miércoles, 21 de septiembre de 2016

Entrevista

Julio Barriga en una fría noche en Sopocachi

A modo de celebrar la aparición de su Poesía reunida (El Cuervo), adelantamos parte de una entrevista de largo aliento con el poeta tarijeño.



Martín Zelaya Sánchez

Noche helada en un tercer piso en la avenida 20 de Octubre. En el venido-a-menos barrio de Sopocachi donde Julio Barriga trashumó a inicios de los 80 y al que casi sin falta vuelve en visita anual desde hace ya casi una década.
Hay unas buenas cervezas en la heladera pero, por el frío, tiene más éxito el resto de un singani de hace algunas semanas, y hasta un cuarto ron de dudosa procedencia y calidad.
“Mi abuela recibía vinitos pateros de Camargo y los tenía ocultos. En su ausencia yo aprovechaba para pegarme mis primeros vaso”, recuerda el viejo al inicio de la charla cuando, tras aceptar la grabadora al medio de la mesa, se habla, claro, del trago y su omnipresencia.
“Luego en la adolescencia, era clásico que los niños se levanten un buen pedo… la familia se reía y no había tanto escándalo como podría pasar ahora”.

- ¿Eres un  escritor maldito, Julio? ¿Existe tal cosa?, pregunta Marco Montellano, poeta también, quien tercia en la charla. (En realidad, quien hace de anfitrión esa noche, y de quien Julio Barriga es mentor desde mediados de la década pasada, cuando empezó a curtirlo de lecturas y lo aterrizó de desmesuradas expectativas de vate iniciático: “siempre fue honesto y destrozaba mis tristes versos”, cuenta Marco. “Pero así empecé a ser riguroso y exigente con lo que escribía”).
“El malditismo existe, es innegable -responde Barriga- pero quizás yo no soy un escritor maldito, solo soy un escritor kencha… a lo mucho un maldito romántico”.
Y el tema no puede evitarse aunque ganas dan. Si algo no necesita la literatura boliviana es seguir con los encasillamientos: que si literatura social, que si literatura con compromiso, que si literatura regional… y, claro, no son pocos los que ponen en un saco a Arturo Borda, Jaime Saenz, Víctor Hugo Viscarra y Julio Barriga… pero no por afinidades en su estética o impronta, claro, sino por su apego a la bohemia y las copas. Como si eso bastase. Como si eso los hiciera diferentes al resto. Como si…
“Todo eso me interesa un rábano” dice Julio mientras seca el vaso y se sirve otro, y continúa. “Los grandes malditos son Baudelaire, Artaud, Rimbaud… No sé si los americanos eran escritores malditos del todo, hablo de Fante, Bukowski… tal vez. Y en Bolivia yo creo que Borda y Saenz sí lo eran, pues vivían y escribían con voluntad de destruir, de ir contra todo, de no conformarse con lo convencional… privilegiando el desorden de los sentidos”.
Y ya pasando a hablar de poesía… “qué versos se te vienen a la mente, casi sin pensar”. –Creo que Byron:

Por lo tanto nunca más pasearemos
hasta las altas horas de la noche
aunque el corazón siga enamorado,
y aunque siga brillando la luna…

“Lord Byron ya no me gusta casi nada, pero el traductor, en este poema, hace mucho y nunca me saco los versos de la cabeza. Tengo etapas: a veces sigo merodeando en Apollinaire, con en el que algunos me encasillan por completo… a veces porfío con Sofía de Mello”.

Terror de amarte en un sitio tan frágil como el mundo.
Mal de amarte en este lugar de imperfección
donde todo nos quiebra y enmudece
donde todo nos miente y nos separa

Si no le cortamos, recita todo el poema. “A veces me emperro con Alejandra [Pizarnik], y siempre, ¡siempre!, vuelvo a Amy Winehouse… tengo algo, tengo siempre un momento y lugar en que todo se parece ya a Amy…”. - ¿Y si un día te aburres de la Amy, viejo?, tercia Montellano. –“No me hagas asustar carajo”.

“Mejor seguimos con poemas. ‘De repente pasan más de mil años’, es un verso que le he chorreado a Eduardo Nogales… esa es la poesía… No hay poeta al que no le haya chorreado. A Enrique molina, le he sacado estrofas enteras, y títulos, a otros les he agarrado el tono y la locura… hasta la boludez, como a los peruanos.  Yo pienso que los mejores poetas son los peruanos… ¿o serán los chilenos? Huidobro y Vallejo, no sea cuál más que cuál”.
- ¿Y de poetas bolivianos? - “Me quedo con los clásicos Saenz y Cerruto; después Quino y me gusta MacLean, lo leo con enorme placer al “Quichi”, más que sus versos, sus prosas. Después, no hay que olvidar a Jorge Suárez, que tiene poemas bellísimos como ese a la cueca en el que lees y no puedes evitar casi cantarlo, no puedes no notar el aire, el sonido de cueca… ¿cómo era…?

Medio que logra y medio que no logra acordarse Barriga del soneto de Suárez. Quizás sí pero ya casi al final de la noche, cuando ya la grabadora murió y no nos dimos cuenta… o quizás cuando aún aguantaba y registró al menos una hora más de conversa que en algún momento emergerá, esperemos.

Comentario

La guerra del papel, un desafío

Reseña de La guerra del papel (3600), de Oswaldo Calatayud, la obra ganadora del Premio Nacional de Novela 2016.
 

 Martín Zelaya Sánchez

Valga para empezar una sinopsis breve, de esas de catálogo de editorial, de La guerra del papel: K, en los años 2033-35, en una ciudad y país inventados para la trama, es un enfermo terminal que mientras va perdiendo poco a poco sus capacidades escribe frenéticamente a Abril, una mujer que apenas conoce y que hace mucho dejó de responderle.
K es un exatleta de élite (y ella también) que vive como conejillo de indias de una corporación médica y laboratorio de medicinas, junto a sus dos hijas adoptadas y con la constante visita de un nuncio que escribe sus cartas a dictado, las lleva a destino, y se hace finalmente cómplice y albacea inseparable. Una novela futurista, que no de ciencia ficción específicamente.
La obra con la que Oswaldo Calatayud ganó el XVII Premio Nacional de Novela que acaba de ser publicado por editorial 3600 es, entre otras cosas, una profunda reflexión sobre la disolución mente-cuerpo -a través de dos constantes (de dos constantes ausencias, mejor dicho): la salud y el deporte-; y también, una novela sobre la soledad total e irremediable y la deshumanización que, ligadas a la imparable tecnificación, parecen signar nuestro futuro como especie.
“Mi cuerpo es un facsímil, casi el de un niño que tiene a los garabatos por bien…”, señala K. “Personalmente, nunca he disimulado mi deseo de reencontrarme con mi cuerpo en el más allá, mientras mi alma desperdicie su tiempo errando así que asá tras la burocracia celestial”, dice, en otro momento, el tullido protagonista.
Por otro lado, “el tema mismo de la novela -bien lo dijo Calatayud en una conversación que tuvimos apenas conoció el fallo- versa sobre la función límite del papel y de la escritura en una sociedad en la que ni los cuerpos ni sus voces sostienen contacto. Por eso traslado la escena al futuro, para plantear una hipótesis cierta: que se acabe el papel, que se acabe la escritura y que muramos en la soledad de nuestros cuerpos tullidos de tecnologías”.
Qué ironía no querer y no poder hacer nada más que escribir y escribir todo el día, frenéticamente, a alguien sin siquiera la certeza de ser leídos, en un momento en el que es un lujo extremo conseguir un simple pliego de papel, un elemento casi en extensión; en un momento en el que, la sociedad alcanzó cumbres en la ciencia médica, pero no es capaz de superar la discriminación económica.
La guerra del papel es una novela compleja, densa, desafiante, una novela que, como bien comenta su autor “exige una relectura, que es mucho pedir en la actualidad en que todo se mira muy de pasada o de reojo”.
Siempre es esencial el cómo, sin denostar el qué pero, reconozcámoslo, no siempre, sobre todo en los días que corren, nos topamos con un libro trabajado con tanto ahínco palabra por palabra. Hay muy buenos libros en los que se nota que los narradores trabajaron hasta el cansancio en la economía de palabras, en decir lo más y mejor posible con pocas palabras, en pocas páginas. La guerra del papel va a contramano y por eso vale la pena incidir en este punto. 
De ahí que en el fallo del jurado se lee “una obra que va a contracorriente con el minimalismo realista que domina el actual panorama literario en Hispanoamérica”. Y es que estamos ante un texto diferente y original, no por ser casi cien por ciento espistolar (que aunque poco frecuente, sí hay algunos casos en Bolivia), sino porque en sus casi 400 páginas, domina una sola voz, la de K, el emisor, el narrador, el protagonista, solo ocasionalmente sustituido por el nuncio en algunos pocos capítulos en los que también escribe cartas a modo de dietario; y también porque prácticamente no hay diálogos ni descripciones inherentes al ámbito específico de la trama (sí las hay, claro, de los recuerdos-delirios de K contados en las decenas de misivas).
Para cerrar, creo que valen unos pocos apuntes concretos que, esperemos, inviten a la lectura:

-          El carácter epistolar refleja, por una parte, cómo el acto de escribir puede ayudar a mantener una cordura mental en medio de la degeneración física y, por otro lado, que aunque sea platónicamente el amor de todas maneras es un logro, una alternativa ante las luchas que de antemano se saben destinadas al fracaso.
-          Hay un subtema crucial en la novela: el salvaje empoderamiento de lo institucional-empresarial (el avance tecnológico y científico) por sobre lo humano individual; esto reflejado en el descorazonado proceder de las multinacionales de la salud y de la tecnología que cambian y manipulan la cotidianidad a su antojo e interés.
-          La figura del nuncio es crucial, aunque no lo aparente: un amanuense, un fiel “patiño” al parecer decorativo y sin poder alguno, pero que eventualmente omitiendo o manipulando instrucciones o dictados, puede determinar el rumbo de las cosas.
-          Abril, como personaje fundamental aunque no tenga casi una línea en toda la obra, aunque no aparezca en primer plano sino solo por referencias, aunque no tenga perfil descripciones ni antecedentes explícitos.
-          Un libro objeto: viñetas, calados, recortes, recuadros, tachaduras y tramados que afortunadamente fueron respetados por la editorial 3600 haciendo honor al diseño conceptual que el autor planificó para su obra.

Un libro difícil, un desafío que, encarado con decisión y seriedad, es una lectura diferente de todas las anteriores ganadoras del máximo concurso literario nacional, de todo lo que estamos acostumbrados.


Entrevista

Matilde y el placer de volar

A modo de conocer a fondo a Matilde Casazola, que fue homenajeada en la FIL La Paz, reproducimos un extracto de la entrevista que Baudoin le hizo para su libro Mujeres de costado.



Magela Baudoin 

Matilde Casazola tiene un ojo cojo, abatido, destinado a la oscuridad y que, obstinadamente, no quiere parecerlo. Es como si esa ceguera parcial debiera pasar inadvertida, como si ella hubiera querido omitirla, como evadió en la vida todo lo que podía cortarle las alas porque quería crecer, ser gigante, ganarle de mano a su pequeña estatura.
Como se sabe, la poesía es inherente a Matilde, mana de sí naturalmente, de su infancia y de su cuna, casi como una marca congénita. Ella, que anduvo por nueve años con un titiritero trashumante vagando de pueblo en pueblo en Argentina, volvió al país con la brújula de su talento y la determinación de su vocación, para ponerle música a la poesía o al revés. Así, trabajó febrilmente como necesitando devorar su época y agotó tanto su condición, que luego de dos décadas contrajo tuberculosis. Entonces debió apaciguarse, pero ya lo había cambiado todo: su historia y, con ella, la del arte boliviano.
Por eso es una criatura intemporal, iconoclasta, de este y todos los tiempos, capaz todavía de hallar cosas que decir en las cicatrices de su sombra.

- Entiendo que siempre fuiste una niña inquieta y revoltosa
- Siempre he sido rebelde, quise tener alas grandes desde muy niña. Lógicamente que con el tiempo uno va madurando y aumentando en la prudencia. Pero aun así, sigo con ese enamoramiento que tuve siempre de la libertad y será así hasta el final.

- Sé que entraste rápidamente en conflicto con el Sucre conservador.
- Terminado el bachillerato y mientras estudiaba música, conocí a un excelente artista llamado Alexis Antiguez, que hacía títeres y había llegado de Argentina. A mí me encantó este hombre porque había hecho mucho mundo... Yo me cansaba de mis compañeros de clase, eran aburridos y cerrados. En cambio este hombre, tenía otra visión. Fuimos enamorándonos y acabamos siendo pareja.
Bueno, él era mucho más alto que yo, que era muy jovencita pero parecía mucho menor de lo que era. Yo tenía 20 y él unos 36. Como él era argentino y tenía un lindo poncho, yo agarré una frazada antigua de mi mamá y me hice un poncho. Era un poncho medio harapiento el mío pero a mí me fascinaba. Íbamos agarrados de la mano y era el gran escándalo (ríe). A mí no me interesaba absolutamente nada lo que dijeran.

- ¿Fue tu primer gran amor?
- Más que un gran amor fue un compañero muy bueno, que duró nueve años durante los que estuvimos errantes, viajando con los títeres. Para mí fue una liberación, en el sentido de que yo tenía que emprender mi camino fuera de casa. Obviamente me enamoré, pero en ese momento me dije: “Me voy con él, a conocer el mundo”. Esa era mi idea y hasta ese punto llegaba mi rebeldía. Los que sufrieron mucho fueron mis padres.

- ¿Ya entonces sabías que querías dedicarte a la música?
- Terminando el bachillerato hice dos cursos de música, estudie piano y guitarra. Como no había un conservatorio de música, entré a la escuela de maestros, a la Normal en la sección musical. Pero no me conformaba porque yo quería aprender música en lo profundo, ser música, no maestra de música.

- La poesía estaba en tu ADN familiar, era algo esencial en tu vocación. ¿Cómo no atender a ese llamado?
- El ser poeta era una cosa inherente, totalmente natural en mí, desde niña la poesía fue bienvenida en nuestra casa. Quizás tuvimos una suerte enorme en relación a otras casas, donde más bien los padres se enfurecen de que los hijos puedan ser poetas o músicos. Mi madre era poetisa y era pianista. Nos ha arrullado desde el comienzo con canciones hermosísimas. Ha sido tan natural amar el arte que fue una cuestión de herencia.

- Te criticaron mucho por mezclar música folklórica con poesía. Ese es quizás tu aporte principal, pero no era muy comprendido, ¿no?
- Desde el principio he tenido gente que se ha apasionado con lo que hago o que lo ha repelido, pero nunca he buscado gustar. Mi finalidad siempre ha sido compartir mi mensaje con otra gente que yo sabía que existía. Nunca he transigido en el gusto del público. Eso me ha provocado problemas, había gente que estaba encantada con el hecho de que yo le había puesto poesía a la música boliviana, pero otra gente que decía que yo no tenía voz para cantar. Además yo no hacía un espectáculo, como algunas mujeres que salen muy bien vestidas para ser admiradas. En realidad yo estaba lejísimos de eso. Yo cantaba con mi guitarra, con un atuendo lo menos llamativo posible, para que la gente se llenara de mis canciones.

- Cuéntame de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Fueron amigos muy cercanos, según entiendo.
- Marcelo era un hombre polifacético y yo seguramente le toqué la faceta poética que estaba medio dormida y quizás un poco rezagada a causa de la urgencia de la política, pero él siempre tuvo ese amor por la poesía. Cuando nos conocimos simpatizó muchísimo conmigo y llegamos a ser muy amigos con su familia. Era una relación casi filial muy hermosa. Pero mi mundo era el arte y no la política. El día que me enteré por un periódico que estaba en una lista de diputados del PS1, me horroricé y él me dijo: “No te preocupes, estás en el número 13”. Él puso mi nombre como algo simbólico, pero yo no sabía nada, apenas les escribía canciones. Me interesó la política exclusivamente por la integridad de él y ese tiempo breve de mi incursión en la política terminó con la tragedia de su muerte.

- ¿Qué hiciste entonces?
- La patria estaba espantosa, mis amigos estaban con temor y me pidieron que dejara La Paz. Yo me quedé con Cristina Quiroga en momentos muy difíciles... Estuve con ella hasta que mis propios amigos me despacharon a Sucre. Quedé muy afectada con la muerte de Marcelo, fue un año de total niebla…

- Estuviste muy enferma con tuberculosis, bueno es que también tuviste una vida tremendamente bohemia…
- He tenido una vida tan intensa, que un día era una vida. Además estaba rodeada de gente parecida a mí, no medíamos el tiempo, todo era infinito en ese momento. Entonces escribí como nunca, compuse como nunca del 70 al año 87, que fue cuando de golpe sentí que algo no andaba bien en mí.

Primero pensé que era un desgaste, un cansancio. Fui a un buen médico y me dijo que era tuberculosis en el pulmón izquierdo. Fue una cosa terrible. Me fui desgastando aceleradamente, hasta que en mi último recital las manos no me respondían. La tuberculosis se manifestó en mí con un agotamiento y al final mi voz no salía. Me quedaba agotada de haber hablado. Logré en dos años recuperarme. Desde entonces he quedado delicada, dejé la bohemia y la vida desordenada. 

Reseña

La novela de Santa Cruz


Reseña de Santo vituperio, la novela que más alegrías le dio a Homero Carvalho, y que acaba de reeditarse para presentarse en la FIL La Paz.



Martha Cuba Cronkleton

“Mientras Inés de las Muñecas era asesinada en una sombría calle de San Lorenzo de la Sierra, Julián Paz Sanabria encendía el computador para continuar escribiendo un artículo periodístico”.
Desde la primera vez que leí esta línea, supe que Homero Carvalho tenía un proyecto interesante en sus manos: un asesinato, un periodista escritor, y una ciudad: San Lorenzo de la Sierra que no es otra que la ciudad de Santa Cruz. La importancia de la ciudad en la novela Santo vituperio es innegable: ella no es solo telón de fondo o espacio donde se desarrollan los hechos, es prácticamente un personaje.
El hecho de que un escritor dirija su atención a una ciudad en particular no es algo nuevo en el siempre cambiante mundo de la ficción: John Dos Passos o James Joyce hicieron de Nueva York y Dublín verdaderos temas literarios. Como ellos, Homero Carvalho decide brindarle homenaje a una ciudad específica, y el resultado es esta novela, a la que podríamos llamar la novela de la Santa Cruz actual, de la Santa Cruz contemporánea.
El lector rápidamente se sentirá atraído por la cantidad de información ofrecida acerca de esta ciudad: abundan las descripciones de bares, calles, edificios y monumentos, sin olvidar uno que otro apunte histórico. Sin embargo, no hay duda que los cafés de la avenida Monseñor Rivero, bautizada en la novela como Monseñor Barlozzi, son los protagonistas.
Caracterizados por una personalidad propia que promueve la tertulia, el diálogo y la comunicación, los cafés se convierten en lugar de reunión de los más variados personajes: solitarios, viajeros, turistas, kollas en comisión, parejas de enamorados, consultores, vagos y ociosos, y por supuesto toda la gama de las “hadas”: las despechadas, las amargadas, las divorciadas, las separadas… Tampoco debemos olvidar la inclusión de ilustres intelectuales de la ciudad, muchos de los cuales podrán ser reconocidos por el lector: Gabriel Daguer, poeta admirador de Dante Alighieri; Pablo Oshinaga, escritor vallegrandino; Luisa Talarigo, poetisa italiana, así como aquella jovencita apellidada San Lorenzo a la que se le ha ocurrido decir que las lorenceñas son unas leonas en la cama. Personajes todos que, de alguna manera, nos permiten acercarnos al imaginario citadino de los lorenceños.
Se trata pues de un retrato que logra cautivarnos por encima de la historia misma. ¿Pero de qué historia estamos hablando? Porque aún no he hecho referencia a la trama, ¿verdad? Pues bien, es la historia de un periodista escritor, Julián Paz Sanabria que decide realizar un experimento: comprobar si los cafés pueden convertirse en generadores de mitos.
El mito elegido: que Inés de las Muñecas, una mujer de vida alegre conocida por su culo endemoniado, luego de asesinada, esté haciendo milagros en San Lorenzo de la Sierra. La posibilidad de que una prostituta, una mujer sin escrúpulos y de pasado dudoso, pueda llegar a ser considerada como santa, genera las más variadas reacciones. Desde el fervor ciego de los más desvalidos que presurosos compran fotografías, bustos del rostro de la santa en cerámica, calendarios o estampitas; pasando por la discusión intelectual en el marco de una mesa redonda organizada por el Comité Cívico pro San Lorenzo, hasta el rechazo directo de las devotas más ilustres de la ciudad, todas ellas representantes de importantes organizaciones católicas.
La Iglesia por su parte, no queda fuera de la fiesta: el Vaticano le autoriza a instalar una red gratuita de internet para que de esta manera los fieles católicos, en vez de recurrir a la santa de la calle, puedan averiguar, cuál es el santo que necesitan: Santa Genoveva, por ejemplo, alivia el hambre de los pobres; San Gerardo soluciona los riesgos de embarazo; San Charbel ayuda a los cardíacos; San Jorge a aquellos que han contraído enfermedades venéreas; San Leonardo protege a los presos, mientras que Santa María Magdalena ayuda a las prostitutas. Ah, y para aquellos que sufren de desavenencias en el matrimonio, está San Pedro.
Y es aquí, en la respuesta de la ciudad al fenómeno de Inés de las Muñecas, donde nos damos cuenta que Santo Vituperio no se limita a ser una mera representación descriptiva de los aspectos físicos y geográficos de la ciudad de Santa Cruz.
Se trata más bien del escenario donde pugnan los sueños y pesadillas, los anhelos, los impulsos y miedos, la hipocresía, la falta de solidaridad, y hasta la hostilidad de sus pobladores. Una ciudad que se mece entre la tradición y la modernidad, rural y cosmopolita a la vez. Es esta geografía, la interior, y no la física, la que logra develarnos a la ciudad en toda su complejidad. Santa Cruz, o más bien debería decir San Lorenzo de la Sierra, queda reflejada con profundidad insospechada, en una impresión que nos enseña a mirar con otros ojos que los convencionales, que los de siempre, a esta ciudad que no es otra cosa que una ciudad de la posmodernidad. 
Confieso que tuve mis dudas cuando en uno de los capítulos encontré algún pasaje que hubiera podido ser considerado como una clara y evidente muestra del hoy en día cuestionado realismo mágico. Horror de horrores, justo cuando un joven grupo de escritores latinoamericanos afincados en Estados Unidos nos anda diciendo por allí que ese tipo de escritura está out, que la actual narrativa latinoamericana es otra, me tropiezo en esta obra de Homero...
Después de todo vivimos hoy en día en un mundo racional que rechaza todo aquello que no se puede verificar, y que nos ha obligado a creer que ya no podemos vivir sin todo lo que la tecnología de punta nos puede ofrecer: celulares, DVD, y el famoso e indispensable internet. Sin embargo, Carvalho decide, a pesar de todos y de todo, no olvidarse del lado fantástico de las cosas, y conservar ese ingrediente tan particular que hace que nuestra vida se convierta también en un milagro. Al incorporar ese ingrediente mágico, nos recuerda, que en nuestros países aún se puede ser maravillosamente real y dramáticamente globalizado.
¿Cuál es ese ingrediente? ¿Qué resultados tiene el experimento de Julián Paz Sanabria? ¿Logra Julián crear un mito urbano tal como se lo había propuesto? ¿Se convierte Inés de las Muñecas en una santa a pesar de su pasado alegre? ¿Por qué la asesinaron? ¿Quién la mató? Muchas preguntas y ninguna respuesta porque no crean que se las voy a dar. Para eso tendrán que leer la novela de Homero Carvalho: Santo vituperio.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Ensayo

Hilda Mundy: El impacto del fragmento

Fragmento del estudio introductorio de Obra reunida de Hilda Mundy, libro de la Biblioteca Boliviana del Bicentenario que se presentará hoy a las 18.00 en la Feria del Libro.



Rocío Zavala Virreira 

Hablar de Hilda Mundy es salir del camino, cambiar de dirección, ensayar. Es buscar, más que en libros, en periódicos. Más que en colecciones, en recortes o en colecciones siempre incompletas. Es hablar más que de un fuego, de un fuego artificial. Más que de una guerra, de balas fragmentadas. Más que de un panorama, de impresiones. Más que de corriente, de corto circuito. Más que de alcohol, de un brandy cocktail.
Laura Villanueva Rocabado (1912-1982), como se llamara verdaderamente, nació en Oruro y fue allí donde produjo la mayor parte de una literatura breve pero impactante, fundamental por ser una creación de la desacralización y de la risa, del movimiento y de la duda, de la crítica y de la autocrítica; en una palabra: moderna.
Hilda Mundy, su principal seudónimo entre varios otros, es el nombre con el que firma, veinteañera, crónicas y textos diversos en la prensa más prestigiosa de Oruro. Es el nombre con el que se hizo conocer hasta el fin de sus días en La Paz y con el que entra en la historia de las letras bolivianas. Se puede decir de ella, reduciendo apenas, que es fundamentalmente una escritora de los años 30. Su único libro publicado en vida, Pirotecnia: Ensayo miedoso de literatura ultraísta (1936), se edita tras la aparición de su mayor producción periodística. Surge así un contraste entre un antes breve pero prolífico, y un después signado por el misterio de un largo silencio.
Los años jóvenes y fecundos de la escritura están marcados por un contexto turbulento, ruptural, esencial de la historia de Bolivia, que resuena fuerte y durablemente en la obra mundyana. Se trata, entre otros, de una escritura de la  Guerra del Chaco (1932-1935) y sobre todo de la inmediata posguerra. Los diversos escritos periodísticos, humorísticos pero ácidamente críticos, le valdrán la censura gubernamental, hecho que pesará en su vida y en su obra.
Pirotecnia se publica en La Paz el año del traslado de la escritora a esta ciudad. El libro causará un impacto fulgurante y efímero como su nombre, impacto que rebasa incluso las fronteras nacionales, pero que no obtendrá un apoyo efectivo de la crítica dominante de su entorno. Así, al peso infligido por la censura, se añade para la autora orureña el peso de la indiferencia de su medio intelectual, del olvido que le subsigue y, finalmente, de la incomprensión.

Existencia y desexistencia
La rehabilitación literaria de Mundy es póstuma y relativamente reciente. Le debe sus inicios a la publicación del libro Cosas de fondo (1989), editado por su hija, la poeta Silvia Mercedes Ávila; y también a la repercusión del mismo libro en los estudios de género con relación a la escritura de mujeres.
Igualmente interpeladora, esta publicación genera el interés de la crítica, que vuelve a poner el nombre de la autora sobre el tapete literario. En el volumen Encuentro: Diálogos sobre escritura y mujeres (1998) se publica el artículo “Dolor e ironía: Quimeras de María Virginia Estenssoro e Hilda Mundy” de Virginia Ayllón, pionera de los estudios mundyanos.
Posteriormente Luis Tapia publica en la revista La Mariposa Mundial el artículo “Pirotecnia” (2000: 11-16). Será en todo caso Blanca Wiethüchter quien, en primer lugar dentro del marco de esta reaparición, apostará francamente y con entusiasmo por Hilda Mundy, haciendo valer criterios de valoración no necesariamente vinculados a la escritura de mujeres. El libro Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia (2002), de Wiethüchter y Alba María Paz Soldán, marca un hito en la rehabilitación de la autora de Pirotecnia. Ello mediante dos estudios: “La clausura” de Wiethüchter (2002, i: 128-142) e “Hilda Mundy o la risa certera” de Virginia Ayllón y Cecilia Olivares (Ayllón, 2002: 174-181). Junto a Hilda Mundy, se estudiará a otras y otros escritores olvidados de la historia en una actitud abierta de crítica y cuestionamiento del canon de la literatura en Bolivia.
15Estudio introductorio
El feliz desenlace de este proceso de rehabilitación es la reedición de Pirotecnia en 2004, con prólogo de Ayllón. Este presenta fundamentalmente la idea de una escritura que no pretende instituir nada, especialmente mediante un análisis comparativo con Arturo Borda y Alfonsina Storni, dentro de la vena anarquista; en el mismo sentido, Ayllón vincula el silencio de Hilda Mundy a la noción poética de la autora en oposición al creador instaurador de formas en favor del que no quiere hacer ni dejar obra, en base a las imágenes del texto “Absurdo de diez metros de profundidad” que cierra Pirotecnia.

Posteriormente, el poeta Eduardo Mitre, en el ensayo “El enigma de Hilda Mundy”, del libro Pasos y voces. Nueve poetas contemporáneos de Bolivia: Ensayo y antología (2010), explica su voluntad de reparar la ausencia de la escritora de Oruro (junto a la de Yolanda Bedregal) en su libro sobre la poesía moderna en Bolivia El árbol y la piedra (1986). Poniendo de relieve el carácter lúdico y vanguardista de Mundy, el poeta habla de su soledad en un paisaje de la poesía de su época dominada por el modernismo.
En 2015, aparece la primera edición de Pirotecnia fuera de nuestras fronteras, en Chile, con prólogo de Edmundo Paz Soldán. El título de dicho estudio “Hilda Mundy, la vanguardista”, presenta a la autora como la única escritora vanguardista en Bolivia y “una de las pocas mujeres vanguardistas en el continente” (Mundy, 2015: 7); en cuanto a su silencio, aludiendo a Mitre, retoma la idea del elogio del callar en el epílogo de Pirotecnia, como un ideal de la creación textual.
Del olvido al fervor, la transición de Hilda Mundy ha sido súbita. En todo caso, el entusiasmo que ella despierta, sobre todo desde la reedición de Pirotecnia en 2004, se acompaña invariablemente de asombro y a menudo de incomprensión. Primero, porque se trata de la autora de un solo libro sin parentescos aparentes en Bolivia y porque Cosas de fondo tampoco es un libro de fácil clasificación: híbrido y heterogéneo, este volumen reúne textos breves con crónicas periodísticas: literatura con periodismo, humor con tragedia, la Guerra del Chaco vista desde la ciudad por una mujer. Además, ciertos aspectos de la edición del libro (títulos añadidos, ausencia de firmas en textos que hacían gala de la heteronimia) pueden provocar malentendidos.
Segundo, porque el sabroso anticipo que da Cosas de fondo de los escritos aparecidos en la prensa, apuntan a una producción periodística que permanecía dispersa y desconocida. Todo esto impedía responder con pruebas a cuestiones precisas y capitales sobre Mundy como su supuesto silencio  -que, como hipótesis, nace ya sea en el último texto mencionado de Pirotecnia, ya sea en el año de su matrimonio, en 1939- u otras cuestiones prefiguradas pero no elucidadas como la cuestión del género literario, la caracterización del vanguardismo de la autora y también de su feminismo, así como también la cuestión de su heteronimia (…).


Crítica

A propósito Sombras de verano


Texto leído en la presentación del nuevo libro de cuentos de Guillermo Ruiz Plaza


Fernando Iturralde 

En su libro Culturas shakesperianas: teoría mimética y Latinoamérica, el crítico brasileño Joao Cezar de Castro Rocha analiza las razones porque Machado de Assis es el escritor más importante de lengua portuguesa, no solo en el Brasil decimonónico sino en la historia misma del idioma.
La argumentación que sigue le obliga a crear un concepto que dice tomar de una idea de René Girard. Se trata de la idea de una ética de la emulación. Se refiere a la capacidad de imitar a los grandes maestros y al momento en que, una vez conseguida una técnica similar, un autor novel desarrolla con estilo propio temas personales.
Sin postular que Guillermo Ruiz sea nuestro Machado, podríamos afirmar que su escritura responde de forma muy cercana a la lógica de la ética de la emulación.
Se trata efectivamente de un esfuerzo por regresar al clásico modelo renacentista de la imitación del maestro para sobrepasarlo en su arte. Modelo que fue abandonado y vituperado por la estética romántica que pretendía innovar a toda costa e imponer de ese modo una “alergia imitativa” sobre cualquier empresa creativa. Hoy sabemos, sin embargo, que la imitación no tiene nada de intrínsecamente negativo y que, de hecho, es imposible saber hacer algo o aprenderlo sin un principio de imitación.
Así, este mismo principio imitativo funcionaría a nivel de la literatura dando lugar a lo que Harold Bloom designó como la “angustia de las influencias”. Es el punto de tensión en el cual la imitación da un paso más allá de su primer modelo y consigue crear algo distinto. Así, la mentira romántica que pretende que algo pueda ser creado de la nada, sin recibir influencia alguna (es decir, sin imitar nada), conduce simplemente a un experimentalismo que no nos enseña mucho sobre la realidad humana.
Ahora, la tradición de la que bebe Ruiz es evidente: Cortázar, Buzatti, Camus, el Borges, Ryonosuke, etc. Es decir, es una tradición canónica (valga la redundancia. En este sentido, la noción que tomamos prestada a Castro Rocha cuadra bien: la emulación se dice siempre del clásico y no de lo nuevo.
La pregunta, por lo tanto, es en qué medida la escritura de Ruiz posee los rasgos clásicos de los cuentistas mencionados y, además, agrega algo propio. En lo que sería una opinión personal más que un juicio propiamente crítico, podría decirse que lo que le da un plus a la narrativa de Ruiz es la capacidad de incorporar su realidad personal, es decir, los aspectos bolivianos y familiares de su vida.
De este modo, no solo elementos bolivianos o paceños son incorporados con la técnica cuentística latinoamericana clásica, sino que además aspectos del mundo íntimo, personal y familiar son parte importante de la narrativa. Estos aspectos son dejados de lado por los románticos del hampa y de la marginalidad. Está claro que buena parte de la narrativa boliviana contemporánea gira en torno a sectores sociales que se caracterizan por su alteridad con respecto al sistema que los excluye. Los resultados no son nada malos en la mayoría de los casos (desde Spedding hasta Urrelo, pasando por Viscarra, Portugal y Piñeiro). Pero es sintomático que se quiera ignorar la propia realidad, el propio origen (clase-mediero siempre, por eso literario) del escritor en favor de una realidad que apenas se conoce de oídas o por experiencias reales que no duran mucho (salvo en casos de estudio etnográfico o cuando se decide adoptar el modo de vida estudiado).  
De este modo, el interés crítico de la obra de Ruiz, además de la excelencia narrativa y la indagación en los recovecos de la psique humana, se encontraría en la diferencia que representa con respecto a la corriente que romantiza la marginalidad, el hampa, la pobreza, el crimen, etc. No es que esto sea malo o que ya esté totalmente gastado; sino que es sintomático que algunos autores centren su ficción en la marginalidad o en elementos que son propios del atraso de un país, en vistas de llegar mejor a los lectores. Me refiero al hecho de que se mitifique de algún modo a la pobreza y al subdesarrollo como si fueran dignos de una consideración turístico-literaria, es decir, como si fueran dignas de ser conservadas por su valor exótico.
Habría que sugerir la idea de que, mientras una ficción se orienta por buscar su inspiración en el mundo inalcanzable, pero siempre mitificable, de lo marginal boliviano; existe otra ficción que se concentra en lo más cercano a su lugar de enunciación. Es en esa cercanía que se busca lo atractivo de la narración y ya no en lo que es ajeno y extraño al autor. Pienso sobre todo en los cuentos de Colanzi, algunos de Rivero y en otros tantos de Alfonso Murillo. Eso en cuanto a libros de cuentos completos. En cuanto a cuentos individuales, hay otras tantas menciones posibles (pienso, por ejemplo, en el intimista cuento de Virginia Ruiz, ganador del Tamayo).
No es que una línea sea buena y la otra mala, no es que una esté desgastada y ya aburra y la nueva innove absolutamente (eso sería recaer en la mentira romántica que criticamos al principio); no, simplemente se trata de reflexionar en términos sociológicos sobre cuáles son las causas y consecuencias de un acercamiento tan distinto a una realidad que parecería ser la misma (digamos, la de la pluri-nacionalidad boliviana).
De ahí que nos parezca fundamental para la crítica literaria boliviana abordar cuentos como los de Guillermo Ruiz pues están a contrapelo de una tradición muy celebrada de nuestra literatura y se inscriben en otra tradición que no sufre carencia alguna de talentosas plumas. Una vez más, no se trata de oponer maniqueamente una vertiente contra la otra, sino de leerlas y estudiarlas y analizar cómo es que una puede encontrar lo fantástico, misterioso, extraño en lo hogareño, íntimo o cercano mientras que la otra lo encuentra en la otredad, en lo marginal y lo ilegal.

Por lo demás, si apelo aquí a la crítica más que a los lectores “de a pie” es porque insisto en el desconocimiento entre escritores bolivianos y lectores bolivianos. Si algo se lee en La Paz, si no en Bolivia, es seguramente lo que se compra, y si algo se compra, son los libros baratos del pasaje Núñez del Prado o del sector de libros del Mer-Lan. En ese sentido, no estaría mal fabricarnos unas versiones piratas de los anteriores libros de Ruiz (El fuego y la fábula y La última pieza del Puzzle) para que podamos hablar en un futuro de éxito comercial o de una lectura de sus cuentos por parte de la población boliviana. 

El chicuelo dice

Jugar es inventarse a que
uno no es uno sino otro

Una lectura de la novela Nuevos juguetes de la Guerra Fría, de Juan Manuel Robles, que se presentará en la FIL.



Wilmer Urrelo

Recordar. Recordar siempre es complicado y acaso imposible si no tienes una infancia sólida o por lo menos no tan accidentada como le pasa a la mayoría de los seres humanos. A mí me ocurre eso. No recuerdo muy bien buena parte de mi niñez (las razones ahora salen sobrando). Por eso a veces invento cosas. Cosas como que de chiquillo usaba chaveta (en peruano: cuchillo) o que ya estaba pactado con el Diablo. Nada del otro mundo. Toda la gente lo hace, digo, inventarse partes de su niñez que jamás ocurrieron. La gente en general maquilla su niñez de acuerdo a sus expectativas o a sus vacíos existenciales. A sus pobres, muchas veces, pobres expectativas. A sus grandes, muchas veces, vacíos existenciales. Eso, más o menos, es lo que pasa con Nuevos juguetes de la Guerra Fría (Seix Barral, 2015) del peruano Juan Manuel Robles.
Parte de este libro transcurre en tierra conocida y despreciable para todos nosotros: La Paz, y lo hace dentro de los muros de la embajada de Cuba. Es un momento complicado para la historia de Bolivia, los años 80. Es la historia de Iván Morante, un chiquillo peruano que llega desde Lima a vivir a la “Despreciable” porque su papá es funcionario de dicha legación diplomática (sinónimo periodístico de la sección Sociales y Gente Bien). Y ahí es donde arranca el motor de esta novela inquietante, de este juguete (no diré genial) aunque sí de este juguete que uno no sabe dónde colocarlo.
Robles comienza haciéndome trampa, porque el muy carajo (con cariño, Juan Manuel) recuerda con detalle escandaloso la infancia que yo recuerdo parcialmente: los juguetes de los años 80. O las series de televisión como He-Man (“un héroe homo-erótico”, diría ahora la corrección política de ONG; “un mariconazo de siete suelas”, habríamos dicho en aquella época).
Esa es la excusa para desarrollar una novela que contrapone dos maneras de manipular a la gente: la ideologización a través de los pioneritos, una suerte de niños con conciencia revolucionaria que aparentemente abundaban en la Cuba post-Che Guevara y las series de televisión, los héroes que poblaron nuestra niñez ochentera y que tienen, hasta ahora, su cola, su repercusión imbécil en la supuesta “revolución” de las redes sociales.
Ese es el campo donde se desarrolla esta novela. Tenemos entonces a un Iván Morante que vive dentro de una burbujita, donde parece que todo funciona a las mil maravillas con la pura consigna revolucionaria y, por el otro lado, está el brillo de lo superficial, de la televisión. En ese momento nace la disyuntiva de recordar solo aquello que a uno le conviene, sin embargo Morante tiene la mala suerte de contar con una hermana que lleva consigo una memoria prodigiosa y que lo pone en aprietos.
También está el bichito (cuando narra la parte de su niñez) de no estar muy convencido en convertirse en todo un revolucionario, de que todo lo que pasa dentro de esa burbujita que es la embajada cubana no es tan cierto o que tiene mucho de exageración, en todo caso. El bichito está ahí, como una cosa seria, grave, que marcará tu niñez y que no estás muy convencido de aceptarlo o mejor, de decírselo a las demás personas. Es como ese bichito que corroía el interior de Zavalita, el personaje de Conversación en la catedral, cuando jugaba a hacerse al revolucionario con los de Cahuide, pero que no creía, que tenía el serio problema de no estar convencido como lo estaban los otros.
La otra antípoda… no, odio esa palabra, parece sacada del diccionario paranormal de alumno de la carrera de literatura. Rectifico: la otra punta del ovillo tampoco es linda, pues los héroes de televisión son solo eso, imágenes que con los años ya no te dicen mucho o si te lo dicen son también cosas falsas y estúpidas. Eso sí, hay una parte fabulosa, divertidísima, la que más me gustó de esta novela porque resume, me parece, el horror de los habitantes de este país que teníamos dos dedos de frente ante la traición clasemediera mirista: el pacto de sangre con Hugo Banzer.
Dice Robles en Nuevos juguetes de la Guerra Fría: “Aproveché para rescatar a Bazooka, que tenía el rostro desfigurado por las quemaduras, y así se iba a quedar para siempre: como Freddy Krueger y como Jaime Paz Zamora… Era feo. Una vez vimos a Paz Zamora en la residencia del papá de Aníbal y yo me metí al baño para no tener que acercarme a mirarlo a la cara”. Cómo mirar a Paz Zamora después ya no digo de la quemada física sino política al pactar con su, en términos comiqueros, archienemigo de toda la vida.
Hay también algunas partes débiles, como en toda novela, extrañé esa falta de maldad, por ejemplo, de la oscuridad maldita y satánica (no hablo del mal llamado realismo sucio, digo algo más profundo y por lo tanto más triste), ese ingrediente, esa palpitación que parece ser la ausencia en gran parte de esta generación y de la que viene inmediatamente después de los nacidos en los años 70: la maldad en serio, la maldad que tanto agradecí hallar en los libros de José María Arguedas.
Decía en alguna parte de esta reseña que no sé muy bien dónde colocar Nuevos juguetes de la Guerra Fría. Tal vez no tenga un lugar preciso. En realidad lo más probable es que no tenga por qué tenerlo.

No es una gran novela, lo advierto desde ahora, no es un libro de esos que quedarán o te marcarán para siempre, sin embargo hay algo inquietante y atrapante y convincente y con eso basta, Juan Manuel, para el ochentero sin memoria infantil que firma esta reseña.