sábado, 21 de mayo de 2016

Artículo

Cuando Víctor Hugo fue un rayo



Una emotiva y poco conocida historia de los últimos días del escritor paceño, 10 años después de su muerte.


Virginia Ayllón 

En varias ocasiones defendí la literatura de Víctor Hugo Viscarra ante las radicalmente contradictorias percepciones sobre su obra: o es “el” escritor de los bajos fondos, o es dudoso el carácter literario de su escritura, la que habría sido “elevada” a tal carácter por su amplio grupo de lectores/seguidores.
La defendí porque creo que hay evidente material literario en varios momentos de su escritura y que hay necesidad de abordar ese material desde claves literarias más que desde la simpatía o antipatía que provoca el personaje Víctor Hugo Viscarra.
A diez años de su muerte y porque se trata sobre todo de un entrañable amigo, prefiero ahora recordar un momento de lucidez de mi amigo, breve por cierto. Pero la brevedad en este caso es apenas una convención cronológica porque tal vez ese momento concentró en su vida todos los momentos de los que está hecha una tradición.
No le vi escribir a Víctor Hugo, no le vi leer, hablaba poco de libros. En las conversaciones de la bohemia prefería que le escuchemos sus “salidas”, a veces brillantes, otras comunes y corrientes.
Pocos meses antes de su muerte me tocó acompañarlo en un trance desconocido para él: la abstinencia del alcohol. Bañado en alcohol como había vivido, solo el enfrentamiento con la huesuda le decidió a dejar en el camino a tan tónico compañero. Y solo quien ha tenido de cerca al ser querido en situación de abstinencia sabe el dolor físico que eso supone. Es la batalla con ese cuerpo ni siquiera humedecido como inundado, que reacciona matando virtualmente a quien le priva de su esencia vital.
Un Víctor Hugo batallando con otro Víctor Hugo es lo que yo vi, enfrascados ambos en una guerra de vida o muerte, uno odiando al otro, armando estrategias aquel, apelando a débiles tácticas este.
Un Víctor Hugo sobrio era raro pero existió, lo atestiguo. Uno que en ese desconocido estado sacó, por fin, al escritor que le habitaba. Y no hay escritura sin lectura, lo dice nuestra tradición, la de los que hemos hecho de la palabra más que nuestro destino, nuestro camino o nuestro ser, nuestro terrible habitáculo en la vida.
Este inédito Víctor Hugo, entonces leía. No sé si lo hizo antes, no es dato que me interese porque lo que yo vi fue una apetencia reciente, como nueva. La imagen del Víctor Hugo en una biblioteca fue lo único que compartí con quien lo asimiló al beodo de la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles.
Atacó virtualmente mi modesta biblioteca y Humberto Quino dice sucedió lo propio con la suya. Llevaba y traía los libros con extremada puntualidad, manejándolos cual de papeles del erario se trataran.
Pero el recuerdo que aún me causa turbación es este que mi memoria indica fue así. Sacamos la mesa al jardín, Víctor Hugo ayudaba a poner la mesa. Entre platos van y platos vienen le pregunté cómo le había parecido Los papeles de Aspern, novela que acababa de traer de vuelta a casa. Su respuesta fue “lo mejor para el postre” y cuando éste llegó apareció un Víctor Hugo más diferente a este nuevo y austero al que aún me costaba acostumbrarme.
Era un lector hablando de su maravillada lectura, parándose para narrar el momento cumbre de esa delicada filigrana de Henry James, transmitiendo el miedo del narrador cuando es descubierto por la inefable Juliana Bordereau. Su emoción nos atrapó a las casuales comensales de esa mesa de jardín y solo el comentario de una de ellas nos sacó de esa especie de éxtasis en que nos metió este redescubierto lector: Mami, el Víctor Hugo está llorando, dijo, cortándonos la iluminación de ese relámpago que fue el Víctor Hugo ese día.


Lector al sol

Viscarra, una década


Un análisis frío y ecuánime de la literatura y del legado del autor paceño.



Sebastián Antezana 

Diez años después de su muerte, causada por una cirrosis fulminante, Víctor Hugo Viscarra se ha vuelto un ícono literario nacional. Pero, paradójicamente, hablar de él hoy es quizás algo complicado o, por lo menos, algo complejo. Eso porque, como pasa con algunos escritores, en cierto sentido su obra ha pasado a ser secundaria respecto a su biografía: una vida accidentada y caracterizada por el abuso de alcohol y una marginalidad extrema.
El alcoholismo y la marginalidad, por otra parte, han sido figuras recurrentes en la literatura boliviana desde mucho antes que Viscarra y, antes que él, Jaime Saenz empezaran a conmover sensibilidades. Carlos Medinaceli y Armando Chirveches, por citar solo dos autores, ya las habían explorado aunque suscribiéndolas a espacios más rurales que citadinos.
Sin embargo, el autor de Felipe Delgado se lleva en esto la palma. Con la irrupción de su trabajo en las letras nacionales se aprecian dos gestos notables: la consolidación literaria de un nuevo tipo de habitante: el inmigrante aymara que del campo llega a la ciudad para convertirse en centro de su periferia, y la creación de una -discutida pero influyente- categoría sociológica y literaria: el grotesco social.
En esta línea, una lectura ligera entiende a Viscarra como heredero de Saenz y a su obra como caracterizada por los mencionados gestos notables. Pero en una lectura más detenida las diferencias entre ambos se aprecian fácilmente. Los libros de Viscarra muestran un proyecto muy distinto del saenziano.
Mientras el último realiza una construcción en parte simbólica y abiertamente mística de espacios como la ciudad, la noche y la muerte, el primero es mucho más concreto. Mientras Saenz se ocupa de la poesía del lenguaje, Viscarra resulta prosaico y de cortos vuelos.
Los personajes de Saenz son marginales legendarios que muchas veces se entienden mejor como figuras o arquetipos, mientras que los de Viscarra son -quieren ser- construcciones profundamente realistas. Saenz habla de locos, magos, muertos, borrachos, oficinistas y aparapitas, todos producto de una mirada abstracta y poetizada del mundo, mientras que Viscarra delinea delincuentes, prostitutas, borrachos, desesperados y muertos de hambre que viven furiosamente apegados a la realidad, incapacitados de metáfora.
Los de Viscarra son personajes marginados por -y en permanente campaña contra- la sociedad, las instituciones públicas, el Gobierno, la Iglesia. Son personajes que, lejos de preocupaciones por cualquier trascendencia y de afanes que sobrepasen sus necesidades diarias, batallan contra enfermedades concretas como la tuberculosis y el olvido, las úlceras y la soledad. Y están todos elaborados a partir de un molde porque, en el fondo,  los personajes de Viscarra son uno solo, él mismo, multiplicado y exhibido hasta el paroxismo.
Su afán, como Viscarra mismo expresó en una entrevista que concedió al periódico chileno La Nación, es el siguiente: “Vivo en mi mundo. Estoy por mi gente, porque son mis delincuentes, son mis putas, mis maracos, mis mendigos, mis ladrones. El único portavoz que ellos tienen soy yo. Para mí la escritura es como una especie de desahogo. ¡Nunca esta maldita sociedad me ha dado algo!”.
Por esa actitud y por una evidente vocación no solo de retratar sino de sumergirse literaria y literalmente en las entrañas del submundo que habitaba -esa periferia de la ciudad que constituyen ciertos barrios, especialmente la noche de ciertos barrios paceños-, alguna prensa le puso un nombre quizás ocurrente, quizás ingenuo: el Bukowski boliviano. Porque hay que destacar un hecho que en sí mismo no valida  la obra de Viscarra, pero que pone en claro su fuerte compromiso literario: Víctor Hugo escribió pese a ser un verdadero marginal, un completo desheredado. Sin casa ni familia, se dedicó a rodar por y a escribir sobre las mismas calles que otros describen desde sus cómodos departamentos. Llevando al extremo la recomendación de Zola, ese dinosaurio del naturalismo, vivió antes de escribir y, lejos de cualquier vuelo que lo alejara de lo que consideraba su verdadero ambiente, escribió solo sobre lo que vivió.
Tras su muerte, Manuel Vargas, su editor y amigo, le escribió un pequeño atinado adiós: “Nadie podrá decir que Víctor Hugo Viscarra ha sido el gran escritor de Bolivia; tal vez es curioso que él hubiera logrado escribir pese a las condiciones con que sobrellevaba la vida. Ésa fue tal vez su mayor virtud, porque Viscarra, entre otras cosas, tampoco era de familia, heredero de alguna tradición intelectual. Era simplemente un escritor, alguien que sintió la necesidad de narrar aquello que, de otra manera, nadie contaría…”.
Aparte de reforzar el carácter testimonial de la escritura de Viscarra, este comentario indica algo importante: no es uno de los grandes escritores de Bolivia. Su obra, valiosa pero que no marca escuela, nace de una necesidad de darle voz a los sin voz, lo que es meritorio porque pone en relieve espacios, seres y dinámicas clásicamente marginales. Pero en sus libros, más allá de ciertos giros y recurrencias afortunadas, no se ve un trabajo especial con el lenguaje, ni se nota una escritura que sobrepase la anécdota o esté interesada por develar lo que late debajo de la fachada del intercambio social -es decir económico-, por más grotesco que sea.
Su proyecto hace de la vida callejera su centro absoluto y, al hacerlo, ajena a otras fuerzas que no tienen que ver con aquello contenido en la epidermis de la acción, resulta en ocasiones poco transcendente.   

Pese a eso, como sucede con autores de su tipo -leídos más como personajes que como escritores-, Viscarra parece seguir teniendo resonancias después de la muerte. Las cosas no se han enfriado en lo que respecta a Víctor Hugo. Tras una década de su desaparición, se han agotado varias ediciones de sus libros en el país, se han editado obras suyas en el extranjero -Borracho estaba pero me acuerdo se publicó en 2009 en España, en la editorial Mono Azul, y en 2010 en la editorial argentina Libros del náufrago-, decenas de artículos y estudios académicos se han escrito y se escriben sobre su trabajo, que sigue suscitando interés, y los lectores jóvenes parecen no olvidarlo. Y en este medio amurallado que es nuestro país, su presencia parece no disiparse. Habrá que ver si su literatura, interesante aunque irregular, hace otro tanto. 

Parhelio

[Los cuadernos perdidos de
Víctor Hugo Viscarra]

¿Cuánto y cómo incidieron los retoques de edición en la obra del autor paceño?, se pregunta el autor de esta nota.



Rodolfo Ortiz

In memoriam Rubén Vargas

Voy a viento de elucubración y en marea sobre la maña bien habida de una deslectura.
Y si esta columna suele tener la dicha de algunas veces pescarme en curva a la hora de recordarla, voy a recordar primero que el título elegido aquí proviene de un subtítulo que sin escamotear el tuteo, nos presenta unos papeles póstumos del malogrado Víctor Hugo Viscarra, marginal como él solo, pero no único marginal en lo solo. Se trata, para no ir a bucles, de Ch’aqui fulero. Los cuadernos perdidos del Víctor Hugo, libro publicado el año 2007, un año después de su muerte.
Leer con sospecha ha sido siempre para mí un principio, una forma de acercamiento hacia el mundo de la escritura. En tal sentido, voy a comentar, quizás tangencialmente, algunos aspectos que podrían ser relevantes a la hora de interrogar sobre los modos de la vida póstuma de este escrito o conjunto compilado de escritos, y sobre sus formas posibles, claro, si consideramos en este caso la amplia y exitosa historia editorial de Viscarra desplegada de las manos de su afanado editor.  
Sí vale la pena una precisión que me permito como lector: recuerdo que Rubén Vargas señalaba que Víctor Hugo Viscarra estaba tocado por un don narrativo, en la medida en que su lenguaje no está separado de sus vivencias y, por lo mismo, no se esclaviza al “uso premeditado” del argot de los bajos fondos. Indudablemente esta concordancia entre palabra y acto, que Urzagasti también distinguía en Viscarra, saca notable ventaja a los escritores profesionales de la marginalidad, pero quizás Rubén Vargas miraba más lejos, al concluir de esta comparación que en Viscarra “este lenguaje es natural, es decir, es la medida precisa de su mundo”.  
La sospecha que me produce esta frase surge no de su contundencia, menos del sentido que podría irrumpir de los hechos narrados por “ese” lenguaje, sino y muy por el otro lado, del hecho de si realmente enfrentamos tal “lenguaje natural” en cada uno de sus libros, siendo que en la mayoría de los casos nos percatamos de una sutil, aunque no menos influyente, mediación editorial.
Como notablemente sucedió en las sucesivas ediciones de la poesía de Emily Dickinson o en las obras “hipotéticas” que fraguaron los editores de Fernando Pessoa, la obra de Víctor Hugo Viscarra no escapa a las intervenciones de su editor (con la supuesta atenuante de que el escritor paceño abiertamente en vida lo consintió). Sin embargo, la atracción que me causa el libro póstumo Ch’aqui fulero, como ningún otro publicado en vida por Viscarra, resulta de la posibilidad de ver la mediación editorial desde la perspectiva de la posteridad, dimensión en la que sin duda esa intervención tiende a ser más crucial y aprehensible, como intentaré corroborar en este caso.
De entrada en Ch’aqui fulero nos llama la atención la mención a unos “cuadernos perdidos”. ¿Son cuadernos recobrados, desarchivados, encontrados? ¿Son cuadernos perdidos por Viscarra o simplemente olvidados por el editor? No creo plantear preguntas insignificantes a la hora de leer a Viscarra. Hace poco me enteré por boca de un amigo jugador de paleta del club “31 de Octubre”, que cuando trabajaba de taxista hace varios años, una madrugada le tocó llevar a Víctor Hugo Viscarra de la Pérez Velasco hasta la Ceja. A la hora de cancelar el pasaje este truhan de la noche arguyó no tener un centavo en el bolsillo y terminó pagando con un cuaderno manuscrito que llevaba nombre y apellido. Tiempo después cuando Viscarra rondaba la fama, este cuaderno lamentablemente ya se había perdido quién sabe dónde.
Pero no todo es leyenda y anecdotario en esto de “los cuadernos perdidos del Víctor Hugo”, pues en Ch’aqui fulero el editor finalmente decide imprimir unas hojas de los desconocidos manuscritos del autor. Tres hojas como “fondos de capítulos”, según se lee en los créditos, quiero decir, tres fragmentos que se utilizan como un ornamento paleográfico para inaugurar cada una de las tres secciones del libro. En suma, unas hojas manuscritas de los cuadernos de Víctor Hugo que pertenecen más al flirteo de un diseño que al cuerpo textual propiamente dicho de la obra. Y, dado el carácter de “fondo”, unas hojas que si bien se hallan levemente difuminadas no llegan a ser ilegibles, lo cual hace posible, al menos para un curioso impertinente como yo, la aventura y hundimiento en cotejos y relaciones.
Entonces, ofrezco un ejemplo.
Voy a referirme al magnífico relato “Ecce Homo” que aparece en la primera parte titulada “Soliloquios y delirios”. Haciendo los cotejos del caso, resulta que un fragmento de este texto pertenece a la hoja manuscrita que abre la tercera parte del libro de nombre “Otros textos”. (Llama la atención que varios textos manuscritos, quizás de mayor factura que algunos soliloquios y cuentos, no aparecen incorporados al libro, pero en fin). “Ecce Homo” es un relato del amanecer. Trata una vez más de uno de los predecibles protagonistas alcohólicos de Viscarra. Un errabundo que acaba de incorporarse al mundo luego de haber estado “durmiendo su deliciosa borrachera”. Esperando se haga el día, este hombre se dirige al Puente Avaroa, en búsqueda de sus compañeros de infortunio, quienes duermen entre las casetas abandonadas del ex-mercadito de fruta. Entonces (cito un párrafo de la página 27):

[l]legó al ex mercado y con fastidio observó que el grupo de personas seguía durmiendo la borrachera que se habían empinado el día anterior o tal vez días antes. Parecían un ovillo humano mal desmadejado, arrebujados en prendas de vestir que alguna vez fueron ropas decentes, y cubriendo mal que mal sus cuerpos con un plástico destrozado. 

La escena es elocuente, sin duda, digna de la solvencia del narrador al cual estamos acostumbrados al leer la obra de Viscarra. Pero –¡oh sorpresa!– en la hoja manuscrita de la página 101 me topo con la siguiente versión:

[l]legó al ex-mercado, y con fastidio observ[ó] que el grupo de personas seguían durmiendo la tremenda borrachera que se habían empinado el día (o tal vez días antes) anterior, acurrucados como si fuesen un ovillo humano mal desmadejado, agrupados el uno sobre y/o al lado del otro, arrebujados en prendas de vestir, que alguna vez fueron ropas decentes, y cubriendo, mal que mal, sus cuerpos con un plástico, roto y destrozado, que les servía tanto como frazada, como también evitaba que el calor de sus cuerpos huya en otras direcciones.

Soslayando la dura interrogante sobre ¿cuál Viscarra hemos leído hasta hoy?, mencionaría en todo caso que la economía del lenguaje practicada en la primera cita, con evidente orgullo literario por cierto, poco atiende al hecho de que las escrituras de Víctor Hugo son crudas, carecen de tachaduras y, por lo mismo, tienden menos a ese juego insensato de la buena letra que al arrebujamiento en la reunión de elementos, “el uno sobre y/o al lado del otro”. Pienso que si imaginamos la escritura de Víctor Hugo, la de sus cuadernos perdidos, como la de un “ovillo mal desmadejado”, podríamos imaginar también un posible acercamiento a ese “lenguaje natural” que entrega la medida precisa de su mundo.
Una escritura que se basta a sí misma tiene que ver con el hecho de no contaminarse de la voluntad de ser o parecer literatura. Y esta que fue una lúcida intuición de Rubén Vargas es, sin lugar a dudas, la “ley de imprenta” que debería acercarnos a frases tan lapidarias como la que sigue: “Y si de gustos se trata, pues, a mí me gusta escribir de esta manera, y al que no le gusta mi estilo, que se meta su dedo y su enojo en el orificio de su disgusto”.


Libros

Mini guía para leer a Rubén columnista

Perdido viajero, el primero de tres tomos de la obra completa de Rubén Vargas, se presentará en Plural editores el lunes 23 de mayo, a las 19:30; y el jueves 26, en la Feria del Libro de Santa Cruz. Compartimos un fragmento del prólogo.



Rafael Archondo

Podemos sentirnos afortunados. Rubén Vargas antes, en entregas quincenales, y ahora sus compañeros de vida, mediante este libro, nos regalan una hilera de bocados, piezas exquisitas zurcidas con letras para el goce expedito de los transeúntes y allegados. Pase usted y sírvase con confianza.
Las columnas de un amigo al que ya no vemos son hoy un pretexto no solo para recordarlo, sino también para comprenderlo en su fase memorable y póstuma. Rubén se ha ido, pero nos ha dejado una mina de palabras para explorar, aquilatar y recuperar. He aquí este primer yacimiento organizado.
Sus columnas llevan por nombre Perdido viajero, anteponiendo la pérdida a la travesía. Son las paradas de un nómada extraviado que clava la vista con aparente distracción, pero que de inmediato fractura al observado con la frase resultante de lo visto.
Rubén optó por errar, aunque muy pocas veces se equivoca. Como se sabe, errante no es lo mismo que errado, y en este caso singular, los términos operan como antónimos. Acierta nuestro viajero y a quienes deja perdidos es, en realidad, a los que abandona en el camino, pobres en argumentos, sometidos al elemental ridículo de sus afiladas reflexiones.
Las palabras de Rubén se escribieron con pólvora diluida en tinta. Cada párrafo es una explosión, un verbo que lacera sutilmente. Cuando uno acaba de digerir cada pieza, entiende que el afectado ya no tiene salvación, que se ha producido un derribo acelerado y compacto. Cada columna es una refutación bien detonada, un disparo inapelable. De ese modo, Perdido viajero deja prestigios hechos añicos a su paso y, claro, eso se agradece en un país que, como él escribe, amenaza con convertirse en “mortalmente aburrido” dada la entronización de un solo partido con su caudillo irrepetible en el palacio.
Rubén cultiva el buen humor, aquel que acicalaba en privado, y que en sus años finales decidió transformar en texto impreso. Dado que ésta pretende ser una mini guía para leerlo en su fase de columnista, conozcamos rápidamente el “método Rubén” de confección de una buena columna.
Empieza desarrollando la ironía sin la menor demora, desde la primera letra. Así, toma de inicio la argumentación oficial y la descompone. Una vez deshebrada la lógica, aquella que quiere desnudar, nuestro autor deja expuestas sus inconsistencias. Lo que procura con ello es un estallido controlado por el cual las razones adversarias se suicidan con solo ser avistadas. De esa manera, los dichos del poder acaban en el patíbulo, pero no por obra de su verdugo, sino porque se revelan “truchos” por sí mismos y sin ayuda. Con la compresión del lector y la prolijidad del columnista ha sido más que suficiente.
Perdido viajero disecciona ideas para mostrar los absurdos soliloquios del poder. Con ello, el lector se relame y saborea. Cada columna garantiza carcajada y aplauso consecutivo.
Vayamos a un ejemplo para mostrar lo que Rubén hace con las palabras. Tomemos la pieza “Los infiltrados” publicada el 5 de septiembre de 2010. Maestro de la ironía, el autor finge adherirse al pensamiento gubernamental. Expone entonces, él mismo, la teoría de la infiltración. La tesis de partida es que si el enemigo es culpable de todos los males y ha desaparecido, entonces habría que esperar que los males desaparezcan también. Pues resulta que no, que siguen ahí. Por tanto la persistencia de los males solo puede explicarse, ya no por la presencia del enemigo derrotado, sino por la de infiltrados en las filas oficiales.
Rubén expande las ideas ajenas hasta sus últimas consecuencias, tratando de rozar la frontera con el absurdo. Agarra la tesis en cuestión y la pone a prueba hasta que se desvencija sola. No la deforma ni la pone de cabeza, se limita a mostrarla sin revoques ni retoques. En nuestro ejemplo, asegura que pensarlo todo en clave de infiltración es útil porque exime de responsabilidades al gobierno, el cual puede mostrarse como víctima de una silenciosa invasión externa.
Cuando la lógica comienza a tambalear, Rubén aporta dos ejemplos divertidos y letales que terminan por tumbar los andamios adversarios: el fútbol y la borrachera de un senador. El equipo perdió por tener “un infiltrado en la delantera” y el legislador aparece como víctima de una misteriosa inoculación de alcohol que lo hace cometer papelones, privado como está de su voluntad. La operación está consumada, finge darle la razón al ridiculizado, se adueña de sus planteamientos y, al momento de esgrimirlos, los hace estallar. No queda nada (…)
(…) Cuentan que cuando alguien elogiaba sus columnas en presencia de quienes lo tenían que tolerar, se escuchaba lo siguiente:
“-Qué bueno es el Rubén, es un gran columnista, ¿no?
 -¿Sí?, pues si tanto te gusta, te lo regalo...”.
Y sí, gracias por aquel regalo, toda una prueba, aunque pasajera, de sentido pluralista.
Seguimos con nuestro viaje. Rubén nos ha abierto varias sendas, corresponde trazar los mapas y orientarnos, aunque sin dejarse tentar por el sedentarismo.


La pelusa que cae del ombligo

Sobre Catre de fierro



Reseña de la novela de la británica boliviana Alisson Spedding, “un gran libro”, comenta el autor.


Omar Rocha Velasco

La última novela de Spedding es una ambiciosa saga familiar: recorre los deleites que el poder dio a los patrones Veizaga, hacendados de Saxrani, provincia Inquisivi; pasa por los avatares de esta familia dentro del Nacionalismo Revolucionario (una militancia que al principio les da muchos réditos y luego es parte de su debacle); cuenta la historia de esta familia en el periodo de dictaduras de los 70; narra “los narcóticos años 80” (R. Bajo dixit), la vuelta a la democracia, el periodo de la megacoalición ADN, MNR y MIR; termina en una debacle total, un final trágico en el sentido griego.
Los personajes son fascinantes, complejos, encarnan un mundo difícilmente abarcable por otros discursos que no sean los ficcionales. Por ejemplo, Nemesio es un preso en la cárcel de Inquisivi, está allí por haber asesinado a su suegro, se convierte en un eje de la narración, todos acuden a él, desde la cárcel se entera de todo lo que pasa afuera, los otros personajes lo visitan para dejarle papeles, consultarle sobre asuntos jurídicos, quejarse, etc.
La cárcel también sirve de refugio, los miembros de la familia que son perseguidos y buscados en La Paz van a la cárcel de Inquisivi a ocultarse. Nemesio, como reo con mayor antigüedad, 24 años para ser más exactos, controla y organiza a los otros, sus responsabilidades alcanzan incluso la administración de las llaves cuando el alcaide se encuentra de viaje.
Otro personaje fundamental es Matías Mallku, un viejo “yatiri” que se ocupa de kuchus[1] y tuxllus[2], es un vidente que avisa lo que va a pasar, siempre guarda la compostura, anuncia -es el Tiresias de esta tragedia familiar-, cumple el rol de decirles a los personajes que no comentan Hamartía (término griego que remite al error del héroe trágico): cuidado, no hagas lo que no te corresponde, lo que está más allá de tus posibilidades. El vidente tiene su “oficina” en el Shopping la Wiphala, su tarjeta dice: “Matías Mallku: Sabio adivino, lee la suerte en coca, cigarro y naipes. Cura negocios, enfermedades, amores, casas y juicios”.
Este personaje es uno de los ejes de la narración, el mundo mágico está presente desde el principio, la primera frase de la novela es: “La culpa es de Matías Mallku”. Las cosas no pasan porque sí, por pura casualidad o por puro control humano. La tierra pide ofrendas, los destinos están trazados (otra vez la tragedia).
Destaco especialmente un pasaje de la novela, se trata de la visita del Papa Juan Pablo II a Bolivia, la caravana, de pronto, se desvía del camino trazado inicialmente, se detiene en un lugar no previsto en la Ceja de El Alto, y procede a bendecir el bar Polonia.
¿Qué pasó? El candidato a la diputación Alexis Veizaga, que goza de los beneficios de su partido en el poder, es el jefe de protocolo y arregla las cosas para que el papa haga la bendición del bar de su amante Dorotea Veizaga. Esta escena condensa muchos elementos, los partidos políticos y su ejercicio del poder, la iglesia y su relación con la legitimización del poder (pensemos en la última visita del papa a Bolivia), a nivel micro podríamos hablar de una constelación familiar que, desde la vertiente masculina, repite eso de gozar o desear a la chola fuera del hogar o la familia que se ha constituido.
En este sentido, Catre de fierro tiene que ver con lo que Salvador Romero trabaja en su libro Las Claudinas, las mujeres cholas que como una especie de mujeres fatales son la causa de la debacle y decadencia. El diputado, el señorito bien con un futuro prometedor se degrada en el alcohol y termina al lado de la chola, eso pasa en La Chaskañawi.
En el caso de la novela de Spedding, el señorito Alexis es primo de la chola Dorotea, lo que los separa es simplemente la triquiñuela de uno de los abuelos que se apropia de la herencia y su descendencia cae del lado de los patrones. El diputado termina con la chola -como en La Chaskañawi-, pero no se trata de un paulatino “degradé”, sino de la paulatina consolidación de una pareja que encuentra su camino luego de varios desvíos. Por el lado de la exesposa del diputado también hay un trastoque, ya no se trata de la mujer despechada que ha desperdiciado lo mejor de su juventud en un matrimonio que se disuelve, se trata de la mujer que realiza, finalmente, su deseo descubriendo su sexualidad y quedándose con su amiga Lisset.
Como toda gran novela Catre de fierro cuenta la historia de la decadencia de un mundo (palabras del escritor mexicano Federico Guzmán), en este caso el mundo de la familia Veizaga en la provincia Inquisivi de La Paz; pero esta historia puede perfectamente extrapolarse y ser considerada como la ficcionalización y retrato de la Bolivia de la segunda mitad del siglo XX, es una tragedia pretensiosa y no es infiel a su pretensión.
Por último, vale la pena reparar en un detalle: en la contratapa aparece una foto de antaño en blanco y negro, allí se ve una familia numerosa posando en un jardín (seguramente un domingo en alguna quinta o hacienda paceña), se ve también, a la izquierda y hacia abajo, a un niño  zaparrastroso, despeinado y andrajoso, ¿qué hace este niño posando junto a semejante distinguida familia paceña de antaño? Spedding cuenta que esa foto fue el disparador de esta, ya lo dije, gran novela.



[1] Ofrenda de un ser vivo (generalmente un animal) sin derramamiento de sangre. Se lo mata por estrangulamiento, ahogamiento o enterramiento vivo; los kuchus más conocidos son los humanos, usados en la construcción de un edificio grande, un puente o una carretera. Huilancha: Ofrenda de un ser vivo con derramamiento de sangre.
[2] Calavera humana, cráneo.

Libros

Capote, Chaplin, Hemingway
y una joven de 15 años

Una novela reconstruye las relaciones entre Oona O’Neill -hija de un Premio Nobel de Literatura- y Jarry Salinger, con Charles Chaplin al fondo.



Ricard Bellveser

La hermosa Oona O’Neill tenía 18 años cuando se casó con el actor y director Charles Chaplin, de 54 años de edad, 36 más que ella. El padre de Oona, el Premio Nobel de Literatura y cuatro veces Premio Pulitzer, Eugene O’Neill, al enterarse de la elección de su hija, furioso, la expulsó de su vida y nunca más volvió a recibirla ni a verla.
Esto no era nada nuevo. Desde que ella tenía dos años que apenas la había frecuentado. Su madre era la escritora Agnes Bolton, segunda mujer del dramaturgo -pero no la última- quien tampoco le prestó demasiada atención, preocupada en sus ligues, por ser admirada en los círculos neoyorquinos y por sacarse la espina del desdén con el que había sido tratada.
Oona era una joven de un poderosísimo atractivo y de una personalidad por todos recordada. Desde pequeña se movió en ambientes artísticos y literarios, conoció a Truman Capote -quien afirmó que ella le había servido de modelo para el personaje de Desayuno en Tiffany’s-, a Hemingway y, claro está a Chaplin, quien le pareció el hombre de su vida, y así fue, desde luego; se casó con él y con él tuvo ocho hijos. Permanecieron juntos 34 años, lo amó y lo cuidó con esmero hasta que la muerte les separó en 1977, cuando él ya había cumplido 88 años de edad y ella tenía 52. Ella murió de cáncer en 1991.
Hija de un tipo genial, casada con un ser genial, rodeada de personalidades geniales, rica y famosa, su vida fue un regalo, aunque sobre su cabeza pesó desde siempre la maldición de los O’Neill, que fue el alcoholismo.
Su padre fue un alcohólico que nunca superó la enfermedad y terminó sus días en la habitación 401 del hotel Sheraton de Boston. Todos los hermanos fueron alcohólicos, Eugene Jr. se suicidó a los 40 años y Shame, heroinómano, también. El Premio Nobel intentó hacerlo varias veces, aunque con dudosa convicción, y la propia Oona, tras enviudar de Chaplin, se entregó a la botella siguiendo la oscura tradición familiar.
Pero eso no es todo, sentimentalmente. Antes que Chaplin, en la vida de Oona hubo un joven alto, más bien larguirucho, algo encorvado, de 21 años de edad, llamado Jarry Salinger, que frecuentaba los círculos literarios con un puñado de relatos bajo del brazo que quería publicar, -años después daría a la imprenta una novela titulada El guardián ante el centeno, que escandalizó a los estadounidenses por la forma desgarrada de  enfrentarse a los recuerdos de la niñez, y que comenzaba: “Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es donde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces”.
Un día llegó al Stork Club de Manhattan, donde, sentada a la mesa de Capote, vio a OOna, de 15 radiantes años de edad, y quedó totalmente prendado de ella. Allí comenzó una relación, tan intensa como casta, que duró dos años y se vio interrumpida cuando, tras el bombardeo de Pearl Harbor, él se alistó al Ejército y fue a Europa a pelear, participó en el muy mortífero desembarco de Normandía y sobrevivió a ese infierno. Cuando regresó a EEUU, Oona ya se había casado con un cincuentón, noticia que se le vino encima como un mazazo que nunca superaría. Y había algo aún más insoportable: El cincuentón era un tipo extraordinario…  
El escritor francés Frederic Beigbeder, en su novela Oona y Salinger que se acaba de publicar en español, (Anagrama, 2016) reconstruye esa relación, ese amor que sin duda no debió pasar de platónico, y lo hace inventándose escenas, diálogos, incluso una correspondencia entre ambos, cartas de amor desesperado escritas por un amante desconsolado.
Se imagina que 40 años después, los dos se reencuentran en la Grand Central Station, todo ello ficcionando una hermosa historia de amor irrealizable, en la que hubo tanta pasión como literatura, que sirve para reconstruir el Nueva York de los años 40, sociedad que contempló estupefacta la II Guerra Mundial.
Beigbeder hace en esta novela, un minucioso ejercicio de documentación, tanto de datos ciertos como de datos imaginados, que vienen a rellenar los huecos de narración que se dan en la vida real. Inventa el torbellino que se cuece en la cabeza de Salinger, quien intenta salir vivo del Apocalipsis que supuso el colosal bombardeo de Normandía, y rebozado de barro y miedo, piensa que su amada a la que probablemente no volverá a ver. Entra con las tropas en París, para liberar la ciudad, y en el Hotel Ritz se encuentra con Hemingway y hablan de Oona. O no.
Dos realidades en paralelo: un mundo, el americano, el neoyorquino, en cuyos clubes se viven fiestas musicales y las calles se llenan de actividad festiva, mientras en otras partes del mundo, principalmente en Europa, la sangre de los jóvenes unta la tierra, los bombardeos oscurecen los días y el mundo parece desmoronarse.
Manhattan versus Berlín, dos simultaneidades que parecen ignorarse. Y en lo sentimental, dos mundos de nuevo en paralelo, el de Salinger, un joven enamorado, enfebrecido por el recuerdo de la amada, y la realidad de que ella no le correspondiera, e incluso le ignorara. Sobre el dolor de los amores no correspondidos está la literatura y la vida llenas. La guerra mundial y su destrucción como correlato de la destrucción o el amor del joven escritor.

En este caso se corre un riesgo permanente: son tan poderosas las figuras de Capote, de O’Neill, de Oona, de Hemingway, de Salinger, de Chaplin… que es fácil que la novela se deslice hacia cualquiera de ellos y abandone la cuestión principal, que no es sino la relación entre dos adolescentes que, al menos uno de ellos, quiso amar al otro en un esfuerzo imposible. Salinger intentó suicidarse en 1945. Murió en New Hampshire en 2010.

Publicaciones

Así hablaba Zaparrastroso, una
apología de la irreverencia

Libro viejo editores nace con una interesante propuesta, la reedición de un libro que hace más de un siglo le valió la excomunión al paceño Humberto Muñoz Cornejo.


Martín Zelaya Sánchez

Bolivia, 1910. El país apenas empieza a superar la resaca de la Guerra Federal y de la Guerra del Acre y mientras Eliodoro Villazón trata de apuntalar su Gobierno y la economía atraviesa una moderada bonanza, que permite un modesto auge minero y de la construcción vial y ferrocarrilera, un joven aguerrido y desfachatado periodista escandaliza a la intelectualidad, a la clase política y, sobre todo, al clero paceño con una abierta repulsa de la Iglesia Católica y defensa del hedonismo y el libre albedrío.
“Sed pasionales. Matad, destruid, aniquilad, despreciad; que no exista nada bello, moral, digno, grande ni honrado. ¡No ha llegado aún el superhombre!”, dice Humberto Muñoz Cornejo -parafraseando ya de entrada a Nietzsche- en el inicio de Así hablaba Zaparrastroso, un extraño, irreverente y casi desconocido libro, publicado en 1911, en el que recopiló una veintena de artículos aparecidos meses antes en el diario El Tiempo.
“Zaparrastroso, es el tipo de uno de los semi-locos que describe Grasset; así lo imaginé al publicar estos artículos en los que he procurado, según mi entender, representar a uno de esos incomprendidos, cuyas ideas están muy por encima del gran bloque, de los que, incapaces para valorizar cuanto les rodea, viven sin querer mirar, por ignorancia o cobardía, las mentiras en que se hallan envueltos”, advierte el autor en “Portada”, una especie de presentación de esta singular pieza que será reeditada por Libro viejo ediciones, una nueva iniciativa editorial del experimentado librero Juan Carlos Gutiérrez Morón que, tras varios años dedicado a la compra y venta de libros de viejo, optó por incursionar además en la reedición de libros bolivianos valiosos de los siglo XVIII y XIX. Cabe, entonces, esperar más novedades en los siguientes meses.
Para este primer título, Gutiérrez se asoció con Freddy Espejo Mamani, y juntos presentarán Así hablaba Zaparrastroso el próximo jueves 2 de junio en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef) de La Paz.
Si el alemán Friedrich Nietzsche en su célebre Así habló Zaratustra presenta a un sabio profeta que deja su vida eremita para recorrer el mundo impartiendo la luz, la verdad, Muñoz Cornejo -que ya en la introducción advierte: “puede que falte en mi libro la originalidad; mas, después de todo, ¿qué hay nuevo?”- propone a un zaparrastroso, un paria insolente que más bien recorre ciudad y campo provocando, imprecando, pero con esto, proponiendo al fin su teoría más que cercana a la del alemán.
Si Nietzsche tiene “su eterno retorno de la vida”, Muñoz Cornejo tiene su “vida intensa”: “Yo predico la concentración de todas las energías vitales en cada hombre, esto se llama la Vida Intensa”. Si el germano propugna la muerte de dios para dar paso al superhombre, el periodista, cívico y político boliviano espeta: “Miente Dios, cuya existencia por sí sola es una mentira, cuya sabiduría es un mito, cuyo sacerdocio un lupanar inmundo, cuya doctrina negación de vida, cuya utilidad social nula. Yo predico la desconfianza, porque el engaño es patrimonio de los que creen”.

Contextualizando
Una defensa intransigente de la libertad de acción y de pensamiento, desde una columna de prensa en la primera década del siglo pasado es, cuando menos, valiente. Una proclama hedonista, un ataque directo a los dogmas religiosos y del Estado, mediante Zaparrastroso, un personaje ficticio, una evidente parodia de Zaratustra, y, claro, un alter ego del autor.
Más allá de la sorprendente irreverencia, al carecer de originalidad en ideas y en estilo, el valor de este libro es eminentemente literario-sociológico-etnográfico: una curiosidad que se disfruta en una tarde corta de lectura.
El truco es no perder de vista el contexto en que fue escrito y publicado: Tamayo acababa de editar su Creación de la pedagogía nacional, como resultado de un intenso debate –abierto y soterrado- con Enrique Finot, Alcides Arguedas y otros intelectuales, lo que confirmaba el inicio de una radical lucha ideológica entre los defensores de lo originario (aún no se puede hablar de indigenistas), del desarrollo de modelos y sistemas propios, y quienes veían aún a lo europeo o estadounidense como los paradigmas superiores a seguir.

“Vivid la vida de los sentidos, la vida del cuerpo, porque, entendedlo bien, una sola vez se vive en la forma hombre.
Gozad de los goces de la carne, porque todos, hasta aquellos que llamáis intelectuales dependen de ella. ¡Amad la carne!
Dejad de soñad en lo superterrestre, en lo intangible, que sois pedazo de materia, parte del mundo”.

Por muy progresista que fuere cierta pequeña parte de la intelectualidad de su época –representada además de él, por su dilecto amigo Víctor Muñoz Reyes- Muñoz Cornejo desentonó claramente -al igual que El Tiempo, periódico conocido por su postura contestataria, por su apertura a la literatura y cultura (por lo cual duró apenas poco más de un a década)- y ello le valió no solo la excomunión (terrible lastre social entonces) sino un paulatino cerco social que terminó por domarlo, como bien apunta Josep Barnadas en su Diccionario histórico de Bolivia:
“En su juventud se mostró un aguerrido e intolerante cruzado de las ideas liberales, decidido a crearse un país “nuevo” (no se sabe si por medio de la reforma o de la supresión de la Iglesia, a pesar de haberse formado con los jesuitas en el colegio San Calixto), actitud que le valió una oportuna excomunión (1910); posteriormente fue madurando y sus tonos se templaron”.
Tanto así se templaron que tras dejar el periodismo activo, se convirtió en un cívico apasionado que creó la conservadora palestra vecinal “Amigos de la Ciudad”. Ya en los años 30 y 40 hizo una larga carrera en el Concejo Municipal y llegó a ser alcalde.

Cerremos con cuatro fragmentos de Así hablaba Zaparrastroso que ayudan a redondear la idea de hacia dónde apunta el autor; y ayudarán además, esperamos, a despertar la suficiente curiosidad para aproximarse a esta rareza que pasó casi totalmente desapercibida durante más de un siglo, y que gracias a Libro viejo ediciones, estará pronto al alcance.

“En todas partes, ficción. Ficción de amistad; ficción de amor; ficción de talento; ficción de virtud…
¿Qué es la amistad para los humanos? Palabra vaga y sin sentido; voz hueca; símbolo de engaño; siete letras de miel, llenas de veneno”.

“Desconfiad y desconfiad siempre, esto es lo que predico yo, Zaparrastroso, porque el engaño es el patrimonio de los que creen.
¿Qué es la fe, la fe a la que se obliga el hombre desde que nace? Creer y creer siempre, en lo quimérico, en lo absurdo”.

“Desgraciados estos tiempos en que los sabios se multiplican, en que recorren las ciudades en caravanas, en que se escriben libros y más libros sin fondo ni originalidad”.

“Las empresas atrevidas, ahí está lo que busco yo, Zaparrastroso. Demoler lo carcomido, desmoronar los edificios vetustos y anticuados, para poner en su lugar los cimientos de la felicidad humana”.
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Humberto Muñoz Cornejo
La Paz, 1887-1959

Periodista y dirigente cívico. Se inició en el periodismo fundando y dirigiendo la revista Marices; fue jefe de redacción (1909) y director (1914) de El Tiempo hasta su clausura (1920); dirigió las revistas actualidades (1913) y Bolivia (1914); también fue redactor y colaborador de otros numerosos órganos de prensa, entre ellos El Diario, La Razón y Última Hora.
Fundó y dirigió la Universidad Popular; fundó y dirigió hasta su muerte la entidad “Amigos de la Ciudad” (1926), a la que dio cierto tono de logia de iniciados; participó en el Centro de Propaganda y Defensa Nacional; fue elegido munícipe de su ciudad natal, presidiendo el Concejo y ocupando la Alcaldía (1938-1943), en la que llevó a cabo una amplia acción urbanística. (…)
Como presidente del Comité del IV Centenario de La Paz impulsó la publicación de los cuatro volúmenes La Paz en el IV centenario (1948). Utilizó los seudónimos de Carlos Marteks, Criticón, Huascar Mallcu Condori, Duklamara y Adam Wundt. Escribió Páginas de combate (1910) y Así hablaba Zaparrastroso (1911). (Tomado de Diccionario histórico de Bolivia, de Josep Barnadas).
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El primer capítulo

Zaparrastroso habló a las muchedumbres de esta manera:
Gritad. Gritad: que vuestras voces lleguen a atronar los espacios. Imitad al huracán, por su violencia; a las olas, por su empuje; a los chacales, por su fiereza.
¡Yo predico la energía: la energía salvaje de las bestias!

Desconfiad. Desconfiad de la sabiduría de las leyes, de la utilidad de las instituciones públicas, del gobierno de los hombres, de la verdad divina.
¡Yo predico la desconfianza!

Asesinad a quien se levante sobre vosotros; inutilizad el talento; nivelad todo, que no existan superioridades.
¡Yo predico la envidia!

Arrollad a los que discurren, aplastadlos con vuestra rabia; que muera el pensamiento, que se ahoguen las ideas en un mar de sangre.
¡Yo predico la insensatez, la ignorancia!

Herid a los que os aconsejan; matad a los que os enseñan; desterrad la cultura del mundo; enlodad todo; vivid como salvajes.
¡Yo predico la inconsciencia, el aniquilamiento!

Sumergid en vuestra baba ponzoñosa, a quien os hable de felicidad, de moral, de honradez, de honor.
¡Yo predico la ignominia!

Destruid el hogar, la familia; menospreciad el amor; reíos de la honestidad.
¡Yo predico el libertinaje!

Sed pasionales. Matad, destruid, aniquilad, despreciad; que no exista nada bello, moral, digno, grande ni honrado.
¡No ha llegado aún el superhombre!

Así hablaba Zaparrastroso a las multitudes, huyendo después a la montaña.