domingo, 20 de marzo de 2016

Reseña

Narrando hoy la Bolivia post apocalíptica

Una lectura de Para comerte mejor, de Giovanna Rivero. Ficción que narra, interpreta y juega con posibilidades.


Martín Zelaya Sánchez

El mundo es gris, gélido y huele mal. La gente divaga sin rumbo tratando desesperadamente de sobrevivir y olvidar la grandeza del pasado. La degeneración, la degradación; la corrupción total, el destino anti natura –humanidad mutante- parecen irremediables.
Evo Morales es un ente inicuo e incorpóreo que sobrevive en la mente e ilusión de sus seguidores que a duras penas mantienen los despojos de su otrora invencible imperio.
Un cáncer fulminante invadió a toda Bolivia. A su sistema, su biodiversidad; a sus habitantes. Los pocos supervivientes se apagan poco a poco o mutan en busca de estirar un poco sus vidas.
Una primera persona directa, frontal, convincente narra la mayoría de los cuentos de Para comerte mejor, de Giovanna Rivero (Sudaquia, 2015); cuentos terribles, irrefrenables, contundentes.
El futuro, mediato -o no tanto- a todas luces siniestro, es el común denominador de estos 12 relatos en los que la cruceña se aventura a imaginar, desde las libertades y posibilidades de la ficción, la Bolivia después del cambio. ¿De qué cambio?
La triste certeza del desastre, el mundo post civilización: la desolación de la humanidad que nuestros nietos heredarán en su memoria genética. Locura, incertidumbre. Muertos no muertos, miseria, parias, ratas, antropófagos… ¿la distopía a la que nos acercamos irremediablemente?
“La tristeza me pudre. La tristeza es una mierda, un pájaro muerto todavía tembloroso”, se lee en el primer cuento, De tu misma especie, en el que se narra el entierro de un suicida fallido y el estigma de la muerte que persigue para siempre a su novia “zombie”.
Kè Fènwa, es un relato delirante entre la ficción y una realidad posible. Un Haití apocalíptico, una sobreviviente entre mutantes, saqueadores, caníbales; horror, vuelta a lo primitivo al estado salvaje. ¿Cuán diferente, en realidad, al trágico Haití abandonado y depauperado de hoy? “Lloro de hambre –cuenta la mujer protagonista/narradora-. Tengo a la niña a mis pies y lloro de hambre. La humedad de las lágrimas quema los pómulos, el cuello, el camino entre los pechos. La cicatriz”. El halo narrativo y temático, el tono de este cuento se emparenta con el microcosmos de Iris del Cochabambino Edmundo Paz Soldán.
En La piedra y la flauta, una periodista investiga el caso de unos indigentes que traman una rebelión desde las cloacas de una Santa Cruz del futuro; en Los dos nombres de Saulo, la misma mujer (al parecer) visita a su hermano demente en un psiquiátrico; Humo es el único relato no ambientado en el futuro posible, sino más bien en el Montero de los 80 en el que la niña (¿hermana de Saulo?, ¿acaso un alter ego de Giovanna o de la Genoveva de su novela 98 segundos sin sombra?) lucha ya por escapar de la prisión personal-familiar-social a la que se sabe condenada; Yucu, está narrada por un vampiro que confiesa el crimen de un niño mientras el pueblo se apresta a lincharlo.
Y llega Pasó como un espíritu, acaso el texto central, el que hila y concentra el quid de todo el libro. Una visión fatalista que imagina a una Bolivia corrompida y languidecente tras el proceso de político social actual. Evo es un semidios en un imperio en ruinas, en catástrofe ecológica y totalitarismo absoluto, y algunas mujeres elegidas se entregan a él en sacrificio para intentar perpetuar la especie originaria asolada por un devastador cáncer.
“Mientras el contacto con el agua tibia me relaja -cuenta la protagonista mientras espera su encuentro con el supremo-, hojeo el librito de la Doctrina. Veo al Evo, antes de ser amauta y de ser jefe y de convertirse en este héroe cuya sangre deseo poseer, lo veo en una foto golpeado, dos flores violetas en vez de ojos, dos pulpos hinchados en vez de manos. ‘La primera muerte’ dice el pie de foto. ¿Fue ese el momento de la revelación, cuando quisieron sacarle los ojos por saber la vocales?”.
El siguiente relato, Regreso, es la continuación, muchos años después, que narra el retorno de la mujer que engendró un hijo con Evo, a pasar sus últimos días en su tierra asolada por una peste mortal.

El hombre de la pierna, En el bosque, Adentro y Contraluna, con el mismo tono oscuro, cierran un libro tan extraño y duro, como provocador y necesario. Y es que Giovanna Rivero está a la cabeza de un puñado de escritores: Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi, en primera línea, que están narrando, diseccionando -¿creando?-, la Santa Cruz (y por ende la Bolivia) de inicios del siglo XXI, desde sus recuerdos de infancia (la Santa Cruz aún rural y conservadora) y sus vivencias actuales (la ciudad shockeada por el cambio brutal en su tónica y ritmo), acaso de la mima manera en que Saenz y otros autores narraron-imaginaron-crearon a La Paz (y por ende a Bolivia) de mediados del siglo XX.

Parhelio

[Todo y peste III]

Tercera parte -y final- de esta serie de ensayos en la que el autor reflexiona -entre mucho más- sobre sociedad y civilización en el mundo actual.



Rodolfo Ortiz

Bruce Fink, traductor de los seminarios de Lacan al inglés, propone la palabra link en lugar de bond para la palabra francesa lien, que al español se tradujo acertadamente como “lazo”. La palabra bond, que se rescata aquí en desmedro a la propuesta de Fink, se justificaría por la sugerente articulación que existe con la frase también traslapada al inglés de los escritos tempranos de Marx: “The human essence of nature exists only for social man; for only here does nature exist for him as a bond with other men”. Una lectura no necesariamente marxista de esta frase, como la que alguna vez hizo Lacan y la que propongo aquí, advertiría que finalmente no hay sociedad sino lazo, continuando con lo antedicho semanas atrás, con todo lo dicho y no dicho semanas ahora y en proliferación. Por lo mismo y por lo pronto, me atrevo a terminar esta serie con unas cuantas líneas acerca de ciertas ideas acaso precipitadas sobre el discurso capitalista y de su pareja, el cinismo moderno; ambas que sin eludir a nadie, sino más bien, corroyendo hasta al menos enfermo de felicidad o al más liberado de la condición tripolar, hacen de este mundo el habitáculo difuso y tremendamente móvil del habitante contemporáneo.
Para suerte de un posible hipotérmico lector que goza siempre de palabras a venir en su recinto, el primer caso de tripolaridad se dio precisamente en un libro paceño inimitable e insustituible, en el triunfo mental de un tal Loco que se descubre un día trino, vale decir, burgués, proletario y crítico, en total despacho tripolar, precisamente, donde todos ellos se dilatan disputándose, a ojo, odio y vianda, el pan del sudor de sus frentes. ¿Qué nos queda de tal agudo y agresivo intercambio? Pues, una “Libreta de apuntes” que el crítico olvidó después del almuerzo mientras dormía. Y allí, fantasmagóricamente en su última línea, es posible advertir esta luz: “Jamás aprenderá la gente a acercarse a los demás”.
Voy a referirme, en lo que sigue, y pido paciencia, digamos seguimiento, hacia no sé qué cambios de mayor abstracción; pues voy a referirme a dos imágenes, que tienen que ver, aquí y donde fuese, con el cínico y el capital. En primer lugar, existe la imagen emergente de la sonrisa del capitalista que se oculta y, en segundo, la imagen del ocultamiento del cínico que sonríe.
Al cabo, habrá un paso travieso y convencido. El capitalista ve brotar algo de la nada, esboza una sonrisa ante el encantador espectáculo de su hechura; pero tal sonrisa, que coquetea con la sonrisa sin gato de Carroll, nos revela no otra cosa que la macabra relación entre objetos en la que estamos metidos, y hasta el tuétano. Para Marx, siempre retrotrayéndolo desde esa posibilidad desmontable y fagocitable de todo discurso, el segundo periodo de proceso laboral (es decir, aquel en que el “obrero” o “trabajador” proyectan más allá de los límites necesarios de su trabajo un excedente) no genera ningún valor sino más bien un “plusvalor”, y ahora bien, precisamente, traigo a colación la cita magna de Das Kapital, pues un plusvalor “le sonríe al capitalista con todo encanto cautivante de algo creado de la nada”. Cita que habrá que releer, o finalmente que habrá cautivado a muchos y confundido a muchos otros, pues la sonrisa de ese tal capitalista macabro, por ahora anónimo, hace visible una función perversa que el cínico moderno (o plusmoderno, según Lacan) habrá de hacer suya: la idea tenebrosa de que hoy el manejo de la autoritas, y de la verdad de los hechos y de los antihechos, es un “encanto cautivante de algo creado de la nada”. Estamos pagando quizás los mejores atisbos de Rimbaud, y junto a él, la de sus apuñalados antecesores. Pero, junto a él, pagamos también con sangre el usufructo de este fenómeno, ya incontrolable, que desde manos de artimaña, se revela como el espectro de un cinismo ambivalente y autodefinido desde un sentimiento que expone simultáneamente a cada quien como víctima y victimario (remito a quien desee ahondar en este punto al libro El psicoanálisis en la edad de la felicidad cínica de José Luis Pardo, un texto inteligente y agudo, casi un oasis dentro de los abundantes estudios sociales publicados en Bolivia).
La plusvalía, viendo en prisma local, está en todo; y es algo de lo cual todos gozamos, o mejor sufrimos, pues se desprende de los objetos de consumo que “enlazan” sistemáticamente a los hombres. “De la nada”, ex nihilo, alude, hoy por hoy, a la creación de un mundo a partir de un Dios sustituible, pero siempre como una entidad performática que hace posible, en cada sustitución, la regulación del valor de los objetos. Frente a la caída del amo proto y pos mundial, el mercado ha ocupado su lugar, donde tú y quien quieras que seas, trajinando en pampapata ecuménica, te habrás de ver manejado pero, se espera, no reverendamente succionado. Si bien todo “[s]e consuma tan bien como se consume”, en palabras de Lacan, el exceso de este “tono” o “todo” apocalíptico, al fin y al cabo, y por su propio peso y movimiento, produce carencia. “Jamás aprenderá la gente a acercarse a los demás”, nuevamente con Borda precisando por el hábito perdido, o mejor, nunca encontrado, de enfrentar, finalmente, y mirar de frente, tamaña carencia.
Debo concluir estos apuntes, uno se halla solo, como prefiguró Poe, ante tanta multitud. Quizás saldar interrogando a ese personaje de peste al que menos me dediqué, pero al que más se tendrá que indagar. Pues si bien para el cínico moderno (o plusmoderno) no existe fijeza, ni vientre, ni nada que no pertenezca al parlamento de la queja (“mientras pertenece a los puestos claves de la seriedad de las juntas directivas”, en palabras de Sloterdijk), su maniobra es un desborde radical del cinismo antiguo, me refiero al del añorado “quinismo”, encarnado para el caso, por Diógenes de Sínope, el terrible “filósofo perro”.
Y permítanme una glosa final: un día a Diógenes de Sínope el Oráculo le dijo que tenía que cambiar el valor de la moneda si quería ser famoso. Diógenes llegó a ser famoso, pues entendió que la moneda rige los intercambios de valor, que la moneda se encadena por un extraño poder autoritario. Desde allí se erigió crítico e interpeló a los semblantes y se opuso a la forma de vida que consideraba “vacía”. El cínico plusmoderno, por su parte, llegó un día para ovillar la forma fantasmagórica entre objetos-mercancías, para decir que nada se esconde detrás de los semblantes, y que habrá que deshecharlos o utilizarlos a voluntad, miren ustedes, sin creencia ni amo, sin ser amos de sí mismos, “no hay amos” parece farfullar a escondidas, sólo obstáculos y peldaños para llegar a lo que uno quiere, que quizás, según refiere Lacan (y es algo que tiene mucho de peste y anhelo), se halle muy lejos de lo que realmente se desea.

Artículo

Las novias de Kafka

Se han publicado las cartas del escritor Checo a Milena y a Felice pero tuvo más de 12 novias o relaciones, a cinco de las cuales pidió en matrimonio.


Ricard Bellveser

Se acaban de reeditar las cartas que el escritor checo Franz Kafka (1883-1924) envió a su novia Milena Jesenská-Polák[1].
¿Por qué esta reedición, para qué, cual es su propósito? Se trata de una edición muy mejorable: no está ajustado el texto, ni es comparada, ni es erudita o filológica, sino que se ciñe a la transcripción, en muy bella traducción de Gauger al español, de las cartas que le envió entre 1920 y 1922.
Alianza ya las había publicado en 1998 y en 2010, a partir de la edición de 1952, en traducción de Juan Rodolfo Wilcock e hizo otras reediciones. Además, en internet se pueden descargar en abierto, incluida la edición íntegra que hizo Ignacio Darnande en 2006 para El perro y la rama, de Caracas.
Ahora bien, esta noticia sí nos sirve para refrescar la intensa vida amorosa de Kafka, un personaje tímido, un escritor genial, un fracaso como hombre y un personaje que buscaba en las mujeres y compañeras lo que probablemente no le podían dar. Cinco veces se comprometió en vano, probablemente porque él mismo se consideraba mentalmente incapaz para el matrimonio. La prueba es que a partir del momento en que decido casarme, no consigo dormir, mi cabeza arde noche y día, no me siento vivo y me tambaleo desesperado”, le confesó a Max Brod.
La vida amorosa del autor de La metamorfosis comienza en 1900 cuando tenía 17 años y pasaba muchos ratos en el bosque con la hija del administrador de Roztok, Selma Kohn. Ella, en carta a Max Brod, escribió “Nos enamoramos… Yo era bonita y él muy inteligente, y ambos tan divinamente jóvenes…”.
Su primera experiencia sexual fue en 1903, con una vendedora que trabajaba frente a su casa. Años después recordaría con detalle, “era verano y hacía un calor verdaderamente inaguantable”, se citaron y tras un raro y muy extraño periplo callejero con otro hombre de por medio “nos fuimos a un hotel del Kleinseite (en la margen oeste del río). Antes del hotel todo fue encantador, emocionante y ruin; en el hotel no cambiaron las cosas”. No la volvió a ver. ¿Por qué? Su hostilidad hacia ella quizá se debió al hecho “de que en el hotel ella hiciera algo ligeramente asqueroso (no vale la pena mencionarlo) y dijera algo ligeramente sucio (mejor no contarlo), pero el recuerdo persistió”.
En 1905 en el sanatorio de Zuckmantel tuvo una relación “sumamente satisfactoria” con una mujer mayor que él. “A decir verdad -confesaría años después a Felice Bauer- todavía no he intimado realmente con una mujer, exceptuando dos ocasiones: aquella vez en Zuckmantel (pero ella era una mujer y yo un niño), y aquella otra…”.
De vacaciones en Triesch, en agosto de 1907conoció a Hedgwig Weiler, una rubia muchacha judía de 19 años que estudiaba idiomas en la Universidad de Viena, “es de baja estatura, con mejillas invariablemente sonrojadas. Es muy corta de vista (…) esta noche he soñado con sus piernas cortas y rollizas, y por estos caminos tortuosos reconozco la belleza de una chica y me enamoro de ella”. A finales de septiembre ya le había escrito 11 cartas.
En 1911 se enamoró de la actriz Maria Tschissik. Pertenecía a una compañía judía de teatro muy modesta que iba de pueblo en pueblo. Ella, tenía una boca muscular, mejillas singularmente tersas y estaba casada. De vez en cuando Franz le enviaba flores “para aplacar mi amor un poco, aunque no sirvió de nada”. Él disimulaba para que no se notara su enamoramiento y por ello evitaba mirarla, aunque no siempre lo conseguía.
En julio del año siguiente se enamoró de la hija del conservador de la casa de Goethe en Leipzig. Era una chica hermosa y muy viva. Se citaron varias veces, de un modo irregular, “ella no me quiere, pero me tiene alguna estima”. Le hacía regalos aunque en las citas “la conversación se interrumpía y renacía. Unas veces andando especialmente aprisa, y otras particularmente despacio. Un esfuerzo por eludir a toda costa la evidencia de que no tenemos ni la más mínima cosa en común, ¿qué nos mantiene juntos a los largo de todo el parque? Mi obstinación solamente”.
Agosto de 1912 es una fecha clave porque conoció a Felice Bauer, el gran amor de su vida y cuya correspondencia Cartas a Felice es tan conocida. Una chica “huesuda, cara vacía que exhibía abiertamente su vacuidad, garganta desnuda. Blusa suelta de cualquier manera. Su ropa le prestaba un aire de domesticidad… Nariz casi rota, pelo rubio, más bien tieso, nada atractivo, barbilla fuerte”. Le escribió más de 500 cartas.
El año siguiente conoció a una suiza en el sanatorio del Dr. Von Hartungen de Riva, una menuda muchacha suiza, de aspecto italiano y unos 18 años a la que en principio no hizo caso pero con los días terminaron intimando, intimidad que apenas duró unos diez días porque ambos pensaron que no tenía futuro.
Su lugar lo ocupó Grete Block, una antigua amiga suya. Era una esbelta y vivaracha taquimecanógrafa de 21 años, algo llamativa y que mantenía una estrecha relación con Felice Bauer a cuyas espaldas Franz y Grete iniciaron un idilio en la misma fiesta de Berlín en la que anunció su matrimonio con Felice, que acabó con la concepción de un hijo que nació en verano de 1915. Quizá Franz no llegó a saberlo.
En 1919 conoció a Julie Wohryzek Tenía 27 años y era hija de un zapatero y oficial de la sinagoga de Praga. “Ni judía ni gentil, ni alemana ni no alemana, loca por las películas, poetas y comedias, con polvos faciales y velo, con una inagotable e irreprimible previsión de jerga picante, por lo general bastante ignorante, más alegre que deprimida: así es ella, aproximadamente”.
Ella le dejó explícito que no deseaba casarse ni deseaba tener hijos, aún así con el tiempo Kafka alentó las perspectivas de felicidad conyugal entre ambos y le propuso matrimonio. Se fueron a vivir juntos, publicaron las proclamas, pero dos días antes se echaron atrás.
Clave en su vida fue también Milena Josenká Polak. Su traductora al checo. Una mujer excepcional cuya biografía interesa tanto como la del propio Kafka. Tuvieron una relación intensa y tortuosa, porque ella estaba casada con un bestia y vivía en Viena. Es la receptora, junto a Felice, de la correspondencia, más extensa y meticulosa.
En Schelesen conoció a una muchacha de 19 años llamada Minze Eisner, convaleciente de una larga enfermedad. Mantuvo con ella una relación que se alargó por medio de una interesante correspondencia. En una de las carta ella le envió una foto y le pidió una de él a lo que contestó “si en tu recuerdo mis ojos son realmente claros, jóvenes y serenos, déjales que sigan siéndolo ahí, porque están mejor atendidos que conmigo”.
En 1923 conoció a Dora Dymant, de poco más de 20 años, que fue el último amor de su vida. Era una atractiva muchacha morena con la que se fue a vivir a Berlin-Steglitz y fue quien le acompañó en sus últimos momentos de vida.
¿Para cuándo la edición de la correspondencia con Hedgwig, Felice, Grete, Milena y Minze?



[1] 1Franz Kafka. Cartas a Milena. traducción de Carmen Gauger. Alianza Editorial, Madrid, 2015. Las Cartas a Felice las editó Nórdica en 2013 y las Cartas a los padres, La tempestad en 1992

Libros

Mi encuentro con el Tío y otras remembranzas

Fragmento del prefacio del libro San Cristóbal: una mina sin par en la historia de Bolivia, de Mariano Baptista Gumucio.


Mariano Baptista Gumucio 

Confieso al iniciar esta introducción que mis experiencias personales sobre el tema minero no dejaban de ser escasas pese a la magnitud del mundo de los metales que nos rodea, sobre todo en la parte occidental de Bolivia.
Mi padre, que fuera gerente del Banco Central en Sucre, fue trasladado a la central de La Paz y aprovechó este viaje para aceptar una invitación de mi tío abuelo, el ingeniero Julio Gumucio, por entonces gerente de la empresa minera de Patiño en Llallagua. Era un hombre tan modesto que aunque nunca nos lo comentó, años después me enteré que en su homenaje se le puso a un mineral raro, por el descubierto, el nombre de “gumucionita”, honor con que se distingue a muy pocos geólogos.
Nos llevaron a mi hermano Fernando y a mí, que bordeábamos los 10 años, para conocer esa mina y algunos de sus innumerables socavones. Quizás para prepararnos, nuestro pariente nos habló del Tío de la mina, al que conoceríamos bajando unos cientos de metros en una “jaula”.
Allí se hallaba en efecto la terrorífica imagen, cubierta de serpentinas, que encontramos en una especie de rústico altar, rodeada de botellas vacías de alcohol y colillas de cigarrillos. Tomados de la mano, los dos niños nos quedamos absortos y asustados ante esa tosca escultura, sin comprender su significado.
El grupo de mayores continuó su recorrido y de pronto la luz mortecina de una hilera muy espaciada de foquitos se apagó. Estábamos como en una tumba, y sin embargo hacía calor. Tampoco había el más mínimo resquicio de luz que nos ayudara a desandar el camino. Por unos momentos que nos parecieron siglos, quedamos petrificados en medio del más absoluto silencio y oscuridad. ¿Se pondría el tío de pie para devorarnos? Cuando ya nos disponíamos a gritar o llorar, no lo sé bien, acudieron mi padre y sus amigos con una linterna, a rescatarnos. Habíamos estado literalmente en el infierno donde pasaron sus vidas generaciones de mineros desde la colonia.
Con los años visité más de una vez la mina de San José en Oruro, y el distrito minero de Llallagua, Siglo XX y Catavi. Y antes de dejar Última Hora, acompañé dos veces a Mario Mercado V.G. a la mina de oro de Inti Raymi a cielo abierto, en Oruro, la primera de esas características en Bolivia. Y por supuesto en La Paz, fui testigo de numerosas manifestaciones  de mineros acompañados del estruendo de cachorros de dinamita, bloqueos y asambleas callejeras.
Como periodista siempre quise entender y transmitir al lector la esencia de esos reclamos, sin parcializarme con quienes consideraban que eran simple pruebas de sinrazón y atropello al derecho de los demás.
Al cumplir Última Hora su cincuentenario, en 1982, publicamos con Alberto Zuazo Nathes, jefe de redacción, un volumen en el que recogimos primeras planas, caricaturas y editoriales de los 10 primeros años que estuvimos juntos en el periódico. De ese material, rescato ahora fragmentos de un editorial mío de marzo de 1975, en pleno régimen de Banzer, comentando una marcha de obreros de Siglo XX que se hizo presente en la sede de gobierno para reclamar el cumplimiento de un convenio.
“El país debería meditar sobre los mineros, -escribí en esa oportunidad- esos seres tan sacrificados y, a la vez, tan desconocidos por la gente de las ciudades, cuya mente es llevada por la publicidad al conocimiento de las peripecias de las estrellas de cine y de los sucesos, importantes o no, de otros países, mientras ignora lo que sucede a su vera, en las vísceras minerales de nuestras montañas, en la vastedad del campo y en los pueblos olvidados de todos”. (…)

De paso por Uyuni
Este libro es fruto de una casualidad de las tantas que suceden en la vida. Me hallaba de ida a Tupiza, en un tren que por un desperfecto mecánico bastante frecuente en esa vía, se detuvo en la estación de Uyuni, donde nos informaron que tendríamos que  permanecer algunas horas en los vagones. Yo viajaba para hacer un programa de televisión en esa ciudad próxima a la Argentina, donde pasé algunos años de mi infancia, y en lugar de permanecer en el tren, resolví caminar hasta el pueblo.
En un café conocí a Alberto Colque Copa, con quien entablé una amena conversación. Le expliqué el motivo de mi viaje y el me habló de la iglesia que se había reconstruido en el pueblo nuevo de San Cristóbal, de donde era originario, y se ofreció a llevarme allá.
Me dijo que no había iglesia igual en el altiplano, pues había sido trasladada pieza por pieza, con el mayor cuidado, y a cargo de expertos, durante 8 meses. (…)
Cumplida mi visita al nuevo pueblo de San Cristóbal y a su iglesia surgió la idea de Alberto y sus compañeros de la comunidad de encargarme la tarea de escribir un libro en torno a la negociación que había tenido lugar 16 años antes, entre Andean Silver –la empresa que por entonces financiaba el proyecto- y ellos, para definir si el pueblo se trasladaba y en qué condiciones. (…)
Para la elaboración de este libro entrevisté a ejecutivos, técnicos, obreros, transportistas, funcionarios de salud, así como restauradores del por entonces Viceministerio de Culturas, y por supuesto a todos los comunarios que pude encontrar y que fueron protagonistas de este gran proyecto. (…)

San Cristóbal es el emprendimiento minero más grande que se ha hecho en Bolivia, desde los tiempos de Patiño. La apertura del país a las inversiones en la última década del siglo XX permitió la creación de otras empresas como Inti Raymi; ninguna sin embargo comparable a San Cristóbal. No en vano figura como la tercera mina de plata y la quinta de zinc –a cielo abierto- más grande del mundo.

Sombras nada más

Aute entre dos hemisferios



Una reivindicación de los poetas no siempre considerados como tal. ¿Cómo no van a serlo los grandes cantautores?


Gabriel Chávez Casazola 

A veces, cuando cae en mis manos uno de esos libros de poesía inextricables, que parecen haber sido escritos, con toda deliberación, para no ser entendidos o, más aún, para no significar siquiera -arrogancia del signo vacío, desprovisto de sentido y de lector posible salvo algún iniciado, o mera pirotecnia verbal del artificio- entonces me acuerdo con agradecimiento de algunos poetas coloquiales que (re) aproximaron la poesía a la gente común y corriente en la segunda mitad del siglo pasado -como Benedetti o Sabines o Ángel González, despreciados por muchos de sus pares “cultos” y académicos-, y recuerdo también a ciertos compositores que guarecieron a la poesía bajo el alero de la música, preservando su antigua magia para el goce (o el desgarramiento) de,los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Entre esos compositores ocupa un lugar especial el filipino-español y casi ecuatoriano Luis Eduardo Aute, además (o primero, cronológicamente hablando) pintor, también hombre del cine y poeta de “poemigas” y “animalhadas”, pero sobre todo aquella voz ronca y envolvente que a muchos nos ha acompañado desde hace más de cuatro décadas -en mi caso desde los tempranos 90 en Cochabamba-, para recordarnos que es preciso y, es más, resulta urgente reivindicar “el espejismo / de intentar ser uno mismo, / ese viaje hacia la nada / que consiste en la certeza / de encontrar en tu mirada / la belleza”.
Acabo de anotar que Aute es “casi ecuatoriano” y lo hice no solo porque su esposa haya nacido en Guayaquil y sus hijos tengan sangre de la tierra del Cotopaxi, sino sobre todo porque él mismo acaba de pedirlo.
“Háganme ecuatoriano”, ha dicho anoche, lunes 14 de marzo, en el conmovedor homenaje que acaba de recibir en Quito, en el Teatro Prometeo, en la inauguración del Festival Internacional de Poesía “Paralelo Cero”, que le ha distinguido con su máxima presea: la estatuilla “Poeta de los dos hemisferios”, publicándole además una antología de poemas y canciones preparada y prologada por el poeta Xavier Oquendo.
En realidad, de la mano de Oquendo y del encuentro que dirige hace ya ocho años, ha recibido el homenaje de decenas de poetas  de Ecuador y de otros 15 países del mundo que hemos querido reconocer su obra, no únicamente por su valor en sí misma; también como contribución a la defensa de la poesía con el precioso manto de la canción.

Como retribución de este gesto de cariño, nos ha bien pagado con algunas de sus composiciones cantadas guitarra en mano y a la vieja usanza. Haberlo escuchado cantar de esa manera y en ese entorno no tiene precio. Es una de esas pequeñas grandes recompensas de la poesía. Y ahora esta columna “autista” y apurada aquí se acaba, pues debemos darnos prisa: es que ya son las cuatro y diez.

domingo, 13 de marzo de 2016

Libros

Letras orureñas al alcance de todos

El libro Letras orureñas. Autores y antología (Zofro-Plural) recoge 124 fichas bio-bibliográficas y 67 piezas en prosa y verso, de escritores oriundos de Oruro.



Martín Zelaya Sánchez

El diccionario, como sistema y como herramienta -pienso- es uno de los mayores logros en la historia del conocimiento humano. Para no hablar de su aporte: sacar de la ignorancia, despejar dudas y dar luces, detengámonos ahora en su organización, método y formato. Una palabra clave conduce, por asociación semántica, a definiciones, conceptos, ideas y, por consiguiente, a otras palabras que seguramente volverán a seguir el mismo proceso una y otra vez.
Están los diccionarios convencionales, el viejo y querido Larousse o incluso el escolar Sopena; las enciclopedias especializadas y, claro, los raros y estupendos divertimentos como el Diccionario del diablo, de Ambroce Bierce; el Diccionario secreto, de Camilo José Cela; el genial Diccionario herético del paceño Humberto Quino, solo por mencionar a algunos que se vienen a la mente.
En este caso, aunque la palabra no aparezca en el título ni en ninguna parte del libro que tenemos en manos Letras orureñas. Autores y antología, es un verdadero diccionario de la literatura orureña, por muchas de las acepciones antes mencionadas: una palabra (en este caso apellido) que da lugar a descripciones, ideas, conceptos (la bio-bibliografía del referido escritor).
Carlos Condarco Santillán, Benjamín Chávez y Martín Zelaya, los autores de esta obra coeditada por la Fundación Cultural Zofro y Plural Editores, escriben en el prólogo: “Letras orureñas es un libro que, bajo ese título metafórico, pretende constituirse en una fuente de consulta para investigadores, estudiantes y lectores interesados en literaturas regionales. Uno de los objetivos que nos impulsó a realizar este trabajo fue la sistematización de una gran cantidad de información dispersa acerca de autores y obras literarias, con la consiguiente actualización de datos y, eventualmente, la corrección o precisión de los mismos”.
El libro que se presentó el jueves pasado en un acto especial convocado en Oruro por Luis Urquieta Molleda, director de Zofro y principal auspiciador de la obra, cuenta además de 124 fichas bio-bibliográficas de autores nacidos o asentados en este departamento, con una segunda parte en la que se consigna una antología mínima con 67 de las mejores piezas, en verso y prosa.

Algunos hitos
Recuperación, visualización y difusión son -creo- tres palabras que definen a cabalidad el libro.
En el largo y exhaustivo proceso de investigación -efectuado entre 2014 y 2015-  además de incidir en nombres y libros conocidos y consolidados: Luis Mendizábal Santa Cruz, Alcira Cardona, Hilda Mundy, Luis “Cachín” Antezana, Eduardo Mitre, Edwin Guzmán… etc.; la mayor recompensa del trabajo fue ante todo descubrir o redescubrir a viejas e injustamente olvidadas figuras como Rodolfo Soria Galvarro, autor de la primera novela policial boliviana; Hermógenes Jofré, precursor de la dramaturgia con Las víctimas y Los mártires; Rafael Ulises Peláez, solvente cuentista; o Luis Téllez Herrero, autor de una inigualable crónica gastronómica boliviana hace ya más de 70 años.
Pero también, a talentosos autores jóvenes que inician con esperanzador pie su caminar en el mundo de las letras: Vadik Barrón, Sergio Gareca, Lourdes Reynaga, por mencionar solo a tres.
Letras orureñas. Autores y antología se circunscribe específicamente al mundo de la literatur5ta, y por consiguiente no fueron tomados en cuenta historiadores, antropólogos, sociólogos y los innumerables polígrafos con vasta producción en diferentes campos del conocimiento; aunque como en toda regla, se hicieron algunas necesarias excepciones con el cronista José Santos Vargas (el Tambor); Adolfo Mier, historiador; José María Dalence, ensayista y Carlos Felipe Beltrán, destacado lingüista.
No son excepciones René Zavaleta Mercado, inigualable pensador y Luis Ramiro Beltrán, acaso el mayor comunicólogo boliviano, pues aunque mínima y casi desconocida, ambos tienen producción poética. Sirvan de ejemplo extractos de sus fichas para despertar curiosidad por esta nueva obra.

BELTRÁN SALMÓN, Luis Ramiro
Oruro, 1930 - La Paz, 2015

Comunicador, guionista de cine, dramaturgo y poeta. Fue uno de los mayores comunicólogos no solo de América Latina, sino del mundo, y se hizo célebre cuando recibió el Premio Mundial McLuhan de Comunicación, en reconocimiento a sus aportes a esta ciencia social.
Beltrán incursionó en el área desde muy joven, pues empezó a trabajar en el periódico La Patria a sus 12 años y a los 16, por un breve periodo, fue jefe de redacción de este medio orureño. En 1948 firmó como redactor de La Razón de La Paz, y luego de colaborar como corresponsal en varios matutinos y revistas del exterior, fundó el semanario Momento.
Antes de cursar estudios en la Universidad de Michigan (Estados Unidos), donde obtuvo el doctorado en Comunicación, gracias a una beca por su excelencia académica, se dedicó a dos de sus pasiones: el cine y el teatro. Su gran logro fue el guion de Vuelve Sebastiana, exitoso filme dirigido por Jorge Ruiz.
Además del McLuhan -considerado como el Nobel de las comunicaciones, recibió el Cóndor de los Andes, el máximo galardón que da el Estado boliviano.
Sobre su talento y obra, comenta Mariano Baptista Gumucio: “A menudo me he preguntado cómo pudo hacer Ramiro para vivir tantas vidas, escribir libros e incontables papers que han revolucionado las teorías de la comunicación desde la perspectiva de los países sometidos, viajar a los cinco continentes a dirigir seminarios o participar en ellos, pergeñar crónicas periodísticas escritas en prosa, componer poemas de profunda y contenida emoción y, entre viaje y viaje, hacer dramaturgia y poner letra a un bolero…”.
Respecto a su pieza teatral El cofre de selenio, Maritza Wilde dice: “Es una pieza moderna, intemporal y multiespacial. Al autor le preocupa el hombre, el hombre de todas las regiones del planeta. Su obra es un alegato pacifista que subraya la deshumanización a la que ha llegado la sociedad en la loca y ciega carrera hacia su autodestrucción”. 

ZAVALETA MERCADO, René
Oruro, 1937 - México, 1984

Ensayista y poeta. Aunque su figura está directamente relacionada con su actividad política y el pensamiento ideológico, sociológico y filosófico, también fue un apasionado lector de literatura y escribió poemas, sobre todo en sus años de juventud.
Paralelamente a su actividad política (llegó a ser ministro de trabajo) hizo mucho periodismo: en el país, en el diario La Nación de La Paz y en Uruguay –durante su exilio– en La Mañana y en el semanario Marcha.
Ante la imposibilidad de volver a Bolivia debido a los regímenes militares, se radicó en México donde dirigió la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Por temporadas, dio cátedra en prestigiosas universidades como Oxford y Vincennes.
En 1956 ganó el Primer Premio de Poesía de la Alcaldía paceña por su libro Poemas de la tierra paceña, a la postre, el único de cariz literario en medio de una profusa producción de corte político, sociológico.
Sobre su vena poética, comenta Adolfo Cáceres Romero: “Entre 1954 y 1955 publicó una serie de poemas en la prensa local, entre ellos algunos sonetos nada desdeñables”.
En un intento por explicar la vertiente literaria de Zavaleta, pero sin desprenderse a la vez de su pensamiento, Luis H. Antezana sostiene: “Si hubiese que elegir una imagen para el concepto zavaletiano de ‘formación social abigarrada’, pocas más ilustrativas que el saco de aparapita descrito en Felipe Delgado, de Jaime Saenz”.


Artículo

Letras orureñas, cómo y por qué

Reproducimos el prólogo del libro Letras orureñas. Autores y antología –datado en agosto de 2014, en la población de Cotochullpa- y firmado por sus tres autores.

 
Adhemar Uyuni, René Antezana, Edwin Guzmán y Jorge
Zabala, todos escritores orureños incluidos en el libro.
Carlos Condarco, Benjamín Chávez, Martín Zelaya

Letras orureñas es un libro que, bajo ese título metafórico, pretende constituirse en una fuente de consulta para investigadores, estudiantes y lectores interesados en literaturas regionales. Uno de los objetivos que nos impulsó a realizar este trabajo fue la sistematización de una gran cantidad de información dispersa acerca de autores y obras literarias, con la consiguiente actualización de datos y, eventualmente, la corrección o precisión de los mismos.
Letras orureñas revaloriza la obra de autores injustamente olvidados (v. gr. Rodolfo Soria Galvarro, José María Dalence, Carlos Felipe Beltrán, los hermanos Ascarrunz y otros). Por otro lado, el arco temporal que abarca el presente trabajo cubre más de tres siglos, y al hacerlo valoriza la creación de escritores de nuevas generaciones que, aun dando sus primeros pasos, ya cuentan con alguna producción significativa.
A partir del libro precursor de Santiago Vaca Guzmán, La literatura boliviana. Reseña general de los escritores en verso y prosa, publicada en Buenos Aires en 1883, varios han sido los autores nacionales que pusieron su empeño en sistematizar el decurso de la creación literaria. Podemos mencionar, entre los más conocidos, a Rosendo Villalobos, que escribió Letras bolivianas y a Ángel Salas, autor de Literatura dramática en Bolivia, ambos trabajos publicados en el primer centenario de la independencia de Bolivia.
Posteriormente, vieron la luz Historia de la literatura boliviana (1943), de Enrique Finot; a la que siguió Literatura boliviana (1959), de Fernando Diez de Medina. En 1987, Adolfo Cáceres Romero inició la publicación de la Nueva historia de la literatura boliviana, que al presente ha llegado al volumen IV.
Es amplio el panorama de la historia de nuestra literatura, sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con el estudio de las literaturas regionales, a excepción de los trabajos de Carlos Condarco Santillán, autor de La literatura orureña durante el siglo XIX (1976); de Mario Araujo Subieta, Potosí periodístico y literario 1825 – 1984; y el de José Roberto Arze, Contribución de Cochabamba a la literatura boliviana (2002). Letras orureñas tiene el propósito de registrar sistemáticamente autores nacidos en Oruro o avecindados en nuestra ciudad. No lo hace por generaciones, escuelas o tendencias estéticas, sino por consignación bio-bibliográfica.
Agradecemos a los investigadores que nos antecedieron. Mencionaremos, en orden cronológico a aquellos cuyo trabajo nos fue de mayor utilidad: Panorama literario de Oruro (inédito, 1976), de Carlos Condarco Santillán; la sección “Letras orureñas”, del suplemento literario El Duende (1994 – 2006); La poesía en Oruro. Antología (2004), de Alberto Guerra Gutiérrez y Edwin Guzmán Ortiz; Orureños en la cultura boliviana (2006, 2013) de Elías Blanco Mamani; y, finalmente, Diccionario de autores orureños (2007), de Lidia Castellón y Marlene Durán Zuleta.
Mención aparte merecen tres obras fundamentales de consulta: Catálogo de la bibliografía boliviana (1966), de Arturo Costa de la Torre; Pasión por la palabra (1992), de Raúl de la Quintana y Ramiro Duchén, y Diccionario histórico de Bolivia (2002), de Josep M. Barnadas.
A la hora de diseñar este libro se convino dedicarlo íntegramente a la creación literaria, por consiguiente, están consignados poetas, narradores, ensayistas literarios y dramaturgos; no así historiadores ni autores de ciencias sociales. No obstante, como en toda regla, hay excepciones debidamente fundamentadas, se decidió incluir al cronista José Santos Vargas (el Tambor); Adolfo Mier, historiador; José María Dalence, ensayista y Carlos Felipe Beltrán, destacado lingüista. El valioso aporte intelectual de estas figuras históricas orureñas, ameritaba que sean tratados como casos especiales.
Al momento de trabajar en las fichas bio-bibliográficas de los autores, se tomó en cuenta a narradores, poetas y dramaturgos nacidos en Oruro, y a aquellos que siendo oriundos de otras regiones desarrollaron buena parte de su labor creativa en esta ciudad.
Letras orureñas. Autores y antología presenta información de 124 escritores y escritoras. Tenemos la seguridad de que existen más, y aunque en la bibliografía consultada se hallaron datos referenciales de varios más, finalmente no fueron incluidos por ser estos insuficientes.
Una de las condiciones metodológicas adoptadas para la inclusión de determinado autor fue que datos suyos aparezcan consignados en al menos dos fuentes bibliográficas distintas, es decir que ambas aporten datos complementarios y no sea la una, mera copia de la otra, hecho percibido en varios casos estudiados. Por otro lado, se consignan escritores que no figuran en ninguna fuente consultada (generalmente por ser estos muy jóvenes), pero cuya obra literaria fue leída y estudiada por los autores del presente trabajo. La antología mínima, que corresponde a la segunda parte del libro, consigna solo a 67 autores, tanto en prosa como en verso.
En cuanto a su presentación formal, este libro fue organizado en dos secciones: fichas bio-bibliográficas, en las que se registran datos básicos, académicos y editoriales de los escritores, además de valoraciones y crítica a su trabajo y el detalle de su producción. En la segunda parte, para la antología mínima se escogieron piezas o fragmentos destacados –tanto en prosa como en verso– de la obra de algunos de los más valiosos autores orureños; en ambos casos, con su respectiva información bibliográfica.
Nos queda agradecer a la Fundación Cultural ZOFRO, cuyo presidente, el ingeniero Luis Urquieta Molleda, supo acoger con entusiasmo la idea de este trabajo y apoyarlo decididamente en todas sus fases. Asimismo, expresamos nuestro agradecimiento a quienes atendieron con diligencia nuestros requerimientos documentales. Nos referimos a los directivos y funcionarios del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (Sucre), la Biblioteca Central de la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz), el Centro de Documentación en Artes y Literaturas Latinoamericanas CEDOAL (La Paz) y a la Biblioteca de Investigadores de la Casa Municipal de Cultura (Oruro), sin cuya valiosa ayuda este libro no se hubiese concretado. A todos ellos nuestro sincero reconocimiento.