lunes, 20 de marzo de 2017

Cafetín con gramófono

La revista de Cochabamba,
“la primera revista boliviana”




Reseña de la primera publicación literaria (y de otros temas) periódica aparecida en el país a mediados del siglo XIX.


Omar Rocha Velasco 

En sus esforzadas labores de archivista y papelista, Gabriel René Moreno estableció claramente que la primera revista de Bolivia se publicó en Cochabamba en 1852 y se llamó, sin ambages,  La revista de Cochabamba. El arquitecto, historiador y también papelista, Guillermo Ovando Sanz, ya en pleno siglo XX, se encargó de estudiar minuciosamente esta publicación sacándola de los empolvados estantes del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, en Sucre y escribiendo en distintos medios de acá y acullá un texto en varias versiones que llamó, con justeza, La primera revista boliviana.
Es interesante que la primera revista boliviana se haya publicado en Cochabamba, esto hace variar cierto ordenamiento trazado como valoración -en metáfora anatómica- del “periodiquismo” nacional, este orden procede de estudios tan lejanos (y cercanos habría que decir) como los del polígrafo Santiago Vaca Guzmán en 1883:

Durante largo tiempo el movimiento periodístico procede de Chuquisaca, centro que podia considerarse como el cerebro de la República, en el cual los trabajos de la intelijencia adquirian notable desenvolvimiento por la difusion de la educacion popular. Pero luego La Paz, ciudad populosa y próxima al litoral del Pacífico, haciendo pesar su espada rebelde sobre el resto de la nacion, le disputa esa supremacia suscitando resistencias que obligaban á dóciles gobernantes á sentar sus reales sobre u quebrado suelo, so pena de no dejarles vivir en paz mas allá de sus estrechas y tortuosas callejuelas. [Sic.]

Sea como fuere, la primera revista de Bolivia empezó a publicarse en Cochabamba el 16 de abril de 1852, con “carátula original”, prensada, grabada y estampada en la imprenta De La Unión (administrada por Mariano Alcócer) y bajo la batuta de seis jóvenes “patriotas” de la época: Néstor Galindo, José María Sativáñez, Cupertino Cruz Méndez, Eugenio Caballero, José Ricardo Bustamante y Benjamín Blanco. En efecto, estos jovenzuelos concibieron su hechura como tremenda acción patriótica en respuesta a sacudimientos y calamidades que había vivido recientemente la joven nación boliviana (gobernaba Manuel Isidoro Belzu -el “Tata”-, cuyo Gobierno se instauró en medio de gran caos y desconcierto, él mismo tuvo que enfrentar el mayor número de intentos golpistas de la historia del país, 41, una de las razones fue la molestia de oligarcas criollos que se vieron afectados por ciertas acciones políticas que hoy llamaríamos “populares”, como regalar plata a los pobres).   
La revista nació, entonces, en medio de un ambiente político caótico y tuvo como norte un precepto extractado de alguna de las miles de páginas que escribiera el poeta argentino José Mármol: “El porvenir es nuestro. Todo está en ponerse en camino”. Se pusieron en camino escuchando un llamado: “Bolivia llama hoi en su socorro todos los elementos que pueden conducir a una mejor situación: la prensa concurre a su llamamiento” [Sic.]. La labor era concebida como parte de los esfuerzos para salvar a la patria que miraba su porvenir y confiaba que “la navegación” y “el vapor unirían” el corazón de América con la vieja Europa.
Para ellos (los seis mentados) principiar una revista era llenar un vacío, Bolivia había sido un suelo rico en acontecimientos memorables “domado en su primera edad por el hierro castellano, sometido en seguida por tres siglos a su yugo i dominacion; libertado despues por el sublime heroismo de sus hijos; caminando por último los azares de una nueva organización…” [Sic.]. Los jóvenes responsables de la revista (empresarios como se autodenominaron) notaron la ausencia en los libros de alguien que dé cuenta de tantas desgracias, tantos heroísmos y tanta esperanza, por eso empuñaron las letras.  
Mucho se podría decir de los nueve números que duró el emprendimiento, sin embargo, me detengo en uno solo tópico “muy siglo XIX”, muy hijo de su época y primo de la nuestra: una teoría del buen gusto.
La mirada era optimista, sin duda, el país dejaba el caos y se podía ver el futuro a través de los binóculos del progreso, Bolivia era un suelo rico y quedaba por explorar el Oriente, con sus “magníficos” ríos y sus “fértiles” planicies que se extendían más allá de Mojos y Chiquitos. Soñar en mejores días no era estar tan fuera de tono. Se creía que había llegado el momento de pasar de la pubertad a la “edad viril”, sin embargo había que pasar una prueba, algo que muestre que el momento había llegado realmente, algo que otros países ya habían experimentado: el establecimiento de la “sociedad del buen gusto”, que tendría la capacidad de “aclimatar en nuestro suelo las costumbres de mas adelantadas sociedades” [Sic.].
Lo importante era instaurar una civilidad sustentada en valores que ansiaban convertirse en la aristocracia ilustrada del país o, en otras palabras, seguir a pie juntillas el paradigma de la sociedad culta. De acuerdo a los estudiosos de la revista, Cupertino de la Cruz Méndez, fue el más entusiasta responsable de la revista y, de acuerdo a Guillermo Ovando Sanz, fue el responsable del artículo llamado “El buen gusto”, que aparece en las páginas 61 a 66, dando orientación y rumbo a la revista.
Allí el buen gusto era entendido como la posibilidad de relacionarse con el mundo. Cultivar el buen gusto se parecía a lo que concebían como “hábito de la cortesanía” o educación del sentimiento de lo bello. La esperanza estaba sustentada en que el buen gusto penetre en el “corazón de las masas”, algo que no necesariamente concordaba con la democracia. Al contrario, era una nostalgia de la vida “cortesana”. Una frase que compendia esta perspectiva del “buen gusto” es extractada de Mirabeau: “es preciso que el hombre de mundo se resigne a hacerse enseñar muchas vezes con los ignorantes lo que él entiende perfectamente [Sic.]”. Una especie de diplomacia políticamente correcta, acompañada por cierta sociabilidad elegante y placentera. La tesis que operaba detrás de esta teoría del buen gusto era la siguiente: la sociedad influye en la “moralidad” de las personas, se debe promover una sociedad del buen gusto, culta, aristocrática, virtuosa y pacífica.
Esta es solo una muestra de lo que fue esta publicación, como todas las revistas de la época fue diversa, no en vano Gabriel René Moreno la calificó de “científica literaria e industrial” y la rememoró con entusiasmo: “El coliseo abrió sus puertas enmohecidas; llovían las visitas domingueras con frac azul; renacían la charla y el rocambor en los estrados; se organizaba la Sociedad del buen gusto para unir a las familias en los placeres de la danza, del canto y el trato cortesano, profesores, escritores, versificadores y doctores se disputaban la gloria de servir de tema favorito en los corrillos”.
La publicación de estos seis jóvenes amigos no duró mucho, dijeron que fueron objeto de calumnia y mentira que confrontaron con sus ideas iniciales, luego de resistir un tiempo con “coraje y valor”, se impusieron estas palabras de despedida que el mismo Cupertino de la Cruz Méndez escribió en el último número:
“Fuera de esto, quisimos nosotros hacer de la revista una obra nacional; pero no hemos tenido el apoyo de otras inteligencias, y nos ha abandonado también el apoyo de nuestros suscriptores. En tal estado es necesario abandonar la obra”.


Cine

Todas las cartas de amor: La La Land / Moonlight



Reseña de las dos películas más premiadas en la pasada edición de los Premios Oscar.


Bernardo Prieto

¿Cuándo fue la última vez que viste a alguien que al ser rechazado amorosamente (o al menos advertido) comience a bailar tap? ¿O que en medio de una interminable trancadera todos los conductores y pasajeros comiencen a bailar y cantar?
Esas y muchas otras dulces tonterías pueden verse en la nueva película de Daniel Chazelle, La La Land, que cuenta la historia de amor entre Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz profesional, y Sebastian (Ryan Gosling), un triste y talentoso pianista de jazz, quienes juntos tratan de encontrar el éxito y mantenerse enamorados en Los Ángeles; algo así como prometer mantenerse sobrios -en alguna fiesta- a base de beber solo alcohol. Y es que esta historia de amor comienza (y termina) con el pie izquierdo.
La primera vez que Mia ve a Sebastian este no solo tiene la caballerosidad de ignorarla sino incluso de empujarla torpemente; la última vez, solo se regalan una melancólica mirada. Y es que en medio de estos encuentros existe una de las mejores historias de amor contada por Hollywood en mucho tiempo: llena de una mirada nostálgica e indulgente de su propia tradición. Por esto mismo La La Land es una película que cae (concientemente) en la mayoría de los lugares comunes de las comedias románticas; presenta un arco narrativo clásico y previsible, pero sobre todo es una película ridícula (como por ejemplo Los paraguas de Cherbourg, Casablanca o Sunset Boulevard) es decir un filme que nos muestra los sueños, las fantasías (y ciertos delirios) de éxito, el mal jazz, el arriesgarse a amar y el arriesgarse a dejar de amar también; en fin, nos muestra los inevitables encuentros y despedidas que marcan una vida.
La magia de esta película se encuentra justamente en su falta de realidad y en su tono exagerado; se encuentra también en la natural simpatía de Emma Stone y Ryan Gosling; en la música dulce, juguetona y melancólica que compuso Hurtwitz y más que nada, en las increíbles coreografías fotografiadas en “cinemascope” por Linus Sandgren. La La Land es una fiesta que incluso el más mal humorado e intelectual puede disfrutar en el cine; es una carta de amor verdadero: es decir una película verdaderamente ridícula. Pero como nos recuerdan los versos de Pessoa: “todas las cartas de amor son ridículas / no serían cartas de amor si no fuesen ridículas”. Así que no sea ridículo y vaya a disfrutar (con quien ama) esta pequeña carta de amor.
Moonlight sin lugar a dudas es la mejor película producida en EEUU el año pasado y (como la mejor película del 2015 Ch’iraq de Spike Lee) fue producida por una empresa relativamente nueva y mediana, lo que nos dice lo mucho que ha cambiado el sistema de producción estadounidense; y por lo tanto, ahora es casi tonto dividir las películas entre independientes o de estudio. Lo más cercano a algo independiente seria una película filmada por cualquier adolescente con su Iphone (y Tangerine, una obra maestra, fue filmada con un celular). Sin embargo -entre estos dos extremos- las mejores películas se encuentran justamente en este gran espacio intermedio. Pero también esto nos dice que, a diferencia de lo que muchos piensan, vivimos en una nueva era dorada del cine; al parecer, lo que en su tiempo fue United Artist es ahora Plan B Entertainment o Amazon Studios.

Y bueno ¿Qué se puede esperar de una película que trata de un negro pobre, con una madre drogadicta, discriminado y para colmo homosexual? ¿No será acaso una obra de autoindulgencia extrema? Lo más sorprendente es que, a pesar de las posibles exageraciones y la autocomplacencia (como, por ejemplo, se puede ver en todas las cintas de Xavier Dolan), Moonlight es una película que muestra con suma delicadeza, pasión y dignidad la transformación de un niño en un adulto.
Este bildungsroman se encuentra dividido en tres capítulos, cada uno titulado con algún nombre del protagonista. Básicamente la historia cuenta la vida de Chiron, un niño pobre que vive en barrio de Liberty City en Miami; lo que vemos de entrada son algunas estampas representativas de su vida. Vemos la relación que construye con su madre, con Juan -un vendedor de droga local, con Theresa (la novia de Juan) y con Kevin su amigo y primer (y único) amor.
Existen momentos milagrosos dentro de la película; cada uno envuelto en la luz suave de algún sentimiento intenso y profundo. Por ejemplo, cuando Juan lleva a la playa a Chiron y le enseña a nadar; el tímido deseo que se revela bajo la luz de la luna entre Kevin y Chiron; o el dolor intenso y la vergüenza de saber que estás hiriendo a la persona que amas. El filme tiene un registro emocional gigantesco y es a la vez una obra de arte sutil y cuidadosa. Por eso lo más importante -y aquí la gran sabiduría moral- de la película, son las decisiones que toman los protagonistas; no su situación miserable, ni su destino adverso. Lo que vemos en la mirada de Chiron o Juan es el peso de sus recuerdos y emociones; el peso de toda su vida que, en un determinado momento, se busca constantemente en el pasado.
Moonlight logra un trabajo actoral intenso, pues la amplitud de todos sus actores es, sin lugar a dudas, sobresaliente; y una fotografía que -como cuando los niños juegan con un pelota de periódico- resulta una visión que sugiere pero -y ahí también su gran acierto- nada nos revela. En un momento Juan, después de nadar en la playa, le dice a Chiron que todos los chicos negros se ven azules a la luz de la Luna; tal vez todos nosotros nos vemos tristes también bajo la luz de nuestras propias decisiones; bajo la mirada del otro, de nuestro gran amor, de nuestros padres, nuestros amigos, etc., que nos ocultan y nos revelan.




Música

Tony Levin, una leyenda viva en La Paz

El bajista con más de 40 años sobre los escenarios conversa sobre su extensa trayectoria y sobre el concierto con The Levin Brothers que dará el 21 de marzo en el Teatro Municipal.



María José Ferrel 

Un motivo de alegría para todos los seguidores de música en el país es la llegada del cuarteto The Levin Brothers, liderado por el experimentado Tony Levin, considerado como uno de los grandes virtuosos de la música moderna.
El bajo de Levin estará acompañado de los teclados de su hermano Pete Levin, el saxofón y la flauta del experimentado jazzista Jeff Lawrence y la batería de Jeff “Siege” Siegel quienes tocarám sus temas por primera vez a 3.600 metros de altura.
“Después de haber tocado por muchos años, en serio muchos, se nos ocurrió hace apenas tres años hacer un disco”, señala Tony sobre el nacimiento del cuarteto que se inició bajo el manto de la nostalgia de los hermanos Levin por el acid jazz del Boston de los años 50.
“Ese acid jazz con canciones de melodías cortas y solos más cortos que en otros tipos de jazz. Así que empezamos a escribir nuevo material en ese estilo e hicimos nuestro disco, inclusive decidimos vestir traje y corbata en el estudio, para grabar, como veíamos que lo hacían los músicos de esa época”, agrega el músico.
La versatilidad de Levin es evidente. Tiene un amplio repertorio como front man y solista; los melómanos más radicales lo recuerdan por su participación en las bandas de Peter Gabriel y King Crimson, y como acompañante trabajó con otros grandes músicos como Lou Reed y Alice Cooper. “No tengo ninguna preferencia por ningún estilo en particular, pero me di cuenta que en la mayoría de las tocadas en las que participé en años anteriores hicimos rock progresivo, incluyendo claro a King Crimson y mi banda Stick Men”.
Pese a la imparcialidad de Levin al momento de elegir a sus favoritos, recalca que se siente afortunado por haber sido parte de proyectos importantes con “músicos fantásticos”. Y si de números se habla, ha tenido más giras con Peter Gabriel y King Crimson que con cualquier otra agrupación: “ambos proyectos implicaron un gran reto y han sido muy satisfactorios para mí”.
El cuarteto The Levin Brothers llega a Bolivia bajo la curaduría de Sala A1 Producciones, de la mano -y el oído- de Pablo Paredes quien dio ya la oportunidad al público boliviano de escuchar el trabajo de Zoe, León Larregui, Stanley Jordan, Spyro Gyra y Robi Draco Rosa.
“Esta será mi primera visita así que estoy muy emocionado por llegar y aprender un poco sobre Bolivia. Claro, me refiero a lo que puedes aprender en solo un día -pasando la mayor parte del tiempo en el teatro- pero quiero conocer a algunas personas y tratar de captar cuál es la esencia de su gente”, relata Tony quien no entiende por qué no llegó antes al país.
El próximo 21 de marzo, en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez, The Levin Brothers interpretará versiones en jazz de los clásicos Don’t give up de Peter Gabriel y Matte Kudasa de King Crimson, pero también tocarán composiciones inéditas del cuarteto y temas de su disco.
Entre las típicas preguntas, pertinentes en un país donde existe una falencia profunda en la industria musical, no quedaba más que consultar a Levin sobre cómo hace un músico de bajo en conservatorio para popularizarse y vivir de lo que hace, a lo que respondió: “es complicado eso de dar consejos. Yo todavía sigo buscando algún consejo para darme a mí mismo. Pienso que es una gran profesión el ser músico, pero probablemente es solo para quienes lo desean demasiado ya que habrán muchos momentos desalentadores con baches en el camino”.






Artículo

Un museo inservible

Una crítica contra la infraestructura cultural que el Gobierno inauguró hace poco en Orinoca.



Lupe Cajías 

La Paz, 6 de febrero de 2040

 Mi querida ahijada, te escribo en este antiguo formato que al final es el único que sobrevivió seguro después de los cataclismos que vivimos los humanos en la década de los 20 de este siglo perverso.
Me preguntas si es verdad que una vez hubo un lago Poopó cerca de Oruro y te adjunto unas fotos de aquel espejo que comenzó a secarse en una etapa de nuestra historia que quiso llamarse “proceso de cambio” y que terminó con estas aguas y con los parques nacionales y reservas forestales. Es evidente que en esos años se abrió un museo donde ahora encontraste ladrillos rotos, ventanas sin vidrios y salas cubiertas por el polvo y por el olvido. Fue un vano esfuerzo que nos costó a los contribuyentes unos siete millones de dólares, equivalentes a 20 millones actuales.
Para que te des una idea, el costo anual destinado a mantener ese repositorio, a 2017, era de un millón de bolivianos para una sola construcción en un pueblo de medio millar de habitantes, casi perdido en el páramo, y por donde no pasaban ni los arrieros. Esa misma cifra recibía el Centro Cultural Plurinacional en Santa Cruz de la Sierra para atender a una ciudad de dos millones de habitantes. Recuerdo a su director intentando ser un mago para estirar el dinero y cubrir al menos unas cuantas muestras.
Ninguna actividad cultural en el país, como los festivales de teatro, los festivales de música barroca en la Chiquitania, los festivales de jazz que duraban semanas, los encuentros de cine, recibió tantos millones como el bautizado como Museo de la Revolución Democrática y Cultural. Ya para entonces no había un peso para los otrora famosos festivales culturales internacionales de Sucre y de Potosí, tan cotizados en los años 90 del siglo pasado.
Imagínate que inventaron salas, cafeterías, bibliotecas, vitrinas para repetir un solo nombre como un eco permanente, cuando se negaron recursos suficientes al obrero David Villanueva que tantos años luchó para tener un museo en el Sumaj Orko de Potosí, en esas entrañas que significaron sangre, sudor y muchísimas lágrimas. Ahí quedaron algunos objetos que él y el sindicato recolectaron para memorizar a los mineros y a los dineros que mantuvieron por siglos a esta patria.
Más allá está Pulacayo. Sus habitantes dieron donativos y objetos para hacer un museo en la frontera y mostrar la grandeza de esa mina, lugar de la firma de la famosa tesis que consagró la lucha de los proletarios. Pero el Ministerio de Culturas contestó que no tenía fondos. Por algunos años, por el esfuerzo de algunos profesores de historia llegaron allí delegaciones de estudiantes, pero pronto todo fue inútil. Ni siquiera sobrevivió el museo casa de Simón Patiño en Uncía, a pesar de otros muchos esfuerzos particulares. Quizá hubiese sido interesante completar la historia de las minas en Oruro con ese gasto que aplicaron en Orinoca solo para la vanidad de un hombre.
Muchos de los objetos que trataban de mostrar como parte de la historia de los vencidos, la historia de los originarios, ya estaban en el Museo de Etnografía y Folklore y muchos años atrás ya una mujer, Julia Elena Fortún y otras más rescataron tejidos, vestimentas y auspiciaron festivales como el de Compi, nombre que ya tú ni conoces porque está también en el olvido.
Pobres ilusos o pobres diablos que querían hacer creer que la gente llegaría en tropeles para ver unas camisetas de futbol sudadas y una gigantografía con un jugador que en realidad nunca jugó en un equipo ganador. En los primeros meses intentaron obligar a los estudiantes a tragarse horas de polvo y frío para llegar a la supuesta cumbre del antirracismo y del anticolonialismo. No hubo que esperar un cambio de Gobierno para ver el estropicio; como era de esperar, ni los costosos materiales resistieron el silencio y la indiferencia de los turistas que aman la aventura y no las copas del campeonato en Ivirgarzama. Pobres comunarios que creyeron que todos los días serían como la fastuosa inauguración con autoridades, periodistas, bailes y tragos y que sus casas se llenarían de visitantes asombrados ante el monumento de tres módulos coloridos. Nadie les dijo del fracaso de otros intentos, inclusive más lúcidos y completos.
Aunque quedaba al frente de Huatajata en pleno lago Titicaca, por donde ingresaba el 70 % de los visitantes internacionales a Bolivia, el Museo de Pariti con los últimos descubrimientos de la cultura tiahuanacota fue poco visitado y la bella estructura financiada por los suizos quedó para unos pocos investigadores. Tampoco el de Sampaya, al lado de la famosa Copacabana, aunque tenía su hotelito comunitario. Hubo peleas entre los habitantes, acusaciones para explicar por qué nadie llegaba. Fue un intento en 2009 que quedó así, como intento, a pesar de ser tan bello lugar.
Es difícil imaginar que en medio de la pobreza y de la mortalidad infantil elevada, el municipio de Escara regaló una estatua del jefazo por valor de 4.000 dólares. ¡Ay! ¿De dónde salió ese dinero, de qué Plan Municipal de Desarrollo, qué dijo la Contraloría…? En fin. Un presidente del Banco Central, emocionado, quiso compararlo con la Casa de la Moneda, con la Casa de la Libertad, para que una fundación estatal diese dinero al perdido museo del ego.

Inútil. Todo fue en vano. Siete millones de dólares, casi ocho, al agua, mejor dicho al bolsillo de arquitectos, empresarios, sastres y funcionarios. Una ilusión, un espejismo.

martes, 14 de marzo de 2017

Poesía

Cuando la poesía une voces


Paura Rodríguez, organizadora de la Semana Internacional de la Poesía, conversó brevemente con los tres invitados extranjeros que acudieron a esta cita que se efectuó por cuarto año.


 
El italiano Emilio Coco
Paura Rodríguez 

Los poetas Federico Díaz Granados (Colombia), Rafael Soler (España) y Emilio Coco (Italia), junto a la escritora cochabambina Blanca Garnica, fueron los invitados a la Semana Internacional de la Poesía en Santa Cruz, cuya cuarta versión conccluyó ayer.  Ellos  compartieron lecturas y diálogos con una decena de poetas residentes en Santa Cruz.
En esta conversación, los tres poetas extranjeros hablaron acerca del valor de la poesía hoy en día, de la importancia de estos encuentros y de lo que conocían de las letras bolivianas antes de su arribo al país.

¿Una pasión inútil?
“La poesía es la síntesis total de la creación humana, lo que nos justifica y nos otorga un lugar para estar en el mundo con dignidad y belleza. Considero que configura esa síntesis por su inagotable capacidad de cuestionar, de sugerir, de conmover, de resquebrajar las máscaras en las que nos ocultamos. La poesía se convierte, en un mundo tan bullicioso y competitivo como el actual, en el refugio, el silencio y la necesaria lentitud”, comenta el colombiano Federico Díaz Granados (1974), uno de los poetas más importantes de su generación en Latinoamérica. 
Por su parte, el italiano Emilio Coco (1940), ganador, entre otros, de los premios “Catulo” y “Ramón López Velarde”, se pregunta “¿cómo los poetas pueden cumplir una función social, si casi nadie los lee? Yo siempre he afirmado que la poesia no es ‘rentable’ y que no va a salvar el mundo”.  “Y sin embargo –reflexiona- a esa poesía ‘inútil’ los poetas le entregamos la vida. Al delirio burocrático-tecnológico que lleva el mundo a favorecer apetitos narcisistas y autodestructivos, a la invasión de productos y discursoso fantasmas, de la palabra ambigua de los partidos, de la palabra frágil y homologada, sometida a la máquina omnívora del consumismo, la poesía opone la ‘fragilidad’ y la impotencia de unos cuantos despistados que cuentan sílabas en vez de dinero y que luchan con la lanza de la Idea contra todo lo trivial y lo nimio”.
El español Rafael Soler (1947), Premio de la Crítica Literaria Valenciana, traducido al inglés, italiano, rumano, húngaro y japonés, afirma que “la poesía es un lugar sagrado. Y lo dice un escritor que un solo poema puede cambiar nuestra vida para siempre. Y ese debe ser el noble empeño del poeta: buscar en su hondón para dar lo mejor, con humildad, con determinación, con talento”.  
 
Rafael Soler, de España
¿Y los encuentros, para qué sirven?
A esta interrogante, que muchos se hacen, Díaz Granados responde que participar en ellos “permite, además de conocer autores y nuevos lectores, fomentar el intercambio de ideas y visiones sobre la literatura actual, sobre muchos intereses comunes.  Fortalece los puntos de convergencia y crea redes de afecto”.
“Los encuentros permiten conocer el momento que vive cada país, cada región. Escribir, escuchar, crecer”, anota Rafael Soler, mientras Coco confiesa que “mi participación en esta fiesta de la poesía en Santa Cruz ha sido para mí una ocasión única para ampliar mi conocimiento de la poesía boliviana de hoy e intercambiar informaciones y opiniones con los demás poetas”.

Bolivia en el mapa poético
“En las antologías de poesia latinoamericana, la boliviana es injustamente relegada si no al olvido por lo menos a un segundo y, a veces, tercer plano. En mi antología Il fiore della poesia latinoamerica d’oggi que se publicó a finales de 2016 en la editorial Raffaelli, he intentado remediar ese desconocimiento y prejuicio, incluyendo a seis poetas bolivianos (Eduardo Mitre, Vilma Tapia, Mónica Velásquez, Gabriel Chávez, Oscar Gutiérrez y Paura Rodríguez). Pero me doy cuenta de que faltan otros”, prosigue Coco.
A su vez, Soler rememora que “hace unos años tuve la suerte de coincidir en Salamanca con Gabriel Chávez, en el XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos, y de su mano entré en la poesía boliviana. Ese año, Rafael Morales Barba había publicado un extenso trabajo en la revista Fragmenta, con el título ‘Dossier Bolivia. La poesía desconocida’ con algunos artículos críticos de gran interés; recuerdo el trabajo de Mónica Velásquez Guzmán. Al año conocí a Gary Daher, que llegó bien pertrechado de excelentes poemas”.
 Yo he sido muy curioso por conocer las altas cumbres de la poesía latinoamericana y por supuesto Bolivia ocupa un lugar muy destacado en esas búsquedas”, cuenta Federico Díaz Granados. “Debo resaltar el afecto en esas lecturas que he tenido por poetas como Ricardo Jaimes Freyre, Óscar Cerruto, Jaime Sáenz. En Colombia han sido muy conocidos Pedro Shimose, Jesús Urzagasti y Blanca Wiethüchter. Yo he tenido la oportunidad de invitar a Bogotá a dos poetas cuyas obras respeto mucho, Eduardo Mitre y Juan Cristobal McLean. De las recientes generaciones me gustan mucho Gabriel Chávez, Paura Rodríguez y una muy joven autora, Milenka Torrico, y quiero destacar mi admiración por uno de los más importantes narradores del continente, Juan Claudio Lechín”, enumera.
 
Federico Díaz Granados, de Colombia
La poesía latinoamericana hoy
Finalmente, Emilio Coco dedica una reflexión entusiasmada a la poesía latinoamericana de hoy: “A mí la poesía que se escribe en Latinoamérica me ha influenciado mucho en estos últimos tiempos. Después de más de 30 años dedicados a traducir a poetas españoles, mis intereses se han orientado hacia otras sendas. Me he enamorado profundamente de la poesía latinoamericana,   impetuosamente fresca, ágil, genuina, no viciada, como a menudo la italiana, por un estéril y narcisista exhibicionismo verbal. Pero lo que aquí me urge subrayar es que no he visto nunca en Italia tanto interés y amor por la poesía en la gente común, como en América Latina”.

Y volviendo a lo universal, Rafael Soler cavila y apunta que “actualmente la poesía puede y debe ser referencia ética, cobijo, impulso y ánimo”.  “Poesía siempre”, remata el poeta español, poniendo punto final, pero final abierto, a esta conversación. 

Sombras nada más

Coco, entre naciente y poniente


Reproducimos parte del prólogo de Vuelva pronto el verano, del poeta italiano Emilio Coco, antología publicada como primer número de Agua Ardiente, la nueva colección de poesía internacional de Plural Editores, dirigida por el autor de esta nota. 



Gabriel Chávez Casazola 

Emilio Coco (1940) poeta, traductor y antólogo italiano, ha elegido vivir en el pequeño pueblo donde nació y creció, San Marco in Lamis, al sur de su país; allí  el blanco arde y araña las paredes / que bajan empinados escalones / se pierde y disemina en las casitas / en vilo sobre el monte. / Con cartabón construido a pan y agua / se encaja y desarrolla descendiendo / hacia la mar soñada tras los bosques.
Como Coco, su poesía ha elegido morar también en las calles de la infancia; esas que bajan empinados escalones de tiempo, que se pierden y diseminan en la memoria, en vilo sobre la muerte. Y al igual que su pueblo -poblado hace once siglos a resguardo de un monasterio- luce una “ancha alameda” que divide “el casco medieval, que se encarama a la montaña, al este, y la zona más llana, donde se encuentran los nuevos edificios, al oeste”, su poesía -ancha alameda también- tiene, junto a la región del pasado orientada hacia el naciente (pienso especialmente en su primer libro Profanazioni de 1990 y en la segunda parte de Ascoltami Signore de 2012) otra zona de la vida hodierna, con la vista puesta más bien en el poniente (verbigracia en los poemas de Il tardo amore de 2008 acerca del envejecer de los amantes, y en su hermosísimo libro, en realidad todo él un poema extenso, Il dono de la notte de 2009, sobre la agonía y muerte de su hermano Michele, quien le había introducido a la poesía de los líricos arcaicos, los epigramistas griegos y los poetas latinos, sobre todo Catulo).
Estas dos dimensiones presentes en su poética: la infancia y el envejecer, resultan naturalmente imbricadas en y por una misma alameda que las contiene: la inconfundible -por su incierta cadencia y su certera ironía, por ser amargamente dulce y dulcemente amarga- voz del poeta, aquella que distingue a Emilio Coco de quienes no somos Emilio Coco; una voz que, en lo formal, traza un estilo, una escritura, donde también coexisten dos tiempos: tradición y renovación, clasicismo y contemporaneidad, como en sus endecasílabos blancos. Y esto tanto si escribe en su lengua natal como cuando se traduce al español.
No en vano hablamos de uno de los traductores de poesía más valorados y reconocidos hoy, de poetas italianos a nuestra lengua, pero principalmente de autores hispanoamericanos al italiano: comenzó traduciendo en su juventud a los poetas españoles de la Generación del 27 y amplió su abanico en sucesivas antologías, con su descubrimiento de la poesía latinoamericana de por medio, hasta publicar en 2016 una destilada antología en tres volúmenes, el primero dedicado a escritores de México, América Central y las Antillas y los otros dos a autores de la que llama América Meridional.
Hablaba hace un momento de la voz, de la escritura de Coco. Algo en ella, en su cabalgar entre los ecos del dolce stil novo, las resonancias del lirismo hispánico y algunos riesgos de la poesía latinoamericana actual, permite que las situaciones y las cosas más ordinarias, por cotidianas pero también por vulgares, e incluso las más abyectas -las secreciones de un enfermo, la flacidez de un miembro inútil, los vellos en la pierna y la piel ajada de una mujer que ya no es joven-, adquieran un aura de belleza. Y a la vez, lo que creemos más trascendental (o trascendente), más elevado, se torna, en esta poesía, menos imposible de acceder, menos inasible, menos incorpóreo, quién sabe al verse materializado por palabras.
“Creo poco en la inspiración. La asistencia gratuita de las musas no es más que una metáfora que oculta el duro aprendizaje del poeta para adquirir y dominar las técnicas de su oficio. Pese a quien le pese, la poesía no es solo un ejercicio conceptual, ni solo un juego habilidoso y simpático. Es también música, esquema métrico, sílabas y acentos. En mis poemas hablo de cosas cotidianas, de temas aparentemente menudos. Pero, en el fondo, lo que estoy deletreando son las poquísimas palabras que de verdad interesan al hombre: el amor, el deseo, la magia del recuerdo, el jardín de la infancia”, afirma Emilio Coco de su propia escritura poética.
No quiero añadir nada a esas poquísimas palabras, pochissime parole, a la par tan enormes, salvo mi deseo de que vuelva siempre el verano al jardín de la memoria de cada lector de esta muestra; tamizada por su propio autor para ser la primera entrega de la colección Agua Ardiente de poetas internacionales de Plural Editores.
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Poesía del mundo desde Bolivia

Con la publicación de la antología personal Vuelva pronto el verano, del italiano Emilio Coco, Plural Editores abre una nueva colección con el sello Agua Ardiente, dedicada a poetas internacionales contemporáneos. A decir de su director, Gabriel Chávez, esta colección viene a llenar una ausencia significativa: “En Bolivia se lee muy poco a poetas contemporáneos de otras naciones hispanoamericanas y menos aún a los autores actuales de otras lenguas. No creo que sea por falta de interés, sino por falta de conocimiento y de disponibilidad de obra. Al país no llegan los libros de poesía publicados por las grandes editoriales como Visor o Vaso Roto, ni por valiosas editoriales independientes españolas, mexicanas, colombianas, argentinas o de otros países”. 
Chávez reconoce que en los últimos hubo “algunos esfuerzos como las ediciones de algunos títulos en editorial 3600, con la que trabajamos una antología de Hugo Mujica y publicó libros de los poetas invitados al último Festival de Poesía de La Paz, dirigido por Benjamín Chávez; en La Hoguera, que sacó a luz Poesía ante la incertidumbre; y la reciente colección de poetas clásicos traducidos de La Mariposa Mundial. Sin embargo, no existía una colección como Agua Ardiente, dedicada exclusivamente a mostrar la vitalidad de la poesía en nuestro idioma y en otras lenguas en el mundo de hoy”.

Lo explica la propia solapa de los libros de Agua Ardiente: “¿Para qué una colección de poetas internacionales contemporáneos en Bolivia? Para respirar otro aire, otros aires, romper nuestra insularidad mediterránea, poner tradiciones y vitalidades singulares en un diálogo plural, en un territorio común: el de esta avidez que solo en la sed se sacia, / llama que todos los labios consume. Tal vez lo maravilloso de la poesía es que no tiene utilidad conocida, en el sentido en que puede tenerla una tekné, un saber, un oficio. ‘Yo soy la que soy’, puede musitarnos o clamarnos desde su zarza ardiente. Volviendo a Gelman, lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío / en las más raras circunstancias. La poesía, como toda locura inspirada, es porque sí”. [N. de E.].

Narrativa

La angustia de lo irreversible

Entrevista –salpicada por brevísimos comentarios- a Rodrigo Fuentes, autor de Trucha panza arriba, el nuevo libro de cuentos que acaba de lanzar El Cuervo.



Martín Zelaya Sánchez

Hace algunos días Maximiliano Barrientos comentaba un libro en un tuit y decía algo así como: “está tan bien escrito que casi ni sé de qué trata”, una exageración, claro, para alabar la impecable técnica y estilo. Trucha panza arriba, del guatemalteco Rodrigo Fuentes, es un libro muy bien escrito y sus temas ejes no solo son claramente identificables, sino que dicen mucho, valen mucho per se.
Es este emergente autor contemporáneo de bolivianos como el propio Barrientos, Liliana Colanzi o Rodrigo Hasbún, por mencionar a solo tres de los protagonistas de una renovada generación de la narrativa latinoamericana que en el último lustro -quizás ya un poco más- de la mano de una decisiva irrupción de editoriales independientes, cobró protagonismo en medios especializados, ferias del libro, festivales y encuentros.
Fuentes, como los más destacados de estos autores Sub-40, logra dos de las cimas que los caracterizan: un lenguaje extremadamente puntual, conciso y de técnica casi impecable, y un universo narrativo tan amplio, como personal e intimista; es decir, que sin encasillarse en tendencias, temáticas o subgéneros, parte eso sí de las más introspectivas experiencias del autor.
Rodrigo Fuentes, que el pasado miércoles presentó en La Paz su libro de siete relatos (El Cuervo, 2016), responde a algunas de las inquietudes que despertó la lectura de Trucha panza arriba.

- Pienso en la palabra angustia, antes que temor, para tratar de identificar esa presencia que trasciende el libro: la angustia del campesino infiel, del padre alcohólico, de Ubaldo y, claro, de Henrik.
- Creo que la angustia, por sí sola, es un recurso narrativo, ya que obliga a los personajes que la padecen a plantearse ciertas preguntas importantes: ¿cómo llegué hasta aquí?, ¿cómo salgo de este embrollo? o, ya de plano, ¿de qué sirve todo esto? Me gusta que la angustia provoque reacciones viscerales haciendo que la razón se vaya muchas veces por la borda. Los personajes que se aferran a ese delgado hilo que es la esperanza, especialmente cuando ya vislumbran el fondo del barranco, me atraen.

- Llama la atención la contraposición campo-ciudad. No solo en Guatemala -por lo que veo- o en Bolivia, sino en Latinoamérica toda hace ya varios años que lo urbano se coló con fuerza en la literatura; algo, por otro lado, natural dado el devenir social, pero al mundo rural, por supuesto, no se lo puede dejar del todo del lado.
- Más que enfocarme en el ámbito rural, lo que me interesaba era trazar el itinerario de un personaje -Henrik- que transita entre ambos mundos con desenvoltura. Esto lo logra gracias a su calor humano, a las experiencias de vida que ha tenido y a cierta ceguera que le permite evadir realidades jodidas. Hay brechas muy grandes entre la vida del campo y la ciudad, inequidades muy marcadas entre ladinos e indígenas, pero tampoco me parece interesante ni riguroso presentar una división binaria entre ambos mundos, como si no existieran vasos comunicantes, al menos en mis cuentos.

[Valga aquí unas líneas para Henrik: entrañable personaje, muy bien logrado. Cuando uno se imagina al protagonista de un cuento no solo con un rostros y postura definidos, sino que casi adivina sus pensamientos, sus reacciones, está claro que el autor logró una construcción adecuada. Sin casi emplear descripciones o adjetivaciones explícitas, Fuentes pinta a carta cabal a este beautiful loser. Y no pocos otros pesronajes se quedan atrás].


-¿Leíste a Liliana Colanzí? ¿Dime si no admites ciertas semejanzas en algunos de sus cuentos en este manejo de lo rural-urbano?
-He leído a Liliana con mucho gusto desde hace varios años, y creo que un cuento como Chaco, de Nuestro mundo muerto, juega con estas divisiones desde una perspectiva sumamente interesante y novedosa. Además, la primera oración del cuento es tremenda.

- Quiero destacar tu habilidad para darle fluidez y naturalidad a la narración, en especial a los diálogos. Noto que predomina el uso de la primera persona -al menos en cinco de los siete relatos-, ¿te sientes más cómodo implicándote (o implicando a tu voz narrativa) de esta manera con los personajes?
- Aunque en Guatemala se encuentran grandes relatos en cada esquina, me cautivan sobre todo las voces que los cuentan. Hay mucho humor, hay un sentido del ritmo y del suspenso, y un cuidado, aunque sea informal, para dar con la palabra precisa. La primera persona permite cierta inmediatez, la ilusión de la sinceridad, pero también un trabajo con la cadencia que, como lector, me atrae mucho. Una cadencia bien trabajada me puede arrastrar sin respiro por todo un cuento, y es algo que también intento lograr cuando escribo.

- Vives en EEUU y tienes llegada a México y otros países con fuertes posibilidades de difusión, ¿qué te llevó a escoger a El Cuervo para que co-edite tu libro? Y a propósito, espero que tu llegada al país te sirva para profundizar conocimientos sobre las letras bolivianas…
- El catálogo de El Cuervo me parece excelente, por lo que fue un honor y una alegría saber que Fernando estaba interesado en publicar el libro. Podría decir que me interesaba que los cuentos circularan entre lectores bolivianos y sudamericanos, o que estaba orgulloso de que el libro apareciera en una editorial como El Cuervo en un momento en que la literatura boliviana tiene un auge que ya es un lugar común. Además, como guatemalteco he sentido una conexión especial con Bolivia desde hace diez años, cuando visité el país por primera vez. Todo esto sería verdadero pero impreciso: el libro sale con El Cuervo porque sí, por esas conexiones azarosas que simplemente agradezco.

Si algo hay que agregar es que en el breve pero intenso libro flota claramente un concepto tangencial: la idea de lo irreversible, de la inminencia, de lo inevitable… Sin casi alcanzar a darse cuenta, el obrero que protagoniza el primer cuento –que le da título al libro- pierde a su mujer y a sus cuatro hijas por una insulsa aventura a la que cayó, valga la redundancia, casi sin darse cuenta, nada más que por responder mensajitos y comentar memes por celular.
Así también -explosiva, instantánea- se le presenta la “nueva vida” a Mati, un alcohólico que aún no sale del pozo, pero que debe ya lidiar con la responsabilidad de recibir a su hija los fines de semana. Ni el delirium tremens supera el vacío que tamaño desafío le provoca. Por solo comentar sumariamente dos de los mejores relatos.