domingo, 17 de julio de 2016

Parhelio

[HM]

En pocos días La Mariposa Mundial publicará textos inéditos de Hilda Mundy.

 
Dibujo de Hilda Mundy hecho por Gonzalo Bedregal
Rodolfo Ortiz

Gran parte de lo que importa leer se puede definir como aquello que no se puede leer. Las historias literarias y los escritos que provocan tales historias parecen sostenerse en esas zonas beligerantes llamadas unas veces censura, otras veces olvido. Quiero hablar de Laura Villanueva Rocabado, no de la proliferación de sus nombres. Como al vuelo, zarpando de tierra firme o cayendo en el recinto que ella prefiguró como “el reino oscuro de las maquinarias”.
Hilda Mundy, este bello nombre pareado de una actriz londinense que la protagonizó desde el principio en el bostezo invertido de su obra, me incita a comenzar con una distinción: existen escritores excesivamente póstumos y otros que lo son apenas parcialmente. Entre los primeros citaría el caso notable de Emily Dickinson (ni una decena de sus poemas fueron publicados en vida, de los 1.775 y otros hallazgos más actuales en cartas y sobres), o bien Georges Trakl (que solo publicó un libro de poemas antes de su suicidio), y Simone Weil (su primer libro, La Pesanteur et la Grace, fue compilado por su amigo Gustave Thibon), también Kafka, Benjamin, y localmente, cómo no mencionar a Edmundo Camargo, Guillermo Bedregal y por supuesto Arturo Borda.
No vale la pena, sin embargo, ahondar en el otro bando, la lista puede resultar más imprecisa, donde tranquilamente citaría a Nietzsche, Musil, los cuadernos de Gramsci y Valéry, Hölderlin y hasta Saussure (cuyos Cours de Linguistique Générale dependieron del trabajo compilatorio de estudiantes y amigos), aunque localmente también arriesgaría el nombre de Sergio Suárez Figueroa o de la poeta Emma Villazón, cuya postumidad parece florecer gracias a un minucioso operativo mediático que no condice con el tiempo que requiere la cosecha de su cálida poesía.
Pero aquello que me conduce a plantear tal distinción es la interrogante que surge a la hora de situar la obra de una escritora póstuma que llega de los “reinos oscuros de las maquinarias”, como tan acertadamente se autocalifica ya en 1935. Una obra que me atrevería a definir aquí mismo como “descomunal”, pues el aclamado libro Pirotecnia, que se publica no bien ella arriba a La Paz luego de un exilio que la obliga a partir de Oruro el año 1936 gracias a las gestiones de su padre Emilio Villanueva, no es más que la bofetada última del “quijotismo de escribir un libro”, que en fatal contradanza al de Borda, se asume fragmentario y efímero como la existencia.
Hilda Mundy, valga la distinción a la anterior distinción, se sitúa entonces fuera de toda distinción. Ni póstuma excesiva, ni póstuma parcial. El descubrimiento de sus papeles dispersos, otrora pertenecientes a un archivo póstumo que su hermana Julieta y su hija Silvia Mercedes cuidaban celosamente y que alguien les arrebató una mañana en la mismísima calle Goitia, me ha revelado un recorrido azas inaudito de una obra que se desplazó a sus anchas a imagen y desemejanza de los periódicos, pasquines y revistas de su época.
Pues así son las historias de los archivos, están ahí un día para desaparecer otro día, lo dije, en aras del olvido o del hurto, pues hurto es también la censura que se llega a consumar en una obra. Pero Hilda Mundy proliferó y proliferó a su manera en zonas también oscuras y beligerantes de censura y olvido.  
He visitado las historias editoriales de Pessoa o de Macedonio o de Borges editando a Macedonio o de su hijo tergiversando a ambos… y puedo constatar ahora que la obra de Hilda Mundy es un objeto privilegiado, que ha viajado muchísimo para anclarse en una postumidad que está todavía ahí, o aquí, jugando delante de nosotros a no ser nada, quiero creer, a no ser nada que no sea, a su vez, la posibilidad de una especie de amplificación póstuma y editorial que atine a su reconstrucción, insisto, a un corpus que ella siempre avizoró primero y transitó hasta su muerte.
De 1978 queda el único manuscrito de Hilda Mundy. Es un primer borrador de tres páginas donde ensaya más de una respuesta a Humberto Quino para su revista Dador. De allí recojo esta línea, que difiere a la editada en la revista: “b) Insensiblemente si escribimos comenzamos a fustigar a cosas de las cuales no estamos conformes.- pero sensiblemente pienso que muy poco pesa esta aportación para la transformación radical de una sociedad”.
Muy cercana a esta fecha veo ahora una fotografía de Hilda, una de las muchas que quedaron al resguardo de sus sobrinos Francisco y Carmen Bedregal. En un día de brandy cocktail con los tunantes de las letras paceñas, Hilda Mundy posa envuelta en un hermoso abrigo negro de piel, con la revista argentina Manos maravillosas en la siniestra, y un cigarrillo.

Hay un caudal de cosas que no llegaré a escribir ahora. Pero hablo de una escritora fundamental, única, del “reino oscuro de las maquinarias”, que nació el 29 de agosto de 1912 en Oruro y murió el 28 de enero de 1982 en la Casa del Poeta de La Paz. En unos días, que no sean semanas, La Mariposa Mundial publicará la reunión de sus escritos, cartas y fotografías en su colección Papeles de antaño. Y paralelamente, mientras se urdían tales páginas, nos enteramos que el Estado Plurinacional prepara también una “Obra reunida” de Laura Villanueva Rocabado para su colección Letras y Artes. Qué momento más rotundo para abolir toda desmemoria y consumar el quijotismo de publicar dos nuevos libros. 

ALTIplaneando

Letras orureñas II



Segunda y última parte de este minucioso análisis del índice y antología de literatura de Oruro, presentado hace pocos meses.


Edwin Guzmán Ortiz

Letras orureñas. Autores y antología (marzo, 2016), de Carlos Condarco Santillán, Benjamín Chávez y Martín Zelaya conjuga la intención de plasmar una amplia compilación de la literatura orureña, junto a una capacidad de síntesis que permite cristalizar una panorámica general y representativa de la literatura regional, haciendo que un universo extenso en el tiempo y la diversidad creativa se integre en coordenadas esbozadas desde una cartografía de autores, referencias, géneros y la obra, bajo un orden elucidatorio.
No es la intención de la obra detentar un estudio general del desarrollo y particularidades de las letras orureñas, sea en términos históricos o estrictamente literarios. Si bien se insinúan a través de la referencia autoral y su desglose diacrónico, vías, recorridas en el tiempo, el contexto y datos acerca de la actividad creativa, pero es evidente que ese marco general se halla cuando más, subyacente, y no se considera matriz rectora de la antología.
En realidad, la selección realizada se propone plantear una propuesta abierta de lectura en base a un principio ordenador en un momento determinado del hecho literario. Las perspectivas pueden cambiar, el contexto general de la literatura boliviana o hispanoamericana se modifica incesantemente -de hecho la lengua y uno de sus mayores atributos, la creatividad, no es un fenómeno estático. De ahí el juego variable de toda elección, sin embargo así concebida Letras orureñas, nos provoca a que cada lector se abra a la a/ventura de incidir en sus múltiples posibilidades de re/ordenamiento y sentido. Decía Paz, las obras que nos apasionan son aquellas que transformamos indefinidamente.
La prescindencia de este marco rector permite un desplazamiento más personal en su contenido, hecho que invita a optar por diferentes itinerarios de lectura, de transitar opcionalmente por esos múltiples corredores que nos ofrecen las páginas, dejando en suspenso el peso reverente de la crítica especializada. Se trata de una obra que hace énfasis en los autores y su obra, pero que por su estructura no deja de ser una propuesta que sugiere diferentes opciones de lectura.
Una lectura lineal -de cabo a rabo- de Letras orureñas, permite sumar al referente de autores, los textos en prosa y verso que consuman la antología. De este modo, ambos bloques temáticos se complementan, implicándose mutuamente.  
La información detallada de los diferentes autores, además de proporcionar las generales en cuanto trayectoria, publicaciones, galardones, a la manera de un telón de fondo, traza un panorama proximal a la dinámica cultural de Oruro desde la literatura, autores aquí, allá y más allá, instituciones, nexos, una aproximación a lo generacional, como su relación incidencial con el universo de la literatura boliviana.
El insert de voces críticas de diversa procedencia contribuye a entender mejor a los autores y sus publicaciones: haces de luz sobre rasgos sobresalientes de la obra de cada poeta o narrador, percepciones en el tiempo, lecturas que se sumergen en ese corpus particular que se trasciende, y más que ostentar un carácter definitorio, reflejan además los modos de lectura en el tiempo, y las formas de asumir el valor de los textos.
En el marco del rigor procedimental, el investigador tricéfalo asume la decisión de incorporar un índice bibliográfico que corresponde a cada autor, paralelamente la bibliografía consultada respecto al acápite general de autores, como la correspondiente a las selecciones de prosa y poesía. Este cúmulo de referencias posee el mérito de abrir el interés al estudio y la investigación de filones temáticos que puedan generarse al futuro, así como el valioso material de consulta biobibliográfica para diferentes propósitos. En el campo de la bibliografía sobre literatura orureña, estimo, se trata de la más completa y exhaustiva.
Las antologías de prosa y de poesía, ofrecen alternativas propias de lectura y, a su modo, ilustran literariamente la introducción efectuada en el acápite de los autores.  Como no podía ser de otra manera, en ellas se opta por criterios de selección de autores y textos que se juzga representativos. La tarea de antologar implica optar por aquello que se considera rescatable, significativo, y por aquello que merece la pulsión saludable de engullir al olvido; por supuesto que los autores son plenamente responsables de su elección, como de elusiones y postergaciones.  
En la obra se percibe que la poesía antologada tiene más facilidad para ser seleccionada, a partir de su forma y extensión, ya que los poemas terminan siendo unidades autosuficientes que se explican por sí mismos. Lo que no quiere decir que el criterio de valoración sea menos arduo, aclarando que la lectura de la poesía exige un ojo y un espíritu particular, sobretodo en la competencia de ponderar el peso específico de su discurso.
En el caso de la prosa, en algunos textos antologados -no en todos- se opta por la selección de fragmentos que si bien reflejan características propias de la escritura del autor, abstraen la inteligencia narrativa que las soporta, ya que ésta trabaja junto a un complejo de factores, y al despliegue de un proceso que hace al tejido novelesco.   
Sin embargo la selección de textos en prosa ha sido cuidadosa, sobre todo en el caso de los cuentistas donde aparecen relatos completos, percibiéndose desde Josermo Murillo Vacareza en adelante mayor unidad narrativa. 
La escritura sólida de Carlos Condarco, Oscar Uzín, Adolfo Cáceres Romero, Cé Mendizábal, Zenobio Calizaya y la madurez en su trabajo narrativo terminan desembocando en esa nueva narrativa joven, dueña de un lenguaje ágil y renovado como el de Mabel Vargas y Daniel Averanga. Se extraña en la selección efectuada textos de Hugo Murillo Bénich y Eduardo Nogales, ambos además con relatos de interesante factura; en el ensayo, textos de Eduardo Mitre, otra de las competencias de este reconocido poeta.
La antología de poesía consigna 36 poetas. La selección permite una comprensión panorámica de lo concebido en más de siglo y medio de creación poética, de Mariano Ramallo en la segunda mitad del siglo XIX al joven Pablo Osorio Abud, quién publicó su último poemario en 2013.
Con mayor nitidez que en la prosa, se percibe generaciones de poetas. La presencia de Gesta Bárbara, la poesía de carácter social en la que Alcira Cardona, Héctor Borda Leaño, Jorge Calvimontes, Alberto Guerra y el propio Luis Luksic tuvieron una presencia significativa, el Movimiento Encuentro de Quince Poetas de Bolivia (René Antezana, Adhemar Uyuni, entre otros). Con  poetas con una obra particular y de escritura vanguardista como Mitre, probablemente el más universal de los poetas orureños hoy.
La irrupción de un lenguaje renovado e inclasificable como el de Hilda Mundy, la palabra delicada de Milena Estrada Sainz -una suerte de Emily Dickinson de esta comarca-, la intensidad de Borda y Nogales con una mirada gravitante de su entorno histórico y cultural. Las formas clásicas y de alta exigencia formal como en Carlos Condarco. Una nueva estética y la búsqueda incesante de nuevas formas de enunciación poética como en Benjamín Chávez, Cé Mendizábal, Vadik Barrón y Sergio Gareca.

En fin, Letras orureñas. Autores y antología, es un trabajo de notable alcance y a pesar de su ambiciosa perspectiva de encapsular todo lo literariamente concebido por escritores orureños, logra su propósito de hacer que una porción significativa de la literatura boliviana se conozca, se pueda estudiar, y pueda ser leída bajo la prerrogativa de una obra paradigmática. Un trabajo que sin la mezcla de vocación y pasión de sus tres autores no hubiera sido posible. 

Poesía

Alma/palabra: el poder
de la imagen hecha palabra



Homero Carvalho argumenta la exposición de poesía concreta que, con su obra y conferencias de especialistas, se realiza estos días en Santa Cruz.


Homero Carvalho Oliva

El año pasado Eugen Gomringer, padre de la poesía concreta, con millones de seguidores en todo el mundo, visitó Bolivia, su patria de nacimiento. Eugen nació en 1922 en Cachuela Esperanza, Beni, hijo de un suizo y de la boliviana Delicia Rodríguez.
En la época de su nacimiento, Cachuela Esperanza era un enclave gomero fundado por Nicolás Suárez, uno de los más grandes millonarios que hubo en el mundo del finisecular siglo XIX y a principios del XX y era la capital de su imperio, una diminuta urbe en la Amazonia donde poseía su propio ferrocarril, su hospital y su teatro, desde donde salían cientos de miles de bolachas de goma a Inglaterra. Cuando tenía dos años y medio, Eugen fue enviado por sus padres a Suiza, donde se crió con los abuelos paternos.
Conocí la obra de Eugen en la década de los 80, por referencias del poeta Marcelo Arduz, quien luego se convertiría en uno de sus más devotos seguidores. Desde que leí sus poemas concretos me fascinó la economía de palabras, la sugerencia y la proyección de imágenes que devenían de los mismos.
El crítico Karl Riha señala que Gomringer “es el padre del modernismo alemán de posguerra y la modernidad e igualmente tanto como por las declaraciones programáticas como también por sus extraordinarios textos poéticos que han conservado hasta el día de hoy su elasticidad. Él es (tanto en sentido técnico e imaginativo del término) un inventor del lenguaje de la literatura, generando un cambio duradero en ella”.
Y así fue, pues, que a partir de 1950 Eugen revolucionó la poesía en el mundo en alianza con el Grupo Noigandres de Brasil que se había constituido en un movimiento estético y lingüístico. Después de su encuentro con Decio Pignatari, fundador de este grupo, es que Eugen toma el nombre “poesía concreta” para denominar de manera general a las Constelaciones que escribía en las que cada palabra tenía una función no solamente de significado o significante, sino especialmente que la palabra sea símbolo, que comunique por sí misma.
El crítico chileno Breno Onetto asegura: “Gomringer y toda la escuela de poetas concretistas se ubican hoy como uno de los últimos movimientos literarios del siglo. Sus constelaciones responden a la nueva postura de vida de nuestro tiempo, donde la comunicación y las nuevas tecnologías en aumento van configurando cada vez más fuerte al mundo”. Por estas y otras razones lo incluí en la Antología de la poesía boliviana publicada por Visor de España.
En esa ocasión le entregué a Eugen algunos de mis libros de poesía. Pasaron los meses y en un artículo publicado en una revista suiza, Eugen afirma: “Carvalho me entregó dos libros de poemas suyos publicados en 2015, que necesariamente deben ser considerados como sorpresas en su campo. Mientras que uno de ellos, La luna entre las sábanas, es de frases breves, como aprendió en la escuela de la poesía concreta, se satisface con un gran conocimiento erótico y sensual de una extraña manufactura. En el otro libro, con la misma rigurosidad como constante actualiza poéticamente los quipus andinos como un nudo central de la cultura andina. Carvalho es conocedor de la cultura del altiplano, no solamente tiene acceso a las tradiciones, sino también conoce los rituales y los enlaza con la historia de las revoluciones de su país; así el enlace, el nudo y la socialización van, en su poemario Quipus, como la suma de los códigos de números a una lengua literaria enigmática. Tal vez los poetas son los más adecuados para interpretarlos y, posiblemente, de visualizar lo concreto con gran ingenio. En este libro la poesía y la cultura tienen un insondable ‘punto de fricción’”.
Esta mención sirvió para que mis hijos me animen a exponer mis poemas concretos que están insertos en los poemarios Inventario nocturno y Quipus, una selección de los poemas en los que he trabajado la poesía concreta, una forma poética que juega con el espacio, la imaginación y la palabra.
Presenté el proyecto denominado Alma/palabra al Centro Cultural Simón I. Patiño de Santa Cruz. Alma/palabra muestra la poesía concreta que trabajé en una asociación de lo visual, lo espacial y la palabra, encuentro en que los tres elementos poseen similar importancia.
Alma/palabra: el poder de la imagen hecha palabra, busca mostrar las múltiples formas de la poesía concreta, porque considero que la poesía es un género literario que permite la flexibilidad de su presentación, posibilitando que se convierta en imagen por sí sola, como sucede con los haikus, los caligramas o la poesía concreta. El objetivo general de este proyecto es acercar al público a los discursos literarios y a su interpretación o sentir; el objetivo específico es mostrar poemas concretos como una manera eficaz de consolidar el mensaje poético.
El Centro Patiño aceptó la propuesta, y la exhibición que se inauguró el 15 de este mes, va acompañada de una mesa redonda sobre poesía concreta con profesores de literatura y la conferencia Caligramas y vanguardias, brindada por la escritora Gigia Talarico.

La exposición se abre con un poema/imagen del libro Quipus, publicado por editorial 3600, y lleva dibujos de Jorge Mendoza.

domingo, 10 de julio de 2016

De arte y artistas

Diego Morales Barrera y
las
Heridas de una obsesión

 
La chicharra.

A modo de reseñar a profundidad y con detalles la más reciente exposición del artista paceño, el autor traza un completo perfil de trayectoria y estilo.


Pedro Querejazu Leytón 

Una de las más importantes e interesantes exposiciones del semestre que acaba de terminar, en La Paz, fue la de Diego Morales titulada Heridas de una obsesión, que se realizó en el Espacio Simón I. Patiño, entre el 4 y el 31 de mayo.
La exposición estuvo compuesta por 26 obras en tres disciplinas artísticas. Las pinturas realizadas entre 1993 y 2016: El sueño del ketzal, ¡Ah! ¡El mar…!, Cargando la vida, Cosechando los granos de sol, La pelota, Vendimia, Árbol, Ícaro cae al lago Titicaca, Interior daliniano, Ángel de Chagall, Ventana a Magritte, Madre tierra, No entiendo nada, Ayer, hoy y mañana… y El traje de los sueños.
Los grabados al aguafuerte: Quetzal herido, ¡Bang! (2011), Geisha (2011), M-19, Atocha (2011), El carnaval de los corruptos (2011), Ángel transformer (2013), El lado oculto de la Luna (2014), y La chicharra (2016). Las esculturas: Cuarto creciente y Valle de la luna, ambas de 2015; y un objeto intervenido: Lunita camba (2011).
Nacido en La Paz, el 12 de noviembre de 1946, Diego Morales es uno de los más interesantes artistas de la que denomino: “Generación de 1975”. Es un trabajador constante y dedicado. Desarrolla su arte dentro de los medios considerados tradicionales: el dibujo en papel, la pintura sobre lienzo, el grabado en metal y la escultura con materiales mixtos.
Su lenguaje plástico está dentro de la figuración en términos generales, con avances y acercamientos tanto a la abstracción, como especialmente al superrealismo. No en vano en la exposición hubo tres obras que homenajean a sendos maestros del surrealismo: Marc Chagall, René Magritte y Salvador Dalí.
Morales desarrolla su temática como un relato de la realidad cotidiana, haciendo siempre un análisis crítico de la sociedad en la que vivimos. Esa crítica y polémica es unas veces evidente, directa, y, otras es sutil, discreta. Recurre con frecuencia a la ironía y la sátira para dar intensidad a la crítica. Su obra registra la realidad cotidiana del país pues él se considera un cronista de su tiempo y lugar, por lo cual a veces sus obras tienen un sentido de crónica humorística. Sin embargo, no es costumbrista, sino que parte de eventos aparentemente intrascendentes para hacer su arte con sentido narrativo y reflexivo unas veces, otras contestatario. Por eso es interesante analizar algunas de las obras que fueron presentadas en la muestra.
En términos visuales, en varias obras el artista recurrió al efecto trampantojo. Ellas representan en realidad paquetes de envoltorio que cubren y protegen, con papel marrón grueso, lienzos pintados. Ese papel, unas veces amarrado con cuerdas o con cinta adhesiva, ha sido parcialmente roto, dejando ver una obra dentro. Son cuadros dentro de los cuadros.
En uno de los casos, el papel exterior es de regalo y, tras rasgarlo se encuentra el contenido: La Madre Tierra. En otros, aparentemente son papeles que el artista habría usado previamente para realizar dibujos y bocetos que permanecen visibles y comprensibles.
En la citada La Madre Tierra, el papel rasgado en la parte central, deja visible el dibujo de una mujer nativa, embarazada, caminando en medio de la selva tupida, rodeada de animales: una mariposa, una serpiente, un mono, un tucán, un picaflor, una urraca. En su vientre se vislumbra el hijo que crece. A sus pies cuatro indígenas la miran con angustia. La obra es un cuestionamiento a las políticas públicas y prácticas sociales del abuso extractivista del ser humano, que resulta depredador de la naturaleza.
En la pintura No entiendo nada (2010), se aprecia el papel del envoltorio en el que están dibujados a modo de viñetas, dos feroces perros uno negro y otro blanco que atacan y destrozan a un grupo de personas. En la franja central se aprecia en la parte superior lo que parece una manifestación popular ferozmente reprimida por unos monos chillando agresivos. En la parte inferior, una niña del pueblo mira al espectador de manera inquisitiva, mientras come una galleta. Esta obra además de la pintura del envoltorio tiene por encima una cuerda anudada que completa la apariencia del embalaje.
En Vendimia se pueden identificar los rostros de poetas tarijeños dibujados con carboncillo sobre el papel del envoltorio, a modo de bocetos. Son Julio Barriga, Óscar Alfaro y Nilo Soruco; de hecho, transcribe al pie de cada retrato fragmentos de alguno de sus poemas. A la derecha está dibujado el rostro de Nilo y escrito el verso de su cueca La caraqueña y, en el lado izquierdo, están, arriba, Alfaro, y en la esquina inferior, Barriga cuyo poema dice en parte: “Muerte, estoy palpando con mi piel tus vestiduras”. En el sector central vertical, el papel ha sido retirado, dejando visible una pintura que representa a una mujer desnuda delante de un ventanal con un fondo de paisaje de los valles del sur. Se trata de una alusión metafórica a la belleza de la mujer tarijeña cantada en los versos, cuya manta de seda bordada reposa sobre una silla de mimbre, mientras ella, en actitud de gozosa ensoñación, pareciera pisar las uvas dentro de una cuba invisible.
Ayer, hoy, mañana ¿Y?...
Árbol, es una obra que pareciera como las anteriores, un telón de papel desgarrado que tiene dibujadas las representaciones de una serpiente, un gallo, un murciélago, un pez y un marabú. En el medio, como si se tratara de una ventana, está la tupida selva de las tierras bajas bolivianas, que incluyen al TIPNIS, en medio de cuyas hojas se ve el rostro de una pareja de indígenas, un gran felino, un tucán, un macaco, de entre los cuales se percibe el tronco y las ramas del árbol, un árbol real y simbólico; uno y todos.
La mayoría de las obras expuestas no pretende ser trampantojos de empaques, pero sí muestra las sectorializaciones del espacio del lienzo que son peculiares de la pintura de Morales. Entre ellas analizo las siguientes:
En Ícaro cae al lago Titicaca, el imprudente personaje de la mitología griega, hijo de Dédalo, el constructor del Laberinto, cae del cielo en el que están concentradas las divinidades prehispánicas de Tiwanaku y otras cosmogonías, rodeadas de ángeles y bandas de músicos de morenada del Gran poder. En medio de las nubes la máscara del personaje que cae se chamusca y, convertido en huevo frito, se cuece expuesto a los intensos rayos del sol. Esta es una de las obras que, pese a las referencias descritas, se aproxima tanto a la abstracción como al superrealismo. Por otra parte, es también una sutil reflexión política y social, ¿Quién es tan engreído, soberbio e imprudente como Ícaro?
En la obra titulada Ayer, hoy, mañana … ¿y? están representados en una especie de cruz negra, en la parte alta, un grupo de jerarcas de la Iglesia Católica, un angelito, un militar de alto rango, un oscuro esbirro y otros personajes, masculinos y femeninos, que se desdibujan en un fondo negro lleno de pelotas de fútbol y huevos (¿pelotas-pelotudos y huevos-huevones?), en medio de las cuales se encuentran escritos años y lugares: “1964 San Juan, 1970, 1971, 1978, 1981 García Mesa, TIPNIS, 2003 Goni, Yucumo, 2007 Sucre,” etc., y en la esquina inferior derecha, al lado de la firma dice: “continuará”.
Todos ellos son hitos de la memoria de las matanzas y agresiones a los indígenas, a los trabajadores y al pueblo de Bolivia. En la parte baja está el rostro con la boca vendada de un indígena que yace asesinado y, a su lado, la paloma de la paz también muerta. Desde una línea inferior, una serpiente, un pez y un felino negro, ocultos entre la maleza tropical contemplan ese sombrío panorama.
La pelota muestra la silueta de espaldas de un futbolista que, en el país siempre juega con la camiseta número 10, aunque no sea Maradona, al que le cuesta amarrarse los cachos de fútbol, que manda un blancazo contra el público espectador: los pobres del país; tres personajes mostrados de cintura para abajo, sentados, humildes, harapientos y calzados con abarcas, contemplando la representación deportiva.
En Ah! El mar…! el personaje principal es el Presidente haciendo maniobras en el mar sobre una tabla con vela (windsurfing) mientras es contemplado por los que parecieran ser claramente reconocibles funcionarios públicos de alto rango y sus adláteres. Esta obra tiene características semejantes con aquella titulada Y no fue (2010).
El traje de los sueños es otro análisis político y social. Representa en la mitad superior, con un letrero que dice “Cielo” un maniquí en el que está colocado el traje que usa el Presidente, rodeado de hojas de coca que caen o flotan, un helicóptero, aviones, pelotas de fútbol y una camisola deportiva con un número 10. En la parte central, con un letrero que dice “Gran Poder” están representados en medio de nubes un indígena con chulu, un danzante (¿político?) enmascarado y un policía con máscara anti-gas. En la parte baja, con colores oscuros, con un letrero que dice “Infierno”, están representados un par de labios femeninos pintados de carmesí, un militar de alto rango y mirada siniestra, y una figura humana con un collar que tanto pudiera ser una mujer grotesca como un esbirro torturador.
En los grabados, gracias a las características de la técnica, el sentido de crítica y burla es más claro pues, dado que es monocromo y delineado, esa percepción se hace evidente, ya sea que se trate de temas en defensa de la naturaleza como Quetzal herido o ¡Bang…!, o de contenido social y/o político como El Ángel Transformer, El carnaval de los corruptos y La chicharra.
Desde luego que no todas las obras expuestas tuvieron necesariamente un contenido o tinte de crítica social y política. Algunas, muy bellas, son crónicas del país, como Cosechando los granos del sol, Cargando la vida, la ya citada Vendimia, Lunita camba, o los homenajes a los maestros del surrealismo.
Dentro de esa tónica están las dos esculturas que son más bien representaciones simbólicas de paisajes sintetizados que tienen particular significado para los habitantes de La Paz, la luna en Cuarto creciente emergiendo en medio de nubes y acantilados de arcilla o El Valle de la Luna, en la parte baja del gran valle del río La Paz que llega hasta Cochabamba.
Aunque Diego Morales nunca tuvo filiación política, el sentido crítico de sus obras fue causa de que en más de una oportunidad algunas de ellas fueran censuradas por los esbirros de las dictaduras militares (lo que le costó la persecución y el exilio en 1980), como también por los del populismo seudoizquierdista (2015). Sin embargo, Diego Morales sí ha sido un activista constante en la reivindicación de los derechos civiles y sociales de los bolivianos, y del respeto y protección del medio ambiente natural. Como parte de su activismo ideológico y artístico, fue fundador y miembro del grupo “Beneméritos de la Utopía” junto con Máx Aruquipa y Édgar Arandia.
El valle de la luna.
Como no podía ser menos con un artista de esta calidad humana y profesional, el alto nivel de su producción artística ha sido reconocido y acreditado con varios premios y distinciones: Mención de Honor en el XXV Salón Municipal de Artes Plásticas “Pedro Domingo Murillo”, en 1978; Primer Premio en Grabado, en la III Bienal Pucara, en 1985; Primer Premio en Grabado en el Salón Municipal de Arte “14 de Septiembre” de 1990, en Cochabamba; Mención de Honor en “Instalación tridimensional” con la obra El laberinto, en el I Salón SIART, en 1999; Medalla al Mérito Cultural 2008 por la Asociación ProArte; Premio Plurinacional “Eduardo Abaroa” 2012, por “Trayectoria y aporte cultural”; Premio a la “Obra de una Vida” en el LXII Salón Municipal de Artes Plásticas “Pedro Domingo Murillo”, 2015, en La Paz.
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Bibliografía
Querejazu, Pedro. Pintura boliviana del siglo XX. BHN. La Paz, 1989.
Querejazu, Pedro. Keiko González. Fundación esART. La Paz, 2010.
Salazar Mostajo, Carlos. Pintura contemporánea. La Paz, 1989.
Bolivia Dibujo, Catálogo de exposición. Fundación Patiño. La Paz, 2001.
Soriano Badani, Armando. Pintores Contemporáneos, Ed. Los Amigos del Libro. La Paz, 1993.



El chicuelo dice

La tristeza de B



Una foto, otra vez, es el gatillo de recuerdos, reflexiones, preguntas y lamentos.


Wilmer Urrelo 

Despierto por la madrugada y no está. O está tan solo en lo que resta de mis pensamientos. B, en otras palabras mi mamá, en otras palabras despierta y es lo primero en lo que piensa. Esa es la tristeza de B. La tristeza desde que A. ya no está. La tristeza desde que se morgueó.
-La tristeza de los fines de semana -se queja B a sus hijos, o sea nosotros.
Y la Ovejita Literaria dice no me gustan las cosas tristes, ¿no podrías contar otras cosas, Chicuelo? Y B diciendo que no esté, que no hable mal de los bolivaristas: fuleros, chacras, que no ponga la radio a todo volumen para oírle decir que seguro que el Tigre hoy golea a estos mierdas.
Me refiero a ese tipo de tristeza, pequeño niño blasfemo, y B diciendo o ya no escuchar cuando abría la puerta, el ruido de la llave al entrar a la chapa, los dos pasos y la puerta cerrándose: la tristeza de B está hecha, también, de esas cosas cotidianas, Florecita Rockera, de las cosas gastadas por lo cotidiano y el Chicuelo pensando: tantos años casados, ¿cuarenta y ocho, mami? Y ahora solo queda la soledad de las mañanas frías, B, de la liviandad de las mantas y del peso de la cabeza de B sobre la almohada. Así, esa es, de eso se trata el rigor de la tristeza de mi mamá, de B, así es la tristeza cuando despierta y cuando sabe que A ya no está o que está, pero tan solo en los pensamientos, que en el fondo no valen de nada. Para qué nos vamos a hacer a los imbéciles.
-Como con la Florecita Rockera -dice la Ovejita Literaria-. De qué sirve tenerla en el recuerdo si no está acá.
-No sirve de nada -dice B-. Es como si nunca hubiera existido.
Y la tristeza de B está también en las fotografías del día de su boda. O en las pocas que quedaron de ese día, Chicuelo, ¿ves acá? Esa es la tristeza de B, se halla en la mirada, en las manos y también en la mixtura que algún chistosito lanzó sobre ellos. La tristeza de B es, de igual manera, el peinado sesentero, el anónimo fotógrafo (sospechamos de un tío, pero no creo que sea cierto).
La tristeza de B, Ovejita Literaria, se encuentra sobre todo en lo que no está, lo que se fue, lo que ya no pertenece, lo que terminó hace un año ya: o escuchar a A recibiendo en casa a las nietas (stronguistas hasta la médula, también), a la perrita (de nombre Thayli) que no paraba de correr, y A pensando mejor la saco, ¿no querrá ir al baño? Esa es la tristeza de B, los hechos cotidianos, los paseos con la perrita singular, mínimos, maximizados ahora por la ausencia, como un eco, como una habitación infinita más bien.
La recuperación de B no está en los recuerdos, ni en las cosas que pasaron juntos (cuando en la boda civil solo sacaron dos fotografías), y yo inventándome que dice la Florecita Rockera: está en el vacío, Chicuelo, en el vacío de esta casa y B diciendo:
-Sobre todo los fines de semana, largos, interminables. Cuando una ya no sabe en qué va el campeonato liguero.
Si el Tigre se sonó al Bolívar otra vez, como siempre, como es de rigor con esos chacras y buenos para nada. La tristeza de B es imposible de solucionar. Ya nada sirve. Ni los regalos. Ni los chistes. Ni siquiera la enfermedad del Chicuelo: aférrate a algo, B, rescátate de las tristezas, cúrame y cúrate de tu tristeza. Esa es la tristeza de B, compuesta de recuerdos, de olores, de pequeños detalles, los zapatos, las corbatas de hace siglos, la chompa café que A nunca se quitaba: ni los sábados ni los domingos.
Y también está en los jirones, en los remiendos de la boda civil, de esa que vive ahora en esta fotografía casi imposible de descifrar.
Y la Ovejita Literaria apareciendo de nuevo, una boda chiquitica, con casi nadie, tan anónimos ambos, tan opacos. La tristeza de B, sin embargo, resplandece de recuerdos, o a lo mejor los inventa, dice el pequeño niño blasfemo, y B pensando a mí me daba vergüenza que me vieran bailar así con tu papá… no te rías, ¿por qué eres tan irrespetuoso, Chicuelo? Porque me parece chistoso, nada más. Pero la tristeza de B no la resuelve ni siquiera el humor negro o ácido a o la mala onda. Ya todo se ha hecho para disipar la tristeza de B, para acabarla de una buena vez, para que desaparezca de nuestras vidas. Y todo, a su vez, ha fracasado. La tristeza de B es de todos. Está acá. ¿Ven?

Y yo diciendo ¿y cómo se hace para conjurar la tristeza de la mamá de uno, Florecita Rockera?

Obituario

En polvo te convertirás


Una crónica testimonial de alguien muy cercano a Hugo Montero Áñez, el “poeta del Pacheco”, fallecido hace pocas semanas en Sucre.




Omar Alarcón

El 8 de noviembre de 1962, en horas de la noche, se fugaron tres pacientes del Instituto Nacional de Psiquiatría Gregorio Pacheco de Sucre.
Saltaron la alta pared que separa los muros de aquel nosocomio con el parque Bolívar, y sus siluetas se perdieron rápidamente entre las sombras de los árboles. Detuvieron a uno de ellos dos días después en Santa Cruz, cerca de la base aérea, era Hugo Montero Áñez. En aquel entonces tenía 31 años y ya habían pasado 11 desde la primera vez que lo internaron.
“Hugo nunca ha estado conforme aquí”, recuerda una de las psicólogas del I.N.P. G.P., Gloria Rivera, en una entrevista hace un par de años. “Él decía: ‘tendrían que liberar a todos los locos que estamos acá y tendríamos que inundar las calles y ponernos en libertad para probar a todos los de afuera que están más locos que nosotros’. Y sus compañeros lógicamente estaban todos muy exacerbados”.
Sin embargo Hugo Montero envejecería en el hospital psiquiátrico, y moriría allí, a la edad de 85 años, no sin antes dejar una obra poética, fruto de las sombras del encierro, y de la luz de una voluntad férrea que le hacía escribir versos día y noche detrás de aquellos muros, en centenares de cuadernos y hojas sueltas. Documentos desaparecidos hoy en día.

“…Un día que el dolor me coronó con sus espinas
y la estulticia me clavó su INRI
mi alma huyó espantada gimiendo por el viento…
solo tú me arrebataste de la muerte, 
y me alzaste en tus brazos como un niño,
y mi llanto se hizo trino, madre musa”.

(Madre musa)

“Yo era un joven estudioso que me habían internado en el manicomio, hospital San Juan de Dios, porque estaba acusado de locura, tenía miedo que me traigan aquí, dicho y hecho”, me dijo Hugo los últimos años de su vida, cuando lo conocí. Él, como la gran mayoría de los pacientes del Pacheco, había recorrido todas las salas del hospital psiquiátrico hasta llegar a la de geriatría.
Nació en la ciudad de Santa Cruz (20-2-1931), donde estudió abogacía y donde después trabajó en la base aérea. Hasta aquella tarde de junio de 1951, cuando lo encontraron oculto detrás del escritorio de su oficina. Desde entonces todo cambió, fue trasladado a Sucre y durante varios años en su juventud tuvo altas y recaídas constantes, estabilizándose mucho su cuadro años después.
Sin embargo para aquellos que lo conocieron, la lucidez, inteligencia, amabilidad y sensibilidad de Hugo fueron atributos constantes de su personalidad. Podía fácilmente declamar de memoria poemas de hasta 20 estrofas de autores clásicos (en sus innumerables presentaciones Hugo nunca leyó sus poemas, siempre los recitaba de memoria); podía apuntar con exactitud fechas y sucesos históricos sorprendiendo a sus doctores; además, no le era difícil improvisar poemas y dibujos en los pasillos, para regalarlos a los visitantes; como tampoco nada le impedía ser muy  crítico con su situación de paciente y con el trato médico-psiquiátrico que recibía. 

“…Excitación nerviosa, con estos bromuros se calmará seguro.
que ridículo, doctor, es tu diagnóstico que me hace sonreír
mas tu ciencia tendría que hacer milagros para curar mi mal,
mal de los muertos”.

(Consulta médica)

Su amor por la literatura y por el arte en general (Hugo también fue conocido como dibujante, muchos de sus poemas venían acompañados con un dibujo) le ofrecía libertad detrás de aquellos muros.
Lector asiduo de las bibliotecas del psiquiátrico reclamaba a las enfermeras cuando cambiaban de lugar sus libros favoritos, y les pedía constantemente cuadernos y lápices para seguir escribiendo sus poemas. “No se separaba de sus cuadernos, eran como parte de él” recuerdan los doctores.

“En el espejo de mi alma 
veo espacios para árboles y ceibos mágicos 
que florecen y caen como pétalos…”

(Versos sueltos)

El alma sensible de Hugo nunca fue indiferente al dolor que le rodeaba y a lo adverso del destino que a él y a los otros seres les tocaba vivir. El doctor Oscar Virgo cuenta cómo aquella vez que cortaron un árbol centenario dentro del psiquiátrico para hacer una remodelación del edificio, Hugo se opuso rotundamente, y al ver que hicieron caso omiso de su petición tumbando el árbol frente a sus ojos, se puso a llorar incontrolablemente sin separarse del árbol sino hasta muchas horas después.

“…Y pienso que si tú escucharas el acento de esta música
sin que tú quisieras, movería tu corazón al huracán”.

(Mar negro)

No fue sino hasta muchos años después, gracias al trabajo de voluntarios y de personal del Pacheco que fue posible la publicación del libro de Hugo, que se presentó el 8 de diciembre de 2004 con el título de Penumbras (a pesar de que Hugo siempre quiso que se llame Panacea) en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia.
En la presentación, Hugo dijo “este libro es una lucha contra el TEC (tratamiento electro convulsivo) que aún se aplica a los pacientes”, mismo tratamiento que se le aplicó a él en varias ocasiones en su juventud.
En los años siguientes la salud de Hugo decayó muchísimo. Falleció después de una larga enfermedad, el 9 de mayo de 2016. Fue enterrado al día siguiente, por el conductor de una funeraria y un albañil. No hubo nadie más en su cortejo fúnebre. Cuando mi amiga y yo llegamos al cementerio, después de recibir el gentil aviso de trabajadoras del psiquiátrico, ya no quedaba nadie, y la tumba de Hugo se encontraba en blanco, sin nombre.

“Yo sé que claudicaré en algún lugar de la tierra
sin banderas ni escudos…/
…/ La ley de que polvo eres, y en polvo te convertirás se habrá consumado.
Mas desde el seno de la tierra que me asfixia no dejaré de soñar
la flor de la esperanza,
que brota luminosa
que exhala su fragancia”.

(Paz sobre la tierra)



Las escenas

Voces a pedido

Libros & películas. Una mirada. Una lectura de los pasajes que cambiaron nuestra forma de ver el mundo.


Aldo Medinaceli 

Dentro de la vasta y magnífica obra del escritor mexicano Mario Bellatin, se me viene a la memoria una escena no tan conocida y que, debido a su espontaneidad y florecimiento transparente, cobra brillo en mi memoria.
Se trata del primer pasaje de Canon perpetuo, publicado en 1993; una buena muestra de cómo un libro muchas veces puede brotar enteramente desde una primera imagen. O un primer estado de ánimo, una primera composición de elementos, paisajes, líneas y ánimos interiores.
La escena es la siguiente:

“Nuestra Mujer vivía en una zona donde la corrosión producida por la sal marina era muy fuerte. El efecto aparecía en los aparatos eléctricos, en las sillas de verano puestas en los balcones y en la estructura general del edificio. La escalera de emergencia se había convertido en un montón de hierros retorcidos, que los inquilinos decidieron poner frente al mar a manera de una gran escultura”.

Este inicio compuesto como un cuadro desencantado de Dalí, poniendo cada objeto con meticulosidad, en una instalación amplia, compleja, urbanamente siniestra y al mismo tiempo de horizonte apocalíptico, funcionaba como el portal hacia el espacio en donde los improbables hechos del libro ocurrirían.
Leí este pasaje -junto a los otros libros que componen el primer tomo de la Obra reunida de Mario Bellatin- en una buhardilla en París en 2013 y sucedió como un hecho develador. De pronto la escritura era un asunto de fluidez. Y la obra del autor de Perros héroes se abría ante mis ojos como un objeto voluntariamente incomprensible, en donde lo atípico era la norma y lo común solamente se escondía en las profundidades de su escritura.
Me llamaba la atención aquella cualidad del lenguaje tan difícil de encontrar en nuestros días, un lenguaje fluido pero potente como un manantial, que abría distintos canales de interpretación -e inspiración- a sus lectores.
Algunos de esos seguidores se enfocaban en lo meramente lingüístico, intentando emular la capacidad de escribir sin detenerse, casi en estado de trance; otros, quizás los más superficiales, intentaban copiar atmósferas y sutiles estados alterados.
Era y es una escritura mística, de búsqueda y espiritualidad humana, en donde confluyen varias religiosidades o visiones de mundo. O visiones del arte, del artista, del lenguaje, de sus usos y desusos.
En el prólogo del reciente libro dedicado a la obra del autor -llamado Salón de anomalías-, Salvador Raggio afirma que la obra de Bellatin “logra producir textos que tienden a evitar la categorización y el claro desciframiento por parte de sus lectores”, lo que también puede entenderse como un permanente estado de alerta pero en el vacío.
La ausencia de contenido, pero a la vez como un detonante de un sinnúmero de contenidos. Ausencia también de jerarquías entre posibles sentidos, sin que esto anule variadísimas interpretaciones. Una permanente reflexión de la función del arte desde su puesta en escena, de sus actores institucionales y los lugares comunes a los que se ha llegado como lectores sindicalizados de las supuestas obligaciones semánticas en cada nueva obra literaria.
Varios de los libros de Bellatin no pueden ser llamados novelas, nouvelles, relatos, cuentos o guiones, a secas, porque son una mezcla de varios elementos narrativos tradicionales junto a otros que van en contracorriente. Por supuesto que algo de esto mismo ocurre en Canon perpetuo, en donde se configura un mundo de contexto indefinido.
Una casa comercial ofrece poder escuchar todas las voces que las personas quieran oír. Algunos desean escuchar las voces de personajes históricos, santos o asesinos. Algunas simplemente quieren saber qué dicen las voces de sus amigas cuando ellas no están.
El personaje de este libro, llamado simplemente “Nuestra Mujer”, anhela escuchar su propia voz cuando era niña.
Al final no lo consigue. Pero ese deseo sirve como pretexto para conducir la historia, la cual pareciera estar ya presente en aquella primera escena que hemos citado arriba.
Se trata de una descripción más o menos detallada del panorama que se observa en la zona en donde ella vive, nada más que eso. Sin embargo, en cada ángulo de los fierros retorcidos, en la preocupante corrosión causada por la sal marina o en el vacío mismo de ese espacio por algo que no sea elementos inertes, pareciera estar ya el alma misma de las motivaciones de Nuestra Mujer.
Como si hoy en día tuviéramos tiendas que venden nuestras propias voces de niños o como si en aquel futuro incierto de paisajes desolados eso fuera lo normal.
Aquella escena es la más corta del libro. Podría ser un lienzo, un performance, más bien quieto, una instalación de arte contemporáneo, la escenografía de una improbable obra teatral, una interpretación de la obra más tardía de Marcel Duchamp, un campo lúdico de compradores de arte verdadero...
Sin embargo, funciona como un delicado portal que logra introducir al lector en el mundo en el que se desarrolla la historia.
Me pregunto si la literatura siempre es una obra de arte. O dónde se encuentra la línea que puede dividir una cosa de la otra. Creo que sí es posible determinar cuándo una obra literaria tiene como fondo mismo la acción del arte, sus límites, sus posibilidades.
Hace años, Salón de belleza -la obra más conocida de Mario Bellatin- fue elegida como una de las cien novelas más importantes del siglo XX por un conjunto de escritores y críticos especializados.
Aquel libro proyectaba un ambiguo escenario en donde la muerte, la agonía, lo atípico y el lenguaje -casi en iguales proporciones- interactuaban entre sí, eludiendo el sentido obvio, evadiendo al sentido en sí mismo, muchas veces rozando con lo absurdo como método de vida.
Recuerdo haber leído Salón de belleza en una edición cartonera pintada a manos que mostraba docenas de flores diminutas y de todos los colores en la portada, de ellas salían pececitos a nadar en el aire.
Hoy, viendo el conjunto de esta vasta obra, creo que lo más estimulante es darse cuenta de que cada libro es tan diferente al otro pero sin fractura. Incluso de que cada párrafo es tan impredecible en relación al anterior.
Al final de Canon perpetuo, Nuestra Mujer no logra escuchar su propia voz cuando era niña, porque a cambio le pedían que deje su voz de adulta, lo que sin duda alguna hubiera representado un cambio importante en su vida.