domingo, 15 de enero de 2017

Ficción

Que te vaya como mereces


Fragmento de la novela con la que el autor boliviano logró el Premio LH Confidencial, en España.




Gonzalo Lema

“¿Y por qué no vendemos este país tan feo y compramos uno bonito junto al mar?”. Negro sonso. Negro ignorante. Las cosas que decía como si nada. ¿Ya le tenía tanta confianza para hablarle así? ¿A su jefe? Santiago Blanco se sonrió nostálgico, porque de inmediato lo recordó hablando mal de los indios: “Mírelos, jefe. No son humanos, sino animalitos”. Eso decía. Con su índice los apuntaba acusadoramente. (“¡Bajá esa mano, che!”) Él todavía conservaba alguna imagen de la carrocería de aquel viejo camión pese a los tantísimos años transcurridos. Todos montados sobre las duras y puntiagudas cargas de papa y otros tubérculos. Los quechuas y los aymaras envueltos en sus mantas. Inescrutables. Sin oponer resistencia al zarandeo y polvo inclemente del camino pedregoso trepando la áspera montaña. Y sin mirar a nadie. Sin quejarse. Sin reír. Sin hablar entre ellos, tampoco. ¿Y él, qué esperaba? ¿Que hicieran reverencias al usurpador? ¿Al colonialista? Al diablo. Vaya, carajo. Negro pelotudo. Además, ellos mismos apenas eran unos cholos. Y, para colmo, policías cholos. Ninguna gran cosa. “Mejor te callas, Negro. Y mejor si piensas en algo bueno”.  
¿Y de cómo diablos se acordó del Negro? Santiago Blanco movió los pies en el piso, como los tordos, y se acodó mejor en la baranda del puente para observar en detalle, con calma y con placer, el gruesísimo turbión del río Rocha querido. Una lluvia bíblica había caído al amanecer cubriendo la ciudad, las bellísimas colinas de San Pedro y de San Sebastián y las lejanas montañas que en días sin lluvia se mostraban azules. La lluvia llegó del sur, metiendo bulla como una banda de guerra en tiempos de golpes de Estado. Y Blanco se sobresaltó al colmo en su catre de una plaza. Primero pensó eso: los militares volvían al poder, pero luego creyó que vibraba la Tierra y rápidamente decidió estarse de pie bajo la viga de la puerta. De pronto se ensordeció con el golpe del agua contra la calamina de su pequeño cuarto y recién comprendió que por fin llovía sobre la ciudad. Se avergonzó de tanto temor. Se cubrió el cuerpo gordo con una chaqueta impermeable, se montó en sus abarcas de indio y trepó las gradas sin flojera, aunque bufando, hasta la misma azotea en el octavo piso. La lluvia lo era maravillosamente todo.
Desde esa altura observó un poco de cielo y un poco de ciudad, y, sin ningún motivo racional, pensó en quien fuera su ayudante en los remotos y duros tiempos de la policía nacional: el negro Lindomar Preciado Angola. Se sonrió. “¡Qué simpático tu nombre, Negro! Seguramente te bautizaron en el Comité Pro-Mar”. Su cabello menudo, trenzado en una maraña como virutilla para lavar vajilla fina. Sus cachetes inflados, vibrantes, propio del trompetista (pero él era tamborilero del montón en la banda de música de la policía). Sus ojos grandes, globos amarillos expectantes, que se llenaban de lágrimas cuando recordaba el paraíso de su Chicaloma en los Yungas de La Paz. Un jovencito apuesto, era verdad. Cholero a morir. Como nadie nunca visto.
-Mis padres quisieron aprovechar mi apellido, jefe. Además mi gente vivía frente al mar en el África. Es nostalgia pura. Encima soy nacido el 23 de marzo. Muchas casualidades, lo sé. Pero no se burle. Se lo ruego.
-Lo han aprovechado bien, Negro. Aguantame una bromita, pues.
Blanco calculó que la intensidad de la tormenta duraría apenas unos diez minutos, pero se sorprendió porque continuaba igual en los veinte. Por eso paseó por la azotea observando los cuatro puntos cardinales. Inclusive achinó los ojos y se montó una mano de visera sobre sus cejas para escrutar el horizonte redondo, pero no pudo traspasar ni cincuenta metros del tupido velo gris del agua gruesa. Inquieto, como siempre, apoyó todo el abdomen sobre la baranda fría, en la U de EDIFICIO URIBE, y miró, muy expectante, el menudo kiosco rojo herméticamente cerrado de su novia Gladis, allá abajo, en plena esquina y en la acera del frente, y le imaginó unas cuantas goteras directas al mostrador y al viejísimo anafre. Llenó los pulmones de oxígeno líquido y bajó todas las gradas con suma calma, atento a las rodillas que ya le temblarían en el piso cinco o cuatro, pensando que esa intensa lluvia que caía ameritaba observar la llegada del turbión, y su carga de basura, desde el mismísimo puente del Topáter.

Caminó veintidós cuadras sin flojera. Al llegar, la lluvia había cesado y la luz del sol oculto encendía de fulgor sucio las nubes preñadas de agua.
Suspiró con tanta poesía.


Ensayo

Música y poesía



Volviendo a Eliot e incluso a Octavio Paz, la autora recuerda cómo la poesía nace –en muchos casos- de la música, del ritmo del diario vivir. Y, por otro lado, como lo popular se apropia del poema.


Virginia Ayllón

A propósito de algunos últimos premios de literatura, esbozo algunas disquisiciones sobre la relación entre música y poesía.
En realidad esta dupla remite a otra más arcaica que es la relación entre la poesía y la oralidad. La poesía nació oral y una (la) tensión fundamental de la poesía escrita es no perder su carácter oral, de ahí que el ritmo es ley de la poesía, independientemente del tipo de verso al que acuda.
La poesía no se quiere musical, la poesía es música, por ello sus recursos son  sonoros: rimas, anáforas, entonaciones, medidas, etc.
Pero, muy bien decía T.S. Eliot, que la música del verso no es un asunto de líneas sino del poema entero. Por eso si alguna metáfora corresponde a poema es la del pentagrama, una estructura que soporta el sentimiento a comunicar. El poema, por tanto, y sigo con Eliot, se concreta en la forma de un ritmo determinado antes de que alcance una expresión en palabras, y es ese ritmo el que da a luz la idea y la imagen. Aunque esa imagen sea la del silencio, como conviene al diálogo interior. 
Así, sonido y sentido hacen el poema, que deviene, entonces, en un organismo verbal rítmico, tal como Octavio Paz lo definía. Decía el mexicano que el lector “oye en su mente, detrás de las palabras escritas, las palabras del texto, su música verbal”.
En su hermoso ensayo The music of poetry (1942) Eliot anota que la emoción que nos produce el significado de un poema, incluye su musicalidad aunque no la notemos. Por el contrario, la emoción ante la musicalidad de un poema incluye su(s) significado porque ambos son abstracciones del poema, ambos conforman su integralidad.
Por eso, para el autor de La tierra baldía, el ritmo y el sentido de la estructura son dos elementos de la música de cuyo estudio ganarían los poetas. Y aquí recuerdo ensayos musicales en la literatura como el de la norteamericana Toni Morrison en su novela Jazz (1992). En ella, aparte de retratar el paso del rural blues al urbano jazz en el Harlem de la década de los 20, estructura la narración en juegos de improvisaciones, sensuales ragtimes, contrapuntos, etc. En ese sentido, podría calificarse de poética esta novela, por su sentido y su “musicalidad”. También recuerdo que la reseña del Cachín Antezana al libro Salsa, sabor y control (1998) del puertorriqueño Ángel Quintero, se puede leer, pero también se puede bailar.
Pero retornando al tema en cuestión, Eliot afirma que una ley de la poesía es “que no debe apartarse demasiado del lenguaje ordinario a que estamos acostumbrados a usar y oír diariamente. Ya sea rítmica o silábica, rimada o no rimada, formal o libre, la poesía no puede darse el lujo de perder su contacto con el cambiante lenguaje de la comunicación común y corriente”. Y esta sentencia me parece que establece otra relación más bien pragmática entre poesía y música.
Me refiero, por ejemplo, a la copla, que nos recuerda la poesía de los españoles Federico García Lorca, Antonio Machado y Rafael Alberti, quienes la han visitado en forma de romance, seguidilla, tirana, redondilla, etc. 
Pero resulta que el carácter popular primigenio de la copla la relaciona con el anonimato y pareciera que las coplas de los escritores retornan al coplero popular, restándole su autoría. Así, parece ha sucedido con los primeros versos de La casada infiel de García Lorca: “Y que yo me la llevé al río / creyendo que era mozuela / pero tenía marido”. Este retorno confirmaría el carácter popular de la copla, más aún cuando su retorno se “hace canción”. Tal vez por eso quienes canten “Yo soy como un árbol pegau a la tierra / Y naide me arranca del pago en que vivo”, o esa especie de segundo himno tarijeño: “Soy de aquel/ pueblo de las flores” no necesariamente sepan que su autor es el muy chapaco poeta Oscar Alfaro. Como diciendo que el pueblo se apropió de esas coplas, de “su letra” y su musicalidad.
Así pues, la persistencia fonética de la poesía parece establecer la base de nuestra relación con ella porque nos remite a ese silencio musical (eso que llamamos lo interior) que ella sabe bien representar. 



Música

Matilde, la más fecunda compositora

       

Además de valorar la faceta de cantautora y compositora musical de la reciente Premio Nacional de Cultura, la autora nos regala una información antes al alcance de pocos: la lista completa de sus canciones.



Beatriz Rossells 

Muy celebrada en estos días como poeta, no hay que olvidar que Matilde Casazola ha logrado armonizar una vida dedicada a la poesía y a la música. Así, de acuerdo a su propia visión, su obra musical se concentra en la canción poética.
La larga lista de creaciones musicales de Matilde que aparece en esta página (¡86!), consigna solo las ya editadas y dadas a conocer al público, pues la cantautora guarda inédita una cantidad semejante. No había existido en Bolivia una compositora de creatividad tan extensa y consistente, y cuyo corpus musical sea tan festejado y apropiado por gente de diferentes generaciones. Su trayectoria es motivo de orgullo para los bolivianos y se hace largamente justificado el reconocimiento que le acaban de conferir: el Premio Nacional de Cultura 2017.
En esta esta lista de canciones de Matilde se puede ver que una mayoría está dentro de lo que se denomina “proyección folklórica”, mientras otra buena parte pertenece a la canción poética como tal, sobre temas trascendentales o pequeños episodios de la vida cotidiana; preocupaciones inherentes al ser humano, la vida, la muerte, los caminos...
Las composiciones que más conmueven el corazón de las personas que han nacido o vivido en esta tierra, son sus bailecitos y cuecas, que se han convertido en una especie de himnos conocidos por gran parte del público. Estas melodías están enraizadas en formas musicales tradicionales de Chuquisaca, en específico, y Bolivia en general. Junto a la cueca y el bailecito abundan los “aires” o ritmos derivados y correspondientes a estos géneros y, por supuesto, el huayño. Luego, en orden de aparición en su cancionero, no se hallan pocos yaravíes, polkas, taquiraris y valses.
Al amor y al desamor, sentimientos universales -¿a quién no se le alternan penas y esperanzas a lo largo de la vida?-, Matilde les canta como nadie en temas emblemáticos como Como un fueguito, El contraste, El dueño, El lucero de tu pecho, Quimera y Rosa de tiempo.

El amor como centro de la vida
¿Una de mis favoritas? Tanto te amé, una canción dedicada al sentimiento extraordinario que es el amor que aparece veloz y furtivamente se va. Quien haya dado en su existencia supremacía al amor, sentirá esta canción como propia. Quien juega su vida al amor puede ganar o perder, y al perder, parece perderlo todo. Apelar a todos los astros, a la naturaleza, al canto, al grito, al agua, al mar buscando el amor perdido o el alivio a la pena. Errar por los desiertos preguntándose qué fue de la ternura vivida, convertida ahora en ausencia u olvido; es como un viaje del cielo al infierno.
La pregunta: “por qué tu amor, por qué mi vida en la tuya” es estremecedora, allí se juega el destino personal, donde no están presentes conveniencias ni arreglos. Gracias, Matilde Casazola por este maravilloso regalo musical.


Canciones editadas

La sonrisa de piedra              
Papeles viejos                        
Tanto te amé                         
Tu nombre de golondrina      
Yo cortaba las rosas              
Yo tengo un ángel                 
Ojos nocturnos                      
Tu misterio                            
Color moreno                        
Cuento del mundo                
En vano                                 
Si has dado tu corazón          
Viento pasajero                     
A don Mauro                        
Como un fueguito                 
El contraste                           
El dueño                                
El lucero de tu pecho            
Lunita                                    
Árbol                                     
Canción de luna de febrero
Canción de Nicoló                
Canción infantil para la luna
Coplas a la vida                     
Dale el perfume de mi amor  
Deja su fantasma                   
Detrás de la niebla                
Dios                                       
Duerme, Ninfa                      
El espejo del ángel                
El mar y tú                            
El milagro                              
El rincón de los poetas          
El ser feliz                             
En la gran ciudad                  
Eres el sol                              
Espejismos                            
La estrella                              
La explicación de mi destino
Las palabras ciegas                
Los acuarios                          
Luciérnaga de mi camino      
Mi corazón en la ciudad        
Noche estrellada                   
Peregrina                               
Plenilunio                              
Por esta ventana                    
Reloj de arena                       
Retrato de tu olvido              
Sigue ese camino largo          
Tiempo (II)                            
Tocopilla en ti                       
Tu reino es de este mundo    
Tú y la lluvia                         
Y tú, la estrella                      
Yo le pedí a mi corazón        
Señora morena                      
De regreso                             
Distancia obscura                  
Quimera                                
Rama de amor                       
Rosa de tiempo                     
A qué has venido                  
Cuando me vaya de aquí      
El mal de amor                      
La espina                               
Los ojos del ciego                 
A una le di toda mi vida       
Anochecer                             
La luz ideal                           
Las raíces de los árboles        
Pájaro brillante                      
Sonrisa de niño                     
Por los caminos de la noche  
Descanso en el arroyo           
De tu hermosura                    
Mano blanca                          
Te llamabas sonrisa               
Un ángel ha pasado               
Flor de suncho                      
Guitarra andina                     
Inventa tú                              
Tiempo                                  
Toda la gloria de los soles     
Crece la nostalgia                  
Figura trunca                         


Sombras nada más

Los precursores (y su estela)



Bolivianos publicados en el exterior. Prehistoria, historia y presente.


Gabriel Chávez Casazola 

La pasada semana, LetraSiete publicó un repaso de los libros de autores bolivianos que publicamos en el exterior en 2016. Me pareció interesante, a propósito, hacer un recuento y remontarnos a quienes lo consiguieron en tiempos en que no había internet, redes y ni siquiera viajes en avión. Es decir, hablar de nuestros precursores y de quienes vinieron después.
Así, en la primera mitad del siglo XX algunos publicaron en Europa con muy buena acogida, como Alcides Arguedas, elogiado por Miguel de Unamuno y Amado Nervo; y Jaime Mendoza, encomiado por Rubén Darío, que lo llamó “el Gorki boliviano”. Ambos fueron editados por la misma casa en Barcelona: ‘de la Vda. De Tasso’: Pueblo enfermo (1909) y En las tierras del Potosí (1911), respectivamente. Más tarde vendrían otras ediciones internacionales de Arguedas, incluyendo sus Obras completas (1959) en Editorial Aguilar.
En París fueron publicados, a su vez, Nataniel Aguirre -de manera póstuma, en Editorial Bourdet, la segunda edición de Juan de la Rosa (1909)-; Armando Chirveches, en Librería Ollendorff, La candidatura de Rojas (1909); Adela Zamudio -sus Ráfagas, en la misma editorial (1913)-; y Adolfo Costa du Rels, que se quedó a vivir y escribir en Francia, como antes lo había hecho Ricardo Jaimes Freyre en Argentina, donde se editaron sus principales libros y, póstumamente, su poesía completa en 1944.  
En Chile -donde Gabriel René Moreno vivió y publicó en el siglo XIX- vieron nacer Augusto Céspedes su Sangre de mestizos en 1936, Abel Alarcón su Era una vez… (1940) y Óscar Cerruto su Aluvión de fuego en 1935; varias décadas más tarde -permítasenos un salto- Cerruto fue incluido en la edición “Periolibros” y su Poesía se editó en España en 1985 por Ediciones Cultura Hispánica del ICI, que también publicó la obra poética de Roberto Echazú con el título Morada del olvido (1990).

El boom pasó de largo
Cosa digna de estudio, en la segunda mitad del siglo XX, cuando los desplazamientos se hicieron más sencillos y se despertó el interés por la literatura latinoamericana, en lugar de aumentar el número de bolivianos publicados y valorados internacionalmente, éste incluso disminuyó.  El boom pasó de largo por Bolivia.
Aparte de algunas ediciones en Buenos Aires, como las de Tirinea (1969) de Jesús Urzagasti; El signo escalonado (1974) y Manchay Puytu, el amor que quiso ocultar Dios (1977) de Néstor Taboada Terán y, en poesía, Los ojos abiertos (1967), de Matilde Casazola; así como Morada de Eduardo Mitre, publicada en Venezuela en Monte Ávila en 1975, pocas pueden enumerarse.  
Queda en la memoria, sí, la edición de la fundacional Historia de la Villa Imperial de Potosí de Bartolomé Arzáns, todo un hito de Gunnar Mendoza y Lewis Hanke, publicada en la Brown University Press de EEUU (1965).  
Recordemos también los libros ganadores del Premio Casa de las Américas editados en Cuba (y por eso, sin circulación fuera de la isla, salvo en posteriores reediciones en Bolivia): las novelas Los fundadores del alba, de Renato Prada Oropeza (1969), y Los muertos están cada día más indóciles, del luego olvidado Fernando Medina Ferrada (1972); año en que también ganó, en poesía, Quiero escribir pero me sale espuma de Pedro Shimose, quien publicó más tarde varios títulos en España, donde reside desde su exilio en 1971. El volumen Poemas (Playor, Madrid, 1988) reúne su poesía escrita entre 1961 y 1985.
Después de un largo paréntesis, en 1987 ganó el Casa de las Américas la novela, luego llevada al cine, Jonás y la ballena rosada, de Wolfango Montes Vanucci, de una temática ruptora en su tiempo; y finalmente, mucho más cerca nuestro, en 2009, La novela El exilio voluntario, de Claudio Ferrufino-Coqueugniot.

Nuestro siglo
En este siglo XXI, esa “insularidad mediterránea” de las letras bolivianas comenzó a llegar a su fin de la mano de las nuevas tecnologías, las redes, la globalización, los encuentros internacionales, la creación de grandes grupos editoriales (y su reverso local: de pequeñas editoriales independientes aunque bien conectadas), pero sobre todo por la calidad y el empuje de un puñado de autores.
En narrativa, pienso en dos autores hoy residentes en EEUU: Edmundo Paz Soldán y Giovanna Rivero, quienes tienen ya un nombre y una obra claramente consolidados durante las últimas dos décadas. Ambos, al principio desde Bolivia y después desde el exterior, trabajaron con talento y oficio su literatura y lograron con méritos propios llegar a los catálogos de las relevantes editoriales. A ellos se han unido otros escritores como Rodrigo Hasbún, Maximiliano Barrientos, Liliana Colanzi y Magela Baudoin, todos ellos ya con ediciones en varios países, consolidando una suerte de generación narrativa de gran proyección. 
En poesía, Eduardo Mitre es el único boliviano publicado por la codiciada editorial española Pre-Textos, que ha dado a luz su Obra poética (1965-1998) y cuatro títulos más recientes; asimismo, la casa editorial Le Cormier, de Bruselas, ha publicado dos antologías bilingües de su obra.
Siguiendo su estela y la de Shimose, ahora tenemos obra publicada en el exterior –libros propios, no hablo de inclusiones en antologías- algunos poetas nacidos a partir de los años 70, como Benjamín Chávez (en México), Paura Rodríguez Leytón (en Ecuador), Emma Villazón (en Chile), Paola Senseve (en España) y quien esto escribe (en España, Argentina, Colombia y Ecuador).
Y todo esto sin olvidar a escritores de diferentes generaciones anteriores que han sido editados y son valorados fuera de Bolivia, como Arturo Von Vacano, Nicomedes Suárez Arauz y Norah Zapata-Prill, de la generación de los años 30 y 40; y de la generación de 1950, Gary Daher y Homero Carvalho. En la generación de los 60, encontramos a Vilma Tapia, Moira Bailey, Paola Duchén, Ruth Ana López Calderón; y en generaciones posteriores Mónica Velásquez, Guillermo Ruiz Plaza y Edson Hurtado.
Finalmente, deseo destacar las recuperaciones, en ediciones internacionales, de autores ya fallecidos, como el cada vez más -y mejor- valorado Jaime Saenz, Blanca Wiethüchter, y la reciente edición de Pirotecnia de Hilda Mundy en Chile.

¿Un balance?
Esta enumeración no pretende ser exhaustiva y tiene, de seguro, varias lagunas (no incluye todos los libros de crítica ni la dramaturgia, por ejemplo), pero intenta mostrar que la publicación de libros de bolivianos en otras naciones no es un fenómeno tan reciente. Pero, a la vez, que salvo en algunas etapas y por circunstancias a menudo personales, durante el siglo XX fue esporádica y definitivamente menor en cantidad y alcance en relación a lo sucedido con literaturas mucho más visibilizadas de otros países latinoamericanos donde existían y existen políticas de Estado para la difusión de sus autores; y donde, sobre todo, funcionaban y funcionan editoriales e instituciones culturales con fuertes y activos vínculos internacionales. 

Pero además, como en todo lo que sucede en la vida, en este reto de publicar fuera de Bolivia -lo que por sí mismo no quiere decir nada, si no está avalado por la calidad de la obra- seguramente también hubo y hay mucho de destino, de azar y de caracteres y cualidades individuales de por medio. Como ha acontecido en el pasado, sigue sucediendo en nuestro todavía joven siglo y seguirá ocurriendo, así lo creo, hacia adelante, allí donde espera el lector del futuro que imaginó James E. Flecker en aquél poema que dice: “No me importa si tiendes puentes sobre los mares / o si atraviesas sin peligro los cielos crueles. / Como nunca podré ver tu rostro ni estrechar tu mano / envío mi alma a través del tiempo y del espacio / para saludarte. Ya comprenderás”.

Reseña

Un aplauso para el presentador



Elogio de la pérdida es el nuevo libro del escritor argentino Ariel Idez. Una obra deliciosa que combina presentaciones imposibles de once obras improbables.


Nicolás G. Recoaro 

Ya lo dijo Borges en un célebre epílogo, la presentación de un libro es siempre una ficción o un imposible. Requiere dosis parejas de maestría, destreza y una pizca de pericia para analizar una obra y a la vez darle la bienvenida, pero siempre cuidando no anticipar la trama a quienes todavía no la han leído.
En la presentación de su nuevo libro Elogio de la pérdida y otras presentaciones, publicado por InterZona editora, el escritor y periodista argentino Ariel Idez plantea una de las reglas básicas de este género literario menor, muchas veces ninguneado: “¡Muchachos, hay que hablar del libro! Sin espoilear, por supuesto, hay que contar de qué se trata, cómo surgió, de qué materiales está hecho”. En lo que respecta a presentaciones de libros, Idez conoce el paño como pocos. Las fronteras del género, desde el under hasta el mainstream. En sus mejores épocas, llegó a presentar un libro por semana. Se sabe, en Buenos Aires florecen las editoriales independientes. Un día, algo cansado, decidió dejar de presentar libros de otros, con el propósito de escribir el suyo. Así nace esta obra.
El nuevo libro del autor de la novela La última de César Aira (2012) y de los cuentos de No vas a ser astronauta (2010) y Luz y fuerza (2014) es una suerte de antología engordada por presentaciones imposibles de 11 libros improbables. Desde los poemas argentinos de un poeta chino que se gana el pan atendiendo una fiambrería al fondo del supermercado “Felicidad” en el barrio de San Telmo, pasando por el manifiesto del Movimiento Internacional de Acción Inutilista, los covers del sagaz plagiador serial Aaron Medina y el vanguardista ebook cuyos párrafos van desapareciendo a medida que se avanza en la lectura. Sin olvidar Caída libre, el poemario del mayor Velazco, un paracaidista que eterniza en verso cada uno de sus saltos, y las andanzas y desandanzas de un presentador conchabado para satisfacer las demandas de un millonario autor de la obra El dinero para mí no es un problema.
Elogio de la pérdida es un libro delicioso, por momentos mordaz y sobre todo muy divertido. Una antología ficticia que puede dialogar sin preámbulos con el primer Bolaño de Literatura nazi en América y también con el clásico Vidas imaginarias de Marcel Schwob. El libro de Idez es un artefacto literario raro que, como afirma Osvaldo Baigorria en la contratapa del volumen, “reivindica el goce de escribir contra la demanda y la obligación del éxito”. Y por eso es bueno darle la bienvenida.


Música

Los grandes álbumes de 2016


Dale gracias, dice siempre el Grillo Villegas, y ahora, como tantas veces por su arte, es oportuno agradecerle por una recomendación de primera. Desde David Bowie a Leonard Cohen, pasando por Radiohead y Nick Cave y algunos artistas de culto del jazz. Todo un deleite para varios meses de escuchar y re-escuchar música de primera.



Rodrigo VIllegas / @Grillegas

Aquí está la lista. Mi lista. Por razones de espacio me quedo sin reseñar varios trabajos. 2016 fue un gran año en la música popular. Debo nombrar a Branford Marsalis Quartet, Reiner Baas, Dr. Lonnie Smith, Kate Bush, Francisco Fattorusso, Eruca Sativa, Wadada Leo Smith, Aziza, Julian Lage, Joshua Redman & Brad Mehldau y otros que editaron grandiosos trabajos. Viva la música.

Funk Factory – Funk Factory (Jazz Funk)

Funk Factory es un proyecto de un gran músico polaco: Michal Urbaniak, saxofonista y violinista que escribe (con alguna colaboración), arregla y produce este álbum. Urbaniak nace en Varsovia, luego de tocar un tiempo por allá se muda a Estados Unidos en 1973 y entra con una beca a la mítica Berklee College of Music. Graba con Miles Davis, Larry Coryell, Billy Cobham, toca con la realeza del jazz mundial en Nueva York. Tiene más de 60 álbumes grabados. Esta es una reedición de 1975, de hecho sale por primera vez en CD en 2016 y me permito incluirlo en esta lista por merecimiento. Reissue del año.
Cuenta la historia que en NY se decía que los europeos del este eran muy “duros” para tocar funk y nace este disco como respuesta (no estoy seguro si lo logra o no). La formación es asombrosa, la cantante y esposa Urzula Dudziak, Wlodek Gulgowsky en teclados, el cantante Bernard Kafka y una base rítmica norteamericana impresionante: Anthony Jackson y Tony Levin (que llega a La Paz en marzo) en bajo, Steve Gadd y Gerlald Brown en batería, Barry Finnerty y John Abercrombie en guitarras.
Es un viaje excéntrico, créanme, funk jazz polaco (bauticemos con algo a esto), a momentos oscuro, a momentos clásico con melodías inesperadas, transformadas, atípicas del género, de tradición académica y folklórica europea. Urbaniak nos lleva a un lugar que nunca habíamos estado. Fantástico. Anímense.

Esperanza Spalding - Emily's D+Evolution (Jazz Contemporáneo, Crossover Jazz)

Esperanza no deja de sorprender. Su habilidad para caminar entre géneros es admirable. Creo que este álbum se convirtió en mi favorito de sus 5 editados. Un proyecto que le tomó alrededor de tres años, complejas armonías a las que nos tiene acostumbrados, esta vez al jazz contemporáneo y neosoul se le suman el prog-rock, la experimentación, el avant-garde y el art pop. Hay muchas músicas que me vienen a la cabeza al escuchar este fantástico e indescifrable álbum: Weather Report, Mahavishnu Orchestra, Hendrix, Captain Beefheart, Joni Mitchel (tal vez lo más notorio), Steely Dan, Zappa, todo metido en la gigante mente de esta mujer que es nomás, hoy, lo mejor y la vanguardia de la rama Berklee.

Los desafío a que escuchen todo eso. La banda es maravillosa, Esperanza escribe, coproduce (con Tony Visconti, sí, el mismo de Bowie), toca el bajo fretless y canta, Matthew Stevens en la guitarra eléctrica (amo su trabajo, guitarrista enigmático, casi bowieano, le pone texturas impresionistas al sonido del disco, el que más destaca de la banda para mi gusto), Justin Tyson y Karriern Riggins en la bata, Corey King en teclados, entre otros. Excitante y adrenalínico álbum. Gracias Esperanza Emily Spalding.

Bon Iver - 22, A Million (Música Alternativa, Indie Alternativo)

Tercer álbum del proyecto de Justin Vernon. Me encanta su trabajo, creo que la evolución natural que presenta en este álbum me atrapó. Voces procesadas con armonizadores y vocoder, una búsqueda más experimental. Todo parece estar encriptado para que busquemos alguna solución, un juego que nos propone Vernon desde la tapa del álbum. Las canciones tienen títulos con letras, números y signos, por ejemplo: 715 - CRΣΣK es el tercer track en el que luego de un sonido casi industrial y saturado Vernon canta a capella con el vocoder y un motif esencial en la obra. Continúa el álbum con melodías en falsete adornadas con efectos de voces, sonidos posmodernos, cuasi robóticos. Es el mundo hoy, no es una distopía.
Luego entra en una especie de viaje onírico surreal que nos prepara para lo que creo que es la canción central del álbum: 8(circle), una maravilla de melodía flotando sobre un colchón de cuerdas y sinths. En ___45____ exhibe un arreglo de saxos y voces modernoso y el álbum cierra con 00000 Million, un góspel futurístico.
Baterías reales, baterías programadas, sintetizadores, OP-1, DX7, saxos, trompetas preparadas, samplers,  cuerdas, bajos y cantantes varios. Estructuras narrativas distintas a lo que nos tiene acostumbrados la música popular. Todo eso para describir su mundo y el tuyo si te conectas, si pones bien esas contraseñas. Uno de mis músicos favoritos actuales. Tremendo y ambicioso álbum.

Leonard Cohen - You Want It Darker (Cantautor)

Chapeau para el cantautor más elegante (¿querían dar un premio de letras a un músico?, ¿hola?). Cohen nos deja un álbum/testamento monumental (lamentablemente el décimo cuarto y último). Una vez más lo tengo en mi lista de mejores del año como en 2014 con Popular Problems. El álbum abre con esta rima: “If you are the dealer, I'm out of the game, if you are the healer, it means I'm broken and lame”.
Piano, cuerdas, contrabajo, hammond, guitarra y algunos coros crean una atmósfera perfecta para que las palabras y la voz de este gran poeta y artista nos atrapen. Me pregunto cómo es posible que se disfrute tanto un álbum de Cohen, inclusive me arriesgo a decir que podrías no entender un ápice de inglés y amar este álbum inevitablemente (algo que particularmente no me sucede con Dylan, me aburre). La voz, la mística de sus canciones, la nostalgia, la verdad con la que nos habla, la manera en que nos mira (sí, mira) hace que lo aplauda de pie por siempre. Gracias por tanto Leonard. Exquisito.

David Bowie - Blackstar (Rock alternativo, Prog Rock)

Bowie es un artista enorme y es otro que nos deja un último trabajo (muere a los días de presentar este álbum). Se despide con una búsqueda misteriosa, inclusive oscura, un sonido moderno e inesperado, como si fuera a encontrar algo para más adelante, pero sabía claramente que no, y eso demuestra su grandeza una vez más. Los casi 10 minutos del track 1, Blackstar, son difíciles de escuchar hasta que entiendes.
Es una obra con estructura de suite. Cuando el tema se calma, dispara en el medio de tu cabeza (quizás para que entiendas algo): esas dos voces repetitivas en quintas justas pero fuera de la tonalidad y el acorde (“I'm a blackstar”, “I'm not a gangstar”, “I'm not a filmstar”, “I'm not a popstar”, “I'm not a marvelstar”,”"I'm a starstar”) son increíbles.
Me imagino mucha gente incomodándose con ello, seguramente lo puso de entrada para joder y espantar a los que no estén dispuestos a escuchar una obra difícil, luego esas quintas continúan pero como melodía, hermosamente oscuro. En el track 2 el batero Mark Guilliana y bajista Tim Lefebre, dos grandiosos y conocidos músicos que grabaron con la aristocracia musical reciente, construyen una atmósfera donde Bowie puede moverse magistralmente y dejar espacios para que los saxos metan solos jazzeros en una textura frenética.
En el tercer track, Lazarus, me quebré. Es enorme esta canción, la letra y la manera en que la canta, tiene tanto drama que es imposible no sentirlo. Devastadora. De las mejores canciones que nos deja Bowie en la historia. Creo que no es necesario seguir escribiendo del disco. Una obra en todos los sentidos. Rock futurista, ¿Puedes reinventarte al final? Sí. Murió siendo nuevo.

Gregory Porter - Take Me To The Valley (Vocal Jazz)

En 2014 Porter gana el Grammy a mejor álbum Jazz vocal, ahora con este está nominado nuevamente para la edición actual. Honestamente me encantan sus cuatro álbumes, es un gran compositor y un barítono excelente. Junto a su productor logra un sonido refinado. Chip Crawford en piano y arreglos, Emanuel Harrold en batería, Aaron James en el bajo y contrabajo, Yosuke Sato en saxo alto, Tivon Pennicott en saxo tenor junto a otros grandes músicos graban este trabajo que lo consolida en el género.
Gregory Porter es el número uno hoy (yo soy de los que prefiero los que escriben su propia música y eso en este género no es tan común). Todo suena cálido, expresivo, con swing (a ratos se acerca al buen soul). Junto a Liquid Spirit ya es mi álbum favorito.

Radiohead – A Moon Shaped Pool (Art Rock)

Noveno álbum de estudio. Un grupo de once canciones en orden alfabético de las cuales dos ya daban vueltas en conciertos hace décadas, son la primera y última del álbum. Burn the witch es la encargada de abrir, luego en Daydreaming comienza el trance. Una hermosa canción en piano y arreglos en de cuerdas en capas, coros invertidos en crescendo. Paisajes instrumentales largos, cerrando con una especie de (perturbadores) ronquidos. Greenwood es cada vez una pieza más importante, sus arreglos vocales y de cuerdas son grandiosos.
Lo mismo pienso de su productor e ingeniero Nigel Godrich, es casi como la relación George Martin y The Beatles. Los motifs en piano y guitarras son perfectamente explotados agregándoles arreglos y la dolorosa voz de Yorke flotando por todo el álbum. True Love Waits al fin está en un álbum, la banda y Godrich lo intentaron en varios discos, ahora con un piano (y otro encima agregando desesperación) está registrada en estudio para siempre, gracias por esa canción, es asombrosa.
Están haciendo la música que crearon ellos en todo este tiempo, no creo que hayan buscado algo nuevo, solo lo hicieron. Tom está adolorido. El buen rock todavía existe y esa afirmación se la debemos en gran parte a esta banda. El amor verdadero espera, no te vayas.

Nick Cave and the Bad Seeds - Skeleton Tree (Cantautor, Rock)

Nick Cave siempre nos entregó oscuras historias. Densas, góticas, violentas. No puedo imaginarme lo que será grabar un álbum palpando la muerte de tu propio y adolescente hijo (Arthur, su hijo de 15 años, perdió la vida después de una caída desde un acantilado).
Desde la primera canción (Jesus Alone) es un álbum desgarrador. “Con mi voz, te estoy llamando”. La base es un caos de estática, algo que no descifro en un registro grave, unas cuerdas, un piano y un sonido ultraagudo tipo sinth análogo en una capa superior, todo medio disonante. La voz y la letra de Cave son demasiado intensas. No tengo idea como logra hacer esto. La mayoría de estas canciones estaban escritas antes de la muerte de Arthur, pero hablan de caídas, pérdidas, desolación y muerte.
El álbum continúa en un registro bajo, con el sonido oscuro y desolado. En el track 4 Magneto se escucha esto: “Mi sangre era para las mordazas y enfermedades de otras personas / mi pequeño recuerdo monstruoso me había tragado entero / era el año en que me convertí oficialmente en la novia de Jesús, / y en el espejo del baño me veo vomitar en el fregadero / por toda la casa escuchamos los himnos de las hienas”.
Nick parece estar en medio de una pesadilla pero no actúa con miedo, lo destripa para dejar canciones.
Al final, en la octava canción, Skeleton Tree el álbum parece más calmo y con algo de luz, los acordes se sienten así, “nada es gratis” dice acompañado de un coro femenil, “todo está bien ahora” repite. Este álbum es una película. Deberías verla (aunque te he metido un montón de spoilers).

Ed Motta - Perpetual Gateways (Soul – Jazz)

La música de este brasileño me fascina desde hace muchísimo cuando lo descubrí en los noventas. Multinstrumentista, gran compositor, arreglista y una de las mejores voces del género en el planeta, les aseguro. Este álbum es un lujo, grabado en Estados Unidos con la producción de Kamau Kenyatta (productor de Gregory Porter), Greg Phillinganes y Patrice Rushen en pianos y Rhodes, Hubert Laws en flauta, Cecil McBee Jr. en el bajo, Curtis Taylor en trompeta, Rickey Woodard en saxo tenor. Complejas canciones, lindos arreglos, soul y jazz brasileño.
Ed Motta se pone al nivel de grandes y no defrauda. Es uno de los mejores discos de su carrera dividido claramente en dos partes, las cinco primeras canciones en formato soul y las cinco siguientes claramente más jazzeras dejando más libre a la superbanda y mostrando grandes paisajes musicales. Excelente álbum.

Anohni - Helpless (Electronic-Pop-Experimental)

Esta es una de mis más grandes sorpresas: descubrir una nueva voz cargada de una propuesta honesta, necesaria y actual es para aplaudir. Su carrera empieza como Antony and the Johnsons. Ella es ahora una artista transgénero, se llama Anohni y este es su primer trabajo bajo ese nombre. Hudson Mohawke y Oneohtrix Point Never (algo así como la vanguardia electrónica experimental actual) co-producen el álbum con ella.
Debo ser honesto, no escucho este género, no había encontrado algo que me llame la atención como para quedarme a escuchar un álbum entero (creo que alguna vez ya comenté, no concibo otra manera de escuchar música que escuchando álbumes enteros), pero estas canciones, textos y sonidos son atrapantes. Es bueno tener la mente abierta para recibir algo distinto.
Quiero empezar a describir esto. La voz de Anohni es extraña, dramática/desesperada, tiene un vibrato y un registro (masculino) que jamás escuché, los paisajes sonoros electrónicos son intensos.Textos feministas, políticos, directos, que hablan sobre la violencia, la guerra, los drones, el gobierno, el racismo, la primavera árabe, el cambio climático, el patriarcado, la crisis. Textos provocadores. Un manifiesto. Me quedo con el gran momento de Hopelessness. Es un álbum brutal y hermoso que describe explícitamente el horror en el que vivimos.

John Scofield - Country For Old Men (Jazz)


Interesante título, un juego de palabras de la gran peli de los hermanos Coen anunciando que se trata de música Country. Scofield es de mis top 5 guitarristas favoritos de la vida. Honestamente debo decir que antes de abrir el álbum, al leer la lista de canciones y sus autores me asusté (George Jones, Hank Williams, James Taylor, J.P. Webster, Dolly Parton, Shania Twain, Darrell Edwards, etc).
La banda está formada por Steve Swalow en bajo, Larry Goldings en órgano y piano y su batero Bill Stewart (varios álbumes con él y también con los dos Pat: Martino y Metheny), El álbum abre con Mr. Fool conocidísimo tema de la leyenda del country G. Jones. No me entusiasmé demasiado aunque su manera de tocar y su sonido estaban allí. El track 2, I'm so lonesome I Could Cry es una vieja y conocida canción de Hank Williams de 1949, bueno, Scofield se toca todo en este tema, debe ser uno de sus mejores solos grabados en su carrera, toca frases impresionantes inside y outside moviéndose sobre la armonía con destreza desorbitante, 65 años y es monumental lo que es capaz de tocar, por favor escuchen ese solo extraordinario. Hay que tener una clase enorme para homenajear a un género así. La música que emana de Scofield se apropia de estas canciones para versionarlas de esta manera. Como muestra deberían escuchar la guitarra (tan dulce) en You're Still The One (Shania Twain), no lo creerían. Genial Mr. Scofield, por favor siga grabando.