lunes, 21 de diciembre de 2015

Ensayo

Mantecosas y lustrosas: algunos gordos
y algunas gordas en la literatura


De Sancho Panza a Ignatius Reilly. La poética de la gordura desde personajes, a cuál más entrañable, de la literatura universal.




Virginia Ayllón


…mantecosa, con las manos abotagadas y los dedos estrangulados en las
falanges -como rosarios de salchichas gordas y enanas-, con una piel suave
y lustrosa, con un pecho enorme, rebosante, de tal modo complacía su frescura,
que muchos la deseaban porque les parecía su carne apetitosa
                                      Bola de sebo



La gordura nos produce ternura o rechazo, nos posiciona siempre en el extremo: o los queremos o los rechazamos.
Claro que la gordura es hecho serio y no tan solo médico sino también hecho del lenguaje. Ambigua como las más, esta palabra suele remitirnos a confusos significados. Así, un “libro gordo” puede referirse a un hermoso diccionario o a un pesado conjunto de páginas que no dicen nada. Lo mismo, los “peces gordos” pueden ser buenísimos como malísimos. Historiadores como el francés Georges Vigarello la ha estudiado y precisamente el seguimiento a la palabra le ha permitido bucear en los significados sociales de la gordura.
La dudosa significación de la palabra se ha trasladado, por supuesto, a la literatura y nos es entrañable la nobleza de Bola de sebo de Maupassant como pueden ser intranquilizadores el nihilismo y la terquedad de Ignatius Reilly de John Kennedy Toole.
Celebramos la gordura de Gargantúa (Rabelais) que nos recuerda el placer del vino de Baco, al que casi iguala Obelix (Goscinny y Uderzo) quien decía de sí mismo que estaba “exactamente un poco rellenito”. Igualamos en estos personajes la embriaguez y el abandono con la libertad, pero no nos produce lo mismo la ruda sabiduría no libresca del siempre bien amado gordo Sancho Panza (Cervantes).
La gula, pecado capital, ha sido puesta en el lado de la pasión y, por ese efecto, el gordo es quien no controla sus instintos; en cambio la delgadez se ubica del lado de la racionalidad. De ahí que es interesante que detectives gordos o casi gordos como Poirot de Agatha Christie o Jules Maigret de Georges Simenon se encuentren en las mismas arenas que el delgadísimo Sherlock Holmes de Conan Doyle.
Entonces no se puede hablar de la gordura sin referirse a la delgadez, historia marcada en los cuerpos femeninos y es sabido que la literatura ha puesto lo suyo en la norma moderna del cuerpo femenino delgado. No es este espacio para analizar la delgadez femenina. Nada más diré que El peso de la tentación de la argentina Ana María Shua es una interesante novela sobre la búsqueda del ideal moderno de la apariencia perfecta, puesta en espacios cerrados, clausurados.
Volvamos a la gordura, esta vez desde la pintura ya que las gordas de Rubens como las de Botero dicen del extremo de la sensualidad como la forma de la vitalidad. Claro que las  pinturas de Botero sobre la prisión iraquí de Abu Ghraib también registran la tortura en cuerpos obesos.
En la danza está el gran Lawrence Goldhuber, bailarín de la compañía de danza de Bill T. Jones y Arnie Zane de Nueva York. Como bien dice una periodista del Chicago Reader, al ver por primera vez a Goldhuber en escenario uno no sabe si éste lanzará una sarta de chistes o bailará porque estamos ante un sujeto alto, muy gordo y calvo, es decir ante un cuerpo comúnmente apegado al show cómico más que a la danza. Pero basta verlo iniciar su trabajo para engancharse con ese tremendo bailarín y desear que nunca, nunca, nunca  deje de bailar.
Bailar, beber, reír, abandonarse... he ahí el legado de los gordos para la humanidad. ¡Benditos sean pues  los gordos… y las gordas!



ALTIplaneando

El espejo frente al espejo


Desde la filosofía y la literatura; desde las artes plásticas, sobre todo, y también desde la psicología. La complejidad y ambigüedad de la imagen reflejada/refractada.



Edwin Guzmán Ortiz

Nuestro comercio civilizatorio con el espejo no parte exclusivamente de la relación cotidiana con aquel sutil utensilio. Se remonta más bien a un pasado inmemorial en el que el rostro se veía reflejado en el agua, la superficie de un metal, o en algún material pulido por la mano, o por la mano del tiempo.
El espejo es un objeto hecho de vidrio + una base de metal reflectante. De la función básica de reflejar un determinado objeto, salta a condición de complejo artefacto capaz de copiar el mundo, de reproducir las formas a su imagen y semejanza. Este poder facsimilar, lo proyectó a la categoría de símbolo, un órgano de autocontemplación con capacidad de reflejar el universo.
A veces, con funciones fatales como en el mito de Narciso que, enamorado de sí mismo, a partir de la propia contemplación en las aguas de un estanque, consuma su muerte prematura -la autocontemplación narcisista puede culminar en la autofagia. O con facultades supremas, como en la filosofía sufí, donde Dios es el espejo en el que tú te ves a ti mismo, así como tú eres Su espejo en el que Él contempla Sus nombres.
Aunque la física ha desplegado una mitología propia acerca de la reflexión de la luz,  implicando sus rayos en un juego de incidencias lumínicas a partir de ángulos copulativos, su verdadero interés creativo estriba en la contrastación reflexiva que ocurre en el juego de varios espejos, como en el caso de las imágenes caleidoscópicas, o la mecánica incidencial que trabaja distancias y ángulos en el vientre del telescopio. Es más, asombra la convergencia entre la física contemporánea con los hallazgos silenciosos del arte.
Tradicionalmente los espejos han sido reconocidos como símbolos del alma, de la sombra y del espíritu. Frazer señalaba: “así como muchos pueblos creen que el alma humana radica en la sombra, así otros (o los mismos), creen que reside en la imagen reflejada en el agua o un espejo”. Otto Rank por su parte, los relaciona con el doble, pues también actúan como metáfora de desdoblamiento de la personalidad.
El psicoanalista francés Jaques Lacan, ha caracterizado una parte importante de la formación del yo, en el infante, a partir de lo que ha denominado el “estadio del espejo”. Éste está plagado, ni más ni menos de todo ese bestiario que desencadena la autopercepción corporal, la constitución de un imaginario referenciado, la danza libidinal, el desfase entre lo real y lo virtual, su orden ficcional y el popurrí de mediaciones simbólicas que brota entre un yo bisoño y un alter que se cree perenne.
Mas -¡cuándo no!- el arte ha explotado un volumen inimaginable de posibilidades desde esa capacidad  enorme que sugiere el espejo para explotar la naturaleza humana, la identidad, la cultura, la naturaleza y el propio universo. En esa perspectiva no resisto la tentación de acercarme a ciertas obras que, espejo por medio, me han motivado el genitivo entusiasmo y la consecuente perplejidad por su generosa prédica.
Tres pinturas -para mi gusto- coronan la feliz iniciativa de introducir el espejo en sentido filosófico. El matrimonio Arnolfini, de van Eyck; Las meninas, de Velásquez y el Hombre mirándose la nuca, de René Magritte. 
En los Arnofinni, al fondo, detrás de la pareja, se percibe un espejo redondo de escasas dimensiones que, de alguna manera, captura un espacio escondido del cuadro. Su ubicación es central. Más de un experto  ha visto en ese espejo el centro de gravedad de todo el cuadro. Su posición y contenido captura nuestra atención: una suerte de “círculo mágico” ubicado con increíble precisión para magnetizar la mirada y revelarnos un enigma del cuadro. Ni más ni menos, una llave.
Velásquez en Las meninas -su obra más famosa- plasma en un espejo al fondo del cuadro, una pareja, dos retratos unidos de Felipe IV y su segunda mujer doña Mariana de Austria. Ambas figuras se superponen unidas allende el lienzo, pero reflejadas en el espejo que está colgado en la pared al fondo del cuarto que sirve de estudio al artista.
En general, se ha considerado que la aparición de los reyes en el espejo de la pared del fondo sería una de las claves, quizá la más importante, que permitiría interpretar el significado de este cuadro. ¿Velásquez pinta a los reyes que supuestamente posan fuera del cuadro?, o ellos aparecen  en el espejo como simple presencia no protagónica?... las exégesis se continúan multiplicando como la imagen incesante de los espejos.
Magritte, en su pintura Prohibida su reproducción, muestra un hombre de espaldas frente a un espejo, que en vez de reflejar su rostro, reproduce su posición de espaldas, efecto que despierta una sorpresa insólita. Aparentemente simple, pero terriblemente cuestionadora a la hora de pensar que la mecánica reflejante del espejo convencional ha sido transgredida. Ese no-reflejo es una subversión del sistema de correspondencia establecido, y la obra nos invita a repensar otras posibilidades de reflejar el mundo, donde el reflejo se resiste a la trampa cartesiana, para ensayar un salto a lo insólito.
No sería justo dejar fuera del orden visual los dibujos de M.C. Escher. Probablemente, el más conocido sea La esfera reflejante, que copia el rostro del dibujante holandés, con la distorsión de la forma original no, precisamente, una anamorfosis. Pero en la obra que despliega su gran capacidad creativa es en Espejo mágico, en la que un plano cortado oblicuamente por un espejo vertical es travesado por pequeños felinos alados que al hacerlo se desdibujan para volver a redibujarse en tridimensional metamorfosis. En el antes, a través y después del espejo, los pequeños monstruos se imbrican en teselado, mientras una expectante esfera da la pauta para el complejo haz de reflejos especulares, desde su monda fijeza. 
El espejo, filme del cineasta ruso Andrei Tarkowski recupera desde la memoria esa biografía íntima de sucesos personales e históricos de la URSS en tiempos de revolución. El espejo refleja el interior del ser humano y los hechos dramáticos en la vida de los principales personajes: Aleksiey, María, Natalia e Ignat. Es, a su vez, una metáfora fundamental de esa visión que recupera la función psicoanalítica de los estados de la conciencia humanos, en los que se refleja y busca comprender los hechos que emergen y que se van desmenuzando en la memoria. La película, cual inmenso espejo, que tiene el poder  de revelar el mundo interior de Tarkovski y sus personajes, desde un tiempo plagado de nostalgias, extravío, incertidumbre y destellos de fe.

De este modo el arte devendría en otro espejo que, además de reflejar el mundo, no cesa de sugerir otras maneras de construir la realidad. El poema de Borges lo concibe así: “A veces en la tarde una cara / nos mira desde el fondo de un espejo; / el arte debe ser como ese espejo / que nos revela nuestra propia cara. 

Parhelio

[Todo y peste I]


Primera parte (primer fragmento inconcluso) de una serie de entregas de esta columna mensual sobre el mismo tema.



Rodolfo Ortiz 

En torno a la conocida idea de Max Weber sobre el “desencanto del mundo”, quisiera referirme a una atmósfera, aquella en la que Poe percibió que nacía una sociedad nueva y amenazante regida por lo que llamó “la utilidad directa”. También quisiera recordar que al interior de tal atmósfera la desolación de sus habitantes vio nacer el “materialismo” de Marx y, si me permiten el neologismo de Lacan, el “moterialismo” de Freud.[1]
Entre Marxismo y Psicoanálisis existen desbordes saludables que posibilitan nuevas lecturas de los nombres que tratan de definir nuestra época. “Modernidad”, “Postmodernidad”, “Capitalismo”, “Democracia”, “Populismo”, et al., podrían encontrarse entre los de mayor circulación actual. A cada relevo de estas palabras, a cada entrada de un nuevo discurso organizado, corresponden ciertos efectos y variaciones sobre lo que llamamos subjetividad. Los alcances críticos de este proceso es lo que el discurso marxista y psicoanalítico demuestran a cada giro interpretativo o interpelativo en el campo social o individual. Pero también, no cabe duda que el carácter reaccionario de ambos discursos con respecto a los síntomas contemporáneos surge, en primer lugar, en el intento de pensar sus objetos de estudio valiéndose de las categorías de su época, es decir, haciendo pasar la singularidad de sus descubrimientos por el molino de los lenguajes modernos que les fueron, de algún modo, antagónicos.
Marx tuvo que elaborar su crítica de la razón capitalista recurriendo a las ideas de Hegel y Freud necesitó elucubrar sobre el determinismo inconsciente a través de conceptos ligados a la biología, la física e incluso la antropología de su época. Esta dinámica, sin embargo, es la que Althusser rescata para conferir al Psicoanálisis y al Marxismo un rasgo común que los articula; la de ser los verdaderos “hijos sin padre” de nuestra época, lo que equivale a decir, la de encarnar un lugar sin filiación que desordena las cosas en la cultura y civilización de nuestro tiempo.
Y dentro de esta atmósfera “reaccionaria” es que quisiera articular un significante que Freud lanzó casi anecdóticamente a la sociedad norteamericana a principios del siglo XX, un significante cuyas vicisitudes supuso dos movimientos determinantes para pensar el lugar del discurso psicoanalítico contemporáneo con relación a los destinos del capitalismo tardío pronosticado desde Marx. Cómo la “peste” freudiana fue neutralizada en Norteamérica y cómo en ese mismo movimiento fue instalado el germen de lo que en la actualidad lo amenaza desde adentro. Hacia estos destinos, en última instancia, me dirijo en los acápites que siguen.

El nombre de la peste
En 1955, después de una conferencia en la Sociedad Neuropsiquiátrica de Viena, Lacan afirma tener de la boca de Carl Gustav Jung la siguiente anécdota. En 1909 Freud llegaba por primera vez a los Estados Unidos a dar una conferencia en la Clark University de Worcester, no bien había arribado Freud murmura al oído de su amigo y discípulo Jung: “No saben que les traemos la peste”.
Durante muchos años Jung había reservado únicamente a Lacan esta importante información, lo cual no deja de ser históricamente significativo, pero a su vez Lacan la interpreta subrayando que Freud se había equivocado, pues creyó que su descubrimiento sería una revolución para América, cuando fue en realidad este continente quien lo devoró retirándole su espíritu de subversión. Elisabeth Roudinesco, al respecto, realizó un amplio y detallado estudio de este proceso de la América freudiana de la primera mitad del siglo XX, en la cual el Psicoanálisis se volvió inocuo, sin valor revolucionario, donde confluyen, nos dice, “la adhesión a un ideal religioso y un pragmatismo adaptativo”. De manera sintética, el psicoanálisis freudiano en Norteamérica privilegió el yo en detrimento del inconsciente y buscó en la teoría de Freud un medio de adaptación de los individuos a la sociedad pensada siempre como un todo y donde el objetivo era oponer a la decadencia de la vieja Europa una ética de la libertad voluntaria fundada en la noción de profilaxis social. De aquí que las corrientes del postfreudismo fueron atravesadas por una religión de la felicidad e integración inclusiva, pero totalitaria, cada vez más alejada de la concepción del malestar en la cultura propuesta por Freud en 1930 o de la visión de Lacan de un freudismo asimilado a una “peste” subversiva.
Sin duda el nombre de la “peste” que nos llega desde Lacan, a través del murmullo de Freud y el susurro de Jung, representa el sesgo de un anticapitalismo lacaniano que se sostiene en el emblemático “retorno a Freud” y que por debajo de su clara oposición a la American way of life privilegia la posibilidad de reavivar el espíritu amenazador de la “peste” al interior del discurso capitalista. Creo importante destacar que a partir de los modos de este anticapitalismo lacaniano que arranca cuestionando la noción de totalidad, surge la idea de una relación, quizás de un matrimonio no del todo feliz, entre Psicoanálisis y Marxismo.

Todos en peste
Fue Lacan el primero en sostener que la palabra todo marcaba un problema fundamental. Materializado por los griegos en la polis, por los latinos en la República o en el Imperio, por los Cristianos en la comunidad de creyentes de Cristo, por los modernos en el mercado mundial y la universalidad de la forma-mercancía, la palabra “todo”, multiforme y recurrente, traza lo que J.A. Miller llama “una línea del universo”. Y es en esta convicción multifacial y diacrónica del “todo” en la que la palabra “peste” provocó repetidas veces también un trastorno. El todo de la armada griega al comienzo de La Iliada, el todo de la Atenas de Pericles al comienzo de la guerra del Peloponeso, el todo de Florencia en Boccacio, el todo de la colonización bajo la idea distorsionada del cruce entre el “humano” y el “salvaje”, el todo del totalitarismo nazi frente al nombre “judío” o el todo de la globalización actual vista desde los procesos migratorios, todos en peste que anuncian el origen de un terror que atravesó y sigue atravesando a la sensibilidad de occidente.
Es en la puesta en peligro de ese “todo” donde advierto la relevancia de esa voz que circula como “peste” o como cualquier otro sinónimo desplegado en enjambre. Una palabra que suscita lo que ya se podría enunciar como la presencia del no-todo en el corazón mismo del todo.
Y este es el alcance que me gustaría dar al murmullo de Freud de 1909. En el fondo él sabía que no traía la peste a América, pues no dudó en proclamar que los americanos habían transformado el Psicoanálisis “en una mucama para todo servicio de la psiquiatría”, pero no se equivocaba al intuir que el fantasma poderoso del estado americano, después de haber asimilado la cultura europea a su gusto impondría al mundo la imagen de una doctrina momificada y de totalitarismo encubierto.



[1] Más que una apuesta de corte experimental –la palabra (le mot)– del neologismo, Lacan busca la formulación de un neo-logos teórico y político, pues su proliferación de “significantes nuevos” operó como una respuesta a las sanciones de cualquier manifestación totalitaria. A su vez, el neo-logos lacaniano opera como una estrategia ligada al movimiento de constitución de su enseñanza, aspecto que históricamente arranca en 1953 a partir de la ruptura con las escuelas post-freudianas. Lacan pronuncia el término moterialisme en la “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma”, el 4 de octubre de 1975.

Lector al sol

Mapa


Las posibilidades e imposibilidades de mapear: representar cabalmente algo en espacio, tiempo y otras dimensiones.



Sebastián Antezana

Pocas disciplinas tan interesantes como la cartografía, ese impulso gráfico que, en su versión más tradicional, pretende entender a un tiempo el territorio y el espacio.
Los documentos en que se desarrolla el lenguaje cartográfico son los mapas, artefactos ante todo representativos que tienen la misión –idealizada- de reproducir las distintas dimensiones y características de lo real.
Desde las viejas e incompletas cartas de navegación que dividían el mundo en solo tres continentes, hasta las más modernas proyecciones, también incompletas, que pretenden ordenar y categorizar nuestra galaxia, el impulso cartográfico -ese intento de darle forma y dimensiones mensurables a lo desconocido- ha sido siempre herramienta del progreso técnico y científico. Pero no por eso a momentos deja de ser altamente arbitrario.
Como se sabe, varias de las certezas sobre las que levantamos el edificio de la normalidad no son más que convenciones. Así, en cartografía el norte geográfico es un norte nominal, el este no pertenece a un costado y el oeste a otro, Alaska no está arriba de Colombia ni Portugal a la derecha de México. Como en el espacio exterior, en la Tierra no hay arriba ni abajo, derecha ni izquierda.
Más aún, pese a que se pretende bastante fiel a su modelo, la famosa Proyección de Mercator -concebida en el siglo XVI para elaborar mapas de la superficie del planeta y muy en boga hasta hoy- no conserva las relaciones entre áreas en cuanto a latitud, por lo que en las cartas modernas los territorios y países cercanos a los polos aparecen representados mucho más grandes de lo que verdaderamente son.
Los mapas siempre han tenido una importante marca ficcional. De la misma forma en que los viejos modelos geocéntricos consideraban a la Tierra el centro del universo, las cartas europeas de la Edad Media tenían en su centro a Jerusalén, núcleo de la fe y mitad del mundo. Además, en el lugar que hoy ocupa el Polo Norte estaba el paraíso y detrás de Europa, en el espacio que hoy ocupa América, podía verse representada una región desconocida plagada de monstruos mitológicos.
Pero hay más. Los nexos entre cartografía y ficción no se agotan en la Edad Media ni en las convenciones contemporáneas. Existen lugares determinados en el mapa del planeta que por razones políticas y económicas están omitidos en los mapas -áreas militares, emplazamientos de refugiados, la Gran Mancha de Basura del Pacífico, y otros, como (no) puede verse en los ultra modernos y fantasiosos Google Maps y Apple Maps- y hay también lugares que sin existir en mapas son parte constitutiva de nuestra cultura: la Atlántida, El Dorado, etc.
Además, hay lugares específicos en el mapa de la Tierra que existen como homenaje a lugares específicos en el mapa de, por ejemplo, la literatura. Así, el nombre California, con que fueron bautizados por conquistadores españoles los que ahora son dos estados mexicanos -Baja California y Baja California Sur- y uno de los más grandes e importantes estados de Estados Unidos, es una referencia directa a una isla mítica descrita en una popular novela de caballería del siglo XVI, Las sergas de Esplandián, escrita por Garci Rodríguez de Montalvo.
(En la novela, California es una isla fabulosa situada “a diestra mano de las Indias… muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal”, habitada exclusivamente por hermosas amazonas negras que utilizan herramientas y armas de oro puro en sus tareas cotidianas).
Por otro lado, si los analizamos críticamente, vemos que los afanes del mapa por representar a cabalidad el territorio caen irremediablemente en saco roto. No hay carta ni modelo capaz de representar con absoluta fidelidad una geografía determinada, ya sea de la Tierra, de alguno de sus continentes o países, o de alguna de sus ciudades o barrios. Un mapa geográfico verdaderamente representativo sería una reproducción exacta del territorio, por lo que ocuparía su mismo espacio y se sobrepondría a él como una suerte de manto que mientras lo reproduce lo afirma.
Pero más allá de la medición geográfica, el mapa, ese artefacto que no dice toda la verdad o que es también instrumento de ficción, se refiere en primer lugar a quien ostenta el poder de confeccionarlo. A lo largo de la historia, el espacio -susceptible de ser presa de diversos mecanismos de control- ha sido cartografiado sistemáticamente obedeciendo necesidades políticas, económicas o militares, por lo que cualquier carta, por específica o imaginaria que sea, pone de manifiesto las relaciones de poder que intervienen en su composición -¿qué se considera, por ejemplo Occidente? Desde Bolivia, nosotros nos sentimos parte de ese lado de la civilización pero desde otro lugar del mundo, digamos Estados Unidos, Bolivia e incluso Latinoamérica no son, ni remotamente, parte de Occidente-.
Al ser objeto de un poder, el mapa es también, e inmediatamente, objeto de una resistencia, que en nuestros días generalmente pasa por las coordenadas de una cartografía artística contrarrepresentativa. Así, hoy es común ver el surgimiento de exposiciones artístico-cartográficas que subvierten las funciones tradicionales del mapa, de atlas alternativos que se concentran en curiosidades y rarezas, de mapamundis destinados a consagrar geografías puramente imaginadas como forma de negar la realidad y mostrar lo arbitrario de nuestras convenciones, etc.
Por otra parte, en la actualidad, y pese a la aparente disolución del espacio producto de la parcial hegemonía de internet, la noción de mapa se ha ensanchado mediante la aparición de modelos digitales -Google Maps, etc.- que exhiben a veces una afición detallista asombrosa, al punto de poder mostrarnos imágenes de la misma calle y la misma casa en que estamos observándolos -pero sin ser capaces aún de mostrarnos a nosotros mismos en plena observación-. Pese a ello, igual que las viejas teorías geocéntricas que consideraban a la Tierra el centro del universo, o como las cartas de la Edad Media que ubicaban a Jerusalén en la mitad del mundo, la cartografía digital ofrece una visión todavía marcadamente egocéntrica, que nos pone directamente al centro de nuestros propios mapas.
Como hace veinte o veintidós siglos atrás, seguimos obsesionados con la representación del espacio y con tratar de diferenciar lo conocido de lo desconocido y lo vigente de lo pasado. Pero nuestra obsesión por el espacio es siempre una obsesión por el espacio que ocupamos, por el territorio que podemos dominar mediante un discurso gráfico que es marca de una ambición política o económica, desde el polo del control o el polo de la resistencia.

En esa línea, quizás podríamos imaginar algún momento un tipo de mapa que, sin dejar de aproximarse al territorio, sirva como herramienta que desnude nuestros prejuicios políticos y culturales y nuestras ambiciones de control, y que nos conduzca a ceder así el sitial protagónico que ocupamos en las representaciones del mundo.     

Libros

Las ciencias ocultas de Roberto Arlt

Un libro raro, esotérico, sobre ciencias misteriosas ocultistas para que “ni el propio diablo” las pueda entender.


Ricard Bellveser

Roberto Arlt es un escritor argentino raro e inquietante. Hoy en día es uno de los más importantes del mundo hispánico. Hijo de emigrantes austriacos y alemanes, nació en Buenos Aires en 1900 y murió 42 años después de un ataque al corazón.
En este (corto) espacio de tiempo escribió novelas, cuentos y relatos, dramas teatrales, practicó el periodismo (aguafuertes), y el ensayo, en una producción prodigiosa porque apenas fue a la escuela de la que fue expulsado casi de niño, a lo que hay que añadir la tormentosa relación con su padre, que recuerda a la de Franz Kafka, aunque ésta salpicada de elementos sádicos.
Con 19 años escribió para el semanario Tribuna Libre, una serie de artículos sobre esoterismo y teosofía que, reunidos, recibieron el título de Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, un libro de ensayos y memorias que acaba de ser reeditado por la editorial Drácena (Madrid, 2015).
Se trata de una edición profusamente anotada por Marcos Fernández y Gastón Segura, con centenar y medio de indicaciones que aclaran sus referencias.
Arlt está considerado como el autor que se inventó la ciudad de Buenos Aires, hasta el extremo de que autores como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Roberto Bolaño le reconocen ese mérito y lo han considerado su maestro.
Los artículos que componen Las ciencias ocultas…, tienen el enorme poder de sugestión que para miles de personas poseen el esoterismo, el ocultismo, las ciencias secretas, y todo lo que ellas envuelven a la sombra de lo inexplicable, o tal vez deberíamos decir, de lo solo explicable con un lenguaje oscuro, ambivalente y misterioso, de forma que siempre parece que detrás hay más de lo que se “puede” decir.
Cuenta en este libro Arlt que tras una de las tantas veces que su padre lo echó de casa, fue a parar a una librería de libros de viejo donde le dieron un empleo de mozo de almacén, y por allí apareció un tipo que le abrió las puertas de esta zona en sombras de la existencia ante la que quedó totalmente fascinado, especialmente cuando descubrió los dos volúmenes de La doctrina secreta, editados en 1888, y de los que es autora la famosa Helena Blavatsky, corpus doctrinal de la Sociedad Teosófica Internacional, “una sociedad para la búsqueda de la sabiduría divina, sabiduría oculta o espiritual”, que practicaba la “doctrina secreta” de Blavatsky, “la portadora de la luz”, teorías que encandilaban a cuantos ingenuos caían en sus retóricas redes y que, bien pensado, junto a todo lo esotérico, sigue teniendo un gran predicamento sobre la parte más snob de la sociedad.
Arlt que primero quedó atrapado por estas doctrinas, aprendió en la logia Vi-Dharma, -según confesó- un corpus teórico compuesto por “leyendas y doctrinas arcaicas así como mitos, bajo cuyas formas simbólicas y esotéricas, encubren una verdad solo al alcance de los iniciados, las tradiciones antiquísimas de la magia y los modernos  fenómenos del hipnotismo, magnetismo, espiritismo y radioactividad”.
Pero tras leer decenas de libros sobre estas materias, y dedicar muchas horas al debate y la discusión con los teósofos de la sociedad, se desencantó, lo que produjo estos artículos y este ensayo general, en los que destaca cómo el esoterismo envestido de supuesta ciencia, se desliza a través de ceremoniales complicados llenos de liturgias incomprensibles basadas en “saberes ocultos”, ocultos precisamente porque en ello descansa su máxima persuasión, “los teósofos -dice Arlt- se rodean de tal misterio, que el propio diablo sea incapaz de ver cualquier cosa”.
Aún así siempre quedan abiertas algunas preguntas como ¿no hay nada, absolutamente nada de verdad en la llamada verdad esotérica?, ¿cómo es posible que pasen años y siglos sobre estas materias sin ser desenmascaradas? O ¿no será que verdaderamente en la vida hay demasiadas cosas inexplicadas? En ese caso, ¿qué es lo que tienen de decepcionante?
Arlt, en los escritos que conforman este libro, se propone desenmascarar a la Sociedad Teosófica y directamente a madame Blavatsky, y para ello recorrió los cenáculos poéticos de Buenos Aires, con 16 años, como todo un Rimbaud hispano, acompañado por su inseparable Conrador Nalé, vagabundos por los bares y los callejones, por las bibliotecas donde él estudió teosofía y en las antesala de revistas y editoriales a las que quiso venderles sus escritos.
Esta deriva es clave pues, en opinión de los editores, anotadores y prologuistas de esta edición “de otro modo, es decir, sin esa madurez ácida del alma descarriada, resulta  imposible la certera mirada con que Arlt escarba en la amazacotada costra de erudición  y embuste con que se envuelve -entonces y ahora- la teosofía, hasta dejarla corita en toda su impudibundez. Porque esa mirada taladrante exige no tanto de un profundo escepticismo como de una índole demasiado humana o demasiado curtida en lo humano, para atinar con el revés del embeleco y con las artimañas del timador a las primeras de cambio, y Arlt atina”.
Lo más revelador de este libro raro, curioso, atractivo y dispar, más allá del debate esotérico y la decepción del autor por lo que tiene de superchería, es comprobar cómo jirones de todas estas materias, de todas estas lecturas, pasan a sus novelas y a sus relatos, estas obsesiones siguen hasta Diario de un morfinómano, que editó en 1921, y en su célebre Juguete rabioso, de 1926.


domingo, 13 de diciembre de 2015

Reportaje

Literatura, gastronomía e indigenismo.
Los próximos nueve libros de la
Biblioteca del Bicentenario

 Dos libros sobre pueblos andinos, un compendio de cartas históricas. Un tomo “doble” sobre el auge del caucho y la ganadería beniana y las obras poéticas de Franz Tamayo y Roberto Echazú destacan en la oferta de la colección estatal para 2016.


 


Portadas provisionales en las que el equipo de diseño gráfico de la BBB trabaja para algunos de los próximos libros a publicarse.


Martín Zelaya Sánchez

“Hombres / que la patria fertilizó / en las cóleras, / indiferencia / y barro de un placer / sin reflejos, / más débil con la miseria / ennegrecida / de fealdad, más fuerte / en el fondo / de las masas”.

Este es uno de los versos con los que Roberto Echazú inició su transitar poético. Es parte de 1879, su primer libro, editado en los años 60. Desde entonces el poeta tarijeño forjó una sólida e impecable obra que aunque se traduce en más de 10 poemarios, como bien lo saben sus fervientes lectores, se resume tan solo en unos cuantos puñados de versos y estrofas pues si algo caracteriza la poética de Echazú, es su admirable capacidad de silencio, de decir más con lo que se calla, entrelíneas, que con lo que suelta.
Por eso el autor de Morada del olvido es uno de los 16 escritores nacionales que merecieron la inclusión de su Poesía reunida (completa o escogida) en la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), la colección literaria, historiográfica y de ciencias sociales más ambiciosa ideada nunca desde el Estado.
Una vez presentados en días pasados los dos primeros títulos de esta biblioteca –Antología de documentos fundamentales de la historia de Bolivia, compilada por José Roberto Arze, y Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia, a cargo de Isabel Mesa- la Coordinación General de la BBB -dependiente del Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia- anunció que ya se encuentran en diferentes etapas de gestión editorial nueve títulos más que se presentarán en los primeros meses de 2016.
Además de la Poesía reunida de Echazú, en la serie Letras y artes se prepara la edición de la obra poética de Franz Tamayo, uno de los escritores emblemáticos del país y de quien, valga recordar, el Comité Editorial de la BBB aprobó de manera excepcional dos títulos, incluyendo también su Prosa reunida, que vendrá más adelante. Valga recordar que hasta 2025, año en que Bolivia celebra los 200 años de su independencia, se pretenden tener editados los 200 libros seleccionados.
Los amantes de la literatura tendrán además la opción de acercarse al relato breve a través de la Antología del cuento boliviano y a la novela, con Cuando vibraba la entraña de plata, de José Enrique Viaña.
Cartas para comprender la historia de Bolivia, de Mariano Baptista Gumucio y el tomo fusionado que contiene las obras Siringa, de Juan Coímbra y Arreando desde Moxos, de Rodolfo Pinto Parada, son la oferta de la serie Historias y geografías para este paquete inicial de la Biblioteca del Bicentenario.
Y para la serie Sociedades, se proyectó tres libros: El katarismo, de Javier Hurtado; Estado boliviano y ayllu andino: tierra y tributo en el norte de Potosí, de Tristan Platt, que serán gestionados y editados por Plural Editores; y la Antología de gastronomía boliviana, que está a cargo de la historiadora chuquisaqueña Beatriz Rossells.

Recapitulaciones
El 4 de abril de 1825, a escasos cuatro meses de que la libertad reine finalmente sobre este territorio, el Mariscal Antonio José de Sucre envió desde Potosí una emotiva misiva al Libertad Simón Bolívar:

“Mi General:

Hace una hora que recibí la carta de usted de 21 de febrero. Ella me ha dado un gran disgusto, pero no con usted, sino conmigo mismo que soy tan simple que doy lugar a tales sentimientos. Este disgusto es de lo que usted me habla en cuanto a las provincias del Alto Perú, respecto de las cuales he cometido un error tan involuntario; pero mi objeto fue cumplir las intenciones de usted. Mil veces he pedido a usted instrucciones respecto del Alto Perú y se me han negado dejándome abandonado; en este estado yo tuve presente que en una conversación en Yacan (pueblo cerca de Yanahuanca) me dijo usted que su intención para salir de las dificultades del Alto Perú era convocar una Asamblea de estas provincias…”.

Así, sugestivas y reveladoras son la mayoría de las piezas de Cartas para comprender la historia de Bolivia, uno más de los tantos compendios y recuperaciones de Baptista Gumucio. Fue publicado hace no más de cinco años, pero se agotó tan pronto que la Coordinación General de la BBB, a la cabeza de Marco Montellano, no dudó en incluirlo entre los primeros textos a reeditarse.
Además de abarcar todo el espectro histórico temporal -desde los relatos de adelantados o criollos que recogían historias sobre el periodo prehispánico, hasta las más destacadas obras literarias de los últimos años- la colección de la BBB también contempla la inclusión y equilibrio regional, por eso en el primer lote de publicaciones estará un texto “fusionado” -dos obras de dos autores en un solo libro- que traza un completo panorama histórico, etnográfico y sociológico de Beni.
Va un extracto de Siringa, y a continuación otro de Arreando desde Moxos:

“No recibimos en esta población el deslumbramiento que nos habíamos imaginado. Nada tenía de extraordinario que no fuera el movimiento febril de mercachifles. Diariamente y de toda procedencia llegaban las embarcaciones cargadas hasta el tope de goma, víveres del interior y mercaderías del exterior del país.
Como el andén de las pequeñas estaciones ferroviarias, el puerto congregaba siempre un enorme gentío, a la llegada o a la salida de las tripulaciones. No tenían reposo los empleados de la aduana. Grandes depósitos de carga con distintos destinos esperaban ser inscritos en las planillas arancelarias. En el entrevero de tanta gente, se advertía a desconocidos con cara de expresión expectante. Sin embargo, muchos de los foráneos –como ocurrió con nosotros- encontraban allí amigos, viejos compañeros, que se habían anticipado en Villa Bella con los mismos fantásticos sueños”. (Juan B. Coímbra)

“La torrencial lluvia no permite continuar viaje muy temprano, recién después del almuerzo sale Alfredo de Los Puentes apurando a su cabalgadura a fin de recuperar la mañana perdida. Tiene el plan de ir a dormir a Dolores, estancia muy grande y bien instalada a orillas del río Sénero sobre una loma artificial de las muchas que hay en esa región. Aunque esta estancia queda a un lado de la ruta normal a San Ignacio, le interesa llegar hasta allí a visitar a su tía y de paso ver si se puede notificar a algunos peones para que se enrolen en el ejército que viajará hasta el Chaco a defender a la patria en Guerra…”.  (Rodolfo Pinto Parada)

Sociedades
En esta serie se optó por dos textos que, aunque se centran en similar temática, la desarrollan e indagan desde diferentes enfoques y situaciones.
Sobre El katarismo, de Javier Hurtado, y en cuyo estudio introductorio trabaja ya el reconocido indigenista Esteban Ticona, el politólogo Christian Jiménez Kanahuaty escribió hace algunos años en un artículo:
El katarismo es una obra explicativa, expositiva y abarcadora. Una mirada radicalmente nutritiva para todos aquellos que nos sentimos en la necesidad, mucho tiempo antes del 2005, de buscar la raíz de la formación social abigarrada de nuestro país en el ‘tema’ indígena”.
Y sobre el ahora inhallable libro de Platt –pues su única edición es peruana y data de 1982- Carlos Crespo sostiene en una publicación de los años 90: “Según Tristan Platt, los ayllus y comunidades establecieron un pacto de reciprocidad con el Estado colonial, aunque cuyos orígenes se hallan ya en su relación con el Estado inca, que establecía ‘la obligación de los indios de pagar el antiguo tributo (o tasa) y la obligación correspondiente del estado criollo a reconocer los derechos de los ayllus a disponer colectivamente de sus terrenos tradicionales’. Tal pacto se ha reproducido a lo largo del Estado republicano, y su ruptura ha sido motivo de múltiples formas de resistencia indígena, incluyendo la revuelta”.
El Estudio introductorio de la edición de la BBB de Estado boliviano y ayllu andino: tierra y tributo en el norte de Potosí, estará a cargo de la prestigiosa socióloga Silvia Rivera.
El tercer libro de la serie Sociedades, la Antología de gastronomía boliviana, como sostiene la compiladora Beatriz Rossells, es un intento por “lograr que el lector comprenda la importancia y la riqueza de la cocina boliviana, componente esencial del patrimonio cultural del país, y al mismo tiempo difundir la historia de la compleja conformación de la comida en sus variedades regionales y en la multiplicidad de productos de extraordinario valor”.
Esta obra, como manda el reglamento interno de la BBB para toda antología, fue conformada con la participación de un Comité Asesor que ayudó a Rossells a diseñar el índice general, y que estuvo compuesto por Rita del Solar, Gonzalo Portugal y Ramón Rocha Monroy.

Va un extracto del libro Lo que se come en Bolivia, de Luis Téllez Herrero, incluido en la Antología de gastronomía boliviana:

“El qalapari –sigue explicando–, se lo hace en los días nublados o muy fríos, y como usted ve, es una lawa de maíz, hecha en la forma usual, pero que tiene particularidades exclusivas. Mire esto –me dice sacando con un cucharón, una piedra redonda, de la olla–. Al qalapari ya cocido se le pone algunas piedras redondas, de las que se hallan en el cauce de los ríos y que han sido calentadas previamente al rojo blanco. De esta manera la lawa adquiere un especialísimo gusto, sobre todo la chalona que se pega a las piedras. Esta chalona se la raspa con la cuchara y tiene un sabor tostado tan rico, que sabe a delicia. Es por estas razones pétreas que el qalapari se lo sirve  en la olla. Comparando una lawa de maíz cualquiera con ésta, en que se han echado las piedras, se distingue el sabor enteramente distinto, por supuesto, mejor, que tiene el qalapari. En otras casas se lo suele servir en otra forma: recién en la lawa servida en cada plato, se pone la piedra calentada y sobre ella se parte un huevo, que queda en seguida deliciosamente tostado”.

Un poco de ficción
Y claro, entra tanta y tan importante revisión histórica, etnográfica, antropológica, cae muy bien la ficción literaria, que en este caso tiene dos libros de poesía y dos de narrativa.
Arrancamos esta nota con versos de Roberto Echazú, uno de los mejores bardos bolivianos de la segunda mitad del siglo XX, cuya Poesía reunida está en proceso de gestión editorial a cargo de la editorial cochabambina, Nuevo Milenio, que junto a la Coordinación de la BBB designó a Vilma Tapia para que se encargue del estudio introductorio.
También en el primer semestre de 2016 se podrá leer la clásica lírica de Franz Tamayo, una de las cimas del modernismo. Copiamos el fragmento de una pieza de Scherzos que, seguramente, quedará en la selección de la obra poética que está a cargo de Carlos Condarco Santillán, también autor del estudio introductorio:

L’allegro

“Como hecha del alba rosa / y un canto de ave, / toda alegría es suave / y primorosa. / Gorjeo y vuelo, / toda en ella es pájaro / que bebe cielo. // Cual da el metal su nota / y el vino un dejo, / a su tacto un reflejo / de todo brota. / Visten las cosas / de luz, o se disfrazan / de mariposas…”.

La narrativa llega con una novela: Cuando vibraba la entraña de plata, de José Enrique Viaña, una obra que retrata al Potosí del siglo XVII, y cuyo estudio introductorio y edición correrán por cuenta de Alba María Paz Soldán. Este libro empieza así:

“Nicolás, con el rostro arrebatado y apretados los puños, levantóse de su asiento mirando la puerta por donde acababa de salir su madre; sacudió, altanero, la cabeza para echarse hacia atrás la cabellera y, con voz alterada, interrogó al anciano que, sentado en un sillón de brazos, calentaba las manos sobre un brasero de bronce, en medio de la habitación.
Decí, tío: ¿no he derecho de nombrar a mi padre?
—Sí, le has, hijo; sí, le has..., —y la voz del anciano denotaba una profunda emoción—, mas, también le ha tu madre para ocultar su duelo, pero...
—¿Qué os detiene? ¿Por qué dudáis?
—Ven acá hijo mío... Ven acá, que muy graves cosas he de revelarte agora... Bien hubiese querido que las ignorases aún, aunque...”.

Finalmente, para el primer semestre de 2016 la BBB propone otra compilación, la Antología del cuento boliviano, para la que el Consejo Editorial eligió a Manuel Vargas como antologador y encargado del estudio introductorio y a Edmundo Paz Soldán, Giovanna Rivero y Adolfo Cárdenas como miembros del Comité Asesor que coadyuvarán en la definición del índice.

Nueve libros por venir. Nueve facetas, variadas, valiosas de diferentes áreas del conocimiento y las letras bolivianas.

El chicuelo dice

Un hospital (de nuevo y en todo caso)

Esta vez, la crónica del chicuelo es desde-sobre-para una triste cama de hospital.



Wilmer Urrelo 

Acá se los presento: el hospital, en todo caso. Un hospital. ¿Es el hospital acaso una construcción como cualquiera? Es de cemento, es de piedras y de ladrillos. Es, de igual manera, cal, tuberías y cables eléctricos. El hospital es, en todo caso, como cualquier edificio que uno puede ver desde la calle (solo desde ahí). El hospital, en todo caso, es un espacio delimitado por demasiados muros, un techo e innumerables divisiones. Eso sí, un hospital, cualquier hospital, es una construcción donde conviven todos los mundos a la vez.
Pues ahí estás, cinco años después. Cinco años después como paciente. Como un paciente susceptible a ser operado en un hospital que aún no sabemos qué significa en el fondo. Ahí estoy (estás) frente a los doctores y practicantes. Se encuentra en una cama más bien estrecha, con una ventana que da a un pasillo, pasillo en el cual subsiste un ascensor que tiene vida propia, que pervive y sobrevive según sus reglas. El ascensor que hace ruidos propios. Eso fue hace cinco años, y mírate de nuevo: llegabas al mismo hospital doblado por el dolor, me muero, ahora sí me muero. Y le decías a tu hermano: No dejes mi muerte sin venganza. Pero no.
Vives cinco años más y estás acá, resignado de nuevo y en todo caso en una cama estrecha, no sabiendo cómo sacar las cuentas: ¿qué cantidad de gente habrá pasado por acá?, ¿qué calidad de gente habrá pasado por este mismo colchón? Preguntas. Preguntas que me hago también como cuando ocupo la habitación de un hotel: es ahí, en ese espacio construido quizá con los mismos materiales de este hospital, donde imagino las vidas frustradas de sus pacientes o el llanto de tristeza porque se encuentran solos o porque escapan del mundo envueltos por la misma soledad.
Una cama de hospital necesita ser comprendida. Acá, Chicuelo, hubo gente que llegó con optimismo, a lo mejor pensando estaré máximo dos días, digamos que seis pero exagerando: les estoy hablando de ese optimismo que te incuba el miedo a la muerte. Por acá habrá pasado también gente que sabía que se iba a morir, que esta iba a ser la última cama que ocuparía en las tres o cuatro o cinco décadas de mi existencia.
Y habrá pensado: y cuándo, cuál fue mi primera cama. Esta cama estrecha, creadora de tortícolis, esa pared marrón y la tele abandonada ahí arriba, espacio donde circula un programa infame (el control no existe) sobre personas bailando por el sueño de gente trágicamente desesperada. La primera gente intenta, vanamente, entretenerme. Y los participantes tan lejanos a este hospital, tan lejos de esta cama en la que no te queda más que esperar, Chicuelín. Y en este hospital también está la operación de mañana, ese escenario donde un enfermo (“o delicadito”), como dicen los médicos con ese extraño lenguaje tan propio de ellos: todo en diminutivo, todo en chiquitico, todo en pequeñito, como si con eso la enfermedad, el dolor, empezara a bajar las armas.
En la tele la gente baila. Hay tragedias inimaginables. Hay, también, una pornografía de la desgracia del otro. Pero la cama está ahí, esperándome: ven, jovencito, acá está tu ataúd.
Primera noche.
Al poco tiempo conozco a un albañil asustando: creo que tengo vesícula, me dice. Un sábado antes, gracias a la fiesta de la Ñatitas, le echó sus traguitos, unos alcoholes en mi casa y luego a comer una sopa: de ahí no más me ha empezado a doler. Pasan las horas. Se retuerce. Me asusto. Aunque también lo observo deslumbrado: un hombre como él, fuerte, acostumbrado a levantar su propio peso en las construcciones, ahora está a merced del dolor. Llamo a las enfermeras. El señor se está muriendo, hagan algo. Le inyectan un calmante y se duerme. A las pocas horas le hacen exámenes, pruebas, evaluaciones: no tiene nada. Una ecografía limpia y no pasa nada.
También puedo hablarles de los ruidos de este hospital. El ascensor tomando vida propia: tres pitidos significan que alguien sube, dos que alguien baja. A las tres de la madrugada un niño chilla. Es un llanto lejano, para qué mentir, aunque es desgarrador, violento, desesperado. Y me pregunto: en qué parte de este largo pabellón estará, como será, de qué parte de su cuerpo se habrá apoderado el dolor. Al día siguiente una enfermera chismosa me dice: era de Viacha, se ha roto toda su cabecita. Un niño sin cabeza. O con parte de ella.
Al fin me llaman para ser cortado. Cer-ce-na-do, habría que decir. Entran los doctores y uno de ellos me reconoce. ¿No sale usted en el periódico? Le digo que no sé, por suerte una interna interrumpe: paciente con posible siringomielia, y el doctor dice anestesia general, cuidado que lo freguemos más de lo que ya está.
La anestesia es la mejor droga del mundo, se los juro. Todos deberíamos dormir con un poco de anestesia. O vivir con un poco de anestesia. Se siente tan lindo al despertar, como que tu cuerpo se pone ligerito, ligerito. Es entonces, en ese momento, cuando la cama te juega la mala pasada: es dura, nada chistosa y menos amigable. Ni siquiera es una de esas camas con las que puedes negociar: una hora de este costado y luego dos horas más de este otro.
Soy una cama de hospital, idiota, una parte de este lugar donde no hay espacios para las negociaciones; un lugar donde gente, seres humanos con pelos y narices y ojos y dientes pasó sus últimos minutos de vida.
Me rindo.
La operación: cuatro cortes en el estómago, saber que hay un programa en la tele nacional donde se explotan las miserias humanas, comprender otra vez que con las camas de hospital no se puede negociar. El hospital y sus innumerables vidas, sus interminables pasillos y los extraños ruidos nocturnos: el niño sin cabeza o con media cabeza. Yo que tú, Chicuelo, me iba de ese lugar corriendo. Entonces me voy.
Afuera hace un sol terrible, pero apenas sientes el aire puro de la libertad antimedicamentosa empieza a llover. El mundo te quiere, se nota. Un montón de piedritas en el largo camino. Doy vuelta, voy a la pastelería que funciona en la puerta de entrada y compro pie de manzana para mi mamá.

Después de todo quiero ser un buen ser humano. Un buen ser humano lejos del hospital.