lunes, 20 de febrero de 2017

Crónica

Ciao al amor, Marianne



Esta vez la crónica-ficción de Rodas, además de la infaltable saudade, lleva un inconfundible tono y acento italiano.


Hugo Rodas Morales 







Dos modos de considerar la utopía: por lo que en ella 
parece realizable o como capacidad de desear una 
vida distinta, (…) que nos libere por dentro para 
hacernos capaces de liberarnos por fuera.

“Sobre Fourier”, en Punto y aparte. Italo Calvino


Ya no podrás decirme Marianne, que mis mensajes te resultan conmovedoras palabras provenientes de la isla de la utopía; prolongar esa alergia emocional de finales sin principios de tu último email: “Las cosas, como sea -escribiste, no era necesario más- empiezan y terminan; yo suelto rápido lo que no me gusta, lo que no está claro”.
Que te escribo ahora bajo la influencia de drogas sería inútil negarlo. Me circula la peor, la música, esa que -como Lenin comentaba a Gorki y recalenté para ti- induce a acariciar la vida mundana en vez de golpear a la cabeza de las gentes, como haría una revolución cultural en forma, sin un Mao que la atempere, una que el populismo antiintelectual latinoamericano no, no y no está en condiciones de imaginar… Tangos y milongas, para ser más preciso, dime tú, embebida como estás por origen de esto, si no hay algo más morfinizante.
En esas estaba, cuando te viera como fondo de lo que declarara el protagonista de Tornatore, en La corrispondenza (2016) a su Amy ficticia: “Ni siquiera podemos entender la verdad del amor”. Me recordó, a tantísimos años de vista, la supercomputadora HAL 9000 de Kubrick en su 2001. Odisea del espacio (1968), ocultando su peligrosidad: “Estoy medio loco por tu amor”. Tales alusiones al amor platónico, en la línea de Fourier, mentalmente libre a la vez que básicamente candoroso, me despertaron, en contragolpe, a la realidad.
El amor, claro, no existe sino como deseo de que exista. Eso en el común de los casos y en el nuestro, Marianne. La nuestra es una historia de amor aunque más de una -la Otra, siempre terrible- diga que no, que no bastan Platón ni Fourier si faltas tú; que ando invariablemente distraído por ti y tú variablemente distraída con cualquier otra cosa. Este chau que te parecerá de saludo leyéndome, mientras a mí me siguen lloviendo certezas de esas que no se encuentran buscándolas, es algo más que los pasos, ¿cómo dirías?, “superagradables”, los estremecimientos derivados de ese tatuaje, en la zona esa, que te recordará aquello, Marianne.
Con todo, como insistencia poética mía no está tan mal; flamígera y dulce violencia de estrellas espinosas plantadas como símbolos de una soledad inmensa. ¿Entonces, no amor sino narcisismo lingüístico? ¡Oh, la verdad y la comunicación clara! La comunicación humana -perdóname que te lo refriegue por nosecuantísima vez- se logra entre sobreinterpretaciones distintas del mismo mensaje. Por eso entiendo por qué en medio de mi propia claridad sobre lo no claro, hasta el final, a pesar de decírtelo con la más italiana de mis manos, en gota de desesperación debajo de la barbilla, rompías mi inspirada filípica llorando, porque no nos entendíamos “de verdad”. Pero attenzione Marianne, pon aquí el ojo de la interrogación a eso de tener el objetivo claro: ya no se trataba solo de mí; si acaso leyeras Los amores difíciles, de Calvino lo entenderías a la primera; sabrías que la variedad de “hormiga argentina” es la más difícil de eliminar porque los amores ridículos son los verdaderos. Sabrías.
Es cierto, coloqué acentos y puntos a tus íes, te pinté con colores tan ajenos a los de tu elección -pero, ¿quién te dijo que elegimos, quién?-, tanto que al amarlos gratuitamente, al ponderarlos, obraron más allá de mí. Esas palabras te rehicieron con un equívoco nuevo, con puntas de malentendidos más reales que las que habrás compartido con un amigo, intercambiado con una amiga, concedido a un amante, sacrificado a un amor, Marianne. Por esas incursiones nada superficiales en lo tuyo, un idioma extraño aunque pariente latino, fue gesto y naturaleza no sometida por el miedo a los afectos humanos:

La delicadeza del francés regalado a tu boca:
            ábrela Marianne, pas comme des animaux
como promete la playa de tus días a la noche pensativa de mi pasión,
            pas comme des animaux.
Siempre y jamás que arrastran mis labios por tu costado izquierdo
             pas comme des animaux;
de frente para hablar con tu ombligo y por atrás escuchándote,
   musitando: pas comme des animaux.

¿Más ejemplos de lo que llamaras “nuestra incomunicación”? Recuerda entonces que el giro de una ocurrencia deviniera en 180 grados de atención compartida, cuando viajando en transporte urbano te propusiera observar expresiones de ternura de los padres hacia los niños, mayores a las de las madres -y una hipótesis alternativa que no se me ocurriera, la del “índice proporcionalmente relacionado a la afectividad superior femenina, regulativa del amor cotidiano, respecto a la masculina expresada por excepción”-. Entonces, sin tiempo para pensarlo, para que lo rechazaras Marianne, miramos -¿seguirás diciendo “estadísticamente”?- en la misma dirección, comulgando en un “sí, parece que sí”; metalenguaje de antenas y arrobo sincrónico, que debió parecer al observador común otra prueba de estupidez compartida.
“No hijos, no matrimonio, no vida en pareja” –apuntaste-, mientras te decía: “Sí hijos, sí matrimonios (sic), sí vida emparejada”. Por todo, lo que te sigue pareciendo coincidencia y ha sido de algún modo corrispondenza, queda abierto como pregunta. No diré como en el filme de Tornatore, que “estuvimos juntos incluso cuando la distancia nos separó”; más bien pondré en pasado lo que Cortázar en el metro de Buenos Aires: “Solo nosotros supimos estar distantemente juntos”. No es igual, aunque Cortázar no te cope.
Ahora que ya es de mañana y voy por la nueva línea de buses directos desde la Facultad de Filosofía de la UNAM a la zona cultural ídem, me sucede que todo es menos real que cuando imagino que estás conmigo: si subo al bus, realmente y solo, pienso tan intensamente en ti, como no logro hacerlo imaginando que estás, resultado de lo cual ya no es posible disfrutar nada, de ninguna manera. Ahora tu luna se siente anormalmente cálida, bañada de luz mexicana, ahora que mirando desde el borde final, cuando te escribo ya a punto de saltar, me doy la vuelta para decirte: ciao Marianne, ciao.


Poesía

Esos rituales de la carne


Reseña de Eucaristicón, poemario con el que Edgar Soliz Guzmán ganó en 2014 el Premio Edmundo Camargo.



Mónica Velásquez Guzmán 

La encarnación de Dios en Cristo es conmovedora sin que en ello medie la fe. Una grandeza asentada, humanizada y, por ello, vulnerable, sin duda hace entrañable y presente a ese gran ser sin nombre ni cuerpo. En la literatura, esa aparición ha provocado mucha tinta y no pocas veces, sobre todo en la literatura homoerótica, se ha mirado la pasión en términos analógicos a otras pasiones más sexualizadas.
En el libro de Edgar Soliz (Cochabamba, Premio Municipal de Cultura Edmundo Camargo, 2014), esta encarnación profana toma matices desafiantes al pensamiento, la percepción y la palabra; pues cómo dimensionar la perfección perecedera, cómo sentir tocante y tocada la divinidad del Padre, con qué palabras acercar su piel a los labios…
Si Dios hizo al hombre a imagen y semejanza, un amor homoerótico devuelve una curiosa, espejeante imagen que duplica el gesto: amar no lo semejante sino al semejante, que de tanto parecerse, puede acabar siendo uno mismo. Cristo, en el huerto de los olivos, implora a su padre un saber (por qué y cuándo) y una piedad (aparta de mí este cáliz); la voz poética, situada en el huerto de las esperas, a su vez, solicita ser alejado de otras copas más silenciosas, enigmáticas y humanas. Si Dios mira, suponemos, el dolor del hijo donde él mismo ha encarnado, esta voz hace consciente que “haces de este huerto el miserable lecho de la escritura”. Desde allí inicia una muy compleja yuxtaposición de planos en la que el Padre deviene el amante ausente, el deseo espoleando, el destino despiadado, la escritura del sino más radical: ser cuerpo aguardando su confirmación en otro cuerpo. Se afirma una “disputa por el cuerpo inasible” que es, simultánea y en distintos planos, el divino, el amado y el mismo amante. La promesa se desplaza del paraíso a la “carne prometida” y allí las cosas se hacen más difíciles de desentrañar.
Por una parte, es o podría ser la misma divinidad que anhela cuerpo (recordemos la hermosa novela de Kazantzakis en la que Cristo sueña con la última tentación: ser solo un hombre); por otra, la gran promesa divina sería la de tener cada uno un cuerpo aliado, amado y compañero. La “evocación”, el “simulacro” y la “revelación” aparecen como partes de un rito que no deja de solicitar carne, sea ésta la de un dios cercano, un padre contenedor, o un amante ardoroso. En el sueño se delatan los deslices: “el coito que corona el amor del padre. / El semen que supura mi alma perdida”. En ambos planos, a imagen (poética) y semejanza (física), el abstracto amor paterno corona en cópula; el deseo del hijo se desata en un desborde que expele el alma “perdida”. ¿Dónde se hallan estas masculinidades?, ¿en su dar-se?, ¿en un derrame de sí?
Y del huerto debemos saltar a la ciudad, espacio que multiplica el sacrificio y la pasión. En ella “toda la indolencia humana inunda [¿e inmunda?] la materia de mi fe”. Apenas sucedido el encuentro sexual, el amado es “expulsado” “a la corriente de la multitud despedazada”. Ya se sabe que uno de los grandes dolores del desamor es volver a la indistinción, después de que quien amó abandona al amado y con ese gesto niega su singularidad. La ciudad, cómplice, “vacía su podredumbre”. Cabe resaltar que desde una óptica masculina todo se derrama: el yo, su deseo, su semen, su rezo; dios en su hijo, en su ausencia, en su crueldad; la ciudad en su nada.
El curioso amor de un padre que sentencia de humanidad al hijo se duplica en la declaración del amante: “confío la devoción paternal que le tengo a tu amor”. ¿Qué es una devoción paternal?: ¿una condescendiente o una incondicional?, ¿una sentencia cabal o una carne sacrificada para su liberación de la muerte?, ¿un “oráculo consumado” o “una carne atravesada”? Nada de este afecto pasa sin la corporalidad, pero tampoco sin marcar en ella el “estigma” de lo humano o de lo divino necesitando lo humano para aparecer. Después de todo, en esta dupla del semejante uno “contempló su imagen en la pupila ajena”, así comprueba que existe y que es amado. Pero el amor se teje de ausencia, de la fabulación que sucede a la retirada, de la heroicidad con que se fragua la reconquista; en fin, el amor oscila entre estar y ausentarse. De este modo, quedan dos sitios ceremoniales: la desmemoria (“porque ninguno de los dos recuerda quién es el verdadero hijo del padre”) y la herida.
En el amor de la semejanza (humano o divino) los roles se alteran y alternan; el origen se hace descendencia y viceversa, se ama en reversos que no se repliegan, se ama en espejos. De tal amor se desprenden “una presencia ambigua [que] desborda el vacío”, un rostro cuyo rictus remite al dolor o al éxtasis, unas “manos heridas [que] resuenan en la palabra escrita”. Esa presencia aunque cobija e “intenta descifrar el curso de mis heridas”, “se devora a sí misma”; es decir, amorosamente se da perdiéndose a sí y, a la vez, perdiendo al otro dentro de él. Al tomarse, los amados unen sus seres cuerpo a cuerpo, se abren en esa herida y en ella tocan la epifanía de saber en esa carne lo más sagrado y lo más ajeno, en esa carne su pérdida y su triunfo, en esa carne la semejanza por la cual uno se puede también volver a amar a sí mismo.
Radicalmente, desde una escritura cómplice de imaginarios ya habitados por la corporalidad en las obras de Camargo, Orihuela, Whitman o Lamborghini, Edgar Soliz toca y pide tocar, a lo Santo Tomás, la carne del padre y la carne del amado. Pide la carne de la escritura e instala en ella “el deseo de esos dioses que devoran la otra carne”. ¿Qué queda, pues, sino entrar en el sitio de las ofrendas, cada quien y a su modo, en su cuerpo y en su ausencia?


Reseña

Soberana sin escolta



Texto leído durante la presentación, la semana pasada, del poemario Tania en flor (Plural) de Sulma Montero.


Marco Montellano 

En su didáctico ensayo, Cómo leer un poema, Terry Eagleton plantea que “no todas las declaraciones críticas tienen que consistir en un qué en los términos de un cómo, mas se puede afirmar que el acto prototípico de la crítica es exactamente ése”.  Esto, continúa el crítico inglés,  parecería más cierto para la poesía, género literario que se podría definir como aquél en el que forma y contenido están íntimamente imbricados. La poesía revelaría la verdad secreta de un escrito literario: la forma es constitutiva del contenido y no un mero reflejo de este.
Percibir el qué del contenido en los términos del cómo no significa necesariamente verlos como una unidad armoniosa. Se trata más bien de atender a la construcción del objeto, a cómo se enlazan las vigas del artificio y si este es logrado, con mayor o menor destreza, trabajo, entrega, y algo de la suerte que robustece a la intuición.
Partiendo de esta idea básica, me detendré en algunos aspectos de Tania en flor, el poemario de Sulma Montero. Se trata de 18 poemas cortos de versos breves -salvo los dos últimos, presentados en prosa preciosista y concisa-, que producen efecto poético en el matrimonio de su simpleza formal con la intensidad mística, sagrada y sensual, de su contenido. 
Volviendo a Eagleton, podemos afirmar que un poema constituye las cosas mismas de las que trata, que se curva sobre sí mismo. La palabra que define este proceso es “ficción”. En el poemario de Montero, esta se crea sobre el autorretrato desnudo y el convite generoso a participar de las reflexiones -íntimas a la vez que cotidianas- de un personaje: Tania, quien está en flor, es decir, tiene un cuerpo y tiene una voz, ambas materializadas en las páginas de libro: lo primero en los dibujos, lo segundo en las palabras.   
Se nos presenta físicamente a Tania mediante cinco dibujos a lápiz que nada tienen de ornamental. Todo lo contrario, mediante ellos se nos da rasgos inequívocos del personaje que nos habla. La cantidad de líneas achuradas que la rodean o componen nos transmite -otra vez con una simplicidad que en realidad es transparencia-, sus estados de ánimo, su emotividad. Tania tiene un cuerpo sexuado. Cuando se muestra desnuda desaparecen las facciones de su rostro, ceden ante labios y flores que adornan su vientre, que crecen en sus extremidades. También aparece vestida… pero sobre ello no es necesario que yo diga nada, pues ella misma lo explica en su poema 17: “Abro mi ropero y veo las prendas que amo, las acaricio y noto que son mías por la forma en que se mimetizan en mi cuerpo”.
La voz poética también se define a sí misma en el ejercicio de la escritura. Ejemplifico con fragmentos del poema 8: “Busca la profundidad / fue la consigna / de mi ascenso / hacia la cumbre (…) Acuática y floral llegué a la cúspide. (…) Ahora soy una mujer / que adivina el sueño / de la tierra / y tiembla / de amor”. La voz poética realiza una declaración estética y  ontológica, de su condición de mujer. En Tania… la individualidad del ser femenino predomina, es cálida, exultante a momentos.
Quizás porque tengo la suerte de estar estudiando la poesía de Jesús Urzagasti -es decir, a riesgo pleno de mi subjetividad lectora-, lo intuyo en el tono, en la sensible emotividad y en los silencios preñados de sentido de algunos poemas de Tania en flor, como el que sigue: “Al fondo de los rayos de miel dorada / un paisaje inagotable me embriaga. / Expande su perfume floral el alba / asciende el día de belleza anaranjada / y en el lago de sombras azuladas / siento el aliento secreto de mi alma”.
Esta relación, no obstante, no se me presenta en términos de influencia, puesto que la impronta en la poesía de Sulma es nítida, femenina y personalísima. Quizás, tanto en la literatura como lo fue en la vida, veo en esos versos un sentido de comunión: comunión en la contemplación gozosa y trascendental de la naturaleza, siempre desde dentro de ella; comunión en el respeto y asombro por el misterio sabio del silencio.  
La poesía nos concedería la experiencia efectiva de ver que el significado toma forma como un proceso, en vez de presentarlo simplemente como un objeto acabado. El libro que tengo en mis manos nos entrega con honesta generosidad ese proceso vital y creativo llamado Tania, una mujer que habita en su cuerpo y es dueña de las palabras que la constituyen:

                                   En la brisa de esta noche
                                   todo es indescifrable.
                                   Tu ser misterioso
                                   se ha posado en mí.
                                   Ahora nada me es ajeno
                                   Mi intimidad reina.

                                   Soy una soberana sin escolta.

Ensayo

Sangre y sed, una introducción

Un extracto del extenso texto introductorio de la antología de cuentos y crónicas sobre la Guerra del Chaco, compilada por Tellería, y que 3600 presentó el pasado miércoles en La Paz.



Paul Tellería Antelo 

Las palabras, como acto de conjuro, limpian la hostilidad y también se estremecen por las ráfagas de muerte que narran, por el dolor verbal que dejan a su paso. La palabra sana, la palabra infecta, la palabra llena de espanto, la palabra de sed y sangre es la que habla de la guerra.
En esa medida, lo bélico en el campo de la literatura, más allá del registro histórico, se sostiene a partir de la memoria colectiva. Su andamiaje está hecho de los retazos que recoge el escritor, de lo que leyó y escuchó que fue la guerra, e inevitablemente el paso del tiempo hace que “la obra” se vaya difuminando y deformando narrativamente, dando lugar al nacimiento de otra historia: “la ficcionada”. Quien decida escribir sobre lo bélico debe asumir el riesgo que implica enfrentarse al eco lejano de las balas. En ese sentido, la creación de un narrador ajeno al conflicto se gestará desde la imposibilidad del recuerdo físico, convirtiéndose en la evocación desde la cicatriz de la palabra y nunca la del cuerpo. (…)
Sepa entonces el lector de Sangre y sed que cualquier intento en estas páginas de reflejar el espanto que habitó hasta la muerte en los combatientes de la Guerra del Chaco entraña de por sí un fracaso. Por eso, quizás las escritoras y los escritores que dieron vida a este libro sean una pandilla irreverente que, 84 años después de iniciado el conflicto, tuvo el atrevimiento de repetir, desde algún lugar de la memoria prestada, las voces de excombatientes y el ensordecedor reclamo de la muerte no pedida. (…)
Quiero creer que este libro será algo así como un puente verbal entre vivos y muertos, un intento de reconciliación desde la ficción, como anhelante formula narrativa para recuperar de la oscuridad a los hombres y mujeres que, en cuanto protagonistas del conflicto, fueron acto y no ficción. (…)
Cabe aclarar que esta antología no es una compilación de lecturas sociales o históricas sobre la Guerra del Chaco, interpretada como la chispa para la incipiente construcción del nacionalismo post liberal. Este es un proyecto literario y, como tal, corre el riesgo de no ser del todo verídico respecto a acontecimientos reales, sin embargo reclutó a quienes, más allá de las medallas que llevan en el pecho, fruto del combate en el campo de la palabra, sin exclusión han bebido del “pozo verbal” de la postguerra; aquel del que, como decía el poeta “nada se sabe, pero las palabras se conjuran hostiles, chillan y se acuchillan”.
Veintiocho textos de veintitrés escritores y cuatro escritoras que se sumergieron voluntariamente, desde diferentes movilizadores individuales, en el reflejo del pozo real del Chaco, aquel del que poco conocen y, sin embargo, decidieron beber sus aguas a riesgo de contaminar su tinta de pus y muerte, resolviendo conjurar en sus textos el horror y, por qué no, el amor y el olvido. (…)
La antología Sangre y sed está estructurada en tres secciones: Campo de Batalla, Periferia y Lejanía. A modo de contrapunto, entre la evocación generada desde el terreno de la ficción y el recuerdo real de los hechos, también se incluye una sección de crónicas basadas en historias reales, así como la transcripción del testimonio y cartas de combatientes. Como toda estructura del recuerdo, las fronteras entre secciones son frágiles y se confunden; la batalla se narra desde la trinchera como desde los recuerdos vívidos y llenos de horror de años después. La mirada periférica, esa que bordea la guerra, se teje desde el temor, el amor y la añoranza ante el absurdo de la guerra. Finalmente, en la lejanía se encuentra la presencia repetida hasta la muerte del estruendo del mortero, del grito desgarrador de la muerte, del sueño evocando la pesadilla del combate, una y otra vez, una y otra vez…

I Campo de Batalla
Campo de Batalla reúne once cuentos, cuyas historias se basan en episodios concretos de la guerra. En todos los textos se repite la narración del horror de lo bélico, desde los mismos referentes, históricos en relación al conflicto. En esa medida el desconocimiento del terreno, la enfermedad, el cansancio, la sed y el encuentro con la muerte confluyen, desde una u otra mirada, en cada uno de los cuentos.

II Periferia
Cuando uno bordea algo que duele o rechaza, lo hace de diferentes formas: tomando distancia, resguardándose, cuidando de exponerse innecesariamente a lo que arañe por dentro. Geográficamente el espacio entre lo evitado y la zona de seguridad a veces es corto y otras no tanto. Quien mira desde el borde toma partido desde la periferia, por una idea o una visión diferente de quienes se encuentran en el círculo de la batalla, o, en su defecto, actúa como actor o actriz de reparto, ya que duele menos y esperanza más. Los seis cuentos que forman esta sección hablan de los bordes de la guerra, desde los más cercanos a los más distantes, construyendo lo que pudo haber sido el otro lado de conflicto, aquel del que hablaron Cerruto, en Aluvión de fuego, y David Villazón en Rodolfo, el descreído, por nombrar algunos.

III Lejanía
En Lejanía se habla de aquello que permanece presente y “es” en quien ha combatido, en los hombres que volvieron de la guerra dejando el alma en la trinchera, en los muertos vivos que solo buscaron dormir en paz y nunca lo lograron, en los hombres que en la vejez permanecieron horas al sol escuchando boleros de Caballería, como si en la repetición de Sara o Despedida, de Adrián Patiño, o Caballería que viene, de Alfredo Aguirre, volvieran al Chaco y se re encontraran con la tropa, “la banda de amigos”.
Lejanía, sección compuesta de nueve textos habla de eso y más. Cuenta la sensación del soldado que no puede salir de la guerra, habla del encuentro con las raíces de los nietos atraídos por los secretos del abuelo ex combatiente. Habla del homenaje al padre que fue héroe y volvió incompleto.

Lejanía y la sección Crónicas cierran Sangre y Sed  enfrentándonos con el efecto implacable del paso del tiempo, que tarde o temprano hará que todo se evapore y disipe, en aquellos que no vivieron la guerra, convirtiendo a la memoria de la guerra en el eco lejano y tangencial del recuerdo, de algo que pasó, y los que narran las historias de este libro no sabrán exactamente cómo fue ni por qué, pero que no por eso ha dejado de hablar.



Artículo

Cuando el primer objetivo es saciar la sed



Una reseña del emblemático cuento de Augusto Céspedes, incluida en el libro El cuento latinoamericano en el siglo XX, del escritor uruguayo Fernando Chelle.


Fernando Chelle 

De Augusto Céspedes analizaré el relato titulado El pozo, perteneciente a su libro Sangre de mestizos. Libro y cuento, considerados “joyas insuperables de la literatura de postguerra”, por el Cervantes paraguayo, Augusto Roa Bastos.  
En el libro de Céspedes, y en particular en el cuento El pozo, conocemos las características de esa tierra inhóspita de clima caliente y seco, despoblada, cubierta solamente de bosque autóctono, donde se carecía de agua dulce y por tal razón el acceso a pozos y lagos pasaba a ser estratégico para la guerra.

La configuración estructural
El texto se encuentra dividido en tres partes, encabezadas por números romanos la segunda y la tercera, no entiendo por qué no la primera, si es que ha sido un descuido de Céspedes o qué, lo cierto es que no aparece numerada. La primera parte abarca la explicación que hace el suboficial boliviano Miguel Navajo de su condición actual y la decisión de darnos a conocer la historia de un pozo, escogiendo algunos pasajes de su diario personal. En esta primera parte del relato se citan diferentes días del diario, que muestran cómo es la vida de unos sacrificados zapadores en medio de un lugar inhóspito, sin agua, donde viven acechados por el sol y el polvo. Se cierra la primera parte de la narración con la referencia al hallazgo de un pozo, elemento que será el centro de interés del segundo momento. La segunda parte del relato, la más extensa, comienza el día 2 de marzo. En esta parte conoceremos de cerca las desdichas y esperanzas de un grupo de soldados bolivianos en torno a un pozo estéril del que buscan inútilmente sacar agua. La tercera y última parte del relato, que cita únicamente la fecha del 7 de diciembre, cuenta el sangriento y desdichado desenlace en torno a la defensa de un pozo estéril e inútil, como esa propia guerra.

Líneas generales del argumento
El relato contiene la reproducción de algunas páginas escogidas del diario del suboficial boliviano Miguel Navajo. En el comienzo de la narración, desde un presente, Navajo nos cuenta de su estado actual, nos dice que lleva 50 días con avitaminosis beribérica internado en el hospital de Tarairí y nos informa que estuvo dos años y medio en campaña. Aclara que a pesar de padecer esa enfermedad y de haber recibido un balazo en las costillas el año anterior, no ha podido lograr que lo liberen y lo envíen de regreso a La Paz. Como se aburre de su situación en el hospital, Navajo se pone a releer su diario y decide ofrecernos, a nosotros los lectores, algunos pasajes escogidos, “exprimidos”, de lo que allí se encuentra.
A partir de esa decisión notamos un cambio de tono en el relato, se abandona la primera persona inmediata, próxima a la oralidad que se venía dando en el discurso de Navajo y pasamos a conocer lo que dicen las páginas del diario. Allí, el militar narrador, en primera persona, cuenta las anécdotas que se suscitaron a lo largo del año 1933 alrededor de la excavación de un pozo. Los personajes, incluido el suboficial narrador, forman parte de la línea de zapadores, soldados que se encargan de abrir caminos en la espesura, tender puentes o excavar zanjas. De manera que, más que la referencia al enemigo, o a las batallas que se estaban dando por esas fechas en la guerra, la referencia constante en el relato es a la sed, la verdadera enemiga de esos hombres.
Después de recibir la orden de un teniente calificado como “rubio y pequeñito”, de que hay que buscar pozos, los soldados encuentran un “buraco” antiguo, de pocos metros de profundidad, que alguien, no saben quién, comenzó y abandonó. Deciden continuar excavando sobre aquel hallazgo, con la esperanza de encontrar agua, de manera que el pozo, poco a poco comienza a ganar profundidad. Por un momento, la esperanza se afianza en los soldados porque encuentran barro, pero solo resulta ser una capa de arcilla húmeda, más abajo, lo único que encuentran es tierra y más tierra seca.
Veinte, treinta, cuarenta metros y nada, el pozo pasa a ser la verdadera guerra de estos soldados, mucho más real que la que se libra en la superficie. En la profundidad, los hombres pierden la noción del tiempo, solo sobreviven con sed en una oscuridad perpetua, hasta que algunos comienzan a delirar y a desmayarse por la asfixia. En determinado momento, los paraguayos se enteran que los bolivianos tienen un pozo, lo que desconocen es que está seco. Esto los lleva a atacar, quieren adueñarse del pozo y por ende del agua. Los bolivianos defienden al pozo como algo precioso, como si no fuera estéril y realmente contuviera el preciado y salvador líquido. El combate por el pozo vacío dura cinco horas y deja un saldo de trece muertos entre ambos bandos. Ese enfrentamiento inútil, por un pozo inútil, podría funcionar como una gran metáfora de lo absurdo de esa guerra. La tierra seca y estéril, se termina tragando la vida de aquellos hombres.

Una breve reflexión final
Indudablemente lo que se propuso Céspedes con este relato fue mostrar la inutilidad y el sinsentido de la Guerra del Chaco. Ese pozo seco, que para lo único que sirvió fue para sepultar a los soldados de ambos bandos, sin duda que es un gran símbolo de esa inutilidad y de ese sinsentido. A la batalla que se libró por el pozo estéril, no la suscitó el deseo de ganar territorio, ni la defensa de una ideología determinada, la suscitó la sed, el instinto de supervivencia y también la estupidez de algunos y la ignorancia de otros.



lunes, 13 de febrero de 2017

Entrevista

Vivir para leer. Una conversación
con Humberto Quino


“Ya con la poesía, bueno me fue bien, me fue mal... no sé, pero yo creo que hasta ahí ya se cerró mi ciclo poético, mi ciclo de poeta. No me gusta repetirme”. ¿Cómo hay que tomar esta frase de Humberto Quino? Tal vez muy en serio, tal vez no tanto; con criterio e inteligencia como toda conversación suya, como lo que dice siempre, como lo que dice en esta extensa y apetitosa charla con el poeta Vadik Barrón.




Vadik Barrón

De los 20 o 30 cuentos que tiene en la computadora y que espera formen parte de su próximo libro, de su obsesión y recurrencia con el tiempo a la hora de pensar y plasmar su poesía; del particular humor e ironía de su impronta, de Bolivia territorio para las letras… en fin, de todo un poco habla el autor de Delirio de un fauno en la avenida Buenos Aires a las 12.45. Además de esta entrevista efectuada hace algunos meses como parte de un truncado proyecto de registro de poetas nacionales, Quino nos regala un poema en varias partes, adelanto de un siguiente libro […ah, pero… ¿no que ya no iba a publicar poesía?]. Un más que disfrutable acercamiento con este “partidario del no”.

- En tu obra siempre está presente el vituperio, lo herético, la blasfemia, escribir “contra algo”, ¿escribes a favor de o en contra de…?
- Yo soy partidario del no. Porque decir sí es estar de acuerdo con el poder, es estar de acuerdo con los convencionalismos. Trato de ser transgresor. Uno no puede serlo en su totalidad porque uno está incrustado en esta sociedad, vive en un contexto convencional también y la rebeldía se da en mí mediante la palabra. Y la blasfemia me parece un acto liberador ante todo ese judeo-cristianismo que nos inculcan desde niños. Yo fui educado por jesuitas hasta los 10, 12 años. Y soy un ateo, ateo rabioso, pero he aprendido de los jesuitas el sentido de la responsabilidad y el amor al conocimiento. Aprendí gramática castellana en un libro que llevaba la foto de Franco y decía: “Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios” y mi escritura es un intento de equilibrar mi ser con el mundo. Que lo haya logrado o no... no creo que yo deba decirlo. Bueno, ahí están los poemas.

- En Bolivia es un eterno tema el de la identidad: quiénes somos, la búsqueda de algo colectivo que nos defina. En ese sentido, ¿tú crees que tu escritura responde a una identidad?, ¿cómo es tu relación con lo que se podría llamar bolivianidad?, ¿te consideras parte de una “poética boliviana”?
- Mira, las patrias chicas, lo que se llame patria o región o ciudad donde naciste, un poco como que te empequeñecen; es mirar un horizonte muy próximo. Yo siempre me alimenté de grandes escritores, los clásicos, y siempre he buscado fuera aunque también claro he leído poesía boliviana pero por temporadas, había una temporada en que me sentía muy próximo a Jaime Saenz, por ejemplo, pero ahora me siento más próximo a un pensador de los Cárpatos, que es Emile Cioran.
Me parece que lo que escribió este pensador profundo es lo que yo hubiera escrito, hay algo que me hermana con él, con sus ideas, la forma como escribe, es un poeta con pensamientos, y me encanta su concepción de la sociedad, su concepción del universo, su concepción del hombre. Y alguna temporada me siento también atraído por los sermones de Buda... yo soy muy volátil con mis lecturas, soy muy curioso, entonces puedo pasar de un autor a otro. Ahora estoy estudiando, releyendo el Ulises de Joyce, y me armé de toda una pequeña selección de su obra; sus ensayos, novelas, cuentos, pero fundamentalmente ensayos que me ayuden a entender ese entramado verbal que es  Ulises.
Al fin y al cabo la patria, creo que lo dijo Baudelaire, es la calle donde naciste, los seres que te quieren o vos quieres, la patria es un concepto abstracto, porque no puedes vivir en todo ese gran territorio que es Bolivia, pero yo creo que hay temas esenciales en el ser humano que se transmiten a través de la poesía y son temas eternos, de todos los poetas de todos los tiempos. El amor, la muerte, el tiempo, esos son los temas que a mí me obsesionan. Pero detesto todo localismo.

- Y en términos de generación, ¿te identificas con la tuya? Se intenta “canonizar” a ciertos personajes de época, ¿cómo te sientes respecto a los escritores contemporáneos?
- Uno forma parte de una generación. Respeto muchísimo la poesía de Guillermo Bedregal, que es más o menos mi contemporáneo, luego está Julio Barriga, está Eduardo Nogales, que me parecen poéticas válidas para horadar esta realidad.

- ¿Crees que existe una poesía que se pueda decir “boliviana”?
- Rubén Vargas en su Antología de poesía paceña encontraba dos vertientes, una saenciana y otra que sería cerrutiana, y uno tendría que estar adscrito a cualquiera de estas corrientes. Esos son clichés, son etiquetas que los poetas sobrepasan o tienen que sobrepasar. Hay una pluralidad de voces, a veces discordantes, de calidad a veces ínfima, a veces pasable, pero a los poetas que mencioné me parece que son buenos poetas. No son geniales, pero son buenos poetas y podrían estar a la altura de cualquier generación del continente. Porque ante la poesía chilena o la poesía peruana, para mí dos tradiciones poéticas ejemplares, pues nosotros quedamos un poco empequeñecidos. La brasilera es otra pero no la conocemos bien por el idioma, por el lenguaje. Bueno, pero esta generación es la que ha bebido de las vanguardias, del modernismo y veo que es una generación artesanal en el sentido en que trabaja la palabra con rigurosidad, con minuciosidad y son auténticos cada uno a su manera.

- ¿Crees que no se dan condiciones que permitan el surgimiento de estas tradiciones o la consolidación de procesos literarios?, ¿porqué sientes a Bolivia pequeña frente a otras tradiciones poéticas?
- Bueno, mi visión es parcial, quizás sea también errónea, pero es un intento por descifrarla. Yo creo que está a la altura de cualquier generación, con toda su ineficacia de transmisión verbal. Pero sí hay poetas y estos poetas además son cultos, leen, y eso es lo que un buen poeta tiene que hacer: leer, pues de ahí surge la poesía, y cuanto más amplias sean tus lecturas yo creo que tu poesía se eleva por encima de la de los otros que no leen, por ejemplo. También estaría la poesía popular, el habla popular, eso también tiene un mérito porque Vallejo tiene grandes poemas en los cuales imbrica lugares comunes. Ya eso depende de la destreza del poeta.

- ¿Cómo influyen tus lecturas en tu quehacer, en tu propia escritura?
- Yo no creo en la inspiración. No creo que haya inspiración, lo que hay son lecturas. Y tú puedes identificarte con un poeta o con parte de su escritura o sufrir una especie de encantamiento verbal, como me pasa con  [T.S.] Elliot o con [Ezra] Pound o con [César] Vallejo. Pero hay que salir indemne de esas influencias o considerarte único, porque cada uno es singular... las influencias un poco que las voy pasando. Quizás haya algo de uno o de todos, pero no me cuido especialmente, no digo “no leeré mucho a Vallejo porque voy a escribir como él” o “no leeré mucho a Saenz porque voy a escribir como él”, yo creo que eso es inmadurez.

- ¿Escribir poesía en tu caso ha sido algo premeditado?, ¿hay un “prosa vs poesía” en ti?
- Mi relación fundamental es con el lenguaje, con las palabras. Y luego de allí, bueno, el lenguaje es un universo tan irreal, porque si tú quieres transmitir una vivencia, amorosa por ejemplo, en lenguaje, esta vivencia que dura un instante pero que quiere ser eterno, al trasladarla a las palabras pierde su eficacia, pierde su sustancia. Yo creo que la labor del poeta es eternizar ese instante bello con palabras igualmente bellas, y el gran fracaso que se da entre los poetas es no poder atrapar esta realidad esencial con palabras, y cada poema es un intento de aproximarse a ese instante, a veces uno lo logra, a veces no, a veces pienso que sí y a veces descreo.
Por eso yo no soy vanidoso, ¿creerás? Porque cuando se me sube un poco el ego pues retorno a Rimbaud o a Lautremont, entonces digo: “esto es poesía, lo mío todavía tiene que surgir” y eso te cura de la idolatría, de la vanidad, de esa soberbia tan provinciana que tenemos nosotros los poetas.


- Y en tu propia obra, ¿reconoces algunos tópicos, recurrencias, temas, rasgos?
- Lo que me ha obsesionado siempre es el tiempo. Me produce angustia porque uno va siendo cada instante. Cada minuto es otro, se va transformando y estas metamorfosis que sufre el ser humano y también la sociedad son lo que me produce angustia, porque no hay nada permanente, no hay nada sólido, entonces yo estoy en el tiempo y soy devorado por el tiempo, y entonces el tiempo significa fragilidad humana, muerte, una cronología de las desgracias del hombre. Luego estaría el amor, luego escribir contra el prójimo, que siempre me ha gustado, ¿no? Y hubo un tiempo en que me harté de escribir contra esta sociedad, entonces me hice más conciliador, la vejez también te juega esas malas pasadas.

- No solo está el amor, sino también el humor, la ironía, la sátira...
- ¡Claro! Nuestra poesía es muy adusta, muy seria, es muy solemne. Y había que darle un poco de humor, reírse de uno mismo y de los otros también; y eso en mí provoca un efecto liberador. El humor es algo por lo cual uno respira, tomar todas las cosas en serio yo creo que me hubiera hecho un viejo amargado, ¿no?, yo soy un viejo alegre, a veces trato de ser divertido.

- ¿Actualmente estás trabajando en algún libro nuevo, en algún texto?
- Estoy tratando de reinventarme como narrador. Mi vocación siempre ha sido la narrativa, siempre me atrajo, quería escribir novelas, cuentos, y tengo muchos cuentos paridos que pienso que no están a la altura de lo que yo quiero hacer. Entonces eso es lo que estoy intentando; ahí en la computadora tengo unos 20 o 30 cuentos, tengo dos novelas que tendría que pulir, trabajar más. Son borradores y en estos decenios que me quedan, pienso acabar con algunas cosas y dejar, más o menos, una escritura válida.

- ¿Cómo te llevas con el proceso de edición, todo este filtro que se da desde que el manuscrito sale de tus manos hasta tener el libro publicado?
- En estos 20 últimos años no tuve ningún problema. Pero pienso que no es porque escriba mejor, sino porque uno se va haciendo viejo y ya es conocido, pero cuando empecé siempre publiqué yo mismo mis libros, mis revistas, que es una manera tan primitiva de darse a conocer porque ahora pues tienes internet, Facebook, y esa misma facilidad hay para que te publiquen los cartoneros, editoriales alternativas... Bueno, en mi tiempo no había eso, tu libro tenía que publicarse en mil ejemplares o quinientos ejemplares y eso costaba mucho dinero, entonces mis libros la mayoría son pues artesanales.

- Con respecto a las nuevas tecnologías o los nuevos formatos en que uno puede consumir o acercarse a las letras, ¿cómo ves el presente o futuro de la poesía, de las letras?
- Yo creo que [la tecnología] ha democratizado la cultura y, si se sabe emplear muy bien estos medios, pues es un milagro. Yo empecé escribiendo en una máquina de escribir, y como soy perfeccionista, tenía que hacer de un poema 10, 20 versiones mientras que en la computadora puedes volver atrás, puedes guardarla, borrarla, para mí es un instrumento ideal para escribir. Y eso, claro, hay que saber aprovechar y también las otras tecnologías. Yo he nacido un poco desfasado, porque hubiera querido ser de la generación tuya, por ejemplo, hubiera aprovechado mejor estos medios.

- En esta época en que todo está siendo “virtualizado”, ¿Cómo es la vida de un tenedor de libros?
- Yo creo que el libro jamás va a ser suplantado por ningún formato. Y yo tengo una relación milagrosa con el libro, me ayudan a vivir. En esta biblioteca hay como unos 10.000 libros, si yo leí la cuarta parte creo que es demasiado decir. Entonces me digo a mí mismo: “tengo que vivir para poder alcanzar siquiera el 50%”. Además hay tantos autores y de pronto voy saltando de uno a otro, y bueno leo tres o cuatro libros al mismo tiempo, pero a veces la poesía me cansa, entonces pues leo prosa, ensayo, fundamentalmente leo filosofía que me apasiona, pero no a los filósofos sistemáticos, sino a esos filósofos fragmentarios como Nietzsche, Kierkegaard, esos que yo llamaría filósofos de la vida real, son los que me atraen.

- En el futuro inmediato, ¿cuáles son tus proyectos de publicaciones?
- Yo creo que en unos meses más voy a publicar un libro de cuento, después será una novela. Ya con la poesía, bueno me fue bien, me fue mal... no sé, pero yo creo que hasta ahí ya se cerró mi ciclo poético, mi ciclo de poeta. No me gusta repetirme, es lo que siempre hice, me parece que he publicado muchos libros, y eso es vergonzoso, uno debería publicar unos dos o tres libros buenos y quedarse allí, ¿no?, es que también la facilidad en la publicación un poco que incentiva esta proliferación verbal. Rulfo es un magnífico ejemplo: tres libros y chau, pero tres libros soberbios, y no 20 malos o 20 medianos. A veces me da vergüenza decir que tengo más de 10 libros.
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Entrevista de negro pelaje

Hace algunos años, en un periódico de La Paz, había una sección con un cuestionario fijo –un divertimento- que solían enviar a figuras públicas de diferentes áreas. El cuestionario le llegó a Humberto, “pero nunca me publicaron”, cuenta, así que valga esta ocasión para remediarlo. (N. de E.)

- ¿Su rincón preferido del país?
     A) El Microbio night-club.
     B) El penthouse, un sórdido bar que al mismo tiempo funciona como salón velatorio, y está situado en Cotahuma.                                                                                                                    

- ¿Qué costumbre nacional debería erradicarse?
     A) El folklore.
     B) La corrupción: patrimonio “vivo e intangible”.

- ¿Qué lugar del mundo quisiera conocer sí o sí?
     A) Auschwitz, ese monumento a la muerte.
     B) Corea del Norte, ese campo de concentración gigantesco.

- ¿A qué superhéroe mataría?
     A) A Gonzalo Sánchez de Lozada, un superhéroe que apesta.
     B) A cualquier dictador, aunque vaya disfrazado de demócrata.

- ¿Qué palabra le suena hermosa?
     A) Dólar
     B) Euro

- ¿Qué película le gustaría protagonizar?
     A) Moreno de lata con plata
     B) Hombres procreando

- ¿Cuál es el bolivianismo que le parece irreemplazable?
     A) Anarquino
     B) Guardapolvo (preservativo en coba)

- Si pudiese bautizarse, ¿qué nombre tendría?
     A) Domingo de Ramos.
     B) Evo Morales Queso.

- ¿Qué quería ser de niño?
     A) Papa
     B) Presidente de una república bananera, porque no soy ajeno a la gula.


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Un poema inédito de Humberto Quino

DONDE ESTÁN LAS MUERTAS
DONDE ESTÁN LOS MUERTOS
Que en la noche danzaban
Espectros borrándose en las cordilleras
Polvo y anatomía
Raíz hundida
Donde no hay dios ni cielo
Que alumbre sus huesos
Esas breves formas del silencio
Épica de un destello que se apaga pronto.

NICHO I
Ruth, Mercedes, Begoña, Ana María

Asumo el papel retorcido de la eternidad
Esa vigilia entre el deseo y la nada
La noche cálida os ama
Y el festín carnoso ya no existe
Solo el barro que adorna vuestra hermosura
Los cabellos quemados por el frío
La siempre joven muerte
Instalada en vuestros cuerpos vacíos
En esas envejecidas montañas
Donde habita la agonía del humano
Y saben que todo es trágico y frágil
Repeticiones de un mismo destino.

NICHO II
Jaime, Guillermo, Rubén, Juan, René

Me sé muerto
Y duele el abandono
Los espacios enmohecidos en que habitan
La humedad de las grietas en las montañas
En ese volumen de niebla
En ese olor escondido entre los pajonales
Y es triste la ciudad que se abandona
El aire de la esquina donde palpitó el amor
Sólo espero hallarlos dentro de mí
Y ver el aparecer de vuestros cuerpos
Su forma de apagarse y encenderse
Para iniciar la despedida.

NICHO III
Humberto, Adolfo, Diego, Jaime, Manuel, Julio

Y lloro
Por los espacios que nos separan
Por las calles donde besan su sombra
El sepulcro amado.
Cuando puedo mirar desde el fondo de los seres
Y acariciar esos recuerdos
En los aires del crepúsculo más querido
Sepultar la lluvia en la memoria.

Y desde el olvido
Las muertas
Los muertos
Disgregados cadáveres en una madrugada eterna
Irán creciendo hacia ese vacío visible
Hacia esa lejanía donde he muerto
Donde está mi vida de alcohol
Quiero perderme en vuestros pasos
En el resplandor de vuestras vértebras
En el rostro de este dolor de agua.


De Poemas descabellados (memorias de un poeta calvo), poemario inédito de Humberto Quino.


Artículo

Iniesta

Cuando el pasado 23 de enero el genial centrocampista español recibió el Premio Reina Sofía –cuenta Cachín Antezana- retomó un texto que tenía archivado. Va aquí parte de ese trabajo mayor, sobre el más incomprendido de los futbolistas de hoy en día. Más cerca de Joyce que de Shakespeare.




Luis H. Antezana J. 

Desde Pitágoras o Euclides, por lo menos siempre se ha sospechado -hasta proclamado- que el Universo posee un Orden y que este es matemático. De ahí solo hay un paso para pensar que ese Orden es numérico. No faltan campos, terrenos, ámbitos, contextos donde esas sospechas no son tan desquiciadas, pero eso de buscarle números al fútbol exagera, creo, esa mera probabilidad.
Hoy, la mejor prueba de que es un desatino eso de buscarle números al fútbol es Andrés Iniesta, “el mejor jugador de fútbol del mundo”, como afirmó alguna vez Menotti. La actual vedette de los números en el fútbol, el número de goles convertidos por partido, temporada, o finalmente hasta de una vida profesional, nada tiene que ver con Iniesta quien solo de rato en rato convierte algunos, como aquel que le dio su Mundial a España. Quizá, por ahí, debe tener un número relativamente alto de pases de gol (“asistencias”, como reza el anglicismo de moda), pero, cómo diablos miden el resto de sus pases, cambios de frente, sus paredes de primera en medio de laberintos de piernas rivales, sus salidas en milimétricos espacios junto a la línea de cal entre tres y hasta cuatro rivales al acoso, sus giros, sus gambetas, sus pisadas, siempre con un total dominio del balón, cómo diablos miden su capacidad de reordenar con su sola presencia un partido anodino de meras ganas, “garra” y esfuerzos para convertirlo en un juego de habilidad e ingenio… ¿Dónde están los números que podrían ordenar a Iniesta si él, como diría Joyce, es per se un Chaosmos, es decir, un caos de calidad capaz de darle Orden al Cosmos?
En esa vena, en el caso de Iniesta, Shakespeare, por boca de Macbeth, habría dicho: “El mundo de los números es [ante su juego] un cuento contado por un idiota con mucho ruido y furia y que nada significa”. Algo así. Hablando de Shakespeare, hace mucho tiempo alguien cuyo nombre no recuerdo, le dedicó un ensayo a Pelé, ensayo que, en esas épocas, resultó ser todo un canon de referencia: “Pelé, el Shakespeare del fútbol”. Fue, quizá, más allá de las sospechas de los tifosi ante Pelé y la selección del 58, la primera vez que el fútbol se trataba como arte, como poesía; pero, aunque Harold Bloom, seguramente, insistiría en que no hay mejor parámetro que Shakespeare para indicar todo aquello que supone excesos cualitativos, irreductibles a conceptos o números, en el caso de Iniesta me tienta aproximarlo a Joyce quien, aunque irlandés, escribió en el idioma de aquellos que inventaron el fútbol. Algunos partidos de Iniesta se parecen a los cuentos de Dublineses, es decir, a un conjunto de relatos aparentemente insignificantes, pero que, como se sabe, son también una serie de irreductibles “epifanías”.
Eso, por un lado, por otro, cuando Iniesta entra desde el banco en esos partidos en los que el Barça, pese a sus antecedentes, juega sinsentido, como cualquier otro equipo, cuando Iniesta entra y, de súbito, todo empieza a brillar -“funcionar”, dirían los mecanicistas- entonces, recuerdo al Ulises; a ese minucioso y anodino día del insignificante Leopold Bloom que, sin embargo, gracias al lenguaje que narra esas banalidades resulta, como se sabe, una de las joyas de la literatura contemporánea. Y, porque a Iniesta, salvo alguna nominación, nunca le dieron el Balón de Oro, puede ser que aunque se reconozca la maravilla de su juego, como el Finnegans Wake, en el fondo, nadie entiende lo que realmente ahí sucede, menos, mucho menos, aquellos que creen que hay medidas para lo incomprensible.
Irreductible, el juego de Iniesta, felizmente, aunque inclasificable, innumerable, es, sin duda, uno de los más bellos regalos del fútbol al posible Orden en el Universo. Epifanías.