lunes, 25 de enero de 2016

Etc.

En este lugar florecen dalias



Poética del exilio, del dolor y la memoria. Exiliados de ayer escriben sobre exilios de hoy.


Carlos Decker-Molina

La guerra “inspira a los tiranos a decir largos discursos, a condecorar generales, a desarrollar la industria de la protesta, pero la guerra inspira también a los poetas”.
Con las palabras de Dunya Mikhail, una escritora iraquí,  comienzo esta nota que será una recopilación de fragmentos poéticos sobre el exilio.
El exilio es el fruto del árbol podrido de la dictadura o de la guerra. La Bolivia de los dictadores mandó decenas de miles al exilio. Hoy es una palabra ajena al vocabulario político, pero no está mal recordar la historia, la de los huidos y perseguidos, quizá el hecho tonifique el corazón de la democracia.   
Esta vez los refugiados, los exiliados, los huidos son fruto de una guerra fragmentadora no solo de territorios sino de almas y de cuerpos. No solo son musulmanes, hay cristianos y ateos. Tampoco son solo árabes, asirios, baluches o kurdos. Son también iraquíes, sirios, libios, afganos y de no-se-dónde.
Algunos llegaron solo con sus pies porque sus corazones quedaron sepultados en la tumba de sus padres. Ataúdes vacíos en los que enterraron una hipótesis.
Los más recalaron en Alemania y Suecia. Algunos países se taparon los ojos, los oídos y la boca para no recibir extraños. Son países de políticos con corazón de alambre y cara de muros de cemento. Arañas que tejen su propia trampa.
Primero la huida, después el exilio, luego “un rio seco, ¿acaso tendrá alguna orilla?” (Abei’er).
Han pasado 40 años de mi última huida, la mía, la personal. Y, aún no olvido la voz del primer borracho de libertad al que escuché cantar unas coplas en el bar de un puerto de donde siempre se partía: “Soy gajo de árbol caído / que no sé dónde cayó. / ¿Dónde estarán mis raíces?/ ¿De qué árbol soy rama yo?”.

“El árabe es un idioma que gusta de largas frases, de largas guerras, de largos cánticos, de largas noches, lágrimas caídas por el tiempo perdido que pretenden vida eterna, en la muerte eterna” (Dunya Mikhail)

“La huida me transformó en un extraño, creo que es un regalo de la vida” (Masoud Vatankhah)

“Hay relatos que te pueden matar” (Chris Abani)

“Justo el momento en que el TNT se transforma en gas puedo escuchar con nitidez mí propio silencio, es una mezcla de lluvia y recuerdos” (Ghayath Almadhoun)

Cuando repaso estos textos escritos hace un par de meses, guardados no sé para qué, surge el problema de mi propia letra, a veces no puedo descifrarla, entonces convoco a mis amigos árabes para volver a la fuente y traducir al sueco y luego al español. Es un proceso de palabras.  Taleb y Heba me dicen: “las palabras son nuestro único bien”.

“Estamos en un sitio en el que no poseemos nada, no somos dueños ni siquiera de nosotros mismos”. (Dima  Wannous)

Pasó la navidad, comenzó el año nuevo. El viento invernal sigue levantando uno que otro papel de regalo arrancado de algún basurero público. 

“Tiene una barba tan larga como la guerra / un traje rojo igual a la historia. / Me pide un deseo con la promesa de la realidad/ Porque eres una chica buena, me dice / te mereces un juguete. / Cuando advierte mi duda, susurra: / No te inquietes mi niña / soy el viejecito que regala cosas bellas a los niños buenos/ ¿No me has visto antes? / Le respondo: el viejecito que conozco estaba vestido con uniforme militar / Regalaba a cada niño huérfano/ sables ensangrentados/prótesis / y retratos de sus padres muertos/”.  (Dunya Mikhail)

La niña refugiada va a la escuela, es su primer día, la acompañan sus padres y un traductor. La maestra sale al patio a recibirla, la abraza y la da la bienvenida en un idioma extraño, pero Yazmin sigue risueña, está feliz de asistir a la escuela, no importa que aún no entienda el sueco, hace un año y medio que no va a la escuela.
La reciben curiosos sus compañeros de aula, ella levanta la cabeza y dice algo. Todos quedan en silencio, nadie entiende nada, hasta que el traductor, lentamente busca las palabras adecuadas y pregunta: “¿En este lugar florecen las dalias?”.


Sombras nada más

Goces tempranos



Los libros de infancia, las primeras lecturas, los primeros roces con el maravilloso mundo de las letras.


Gabriel Chávez Casazola

La casa donde crecí, una antigua casona llena de vivas memorias, estaba habitada por libros, folletos y revistas del más variado pelaje y antigüedad que, en orden o no, se acumulaban en todas las habitaciones, como frutos siempre al alcance de la mano y a la vez como joyas largamente atesoradas.
Bien pensadas las cosas, esto no era de sorprender en una familia que en sucesivas generaciones se había volcado a las letras y las artes, con abundancia de talentos pero con una dedicación tal que sus integrantes se habían apartado de los quehaceres prácticos y utilitarios, quedando incluso a momentos, dilapidada la vieja fortuna, en una situación rayana en la pobreza.
Ese omnipresente legado impreso forjó mi familiaridad con los libros, a los que siempre vi cual objetos cotidianos, como el pan o la mesa, convirtiéndome con toda naturalidad en un lector temprano o, mejor dicho, precoz. 
Da fe de ello, además de la memoria de los mayores, una fotografía con el uniforme azul del kínder Echevarría, donde aparezco leyendo algo que semeja ser un discurso en un acto cívico. Y recuerdo bien que mi primera profesora del jardín de infantes, doña Marina, se ufanaba de haberme enseñado a leer a los cuatro años y lo decía en mi presencia sin ruborizarse siquiera, aunque yo sabía que mentía; quizás por eso tengo conflictos con la autoridad: a menudo no le creo. 
Mentiría, a mi vez, si dijera que aprendí a leer por cuenta propia en la casona solariega, nada más extendiendo mis manos a los frutos de los estantes subido en un taburete.  Algo de eso sucedía, pero fue mi madre quien me enseñó a leer en los auténticos libros de mi infancia, que no fueron los viejos tomos conservados en la casa sino los que ella me compraba cada mes, después de cobrar su sueldo de maestra. 
Recuerdo aún la ilusión con que caminaba de su mano la calle que separaba al Banco del Estado, donde pagaban a los profesores en Sucre, de una librería, llamada Casa Víctor, regentada por un corpulento alemán, el señor Landwüst, que me suspendía en el aire con gran facilidad -habré tenido yo unos seis o siete años al principio, pero el ritual se extendió hasta los nueve o diez, lo sé pues me gustaba fechar los libros con letra torpe de la que ahora se mofan mis hijos- para darme a elegir, de un alto anaquel, el ejemplar que me llevaría a casa en esa ocasión.
El menú estaba conformado por decenas de títulos pulcramente alineados, unos con portadas rojas (los clásicos universales), otros azules (clásicos de autores de las tres Américas) y otros verdes (libros biográficos), de la Biblioteca Billiken argentina, con versiones ligera pero bellamente ilustradas (cinco o seis cromos a color por libro, firmadas por Aniano Lisa o Enrique Brescia) y algunas veces disimuladamente “adaptadas” para los lectores más jóvenes.  
Esas fueron mis primeras lecturas, las que marcaron mi infancia y que ahora, de cierta manera, todavía me marcan, me acompañan y acechan de manera cómplice en mi poesía: Robert Louis Stevenson, con La isla del tesoro, que me alejó de entrada de todo maniqueísmo; Julio Verne, mi favorito entonces, con numerosos y sorprendentes títulos capaces de aguijonear la imaginación del más lerdo: acumulé decenas de ellos; Alejandro Dumas, con la saga de los Mosqueteros y su implacable Edmundo Dantés resucitado del castillo de If; los arquetipos de Melville: Ahab, Tashtego, Queeg-Queeg, la ballena blanca; Jack London, sus perros y lobos; Mark Twain enarbolando la libertad de Tom y Huck, príncipes y mendigos del Mississippi ; Carroll y la oruga socrática; Dickens y sus huérfanos; Salgari, Swift, Defoe, en fin.
Cosas de cuando uno, tonto de capirote, quiere crecer de prisa, a los 11 o 12 renegué de estas versiones y comencé a buscar en casa las obras originales, que tenían que ser, de preferencia, voluminosas y llenas de letras, sin un solo dibujo, para que quedara claro que no se trataba ya de libros editados para niños.
Entonces me topé con las ediciones TOR y Sopena, de gran formato, donde a los mosqueteros y sus hijos se sumaban los desgraciados de la corte de los milagros de Hugo; el hidalgo y el escudero salían al camino ni bien el rubicundo Apolo había asomado sobre la faz de la ancha y espaciosa tierra; el florentino descendía a los infiernos y Ana Karenina apoyaba su cabeza sobre el frío regazo de las vías del tren. 
De entonces a ahora no he dejado de seguir sumergiéndome en nuevos mundos imaginados y viviendo en departamentos, cuartos, garzonieres o casas atestadas de libros, pero aquellos que hoy he recordado, junto a viejas revistas de historietas, como se llamaban entonces, alegraron los primeros años de mi vida y le dieron compañía e imaginación a aquel hijo único que se pasaba las horas leyendo en el fondo de un huerto que era su paraíso privado y hoy es su paraíso perdido… 

Perdido como corresponde que ocurra, Proust lo sabía, con todos los paraísos, cuyo verdor -esto lo supo la Pizarnik- está destinado a habitar en el cerebro, en la memoria, que es el Aleph donde mejor se atesora el sabor de todas las frutas prohibidas (y de todos los libros que supimos gozar a discreción...).

Desde la butaca

Pensión Ruiz: una historia de nostalgias

Reseña de la novela La Pensión Ruiz, la fiebre blanca y el escritor en busca del tema, de Fernando Andrade Ruiz.



Lupe Cajías 

Es difícil encontrar una palabra certera para resumir el significado de las pensiones de inicios y mediados pasado siglo que daban cobijo -cama y pan- a solitarios, viudas, migrantes, estudiantes, y que eran pequeños mundos con gran cantidad de biografías que resumían las variantes de la naturaleza humana.
En la novela La Pensión Ruiz, la fiebre blanca y el escritor en busca del tema, el profesor, periodista y escritor Fernando Andrade Ruiz, intenta reflejar esas ciudadelas con los recuerdos entreverados de la famosa Pensión Ruiz de su familia, la cual funcionó en Sopocachi y en la zona norte, por el Parque Riosinho con extensiones inesperadas hacia otros lugares donde habitaba algún miembro de la familia Ruiz.
Su madre administró un hospedaje para estudiantes en la calle Aspiazu, donde acudió mi padre Huáscar Cajías Kaufmann en su retorno a la patria después de morar parte de su niñez y adolescencia en Buenos Aires, también en una residencial. Por ese dato, escuché chismes y comentarios del concurrido albergue y de sus clientes, que se fueron trasladando a la Sánchez Lima y más tarde a la Avenida Ecuador.
Según recuerdan los comensales de la Pensión Ruiz era tan grato comer los platillos criollos gustosos, como a la vez compartir tertulias sobre las noticias, obras literarias, historia boliviana, poesías y algo de política.

No es hotel ni motel
Las pensiones con servicio de alojamiento y alimentación solían ser antiguas casonas, sobre todo en el centro urbano, de familias aristocráticas con necesidades económicas, que las adaptaban para inquilinos. Por ello, una vivienda acomodaba una docena o más personas, según el número y tamaño de los cuartos. Tenían el subletrero de “residenciales” para aclarar mejor sus funciones. Son estos detalles que guían a Andrade a introducirnos en la pequeña colonia de los Ruiz.
No eran conventillos, como los famosos garajes acomodados con cuartuchos precarios, a veces de cartón, que tenían un solo dueño y varias familias convertían el espacio en un “barrio cerrado”, con un patio central, un baño compartido, una lavandería común, decenas de cuerdas para colgar la ropa y cocinillas en los rincones. Los niños correteaban, mientras los mayorcitos asistían a la escuela de la zona, no faltaban beneméritos y alguna que otra prostituta disimulada.
Las pensiones tampoco tenían las características de un hotel pues no eran un lugar de paso y los inquilinos solían permanecer al menos un año, como muchos estudiantes llegados del interior. Cada procedencia tenía una zona preferida que se reflejaba en centros de residentes de cochalas o de cambas y se delataba con restaurantes con nombres elocuentes como “Punata” o “Rincón Oriental”.
No hay que confundir las pensiones con moteles o casas de cita que alquilan cuartos a meretrices para que ejerzan su trabajo sin mucho ruido ni escándalo, conviviendo también con otro tipo de inquilinos, casi siempre empleados solterones. O los moteles que son el ambiente de paso más violento y que recibe alquileres por algunas horas.
Las pensiones, hoy en decadencia, eran una especie de hogares sustitutos. Fernando Andrade describe certeramente a esos alojamientos en este texto novelado: La Pensión Ruiz, la fiebre blanca y el escritor en busca del tema, desde su esplendor hasta su decadencia.
La Pensión (Residencial) Ruiz ofrecía una cama y dormitorio en un cuarto seguro o en medio de la sala, si así insistía un necesitado, como pasa con el escritor no inspirado, protagonista de la obra. Todos compartían un mismo baño, con excusado y lavamanos y desfilaban por la mañana la oficinista, el play boy, la esposa, las estudiantes, con su tolla en mano, jaboncillo y cepillo de dientes. El papel para afanes secretos solía ser un pedazo de periódico pasado. Los pensionistas se bañaban en duchas públicas de la zona una o dos veces por semana.

Un relato muy paceño
Los dueños de la Pensión Ruiz ofrecían desayuno, almuerzo, cena y hasta merienda a sus inquilinos. Este era un asunto fundamental para dar la añorada sensación de hogar a los que salían a trabajar o a estudiar y retornaban para almorzar compartiendo entre todos la hora del noticiero. Por la noche, los pensionistas escuchaban la radionovela o algún programa ameno para que todos comenten, tantas veces con vehemencia o ira.
Los dueños no tenían muchos privilegios, salvo algún otro cuarto como un costurero o una salita pequeña y su propia vida transcurría sin intimidad y alrededor de la cantidad de pensionistas. Los Ruiz tenían la responsabilidad de preparar el menú semanal, tomar las previsiones para las compras diarias en el mercado popular, los pagos puntuales para los servicios de luz o de agua, los arreglos domésticos y todas esas otras tareas.
Las sirvientas y cocineras eran parte del enjambre humano que compartía alegrías, desesperanzas y confusiones.
Andrade desarrolla personajes muy típicos de la paceñidad, con sus gustos culinarios, su vestimenta, sus costumbres, pero sobre todo por una actitud atrevida ante la vida. Cada uno de ellos, desde el dueño don Celso, la esposa capaz de ordenar casa y finanzas, las hijas, los yernos son muy característicos de una familia criolla. Don Celso está inspirado en su abuelo, el escritor Víctor Ruiz, una entrañable personalidad para los salones paceños de los años 50.
Muchos detalles son autobiográficos, como la muerte del hermano mayor de los Ruiz o el asesinato de Fidel, el padre de Fernando y uno de los caídos en el Cuartel Sucre en 1959.
El rol de cada inquilino está plenamente justificado, aunque hay asuntos que podrían sobrar como el tesoro con las momias o los asuntos de las muchachas estudiantes. En cambio, son memorables las referencias a la radionovela o los afanes del escritor por conseguir un tema para su novela.

Es un libro para conocer el alma sorprendente de los paceños bien paceños.

lunes, 18 de enero de 2016

ALTIplaneando

El grado alcohólico de la escritura


¿Cuánto y cómo influye el gusto por las bebidas espirituosas en la literatura? ¿Influye en la obra de los escritores bebedores, o solo en ellos? ¿Cuánto importa en realidad esto?



Edwin Guzmán Ortiz

¡Cuánto habrá bogado la nave literaria por mares de alcohol! Desde la máquina de escribir centineleada por la botella de trago, la interminable tertulia en bares consuetudinarios o la escritura macerada que implosiona los sentidos corporales y textuales, hay una larga y procelosa historia.
Complicidad subversiva la de la literatura y el alcohol. En muchas obras constituye un verdadero personaje, o en su caso se despliega como una atmósfera que tiñe la historia de un efecto embriagante. Por supuesto que una cosa es la bebida en la vida de los escritores, otra la temática de las obras embebidas en alcohol, y acaso una más: la identidad de una escritura amasada entre los fastos del aguardiente. Aquí, se hilará este triple escenario indistintamente, ¡salud!
La literatura testimonia la vida de la sociedad. La bebida es parte -satanizada o no- de las relaciones sociales, ya en las esferas del poder, la vida cotidiana, en los márgenes, la fiesta, los grandes acontecimientos en fin, tiene demasiado que ver con el espíritu humano, individual y colectivo. Los bebedores y el alcohol forman parte de esa condición disruptiva que hace a la naturaleza humana.
El alcohol comunica o aísla, alegra, acompaña o ahoga las penas, enciende la fiesta, da calidez al velorio o resucita al difunto en Todos Santos. Anuda a los amantes, los enfrenta o los separa, su aspersión en el ritual abre las puertas al horizonte del deseo, también convoca a la locura y la muerte. Manso y concupiscente, venial y mortal, el alcohol es y está.
La vida de no pocos poetas y escritores ha estado fuertemente ligada al alcohol como inductor creativo, fuente de inspiración, o como fatalidad desde una alcoholatría que ha terminado ahogando a no pocos.
Se da el caso de escritores que han adquirido gran fama por borrachos más que por el peso específico de su obra. Pienso en el norteamericano Charles Bukowsi, o de otros bebedores oceánicos, que han forjado su obra a través de una pulsión frenética por el exceso; pienso en Dylan Tomas quién remató sus días después de 18 shots de whisky; o el inglés Malcolm Lowry, que mueve las coordenadas del mundo y de lo real en su famosa novela Bajo el volcán llegando a confesar, con una mano escribo y con la otra me sostengo.

¿Y por casa?
Los escritores bolivianos no han sido ajenos a este hado. Parte de la literatura boliviana ha corrido paralela a evidentes ríos de alcohol, hecho parcialmente velado ya que el establishment  institucional y literario no ve con buenos ojos que una actividad “tan noble” como las letras pueda andar por ahí, con el tufo a cuestas. En cambio, el poeta norteamericano underground, William Burroughs, declaró públicamente que en Estado Unidos, el alcohol es la droga nacional. 
En general, dos actitudes frente al alcohol se perciben en la literatura boliviana, una de extroversión y fiesta, otra de introspección y aislamiento. En la primera es paradigmática La Chaskañawi de Medinacelli, donde la fiesta, los akhawasis y las farras inundan la atmósfera de Chirca; ahí, la trasgresión de lo cotidiano, la subversión de las relaciones sociales y el incesto van a contrapunto de la libación, planteando un verdadero retrato de la mentalidad y cultura de parte de la sociedad boliviana. 
La obra del escritor y poeta paceño, Jaime Saenz, representa nítidamente la segunda actitud, actitud que trasunta una filosofía. Ya en su novela Felipe Delgado Saenz, a través de su personaje, revela una búsqueda trascendente, donde el alcohol y la bodega son el medio y el escenario para esta consagración metafísica.
La escena saenzeana se halla atiborrada de monólogos delirantes, pesadillas, zonas donde la realidad se confunde don el delirio del alcohólatra, siempre en busca de una verdad interior que no se transa.
En su poemario La noche, ha desplegado una escritura intensa exhibiendo los límites de la experiencia del alcohol, desde una suerte de mística profana, escribe: “La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora que imaginarse pueda / es sin duda la experiencia del alcohol. / Y está al alcance de cualquier mortal. / Abre muchas puertas. / Es un verdadero camino de conocimiento, quizá el más humano, aunque peligroso en extremo”.
Una experiencia similar, pero no sin cierta costra política, la detenta el poeta español Leopoldo María Panero, de la horda de los malditos, quien, dueño de una incurable dipsomanía terminó escribiendo una apología de la ebriedad: Para una teoría del alcohol y el alcoholismo, en la que el poeta proclama que “el alcohol refuerza la identidad, crea un Yo intenso, un Yo absoluto, que es a la vez Todos y Nadie, y que luchará contra el Yo no intenso”,  bajo el principio de que la embriaguez, el ocio, la poesía y el arte en general, personifican la ruptura del criterio utilitario que pugna por  imponer el sistema de la economía mercantil a través de esa dicotomía perversa entre lo productivo (el trabajo) y lo improductivo (lo onírico).
Era de dominio público que el “Toqui” Borda, anárquico y transgresivo, participó en la entrada de un carnaval paceño vestido de impecable frac, con un pedazo de bosta en la solapa, y coronado por una ebriedad luminosa. Está por verse cuánto incidió su voraz  alcoholatría en la escritura de El Loco, ya, de suyo, una obra que hace un cocktail de los géneros tradicionales, y a momentos es dueña de intensas verbalizaciones cual el discurso de un brioso bebedor en la grupa de un bar.
El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, al igual que Ramón Rocha Monroy calan en una reflexión sobre ese trance poético de la percepción en la ebriedad moderada. Ribeyro, que reconoce en ella un método de conocimiento, en sus Prosas apátridas confiesa: “La única manera de comunicarme con el escritor que hay en mí es a través de la libación solitaria. Al cabo de unas copas, él emerge. Y escucho su voz, una voz poco monocorde, pero continua, a momentos imperiosa. Yo trato de retenerla...”.
Rocha Monroy ha hecho una lectura sutil de los instantes en que el alcohol se embebe delicadamente en el espíritu creativo, conjugándose el entusiasmo y la contemplación en una dialéctica luminosa de colores, contrastes y el flujo sutil de un palabreo inédito.
Nuestro gastrósofo, incluye junto a la comida a la bebida como parte de fundamental del savoir vivre criollo, llegando a manifestar  en Todos los cominos conducen aroma,  “¿Cómo se puede filosofar sobre la existencia conteniendo las ganas de evacuar, hacer el amor, comer, beber, embriagarse?
Protagonista y explorador del submundo paceño es Víctor Hugo Viscarra, quien a través de sus cuentos Alcoholátum y otros drinks, y su crónica autobiográfica Borracho estaba pero me acuerdo revela la existencia de los márgenes y la impiedad que padecen los condenados de la urbe.
Además de los marginales, lumpen, putas y k´epiris, el alcohol es un personaje permanente en sus escritos, es más, sus personajes se hallan modelados por la aspereza de la bebida que alternativamente los protege y los destruye.
En el texto Recuerdo perdido en el deseo, relata “y fue ese mismo alcohol el que en un momento dado nos transformó de dos seres humanos en dos animales en celo; y el baño de dicha cantina, sucio y pestilente, donde se conjugaban vómitos y porquería, se convirtió en nuestro tálamo nupcial”.   
Trasferir los propios demonios a la virginal página en blanco además de un acto de exorcismo, puede constituir paradójicamente un acto de posesión: la reproducción de los infiernos que se gestan en el imaginario creativo y se prolongan en el imaginario colectivo, abre las compuertas a ese infinit turbulent que experimentaba Michaux.
El grado alcohólico extremo de la escritura del alcohol, tiende a subvertir el lenguaje. Las palabras -ni más ni menos que la verbalización del ebrio- sufren dislocaciones de sentido, cortocircuitos, suben de volumen o se despliegan en incesante ritornello. Dicen y se desdicen, saltan de un tema a otro y encallan en medio del argumento, dueñas de pronto de una lucidez extrema estallan como un cohete en el azur, o inexplicablemente se ensimisman y se autodevoran. Gimotean, se confiesan, montan en cólera, tallan unos personajes extraños, revelan a retazos su dolor y son, en su venturosa desventura.  ¿No se parecen acaso al discurso de una de las obras cumbres de la literatura contemporánea, el Finnegans Wake de Joyce?
O de pronto, el alcohol otorga al escritor el temple exacto para tejer las palabras precisas, los sentidos supremos a su obra. Ni más ni menos como la inolvidable Gladys Moreno le aplicaba  antes del concierto unas copas de whisky para soltar la voz y darle el clima afectivo perfecto, o como el médico dipsómano que se empuja un vaso colmado de trago para acometer la cirugía a través de un pulso impecable, lo que le permitirá las incisiones perfectas para prolongar la vida.


La palabra teleférica

Los senderos del 2016

Una profunda y diferente reflexión existencialista; qué mejor en esta época de recomenzares.



Juan Pablo Piñeiro

El mundo de por sí es infinito, el universo no se queda atrás y ni qué decir de las galaxias. Por eso no sorprende que solamente haya un ganador en la carrera previa a nuestra concepción. El resto de los espermatozoides seguramente se instalan en otros lugares del universo, en los confines más lejanos. Hay campo.
Váyase a saber cómo es que llegan allá o cómo logran mantener intacta esa chispa que jalan desde no sé dónde para correr y fecundar, para crear el cuerpo, la persona y el rostro de aquel ser que transmite desde algún punto del firmamento. No se sabe cómo estas vidas fallidas llegan de pronto a lugares tan lejanos. Como si los tragara un agujero negro. Sacando cuentas, cada uno de nosotros representa a millones de seres increados, ¿pero en qué se transforma lo que no pudo ser? ¿Dónde habita? ¿De qué está hecho?
Me es fácil imaginar lo que me puedo hacer decir por hacer estas preguntas. ¿A quién le puede interesar semejantes cosas? La mayoría, y me incluyo, está en otra. Anda encima de la serpiente. Una serpiente que a pesar de que se come su propia cola, lo cuál está bien, no es ninguna serpiente. Es una imitación burda. Como esas flácidas víboras de goma que utilizan los bromistas. Y nosotros ya ni siquiera caminamos la serpiente, nos dejamos arrastrar como si fuera una escalera mecánica. Y al final toda esa alquimia propia del mundo termina sepultada en el cuerpo que la valida, que es la prueba viviente de su milagro. Y el milagro termina convertido en la desabrida rutina de hacer fila como un idiota para ser atendido en un banco, sin ganas de sonreír. La cartografía que hacemos de nuestro propio futuro se ha vuelto tan pueril, que en verdad no tiene nada que ver con nosotros. Y mientras tanto el tiempo pasa, como pasan las vacas en fila al matadero.
Sin embargo, la importancia de saber a dónde va todo eso que dejamos tras nuestro y en qué se convierte radica en el hecho de que seguramente allá iremos a parar. Quizás al nacer o al morir simplemente cambiamos de dimensión, de tiempo o de sistema. Quizás los famosos agujeros negros no sean otra cosa que aquello que llamamos vientre o tumba. Puertas por las que transitamos al infinito con la intención de que cada uno viva todas las vidas que existen.
Son muchas cosas las que se pueden intuir del universo, sobre todo la idea de que todo existe, y aun así no podemos tener una sola certeza. Quizás esa sea su verdadera esencia. Por eso seguramente místicos de la talla de San Juan de la Cruz, hablan del “no entender entendiendo”. Seguramente esa es la mejor manera de acercarse a la infinitud.
Aun con todo esto, la cosa es más compleja si uno piensa en el otro. Simplemente porque es imposible sentir como el otro. Nunca sabremos con exactitud si cada uno de nosotros le dice verde al mismo color, o redondo a la misma forma. Es imposible sentir lo que siente el que está a nuestro lado. Incluso si apelamos a la mera objetividad, aquella que promulgan los científicos para determinar el mundo, solo podemos estar seguros de nuestra existencia, quién sabe si los demás tan solo son una poderosa prolongación de nuestra imaginación.
Y la cosa es aún más complicada cuando uno descubre que ese otro puede ser uno mismo. Cada día, por más de que tengamos una rutina de hierro, se despierta en nuestro cuerpo una persona totalmente distinta a la que se ha acostado la noche anterior. Es imposible que sintamos las mismas cosas que sentíamos hace una semana, hace un mes o hace muchos años. Y seguramente aquella persona en la que nos convertiremos también sentirá de una manera distinta. Entonces, ¿por qué tenemos que cargar con las ideas y la identidad de una persona que nunca será igual a nosotros? ¿Somos nosotros?
El mundo es infinito de por sí y a eso se suma que cada ser mira un mundo distinto. Un mundo que se configura con la mirada, con las ideas, con las sensaciones de cada quien. Lo único que se puede confirmar es que la realidad muta cuando alguien la mira hasta convertirse en un espejo. Quizás eso nos permite sobrevivir el enigma, sino sería insoportable. Lo único que podemos sacar en limpio es que cada manera de mirar labra un infinito distinto en la piel de las cosas. Por lo menos así parece.
En lo que a mí respecta, creo que si el infinito tiene género, seguramente es femenino. Así como el mundo puede tener la silueta de una mujer embarazada. El límite de su vientre es la atmósfera y más allá todo es oscuro. Quizás aquí nos estamos gestando. Quizás para dar a la luz, esta madre necesita transformar todo. Quizás la sensación previa al nacer se parezca a la de estar en este mundo. En el vientre de esta madre que es una tumba.
Por eso yo me quedo con la poesía. La poesía que ilumina sin pesadez lo que excede al lenguaje. La poesía que con la fuerza de su humildad supera a la filosofía. Y me vienen a la mente los versos de un gran poeta peruano, José Watanabe: “No se puede amar lo que tan rápido fuga / Ama rápido, me dijo el sol. // Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino/ a cumplir con la vida: / Yo soy el guardián del hielo”.
El guardián del hielo en el perverso reino del sol. Y de pronto retorno de las lejanas galaxias a mi sitio en la fila del banco. Es mi turno. Soy otro y descubro que el que fui hace media hora estaba leyendo, para matar el tiempo, una gran noticia en el periódico: Senderos, el libro inédito de poesía de Jesús Urzagasti saldrá este mes con La Mariposa Mundial. Y vuelvo a leer el pequeño fragmento que han publicado: “El hombre inventó el puente / para cruzar de una orilla a otra / eso es evidente y se lo ve todos los días. // En cambio no está claro por qué alguien / se apoya en la baranda y mira pasar las aguas rumbo al mar”.
Y entonces entrego mi ficha al cajero. Por fin me toca a mí. Pregunto por un pago. No ha llegado. No importa. finalmente el que estuvo esperando no era yo. Yo que no tengo certezas y por lo tanto no soy el guardián de nada.


Parhelio

[Todo y peste II]


Segunda, pero no última entrega de esta serie de ensayos en la que el autor reflexiona –entre mucho más- sobre sociedad y civilización en el mundo actual.



Rodolfo Ortiz 

Un no al nosotros inclusivo
La historia vista como un todo organizado es en el fondo un elogio de los que dicen nosotros en su empleo inclusivo. En términos más locales diríamos, por ejemplo, que la palabra “indio” cuando se la trata de manera inclusiva se llama “indigenismo” o “indianismo”, un gesto que incluye y al mismo tiempo censura aquello que insiste como grito “ininteligible”. La gramática distingue en ese pronombre bastante sospechoso dos modalidades enunciativas: una inclusiva, cuando el que lo pronuncia incluye al interlocutor; y otra exclusiva, cuando el que lo pronuncia excluye al interlocutor. Destacaría que las formaciones culturales de aquende y allende han explorado diversas variantes del nosotros inclusivo sin prestar atención a lo que quedaba concentrado detrás de la otra modalidad de enunciación. Sin embargo, la historia no es un todo intocable, pues su espectro llega a ser interpelado por aquello que dice no a tal totalidad. ¿Qué significa que el Psicoanálisis haya escogido el Yo [Je] cuando los saberes contemporáneos a Freud y Lacan habían elegido el nosotros? ¿Por qué Freud no escribió Wo es war, sollen Wir werden [Allí donde eso era nosotros debemos advenir] y optó por un menos pretencioso Wo Es war, soll Ich werden [Allí donde eso era debo yo advenir]?
Ante tal moterialismo propondría una salida política antes que histórica, digamos haciendo eco a la que sugiere Rancière sobre la configuración del espacio inclusivo que en su movimiento abrazador suele no oír el otro lado de aquello que circunscribe. Escribe Rancière: “El rechazo a considerar a determinadas categorías de personas como individuos políticos ha tenido que ver siempre con la negativa a escuchar los sonidos que salían de sus bocas como algo inteligible”. Que es una manera muy lacaniana de replantear la idea de “hombre político” que legó Aristóteles y perduró durante siglos, cuando proponía, el estagirita, que “hombre político” es quien posee el lenguaje que pone en común lo justo y lo injusto, mientras que el “animal” solo tiene el “grito” para expresar placer o sufrimiento.
No es difícil inferir de esta división que no basta con saber quién posee el lenguaje y quien solamente el grito. En todo caso, optaría por interrogar ese espacio de inteligibilidad que queda afuera, que es fundamentalmente un espacio crítico de habla y de escucha, en contraposición a ese otro espacio del nosotros, de aquello que consideramos nuestro gran nosotros, que sin recelo se podría nombrar como el gran Otro de la sociedad. Un espacio, insistiría, en el que opera un sentido histórico a partir de la reminiscencia, el reconocimiento, la continuidad o la tradición, los cuales representan una modalidad platónica de la historia que es posible poner en cuestión. Interrogar a este nivel vendría a ser algo así como un proceso disociativo y des-cubridor de la inconsistencia que sostiene a todo discurso.
La “inconsistencia del Otro” es un giro que se introduce como una respuesta crítica al planteamiento del “acto de fe” que implica operar al interior de un sistema social de signos motivados. Esto sin duda refuerza el hecho de que hoy, por ejemplo, sigamos arrastrando un pensamiento teológico sin pensar en el acto de fe que esto acarrea. Ejercemos un acto de fe en la sociedad, donde divinidad y divinidad social llegan a ser intercambiables.

Dudosa sociedad
Y aquí habría que hacerse al menos la pregunta: ¿hay la sociedad?, pues la sociedad es un nombre, y como todo nombre, un engendro dudoso.

Jacques-Alain Miller al respecto menciona:

Consideramos que la sociedad es una evidencia y esto nos lleva a confiar en unas maquinarias que no tenemos la menor idea de cómo funcionan. Pensamos que tenemos luz –mientras la EDF [Electricité de France] no haga huelga–, que hay salas abiertas para estar cómodos, confiamos en poder tomar el tren a la hora anunciada, subimos a máquinas itinerantes. Esto es la sociedad, un sujeto supuesto que suscita nuestra confianza, aunque no tengamos la menor idea de cómo se sostiene y cómo funciona. Vivimos en medio del sujeto supuesto saber sin pensar en este acto de fe –que no está referido a la divinidad, sino a la divinidad social. Hacemos un acto de fe en la sociedad.

Marx y Lacan hablan del lazo social, pero es Lacan quien lo radicaliza como un elemento no equivalente al de sociedad. El lazo social es un concepto que hace estallar el Uno de la sociedad, pluralizando aquello que nos fascina pensar como un todo, es decir, haciendo aparecer el Uno social como algo ilusorio, lo cual no impide que la sociedad tenga un porvenir a título de ilusión.
La lectura del malestar postmoderno (si es posible otorgar aquí a este término un rasgo intercambiable, desajustado, disyuntivo, de adikia) se clarifica a partir de esta idea del discurso como un lazo social basado en la inconsistencia del lenguaje y no en lo social como un espacio igualitario entre semejantes. En este sentido, el lazo social es transindividual, pero al mismo tiempo se sostiene críticamente en un campo intersubjetivo, donde lo que prevalecen son las articulaciones posibles de una red simbólica siempre fallida que regula de diferentes maneras las relaciones sociales. Un lazo igualitario, señala Lacan, conduciría inevitablemente a la guerra, y la guerra tal como Freud la vivió y la pensó desde 1914 (cuando sus tres hijos fueron subsumidos en ella), es la más clara manifestación de la pulsión de muerte en la actualidad. La explosión de la pulsión de muerte durante la Primera Guerra Mundial le enseña una profunda verdad sobre la imposibilidad de las relaciones igualitarias: el descubrimiento de que el odio es inseparable del amor. Freud instaló esta idea en el centro de su pensamiento sobre el malestar en la cultura y esto mismo le reveló la estrecha relación que existe entre el avance tecnológico y la autodestrucción paulatina del género humano. Así fue cuando preguntó en una carta a Einstein de 1932 qué iba a hacer con su descubrimiento de la materia y la energía, es decir, “el secreto de lo que mantiene todo junto”, descubrimiento que sabemos fue la base de la bomba atómica. Einstein, sabemos, no le respondió absolutamente nada.
A partir de las reflexiones sobre el malestar en la cultura Freud pone en evidencia que la civilización moderna parece trabajar para la destrucción de sus hablantes, lo cual hoy sigue siendo una constatación. Freud promovió un cierto escepticismo con respecto a ese “sentimiento oceánico” que le había manifestado su amigo Romain Rolland, donde podría darse un acuerdo entre todos los seres, como una lengua que podría hacer lazo. El psicoanalista que un día imaginó traer la peste a este continente estaba más bien convencido de la profunda ambivalencia de los sentimientos humanos. No hay amor sin odio, es su descarada verdad, y también su opuesto, no hay odio sin amor. Esto explicaría los terribles desenlaces a los que han llevado las innumerables “historias de dobles” que nos representan hasta hoy: dobles que se disputan la misma tierra, el mismo petróleo, la misma isla, el mismo oleaje costero, o más todavía, dobles que jalonean en torno al mismo fetiche y la mutiplicidad de sus brillos. (Continuará).


Cafetín con gramófono

Apuntes sobre los periodiquitos de alasitas


Un recuento comentado y valorativo de las tradicionales publicaciones que aparecen cada 24 de enero.



Omar Rocha Velasco 


·                    Como toda miniatura un periodiquito de Alasitas es un objeto deseable, se deja querer antes de su lectura, produce una sensación de fascinación, guiña los ojos hasta más no poder.
·                    Hacer un periodiquito de Alasitas se ha vuelto obligatorio, ya quedaron lejos esos tiempos en los que era voluntario, hechura de quienes tenían algo que decir. No se trata del famoso “todo tiempo pasado fue mejor”, se trata de observar que la obligatoriedad afecta al producto, lo hace más aburrido, menos creativo, menos polémico y, por supuesto, más comercial. No hay nada mejor que hacer las cosas porque se quiere (deseo puro) y no porque mi trabajo depende de ello.
·                    Los que han escrito y analizado los periodiquitos de alasitas, por ejemplo Virginia Ayllón, destacan siempre una especie de encarnación de la “libertad de prensa”, incluso muestran ejemplos de cómo muchos periodiquitos fueron censurados (sacados de circulación) y sus autores perseguidos porque afectaban los intereses de quienes ejercían el poder.
·                    Nada mejor que los periodiquitos contemporáneos para tomarlos como contra ejemplo, todos respondiendo a su línea y directrices políticas, nadie que se salga un poco de los márgenes de lo que está ya trazado. Solo es cuestión de ver las portadas. La Razón y Cambio en contra del Municipio, Página Siete en contra del Gobierno, etc. Se parte de esa consigna previa y si se puede poner algo de creatividad al respecto mucho mejor (allí resuenan las palabras de los directores, ya los estoy escuchando: “a no olvidar que estamos en un año electoral…”).
·                    Los periodiquitos de Alasitas de hoy en día, se sostienen más en las bondades del fotoshop que en las posibilidades de la palabra, una pena... Ya hasta es aburrida la repetición del recurso: variación de la foto de la película de moda, variación del nombre en una o dos letras, variación leve de la noticia. Estoy seguro que este año habrá un montón de fotomontajes valiéndose de los personajes de Star Wars (dejaría que me raspen la cutícula del pulgar derecho si no es así).   
·                    ¿Por qué los periodiquitos serán tan coyunturales? Alguien que sabe que le van a pedir hacer un periodiquito se puede guardar cosas para acordarse de lo que pasó en el año, digo yo.
·                    En medio de todo esto está la excepción, el desliz, la sutileza y prestancia de periodistas que tienen la pluma caliente y gozan irreverentes (nos hacen gozar) de buen humor y de algo de ejercicio libre de su profesión, me saco el sombrero por ellos, muy pocos.
·                    Gracias a las preocupaciones cartularias de Rodolfo Ortiz, accedí a un catálogo de periodiquitos de Alasitas que hiciera Antonio Paredes Candia en 1982. Aquí una pequeña muestra que no necesita mayores abundamientos:
El tábano: La Paz, 24 de enero de 1867. Bur… bur… bur… Ya está por acá señores el Tábano dando vueltas por la plaza de Alacitas.
El burro: La Paz, 24 de enero de 1869. Rebuzno, periódico Alacítico grave, serio, formal y pesado. Redactor: un burro literario.
La crisis: Es un gran diario de combate que acepta duelo y no se bate. Año XCH. La Paz, 24 de enero de 1915.
El Monaguillo: Año 1. Número 1. Alacitas de nuestra señora de La Paz, enero de 1921. Pillín periodiquín / de tinte clerical / dedicado a custodiar / la vida monacal.
El Chairito: Director, don Casto Judex. Administrador, Perico Sardinilla. Este diario se edita en los cielos, nunca tuvo talleres, no adula ni a Cristo y vivirá hasta mañana. La cueva de La Paz, a los 24 días del mes de enero de 1921.
Don Pucho: Director, Sisebuto Pérez Enema. Administrador, Karahuichinca. N° 69, año 1, La Paz, 24 de enero de 1924. Periódico minúsculo que, entre broma y broma, ataca, critica, ridiculiza y embroma.
Banderita Roja N° 1. Diario anual que circula la víspera de su fecha. Vocero y defensor del clericalismo y la burguesía. Agencia de venta: Todos los conventos. Año 1, La Paz, 24 de enero de 1927.
El tío pelotas: Alacitas de nuestra señora de La Paz, 24 de enero de 1932. 10 cts. Director: Siscucho cucho. Administrador Piralta Palta. Órgano del mundo enano/que aparece cada año/viene a romper el pellejo/de tanto político viejo.
La cholita malnatural: Órgano de las Recoveras. Directora: Tumba Cuatro. Administradora: Zoila Aguantadora. El único diario del mundo que sale una vez al año. N°II. Alacitas de 1936. Año XI.
Plato paceño: Este platito sabroso a todos causa alborozo. N°1, La Paz, 24 de enero de 1950. Publicación algo fosca/ no pertenece a la rosca/  precio bastante urbano / vale solo 1 boliviano/ y, aunque lector te resistas/ este diario es redactado/ por un grupo ya egresado/ del curso de periodistas [sic].
·                    Ya por mi cuenta encontré otro texto de Paredes Candia en el que aparece una definición de Gabriel René Moreno (nada más y nada menos): “El pequeño papel suelto figurando gaceta o sea periódico pigmeo, generalmente de fines o comienzos de año, impreso por juguete o para burla o murmuración”.
·                    ¿Cuándo aparecieron los periodiquitos de Alasitas? La fecha es dudosa, Paredes Candia conjetura que fue en la década de los 40 del siglo XIX. Otros dicen que éstos se empiezan a publicar en 1846 con el periodiquín La Época (León M. Loza y Acosta).
·                    El periodiquito de Alasitas más antiguo que tuve entre mis manos se llama La Coqueta, es de 1876, hermoso y diminuto engendro de la imaginación, yace en algún anaquel del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, en Sucre.
·                    Algunas personas de bien que se ocuparon de coleccionar, estudiar y/o catalogar estos “periodiquitos pigmeos” fueron: Gabriel René Moreno, Nicolás Acosta, Carlos Bravo, Rigoberto Paredes, León M. Loza, Alcides Arguedas, Humberto Vásquez Machicado, Ismael Sotomayor y Mogrovejo, Antonio Paredes Candia, Carlos Serrate Rich, Valentín Abecia Baldivieso, Arturo Costa de la Torre, Virginia Ayllón, etc.
·                    Frente a esto uno siempre tiene la sensación de estar haciendo novillos, pero por otro lado, uno tiene ganas de hacer novillos.