sábado, 23 de abril de 2016

Ensayo

Cervantes y Shakespeare

Dos sobrevivientes de la historia (sobrevivientes a La Historia). Solo Miguel y William, nadie más. 


Luis H. Antezana J.

Parece exagerado afirmar que, para algunos individuos, Cervantes y Shakespeare en este caso, la historia no valdría un bledo.
Me explicó. La historia -o, si prefieren, La Historia- es irrepetible, sea porque sus hechos, tal cual, no retornan (ni esos dos individuos pueden, por ejemplo, volver a nacer... o morir), sea porque el relato de los hechos -simplemente: historia- cambia con el correr del tiempo y sus respectivos narradores.
Esos avatares, por lo visto, no cuentan para estos dos individuos: ya se celebraron los centenarios de sus nacimientos, ahora, es el turno de sus fallecimientos. (La noción de muerte, en estos casos, no parece apropiada, valga “fallecimientos”). ¿Por qué? Vaya uno a saber, pero, si recordamos a los románticos, eso se debería a que, entre sus hechos históricos irrepetible a (perder el brazo en Lepanto o conocer y desposar a Anne Hathaway) estos individuos realizaron unas obras, precisamente, ajenas a los avatares de las posibles historias o Historias.
Debe haber otras explicaciones. ¿Por qué no? Si las historias pueden cambiar, también las explicaciones. Por ejemplo, se podría asumir que, en su momento, los imperios inglés y español, vía sus respectivos idiomas, entre otros poderes terrenales, lograron construir un sistema discursivo que, aún hoy en día, sigue vigente y les permite, pese a los avatares, seguir privilegiando -imponiendo y difundiendo- sus valores...
Por otra parte, Kafka sugeriría que, vía Sancho, Cervantes logró engatusar a sus demonios, los desplazó -por medio de libros- a un -luego- desquiciado caballero y, así, Sancho y Cervantes podían acompañarlo u gozar, sin peligro, de todo tipo de aventuras y, además, sin causar daños; Borges, por su parte, sugeriría que, como Dios, Shakespeare es, al mismo tiempo, todos y nadie o que, vía Ménard, Cervantes se repite a la letra para así cambiar de sentidos.
Sea como sea, habría que señalar que, pese a los presupuestos románticos, las obras “imperturbables”, llamémoslas así, de estos individuos no son monolíticas; parte de sus trucos (o secretos) es que son altamente maleables, surgieron en el teatro o las novelas de caballería, pero, se pasan como si nada a la música (erudita o popular, no les importa), a la radio, al cine, la televisión, a otras versiones literarias o plásticas, a miles, si no millones, de interpretaciones y otras tantas traducciones, al ciberespacio o a los cómics, en fin, a cualquier medio, como si nada, imperturbables.

Otra explicación posible sería que esos individuos lograron producir un par de sistemas discursivos de supervivencia, unas mutaciones inmunes a cualquier virus mortal porque su ADN así lo permitía y, así, sobreviven y motivan todo tipo de celebraciones. No son los únicos de esa estirpe, seguramente, pero son dos de los más ajenos a los avatares de la Historia o las historias. De ahí hechos como las actuales celebraciones de sus respectivos fallecimientos. Si descansan, lo hacen heracliteanamente, es decir, en perpetuo movimiento. 

Lector al sol

Estrellas cercanas, estrellas distantes


Aunque la genialidad los acerca, más es lo que los separa que lo que los une, recuerda muy oportunamente, el autor.



Sebastián Antezana

Shakespeare y Cervantes. Es fácil en estas fechas, cuando se recuerda que han pasado 400 años desde sus muertes, ceder a la tentación de un impulso asociativo, de leer las obras de ambas figuras bajo una misma luz, de forzar la mirada y tratar de encontrar entre ellos más puntos comunes de los que realmente tienen. Cuando la realidad es que ambos, provenientes de escenarios muy disímiles, no comparten demasiado más allá de, claro, ser dos escritores absolutamente canónicos, piedras fundamentales no solo de las pirámides lectoras de cada aficionado a la ficción, sino también de nuestra forma de pensar y entender el mundo.
Ambos autores revolucionaron no solo la escritura literaria en sus lenguas sino que expandieron las resonancias culturales e imaginarias de ambos sistemas. Sin embargo, entre ellos existen muchas diferencias nacidas de sus circunstancias particulares.
Shakespeare no fue reverenciado en su tiempo, Cervantes sí lo fue. Shakespeare vivió en una Inglaterra anglicana, floreciente, poderosa, y en su mayor parte -sin contar sus afanes coloniales en la lejana América- pacífica. Una Inglaterra en la que el teatro estaba muy en boga. En ese sentido, el trabajo de Shakespeare puede leerse como una lectura crítica del poderío inglés, una obra obsesionada por desmontar figuras como el poder y las consecuencias trágicas de las luchas por ese poder.
Cervantes vivió en una España católica, también floreciente y poderosa -y afanosa en la lejana América- pero atravesada por conflictos bélicos y una guerra interna que terminó en la muy sonada expulsión de los moros, en 1609. En esa línea, el hecho de que le entregara la composición de Don Quijote, su novela más famosa, a un moro, Cide Hamete Benengeli, es una muestra del profundo espíritu revolucionario de su autor.
Cervantes, más allá de sus incursiones en el drama, y sobre todo si nos concentramos en sus novelas más famosas -Don Quijote, Persilés y Segismunda, El coloquio de los perros, El licenciado Vidriera, etc.- tiende a la expansión, al desarrollo pausado de personajes, a la prosa envolvente y paciente que no teme detenerse en muchas instancias del camino para enriquecerlas y complejizarlas mediante un relato detallista y rico, pleno de figuras retóricas y momentos ornamentales que no por ello resultan cosméticos sino, por el contrario, muestras de una concepción abierta del mundo, en la que todos los elementos resultan de importancia y muy pocas cosas están demás.
Shakespeare, por el contrario, poeta pero sobre todo dramaturgo, en ese ambiente natural suyo que son las comedias y más aún las tragedias -Hamlet, Macbeth, El rey Lear, Henry VIII, Othello-, se inclina más bien por la brevedad, por cierta justeza que no por eso abandona no ya las florituras del lenguaje sino una concepción casi barroca del mismo, la idea de que la escritura -pese a las indicaciones de la iglesia anglicana inglesa de la época, que percibía sobriedad y cautela en la expresión- es la casa que todos habitamos y que debemos habitarla con comodidad.      
Cervantes y Shakespeare coinciden en algunos aspectos, sí, pero los separan de forma radical momentos que los marcaron de forma distinta y son perceptibles en sus obras. Por ejemplo: a diferencia de Shakespeare que, aunque tuvo varios oficios -actor, empresario teatral, recaudador de impuestos-, no salió nunca de Inglaterra y se movió más bien en un radio pequeño, siempre cercano a Londres, Cervantes fue un hombre de mundo: recorrió España -también desempeñando varios oficios- y buena parte de Europa, llegó hasta África -y por poco visita América (y Bolivia)-, y sobre todo vivió de primera mano dos experiencias que definieron después toda su obra: la guerra y el cautiverio.
“El manco de Lepanto” perdió la movilidad de un brazo en la batalla del mismo nombre que una coalición cristiana peleaba contra el imperio otomano, y después de haber sobrevivido volvió a España por barco, cuando en el camino los sorprendió una flotilla turca que inmediatamente lo capturó y lo hizo prisionero.
Comedias y entremeses suyos como Los tratos de Argel, Los baños de Argel y La gran sultana, y un episodio central de la primera parte del Quijote -la “Historia del cautivo”- son muestra de los rigores que cinco años de cautiverio en Argel -durante los que trató de escapar cuatro veces sin éxito- dejaron en Cervantes.
De alguna forma, en toda su obra posterior a la prisión -es decir, algunas de sus piezas dramáticas, las Novelas ejemplares y Don Quijote- está presente ese deseo expansivo del afuera, de ir más allá, ese ímpetu de espacios abiertos y grandes dimensiones que asociamos hoy con esa marca registrada que es la prosa cervantina, una narración ambiciosa y detallista que hace del mundo su escenario de juego.  
Ahora bien, si es cierto que las obras cumbre de estos escritores, aquellas que condensan de forma magistral sus preocupaciones vitales y ocupaciones estéticas, pueden versar sobre temas similares -esos aspectos que son los grandes aspectos que toda obra literaria de valor se atreve a encarar, esas aristas de la experiencia humana que nos son comunes a todos y que a todos nos obsesionan-, la forma que tienen de tratarlas son muy disímiles.
Así, desde la tragedia dramática hasta la novela experimental, desde la cumbre del teatro y la cumbre de la novela, Shakespeare y Cervantes, esas estrellas distantes una de otra pero que leemos al unísono víctimas de una lectura asociativa involuntaria o así programada por parámetros académicos, editoriales, publicitarios, etc., nos hablan en realidad de una misma cosa pero valiéndose de métodos distintos. Incluso tal vez opuestos.
En las palabras finales que el bachiller Sansón Carrasco le dedica a Alonso Quijano, metido en cama y al pie de la muerte, dice: “Yace aquí el hidalgo fuerte / que a tanto estremo llegó / de valiente, que se advierte / que la muerte no triunfó / de su vida con su muerte. / Tuvo a todo el mundo en poco, / fue el espantajo y el coco / del mundo, en tal coyuntura, / que acreditó su ventura / morir cuerdo y vivir loco”.
Dos largas oraciones que describen el asunto central del Quijote -novela muy extensa, de varios cientos de páginas-: la permeabilidad de las esferas de la locura y la cordura y su relación con los libros. De eso se trata, de estar o no loco.

Por su parte, en una de sus piezas más famosas, Hamlet, Shakespeare sugiere lo mismo en seis breves palabras que pone en boca del príncipe de Dinamarca: “To be, or not to be” (“Ser o no ser”). Ahí, en esas frases que funcionan como epitafio y legado de dos genios distintos, están todos sus puntos en común y todas sus diferencias. Celebrémoslos.

Etc.

Con Shakespeare en un pub de Londres  



Si de escribir -o hablar- sobre uno de los más grandes creadores de la literatura universal se trata, ¿por qué no recurrir a la imaginación, a los diálogos, a la creatividad?


Carlos Decker-Molina

Me hubiese encantado beber unas copas con Bill. Y mejor si en el Pub de la esquina del Globe Theatre, a la orilla sur del Támesis. Pero Shakespeare está muerto hace 400 años y… ¡Bah… qué importa!, como él logró la inmortalidad de sus personajes, yo intentaré resucitarlo en esta prosa.
Antes de la primera copa, le digo que aprendí a conocerlo gracias al exilio y a mi pasión por el teatro. “A mi pasada por Buenos Aires quedé cautivado con las piezas de Bertolt Brecht y Harlod Pinter; eran amores de la época, los trágicos 70, pero tus obras, querido Bill, en estos 40 años en Estocolmo, las he visto casi todas y me han colmado de preguntas”.   
Y sigo el curso del diálogo fantasioso. Bebemos el primer trago. Él escribe unos apuntes, siempre lo ha hecho, pues sus fuentes están en el comportamiento humano.
¿Quién fue la fuente de inspiración de Macbeth?  Hoy hay más de un “reyezuelo” que se parece a aquel hombre al que, al encontrarse con tres brujas, lo nombraron Señor de Glamis y futuro rey.
“Macbeth quiso apurar la historia”, comenta Bill. Eliminar a un rey para que el vaticinio se cumpla; condujo a otra muerte para silenciar la primera. Las brujas dominan el alma de Macbeth, marcan el ritmo y someten a la tragedia. Pero hay un personaje al que Verdi le dedica toda una ópera y es Lady Macbeth, ambiciosa y angurrienta de poder.
Bill -para los amigos, William para los otros- escribe el nombre de Verdi y yo le señalo: “Macbeth es la más vehemente de tus tragedias, amigo mío”. Luego de sonreír y beber un trago de jerez, acota: “No olvides a Otelo y Hamlet, sobre todo al primero, es un personaje que pertenece a tú época”.
Sí, él bebe jerez o sidra, las bebidas de su época. Yo, en cambio brindo con un gin tonic. Le digo que su obra ha inspirado al mundo entero a repetir, a veces sin saber quién lo dijo: “ser o no ser, esa es la cuestión”.
Avanzando la conversación, Shakespeare sostiene tajan te que Hamlet es su obra más psicológica. Y tiene razón. “Es una obra freudiana”, me aventuro, y ante su contrariedad me veo obligado a contarle quién fue Sigmund Freud.
¿Psicológica? ¡Cómo no! Hamlet, es un príncipe danés deprimido y con una crisis aguda que pone en escena una obra de teatro dentro de la obra de Shakespeare, solo para mostrar al tío, nuevo Rey de Dinamarca, que sabe quién mató a su padre y por qué.
No se trata solo de vengarse, se trata también de un amor prohibido entre Hamlet y Ofelia, la hija de Polonio, el chambelán de la corte que explica la locura del príncipe por su prohibición al amor de Ofelia, pero Hamlet es un loco especial, por lo menos para quienes seguimos los pasos de la obra. “La locura acierta a veces cuando el juicio y la cordura no dan fruto”.
Shakespeare tiene unos gustos culinarios extraordinarios, pues en su tiempo los ingleses comían a ritmo religioso. En la cuaresma pescado salado y en la pascua cordero. La reina Virgen o la Gloriana, como llamaban a Isabel I, introdujo la moda de sacrificar un ganso por San Martin.
Yo nunca había comido ganso a la isabelina, fue entonces que se me ocurrió proponer irnos al Waterside Brasserie, donde se come ganso desde hace más de 400 años.
Para allí nos fuimos…y ¿qué creen? Encontramos en la mesa contigua nada menos que a Christopher Marlowe conversando con Francis Drake. Nos saludamos. Había retornado de unos de sus viajes exploratorios, esta vez de España. Drake le muestra a su amigo un libro voluminoso. Marlowe, que es el padre del verso blanco, dramaturgo igual que Bill, pero anterior al maestro, mira con atención aquel sugestivo volumen del que alcanzo a ver el nombre del autor.
Nos sentamos en una mesa y Bill ordena una botella de sidra. Yo me decido por un vino romano y, claro, ambos pedimos ganso a la isabelina.
Es entonces que el gran dramaturgo empieza a hablar con cierta solemnidad. Y se decide por una paráfrasis de su Hamlet: “Hay algo podrido en la Unión Europea”, y continúa con una cita correcta de Otelo: “El pobre contento es rico y bien rico; quien nada en riquezas y teme perderlas es más pobre que el invierno”, por eso ocultan su dinero en… ¿Panamá?
En el tiempo de Shakespeare, en Londres, vivían pocos africanos, recuerda. Los británicos tenían una mirada exótica, los consideraban primitivos y con fuerza física muy grande, sobre todo sexual. El Otelo de Bill es un militar negro, de alto rango y respetado, al servicio del gobierno de Venecia.
¿Cómo no amarlo? diría Desdémona. La obra tiene un malvado: Jago que destroza a Otelo, pero por dentro y con un arma que sigue siendo válida: la palabra, que también es mentira, exageración y chisme. Decirle que Desdémona le ha sido infiel con Cassio, pero ¿por qué? por su superioridad… ¿blanca? ¡No! fálica, sí, superioridad sexual. Otelo es envenenado, pero sin pócima alguna. Mata y muere de celos. “La honra no es más que una atribución vana y falsa que suele ganarse sin mérito y perderse sin motivo”.
Después de zamparnos los gansos isabelinos y beber sidra él y vino yo, le digo: “Tu Otelo, como la metáfora del afuerino, del que no es como los otros, es muy actual, pero tu obra vigente, mucho más que en 1598, año en que la inscribiste en el registro, es el Mercader de Venecia.
“La critican por antijudía”, me dice el maestro, y agrega: “Pero lee la réplica más importante, cuando el judío Shylock se defiende. Te concedo la libertad de sustituir la palabra judío por indígena, o por refugiado, y verás que es un gran parlamento. Perdón mi inmodestia”.
“Me han llevado a la ruina… ¿Y cuál es el motivo? Que soy judío. ¿El judío no tiene ojos? ¿El judío no tiene manos, afectos, pasiones? ¿No es herido por las mismas armas? ¿Acaso no tiene calor en verano o frío en invierno? ¿Si lo apuñalan no sangra?”.
Mi amigo Bill se levanta, me da la mano y se lleva el libro que Drake había traído de España y que Marlowe dejó olvidado en la mesa aledaña.
Casi a los gritos y batiendo el libro en los aires, pregunta: “¿Lo conoces? Es alguien llamado Miguel de Cervantes Saavedra”.

“Sí -respondo-, es el padre la literatura hispana, y su Quijote, la madre de todas las novelas”. 

ALTIplaneando

Los mundos del Quijote


Cervantes -y el Quijote- como lectores de la individualidad, ante todo, y de la sociedad, por lógica añadidura.



Edwin Guzmán Ortiz

El Quijote, sin duda la más alta cima de la creación cervantina, fue publicado por primera vez en Madrid el 2 de junio de 1605, por Juan de la Cuesta. Pero solo el paso del tiempo -siglos, incluso- confirmó su carácter de texto sapiensal.
Más de un autor ha señalado que después de la Biblia es, probablemente, la obra que ha enfrentado mayor número de interpretaciones, ya que los sentidos que emanan de su escritura no se agotan, sus mundos se multiplican a partir de los temas que siempre resultan polémicos y críticos en cada generación de lectores.
Al respecto, cabe subrayar que las obras no viajan solas, son producto del pensamiento y el acompañamiento crítico generado en las diferentes épocas. Siendo paradójicamente la lectura un acto de libertad y libre decisión, es al mismo tiempo un aparato de dominación, ya que uno está sujeto a leer y entender los clásicos tal y cual han sido asimilados y difundidos por los críticos o lectores especializados.
Por cierto, esas lecturas influyen y condicionan nuestra manera de asumir y proyectar las obras leídas. El Quijote no escapa a esta condición. Por lo mismo, ese sometimiento a la crítica culta, invita a más de una rebelión contra ese aparato de prefiguración de sentidos.
Al respecto, es ilustrativa la sentencia que pone Borges en boca de uno de sus personajes respecto a la novela: “El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor”.
En el Quijote, se manifiesta la existencia llena de dificultades y de contrastes que le tocó vivir a Cervantes; es más, encarna el imaginario arquetípico de su tiempo. Yacen sus lecturas y la bajeza, la infamia, la perfección de quienes lo habían tratado; pero también la exaltación, la felicidad, la risa, la grandeza del mundo. La obra recupera la cultura y el ethos de los siglos XV y XVI, y no deja de proyectar un lúcido mensaje al futuro. Está la Italia renacentista, la España rural, los cuarteles, los hospitales, el frente de batalla, los baños de Argel (donde el autor estuvo preso durante cinco años), identidades varias, los tipos humanos, los miles de leguas recorridas en mula durante 30 años, están los trabajos humillantes y las múltiples necesidades que Cervantes padeció en su existencia.
Don Quijote, hidalgo de aldehuela, proviene de la condición más subalterna de la sociedad nobiliaria de la época, sobre todo cuando esta condición era objeto de desprecio. El mundo en que se mueve, es opuesto al universo de la nobleza y la protoburguesía epocal, su trato -como el de Cristo- es con campesinos, labradores, golfas, peregrinos, vagabundos, galeotes, curas de pueblo, artistas ambulantes. Su escudero, Sancho, es un analfabeto y Dulcinea, hija de aldeanos.
Esta situación lleva al personaje a una suerte de radical marginalidad, oscilando entre el exilio metafísico y su propia soledad. De la soledad a la lectura obsesiva, y de ella a la locura como recurso supletorio de las propias limitaciones a fin de sustituir, paralelamente, al mundo de carencias y limitaciones de un hidalgo venido a menos.
Para Cervantes, el Quijote constituye un recurso literario para poner en tela de juicio las contradicciones sociales de su época. El hidalgo rural desquiciado, empeñado por recuperar la caballería andante, abre la posibilidad de conjugar la insoslayable realidad de los contrastes sociales en permanente contradicción. Sarcástico y sardónico, Cervantes, expone  la conflictividad social que afecta al variopinto mosaico de la sociedad española del siglo de oro.
Mas, la novela apuesta, no sin inteligencia, al recurso de la parodia para ridiculizar al mundo oficial y por supuesto a los caballeros cortesanos, así las jerarquías que dominan el mundo son apabulladas por el hidalgo recién convertido en “caballero”. La subversión como fin y la parodia en cuanto forma, acaban respaldando el deseo de instauración de una justicia horizontal.
Don Quijote se empeña en crear un mundo paralelo tendiente a sustituir al anterior, lo que le permite consubstanciarse con los fantasmas que habitan su delirio. Esta coexistencia entre la realidad y el mito le confiere a la locura un valor subversivo, haciendo que el mito se proyecte en una nueva utopía, abriendo una nueva realidad, y haciendo de lo imposible una posibilidad abierta a lo impredecible.
La locura quijotesca tiene la ventaja de protagonizar una libertad absoluta, no admite más leyes que no sean las del propio albedrío. En su concepción, las normas y los valores se invierten, y pierde sentido la realidad.
La distorsión esquizo -por la cual los objetos cotidianos se transforman en su delirante imaginario: los molinos se convierten en gigantes, las ovejas en soldados, las ventas en castillos- constituye una crítica profunda a la realidad, ante el copamiento arrogante y unidimensional de la razón y sus engendros institucionales. Por ello, el filósofo húngaro G. Lukács, señala el Quijote narra la primera gran lucha de la interioridad con la banalidad de la vida en el mundo”.
La locura del Quijote no es dramática, es más bien transgresiva y poética. Se aventura a la creación de nuevos mundos, a rebautizar la realidad y los seres que la habitan, a transfigurar los tristes estereotipos de lo real; es, al mismo tiempo, la paridora de un mundo nuevo frente a una existencia chata e intrascendente. Es, en fin, en su acendrada condición, una invitación a la reinvención permanente y al desarraigo de aquello que nos rutiniza arrastrándonos a la parálisis.
El pensador rumano, Emile Cioran, a propósito escribía: “La razón, herrumbre de nuestra vitalidad; es el loco que hay en nosotros el que nos obliga a la aventura, [...] si nos abandona estamos perdidos”.
Octavio Paz percibía que en la obra de Cervantes hay una continua comunicación entre realidad, fantasía, locura y sentido común. De este modo, con el Quijote se inicia la novela como juicio implícito sobre la sociedad que la sustenta, de ahí se deriva una de las más peligrosas preguntas: sobre la realidad de la realidad. Esa pregunta que hasta ahora no tiene respuesta, corroe todo el orden social y es inclusive el cuestionamiento central de la epistemología contemporánea, tanto en el campo de la ciencia social como de la filosofía.
En el afán de democratizar su escritura y dar cabida a esa pluralidad textual recuperada de la época, Cervantes apela a múltiples estilos literarios: caballeresco, pastoril, romancero, cuento popular, fábula, diálogo renacentista, crónica de próceres, novela corta, feria literaria.

Este tejido de códigos y géneros integra la diversidad de posibilidades expresivas junto a los diferentes mundos que sustenta. Una vez más, Cervantes, a través de una mirada pan/óptica, se adelanta varios siglos haciendo lo que traman hoy narradores contemporáneos. 

Sombras nada más

Cervantes, las desdichas y los versos


El manco de Lepanto luchó toda su vida por ser poeta, por ser reconocido como tal, y solo mucho después de muerto le llegó la gloria como padre de la novela.



Gabriel Chávez Casazola 

“Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos”, dice el Cura en El Quijote, en medio del donoso escrutinio de los libros de Don Alonso Quijano.
Claro, quien lo dice es Cervantes, hablando de sí mismo. No será esta la única vez que, en medio de sus novelas u obras de teatro, se queje de su desventura -la fortuna nunca le fue favorable, lo sabemos, salvo en bonos de eternidad que no pudo cobrar en vida-, pero además donde lamente no haber sido mejor poeta: Yo que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo..., escribe en Viaje del parnaso.
En su época ser novelista era poca cosa, más o menos como ahora ser telenovelista, pues las novelas eran simple entretenimiento de las gentes. Fue él quien las elevó varios peldaños con su Quijote, no en vano considerada la primera novela moderna.
Desde luego, eso lo sabemos con toda lucidez ahora y lo venimos barruntando desde hace unos tres siglos. Cuando él vivía, pese al gran éxito de la primera parte del Quijote, no era posible aquilatar la enorme importancia de esta obra, sencillamente porque la contemporaneidad evita (o complica demasiado) la puesta en perspectiva. Ni sus contemporáneos ni él podían tener nuestra mirada. Cervantes murió, pues, sin saber quién era Cervantes, al menos para la literatura.
Por eso, no es de extrañarse que haya ido por los caminos deplorando no ser un buen poeta ni que haya ejercitado varios intentos para conseguirlo. Si escribir novelas era, ya lo dijimos, poquita cosa, ser poeta o dramaturgo resultaba, en cambio, algo digno de aspirar. Al ser ambos géneros considerados cultos, sus cultores eran, a su vez, considerados verdaderos hombres de letras.
Pero no solo era una cuestión de reconocimiento y lauros: ser poeta, o siquiera versificador, era una necesidad básica de la escritura en el Siglo de Oro, ya que las obras de teatro se escribían en verso y las propias novelas estaban salpicadas de poemas (como de hecho lo está el Quijote y las historias que lo componen).
Es así que, pese a sus lamentos y condicionado por su época, Cervantes escribió no poca poesía.  Dice Pedro Cerrillo Torremocha en Cervantes poeta, el valor de los versos del Quijote, al que estas líneas le deben mucho: “En verso escribió sus diez obras de teatro más extensas, dos entremeses y numerosísimas composiciones, sueltas unas (publicadas en cancioneros de la época), y esparcidas por sus novelas otras. El análisis de la poesía cervantina es un estupendo ejercicio didáctico para conocer y comprender la poesía que se hacía en España en aquellos años. Efectivamente, los estudiosos de Cervantes coinciden al afirmar que cultivó tanto la poesía tradicional como la italianizante, usando una considerable variedad de formas métricas: romances, villancicos o redondillas, en el primer caso; y tercetos, octavas reales, sextinas, verso libre y, sobre todo, sonetos, en el segundo caso”. 
A caballo -a rocín- entre el Renacimiento y el Barroco, entre el romance tradicional castellano y el romancero nuevo, al itálico modo o a la manera antigua, nuestro Miguel de Cervantes, quicio y eje entre esas dos épocas (el Quijote reúne lo mejor de ambas) fue, pues, poeta, y desde la atalaya de los siglos, es posible decir que si bien no resultó un Quevedo o un Góngora o un Lope ni un Juan de Yepes o una Teresa de Jesús (terrible reto escribir poesía en una época en que esos y otros monstruos profanos y sagrados vivían o habían vivido hacía poco), dejó una obra representativa de su tiempo (y precursora del diálogo entre poesía y narrativa, añadiría).
Menor suerte tuvo su Quijote que no halló un poeta ilustre que le cantara en la primera edición. Recuerda Cerrillo que Lope de Vega, en una carta, “afirmaba que Cervantes anduvo por Valladolid pidiendo que le escribieran algunos versos para el prólogo del Quijote, ‘sin encontrar a nadie tan necio que alabe a don Quijote’”.
Necios hay en todas las épocas, por lo visto. El propio Cervantes tuvo que -atribuyéndoselos a otras voces de la fantasía- escribirle versos a su Hidalgo (Yace aquí el Hidalgo fuerte / que a tanto extremo llegó / de valiente, que se advierte / que la muerte no triunfó     / de su vida con su muerte. // Tuvo a todo el mundo en poco; / Fue el espantajo y el coco / del mundo, en tal coyuntura, / que acreditó su ventura / morir cuerdo y vivir loco), a Dulcinea, a Rocinante y hasta a Sancho, uno que me gusta especialmente, y dejo aquí como tributo al manco (que no era ningún manco) muerto hace ya 400 años, un día como hoy:

Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico,/ pero grande en valor, ¡milagro extraño! / Escudero el más simple y sin engaño / que tuvo el mundo, os juro y certifico. //  De ser conde, no estuvo en un tantico, / si no se conjuraran en su daño / insolencias y agravios del tacaño / siglo, que aún no perdonan a un borrico. //  Sobre él anduvo (con perdón se miente)            / este manso escudero, tras el manso / caballo Rocinante y tras su dueño. // ¡Oh vanas esperanzas de la gente! / ¡Cómo pasáis con prometer descanso, // y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!

La pelusa que cae del ombligo

La locura en el Quijote


La gran debilidad fortaleza del incomparable personaje de Miguel de Cervantes



Omar Rocha Velasco

A continuación planteo ciertas notas, que utilicé para una clase, sobre la locura de este inmenso personaje de la literatura universal. En ningún caso se trata de resolver el enigma o de poner un punto final a las interrogantes; en todo caso, es el ensanchamiento de una pregunta que no tiene respuesta certera y que ha sido hecha muchas veces y en distintos momentos: ¿qué sentido tiene la locura en Don Quijote
Es menester detenerse ya en el título: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. ¿Qué es esto de ingenioso? El investigador Ciriaco Morón Arroyo hizo un rastreo de las concepciones antropológicas de la época; hacia 1600 en España predominaba la siguiente concepción: el hombre se componía de cuerpo y alma, el alma operaba a través de tres potencialidades: superiores, sentidos interiores y sentidos exteriores. Las potencialidades superiores actuaban independientes de la materia, los sentidos exteriores dependían totalmente de ella y los sentidos interiores eran lo que ahora llamamos “espontaneidad”.
El entendimiento era una de las potencias superiores y tenía que ver con dos aspectos centrales: el ingenio y el juicio. El ingenio era la capacidad de inventar, fantasear y crear. El juicio tenía que ver con la razón, con la capacidad de seleccionar y es, justamente, la capacidad que don Quijote perdió gracias a los libros de caballería. Esto de “ingenioso” muestra, entonces, que la afección de don Quijote era la pérdida del juicio y la conservación del ingenio, dejando como resultado un personaje “avellanado y lleno de pensamientos varios”.
Es menester ahora remitirse al famoso fragmento en el que se da a conocer el tipo de afección que sufre el ingenioso hidalgo: “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, el poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.
La concepción dominante acerca de la enfermedad y salud en ese siglo XVI español era la de los humores, que eran líquidos que circulaban por los organismos vivos. El cuerpo humano tenía cuatro humores básicos que estaban relacionados con los cuatro elementos (aire, fuego, agua, tierra).
La teoría humoral fue el punto de vista más común del funcionamiento del cuerpo humano desde Hipócrates (406 a.c.), hasta el surgimiento de la medicina moderna en el siglo XIX. La idea básica era que estos humores estaban en constante intercambio y si su mezcla derivaba en una persona de buen trato se decía que ésta era o estaba de “buen humor”, si, por el contrario, daba como resultado una persona hosca y poco tratable, se decía que era o estaba de “mal humor”.
La clínica o tratamiento que derivó de la teoría de los humores, tuvo como fundamento la restitución del equilibrio, es decir, la intervención en el exceso o la carencia de “humor”. Al Quijote se le seca el cerebro, padece una carencia de humor, la lectura hizo que se rompiera el equilibrio entre sequedad y humedad.
El episodio de la Cueva de Montecinos es uno de los más hermosos ejemplos de las consecuencias de esta sequedad ingeniosa. Uno de los “síntomas” es la confusión entre sueño y realidad (falencia del juicio, imposibilidad de discernimiento y selección). Esa experiencia en la cueva es difícil de explicar para el propio Quijote, es el único que desciende, conversa con seres enigmáticos y vive situaciones que luego lo hacen dudar, aunque está seguro de haber vivido la experiencia. La duda, por lo demás, se mantiene durante todo el resto de la obra. De acuerdo a lo narrado por el Quijote, él estuvo allí tres días con sus noches, de acuerdo a Sancho solo pasó media hora. Otra de las imposibilidades, esta vez referida al tiempo, ¿cuánto estuvo realmente el Quijote dentro de la cueva?

Hacia el final de la obra el Quijote vuelve a la cordura, “recupera el juicio”, Cervantes ha logrado el cometido anunciado en el prólogo: “escribir el libro más hermoso, discreto y gallardo posible”. Escribir desde el ingenio solamente apuntaba a una “locura”, es decir, a un libro de caballería. ¿Cómo añadir un toque juicioso para no otorgar a los desocupados lectores solo una hechura del ingenio sino del entendimiento?, escribiendo una parodia, racionalizando la fantasía pretendiendo equilibrar los humores. 

Artículo

Action is eloquence


La acción es elocuencia. Un tributo al talento inconmensurable del escritor que cuatro siglos después de muerto sigue sorprendiendo, aleccionando, deslumbrando.



Bernardo Prieto 

La obra de Shakespeare fue muy popular en su época, como actualmente las películas de superhéroes o las series televisivas. Imagínese, por ejemplo, encontrar la sublime lucidez verbal en la última película de Iron Man o, en su defecto, la furiosa magia del amor -y sus transformaciones- en algún capítulo de The Walking Dead.
De aquí a algunos años los entusiastas académicos discutirían la polifacética maldad de Ultron -como ahora se discute la de Shylock- y celebrarían, como nosotros lo hacemos, un arte que tiene como justificación el placer mismo.
Lo cierto es que ninguna película o serie -o alguna sumatoria parcial- abarca el infinito universo que creó Shakespeare. Sus poemas narrativos, la serie de sus 154 sonetos, pero sobre todo, cada una de sus 36 obras de teatro son, en perspectiva, milagros de la imaginación humana.
Samuel Johnson, en el prefacio a las obras completas de Shakespeare, lo llamo “el poeta de la naturaleza; el poeta que entretiene a sus lectores en el fiel espejo de las costumbres y la vida”. Los personajes de Shakespeare -los artistas libres de sí mismos, como los llamaba Hegel- se encuentran más allá del bien y del mal y resultan tan vivos y ardientes de deseos y pensamientos como cualquiera de nosotros.
Pero la grandeza es solitaria, y cierta definición de un libro clásico -aquel que se conoce aún sin haberlo leído- es extensiva para toda la obra de Shakespeare. La seriedad contemplativa, la transformación sensorial de nuestra mente o el éxtasis poético son arduos, y difíciles de ser encontrados -directa, libre, espontáneamente- en la forma que leemos ahora. El sencillo actor y dramaturgo inglés está rodeado de pedantería e ingenuidad; o, aún peor, de indiferencia.
Existe, claro, una barrera natural entre nosotros y el poeta; el arcaico y sonoro inglés shakesperiano necesita de estudio y de tiempo. Sin embargo, toda traducción es una pequeña y necesaria puerta. Una de la mejores traducciones al español fue realizada por Nicanor Parra Lear Rey & Mendigo (The King Lear). El texto de Parra es ejemplar, pues, combina con naturalidad la felicidad del habla digamos popular y la precisión del pentámetro yámbico. Quiero decir, se desembaraza del tono solemne que presentan  muchas de las traducciones de Shakespeare al español.
Mas, el peor error se encuentra en tratar de domar a la fiera; encerrar temática, filosófica, o estilísticamente el universo de Shakespeare; presentarlo como una materia de estudio antes que de placer. La lectura -o la representación dramática- es ante todo una experiencia hedónica y personal; el arte es útil en tanto no lo sea. La literatura no es una representación del mundo o su interpretación sino -y más aún con Shakespeare- su creación.
No debería sorprendernos encontrar en esta obra el espejo de nuestra vida: la fuerza del deseo y del cuerpo, el miedo a la vejez y al olvido, la lujuria, nuestra secreta y ciega ambición, la esperanza o la tímida alegría; la leche de la bondad humana.
Shakespeare ha creado algún personaje que nos lee profundamente y nos interpela personalmente. ¿Qué persona, en pos de la verdad o de lo que imagina honrado y correcto, ha negado, asesinado -en un sentido metafórico o no- a alguien o algo que amaba profundamente; cuantos hemos sido Brutus conspirando contra Cesar? ¿Cuántos de nosotros -después del furor de la violencia o la pérdida- hemos visto nuestra vida como un sueño, como un cuento que no tiene ningún sentido; cuántos hemos sido Macbeth?
La mirada de Shakespeare es amplia y bondadosa y nos incita no solo a una suspensión temporal de nuestra incredulidad, sino, también, de nuestro juicio moral. Tal vez esta particular característica es la que molestaba tanto a Tolstoi, el supremo juez de todos los novelistas. Hazlitt, en su famoso estudio sobre los personajes de Shakespeare, escribió que cada uno de los personajes puede ser llamado “un completo individuo”, algo que muy pocas veces podemos decir de nosotros mismos.
Shakespeare nos descifra, y desafía también a toda filosofía o teología particular. No existe mejor precursor de Heidegger que las lapidarias frases de Lear: “Nothing can be made out of nothing” (Nada puede ser hecho de la nada) y Nothing will come of nothing” (Nada vendrá de la nada).
No existe mejor síntesis del problema de los universales, o la filosofía del lenguaje que un pasaje de Romeo y Julieta: “What's in a name? that which we call a rose/ by any other name would smell as sweet” (¿Qué hay en un nombre? Eso que llamamos Rosa / por cualquier otro nombre olería igual de dulce).
Shakespeare nos sigue inspirando. Por ejemplo, el cine se ha convertido en un medio natural para su obra. La prodigiosa y desafiante versión de Godard de El rey Lear es una obra maestra.
Trono de sangre de Kurosawa, Macbeth de Polansky, Welles, y Kurtzel beben de la furiosa música –inagotable- de la trágica historia de ambición y sangre. Así también lo hace Shakespeare Enamorado de Madden, que reinterpreta la pasión y la gracia contenida en Noche de reyes y Romeo y Julieta.
E incluso, el título del best seller de John Green Bajo la misma estrella (The Fault in our Stars) se sirve de una frase de la tragedia Julio César.

Action is eloquence (La acción es elocuencia) esa frase es de Coriolanus, y no existe mejor prueba de la elocuencia de Shakespeare que la acción que produce e inspira. A 400 años de su muerte, todavía actuamos y leemos su obra; en realidad es ella quien nos lee.