domingo, 27 de noviembre de 2016

In memoriam

Leonard Cohen, los eternos momentos

Algo había que decir sobre el inmenso canadiense. Aunque aún creemos que era mejor quedarse callados.


Martín Zelaya Sánchez

“Como solía decir mi anciano maestro: ‘Podemos visitar el paraíso, pero no podemos vivir en él porque en el paraíso no hay ni restaurantes ni lavabos’,hay momentos…”, dice Leonard Cohen hacia el final de Soy tu hombre. La vida de Leonard Cohen, de Sylvie Simmons (Lumen, 2012).
Si hay algo en lo que concuerdo con la mayoría de los obituarios que inundan la red estos días, es que nadie como el maestro canadiense para la lúcida elegancia y para la infinita ironía. Nadie como él en capacidad vicaria, agregaría, porque, convengamos, solo los desprevenidos insisten en su “religiosidad”; acaso, tal vez, espiritualidad; acaso, definitivamente, trascendencia y privilegiada visión para el más allá, para lo de más allá. ¿Qué era Dios para Cohen?
“…como digo en esta canción (Boogie Street) –continúa la cita- en que you kiss my lips, and then it’s done, I’m back on Boogie Street; en medio de un abrazo con la persona a la que amas te fundes en el beso, te disuelves en la intimidad, es como si tomaras un trago de agua fría cuando tienes sed; sin ese refresco probablemente morirías de aburrimiento, pero no puedes vivir allí. De inmediato te vez sumergido de nuevo en el atasco del tráfico”.

¿En qué reside la magia de Cohen? Muchos estetas y perfeccionistas de la canción melódica podrán decir que su carrasposa voz es más bien hostil a los oídos; muchos asumimos esa perfecta imperfección como un bendito vicio para escuchar una y otra y otra vez.
¿Y sus textos? Dylaniano, dirán algunos, beatnik, seguidor de Burroughs y Ginsberg, hippie trasnochado, otros… pero creo que nada de eso. Es, más bien, un género en sí mismo, un erudito que en sus canciones y poemas halla preguntas fundamentales, más que respuestas; dudas y provocaciones, antes que certezas; inquietudes e incertidumbres antes que resignaciones. ¿Acaso algo mejor para provocar las respuestas que a veces buscamos?

“He leído en algún lado que nosotros no producimos pensamientos, que los pensamientos llegan espontáneamente y entonces, fracciones de segundo después, tomamos posesión de ellos. En ese sentido nadie tiene un pensamiento original. Pero los pensamientos originales surgen, y nos lo atribuimos”, comenta en otra parte del libro biográfico. Y para no seguir divagando, mejor ver y leer algunas delicias tomadas de su Libro del anhelo.

Parhelio

[El mar de este mundo]


Una reflexión sobre Juan José Saer “reflexionando” sobre Rubén Darío.


 
Estación de Santiago a fines del siglo XIX.
Rodolfo Ortiz


Apenas si había salido de la Gare de Montparnasse
y ya la lluvia borraba todos los bosques
y el estanque de Versailles. Un día gris, enorme,
reunía los edificios de París a medida
que el tren, impalpable, más alto
que los barrios y más alto todavía que el arrabal,
iba siendo una hilera de ventanas fugaces
para un hombre asomado al balcón de un monobloc.
que tosió varias veces mientras lo miraba
cubriéndose los labios con la yema de los dedos. En este
momento él está solo, en la estación de Santiago,
llevando una valija atada con un hilo y un traje oscuro
liviano, que ya ha resultado insuficiente
en Valparaíso e incluso en el vapor: en semejantes
situaciones nos deposita el mar de este mundo.
[…]

Voy a referirme a estos quince versos que abren el poema “Rubén en Santiago” de Juan José Saer, uno de los poemas más extensos y deslumbrantes que escribió. No agrego nada sobrenatural en este apunte. Quizás no haga más que glosar una lectura que cabe en esos huecos que se abren cualquier rato en cualquier lugar de la tierra. Una lectura, al cabo, mirando la escupidera de los días.
El fragmento del poema sugiere el entrevero de tres personajes, diría incluso de un cuarto no menos intrigante. El recurso para referirse a ellos en tercera persona singular genera un efecto de mancha (un cúmulo de manchas son apariencias que se superponen y van dibujando figuras de lo real, pensaba Saer, mirando uno de los últimos cuadros de Van Gogh), un efecto de mancha, entonces, donde la superposición de personajes (y su grumo) nos entrega uno de los encantos escondidos del poema, que es el de la confusión de los puntos de vista sobre un “fondo de cierta inmovilidad general”, como dirá en otro texto, y que resulta, en este caso, de la experiencia de subirse a un tren viajando de espaldas.
Recordemos que para Saer el uso de la tercera persona es la ficción literaria misma, pues es el único punto de vista posible del narrador. Gracias a la tercera persona, nos dice por ejemplo en “El censo de Belén”, “el acontecimiento se vuelve mito, situación ejemplar, y todo transcurre como si fuese la primera vez, en el chapaleo de lo empírico donde domina la incertidumbre universal”. Así entonces, la narración del viaje en tren que arranca del primer verso viene de una voz narrativa en tercera persona que es Pichón Garay, personaje de Saer, si atendemos al título de la versión manuscrita del poema de 1970 que dice “Pichón Garay viaja leyendo una autobiografía de Rubén Darío”.
Martin Prieto cuenta en un artículo sobre el poema que ese mismo viaje también era frecuentado por Saer cuando daba clases de literatura latinoamericana en la Universidad de Rennes, en Bretaña, vislumbre que por tanto le surge cuando realizaba un viaje de espaldas, abandonando París para ir a dar una conferencia universitaria.
Volviendo al poema, entonces, si el narrador del primer verso es Garay, también pudo haber sido Saer o el propio Darío. En 1970, haciendo el mismo recorrido (si seguimos el testimonio de Prieto), Saer preparaba sobre la hora una clase sobre el Modernismo o Rubén Darío, leyendo amigablemente su Autobiografía, acaso el capítulo XIV muchas veces, cuyas frases, algunas, el poema cita, reescribe o interpreta. Pero también habría que añadir que en esos versos esquivos y exactos podemos descubrir al propio Darío mientras vivía en París y pasaba algunas temporadas de verano también en Bretaña, junto a su amigo Ricardo Rojas, en una villa donde los hospedaba un conde ocultista y endemoniado. O bien desembarcando en Valparaíso el 23 de junio de 1886, en condiciones precarias, llegando de Managua con unas cartas de encargo y sin haber publicado ni un libro todavía, quiero decir, mucho antes de ser adorado como un Dios y que “lo pasearan como a una puta decrépita, / de país en país, siempre medio borracho”, como refiere el poema más adelante. Y algo más, en un texto que Saer titula “Me llamo Pichón Garay”, entre los datos biográficos del personaje leemos: “Vivo en París desde hace cinco años (Minerve Hotel, 13 rue des Écoles, 5ème)”, dirección que Saer asume como propia al final de “Poetas y detectives”, en la colección de doce poemas que se publicaron en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, también en 1970, superposición esta última que sin duda refuerza el conflicto, la confusión, el encanto del poema.
El viaje en tren saliendo de la estación de París, entonces, se superpone a otra estación, esta vez en Santiago, donde sorprendemos finalmente a Darío llegando de Valparaíso, luego de visitar “todos los puertos del Pacífico”, según puntualiza, en el vapor alemán que se llamaba Uarda. Darío emerge nítidamente en el poema en tercera persona: “En este / momento él está solo, en la estación de Santiago”. Pero poco antes, tres versos antes, la voz en tercera persona de Garay mira desde el tren a un hombre tosiendo “asomado al balcón de un monobloc” (la tos de Fefé en Pavese que seguramente le sigue a coro): un cuarto hombre suspendido, insignificante, todo un acontecimiento, que también mira la “hilera de ventanas fugaces” del tren, en la inmovilidad de una secuencia cinematográfica propia del caballo de Muybridge o de Bergson, dentro de la cual se lo oye toser varias veces en un instante tan fantasmagórico que su estela se prolonga a la estación de Santiago, donde Darío, suspendido, insignificante, a la par todo un acontecimiento, también está solo.
Definitivamente el viaje que reconstruye el fragmento del poema es una experiencia radical de extrañamiento, donde recién en el onceavo verso vemos a Darío en plenitud, a través de un “él está solo” que da paso a la reescritura (en el poema) del capítulo XIV de su Autobiografía. En ese capítulo escribe Darío:

Ruido de tren que llega, agitación de familias, abrazos y salutaciones, mozos, empleados de hotel, todo el trajín de una estación metropolitana. Pero a todo esto las gentes se van, los coches de los hoteles se llenan y desfilan y la estación va quedando desierta. Mi valijita y yo quedamos a un lado. […] Una valija indescriptible actualmente, en donde, por no sé qué prodigio de comprensión, cabían dos o tres camisas, otro pantalón, otras cuantas cosas de indumentaria, muy pocas, y una cantidad inimaginable de rollos de papel, periódicos, que luchaban apretados por caber en aquel reducidísimo espacio.


Saer entiende que esta plenitud es un momento de vislumbre negativa, pues el poeta se descubre solo, en una estación que súbitamente queda desierta, donde al segundo pasa a mirarse a sí mismo, sin atributos, en un instante de vacío único, en el que Saer reenfoca el punto biográfico a partir del acontecimiento milagroso en el cual “[m]i valijita y yo quedamos a un lado”; donde el carácter disminuyente del diminutivo no aparece en el poema y se reemplaza por un hilo no menos relevante, pues completa la imagen del contenido rebalsante de la “cantidad inimaginable de rollos de papel”, de los escritos de Darío, donde vislumbramos cierta lealtad por la palabra en las astillas de una pasión rodeada por el fracaso. Tal la plenitud negativa del poema, que carga con la duda, el momento de búsqueda, la posibilidad del surgimiento de una obra a partir de un instante epifánico de despojamiento y fracaso, que se completa, incluyéndonos a todos, en la cavilación final del poema (en primera persona plural) que llega retrocediendo, fragmentaria, intempérica: “en tales / condiciones nos deposita el mar de este mundo”.

Libros

Acerca de El sonido de la H


El académico cochabambino propone una interesante lectura de la novela de Magela Baudoin.




Xavier Jordán A. 

En los Museos Reales de Bellas Artes en Bélgica, colgado de una de sus paredes, descansa del tiempo y de la historia una enigmática pintura de Jaques-Louis David. Es La muerte de Marat. Allá está inerte y sin vida el hombre fuerte de la Revolución Francesa. Con medio cuerpo fuera de la bañera, un pañuelo en la cabeza que le atenuaba las fiebres, un brazo caído señalando inequívocamente el viaje sin retorno hacia la oscuridad de todos los infiernos. Traicionado y asesinado, Marat muere cada día en los Museos Reales y la pintura es la eterna memoria de su triste agonía.
Contemplando horas enteras este cuadro, Peter Weisse escribió hace ya tiempo un drama también agónico: Marat-Sade. Triste retrato de las miserias humanas y las perpetuas enajenaciones.
En algún rincón de esa obra, en el rincón preciso, Weiss hace decirle a Sade que la Revolución, en realidad la vida: “(…) Conduce a una lenta muerte del individuo, a una lenta extenuacn en la uniformidad, a una agoa del juicio, al cruel reniego de uno mismo, a una fatal sujecn al Estado, cuya esfera, infinitamente lejana, invulnerable, planea muy por encima de cada uno de nosotros. Por eso yo me aparto y no dependo ya de nadie. Si es que estoy condenado a perecer por lo menos quiero arrancar a mi terrible rdida lo único que yo puedo arrancar con estas pocas fuerzas. Me doy de baja en mi seccn. Y miro, y eso es todo. Ya no estoy en el juego, pero mirando retengo lo que veo y todo alrededor de mi, todo, todo es silencio”.
La muerte de Marat es el silencio, pero ese silencio es un grito, es un sonido. Es El sonido de la H, novela que a la vez, concluye con la muerte de Marat. La obra de Magela Baudoin es -como el texto de Shakespeare que inspira el título de la obra de Faulkner- un relato lleno de sonido y de furia.
Por cada recóndito rincón de sus parajes, este relato nos lleva a un plano superior de las saudades, nostalgia y dolor a la vez, pero también nos desahoga en redenciones oscuras, en venganzas ingratas y en felicidades a medias. El sonido de la H, es un tránsito continuo y como toda metamorfosis duele y se desangra.
Para su protagonista, la libertad es su meta y ello implica su consagración como mujer. Alcanzar ese punto, requiere apelar a memorias previas. Cuando la ansiada consagración llega, ella está en la ducha: “Me enjaboné primero la cara y la parte de arriba del cuerpo. Luego la baja, pasándome el jabón por la mariposa. En casa le decíamos mariposa. El jabón regresó marrón de su pasaje por la mariposa. Volví a refregarme y volvió a mancharse”.
En una imagen que nos remite a la primera escena de la película Carry de Brian de Palma, la niña era por fin mujer, su tránsito había acabado. Quedaban detrás de ella sus miserias, sus grandezas, sus ensoñaciones de pequeña niña y, como Carry, se preparaba para acometer sus venganzas. Al igual que Marat en la bañera, ella dejaba morir también un tiempo de su vida, un tiempo embriagador, como el vino y sugerentemente rojo, como la sangre. Sus recuerdos tenían el color del rojo borgoña que caía entre sus piernas desde el punto preciso en que emergía una mariposa.
Mar, que así se llama ella, es quizás uno de los personajes más íntimos de la literatura boliviana de los últimos años. En principio porque indefectiblemente su nombre nos remite al significado que tiene para el boliviano ese punto perdido. El mar es anhelo y es quebranto, es deseo y es herida, una herida que no cicatriza. Así es Mar, la de la novela, la Mar. Ajena, hurtada, cautiva, un poco triste, un poco alegre, siempre en silencio.
Mar es lo que es, por estar entre dos mundos, entre dos realidades, entre dos etapas, entre dos hogares. Es, al mismo tiempo, dos personas. En la Bolivia del padre, Mar vive sumergida en el mundo de los abuelos, un mundo entregado al desprecio por la estupidez, contradictorio en sus principios, pero enteramente presto a conocer el universo de Goethe, de Caroll, de Musil, de Brontee, de Karajan. Arquetipos de una intelectualidad bienintencionada, la familia paterna compensa la ausencia del padre con el culto a la belleza, con el amor a la palabra, con la pasión por la inteligencia. El padre compensa su ausencia con un amoroso cinismo y una rancia utopía.
En la Venezuela de la Madre, Mar es la familia incompleta, la aspiración y la rebeldía. Estos mundos marcan el escenario sobre el cual, la Mar se desvive en reflexiones, en callados desvelos, en reclamos inaudibles, en ironías lastimeras. Entrar en El sonido de la H, es entrar de plano a una novela que, literalmente, te propone ir a surcar la Mar. 
El contrapunto no podía ser más perfecto. Él (hombre) se llama Rafaela. O por lo menos aspira a ese nombre y lo hace con coraje, ajeno a la burla y el escarnio, indiferente a la mediocridad moralista, alejado de la brutalidad a la que es sometido por la miseria humana. Compañera y cómplice, Rafaela hace también de antagonista, de espejo retorcido para Mar, que proyecta su imagen y la desfigura como en los ríos de Heráclito el oscuro. Personaje de fuerza inaudita, entre la vulgaridad y la ternura, Rafaela concentra gran parte de la memoria de Mar y del contacto con ella se desprenden las dos escenas más bellas de la novela. Cuando Mar aprende a bailar y cuando Mar aprende a besar. Solas las dos, de hombre a mujer, de mujer a mujer, sus inercias y sus dualidades se complementan en una sola criatura que baila y que besa como descubriendo el universo y como castigando la vida. Esos tiempos harán de ellas únicas e indivisibles, pero también penosamente distantes.
Curioso que todos los momentos claves de la novela tengan un atípico refugio: el cuarto de baño. Es allí donde Mar se encierra, donde Mar se cobija, donde Mar fuma, donde mar se consuela, donde Mar se hace mujer, donde Mar se confunde, donde Mar se transmuta en Rafaela. Es en el baño, quizás, donde Mar deja de ser la chica H y todo el sonido mudo de la letra se derrama en sus cavilaciones más profundas y sus sueños más vencidos. Es también el baño que será la última morada de Rafaela, la bañera que contiene su derrota y su caída, la misma bañera donde yace Marat con el brazo caído, señalando inequívocamente su último destino.

El sonido de la H, es una novela que lo contiene todo sin pretensiones ni grandilocuencias y por eso mismo es magnífica. Todos los elementos del relato podrían haber llevado a Magela Baudoin a dejarse seducir por las tramas intrincadas, por el morbo degradante, por la inocente denuncia o por el hechizo maligno que parece ejercer en estos días lo políticamente correcto. Baudoin es delicadamente ajena a estos pesares y se resuelve en el noble oficio de ser humana. El festín de la lectura no recae en los hechos, sino en la proximidad con que sus personajes se desviven para contarnos nada, para sugerirnos en todo. La novela está hecha de silencios. Como lo anuncia Sade en la obra de Weiss, Mar ya no está en el juego, y su mirada retiene lo que ve y todo alrededor de ella, todo, todo es silencio

Artículo

Sobre Hilda Mundy: Obra reunida

Para seguir enriqueciendo el debate, pero, sobre todo, las lecturas y la celebración de las recientes publicaciones de la autora orureña.



Rocío Zavala Virreira 

El proyecto de inclusión de Hilda Mundy como autora de una de las 200 obras más importantes de nuestra historia en la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, no podía estar exento de dificultades en un camino de interacción con varios de los numerosos actores de este proyecto editorial, el más importante de la historia del país -a recordar sin moderación.
Para tratar del libro Hilda Mundy: Obra reunida (2016) hay que hablar de su antecedente: Hilda Mundy: guerre, après-guerre et modernité. Écriture d’avant-garde dans la Bolivie des années 30 (2013)[1]. Esta investigación, disponible en línea desde comienzos de 2016, fruto de diez años de trabajo sobre la autora de Pirotecnia, siempre se planteó, como tarea primera e ineludible, el redescubrimiento de su producción periodística, dispersa y desconocida hasta hace poco.
Ha sido este propósito el motor de mis investigaciones, con la certeza de ser el único medio valedero para salir de la etapa conjetural a la que nos enfrentaba la autora de un solo libro sin parentezcos evidentes en la literatura boliviana, y de una muestra limitadísima de su producción periodística. Larga y ardua fue la investigación hemerográfica, pero se hizo, y dio como resultado la reunión de 118 textos reprografiados, de los cuales, 102 son nuevos respecto a los 109 conocidos que conforman Pirotecnia y Cosas de fondo.
La bibliografía de mi tesis disponible en internet, da cuenta mediante las referencias de rigor, de tales 118 textos. Este corpus permitió la elucidación de temas centrales: el género literario, la heteronimia, las filiaciones literarias, entre otros que desembocan, claro, en la poética mundyana; la misma que -mediante una escritura del yo y de la puesta en escena del cuerpo- habla de ligereza, de juego y deportes, de digestión y cuerpo ligero, pero también de alcohol y de fuego; y en otro capítulo, de la noche (Zavala, 2013: 281-470).
La BBB me propuso la redacción del estudio y la edición de la obra de Hilda Mundy en febrero de 2015. Para mí, lo dije y lo escribí: un honor y un placer. Camino dificultoso, no obstante, y discontinuo. El proyecto consideraba entonces sólo Pirotecnia y Cosas de fondo, y yo que no veía publicación sin inclusión de mi nuevo corpus, presenté en abril de 2015 un proyecto ambicioso. Además de lo publicado contenía, por una parte, un capítulo sobre la heteronimia dentro de un proyecto global de paratextualidad; y, por otra parte, un archivo iconográfico con las fotografías de los textos del nuevo corpus.
Sin conocer verdaderamente el espíritu de la BBB, estaba yo planteando un texto más para especialistas y seguramente en dos tomos; pero, por lo menos oficiosamente, me lo aceptaron. Por razones que no incumben a la literatura (sino a una reestructuración institucional de la que solo tuve idea hasta mi llegada a Bolivia en agosto pasado) estas tratativas se vieron interrumpidas en mayo 2015 y solo se reanudaron en enero del presente año. Con una comunicación más fluida que agradezco a Plural Editores, el proyecto se perfiló con bases mejor definidas: un libro de información relevante pero accesible al mayor número de lectores(as) posible. Estas nuevas tratativas retomaron la idea de la obra conocida y tuve que insistir nuevamente en lo ineludible del corpus periodístico.
La aceptación final por parte de la BBB conllevaba una neta limitación del número de páginas. Abandoné así cualquier posibilidad de inclusión fotográfica, principalmente: el archivo iconográfico de los textos redescubiertos, así como fotografías diversas sobre la recepción de los escritos de Hilda Mundy en La Patria, La Mañana (donde destacan los comentarios de Geo Bernard Chopp), igualmente en Revista de Bolivia.
Respecto al tema de la heteronimia que, siempre por extensión, no pude incluir: yo he hablado de la actriz inglesa, la verdadera Hilda Mundy, desde 2004 en mi tesis de maestría (disponible desde entonces en el CEDOAL). Pero solo he podido explorar el tema (el acceso por internet a documentos sobre la actriz era mínimo en esa época) a través de un primer viaje a Londres en 2005.
En el British Film Institut recabé información sobre la actriz de cine, pero mediante una filmografía que comenzaba en 1935, cuando la boliviana firmaba sus textos como tal desde 1934. Así, más que el entusiasmo heurístico, fue la certidumbre de un proyecto poético total -en el sentido vanguardista de abarcamiento de artes diversas- la que me llevó a investigar en el Victoria and Albert Museum de Londres y sus colecciones nacionales de artes escénicas. Así pude comprobar, no solo que nuestra Hilda Mundy es la inglesa, sino también descubrir un mundo de diálogo hipertextual en el texto-hipertexto de la orureña. El capítulo “Le moi profond et ses masques” (2013: 313-338) desarrolla esta temática también respecto a los seudónimos: María Daguileff, Anna Massina, Madame Adrienne, Tito Livio, Eryx, Kamon, Lutino y Dumila, presentes en mi corpus de investigación.
La aparición de Bambolla Bambolla (La Mariposa Mundial) de agosto con relación a Obra reunida de septiembre de este año, sorprende por la proximidad de las fechas y las conjeturas sobre las coincidencias. A mí también me sorprende la coincidencia de una parte de los textos y de la información. Pero yo no puedo hablar sobre una investigación que no hice. En lo que me concierne: mis trabajos de investigación, académica y científicamente enmarcados, se encuentran disponibles y constituyen antecedentes, eventualmente esclarecedores de toda polémica.
Finalmente, la tesis de 2013 me ha permitido realizar el estudio y la edición de 2016. Estos últimos, por lo expuesto, constituyen una publicación que los lectores bolivianos hubieran podido leer desde agosto o septiembre de 2015 (como se estaba conviniendo). Pero no fue así y es importante establecer los antecedentes. Y pasar a lo que importa.
Y en ese sentido me alegro: una lectura rápida de los nuevos textos de Bambolla Bambolla me ha confirmado que los mismos enriquecerán grandemente la difusión en español de los temas enunciados en mi tesis. Y la interacción de ambos libros enriquecerá otras investigaciones. Debemos alegrarnos todos, y sobre todo, ese número grande de lectores que tiene y tendrá a su alcance, por bellas artes institucionales, la obra reilonamente densa e hipersemántica de Hilda Mundy.



[1] Tesis de doctorado, Universidad Charles de Gaulle, Lille 3, Francia.

Reseña

Cómo ser una chica Manson


Un trip iniciático que deviene en expedición al lado más oscuro de los ideales hippies. Las chicas es la prima novela de la estadounidense Emma Cline, en la cual recrea los crímenes del clan comandado por Charles Manson.




Nicolás G. Recoaro

El sueño está a punto de terminar. De transformarse en una verdadera pesadilla. California. Tórrido verano del 69. Evie, una adolescente bastante solitaria y algo insegura, se fascina con un grupo de chicas libertarias y desprejuiciadas que conoce por casualidad en un parque. Las chicas pasan sus días en un rancho comunitario liderado por Russel, un gurú mesiánico, manipulador y músico frustrado.
La joven Evie decide sumarse al grupo. Se sumerge en un espiral de fraternidad, amor libre, LSD y otras dosis desparejas de paranoia y violencia. Las chicas, primera novela de la estadounidense Emma Cline (Sonoma, 1989), es un trip iniciático que deviene en expedición al lado más oscuro del Summer of Love. Un libro que hace foco en los años de “paz y amor”, pero también en el territorio fronterizo, donde se gestaba el costado turbulento que manchó con sangre a los ideales hippies.
De prosa elegante y por demás inteligente, Cline se inspiró en los crímenes de la familia Manson para escribir su ópera prima. Episodios clave de la crónica negra americana. El más célebre fue el de la actriz Sharon Tate, la pareja del director Roman Polanski, en agosto del 69. Pero en su novela, Cline no hace foco en la figura psicótica de Charles Manson, el pater familias demoniaco, sino en algo mucho más turbio: las “angelicales” chicas que cometieron los asesinatos, y que ni siquiera perdieron las sonrisas y su mirada provocativa durante el juicio que las condenó a cadena perpetua.
Esas adolescentes “extrañas y salvajes como esas flores que se abren con un estallido fulgurante una vez cada cinco años, con esa provocación escandalosa y turbadora que era casi lo mismo que la belleza”. En el fondo, Las chicas es una novela que bucea con sutileza perturbadora en el mundo adolescente, pero que también golpea duro y parejo a los valores de la sociedad americana: del New Age al consumismo, sin olvidar las miserias del Flower Power.
Emma Cline es licenciada en bellas artes, y cursó un máster en escritura creativa en la Universidad de Columbia. Trabajó como lectora para la revista The New Yorker y ha publicado cuentos en las prestigiosas Tin House y The Paris Review. En 2014, con su relato Marion obtuvo el Plimpton Prize. Las chicas es un best seller desde que llegó a las librerías hace pocos meses. Los derechos de traducción se vendieron a 35 países y el productor Scott Rudin (Closer, Red social y Las horas) está trabajando en una adaptación para la pantalla grande. Cline prefiere mantenerse al margen del proyecto cinematográfico y del runrún editorial. Está preparando un libro de cuentos y una novela. Tiene firmado un jugoso contrato por dos millones de dólares con la editorial Penguin.
Hace pocas semanas, una periodista le preguntó sobre los motivos que la llevaron a escribir una novela sobre la familia Manson, y la joven aclaró que en realidad quería escribir un libro basado en un crimen, pero el crimen en sí es lo menos importante, esa es la violencia más obvia, el desafío era exponer otros momento psicológicos de violencia cotidiana, de vergüenza, humillación y traición. Aunque en el fondo, el corazón de esta historia es la amistad”.



miércoles, 16 de noviembre de 2016

Artículo

La tabla, la calle, la ciudad


El Espacio Simón I. Patiño, en el marco de su proyecto de apoyo a las artes y culturas en formación, Muéstrame tu arte, aupiciará la exposición “La tabla, la calle, la ciudad”, que busca reflejar la esencia y motivaciones del movimiento skater paceño, una práctica cada vez más habitual y que combina las dinámicas artísticas con las destrezas deportivas.




José Luis Sáenz Núñez

Todo comenzó a partir de una pregunta: ¿Qué significa hoy en día la práctica del skate? Y más específicamente, ¿qué significa ésta en el contexto de la ciudad de La Paz?
El skate llega a las calles paceñas a partir de la década de los 90, como movimiento y como práctica colectiva, pues ya años antes hubo algunos pocos aficionados que se subían a las tablas como hobby y en solitario.
Pero fue en la década final del siglo pasado que skaters como Fred Lewy, Milton Arellano, Alfredo Coloma, Winer Solórzano y Leo Oviedo, entre otros, protagonizaron las primeras “olas del skate” en esta hoyada; olas que generaron, en ese entonces, un movimiento esporádico y muy reducido en número, pero que a pesar de todas las limitaciones continuó deslizándose en las empinadas calles de esta ciudad; y lo hace hasta el día de hoy.
Estos skaters pioneros llegaron a contribuir de distintas maneras a la creación de un movimiento ligado a esta práctica. Con el tiempo, más y más personas integraron este grupo, y una cierta comunidad skater comenzó a ser constituida, y a formar una identidad acorde a la especificidad paceña: su topografía, clima y las características de la urbe y su gente.
Desde un principio las posibilidades de acceso al skate en esta ciudad han sido muy limitadas y limitantes: desde la obtención de los accesorios necesarios para su práctica (tabla, ejes, zapatillas, etc., la gran mayoría importados), hasta el acceso a espacios dedicados específicamente a este propósito. A pesar de ello, el skate paceño ha ido evolucionando y se ha expandido de manera considerable. Las particularidades del contexto han generado diferentes reacciones e iniciativas culturales, artístico-creativas, e incluso arquitectónicas de la parte los practicantes.
Los skaters están construyendo una cultura propia que poco a poco va consolidando diferentes logros, que van desde la documentación de su propio movimiento (películas, documentales, etc.), hasta la construcción de sus propios espacios (parques de skate, mobiliario urbano, etc.), pasando por la adaptación y personalización de los implementos: tablas, ropa y zapatillas.
A pesar de ser hoy en día un deporte aceptado en diferentes circuitos a nivel mundial, el skate no termina de definirse ni como práctica deportiva, ni como arte (aunque está claro que tiene un poco de ambos), ni como otra actividad perteneciente a algún género específico. “El skate simplemente es lo que es. Es indefinido”, comenta Alfredo Coloma, uno de los paceños precursores de esta práctica.
Aun así muchos de los principios de su práctica se comparten en todo el mundo, y su condición de indefinición se impone. Es así que en La Paz, el skate es apropiado y amoldado según el ritmo, la lógica y la cultura propia de la ciudad y esto hace que sea una práctica comprometida con el desarrollo de la misma.
En resumen: el skatebording en esta ciudad todavía es relativamente reducido, pero ya tiene su propia identidad; una identidad que, definitivamente, gira en torno a la plaza Abaroa en el corazón de Sopocachi, el punto central e icónico de los skaters. Casi todos los días en la tarde o en la noche, no importa la época del año, siempre hay al menos una persona o dos con su tabla, practicando incansable una y otra vez en este enorme área verde con espacios ideales para la práctica; y a veces son grupos medianos o grandes los que copan sus amplios corredores y pasajes, que hacen las veces de circuitos.

La exposición 

Alejandro Mendoza y mi persona, como miembros de la comunidad skater de La Paz, consideramos muy necesario buscar un espacio en el cual mostrar la producción creativa que el movimiento protagoniza y genera, es así que se postuló a la convocatoria “Muéstranos tu arte”, iniciativa del Espacio Simón I. Patiño de apoyo e incentivo a diferentes expresiones artísticas y culturales urbanas, y que nos dio la posibilidad de  llevar nuestra motivación y actividad a un nivel de reflexión y difusión de cara a un formato de muestra artística.
Con la curaduría de Alfredo Coloma, decidimos recopilar la mayor cantidad de documentos y obras producidas por y para el skate paceño. La muestra -con videos, documentales, fotografías y tablas personalizadas: talladas y pintadas por los practicantes- abrirá sus puertas entre el 24 de noviembre y el 22 de diciembre en el anexo del Espacio Simón I. Patiño ubicado en la zona de Sopocachi de La Paz. Además de la exposición de imágenes y audiovisuales, se llevarán a cabo tres conversatorios que tratarán las siguientes temáticas en torno a la práctica del skate:

·                    Identidad, integración, implicación y comunidad (25.11.16 / 19.30)
·                    Pensar y habitar el espacio urbano (1.12.16 / 19:30)
·                    Posibilidades en el dominio de la creación (15.12.16 /19:30)

Por primera vez los skaters trasladaremos nuestra experiencia a una sala de exposición y propondremos nuestras tablas y nuestra vocación como objeto de cuestionamiento e introspección en relación con la ciudad.
Como estudiante de arquitectura y del espacio urbano, alguna vez escuché decir que “caminando se hace ciudad”, como skater puedo afirmar que “deslizarse sobre una tabla, es hacer ciudad”.
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Muéstrame tu arte

El Espacio Simón I. Patiño lleva ya varios años apostando por el proyecto Muéstranos tu arte, una convocatoria de fomento y difusión a las expresiones culturales, dirigido a creadores jóvenes que empiezan a construir su trayectoria.
La propuesta está dirigida a los gestores y creadores en las áreas de: fotografía, artes plásticas y visuales, teatro de pequeño formato, música, además de presentación de libros, historietas, revistas, y cortometrajes. Cada año se difunde la convocatoria, se reciben las postulaciones y un equipo de especialistas elige a los ganadores a quienes el Espacio Patiño auspicia, asesora e incentiva en la organización de exposiciones, coloquios y presentaciones de sus proyectos. Uno de los ganadores este año fue el colectivo skate paceño, cuya muestra central se conformará de esta manera:

Fotografías:
José Luis Sáenz (La Paz)
Alfredo Coloma (La Paz)
Milton Arellano (La Paz)

Trabajos en tablas:
Alejandro Mendoza (La Paz)
José Castro (Quito, Ecuador)
Diego Aliaga (Cochabamba)
Salvador Salinas (La Paz)
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Un poco de historia y contexto

El skateboarding está relacionado con la cultura callejera, aunque su práctica es cada vez más diversa e incluso profesionalizada. Un reportaje de la American Sports Data estimó el número de skaters es de 13,5 millones en todo el mundo; de estos el 80 % tiene edades inferiores a los 18 años, y el 74 % son hombres.
La práctica se concibe esencialmente como una forma de expresión personal, ya que casi cada skater tiene su estilo y técnicas propias. En solitario o en grupo, toman los espacios urbanos de forma “subversiva” debido a que por lo general no poseen áreas específicas y propias para su práctica, y por eso hasta mediados de los 90 en no pocos lugares los jóvenes portadores de su tabla eran vistos como antisociales o incluso potenciales criminales.
A principios del siglo XXI, el skateboarding era uno deportes más atractivos y frescos en EEUU y parte de Europa, pero en los últimos años el aumento de popularidad del patinaje en línea (rollerblanding) y la bicicleta de motocross (BMX) han atentado contra la supremacía de las tablas con ruedas tradicionales. De todas maneras, los especialistas están seguros de su repunte y perdurabilidad.
Para hablar de sus inicios, hay que decir que el surfing es el padre biológico de este deporte-arte eminentemente estadounidense. Esta conexión dio al skateboarding una dirección que influyó e influye aún en diferentes aspectos, desde maniobras y estilo, hasta moda y actitud.
Desde finales de los 50 e inicio de los 60, la música surf americana y las películas fueron su gran contexto de consolidación. Los jóvenes comenzaron a buscar formas de recrear la sensación de remontar una ola en tierra. Pronto experimentaron con diseños semejantes a la tabla de surf. El primer skateboard comercial, el Roller Derby, batió records de venta en los almacenes en 1959.
En 1963, la fábrica de skateboards Makaha, formó un equipo de expertos para promocionar su producto. Hoy, los equipos que viajan patrocinados por los fabricantes son el elemento principal de la comercialización de la industria, pero de lejos, la esencia y espíritu son las tribus urbanas o los skaters solitarios que recorren las calles y parques de sus ciudades, anónima pero genuinamente. (Con datos de www.detribusurbanas.com y todas-las-tribus-urbanas.blogspot.com).


El chicuelo dice

Digamos que estas son las
razones
para irse de acá

[o bien: que la Iglesia Católica no se meta con mis cenizas]. Así decidió Wilmer Urrelo subtitular este divertido texto, una lúcida respuesta a la última atrocidad del Vaticano.



Wilmer Urrelo 

…dicen que murió en un día
en que el cielo
era azul como el día de hoy

Morella, Antonio Ávila Jiménez


Digamos que me refiero a eso. Al derecho a irse de acá como uno quiera o, en el peor de los casos, como uno pueda. Y que nadie se meta con tu cuerpo. Ni con lo que quede de él. Los huesos, las cenizas, una masa de músculos inútiles ya. El pobre cuerpo marchito de uno. En estas palabras me referiré al inalienable derecho de largarse de este mundo por las siguientes razones:
Digamos que por el cielo. Digamos que gracias a las nubes. Digamos que por tu sonrisa. Digamos que también por la mía. Digamos que por el odio al mundo. Digamos que también gracias al olor de las piedras. Digamos que por los chiwanquitos. Y digamos que también por las señales. Por las múltiples señales cerebrales y espirituales. O digamos que por los perros. O digamos que también por la literatura. Digamos porque cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca? Digamos que también por mis dedos. Digamos que ahí están mis manos, que son éstas, ¿las ven?, las mismas que a veces no me sirven para nada. Y mis ojos, digamos que también por eso. O quizá por mis labios.
También digamos que porque mi cuello. O sostengamos que porque mis piernas. O digamos que por la estupidez paceña. O porque los bolivianos y sus complejos metafísicos. También sostengamos que porque el frío y sus miles de historias. Porque la existencia del sol altiplánico. O porque los sueños no se hacen realidad. O reafirmemos que porque los sueños nunca se hacen realidad. Digamos que porque tu sonrisa de nuevo. Porque mi sonrisa también. O digamos porque también la gente me caía gorda. O porque la enfermedad.
Y también digamos que porque las cosas importantes nunca llegan (tan solo se hacen presentes el dolor y la enfermedad). Sobre todo digamos que porque me dio la gana. Porque siempre hice lo que me dio la gana. Porque quizá eso fue un error. O digamos que porque la tristeza. Porque la tristeza es grande e inabarcable, como ese cielo azul que se hace visible en “Morella”.
Una vez más: como tu sonrisa y como la mía y como la profundidad de los cielos azules. Por tercera vez: digamos que por tu sonrisa. O afirmemos que digamos que por la incomprensión de tu silencio, también. Y también digamos que porque la humanidad no vale la pena. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca? Sin embargo, también porque la poesía. Porque la música nunca se acabe, ni cuando me vaya de acá. Porque sería lindo la guillotina. O tal vez porque me dolía el estómago. Porque el dolor medular pudo más. O casi seguro porque el dolor medular y la tristeza siempre pueden más. Y porque tu sonrisa también pudo más. O digamos que porque volveré y robaré millones.
También por curiosidad: porque quería ver qué había más allá. Comprobar si había algo. Si estaba ese señor de los curas o quizá el cachudo de los metaleros. Digamos que porque seré cenizas ya. Porque ya olvídenme. Digamos porque la luz paceña y porque podía ver sus pliegues infinitos y eso se traducía en agonía. Digamos que porque mi lejana y plomiza niñez. O porque tu sonrisa, tu sonrisa y tu sonrisa. Digamos que porque el odio. Digamos que porque el amor y la indiferencia. Digamos que porque todo me es indiferente. Digamos que porque las rieles de todos los trenes que vio mi papá en esa niñez de colores. O digamos porque la vida me importa un comino. Digamos porque me importas más tú. Porque me importa más tu sonrisa. O digamos que porque ya estaba harto de todo. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca?... ¡caracho! Digamos que porque Bolivia. Digamos que porque quería tener conejitos de mascotas.
Y también digamos que porque la ciudad de La Paz. Digamos que porque el agua. Digamos que porque el fin del mundo está todavía muy lejos y ya no podía esperar. Digamos que porque las galletas. Digamos que porque los chocolates. Digamos que porque la escasa piedad. Digamos que por la vida y los saltos al vacío con los ojos cerrados. O digamos que la pena se la lleva astillada en los ojos. Digamos que (subrayémoslo) porque tu eterna sonrisa. Digamos que porque mi corazón vanidoso. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca?... ¡la chucha! Digamos que porque mi ombligo. Digamos que porque mis dedos. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca?, ¿en qué manos?, ¿frente a qué par de ojos?, ¿sobre qué mesa de noche? Digamos que porque mis perfumes son vallejianos: “Cuando alguien se va, alguien queda”. Digamos que el que se va es uno y la que queda eres vos (la de la sonrisa). Digamos que porque el frío de todas las madrugadas. Digamos que porque las fiestas.
O digamos que porque mis fosas nasales. Digamos que porque la brutalidad del ruido. O del corazón. Del corazón y de las llagas. Digamos que porque el silencio es hermoso, como una ocarina. Digamos que porque el río. O digamos que porque ver correr a la gente bajo la lluvia. Digamos que porque que me dio la regalada gana. Digamos que porque siempre hice lo que me dio la regalada gana. Digamos que porque estaba cansado de todo. Digamos que harto de todo pero menos de la sonrisa de ella (la que se queda; el que parte soy yo). Digamos que porque el tacto. Digamos que porque no aguantaba más. Digamos que porque es lindo irse así. Digamos que porque la eternidad es una piedra altiplánica. Digamos que porque me dio la recontra regalada gana. Digamos que porque siempre hice lo que me dio la recontra regalada gana. Digamos que porque me olvidarán. Digamos que porque les ordeno que me olviden. Y digamos que porque tu sonrisa toda la vida.
Digamos que porque mi sonrisa toda la vida. Digamos que porque cuando pase viviré lejos: allá, en un rincón púrpura. Digamos que porque no soy nadie nada nadie y nada a la vez. Digamos que porque sí porque sí y porque sí. Digamos que porque al fin puedo decirles chau, no me gustó estar acá, salvo por tu sonrisa. Digamos que cuando pase ¿dónde quedará mi biblioteca?... ¡miéchica! Digamos que porque las cosas y sus colores. Sí, corazón vanidoso: digamos que los seres humanos y el inalienable derecho a irse de acá. Digamos que ¿dónde quedará mi biblioteca?... ¡la chuchumeca!
Y el pequeño niño blasfemo diciendo:
-Véndemela a precio de gallina muerta, así podrás dejar plata para pagar tu cremación y de paso sobornar a un cura.

-Como todo bibliófilo, pequeño niño blasfemo -concluye el Chicuelo sabiamente-, eres una mierda. Digamos que un carroñero de la desgracia ajena, cabrón.