lunes, 22 de agosto de 2016

Entrevista

Lola Larra: novela gráfica y consignas



Los hermanos Claudia (Lola Larra) e Iván Larraguibel llegarán por vez primera a Bolivia trayendo en mano su novela gráfica Al sur de la alameda. Diario de una toma, una ficción acerca de una “revolución pingüina”.


María José Ferrel 

La literatura, el diseño y el arte se fusionan en el trabajo de los hermanos Claudia e Iván Larraguibel quienes estarán en La Paz el 9 y 10 de septiembre, en el marco de la XXI Feria Internacional del Libro en la que darán una conferencia sobre “novela hibrida”, a partir de su experiencia en el proceso creativo –en texto e ilustraciones- de su obra Al sur de la alameda. Diario de una toma. Además darán un taller sobre consignas y carteles, para estudiantes de 12 a 17 años.
“Supongo que escribir se trata de volver a tu lugar, de encontrarlo. Los lugares, y lo que vives en ellos, subyacen indiscutiblemente en lo que escribes, aunque hagas ciencia ficción o fantasía y no literatura realista”, comenta desde Chile Claudia, que escribe bajo el seudónimo de Lola Larra.
Y se refiere a su amplia experiencia en Venezuela y España donde residió por largas temporadas. “Aunque en todos esos lugares se habla español, se habla distinto. Y eso ha permeado en lo que escribo, por supuesto. Cuando mi familia tuvo que salir de Chile por culpa de la dictadura, tenía 5 años y solía ser muy parlanchina. Pero al llegar a Caracas me quedé muda. Cuando volví a hablar lo hice con acento venezolano. En España, que fue donde comencé a escribir, sufrí una segunda ‘transformación lingüística’, y me puse a escribir como española, usando los tiempos verbales, los modismos y las palabras más castizas. Ahora, al regresar a Chile he suavizado esa cosa ibérica, tanto al hablar como al escribir, y tal vez por fin haya encontrado mi propio lenguaje…”, agrega.

- ¿Cómo nació Al sur de la alameda?
- Cuando regresé a Chile en 2006 visité algunas de las tomas de la llamada Revolución Pingüina, pensando hacer un reportaje y tomé muchos apuntes en una libreta. Dos años más tarde recuperé esas notas y comencé a escribir la novela. Pero al empezar no estaba pensando en reflejar un momento histórico, quería algo mucho más sencillo. Quería contar cómo era una toma por dentro: el día a día, las rencillas, cómo hacían para comer, organizarse, dormir.
Y lo que me hizo el click para escribir una novela fue que la toma me pareció una escenografía literaria fascinante, me atrajo aquel microcosmos en el que los adultos éramos unos intrusos. Es decir, mis razones no eran aún políticas ni comprometidas sino puramente literarias. Yo no estaba pensando en la justicia social ni en la educación como un derecho. Estaba pensando en El señor de las moscas y en La invención de Hugo Cabret. Pero todo fue cambiando cuando comenzó mi trabajo con Vicente Reinamonte, el ilustrador. Allí le tomé el peso a lo que estábamos haciendo. Gracias a él y también a mis editoras. En el año y medio en el que trabajamos juntos en el libro, me di cuenta de que lo que nos enseñaron (o nos recordaron) los estudiantes de secundaria en 2006 es que no basta con la felicidad individual. Que el bien común es algo de lo que no podemos prescindir. Y esa toma de conciencia, ese paso, esa transformación de lo individual a lo comunitario, de lo privado a lo público, es finalmente lo que le sucede a Nicolás, el protagonista de Al sur de la alameda.

-  Ya de por sí una novela gráfica es interdisciplinaria, pero ¿de qué otras vertientes se nutra su obra?
- En los últimos cinco años, desde que nació mi hijo, me cuesta más ir al cine o al teatro. Antes iba al cine tres o cuatro veces a la semana. Me gustaba ir en la mañana, cuando hay poca gente, cuando al acabar la película aún sales a la luz del día, y esta te enceguece y te das cuenta de que has pasado dos horas en otro mundo. Antes también era una acólita de festivales de música y de teatro, ahora menos.
Leo mucha ficción: novelas de todo tipo, para grandes y chicos, muchas policiales, históricas, de autores clásicos, de consagrados y de noveles. Leo libros de historia, leo ensayos científicos, crónicas periodísticas, libros ilustrados para niños, novelas gráficas… todo lo que cae en mis manos.
Muchísimos de esos libros han influido en cómo escribo y también en cómo vivo o cómo deseo vivir. Desde mis primeras lecturas, aquellas series para jóvenes de Enid Blyton o los relatos de Conan Doyle o las novelas de Susan E. Hinton, pasando por la literatura latinoamericana del ‘boom’, hasta autores a los que siempre regreso, como Patricia Highsmith, Marguerite Duras, Salinger, Capote, Fitzgerald, o descubrimientos de los últimos años, como Emmanuel Carrère, Javier Cercas, J.M. Coetzee, Alice Munro, Nona Fernández, Pedro Lemebel… es imposible nombrarlos a todos.

- ¿Qué puedes adelantarnos de la charla y los talleres que darán en Bolivia?
- De las actividades que hemos realizado en torno a la novela, el Taller de Consignas es una de mis favoritas. Se trata de revisar las consignas que se han inventado y usado en algunos de los movimientos estudiantiles desde un punto de vista literario, ver los valores literarios o poéticos que pueden tener consignas del mayo parisino del 68, o de movimientos más actuales.
Después, se conversa con los estudiantes para que ellos creen consignas sobre temas que les afecten, temas muy concretos de su comunidad o temas más universales… lo que quieran. Y luego las ponen en página, en pancartas, con ayuda de Iván en el diseño, en la tipografía y en la selección de colores.

- ¿Cuáles son tus referencias sobre Bolivia?
- A Edmundo Paz Soldán lo he leído bastante, pero supongo que eso lo dirán todos, jajajaja. Es que publica mucho en prensa, y desde que yo vivía en España lo he seguido. Cuando trabajaba como periodista de cine, vi Jonás y la ballena rosada y Cuestión de fe en el Festival de Cine de San Sebastián… ¿No es vergonzoso que estando tan cerca sepamos tan poco los unos de los otros?
Necesitamos tener lazos mucho más estrechos entre los países latinoamericanos. El mundo editorial latinoamericano, después de aquella época de oro de las grandes y clásicas editoriales argentinas y mexicanas, perdió su identidad, su pujanza y también el poder de intercambio entre pares. Empezamos a ver, y a tener siempre como referencia, el mundo editorial español, y entonces nos enterábamos de lo que hacían nuestros vecinos solo si se publicaba en España. Leíamos escritores latinoamericanos sólo en ediciones españolas.

Pero las cosas están cambiando: hay alianzas entre pequeñas editoriales latinoamericanas que se juntan para publicar a un autor o para colaborar entre ellas y poder distribuir sus libros en varios países. A mí eso me tiene muy esperanzada; es una maravilla ver cómo va desapareciendo esa sordera, esa imposibilidad de comunicarnos entre nosotros. Es muy incipiente, pero yo creo que cada vez nos acercaremos más y, en ese sentido, instancias como la Feria del Libro de La Paz nos permite tener un contacto que es muy importante y muy necesario.

Ensayo

De cuando en cuando Saturnina:
literatura ciberpunk andina



Con esta nota, la autora termina su análisis de la trilogía de novelas de Alison Spedding.


Virginia Ayllón 

Entre 1964 y 1965, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis fueron productores del curso “El mundo de la ciencia ficción” que se difundió por Radio UNAM. Las 11 sesiones de este curso son a cada cual más deliciosa y me ha llamado particularmente la atención la 4ª dedicada al cuento La supremacía del Uruguay del norteamericano Elwyn Brooks White (1899-1985), escrito en 1933 y publicado en New Yorker.
La obra del autor y este cuento quedaron ocultos hasta que Ray Bradbury  lo destacó entre los buenos cuentos de ciencia ficción. 
Sobre este relato, que merece una sesión de su curso, Pacheco y Monsiváis decían que  “posee para nosotros, como latinoamericanos, un interés adicional. Es un caso único dentro de la imperialista science fiction anglosajona el de este relato en que un país latinoamericano resulta el conquistador del mundo”. 
De cuando en cuando Saturnina, no es un cuento si no la tercera novela de la saga de Alison Spedding (junto a Manuel y Fortunato y El viento de la cordillera) y relata cómo las fuerzas rebeldes de la ex Bolivia no conquistan el mundo pero sí ayudan a la “liberación” de varios pueblos.
En otra ocasión he calificado a esta novela como distópica y por tanto alineada en el ciberpunk o incluso en el post ciberpunk. La distopía, al contrario que la utopía, establece sociedades futuras con base en las actuales, es decir que se fundan en un continuum histórico con las contemporáneas.
Este recurso es fundamental en De cuando en cuando Saturnina por la superposición de planos históricos. Al leerla es imposible no recordar la tesis de Zavaleta de que la  formación social boliviana está compuesta por “verdaderas densidades temporales mezcladas”.
Esta intercalación de la historia, sin embargo, plantea la interrogante del “fin de los tiempos”; es decir, del devenir de la historia, que es una preocupación importante del ciberpunk. El matemático y escritor ciberpunk Vernor Vinge acertadamente indica que “una de las obsesiones del post-cyberpunk es explorar los límites del ‘fin’ de la historia humana, y si es posible, ver más allá”.
Esta opción por la distopía en el ciberpunk responde a una elección ideológica, más bien proveniente del anarquismo, que es eliminar el poder a medida que la voluntad de poder desaparece. Así y a diferencia de la ciencia ficción, el ciberpunk literario no se ubica “contra algo que será, sino contra algo que está siendo”. Por eso, De cuando en cuando Saturnina es, en realidad, una interpretación y una propuesta para la Bolivia actual, mirada desde el futuro.
La elección de Spedding de ubicar este futuro a partir de una victoriosa rebelión indígena es lo que convierte en actual esta novela y por actual nos referimos a lo que se inicia en 2003, época en que fue escrita o al menos concluida la novela. Veamos algunos elementos.
En De cuando en cuando Saturnina, la narradora afina la estrategia política y narrativa de Manuel y Fortunato, primera novela de esta saga, de “corregir el pasado” desmitificando a la vez que desvictimizando lo indígena. En este sentido, esta singular novela destrona lo que hasta hoy se ha venido en llamar la novela indigenista y hace caer el edificio que desde Raza de Bronce nos acostumbró a la épica victimista del indio.
Al hacerlo arrasa con todo a través de una sutil pero potente parodia de la sociedad pre liberación indígena pero también la del nuevo Estado indígena. Por ejemplo, cuando un grupo de mujeres rebeldes de la ex Bolivia conspira con el Comando Flora Tristán para la liberación del Bajo Perú deciden “camuflarse en el ecologismo, gestión participativa, tecnología apropiada (…) su objetivo oficial era el empoderamiento de las mujeres, que estaba totalmente pasado de moda ya en ese entonces, pero la idea era parecer atrasadas incluso dentro del feminismo”.
En esta “idea era parecer”, la narradora vuelve a insistir en la noción del engaño o la mentira como otra ética de resistencia, que a la vez interpela la moral del discurso políticamente correcto. Como este, la novela es pródiga en parodiar acudiendo a los “recuerdos del futuro”; veamos este otro caso en que una vez atacado el ex Ministerio de Asuntos Indígenas, las rebeldes le colocan el cartel de “Ministerio de Turismo y Folkloricultura”.
Pero es en el cuestionamiento al nuevo Estado indígena donde esta novela desarrolla su proyecto político. “Nos cagamos en esas babeadas de chachawarmi que hay de la complementariedad, si al fin los hombres siguen copando puestos directivos”, dicen las rebeldes, armando la rebelión dentro de la rebelión, en la que el engaño y la mentira también sirven, porque al fin y al cabo se trata de otro momento de resistencia. Marcando que por muy indígena que sea, ese nuevo Estado repite las claves autoritarias y patriarcales de cualquier Estado su apuesta es contra todo Estado: “en el fondo es el separatismo doble, fuera q’aras y fuera hombres (…) no el Nuevo Poder sino el contra- poder”.
Un dato que pasan por alto algunos acercamientos críticos a esta novela es que además de ser femenina esta rebelión, las protagonistas son lesbianas y son hermosas las páginas de erotismo lésbico. Posiblemente se destaque poco este tema por “abundancia” porque, como se advierte, quedan muy pocas zonas de interpelación en esta novela, todo es puesto en clave de cuestionamiento. También el conocimiento académico porque no deja de llamar la atención la parodia a las fuentes orales y la metodología “científica” en los capítulos introductorios, notoriamente dirigidos “a la lectora”. Estos pre-novela incluyen un mapa de lecturas de la novela, parodiando esta vez a la Rayuela de Cortázar.
Estamos entonces ante una compleja estructura ideológica y narrativa, que además se “inventa” un idioma que revuelve el castellano andino con un spanglish aymara cibernético: “Don´worry, yo ley dicho. We’ll ge’ back e loss time arfer takeoff. You ain ‘hire a top class navegator for nothin’”.
En esta desbocada narración, sin embargo, un espacio de descanso es la alusión a la memoria, que es un hilo conductor en la trilogía, junto a la coca y las artes de brujería de la protagonista.
De hecho la voz de la abuela (la memoria) llega en momentos del pijcheo de la coca, momentos en que hay que sentarse, escoger la hojas y oír la sabiduría ancestral, ausentes de la locura cibernética. Y si bien Saturnina y sus compañeras saben que luchar contra el poder cibernético significa oponerle también la clave tecnológica (¡y son capísimas en esas lides!), en realidad su poder les viene precisamente de esa memoria femenina, incorporando lo ancestral en el mundo cibernético. No en vano la calavera de la abuela es lo que ellas defienden y es también el bien más preciado por el nuevo Estado amawt’a.

Bruce Sterling, considerado uno de los principales exponentes de la literatura ciberpunk decía que a los cyberpunks “les encanta vérselas cara a cara con el núcleo desnudo de la ciencia ficción: las ideas”, y creo que De cuando en cuando Saturnina es una novela que precisamente se ubica en ese lugar, en el de las ideas, pero al ser un producto literario, su estrategia narrativa, sin duda, ha refrescado notoriamente la literatura boliviana. 

Parhelio

[Jugadora de abalorios]

Texto a propósito de Bambolla Bambolla [Cartas fotografías escritos), libro de Hilda Mundy recién publicado por La Mariposa Mundial.



Rodolfo Ortiz

“[Y]o prendo el acicate del vicio con el fósforo”, escribía Hilda Mundy el 8 de noviembre de 1934. Sabemos que esta escritora llevaba una Libreta de apuntes donde fabricaba este tipo de explosivos demoledores; también para ella misma, si agarramos la frase por su médula. Dos semanas después, el 27 de noviembre, ese mismo fuego iría a emparentarse a un motor más de base, a esa no menos probable maquinaria que ella imaginó como post-operatoria de la Guerra del Chaco: “Nacida al contacto del fuego la literatura será recia, como el espectáculo de mil fuerzas desencadenadas en ímpetu magnífico”. El contacto del fuego (de la guerra) con el acicate de la literatura (y sus vicios) engendra una dureza distinta, una renovación, sin duda, que Hilda Mundy imagina no solo como simiente en la modificación de las sensibilidades, sino como torrente de “obra nueva”, y aquí el giro fundamental, que “no tendrá el sabor de los residuos que llegan a través de los mares, no será netamente ‘bolivianista’ y absolutamente nuestra”.
Este laboratorio, es posible entrever, se engendra desde la línea de fuego de la guerra hasta las líneas de fuego de las palabras.
Hilda Mundy no confía en los residuos vanguardistas que llegaban a través de los mares (aunque se los fagocitaba a sus anchas), pero sí creía en los residuos que llegaban de la dureza inhóspita de las regiones de combate: “Hombres que han vuelto de las líneas de fuego, hecho pedazos el cuerpo y ennoblecido el espíritu y el carácter no pueden sentir lo mismo que sintieron los de la otra generación perdida en la ramazón de una vida vulgar”. De ahí que no tardará en situar a Nietzsche (y a sí misma) en esta zona crítica del trauma y la muerte: “[e]s necesario llevar en sí mismo un caos, para poner en el mundo una estrella danzante”. Para Hilda Mundy hoy vivimos en la plenitud de ese caos, aquel del acicate del vicio y de la guerra; y así en derrotero uno medita y va desleyendo su incomodidad y excepción, aspecto que recuerda las palabras que Guillermo Bedregal pondrá luego en el espectro no menos turbulento de Rimbaud: “El poeta sumerge la cabellera en la cloaca y engendra la estrella nebulosa”.
Pues sí, Hilda Mundy no se retrae a la transmutación colectiva, al contrario, imagina la eclosión de “mil fuerzas desencadenadas” en la turbulencia post-operatoria de la guerra. Una “campanada final” que trae una ola de tullidos, dementes, locos, paralíticos, que habrán de propagar una sensibilidad no netamente “bolivianista”, pero sí absolutamente nuestra. Y es con esa turbulencia post-operatoria que Hilda Mundy logra un reparto en sensible que encarna a su vez un arte crítico radical, cuya política, se advierte a leguas, radica en el rechazo abierto al posible maridaje entre literatura y proyecto utópico nacional. No sorprende, por esto mismo, que Carlos Medinaceli, en su archiconocida carta a Enrique Viaña del 30 de marzo de 1937, se refiera al libro Pirotecnia (que se había publicado pocos meses atrás) con las siguientes palabras apuradas y no menos sorprendentes: “No llega a la pirotecnia es apenas una vela de sebo que enciende beatamente a todos los perjuicios literarios y burgueses”. Sorprendentes porque provienen de un lector que se jactaba de ser una especie de antena de la raza vanguardista que apenas florecía en Bolivia y apuradas porque además de fallar en el nombre (la llama “Nilda Mundy”) no logró percibir el gesto que se fraguaba en cada una de sus páginas. Un extraño mecanismo de desencantamiento que desarma y desmitifica las utopías de la sociedad civil y de los discursos políticos (nacionalistas o indianistas según sea el caso) que las acompañan y empañan.   
Hilda Mundy llega a la ciudad de La Paz en 1936, con sus escritos en la maleta, su Libreta de apuntes y una tarjeta de presentación irrepetible. Voy a referirme ahora a esta tarjeta, diría que es inevitable y hasta imprescindible hacerlo, ahora, pues trae consigo una conciencia del juego, que a su vez trasunta una conciencia sobre la finitud de lo político y del arte aquí mencionados. En el texto “Liminar” que escribí para el libro Bambolla Bambolla [cartas fotografías escritos] mencionaba al respecto lo siguiente:
[…] quisiera insistir en esa otra maquinaria donde “reina” una escritora póstuma como Laura Villanueva. Implacable, su escritura desplegó un recorrido intenso, a ratos descomunal y mutante, pero también hecho de momentos carcomidos por un “venerado silencio”, como habrá de enfatizar Virginia Ayllón.    
Un objeto privilegiado que, como alguna vez escribí, “ha viajado muchísimo para anclarse en una postumidad que está todavía ahí, o aquí, jugando delante de nosotros a no ser nada, quiero creer, a no ser nada que no sea, a su vez, la posibilidad de una especie de amplificación póstuma y editorial que atine a su reconstrucción, insisto, a un corpus que ella siempre avizoró primero y transitó hasta su muerte”.
La imagen de mecanismo póstumo que se desprende de la cita anterior es la que quisiera poner en circulación […]. Una imagen que ahora me gustaría enlazar a una tarjeta de presentación, no menos relevante, que apareció en el archivo de su sobrina Carmen Bedregal. En esta tarjeta, ya un poco pajiza, se presenta Hilda Mundi (escrito así como pocas veces lo hizo), re-presentándose a su vez como jugadora de abalorios. Detalle que sin duda fascina y que al mismo tiempo establece una clave de lectura.
Se trata aquí de la distancia crítica de un sujeto que naufraga inventando juegos peligrosos sin límites; se trata de la escritura como confección y transproducto de la bisutería; de un extremado y abismal juego de cuentas de palabras ensartadas en múltiples formas y variantes. Y si el humor […] fue [su] primordial dispositivo, aquí parece ser que lo único serio es la serie… No otra cosa esta poiesis que no tiene par en las letras bolivianas; no otra cosa una bambolla (a la Góngora) como ampolla ideal metafórica, cuya fanfarria hace prevalecer la dimensión temporal de la verdad y su hirsuto encadenamiento en favor de la mentira de las palabras. “Bambolla  Bambolla”, se oye detrás de la pantalla en la voz de una jugadora de abalorios que ha engendrado ya una división de lo sensible.

Bisutería, claro, de palabras huecas “con la piedrecita de la tontería dentro”, ausentes de “cosas de fondo”, sin peso que no sea el peso de una serie de elementos confeccionados que se desvían o se interrumpen. Pero esta bisutería no declina en la levedad, al contrario, la banalización del mundo y la política como reconfiguración de lo visible cohabitan en una densa humareda que porta, a su vez, una lúcida reflexión sobre la escritura, quizás una fiebre que destroza a rajatabla la domesticación del lenguaje. Hilda Mundy escribe en “Brandy Cocktail” del 27 de febrero de 1935: “Encontré el compás de mi vida engastando vocablos y recortando frases” […] 

domingo, 14 de agosto de 2016

Entrevista

Diego Zúñiga: memoria y cambio

El escritor y editor chileno, invitado especial de la FIL La Paz, habla sobre su último libro y repasa su trayectoria.

Diego Zúñiga (Fotografía: Lorena Palavecino)

Martín Zelaya Sánchez

Con la publicación de Camanchaca (2009) Diego Zúñiga se estableció en la primera línea de los narradores chilenos jóvenes más destacados; y el impacto de la novela continúa hasta hoy.
Poco después, al concretar un caro proyecto y fundar la editorial Montacerdos, se volvió protagonista de la pujante corriente de editoriales independientes latinoamericanas, que ayudaron a la literatura regional a respirar por sí sola y forjarse un panorama más alentador.
Sobre este que es uno de los más destacados invitados a la XX Feria Internacional del Libro de La Paz, que se efectuará del 7 al 18 de septiembre, comenta Giovanna Rivero: “Se agradece la irrupción de Zúñiga en la narrativa hispanoamericana, especialmente porque ha hecho terriblemente visible un paisaje que, si bien no es extraño y está ahí, cerquita, no poseía la capacidad ontológica que él consigue darle en Camanchaca, una novela perfecta y preciosa”.
Cuando falta solo un mes para su primera visita a La Paz, Diego adelanta sus expectativas y repasa sucintamente su trayectoria y el quid de Niños héroes, su primer libro de cuentos que acaba de lanzar Random House.

- Una lectura rápida de Niños héroes deja algunas palabras: memoria, nostalgia, cambio de época, crecimiento.
- Claro, estos cuentos tienen que ver con muchas de esas palabras que te surgieron en la lectura. Personajes que están pasando hacia la adultez, y la memoria que siempre les hace trampa. Agregaría dos palabras: rabia y resentimiento. Creo que son parte importante de estos cuentos también.

- Indudablemente, creo que también es un libro en el que Santiago está presente con mucha más fuerza de lo aparente.
- Me gusta situar a los personajes en lugares muy puntuales. Creo que la geografía te configura, y en este caso los protagonistas de Niños héroes transitan, en su mayoría, por Santiago y sus distintas comunas.
Creo que era importante que la ciudad apareciera, porque habla de esos niños y jóvenes que deambulan por un lugar donde nunca se encuentran, realmente. La ciudad es hostil con muchos de ellos, pero a pesar de eso la recorren y se pierden en ella. Buscan algo que los haga creer.

- Siempre admitiste que te cuesta mucho encarar el relato breve, y por lo que sé, estos cuentos vienen de varios años. ¿Crees que hallaste por fin el tono para el cuento? ¿La voz precisa, más allá de los diferentes planos narrativos que empleas?
- No sé si encontré el tono finalmente. Me gusta pensar que en este libro pude experimentar con distintas voces que me estaban dando vueltas. No quería encontrar solo una voz, quería que algunas fueran muy distintas, quería que el libro se convirtiera en un territorio más difuso. Porque le tengo mucho respeto al género y creo que cuesta mucho salirse de sus reglas, pero me parece interesante intentarlo, mezclar tradiciones, robar de todos lados, de los gringos y de los latinoamericanos y ver qué resulta de eso. O mirar un rato cómo los europeos le han dado vida al género, cómo juegan con lo fantástico y encuentran una salida. La idea era arriesgarse a probar distintas cosas y creo que eso está.

- ¿Cómo encaras tu otra faceta, la de crítico? ¿Cómo asumes la crítica literaria -académica y periodística- y cuál crees que es su rol y trascendencia actual en Latinoamérica?
- Me parece un poco exagerado pensarme como crítico. Efectivamente escribo reseñas de libros de manera más o menos regular, pero no sé. Más allá de eso, es un género que me interesa muchísimo. Creo que la crítica es fundamental para pensar la literatura, es fundamental en cualquier campo literario o cultural. Una literatura donde no hay crítica es una literatura, generalmente, cómoda, complaciente.
Es importante que se discutan poéticas, que se discutan las distintas propuestas estéticas que plantean los autores en sus libros, pero lamentablemente eso no ocurre ni en Chile ni, por lo que veo, en otros países latinoamericanos. Pienso que en el mundo de la academia hay lectores muy valiosos, pero sus textos circulan muy poco y eso no está bien. Y por otro lado, la crítica periodística parece hacerse demasiado a la ligera. Uno finalmente lo que pide es que se le dedique tiempo a lo que se está leyendo, ver qué se está proponiendo en ese texto, por qué se llama de tal forma, por qué está escrito con esa sintaxis, por qué tiene esos epígrafes, por qué la estructura es de tal forma. No es pedir mucho, pero la verdad es que falta gente que lea con cierta dedicación.

- Hablemos de Montacerdos. Han pasado ya algunos años y varios títulos. ¿Sigue siendo el proyecto que concebiste y soñaste?
-Creo que es un proyecto que ha crecido más de lo que imaginamos con mis socios al comienzo, porque queríamos hacer una editorial, compartir algunos libros que nos habían gustado mucho, y nada, de pronto se fue armando un catálogo que se encontró efectivamente con lectores que querían saber qué se está escribiendo en países como Argentina, Bolivia, Perú, Colombia, México, y eso es muy gratificante.
El problema en nuestros países es que nuestras literaturas circulan poco fuera de sus lugares de origen. Una de nuestras ideas era ayudar a esa circulación, y creo que se ha cumplido.

- ¿Conoces el catálogo de El Cuervo? Creo que en sus contextos, se puede hacer una equivalencia de Montacerdos con este proyecto boliviano.
- Admiro muchísimo lo que hace El Cuervo. Sin duda que fueron un modelo al momento de pensar Montacerdos. Tienen un catálogo que me gusta mucho, compartimos, de hecho, algunos autores y me parece que han sido fundamentales para darle visibilidad a una nueva generación de narradores bolivianos que hoy circulan con mucha fuerza por Latinoamérica, como Liliana Colanzi, Rodrigo Hasbún y Maximiliano Barrientos, por citar tres autores cuyos libros se consiguen sin problemas acá en Chile, por ejemplo.

- Sé que eres muy curioso e inquieto. ¿Hasta dónde llega tu curiosidad por Bolivia? ¿Qué sabes y te interesa de este país, en general, y de su literatura, en específico?
- No conozco La Paz, pero todos me hablan maravillas, parece que es un lugar muy especial, así que tengo muchas expectativas. Y la literatura boliviana la he conocido a través, justamente, de lo que ha publicado El Cuervo y otras editoriales independientes, y de las recomendaciones de amigos escritores que son de allá. Creo que están pasando por un momento literario muy atractivo.


El chicuelo dice

Gradas iluminadas por el sol

Una historia más –de recuerdos, claro- del pequeño niño blasfemo, la Ovejita literaria y Florecita rockera.



Wilmer Urrelo

Cuando éramos niños en las gradas iluminadas por el sol. Cuando éramos niños en esas gradas de la que alguna vez fue mi casa podían pasarnos, a mi hermano y a mí, cosas maravillosas.
Cosas como imaginar que eras invisible y que (obviedad) nadie podía verte. Que nadie, que ningún cojudín podía verte pese a estar frente a dicho cojudín vestido en pijamas.
Esas eran las gradas iluminadas por el sol. O ese era el poder que poseían esas gradas. Gradas ubicadas en el número 1.003 de la avenida Tejada Sorzano (“el puterío está al lado”, contestaríamos años más tarde a los doncitos que se equivocaban de puerta).
Bueno, Florecita rockera, retomo antes de perderme: las gradas de mi casa también podían convertirse en una prisión y mi hermano y yo estar condenados a la muerte más dolorosa (engrillados, las barbas largas, el cuerpo en los puros huesos; y bajo esas condiciones seríamos fusilados, chancados, hervidos en aceite hamburguesero) y pese a todo lograríamos sacar uno de los bloques de piedra de nuestra celda con el consabido borde de la cucharilla y afuera habría un mar encrespado, oscuro. Pese a esas condiciones ambos huiríamos y ahí las gradas iluminadas por el sol volvían a tomar su verdadera forma.
-¿Y luego la convertían en otra cosa? -pregunta la Ovejita literaria-. ¿En un coche que los llevaba de paseo por todo el mundo?
No, más bien en algo peor, Ovejita literaria, es que por aquella época ambos teníamos la imaginación bien retorcida, para qué te voy a mentir: de pronto, esas gradas iluminadas por el sol mañanero se transformaban en un coche gigante, quizá un tanque de guerra y los dos lo manejábamos aplastando sin más asco a gente como nosotros (es decir, chiquillos empijamados) y el pequeño blasfemo diciendo:
-Y después dicen que el enfermo es uno.
Pero si estás bien enfermo, ¿o por qué sino sigues pensando en la Florecita rockera, a ver?, y cuando el pequeño niño blasfemo está a punto de contestar continúo recordando:
Aunque también esas gradas iluminadas por el sol se convertían en un barco enorme donde los dos debíamos desbaratar una conjura contra la vida de una niña de nuestra misma edad (bonita y orgullosa, Florecita rockera: ¿te recordará a alguien eso?), y los dos debíamos averiguar quién de todos los que viajaban junto a nosotros quería asesinarla. Las gradas iluminadas por el sol no eran gradas iluminadas por el sol, eran el mundo cotidiano resumido en todo su esplendor: feo, lleno de gente mala y solo soportable por una persona (la niña bonita y orgullosa), quien en este caso, al final, una vez que le salvábamos la vida (“el bien más preciado”, según nuestra mamá) ni siquiera nos daba un “gracias” o un “los recordaré el resto de mi vida, chicos”. Lo sé, éramos malos, sin embargo (como todo descorazonado que se precie) un tanto sentimentales en el fondo.
Las gradas iluminadas por el sol también servían para intentar comprender las leyes del mundo, pues al estar cerca de la puerta de calle podía verse (huequito mediante), todo lo que pasaba al otro lado. Y todo lo que pasaba al otro lado no era más que la clase de gente que circulaba por la vieja avenida Tejada Sorzano.
Era un lugar, esas gradas iluminadas por el sol, para escuchar las conversaciones esporádicas. Los ruegos de los enamorados, las ruines acusaciones, las más bajas peticiones, los arrepentimientos a destiempo. Lo malo era que solo duraban lo que duraba el paso de esas gentes por ahí, es decir, segundos. Y también servían, las gradas iluminadas por el sol, para decepcionarte, ya desde chiquito, del mundo y de la gente que lo habitaba. Escuchábamos y veíamos al niño maldito, a aquel carajito que años después le destrozaría la vida a alguien o bien éramos los testigos ocultos de las parejitas y sus dilemas teñidos siempre por la traición:
-Hay uno que siempre ama más en una relación -nos decía nuestra mamá, adelantándose en el tiempo y en el espacio a las psicólogas invitadas a las revistas matutinas de nuestra época.
Las gradas iluminadas por el sol servían además para ser testigos de cómo la ciudad periférica (la Tejada Sorzano, por aquella época, era el inicio de los extramuros paceños) empezaba a ser distinta. Empezaban a aparecer muchos más coches, los seres humanos se reproducían a un ritmo escandaloso que…
-Y miren el resultado ahora -interrumpe el pequeño niño blasfemo-, echen una mirada a su alrededor si no me creen: pura gente mala y encima fea.
Las gradas iluminadas por el sol, también, cumplían la función que todas las gradas por el sol del mundo cumplen. No solo el de incitar la imaginación de dos pequeñuelos empijamados. No solo descubrirles el horrendo mundo paceño y su fealdad. No solo ser el trampolín para soñar con niñas engreídas y bonitas. Digo que también cumplían su función vital: calentar los cuerpos. El sol que iluminaba las veintidós gradas de cemento era el lugar donde calentarse y tomar el refresquito mañanero.
-Porque esa casa era una casa fría y odiosa -dice el pequeño niño blasfemo-. Como todas las casas de esta ciudad.
Siempre pienso en esas gradas iluminadas por el sol. Y siempre me sorprendo, a veces sin querer, pensando en ellas con gratitud y, hasta podría decirse, con cierta nostalgia. Siempre recuerdo que sirvieron, en su brevedad e insignificancia de gradas iluminadas por el sol, para que nosotros seamos un poco más felices, menos carajos (o más, según se vea) y para empezar a crear a personajes idiotas y absurdos (como la Ovejita literaria, quien se ríe de mis palabras). Eso: en el fondo, las gradas iluminadas por el sol servían para…
-Si ella se acordara de mí por lo menos un ratito -interrumpe el pequeño niño blasfemo una vez más-, me compraría unas gradas iluminadas por el sol. Si alguien tiene unas igualitas el precio no importa, pago lo que sea.
-No jodas más con ese tema -dice la Florecita rockera, ya enojada-. A ver si maduras de una vez.

Las gradas iluminadas por el sol sirven también para eso, para gritar (y hacerte recuerdo, Florecita rockera) que el pequeño niño blasfemo aún está ahí. Esperándote en las gradas vestido en pijamas. Esperando a que llegue el sol (es decir, tú) para iluminarlo de una buena vez. 

Libros

Sobre Los tigres de Kondra


Texto de Barrientos sobre Las visiones de Paz Soldán que, junto a los publicados la semana pasada, se leyeron en la presentación del libro de cuentos en Santa Cruz.



Maximiliano Barrientos 

En Los tigres de Kondra alguien es perseguido por felinos. Tigres, en plural, porque en el mundo donde acontece el cuento cazan en manada. Y el lector, desde el inicio, percibe -pegajoso, ubicuo- el calor del trópico, la humedad de la vegetación. Toda esa amalgama de experiencias sensoriales es indisociable del miedo, un miedo físico, un terror concreto.
Es un cuento en el que el personaje escapa, es lo único que en realidad hace. Ryu corre y atraviesa obstáculos: huye. Este irse, este desplazamiento hacia el corazón de la jungla, es también una forma de perderse en la mente, porque el cuento en realidad trata sobre los laberintos de la mente, sobre sus trampas, sobre sus lugares más peligrosos.
Hay la anécdota de la jungla y también hay otra que se va filtrando de a poco: la de la hermana presa de un insomnio enfermizo que la llena de visiones. La historia de lo que Ryu tuvo que hacer para que la curaran de la pesadilla de la lucidez continua, esa serie de acciones que lo condujeron a la condición de prófugo, aquel que escapa -sin esperanzas- de esas fieras hambrientas que cada vez están más cerca.  
Nos enteramos de que Ryu era DJ, y de que Mara, la hermana, lo acompañaba en las noches de reviente cuando no podía dormir, cuando la máquina del cerebro funcionaba sin que hubiera ninguna química lo suficientemente poderosa para detenerla.
No sabemos mucho más de Mara, ella es una suma de síntomas, un destello de luz en la cabeza del personaje.
Me interesan las transiciones que suceden en el relato. El narrador pasa sin problemas de la huida en la jungla al pasado, al tipo de vida que tuvo antes en Iris. En ese ir y venir de los dos registros hay destreza, hay un ritmó sólido, vertiginoso, que nos involucra con la vida de la mente y con la vida del cuerpo, que es puro instinto de supervivencia. Las dos historias no transcurren como bloques separados, sino como prolongaciones de un mismo delirio, de un mismo tipo de miedo. Ahí, en la fusión de escena y resumen -en el desvanecimiento de sus fronteras- radica la clave de la intensidad.
Más tarde, cuando el punto de vista -gracias a la magia del estilo indirecto libre- se retira de la conciencia del personaje, descubrirnos la cruel verdad: el cuerpo de Ryu es el lugar de un experimento donde una droga hace estragos y manipula emociones con un fin preciso: conseguir información. Nada es real, ni siquiera su hermana. Ella es solo parte de una narrativa que insertaron en su cerebro para quebrarlo.  
Es el relato de una huida, de alguien extraviado en los pasadizos de la mente, pero también es un relato político, ya que muestra un trasfondo clave en ese mundo distópico que Edmundo Paz Soldán creó en su novela Iris (2014) y en esta colección de cuentos que ahora tenemos el placer de presentar, Las visiones (2016): el avasallamiento y la colonización producto del choque de dos culturas.
En este cuento hasta la memoria se constituye como una estrategia de dominación estatal: la nostalgia, una nostalgia falsa, no puede ser jamás un paisaje inocente.
Ryu, acusado de ser parte de la resistencia, es sistemáticamente drogado para que suelte lo que el ejército precisa saber. Reynolds, un personaje clave en la novela ya mencionada, se encarga de esta forma tan sofisticada de tortura. Ryu es uno más de una serie de prisioneros políticos que se encuentran en celdas, ajenos al mundo real, devorados por visiones de tigres hambrientos o por algunas mucho más atroces: perseguidos por Malacosa, el monstruo de la mitología de los irisianos, una especie de dios terrible, amante de la guerra.

Con resabios de P.K. Dick y su ya legendario cuestionamiento sobre qué es real y qué no, Los tigres de Kondra es la mejor ventana para introducirse a este violento mundo creado por Paz Soldán en sus últimos dos libros: un mundo que raya en lo delirante y que se sirve de la ciencia ficción para discutir, desde la periferia y desde la libertad que concede la imaginación más desbocada, una situación todavía próxima. 

Lector al sol

La experiencia formativa


Reseña del último y premiado libro de relatos del escritor chileno Antonio Díaz Oliva.



Sebastián Antezana

La experiencia formativa (2016) es el último libro del escritor chileno Antonio Díaz Oliva (1985), una colección de relatos publicada por Neón y que en 2015 se llevó el reconocimiento a Mejor Obra Inédita en la categoría cuentos del Consejo de la Cultura y las Artes del vecino país.
Se trata de un libro breve compuesto -en esta edición- por cuatro historias que, a grandes rasgos, pueden dividirse en dos: por un lado, la primera historia, que le da título al libro y ocurre en el interior de Chile y, por otro, los tres relatos siguientes, que ocurren todos en Nueva York y tienen una óptica bastante diferente. Todos los cuentos, fuera de eso, están narrados en primera persona, siempre es un yo –distinto- el que cuenta las historias porque es un yo –distinto- el que atraviesa por esas experiencias formativas, esa especie de crecimiento a contrapelo, que son los relatos de Díaz Oliva.
La experiencia formativa, así, cuento que inaugura el libro, es una historia de apariencia simple aunque deja entrever un trasfondo complejo que se ha hecho ya marca registrada de buena parte de la literatura chilena contemporánea: la dictadura militar, a la que, en este relato, sucede un cambio de paradigma que se cruza con la primera educación y pronta madurez del personaje principal, un adolescente enclavado en una colonia hippie del interior (“hippie a la chilena, que no es lo mismo que los hippies gringos o europeos”) que mantiene una serie de reglas casi menonitas -cuando cumplen los diecisiete, los chicos dejan la protección de la colonia y van por un año a Santiago, la gran ciudad- y que, pese a lo que se podría pensar, mantiene relaciones cercanas con las fuerzas militares encargadas del país.
Con un lenguaje parco y más bien descriptivo, poco dado al circunloquio o al impulso ornamental, aunque sí algo cargado -que no sobrecargado- de chilenismos, esta primera historia nos comienza a mostrar algo de la tónica del libro: la construcción de distintas esferas melancólicas no exentas de humor ni de una mirada crítica -a momentos frontalmente crítica- de los distintos sistemas y coordenadas que sostienen a los personajes.
El segundo cuento, Yo prefiero a mi mami, marca un cambio. A partir de este punto el libro deja Chile como escenario de acción -mas no como motor de la memoria y vínculo con el pasado- y se concentra en Estados Unidos, específicamente en el mundillo latino de Nueva York.
Esta es la historia de un ex fisiculturista y ex aeromozo que termina enrolado en el “Programa de Escritura Curativa” –PEC- de una universidad en una ciudad estadounidense no nombrada -pero que a todas luces es una parodia o reconstrucción desplazada del programa de escritura creativa de NYU-, programa diseñado para gente que, habiendo fracasado en sus primeras inclinaciones, se dedica a estudiar escritura creativa como una forma de encontrar una segunda oportunidad, una manera de curarse (“Somos gente muy dañada. ¿Hay forma de curar nuestro fracaso?”).
El PEC es un programa en el que los profesores son arquetipos paródicos y en el que el narrador tiene como una de sus principales tareas escribirle largas cartas a su madre -su “mami”- en las que le cuenta la verdad de su situación. Se trata, así, de un relato humorístico y a momentos enternecedor, narrado desde la distancia o la extrañeza -una distancia o una extrañeza que se agradecen- que una vida pasada en el gimnasio le da a un novel escritor. Así, aunque de un modo distinto a como ocurre en el primer relato, esta es la historia de un rito de iniciación, una experiencia formativa -¿o deformativa?- que asegura, imitando el gesto mayor de este libro hecho con retazos inteligentes y que reniega de la lógica lineal, que “la única forma de contar nuestras experiencias de fracaso es evitando la trama”.   
El tercer relato, Animalitos que fumé para salir de la depresión, cuenta la historia de una especie de detective narrativo dedicado a investigar los suicidios de alumnos de universidades estadounidenses de élite -Ivy League y otras similares- y a darles a los familiares del suicida (“padres quienes, el día en que los veían partir rumbo a su experiencia universitaria, perdían el control sobre las vidas de sus hijos”) una idea más profunda de quién fue (“ese era mi trabajo, contarles esos últimos años; lo que no sabían o lo que sus hijos escondían”). Un detective, pues, encargado de reconstruir una “narrativa” comprensiva de los últimos meses o años de estudiantes que no pueden soportar la vida.
Se trata de un personaje muy original que, habiendo él mismo abandonado la academia, está dedicado a la melancolía, al ejercicio y la droga, a fumar “animalitos”, y que está estancado en un caso, el de la muerte de Ana, una alumna de la universidad de Columbia que durante sus últimos días se prolonga agónica e ingenuamente entre dos hombres, y que termina suicidándose, de forma dolorosa e incomprensible, pues, como se sabe, “uno nunca llega a conocer realmente a la gente. Ni siquiera a los que tiene al lado”.
El último de los relatos, La ciudad ya escrita, mantiene el mismo ambiente: es, otra vez, una narración en primera persona ambientada en círculos académicos de Nueva York. En este caso, la historia se desarrolla entre los devaneos de un tipo también universitario, también drogadicto, que entre el desvencijado motor de su memoria y sus ganas de contar historias se enfrenta al hecho paralizante de que vive en una ciudad que ya ha sido narrada de muchas maneras y en múltiples ocasiones. Así, este personaje que, como todos los demás en estas historias, respira el aire asfixiante de la esfera literaria, escribe solo en una agenda, como haciendo hincapié en la idea de que la escritura es un proceso íntimo o secreto de curación o exorcismo, y cuando se habla a sí mismo se dice cosas como: “te diste por vencido porque esta es una ciudad ya escrita”.
Para este y los demás personajes, latinos que habitan o sobrevuelan los mundillos literarios y académicos estadounidenses, parodiados con maestría por Díaz Oliva, Nueva York es “una ciudad que se lee hacia adelante, a partir de sus infinitas posibilidades, y no desde su pasado mitificado hasta la médula”. Entre ellos -que a veces parecen el mismo personaje, una única consciencia con facetas distintas- se aprecian nexos que van más allá de los ya mencionados, nexos como la dificultad de encontrar salidas frente a sus circunstancias, el pesimismo o melancolía que no ahoga un impulso paródico a momentos cercano a la comedia, el pasado y la niñez en Chile, el recuerdo lejano de unos gatos, técnicas de supervivencia en trenes, la marihuana, la juventud, la fiesta que no se disfruta y la soledad.

De esto y varias otras cosas más está hecha La experiencia formativa, un libro de cuentos divertido y enternecedor que muestra con creces la solvencia y capacidad narrativa de Díaz Oliva, una de las voces narrativas emergentes en Chile a las que hay que estar muy atentos y que bien valen la pena leer.