antología no se cierra del todo”, dice Vargas). Así, este libro viene a conversar, o discutir, con anteriores antologías y, además, por la envergadura de su trabajo, se instaura como un territorio necesario dentro de la historia del cuento boliviano.
Al inicio del volumen, Vargas elabora una introducción justificando el libro y, a la vez, explicando de manera rápida pero efectiva los límites y características del género. Entonces, toda antología sobre el cuento deberá ser, también, una reflexión sobre los elementos del género; en cada cuento que forme parte de dicha antología debería estar la propia definición del género, sus límites, sus características, sus rupturas. El objetivo principal, leemos en el Estudio introductorio, no solo es que el lector lea desde el placer estético, sino mostrar, a partir del género, la conformación de un país; es decir, analizar, lanzar hipótesis, reflexionar sobre Bolivia y sobre el cuento que se elabora (en este sentido, el primer concepto me parece mucho más abstracto e inasible que el segundo).
Si bien Vargas hace referencia a la idea de que el cuento nace de la vocación narradora de las culturas y del ser humano, en el índice deja de lado esta concepción insuficiente para ofrecernos solamente el ordenamiento de textos modernos. Este es uno de los mayores aciertos del contenido: hubiera estado fuera de lugar, por ejemplo, insertar un relato de Arzáns. No porque este nuestro autor fundacional no sea esencial o no escriba relatos, sino porque en su escritura no encontramos cuentos (pensemos, de manera restrictiva, que el cuento existe luego de Poe y Chejov). Entonces, meter todo en la misma bolsa para representar un género literario en Bolivia, como se hizo con anteriores proyectos, solo le quitaría calidad al trabajo, cosa que no sucede. Otro acierto dentro del índice es que Vargas (junto con el comité asesor, del que hablaré más adelante) no va por lo conocido/canónico/escolar, me refiero a que muchas de las elecciones no pasan por la popularidad, sino por la calidad de los textos. El mejor ejemplo es la elección de Ifigenia, el zorzal y la muerte de Óscar Cerruto, el mejor cuento escrito en Bolivia.
Para esta antología, cualquier cuento de Cerco de penumbras podía haber sido seleccionado, pero Vargas no va por lo seguro (El círculo o Los buitres). Esta reflexión es subjetiva, por supuesto, pero marca la vocación del comité asesor del libro de insertar los “mejores” cuentos bolivianos o, lo que es preferible, los que generan una experiencia lectora más completa, válida y que interpela al lector. No lo marca Vargas en el Estudio introductorio, pero el índice también privilegia los textos que mejor elaboran un mundo ficcional, los que le dan un espacio a la ficción. Otro logro en la selección de los cuentos es elegir relatos que se han escrito hasta el anterior año. Un prejuicio en muchas selecciones implica que los textos literarios solo valen por su antigüedad, lejanía o tradición. Algunos narradores bolivianos están escribiendo actualmente grandes ejemplos del género.
Al analizar rápidamente el índice puede decepcionar que Vargas se haya incluido en la selección. Y no porque no lo merezca, es uno de nuestros mejores cuentistas, sino porque un antologador que se antologa a sí mismo, que se inserta en la historia con un puesto de privilegio, es como un niño que pide que lo miren antes que a otros (pese a que la ausencia de El Con Caballo hubiera sido importante). Un antologador que se hace parte de lo más importante que se ha escrito sobre un tema basándose solo en su propia reflexión agota su texto en su propia visión. Pero esto no es lo que hace Vargas. Su decisión se justifica porque est asesor﷽﷽﷽fica porque est un Comigritos que lo miren. Esto no es lo que hace Vargas. Su decisi diciendoiselecciones implica que á el comité asesor, conformado por Giovanna Rivero, Edmundo Paz Soldán y Adolfo Cárdenas. Esta antología parte de un trabajo colectivo. Lo dice Vargas en el Estudio: “es el producto de un trabajo colectivo”. Y este es otro de los grandes logros de Antología del cuento boliviano, partir de la idea que la literatura, sobre todo en el ámbito de la interpretación y la lectura, no es el oficio de uno solo.
Imagino que este volumen podrá recibir dos reproches o reclamos. 1. Que no hay incluido ningún relato oral; esta afirmación estaría injustificada porque cuento y relato oral son dos cosas distintas, ninguna es más importante que la otra, ni culturalmente más relevante, sino que, repito, son cosas distintas. 2. Muchas de las críticas que recaerán sobre el índice estarán conjugadas desde la primera persona; esto quiere decir que muchos escritores reclamarán el hecho de no estar antologados pese a sus grandes aportes realizados a la literatura nacional. Esto suena un poco a lo dicho más arriba: cada afirmación que hable del ombligo propio en literatura está fuera de lugar y es insostenible.
La edición del libro es depurada. Se nota un muy buen trabajo al que aportan las reseñas biográficas y los datos bibliográficos. Los hermosos dibujos de interiores y de la portada (la más linda de la colección hasta ahora) son de Alejandro Salazar y completan un libro que encontrará un lugar destacado en la historia reciente de nuestras letras. Pese a la calidad dispareja de los textos que siempre se encuentra en una antología (advertencia que hace Vargas en la introducción) los cuentos de este volumen pueden redondear una idea de lo que es el cuento y de lo que es este cuando se lo nomina boliviano.

Me parece que a la BBB le hacen falta más libros de literatura, más libros de ficción. Pese a esto, está demostrando ser un proyecto interesantísimo y muy importante. La ficción, la literatura, es central para sobrevivir y entender la realidad, para divertirnos pero también para entender algo más de nosotros y de la absurda realidad. La Antología del cuento boliviano, gracias al importante trabajo de Manuel Vargas Severiche y de los cuentistas antologados, cumple a cabalidad con esto. 

Etc.

Ahmad Páramo



Una recreación, una adaptación libre de la famosa obra de Juan Rulfo, inspirada en la diáspora de muerte que en estos días acecha la costa Europea.


Carlos Decker-Molina 

Antes del suspiro final, mi madre -muerta en Idlib en el último ataque con gas sarín- me apretó las manos y me susurró al oído: “Tu padre vive en Lavrio, anda pues a buscarlo”. Y, yo le prometí que lo haría, aunque no lo conocía. Balbuceó el nombre: “Ahmad Páramo se llama….”. Le apreté las manos en señal de que lo haría. Yo era capaz de prometerle todo porque es así como se enfrenta a la muerte, con promesas.
Luego fueron mis manos las que quedaron atrapadas entre las suyas y me costó rescatarlas. “No le pidas nada -me dijo-. Exígele amor, ese que a mí me lo dio a retacitos. Cóbraselo hijo”.
Y salí caminando por calles bombardeadas, campos sin siembra, casas sin gente. En el camino, mi cabeza se volvió un jardín de ilusiones con flores regadas por la esperanza.
Repetía el nombre de mi padre: “Ahmad Páramo, Ahmad Páramo…”, y me decía a mí mismo: “vive en Lavrio”. No quería olvidar ese nombre extraño. El solo decir su nombre me llenaba de coraje y hacía fácil la marcha.
Oculto en las sombras, pasé la frontera con Turquía y me encontré con otro que también huía. Ambos escupíamos polvo y pisábamos barro. Mi jardín de ilusiones se marchitó en tan largo viaje. Al principio nos tuvimos miedo, ese miedo al desconocido, miedo al que está huyendo, ¿por qué? ¿Habrá matado?, ¿por eso huye?... O habrán matado a su familia y si no huye lo matan a él. Me miró de reojo y me preguntó

- ¿Para dónde vas?
- A Lavrio -le dije-, en busca de mi padre que se llama Ahmad Páramo.

El viajero se detuvo y mirándome sin mirarme me dijo que él también es hijo de Ahmad Páramo y siguió caminando. Escuché que murmulló algo así como campo santo, pero en griego.

- ¿Conoces Lavrio? ¿No? los griegos le llaman Sounio y dicen que todos los que allí moran tienen mucho frío y tienen el alma seca. Otros sostienen que es la mismísima boca del infierno y por eso tendrían que sufrir de calor -dijo el extraño y adelantó rumbo a la playa.

Así, el otro hijo de Ahmad Páramo se perdió en la bruma.

- ¿A dónde vas? Me dijo otra voz. No pude ver la cara de quien hablaba. Era el balsero que nos llevaría a Lesbos y de allí a Lavrio a buscar a Ahmad Páramo, mi padre, nuestro padre. Cuando se enteró, me informó que allí todos se llaman lo mismo.
- Todos tienen el mismo padre y aunque no me creas, tienen también la misma madre. Siria se llama la doña. -Y, me señaló el bote lleno de gente.
- ¡Súbete ya!
- ¿Y, esto es un bote? ¿No ves que es una tumba flotante? -le dije despacito para no enojarlo.  
- Si quieres llegar hasta Lavrio, donde está tu padre Ahmad Páramo, arrímate a los muertos, hasta podrás escuchar la voz de tu madre, pero primero me pagas.

Para qué íbamos a naufragar si ya todos estábamos sumergidos. Después de muchas horas frías como la muerte, tragando agua salada, llegamos a la otra orilla. Una mujer parecida a mi madre me dio la mano y me ayudó a incorporarme. Tenía una voz aguosa cuando me dijo:

- Te ayudo porque soy madre y conocí a la tuya. Ella me avisó que vendrías a buscar a tu padre Ahmad Páramo, que ha sido también mi hombre.

Me llevó a una carpa anaranjada. “Espera que vendrán por ti”, me dijo y se hundió en el mar que de azul oscuro pasó a ser negro como la conciencia del que lanzó el gas para matarnos.

- Así es que usted es el hijo de Ahmad Páramo.
- Sí, pero ¿cómo lo sabe?
- Su madre me avisó con una voz muy débil, como si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga para llegar aquí a Lavrio
- Pero… mi madre está muerta.
- Nosotros también.
- Yo vengo a buscar a mi padre Ahmad Páramo.
- Está ahí, sigue caminando, lo encontraras oculto en la oscuridad de este lugar donde no llega el sol ni la esperanza, que es lo último que muere con el cuerpo.

Caminé y caminé. Es el oficio de este siglo… soy caminante eterno. Tardé, pero me di cuenta que se disipó el pueblo de Lavrio… que desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Decidí esperar el amanecer sentado en una piedra. Nunca sabré si el sueño me inundó como el agua a mis pulmones, pero cuando abrí los ojos estaba frente a Ahmad Páramo. Nunca había visto a mi padre, pero sabía que era él. Se acercó, llegó hasta mí, tan cerca, que sentí su resuello. Cuando me iba arropar con sus brazos gruesos, alcancé a decirle: “¡Nos gasificaron!” Al escuchar, cayó de bruces, dio un golpe seco contra el fondo del mar y se fue deshaciendo como si fuera un montón de arenita blanca. Me arrepiento de haber abierto la boca. No pudo enterarse que soy su hijo, uno de ellos…


Entrevista

 “La poesía, como resistencia,
nos ayuda a recordar y a ser” 



Fragmento de una entrevista al poeta boliviano Gabriel Chávez Casazola recientemente publicada por la revista colombiana Claroscuro.


Sergio Chiappe Riaño

- ¿Qué buscamos en la poesía; qué busca el poeta, qué el lector, el escucha, el transeúnte?
- Tal vez hacer silencio, viajar al interior de nosotros mismos, crecer hacia adentro.

- ¿Qué es lo que la poesía ofrece?
- La posibilidad de rozar lo trascendente desde lo cotidiano (pero también viceversa).

- La poesía debe comprometerse con la realidad. ¿Qué tanto ese mundo real, ese mundo que nos duele y a veces nos da esperanzas se apodera del territorio de la poesía?
- El poeta debe estar comprometido, ante todo, consigo mismo, pero eso no quiere decir que se desentienda de la realidad circundante. Al contrario, lo más real que tiene cada hombre es su propia existencia. Si un ser humano muere, muere la realidad (al menos esta) para él. Estar comprometido con uno mismo es estarlo con la humanidad y con el cosmos. Creo que la poesía dignifica al ser humano en la medida en que acerca, en un viaje de ida y vuelta, las realidades visibles a las realidades invisibles (esas de las que hablaba Saint-Exupéry en El pequeño príncipe, las que son esenciales).     
En lo personal, escribo desde lo real y muchas veces con deliberado realismo. Aunque eso no signifique que renuncie a la porción irreal y surreal, simbólica y onírica de toda poesía. 

- ¿Puede considerarse a la poesía como un camino hacia la purificación?
- O hacia el abismo. La poesía es un camino circular, imagino. Lleva hacia nosotros mismos pero nunca se repite. Y dentro nuestro están la purificación y el abismo. Son vecinos cercanos. En las noches se escuchan una al otro. También hay puertas que comunican sus estancias. Hay poetas que llegan al abismo por la vía de la purificación y otros que llegan a la purificación por el abismo.

- Cuéntame de Bolivia, de tu gente, de su manera de vivir la poesía, de la manera cómo la poesía los permea.
- Bolivia es un país poético cuya gente guarda una secreta poesía inscrita en el rostro. Somos un país muy generoso en humanidad: aquí todavía gozamos de cierta calidez de vida, de una vida más natural y familiar que en otros lugares se ha perdido.
Somos un país de mestizajes, de hibridaciones de sabores, de lenguas, de historias. Es un país ensimismado y curioso, laborioso y dionisiaco, plural y singular.  (…) En Bolivia coexisten muchas culturas, no siempre juntas pero sí revueltas: todas las que vinieron con la sangre española y las culturas originarias, más las que hemos recibido por la educación y por la exposición a la tecnología.  Eso nos ha enriquecido y debería haber ampliado nuestros horizontes.  
He crecido bebiendo de la cultura occidental, me he aproximado con curiosidad y respeto a otras culturas, originarias de América o remotas, y profeso el mismo respeto al pensamiento de un filósofo presocrático que a un poema oral andino y a una buena película contemporánea. (…) Sería, por tanto, difícil que mi poesía no reflejara esos mestizajes, esa melange. Soy un híbrido por nacimiento y además un ecléctico por elección. Esa mistura soy yo, esa confluencia, esos profundos ríos que convergen en mi sangre, en mi ADN, y también lo que yo he abrevado por mi cuenta, leyéndolo, mirándolo, escuchándolo, existiéndolo.

- ¿Qué se ha mantenido constante desde el primer libro hasta el último que has escrito y qué ha cambiado?
- Distingo dos etapas en mi poesía; una temprana, de búsqueda, que abarca mis dos primeros libros, a los que considero de iniciación. La segunda etapa se inicia con la escritura (desde 2006) y publicación (en 2010) de El agua iluminada, cuando tras un año en la Amazonia boliviana encontré mi voz poética. O mejor dicho: ella me encontró, aun sabiendo, como afirmo en un poema, que lo más maravilloso de todo esto / es que debes seguir buscando,  / buscando / porque todas las cosas y los seres / que se encuentran / así como llegan se alejan. // Incluso la poesía, a momentos. / Esa desconocida.
En esta segunda etapa de mi poesía hay algunos elementos que críticos, lectores y otros poetas han encontrado y que son constantes, es decir, aquellos que constituyen mi voz poética: la memoria y la emoción.
Aunque no busco hacer una “poesía de la memoria”, tal vez ella sucede -me sucede- en la medida en que escribo porque hay olvido. Me obsesiona pensar en que si una diminuta vena se rompe en nuestro cerebro y perdemos la memoria, dejamos de ser quienes somos. La memoria nos constituye como personas, nos otorga historia personal, pasado; en suma, identidad. Somos lo que recordamos y, por eso, recordar es ser. Olvidar es una forma de morir, y muchos poderes en el mundo quieren que olvidemos. La poesía, como una forma de resistencia de lo humano, nos ayuda a recordar y, por tanto, a ser. 
En cuanto a la emoción, no persigo crear esta sensación de manera intencional, pero me interesa mucho que la poesía puede tocar a sus lectores y ser relevante para ellos, no un mero juego de palabras, un artificio del lenguaje. No me atrae ese tipo de poesía, ni aquella que es fría, demasiado cerebral e incapaz de conmover. 
En mi criterio, toda obra de arte, todo poema, deben transformar, así sea un poquito, a la persona que los recibe. Hay temas que frecuento porque me parecen relevantes para el ser humano, y no son otros que las viejas cuestiones de siempre que ni la filosofía ni la ciencia han podio resolver: el bien, el mal, el sentido (o falta de sentido) de la existencia, la razón de ser de la felicidad y del dolor, la razón (o sinrazón) de que estemos en el mundo, etc. Eso sí, busco hacerlo de manera coloquial, cotidiana, poniendo a Dios “entre los pucheros”, como decía Teresa de Ávila.



Reseña

Memoria de lo posible



Reseña del libro de cuentos que la argentina Angie Pagnotta publicó con Peces de ciudad.


Christian Jiménez Kanahuaty 

Memoria de lo posible (Peces de ciudad, 2017) de Angie Pagnotta, es un libro de cuentos que nos muestra las dimensiones más puras del relato y del cuento en América Latina; una serie de historias que se conectan entre sí, con la intención de conformar un mosaico vital de los personajes involucrados, pero que a la vez le permite a la autora pergeñar una muestra de lo que sucede con al menos tres sentimientos: el amor, la duda y el abandono.
Se sabe que a veces el sexo se disfraza de amor y que el amor, a veces, se disfraza de sexo. Se sabe también que hay relaciones sentimentales que son solo duda y otras en las que más bien la pasión está marcada por el delirio de los celos o pautada por la imagen y las relaciones de control hacia el otro como objeto de deseo, pero también como propiedad.
Pagnotta, a pesar de mantener cierta distancia con los actores de sus tramas, no puede desprenderse de cierto cariño que demuestra al encarar las emociones que ellos, en tanto personajes, van desprendiendo, casi a manera de trazar la cartografía de las pequeñas miserias que les han dejado el amor o los malos trabajos con el paso del tiempo. Así, entonces, Pagnotta crea un escenario sensorial propicio para el cuento; un escenario en el que lo que se cuenta no es solo lo elemental: el qué y el cómo, sino que tiene el plus de la distancia propia de la objetividad analítica del narrador omnisciente, pero sin por ello sacrificar la empatía.
La implicación y la cercanía, la maestría en el manejo de las cosas en las distancias cortas, es una de las características de Pagnotta que el lector agradece. Y es por ello que el libro se lee rápidamente, pero las imágenes quedan. Es por ello, también, que tras leer cada uno de los cuentos uno siente que el mundo interior se ha hecho más cálido, y por tanto, no es extraño que retorne la vieja emoción de creer en el amor a pesar de todo.
Y es que los personajes de Pagnotta no son simples espectros: hablan, comen y viven como personas normales en una Buenos Aires que no está tan presente en sus monumentos o lugares emblemáticos, sino que está ahí, en las calles mojadas, en las noches de luces raras y en las plazas y en los cafés que son lugares comunes y corrientes donde, por supuesto, transcurre la vida y uno ni siquiera se da cuenta.
Pienso en los cuentos como fotografías. Pero también como cortos montados para ser mostrados entre series de televisión, o luego de largometrajes. Pienso en la autora pensando: “básicamente hago esto porque siento que así funciona la vida”. La vida… esa cosa extraña de la cual se filosofa tanto y de la cual se siguen escribiendo tratados desde todas las disciplinas imaginables. La vida… La vida es eso, lo que sucede mientras uno va del punto A al B., y lo que hace Pagnotta con toda la lucidez y humildad posibles es nombrar lo que vemos cotidianamente; nombrar lo que nos hace sentir. Y al hacerlo recorre un camino propio. Un camino lleno de vértigo y peligro, porque claramente en este mundo donde todo tiene aristas y filos, ser frágil no es fácil. Así y todo, Pagnotta logra rescatarse y rescatar a sus personajes del tedio y de la embriaguez del no compromiso.

Quizás por todo esto Memoria de lo posible es uno de los libros más honestos y genuinos que uno pueda leer en estos últimos años. Quizás uno se quede con un par de cuentos para leerlos de nuevo, quizás uno vuelva a la autora cuando saque un nuevo libro, quizás pase todo eso, pero lo cierto es que este libro te cambia, te devuelve algo que creíste perdido.

lunes, 17 de abril de 2017

ALTIplaneando

Políticas y poéticas del dolor


Inevitable y transversal a lo largo de toda existencia. Acercamientos y filosofías del sufrimiento, desde Valery y Vallejo, hasta Pizarnik y Shimose.

                      
        
                                                                                         
Edwin Guzmán Ortiz 

El dolor inobjetablemente es irrupción súbita o acompañante íntimo. Más que otredad, un sí mismo que termina revelando esa condición impredecible que nos habita. Infatigable, trabaja sobre la materia que nos sostiene, sobre el silencio que nos contiene. Se da modos para permanecer o para proclamar que algo anda mal, y que de no escucharlo, algo o alguien podría terminar.
Punzante, ardiente, lancinante, sordo o irradiante, galopa sobre el continente del cuerpo. Agudo o crónico, tópico o fantasmal, no deja de ser una experiencia abierta a otro estado de conciencia. Definitivamente innombrable. Suele llamárselo cáncer, neuralgia, pancreatitis, glaucoma, infarto, esguince, úlcera, pena, depre, en fin, nombres convenidos y perimetrales a su naturaleza insondable. Así, el dolor es una experiencia intransferiblemente personal. El sufrimiento musita o chilla desde un lenguaje interior,  más aquí y más allá de las palabras.    
Tradicionalmente es competencia de los médicos y sometido a la cosmovisión científica dominante de la medicina; de este modo es asumido simplemente como síntoma, como indicio de que algo sucede, de que algo no anda bien. Sin embargo, el dolor es algo más que esa contingencia amarrada a nervios y neurotransmisores. Debido a la posición privilegiada que tiene la medicina occidental, termina eclipsando las otras voces que dan cuenta de una comprensión diferente del dolor, incluso la visión que tienen sobre éste otras concepciones culturales de la sanación. De este modo se manifiesta un hiato entre la dolencia orgánica y el saber científico hegemónico.
Aunque podemos rastrear las causas, sin embargo en el cuerpo, el dolor es algo que no se ve, algo que no se escucha. Desde un lenguaje inmemorial nos dice algo que tiene el color de la sangre y el hálito del ocaso, nos arrastra por pasillos manchados de inminencia. Nos limpia o empaña los ojos y nos invita a manotear los patios secretos de la existencia. El dolor nos empuja a inventar otro yo, alternativamente luminoso y oscuro, forjado de esperanza y deseo, con frecuencia envilecido por el dedo puntiagudo de un dios autosuficiente sobre la llaga. 
Estereotipado en la dicotomía dolor físico / dolor psicológico, discurre su pathos entre el cuerpo o el espíritu. Mas, en verdad, el dolor nos toma integralmente, envolviéndonos en un hálito redondo. Ya no tenemos dolor, ahora más bien somos dolor. “Al final de la mente, el cuerpo. Pero al final del cuerpo, la mente”, decía Paul Valéry.
Y otra dicotomía más: el sufrimiento individual y el sufrimiento colectivo. Este último tiende a ser producto de la atmósfera opresiva de sistemas de creencia o formas de gobierno que, mediante aparatos represivos y conculcación de derechos atentan contra la vida. La Iglesia manifestó su poder en el medioevo a través de la santa inquisición, la penitencia y la flagelación; el martirologio constituye un testimonio elocuente de esta forma cultural de sufrimiento. El pecado que provocó la expulsión del paraíso terrenal recaló en la sentencia: “Parirás tus hijos con dolor”, más la dolorosa pasión de Cristo, constituyen componentes de una teología del dolor como fundamento salvífico que remata en el “Toma tu cruz y sígueme”. Frossard ha dicho que el origen del dolor y del mal “son la piedra en la que tropiezan todas las sabidurías y todas las religiones”.
Si Hannah Arendt ha desmontado los mecanismos inhumanos del totalitarismo, tornando visible el horror del holocausto hoy la biopolítica, en cuanto mecanismo perfeccionado del capitalismo apunta al control de los cuerpos en el aparato de producción y de la población. Se trata de la incidencia de un poder irracional que interviene domesticando, psiquiatrizando o alienando a los comportamientos que no se ajustan al modelo del sistema, piénsese en el control de las conductas reproductivas, en la patologización del placer, en la manipulación de las mentes a través del neuromarketing o el brain washing. Se trata de condicionar al cuerpo como máquina de producción y de consumo, en suma la presión del capitalismo como generador de esquizofrenia. 
El dolor es producto de una construcción histórica y cultural. Hay por supuesto una diferencia entre tratar de comprender el dolor, inferirlo o vivirlo. La cultura, las religiones, el arte han desarrollado formas diferentes de asumirlo. La concepción del dolor en un ciudadano griego del periodo de Pericles es diferente a la de un aymara, hoy. Los cuadros de Frida Kahlo expresan el sufrimiento humano de un modo diferente a los cristos lacerados de Matthias Grunewald.
En otro plano, y desde una conciencia estoica, es posible hablar de un magisterio del dolor, puede ser un don que desemboca en la lucidez. El poeta Jaime Sabines en el poema Del dolor, dice: “Había sido escrito en el primer testamento del hombre: / no lo desprecies porque ha de enseñarte muchas cosas. / Hospédalo en tu corazón esta noche. / Al amanecer ha de irse. Pero no olvidarás / lo que te dijo desde la dura sombra.
El arte es un campo privilegiado para entender ese complejo inextricable que se teje desde el dolor. La poesía ha tenido una particular vocación para el tema. Paul Celán traduce en su obra el desgarramiento vivido en la Segunda Guerra Mundial: “Negra leche del alba la bebemos al atardecer / la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche / bebemos y bebemos / cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él”.
Por su parte César Vallejo, escribe sobre el dolor como algo consubstancial a la naturaleza humana, una suerte de ontología de un sino trágico. Dice “Yo no sufro este dolor como César Vallejo… Si no fuese artista también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría… Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente”.
En las palabras de Artaud arden paralelamente cuerpo y texto, pocos escritores han logrado prolongar la llaga en la escritura como en el poeta y dramaturgo francés. Una conciencia terriblemente dolorosa cruza un mundo de sensaciones y extravíos; en El ombligo de los limbos, desde el psiquiátrico escribe: Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos”.
En el caso de Jorge Chirinos, los poemas postreros van a contrapunto del cáncer que lo aquejó los últimos años. Lamiendo los restos del mal, el poema abría el dolor y exponía su mirada lánguida: El oleaje abandona los restos del día, los deposita con cuidado al pie de mi cama. Se trata de una ofrenda, pero no deseo levantarme. Me aferro a la almohada, a los charcos de oscuridad que me protegen”.
En la poeta argentina Alejandra Pizarnik, la conciencia doliente toca una inminencia abisal, por lo mismo confiesa “Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiera, no sea. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”.
Pedro Shimose, a partir de un enfoque social, en Poemas para un pueblo se duele del país, trazando los siguientes versos: “…y me vine a caminar la patria, a conocerla, a palparla y sufrirla / y me vine a soñar en carne viva esta patria sangrante y dolorosa, / y hasta aquí, por dónde voy, me persigue su herida y su silencio”.    
En cambio, el dolor en el poeta portugués Fernando Pessoa es elusivo y no deja de ser una máscara. Es y no es él, como sus heterónimos. Escribe: “El poeta es un fingidor / finge tan completamente / que llega a fingir que es dolor/ el dolor que de veras siente”. 


Artículo

Cuando recordar conviene



Un repaso a los trasfondos de Borracho estaba pero me acuerdo, libro central de la creación de Víctor Hugo Viscarra.


Daniela Renjel Encinas 

Borracho estaba, pero me acuerdo es el cuarto libro de Víctor Hugo Viscarra, lo que de inicio revela una práctica en estos terrenos y una conciencia de estar escribiendo para ser leído. Es decir, no estamos frente a un libro que se limite a dar cuenta de un registro, una denuncia o una demanda, sino frente a fragmentos que recrean vidas ignoradas e indiferentes para la gran mayoría de los habitantes paceños. De esta manera, Viscarra se dirige a ese lector ajeno al submundo que tiene tiempo, deseo e interés en asomar la nariz en un texto para mínimamente informarse de esas otras vidas y muertes, a decir de Saenz, que habitan en la ciudad, pero que no es ni de lejos uno de esos personajes. De esta forma, drogadictos, ladrones, cleferos, alcohólicos, homosexuales y prostitutas, entre varias y variadas posibilidades, son los amigos de Viscarra que transitan por esta ciudad y por sus páginas.
No es poca cosa, de esta forma, describir a estos personajes, con sus haceres diurnos y nocturnos, sin incurrir en el mero voyeurismo o el simple ejercicio del recuerdo. Los fragmentos, relatos o minicrónicas que el autor dedica a la memoria de estos personajes, sus amigos, son un sentido homenaje al fracaso y al valor de los seres que por las razones que fuera no lograron insertarse “productivamente” en la sociedad, viviendo, en cambio, en los márgenes no solo legales, sino morales de la misma.
Cuando digo “morales”, sin embargo, no me refiero al estándar que una mirada legalista clasificaría como bueno y malo, colocando las conductas de estos personajes en el segundo apartado. Pienso, más bien, en que es la moral del lector promedio la que es cuestionada cuando ignora el destino de personas como las convocadas por Viscarra y cuando, luego de leer sus textos, no puede ver con los mismos ojos a quienes, en el mejor caso, son considerados poco más que parte del exotismo urbano.
No obstante, Viscarra no parece buscar comprensión o ayuda, ni elaborar acusación alguna. Su proyecto es crudo y hasta grotesco en la medida que muestra realidades ajenas a la literatura convencional, pero con un grado casi cero de emotividad. De esta forma, la ausencia de juicio sobre sus personajes, acciones y elecciones llega al cinismo. “Entérense”, parece decirnos, y así como no busca compasión, no evita desvelar razones y situaciones tristes, absurdas y hasta molestas como quien describe un paseo nocturno por la plaza, y tal vez está ahí su fuerza desestructuradora: en sufrir sin amargura. Dice:

“Otra de las cosas que siempre me ha gustado de los muchachos, es su forma de contar sus desventuras, matizándolas con anécdotas que hacen que el oyente no se amargue al escuchar historias que tranquilamente harían llorar a quienes no tengan los nervios templados”. (137)

Esta ausencia de queja responde a una voluntad de no afligir al interlocutor, y allí descansa su estilo irreverente, apoyado en el impudor de quien confiesa haber robado, golpeado y corrido para no ser atrapado, señalando con ironía contradicciones tales que permiten la emergencia del humor. De esta forma, el lector se descubre tan sobrecogido como entretenido hasta la carcajada con historias que, en honor a la verdad, deberían mínimamente avergonzarnos como sociedad. Escribe:

“De acuerdo a muchos testimonios, las macabras granjas de rehabilitación no son precisamente quintas de recreo. De los choros que conozco y estuvieron allí, ninguno se ha rehabilitado. Los que volvieron, si tuvieron esa ventura, lo hicieron con ganas de seguir delinquiendo. Pero hay legiones de delincuentes cuyos restos sirven de abonos para las plantas silvestres”. (179)


Como se dijo, Viscarra, no enjuicia nada. Para él la escritura es el ejercicio que lo libra de volverse loco y le devuelve la memoria, una de sus pocas riquezas, haciendo una forma de justicia a quienes compartieron el frío, el hambre, las camas y las noches con él. Hay en su trabajo un hálito de “normalidad” o, dicho de otra forma, un intento de normalizar las decenas de anécdotas que cuenta. “No hay nada de qué sorprenderse”, parece decir, y es este gesto en la narración de las desgracias lo que invita al lector a disfrutar del texto al tiempo de sumergirlo en la perplejidad, puesto que no hay manera de ignorar la evidencia que motiva el dolor de su registro.

Poesía

Jardines de Tláloc, la experiencia trascendental



Una lectura del poemario que Gary Daher presentó a inicios de este año con la editorial 3600.


Benjamín Chávez 

A veces, al reflexionar acerca del proceso compositivo de un libro, surge la pregunta sobre cierta solución de continuidad entre uno y otro poema, y se busca no solo un hilo conductor, sino un discurso hilvanado (muchos hilos, toda una trama acaso), cuyo envés pueda hacerse visible por encima o por debajo de lo que cada uno de los poemas -como entidades autónomas que son- puedan decirnos. Si esa secreta urdimbre nos muestra algo nuevo, entonces, el todo no es igual a la suma de las partes y el libro gana en vastedad y hondura. Eso ocurre en los Jardines de Tláloc.
Así, por ejemplo, no es para nada azaroso que contenga siete secciones (número cabalístico de rica significación esotérica, que en la angelología maya-azteca remite a los dioses del fuego: Tláloc). Tal condición, así como todos los detalles de su escritura, fueron minuciosamente cuidados por su autor. Con esa certeza, ensayo una lectura.
El momento inicial muestra el sitio en el que se encuentra la voz que enuncia los poemas y dará los pasos a lo largo del libro. Un libro que pretende ser camino en sí mismo, así como Tláloc no es el dios del agua y el rayo, sino su propia encarnación. De ahí que claramente ese momento inicial se llame “Situación en dos pasos”. Son poemas (dos, obviamente) de conciencia frente a la escritura (la propia), la cual es vista como algo equívoco donde, quien la ejercita, se declara culpable y dispuesto a morir por decapitación. Condena, es el poema inaugural que lo declara: De todo aquello / de todas esas manchas / soy el único culpable. Y luego dice: y que hoy se prepara / en acto de contrición / a morir decapitado // –Oh cabeza leve / Oh perdida– // como corresponde a su destino / de medusa parida con fuego fatuo.
El siguiente paso/poema se llama Cartas quemadas y opta por el recurso del fuego como vía de purificación. Muerte y fuego signan su situación escritural para, desde ahí, iniciar la marcha hacia los jardines del dios.
Quemadas en el patio / ya no significan nada / solamente el carbón de los años / y tu fruta alguna vez / supuesto nido de ternura / apenas una brizna de bandera de papel negro con el viento.
Sin embargo, el desplazamiento físico-espiritual que implica el viaje, aún no se inicia pues, luego de la muerte y destrucción de la escritura y de ese yo que la hizo, persiste aún la memoria que no quiere disiparse y evoca “La otra edad” (tan eufónica de otredad), ese tiempo ya ido donde aún flotan los antepasados. Cartas del Líbano, un poema al padre, el otro que es uno mismo en Joven de 1970, la amistad en Enseñanza y la poesía como revelación o epifanía en Efímera ave.
Los poemas son nostálgicos -maltrecha hermana de la memoria- y el del amigo, dedicado a Álvaro Antezana, dice Ahora el viento del tiempo ha vaciado todo. No obstante, se trata de un poema celebratorio que se conmueve ante la amistad y su potencia de manos fuertes como de alguien que participa en el tinku.
En Efímera ave cabe preguntarse quién es el ave. Y si fuera la poesía misma: ¿Qué tipo de viandas / puede encontrar en este jardín / hecho apenas de un papayo joven / y una palmera india? Así, tras la observación de esa ave, cuando A punto estoy de descifrar el misterio, sucede algo que la violenta y presiente acaso una tierra vacía / una ficción / una reducida mancha verde / en el patio de la casa.
La siguiente sección del libro “Mínima constancia”, es un detenerse instantáneo ante el escenario del mundo desde el cual se iniciará el camino, acaso una fugaz, íntima y disimulada dubitación antes de partir, o una constatación de lo que se abandona. Una última mirada a la habitación vacía antes de apagar la luz por última vez, sosteniendo la manivela de la puerta a punto de cerrarse para siempre y salir hacia un ámbito de más luz, luz de otro orden y carácter: Una estrella sería suficiente en el desierto.
Colmena” es la ciudad, el ámbito laborioso, el hábitat del escribiente que remarca la oposición entre el sitio desde el que se parte y el otro al que pretende llegarse, no como una meta en línea recta, sino a través del mismo viaje que ya se emprende, ese que hunde sus raíces en el inicio y da sus frutos en el extremo complementario y opuesto de la floración. Los contrastes entre lo humano y lo natural. Quizás la ciudad como algo esbozado, algo imperfecto y el jardín, una vastedad divina.

una bandada de loros / cruza el parque vociferando / cánticos sagrados.

Luego, ya en pleno desplazamiento, el viajero llega a la “Selva virgen”. Holla con su paso espacios no vistos y avanza un poco ¿a tientas? por parajes encantatorios.

pues los unos traen dibujados en sus lomos / el signo del desierto / acaso también clave /
atroz del ávido tiempo // mientras estos asombrados / salen furtivos a la orilla / de la selva /
como quien se encuentra de repente / con el río de la vida.

“En el camino” ya plena y explícitamente atestigua el paso, el avance hacia un destino, un propósito más que una meta. Un estado del espíritu. Un lugar, en cuanto metáfora de la plenitud.
En ese espacio azul / persiste el silencio / canto que decanta / la presencia de nuestros cuerpos.
A estas alturas del libro, el lector ha sido testigo y partícipe de una multitud de signos y señales de fuerte poder aglutinante en torno a los propósitos de su discurso y la poesía misma, para arribar a los umbrales de lo deseado. “Desde la puerta del jardín” (última sección del poemario) atisba lo que allí habita y aguarda: la clave, la cifra.
Los hombres emergieron del barro / construyeron sus casas /  sobre los vigorosos árboles / a los que luego dieron / el divino nombre de árbol de la vida.
Jardines de Tláloc se cierra con una celebración porque La aurora ha señalado la luz (…) a la celebración de los elegidos.
En un sentido amplio, este libro es otra estación en el largo camino que es toda existencia. Pero no puede tomarse literalmente como la continuación o consecuencia del anterior poemario de Gary Daher (La senda de Samai. Ed. 3600, La Paz, 2013). No hay tal afán de secuencialidad, de hecho, formalmente, Jardines de Tláloc supone un retorno al poema, variando el registro de La senda, donde el autor se alejaba deliberadamente de esa manera del lenguaje y buscaba una nueva dicción.
¿Es otro el camino? Más bien, es otra forma de nombrarlo, otra manera de dar cuenta de él, de atestiguar su presencia y los pasos que contiene en potencia. Se trata de voces y ecos audibles que se juntan y amoldan para mostrar un segmento de lo real, una zona de la vida (acaso la misma -siempre la vida recurre a las mismas cosas, sitios, seres, signos-) mostrada bajo otra luz.
Jardines de Tláloc cultiva la buena poesía, acertados poemas que logran su secreto cometido manifiesto: transmitir (es decir compartir) la emoción de la experiencia trascendental de la vida como una poética de su autor que, desencantado de banalidad y espejismos, sabe en qué consiste nuestro paso por el mundo.