jueves, 23 de junio de 2016

Libros

En la región intersticial

Una reflexión en torno a Los tejedores de la noche, de Jesús Urzagasti.



Jorge Patiño Sarcinelli  

Hay un territorio ignorado entre este hormiguero donde todo y todos se mueven y la definitiva y estática orilla en la que todos un día anclaremos. Los archipiélagos de la muerte se extienden mar adentro para que nadie tenga seguridades de alta mar, para que nadie pueda contar en días el tiempo que le falta para atracar. Y entre una y otra zona, la de la vida y la de la muerte, está la zona intersticial donde los muertos viven y para los vivos no pasa el tiempo. En ella se mueven los tejedores de la noche de Jesús Urzagasti.
“Superticioso no soy, de modo que no me sorprende en absoluto encontrar, después de una prolongada ausencia de Buen Retiro, restos de cigarrillos, botellas de singani a medio consumir, vasos repartidos sin ton ni son, en fin las huellas de otros habitantes que, por lo demás, no se llevan nada y más bien traen yesqueros... En la casa real se dan cita los dolores del cuerpo y del alma, y en su piso superior están los tejedores de la noche....”.
Aquí todo se mueve, nada en el más allá. En la región intersticial nosotros nos alejamos mientras ellos, los recuerdos e inventos de seres queridos, se quedan, indiferentes. Más allá el yo es un punto de silencio y ceniza. Aquí, el yo es el centro en torno al cual gira la vida, el punto de referencia de la narración. En aquella zona el yo es un punto que cambia de sujeto a medida que nos alejamos de los sujetos. Jesús se ha inventado esa gramática y ese lugar que envuelve a todas las cosas de este mundo y por eso le es en todo ilusioramente similar. Igual hay hombres, mujeres y amores, camiones y pistolas, hay La Paz y hay Chaco; hasta las novelas de los demás se llaman igual.
“Todo parece igual y no lo es, solo que para saberlo a ciencia cierta tienen que transcurrir los años, que para algunos pasan como si nada mientras que para otros llegan y se asoman en medio de sabores y aromas que solo el tiempo enseña a valorar en su cabal dimensión, o sea cuando el país, batido por vientos cariñosos, se descubre, se quita el sombrero y se aventa la chalina para mostrarse tal como es: un país pesado, como si cobijara a un muerto, cuando la verdad es que cobija a infinidad de muertos”.
Pero siendo iguales las cosas, son diferentes las relaciones y hasta la lógica por la que se relacionan. Lo que aquí es paradoja allá es cotidiano. Desde aquí a veces suena poético y a veces absurdo pero a esos personajes les da igual que sea absurdo o poético, ellos ya están de camino al más allá y ni saben si van a llegar o volverse a medio camino. La flecha del tiempo se ha vuelto sobre sí misma o ha dejado de apuntar; igual es.  
...durmiendo en la casa de los tejedores me soñé que en una endemoniada curva de la vida enfilé hacia el abismo, ... Me desperté sudando de frío y al dirigirme al baño para saber si aún estaba vivo advertí que los tejedores de la noche estaban observándome desde la ventana del segundo piso. Luego de verificar mi pinta de fantasma, dieron medio vuelta y no los volví a ver ni siquiera en pesadillas. Pero yo quedé con la sensación de que las cosas inventadas son mucho más vidriosas que las que aparecen de modo natural...”.
Habiendo inventado un territorio nuevo, con una lógica que a un chaqueño le es apropiada para ir al fondo de las cosas y para los no chaqueños un misterio de poesía como un ritmo nuevo, habiendo inventado tal región y su geografía, Jesús se va de paseo por ella y, como quien nada dice, relata sus encuentros con esos personajes de otro mundo, que son iguales a los de éste, porque aquí estuvieron, pero ya se han olvidado. Y lo hace con una soltura que no delata ningún esfuerzo de soltarse, libertad que nace de la ausencia de relaciones fijas que es propia de ese laberinto acuático.
“ ... el camillero venía recogiendo heridos y de pronto pasó por encima de uno de ellos para alzar al siguiente, el herido que había sido dejado de lado gritó ‘doctor, ¿por qué no me lleva a mí?’ , ‘porque tú estas muerto’, ‘estoy vivo’, ‘tú estás muerto’ y siguió su rumbo sin inmutarse".
Inverosímil y fantástico como un diario de viaje sin fechas ni lugares de referencia transcurre la narración, resistiéndose a toda costa a convertirse en cuento o novela, formas propias de este mundo. Pero, cosa rara, rompiendo con la dulce falta de rigor del resto del libro, allá por el final, el texto tropieza en un discurso con teoría, como un bocado de miga cruda en medio del pan.
“La casa es la guarida del hombre sedentario, ... el nómada usa de la choza o de la mansión para olvidarse momentáneamente de sus andanzas... en el sedentario se deposita la tradición de las tribus que abandonaron el desierto para acceder al desaliño espiritual.... El nómada es capaz de conmovedoras hazañas para mantener correspondencia con la mujer y el mundo entero... su virtud fundamental:  mirar con sus ojos de tigre... El sedentario es fiel a su esposa pero en su alma reposa el hipócrita... El nómada se comunica a través de su compañera con infinidad de mujeres... Curioso o no, tales arquetipos trascienden los límites de cualquier época...".
Todos tienen algo de nómada con ansias de libertad y la necesidad de un lugar al que llamar raíz. Jesús lleva su Chaco a cuestas y con esa su casa más grande y más inmutable que las de los demás mira con desdén a los que se aferran de cualquier cuatro paredes. Con una casa liviana como el viento e indestructible como la memoria, cómo no ser nómada en la vida, cómo no inventar lugares y personajes que los habiten.

“El rojo del cielo
despierta oasis
en el nómada de amor”
                                              
Y como Ungaretti, va Urzagasti, nómada de amor, de Pamela a Bera a Margarita, Beba, Anahí, Isabel, Florinda, Carmen... ¡Ah! mujeres, tantas mujeres; cuanto más irreal sea el mundo más encantadoras ellas, más irresistible su perfume, más imperecedero su hechizo no sujeto a las maldades del tiempo. Y entre ellas y sus vestidos de flores que se abren en el piso de la cocina o donde las encuentre el amor, se mueven, con la timidez de los personajes secundarios, Humberto el antropólogo, Horacio el cineasta, Froilán el soldado, Kent y Leonard y el obstinado Rojas Silva; y en medio de todos ellos, un yo que no soporta personaje, y que, como un punto invisible pero veedor, se mueve y deja ver al lector que quiera dejarse llevar.


Entrevista

¿Do you speak spanish?

Acaba de fallecer Gregory Rabassa, un ícono de la traducción de clásicos latinoamericanos al inglés. En un diálogo por teléfono en 2010, conversamos con él sobre su trayectoria y su breve experiencia con las letras bolivianas.


Martín Zelaya Sánchez

“Many years later, as he faced the firing squad, Colonel Aureliano Buendía was to remember that distant afternoon when his father took him to discover ice”. ¿Se animan a adivinar qué significa esta frase? Es la traducción al inglés de uno de los inicios de novela más famosos en la literatura en español, el de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”.
La versión al inglés, la primera, la más conocida, la que prácticamente consolidó al boom de la literatura latinoamericana en EEUU, es de Gregory Rabassa, célebre traductor fallecido la semana pasada a los 94 años.
Este académico, lector empedernido y dominador de media docena de lenguas, cobró fama mundial precisamente cuando en 1970 Gabo declaró: “Prefiero la versión en inglés de Cien años… antes que la mía”.
En mayo de 2010, logramos ubicar a Rabassa, quien amablemente atendió un diálogo telefónico de media hora, ligado por una breve pero grata experiencia suya con la literatura boliviana: la traducción del cuento El pozo de Augusto Céspedes, por encargo de su amiga, la promotora de arte paceña, Rosario Santos.
Una voz aguardentosa pero firme, para alguien de –entonces- 88 años, responde al otro lado de la línea en Nueva York. “Do you speak spanish? (¿habla usted español?), le preguntamos desde La Paz, y responde con un directo “sí”.

- ¿Qué es para usted la traducción, cómo encara el trabajo?
- Es difícil precisar… la traducción es una lectura, un estudio; si uno es un lector creativo entonces puede reescribir lo que está leyendo en su propia lengua. Eso hice con Rayuela, pero no con Cien años de soledad, porque ya había leído el libro antes.
Luego viene la etapa de copiar la traducción, mejorándola. Es entonces donde hay un trabajo más arduo de trasladar ideas -no solo palabras- de un idioma a otro, pero siempre digo que traducir es ante todo una lectura.

- ¿Cuánto hay de interpretación, de aporte propio, en esta labor?
- Se tiene que interpretar en la medida en que al releer lo traducido, se vea algún problema, algo que no está claro o que no suena bien; entonces hay que cambiar la selección de palabras. Pero por supuesto, manteniéndose fieles al original; yo siempre digo que hay que hacer todo lo posible por escribir lo que el autor hubiese escrito si lo hiciera en inglés.

- ¿Cómo fue su experiencia con Rayuela?
- Muy interesante porque fue mi primera traducción. Antes había trabajado en algunos cuentos y cosas cortas para una revista de la Universidad de Columbia; lo hacía por necesidad porque no contábamos con un especialista… nunca hasta eso había pensado en dedicarme a la traducción de manera seria.
Entonces me llamaron de una editorial y me plantearon traducir Rayuela. Yo no conocía el libro, aunque sí la obra de Cortázar. Pasé algunos capítulos para muestra, y le gustó tanto a la editora como a Julio. Él acabó siendo mi gran amigo pues teníamos mucho en común en nuestros conceptos sobre la escritura y el arte.

- ¿Y con Cien años de soledad?
- Bueno, esa es una novela completamente distinta en cuanto al estilo; pero creo que hasta cierto punto es un poco más fácil (de traducir) porque Gabo es un maestro de la lengua, no inventa tanto y más bien utiliza las palabras como se deben utilizar.
Lo que yo hice, una vez que conocí bien su estilo, fue imaginarlo escribiendo en inglés, nada más. García Márquez no es tan amigo mío como lo fue Julio, pero pasamos algunos momentos juntos cuando le tocó venir a Nueva York.

- ¿Qué otras experiencias de traducción rescata?
- Trabajé con una gran variedad de escritores latinoamericanos, sobre todo modernistas y contemporáneos. De Argentina, a Luisa Valenzuela y Manuel Mujica Láinez -nunca a Borges, me hubiese gustado, pero Borges ya estuvo traducido de sobra en España-; de Chile, a José Donoso, casi todas sus novelas cortas; de Perú, a Mario Vargas Llosa. También a muchos autores brasileños pues tengo un doctorado en literatura brasileña. Dos obras de Machado de Assis, y algo de poesía, recuerdo un librito de Vinicius de Moraes que incluía La garota de Ipanema y otros poemas.

- ¿Y de Bolivia?
- Que recuerde, solo un cuento de Augusto Céspedes para la antología The fat man from La Paz (2000), de Rosario Santos. No recuerdo mucho esa experiencia, creo que no hubo mayor problema. Como lector, me gustaban algunos autores bolivianos que escribían sobre temas laborales, mineros, pero no recuerdo mucho…

- ¿Por qué le cuesta tanto al estadounidense abrirse a las artes, a la cultura de Latinoamérica?
- Es así también con la literatura de cualquier parte del mundo. La venta de libros de ficción es en gran parte de autores locales, en contraste con países de América Latina y Europa donde se recibe de todo más ampliamente. Este país es muy provinciano, hasta cuando la gente viaja casi nunca sale de sus fronteras, y si entran a otra cultura es más como antropología, no por confraternidad, no con sentido de igualdad.

- ¿Cuál es la ventaja del español, qué lo diferencia de otras lenguas?
- El español -oficialmente, como se debe hablar- es una lengua austera, pero luego cuando la hablan los cubanos, por ejemplo, o gente de diferentes regiones, es otra cosa… tiene muchos cambios y posibilidades, mucha riqueza. Eso también pasa con el portugués de Portugal y el que se habla en Brasil, que son casi dos lenguas distintas.



Artículo

Hablar desde la locura

Una aproximación entre la poesía y la locura a raíz de la desaparición del poeta Hugo Montero Añez en el psiquiátrico de Sucre.



Alex Aillón Valverde

Los locos no hablan de la locura. Los locos sufren su condición de exiliados al otro lado del muro, su ex/centricidad, su marginalidad, su estar fuera de los límites que te imponen la razón y los lenguajes convencionales, tal como los conocemos, tal como los dividimos.
No, no tienes que estar loco para hablar de la locura. Todo lo contrario, la cordura es la que habla de la locura, la que la sitúa, la medicaliza, la analiza, la objetiva y, en consecuencia, la nombra.
El lenguaje de la locura es exterior al lenguaje de la disciplina. Se encuentra en el límite donde se descompone este lenguaje, en la ampliación de su rango normativo, en su incomodidad, es una forma de incomunicación, en ese sentido se emparenta con la muerte, con el enigma, con lo desconocido, con lo incomprensible. Por eso la locura asusta, repugna, confunde, agrede, fascina.
Se ha dicho que la verdadera poesía y el arte, tienen el deber y el poder de caminar entre las dos líneas de la frontera. De ser traductores de este espacio incómodo. El acto creativo es un acto de expansión de estas fronteras que en definitiva, son las fronteras del lenguaje. Un filósofo austríaco nos enseñó que las fronteras de nuestro mundo son las fronteras de nuestro lenguaje. Pues bien, esas fronteras son perforadas por la poesía y por el arte. Esta debe tener la capacidad de traernos a la superficie la perla del otro lado de la frontera, del espacio errante donde habitan la locura, el sueño y la muerte.
De esto se ha hablado mucho y no hay mucho más que decir. De Kant a Foucault, de Nietzsche a Maurois, la bibliografía es fecunda al respecto. Además, tenemos un gran abanico de escritores que bien podría refrendar esta relación de la cual no siempre se sale ileso. Sylvia Plath, Guy de Maupassant, Virginia Woolf, Arthur Rimbaud, Kawabata, y un etcétera sin fin, darían cuenta con claridad de lo que referimos. 

Un poeta del Pacheco
Hasta hace algunas semanas, casi nadie conocía a Hugo Montero Añez. Estoy seguro de ello. Yo lo había escuchado nombrar hace tiempo y últimamente lo tenía más presente porque sabemos que un realizador de Sucre, Omar Alarcón, hace una película acerca de su vida.
De pronto, murió. Quizás no tan de pronto, no sabemos exactamente el proceso, murió viejo (85 años) y solo en el Pacheco de Sucre, sería justo decir que se pudrió allí y nadie lo acompañó hasta su última morada (Alarcón llegó tarde), pero, como ocurre con los santos de los últimos días, de pronto renació a las pocas horas, en las redes sociales con la vitalidad de un astro, de una leyenda, con una legión de admiradores repentinos, desconocidos, amigos nuevos y refrendadores de su condición de loco y, encima, poeta -la maldición de la banalidad de la cyberagora.
Montero, el poeta, nos muestra uno de esos raros casos en los que el locus de enunciación se revierte.
Cuando el poeta vive del otro lado de la frontera, cuando la locura habla desde la locura, nos vemos ante una situación de extraordinaria y seductora fortaleza.
El poeta/loco se reviste de toda la legitimidad de un lenguaje que le es natural, que no es un lenguaje inventado o secuestrado, sino que proviene de la entraña misma de donde se nutre el hecho poético.
Esto nos pone a quienes estamos del lado de la razón en una posición de desventaja (¿para qué carajos servimos?, ¿somos acaso unos impostores?).
El poeta/loco no necesita traductores, no necesita intermediarios, él nos comunica el lenguaje poético en su estado puro, en su estado auténtico, legítimo.
Pero la poesía es una articulación. Es una forma. Cuando la locura se condensa en un poema, entonces adquiere su lucidez. Ambos lados deben estar conectados. Pues si la locura es simple ausencia de producción de palabra, se pierde del otro lado del límite. Es necesario, de cualquier manera, que la literatura la restaure, le dé forma.

De poetas y locos
Cuando el loco habla, todos callamos. Al menos en poesía, tal parece que esa es la ley. Sentimos que los locos, los alcohólicos, los drogadictos y los outsiders, de alguna forma son nuestros mártires y de ese imaginario se apropia la cultura popular. La gente se siente más cercana a un ser miserable, falible, vulnerable, que del que no lo es.
Pero más allá de la repentina fascinación por la figura del poeta/loco, de los comentarios de gente alucinada con la marginalidad de Montero, de esta atención súbita, queda la obra. Quizás lo único puro, y es lo único que deberá llamarnos la atención en adelante, aunque jamás podamos dejar de relacionarlo con su locura, con ese espacio que ahora queremos privilegiar como un espacio fascinante donde moraba el poeta y su palabra, aunque lo cierto es que el lugar de la locura para Montero no haya sido otra cosa que un miserable cuarto en el Hotel Pacheco de Sucre, donde se desvaneció en soledad, lleno de calmantes, drogas, silencio y delirio.
Pero esto jamás nos importó, lo cual demuestra no lo buenos que somos, sino lo miserables que podemos ser al fingir que mucho nos afecta. Pero es justamente desde esa miseria, desde la miseria humana, desde nuestra miseria, que canta el poeta. Ya lo dijo Dylan Thomas: los más bellos cantos al sol, se hacen desde la oscuridad. Y es cierto.
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Mar negro

En esta noche negra y fría
escucho sonar una banda que está muy cercana
y esa música me trae tu recuerdo
me parece que esa música es del mar
del mar negro que ha sido nuestro amor
mar negro siempre negro
porque en su cielo nunca brilla la esperanza
sin embargo te quiero eternamente
aunque un mar negro sea nuestro amor
aunque mi corazón se ahogue en el recuerdo
como se agita el mar en la marea
y pienso que si tú escucharas el acento de esta música

sin que tu quisieras movería tu corazón al huracán

ALTIplaneando

Letras orureñas


En esta primera de dos entregas, el autor reflexiona sobre el universo literario orureña -y, de paso, nacional-, a propósito del libro Letras orureñas. Autores y antología.



Edwin Guzmán Ortiz

Toda iniciativa ordenadora y sistematizadora de la literatura boliviana es bienvenida. Trátese de estudios, compilaciones, antologías y publicaciones. O, en sus versiones orales, seminarios, mesas redondas, en fin.
El mentado ordenamiento permite aglutinar la producción literaria en base a criterios más o menos convencionales. De este modo, la dispersión y la producción aleatoria se rearticula en un espacio que nos permite distinguir autores, periodos y obras, con frecuencia borroneados por el tiempo, atravesados por las tradiciones, estilos, y esa vocación centrífuga que tiene la literatura. 
Letras orureñas, autores y antología (Zofro-Plural, 2016), es una obra compilada por Carlos Condarco, Benjamín Chávez y Martín Zelaya. Aborda principalmente los géneros de la narrativa, dramaturgia, ensayo y poesía. En sus 400 páginas hace un inventario detallado de creadores nacidos en Oruro o estrechamente vinculados a este espacio geográfico, donde además de una presentación indicial de 124 autores, realiza una selección paradigmática de 67 de ellos con muestras representativas, en prosa y verso, bajo la forma de una antología.
El esqueleto textual de la obra emerge principalmente de la sección Letras orureñas del suplemento cultural El Duende, publicado por el diario La Patria de Oruro, durante más de ocho años, bajo el auspicio de la Fundación ZOFRO. Ahí, periódicamente, se fue recuperando poetas, narradores y ensayistas tanto en sus datos personales, logros, su obra, más una breve muestra de textos. Sobre esa base, más la consulta de obras antecedentes y archivos inherentes, se cristalizó esta compilación que probablemente sea la más completa hasta ahora, respecto a la producción literaria de la tierra de los Urus.
A continuación algunos apuntes preliminares de una primera lectura que, por supuesto, provoca un cúmulo de inquietudes que van desde un estudio más detenido de autores y obras, hasta la consideración de temas transversales vinculados al estilo, corrientes estéticas, tradiciones, rupturas y otros en el marco de la producción literaria boliviana.
El apelativo “Letras orureñas”, de inicio nos convoca a realizar una consideración puntual de su identidad y alcance. Acaso,  preguntarnos si se trata de una literatura forjada por orureños o una literatura de temática orureña. 
En el primer caso, lo orureño implica una complejidad identitaria que proyecta no pocas ambigüedades, no se trata de una esencia arquetípica, cuando más de algunos rasgos distintivos como la pertenencia a un espacio geográfico, las culturas que lo componen, una historia plural, ciertas tradiciones, un ethos que asume un carácter diferencial en el tiempo.
En consecuencia hablar -strictu sensu- de letras orureñas nos remite al referente regional de una literatura expresada en lengua castellana, tributaria de la literatura boliviana y a su vez de una literatura hispanoamericana, donde la lengua constituye la matriz central de pertenencia. En cuanto a la temática, hay escritores orureños que abordan temas regionales y muchos otros que abordan temas bolivianos o francamente universales.   Por tanto, letras orureñas más que un dispositivo escritural identitario, constituye un ordenador válido que permite desde la adscripción regional, abrirse a la sistematización y organización de una población de discurso, vinculado a un segmento dinámico de la literatura boliviana.
A partir de la referencia de autores y de la antología -actualizadas y pertinentes- se perciben generaciones de escritores, periodos que traducen momentos históricos cuya incidencia es innegable en la historia literaria del país. Dentro de ellas, grupos y movimientos que han formado parte de la dinámica cultural de Oruro y el país. Pienso por ejemplo, en la segunda generación de Gesta Bárbara, la década del 60, o  contemporáneamente el Movimiento Encuentro 15 Poetas de Bolivia que ha transitado en la interfaz del siglo precedente y el actual. Colectivos que han mantenido puentes de pasaje y actividades comunes. En ellos, es posible reconocer rasgos del romanticismo, modernismo, de la poesía social y por supuesto escrituras de vanguardia que reflejan a su modo el pulso de la dinámica literaria que se mueve aquende y allende nuestras fronteras. 
Hechos que han generado una comunicación intergeneracional fructífera en el caso de la poesía; a su vez, un contacto permanente con poetas de otros departamentos. Oruro es un escenario -textual e institucional- abierto a la comunicación literaria y la promoción de las letras, incluso recientemente a través de la iniciativa de acoger a poetas de reconocido prestigio internacional, a través del Festival Internacional de Poesía en Bolivia, en sus diferentes versiones, bajo iniciativa del poeta Benjamín Chávez.
No es el caso de los narradores orureños, que han mantenido mayor independencia y cuya obra se ha forjado de manera más personal. En ellos no se encuentra agrupaciones o incluso nexos aglutinantes manifiestos con otros narradores nacionales. Lo que no obsta reconocer la calidad de muchos de ellos como es el caso de Josermo Murillo Vacareza que con Aguafuertes del altiplano (1946), publicado en el periodo posterior a la Guerra del Chaco, irrumpiendo con una narrativa sólida, un lenguaje maduro y la capacidad sutil de adentrase al complejo universo de la vida rural.
Destacan posteriormente entre otros, el sacerdote dominico Oscar Uzín Fernández (El Ocaso de Orión, Premio Nacional de Novela, Eric Guttentag, 1972) y Adolfo Cáceres Romero con numerosos premios nacionales en cuento y novela; actualmente, Cé Mendizábal, con dos premios nacionales de novela (Alguien más a cargo, 2000, y Pasado por sal, 2014), novelistas que resaltan en el panorama narrativo nacional. 
La contribución de los orureños al ensayo no ha sido menor, destacándose los estudios sobre literatura boliviana de Adolfo Cáceres Romero (Nueva historia de la literatura boliviana, Diccionario de la literatura boliviana). Los ensayos y la crítica literaria de las letras bolivianas que hace Luis Antezana Juárez (Ensayos y lecturas, 1991; Ensayos escogidos, 2011) constituyen un hito en el país, siendo su aporte  renovador en la lectura y análisis de obras literarias bolivianas.
En el género de la poesía, las lecturas e interpretaciones de Eduardo Mitre no son menos importantes (El árbol y la piedra,1981; De cuatro constelaciones,1994; El aliento y las hojas,1998; Pasos y voces, 2010). La obra ensayística de estos dos últimos autores se halla dentro lo más relevante de la crítica literaria y el ensayo boliviano contemporáneo, habiendo generado un giro significativo en la manera de entender e interpretar la textura verbal, dicciones y universos que se manifiestan en poemas y novelas del país.

En Letras orureñas. Autores y antología, se percibe que de Mariano Ramallo a Sergio Gareca en poesía, y de José María Dalence a Daniel Averanga en prosa, se registra un recorrido atento y exhaustivo, hecho de discursos y obras que a la manera de fotogramas van generando formas que se hacen, se deshacen, que se funden, reflejando dicciones, representando imaginarios, atravesando escrituras y configurando un mapa dinámico, en el que es posible reconocer metonímicamente también, el universo complejo y plural de la literatura boliviana. 

sábado, 11 de junio de 2016

Borges

Borges y Bolivia, un libro y un poeta perdido

El próximo martes se cumplen 30 años de la muerte de quien para muchos… ¡muchos!, es el mayor escritor en lengua hispana del siglo XX. Decidimos entonces, con el perdón del caso, reciclar esta nota publicada hace cinco años y que por diversas situaciones, tuvo una llegada limitada en el país, aunque luego apareció en un diario argentino.




Martín Zelaya Sánchez

Una noche de jueves, tras largas horas hablando de libros y música junto a una botella de Fernet que se resistía a ceder, mi buen amigo, el poeta tarijeño Marco Montellano, me sorprendió: “¿Sabías que el poeta favorito de Borges era un boliviano?”.
Y me habló entonces de Ramiro Tamayo, “que nada tiene que ver con Franz Tamayo, y que casi nadie conoce, pues ni siquiera aparece en los libros de historia de la literatura”.
Pasaron muchos meses, entre vueltas y olvidos, hasta que terminé por fin de decidirme a rastrear la ligazón -escasa, modesta, pero ligazón al fin- de Jorge Luis Borges con Bolivia.
Dijo el autor de Los conjurados, pocos meses antes de su muerte, el 14 de junio de 1986, a un entrevistador boliviano: “Quiero contarle que una vez en una librería encontré un libro sobre Borges -le encantaba hablar de sí mismo en tercera persona-. Lo había escrito Marcial Tamayo (boliviano), al que después conocí. Mi memoria asocia Bolivia con Ricardo Jaimes Freyre, el poeta más preciosista del modernismo; y luego tienen a Reynolds, y al mismo Tamayo”.
¿Cuál Tamayo?, habrá que preguntarse. ¿Tal vez, por el contexto, esta vez sí Franz? ¿O Marcial?, ¿O su hermano menor, Ramiro, un comunicador, cineasta e intelectual que creció y vivió gran parte de su vida en Buenos Aires, y que escribió el poema que tanto fascinó a Borges?
En 2007 el poeta y crítico Juan Carlos Ramiro Quiroga posteó en su blog el artículo “Borges a calzón quitado”, en el que Albino Gómez cuenta de la relación del mayor escritor argentino de la historia con los Tamayo. Nadie le dio entonces mucha bolilla a ese texto.
Cuenta Gómez: “Ramiro comenzó a destacarse por una tan excelente producción poética que motivó un breve prólogo de Borges a lo que constituyó su primer libro de poemas, donde el escritor se refería a sí mismo como un “poeta crepuscular” -a pesar de que todavía no tenía 50 años- llamando a Ramiro un “poeta del alba”.
Más adelante, Gómez cuenta que Tamayo era tan perfeccionista que retiró y devolvió el libro varias veces de la imprenta y al final nunca salió a la venta. Y comenta: “con sus 18 años, Ramiro Tamayo era para su gusto (de Borges) el mejor poeta de nuestra lengua. Y con esa memoria prodigiosa que siempre lo caracterizó, a pesar de los más de 20 años transcurridos, recordó y recitó uno de los poemas de Ramiro que decía...”. (Ver nota de apoyo).

Dudas
Pero ¿cómo es posible, entonces, que pocos hayan oído hablar de los Tamayo y, sobre todo, que nadie o casi nadie en el país se haya preocupado de un poeta que deslumbró ni más ni menos que al mismísimo Borges?
“Ten cuidado con que sea un poema apócrifo”, me advirtió Luis “Cachín” Antezana, autor del libro Álgebra y fuego: lecturas de Borges. Considerado como uno de los máximos eruditos borgeanos en el país, tras leer el texto de Gómez, Antezana se limitó a comentar:
“No hay mucho que decir al respecto: los Tamayo fueron amigos de Borges, efectivamente. Biográfica y bibliográficamente se sabe que el único libro dedicado a su obra que Borges leyó fue el primero: el que escribieron Adolfo Ruiz Díaz y Marcial Tamayo (Borges. Enigma y clave). Está inclinado a discernir las fuentes clásicas (grecolatinas) en Borges; pero, en el camino, tiene un excelente análisis del cuento La muerte y la brújula”.
Similares dudas tiene Rodolfo Ortiz, director de la revista La Mariposa Mundial: “que yo sepa Borges elogió no sin cierta dosis de ironía el poema Peregrina paloma imaginaria, de Ricardo Jaimes Freyre”.
“Del tal Ramiro Tamayo -comenta- nada encontré en mi gaveta y tengo serias dudas del texto que me mandaste no vaya a ser un apócrifo más sobre el maestro”.
Qué mejor entonces que recurrir a la fuente primaria. “Deseo que quede bien en claro que el poema recitado por Borges pertenecía a Ramiro Tamayo y estaba dedicado a una bella muchacha que cursaba la carrera de abogacía, y fue publicado en la revista de poesía Latitud 34”, sostiene Gómez, escritor y diplomático argentino, amigo de Marcial y Ramiro, y que tuvo la gentileza de contestar un cuestionario, luego de que la magia de Google permitiera ubicarlo. Hasta aquí lo de los Tamayo.

El libro de Dante
Terminé de decidirme a escribir esta nota, decía antes respecto al “caso Tamayo”, pero en realidad una idea primigenia había surgido mucho antes, a fines de los 90, cuando hallé, en un cajón de ofertas de una librería de Sopocachi, un libro en el que Dante Escóbar cuenta cómo Borges le mostró, una tarde de 1985 en su casa de la calle Maipú, un ejemplar de Índice de la poesía boliviana contemporánea, de Juan Quirós.
“Hábil, conociendo todos los obstáculos de la casa, se dirige a una sección de la biblioteca y trae consigo un volumen azul”. “Vea este libro -le dice el escritor a Escóbar sí, al mismo Dante Escóbar que años después fue juzgado y condenado por un millonario fraude-: me llegó en los últimos meses. Me lo han recomendado y tengo deseos de conocer lo que se ha escrito en Bolivia en los últimos diez años”.
En otro momento de la extensa entrevista -publicada en un extraño libro llamado Las obsesiones de Borges (Distal, 1989)- el autor de El hacedor comenta: “Qué bueno que ustedes los bolivianos se acuerden aún de Ricardo Jaimes Freyre, sus leyes sobre la versificación son una obra maestra”.
Cuando, tras hablar de autores, libros, estilos, mitología, religión, ontología, la charla gira en torno al periodismo y las entrevistas, Borges, franco, admite que “son reprochables” porque el periodista generalmente “asume el predestinado papel de interrogador fiscal”.
No obstante lo arregla pronto y dice: “Pero si me piden un reportaje para un diario del interior o, en su caso, de Bolivia, pienso que puedo ayudarlos y lo hago contento. No sé, me llama la atención su país, donde hay gente que se interesa por lo mío”.

Lo de menos y lo demás

Menciona Ortiz a Jaimes Freyre, que, sin lugar a dudas, es la máxima referencia que Borges tenía sobre Bolivia, pues incluso lo mencionaba como ejemplo y recitaba sus versos en varias conferencias de su vejez.
Además de Jaimes Freyre (ver nota de apoyo), los Tamayo y Dante Escóbar, algunas breves “relaciones” del autor de El Aleph con nuestro país se hallan en el diario de Adolfo Bioy Casares:
Un comentario desfavorable de Borges sobre una conversación que tuvo en 1968 con la esposa del embajador boliviano en Argentina y un proyecto de luna de miel en Bolivia, cuando Borges quiso casarse con María Esther Vásquez.
Por lo demás, en el prólogo a Un bárbaro en Asia, de Henri Michaux, traducido por él mismo, Borges escribe: “Hacia 1935 conocí en Buenos Aires a Henri Michaux (…). Solía asombrarnos con noticias tristísimas de Bolivia, donde había residido un tiempo”.
La última, que solo hay que tomar como rumor, pues no hay fuentes ni rastros. En plena Guerra de las Malvinas, Borges habría declarado que “Argentina e Inglaterra parecen dos pelados peleándose por un peine” y que “las islas habría que regalárselas a Bolivia para que tenga salida al mar”. No consta a nadie, pero quién sabe.
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Ramiro Tamayo el “gran poeta” sin libro

Debido a que no pocas veces se atribuyeron al maestro textos y poemas apócrifos, y ante las pocas referencias de Ramiro Tamayo, en Bolivia hay quienes sospechan que quizás el referido poema sea también un apócrifo. ¿Cómo puede Gómez ayudarnos a disipar esta duda? Resumimos, a continuación, la extensa respuesta que n os envió por correo electrónico.
“Ramiro fue un gran poeta y es verdad que su perfeccionismo le impidió editar ese libro (en el que iba a estar el poema que solo la memoria de Borges mantuvo vivo). Yo lo conocí en quinto año del Colegio Nacional, cuando él llegó con su padre, don José Tamayo, su madre, su hermano Marcial, que ya tenía 28 años, y Celicetta, su hermana de 20 años”.
“Fuimos muy amigos durante años. Ingresamos juntos a la Facultad de Derecho que pronto él abandonó porque no le interesaba. Lo malo es que también dejó la poesía y eso fue una gran pérdida. Se dedicó al cine primero y con el entonces periodista e incipiente escritor Tomás Eloy Martínez, luego famoso, hicieron un filme sobre una leyenda norteña que tuvo muchos premios y creo que figura en las buenas enciclopedias del cine”. (…)
“Quien tuvo más continuada relación con Borges fue su hermano Marcial. Porque los Tamayo, a pesar de que al caer Villarroel don José dejó de ser embajador, siguieron viviendo en Buenos Aires”.
“Y don José, ya viudo, llegó o pasó los 90 años y recibió siempre la generosa ayuda de Marcial, que desarrolló una gran carrera y publicó un extraordinario libro dedicado a su padre. El título es Demasiada luz, y lo publicó la editorial Proa, con ilustraciones de la hermana de Borges, Norah”.
“Yo seguí tratando más a Marcial que a Ramiro porque coincidimos en Nueva York y en Washington, donde Marcial estuvo unos diez años como representante del Secretario General de ONU ante la Casa Blanca”.
“Así fue como en 1967 y 68 recibí a Borges en dos oportunidades. En la segunda, cuando se quedó tres días, me dijo que la única persona con la que le interesaba conversar en Washington era con Marcial. Cenaron en mi casa y charlaron hasta casi las tres de la mañana. Borges estaba acompañado por su primera y reciente mujer, de la cual se separó rápidamente”.
“En fin, no quiero tomarle más tiempo, pero puede usted afirmar con total seguridad que el poema recitado por Jorge Luis Borges pertenecía a Ramiro Tamayo. La muchacha a quien fue dedicado, lo merecía”.
Va, entonces (en cuadro adjunto), el poema que Borges le recitó a Gómez en una entrevista citada en el artículo “Borges a calzón quitado”, que se puede hallar velozmente googleando.
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El poema de Ramiro Tamayo

Tú que tienes los ojos como caminos de Dios.
Que los tienes como atardeceres en los ventanales
de mi casa
(ahí, frente a los árboles
que reciben el viento que llega desde el campo).
Tú que tienes los ojos como un Domingo
como uno de esos días esperados desde la infancia.
Que los tienes poblados de sueños
y de cuentos deslumbrantes.
Tú que miras con esa lejanía
con que se miran las cosas supremas.
Tú que tienes esos ojos
dime:
Qué es eso algo triste
que está andando por las calles?
Lo que nos despierta –a veces en
medio del sueño
con grandes lágrimas.
Aquella pesada hoja que cae
y se demora en la frente.
Dime despacio
el nombre del niño de los pómulos violetas
que afronta una mudez aciaga.
Tú que tienes los ojos poblados de cielos
que los tienes repletos de ansiedad.
Repite esas palabras tenaces
-y tan débilesque
llenan las horas sin horas.
Muchacha, repítelas.
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Ricardo Jaimes Freyre según Borges

“En el caso especial de Jaimes Freyre -pregunta Dante Escóbar ya avanzada la entrevista, en su libro Las obsesiones de Borges- ¿sentía usted alguna influencia de su poesía?”.
“Quizás -responde el maestro- muchas de mis primeras experiencias poéticas tienen influencia de Jaimes Freyre; era un preciosista. En su poesía, -y no lo digo porque usted sea boliviano-, la página es parte del lenguaje en la comunicación íntima poeta-lector. En Darío también hay una comunicación íntima, como lo hay en otro gran poeta como lo es Verlaine”.
“No me cabe duda de que en mi libro Fervor de Buenos Aires hay versos con notable influencia de Jaimes Freyre y Lugones”.
“Es realmente curioso, ¿no?, que Jaimes Freyre haya sido más honrado, homenajeado aquí, en Argentina, y no en su propio país, con lo que se confirma que el oficio de escritor es extraño: unos reciben muchos elogios y premios, y otros son desestimados o rechazados por cuestiones extraliterarias”.
“… Recuerdo sus famosos versos -dice mucho después, casi al final de la larga charla lograda en cuatro tardes consecutivas- ‘Peregrina paloma imaginaria, que enardece los últimos amores; alma de luz, de música y de flores, peregrina paloma legionaria’”.
Cómo no hallar metáfora en estos versos, y no importa el sentido intelectual de los versos; lo que importa es que nos llegan… son versos preciosos”.


Sombras nada más

Borges 2016


La eternidad de la poética borgeana. Un recordatorio de la vigencia, maestría ytrascendencia del maestro argentino.



Gabriel Chávez Casazola

¿Cuál será, en la deshabitada noche, aquella esquina del Once en la que Macedonio Fernández, que ha muerto, sigue explicándole a Borges (que ahora también está muerto) que la muerte es una falacia?
La reminiscencia de esa plática de ambos figura en un poema de JLB titulado Buenos Aires, donde dice que esto y aquello, lugares y cosas que existieron o existían entonces, tal vez aún hoy, son (eran) para él la ciudad: un árbol en la calle Junín, una puerta detrás de la que pasó diez días con sus noches, un jinete de metal bajo la lluvia, una alta casa del Sur donde tradujo a Whitman, una cara de Cristo vista en el polvo, esa esquina del Once donde Macedonio declaró falaz a la muerte, pero también algunas personas y lo que ellas hicieron o dijeron: Lugones mirando por la ventanilla del tren, Elvira de Alvear escribiendo una novela que se extravía en la demencia, Julio César Dabove afirmando que el peor pecado que puede cometer / un hombre es engendrar un hijo y sentenciarlo a esta vida espantosa.
Para él todo esto y más era, en ese poema, Buenos Aires. Para nosotros, sus lectores adictos, Buenos Aires es un poema de Borges. Desde mi primer viaje, hace ya muchos años, encandilado adolescente, he vagado por sus calles sin por qué ni cuándo, recorriendo y reuniendo las huellas dejadas por su ciego Virgilio.
En aquella ocasión, 1991, Borges era todavía controversial. Mi padre, que vivía en Argentina, lo aborrecía por razones políticas y había jurado alguna vez, con varios de sus amigos, hacer pis en la tumba del Maestro; deseo felizmente frustrado porque no les daban los bríos (ni los australes de entonces) para viajar hasta Ginebra a perpetrar la fechoría.
Aún recuerdo la consternación de mi progenitor físico (la nuestra fue una historia de desencuentros y ausencia, de vivir en las antípodas) cuando llegué a su departamento en Caballito con la Obra Poética completa de Borges bajo el brazo, recién comprada, y la emoción visible en las mejillas.
Ese ejemplar publicado por Emecé todavía me acompaña, bien gastado por vísperas y noches de lectura, intensa o íntima, secreta o compartida con amores y amigos, oracular y caótica o secuencial y ordenada. 
Como ese libro, sobreviviente a mudanzas, pasiones, arrebatos, manchas de vino y lluvia, incluso al olvido en que lo dejé algunos años para desprenderme de las influencias de su autor —de sus maleficios, como los llamó Monterroso,  a quien tras leer a JLB le pareció que nuestro idioma antes muerto y enterrado era “otra vez capaz de expresar cualquier cosa con claridad y precisión y belleza”—; como ese libro que ahora lee mi hijo, digo, la poesía de Borges, ha sobrevivido a la muerte de su autor acaecida hace ya 30 años y a cualquier controversia desatada por sus hechos y dichos en vida, a sus minucias de ser humano como cualquier otro.
La verdad, respeto pero no hago mía la (por hoy mayoritaria) opinión de quienes desdeñan o minusvaloran a Borges-poeta para quedarse solo con el autor de cuentos y ficciones. La suya es, creo, una cima de la poesía escrita en nuestra lengua. Propicia a la memoria, al canto y al cuento, a la melancólica celebración de lo vivido y lo leído, casi perfecta en su forma, asombrosa en sus enumeraciones y obsesiva en sus recurrencias, la poesía del autor de Elogio de la sombra le hace guiños a la eternidad -por la que habría que preocuparse si uno es lector de Borges, siempre según Monterroso, aunque no creer en ella. 
Con fe y despreocupación, a la inversa de lo que quería el guatemalteco nacido en Honduras, los lectores borgianos seguimos frecuentando sus versos, desde los primeros y más antiguos donde le decía a una mujer que en ella estaba la dulzura como está la crueldad en las espadas; pasando por aquellos, terribles, donde habla de Dios que con magnífica ironía le dio a la vez los libros y la noche; hasta los finales donde anota, con cierto escepticismo, que pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan.
Hace dos o tres semanas, en cierta esquina de Granada, el traductor de Borges al rumano, Dinu Flamand, y yo, exultantes como por el vino -que es dádiva y candelabro- pero sin el vino, recitábamos entrada la noche, a voz en cuello, Las cosas, felices por descubrir nuestro mutuo amor por aquel soneto que memoricé en la secundaria y él tradujo muchos años atrás y creía haber olvidado:
El bastón, las monedas, el llavero, / la dócil cerradura, las  tardías / notas que no leerán los pocos días / que me quedan, los naipes y el tablero, // un libro y en sus páginas la ajada / violeta, monumento de una tarde / sin duda inolvidable y ya olvidada, / el rojo espejo occidental en que arde // una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas, / limas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, // ciegas y extrañamente sigilosas! / Durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido.
Mientras repetíamos los cuartetos y tercetos en voz alta, me daba cuenta de que treinta años después de enmudecer, la voz poética de Borges -invulnerable como los dioses-  seguía sonando tan cristalina como otrora, de que él seguía cantando y contando por boca de los otros, por ejemplo de un rumano y un boliviano perdidos en cierta esquina de Andalucía; que continuaba explicándonos que Macedonio Fernández tenía razón, que la muerte es (puede ser) una falacia, si acaso la atraviesa la espada verbal de la poesía.  

Su muerte fue una secreta victoria, apunta, como al pasar, en la última estrofa de la Milonga del muerto en Los conjurados (1985) dos o tres páginas antes de dejar que callara su voz impresa. La meta es el olvido, escribió mucho antes en otro verso; su poesía, por fortuna, llegará muy tarde a ese común destino que a todos nos aguarda. 

Las escenas

Aquel sótano guardaba el universo

Libros & películas. Una mirada. Una lectura de los pasajes que cambiaron nuestra forma de ver el mundo.



Aldo Medinaceli 

Un círculo que mide de dos a tres centímetros y que contiene todas las cosas, vistas desde todos los ángulos, durante todos los tiempos. El cuento El Aleph, de Jorge Luis Borges, publicado en 1949 nos hablaba de amor, locura y muerte, esa tríade tan revisitada pero siempre efectiva.
Beatriz Viterbo, la cita pálida y fantasmagórica a la Beatriz de Dante, es, en el caso del cuento de Borges, una mujer alta, delgada y poseedora de una torpeza que no carece de cierta gracia.
Al final del cuento, el narrador olvida los rasgos de su rostro, no sin antes conocer un lugar inolvidable que guarda todos los secretos del mundo.
En el viejo sótano de Carlos Argentino, primo hermano de Beatriz, el protagonista vislumbra un inverosímil descubrimiento: un aleph, es decir, el mismo círculo que mide de a tres centímetros y que contiene todas las cosas, vistas desde todos los ángulos, durante todos los tiempos.
Jorge Luis Borges afirmaba -acerca de la relativa popularidad de esta su historia-, con su acostumbrada ironía, que tal vez aquello se debía a que en el título había una palabra en un idioma extranjero, que además sonaba bien y que se escribía con “ph” en lugar de “f”. Sin embargo, al igual que muchas de sus narraciones breves, esta brilla con contundencia y solidez propias.
Vastísimo conocedor de tradiciones antiguas, algunas apócrifas, paganas, más o menos oficiales o incluso crípticas, el autor lograba resumir un concepto transversal en muchas de ellas con la creación artística de su infinito aleph.
En la escena transcrita a continuación, que para esta oportunidad me permito citar in extenso, el narrador nos confiaba una experiencia completamente iniciática, rozando los bordes de la racionalidad, en  medio de una visión deslumbrante de aquel pequeño círculo oculto en el sótano del primo Carlos Argentino:

“Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.). (….). En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, (…) vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.

Mediante esta hermosa imagen y la detallada descripción de sus efectos, Borges nos hablaba también de la posibilidad de que todo esté en todas partes, acerca de un espacio que abarcaba una totalidad de posibilidades, y de un universo conectado íntimamente con cada una de sus partes y habitantes.
Una teología panteísta y a la vez urbana, allí buena parte de su originalidad, resumida en esa imagen de abrumadora riqueza y poseedora de diversos detonantes para estudios teóricos.
Esta escena bien podría representar gran parte de la obra del gran escritor argentino, tal y como lo plantea en este cuento, es decir: la parte que contiene al todo, en una correlación entre lo micro y lo macro, entre lo diminuto y lo inconmensurable. Un átomo que repite el sistema solar, navegando acompañado en una gota de lluvia. Las rayas del tigre que a la vez son rastros de cometas pasados. Una mujer, Beatriz, que es al mismo tiempo todas las mujeres amadas y un observador que por supuesto también somos nosotros mismos, como lectores, asistiendo fascinados al espectáculo de un símbolo  mágico que, dentro de los márgenes de la propia ficción, cobraban vida sin derecho a réplica.