sábado, 19 de septiembre de 2015

Ensayo

La literatura como fuente científica


¿Cuán válido y oportuno es considerar a novelas o textos literarios como referentes de la sociología o la teoría social?



Virginia Ayllón

La literatura, especialmente la novela -aunque no exclusivamente-, es considerada como fuente de información válida para las ciencias sociales y las humanidades.
Son varias las investigaciones sociológicas, antropológicas y otras que se han realizado con base en la literatura. En el caso de Bolivia, me viene a la memoria, por ejemplo, La ciudad de los cholos: mestizaje y colonialidad siglos XIX y XX,  de la socióloga Ximena Soruco.
Esta tradición se inicia en el siglo XVII con las reflexiones de Hipólito Taine sobre el estatuto social de la literatura, especialmente su carácter de “copia” o “representación” de la sociedad. Esta concepción guió posteriores acercamientos, desde el positivismo hasta el marxismo y afincó en textos teóricos como, por ejemplo Sociología de la literatura del sociólogo francés Roberto Scarpit, quien desde un punto de vista marxista establece el porqué y el cómo la literatura se convierte en objeto de estudio social.
Pero en este ámbito destaca el revelador Las reglas del arte: génesis y estructura del campo literario del también sociólogo francés Pierre Bourdieu, quien a través del estudio del papel de la literatura de Flaubert y Baudelaire en el devenir literario, establece los componentes de lo que él denomina como “campo literario”, aplicando su propia teoría social del “campo”.
La lista de textos de elaboración teórica social con base en datos de la literatura es grande y solo a título de ejemplos panorámicos podemos nombrar El segundo sexo de la filósofa francesa Simone de Beauvoir quien asienta varios de sus conceptos en hechos retratados en la obra narrativa de su compatriota Colette (y un poco de la brasilera Clarice Lispector).
Desde otra escuela sociológica, la de los estudios poscoloniales, se puede ejemplificar con el análisis de la obra de Goethe (H.D. Auden y otros) en El lugar de la cultura del hindú Homi Bhabha, donde afirma que “el estudio de la literatura mundial podría ser el estudio del modo en que las culturas se reconocen a través de sus proyecciones en la ‘otredad’'’.
Es cierto también que el uso de la obra literaria como fuente de información para las ciencias ha contraído algunos dislates como la del primer momento del marxismo en que se valoraba la “información” que ésta contenía, dejando de lado la escritura o el hecho literario propiamente dicho, aspecto corregido en su versión posterior denominada como estructuralismo.
Se ha reconocido también que zonas sociales han sido dibujadas antes por la literatura que por las ciencias sociales y humanas. Tal es el caso, por ejemplo, de la ciudad en Bolivia, tema que en la literatura precede con mucho a la ciencia, especialmente las ciencias sociales.
Entregadas como estaban en explicar “lo rural”, la sociología y la antropología prácticamente descubrieron la ciudad casi paralelamente a la poesía de Saenz y la narrativa de Adolfo Cárdenas, después que la novela y el cuento entregaron sendas descripciones desde Arzans hasta American Visa de Recacochea o Alcoholatum y otros drinks de Viscarra, con un extendido catálogo de obras y autores en medio.
Ahora bien, solamente el texto de Bourdieu antes citado ha brindado elementos valiosos para cerrar cierto abismo entre los estudios que tienen a la literatura como fuente de información y los estudios literarios propiamente dichos. Este abismo que se especifica en la desconfianza de los estudios literarios al uso (a veces bastante discrecionales) de la literatura como fuente científica tiene su base, precisamente en la mirada no solo sesgada sino cercenada de la literatura, como si su función fuera meramente informativa. Esta tendencia olvida que el hecho literario es un conjunto homogéneo y nunca dividido entre lo que informa y cómo lo informa. Más bien, el hecho literario es únicamente el cómo y no el qué; esto es, el cómo se trabaja en el lenguaje cierta información, además, información siempre irreal.
Esta pulsión por lo real trasunta al arte en general y una difundida equivocada forma de leer el arte por acercarse o alejarse de la realidad. ¿No es ya molesta esa publicidad de películas “basadas en hechos reales”? 
Sucede, sin embargo, que la escritura es un hecho social -no podría ser de otro modo-, en que el escritor deviene, en palabras de la crítica literaria argentina Beatriz Sarlo, “en productor histórico de textos, es decir como figura cuya definición es colectiva, cuyo lugar en la vida social cambia, cuyas relaciones con el poder (político, religioso) es variable, cuya autonomía respecto del mercado o del patronazgo es también una construcción histórica”.
Por lo tanto, el escritor es portador de cierta información del momento histórico que lo produjo. Pero la vuelta de tuerca en el análisis de Sarlo, en coincidencia con el de Bourdieu, es que lo que la obra expresa no es la información propiamente dicha sino el horizonte ideológico y cultural de ese momento, diferencia más bien cualitativa.
Así Bourdieu considera que los valores de la vanguardia promovida por Flaubert y Baudelaire no se asientan preferentemente en su vida, bohemia o no, o en los temas de sus obras, sino y sobretodo en la estética que ambos escritores desarrollan en su obra, lo que a la vez conforma una ética de su escritura y también su vida, aspectos que constituyen, entre otros, el campo literario de esa época. Así, el foco de atención es a la obra en su conjunto y no a los “temas” que desarrolla.
Los estudios científicos con base en la literatura que se limitan a ejemplificar las teorías en juego con hechos narrados en la literatura repiten el inicial dislate marxista. Este erróneo camino también puede advertirse en la forma del resultado investigativo que permite advertir cuánto o cómo la fuente literaria ha impactado o no en el investigador.
Reconozco que es mucho pedir, pero hay estudios científicos que lo prueban. Pongo como ejemplo Las Claudinas: libros y sensibilidades a principios de siglo en Bolivia, del sociólogo Salvador Romero quien en forma de ensayo (esto es, en reflexión sobre la escritura, como bien apuntara Rubén Vargas) argumenta que la literatura no es reflejo de la sociedad sino el espacio en que se manifiestan los ideales y los intercambios sociales.
Para finalizar, hay que decir que sobre todo lo dicho se ubica el concepto de la autonomía literaria, que es el reducto de la creación literaria, concepto en el que, por supuesto creo firmemente.


Parhelio

[Cassamarca]

Los Comentarios Reales de Garcilaso de la Vega como precursores del arte narrativo. Una glosa diferente.

 
Boceto de Arturo Borda.
Rodolfo Ortiz 

Cuando el compilador Garcilaso de la Vega, el Inga, relata la visita de la embajada española al Rey Atahuallpa destaca que su narración proviene de lo que oyó a los españoles en casa de su padre en pláticas de entretenimiento y también de lo que oyó a muchos indios cuando visitaban a su madre en Cuzco. A estos recuerdos, que emergen polifónicamente, agrega las relaciones sacadas de las fuentes escritas y archivos fragmentarios, como los “papeles rotos” del curioso Padre Blas Valera, quien al parecer se aventuraba en la redacción de la Nueva Corónica. El palimpsesto acústico llamado Comentarios Reales es, por lo visto, un valioso documento precursor del arte narrativo contemporáneo, si pensamos quizás en Saer, Gombrowicz o su detractor Gamaliel Churata. Voy a desarrollar una glosa del episodio de Cassamarca, desplegado en él, para calibrar la afirmación anterior.
Al desplegar su narrativa, Garcilaso parece preferir las versiones fragmentarias, las variaciones en la reescritura de las memorias ajenas, los comentarios alrededor de los papeles rotos de los libros. Si para la tradición renacentista “la historia manda y obliga a escribir la verdad”, para este personaje tergiverso no hay mundo que no se imagine como una página sobre la cual se tacha, traduce y reinventa.
Cassamarca reescrita, con sus heladas y espinas, nos remite a un arte narrativo que reclama otra relación con la idea de la “verdad del suceso”. Diría, en todo caso, que el gesto de Garcilaso es un largo sorteo de omisiones y de énfasis, un brío argumentativo más volcado a la comicidad que al pesimismo soterrado y vengativo.
Una versión desopilante de la historia, que desdobla la reescritura de sus rotas fuentes y celebra el pensamiento flotante de la reinterpretación, es la que se narra en el episodio de Cassamarca. El Padre Fray Valverde llega para dar dos oraciones o pláticas “de memoria” al Rey Atahuallpa, las cuales Garcilaso reescribe tomándolas a su vez de la escritura del Padre Blas Valera, conforme a un “original” que este último dice que vio y del cual produce una versión más larga que las otras versiones de otros historiadores y que Garcilaso amplía todavía más. “También la pongo por mía”, escribe Garcilaso en su Historia general del Perú, y da curso al relato sobre el libro que trae Fray Valverde, “un libro que era la Suma de Silvestre; otros dicen que era el Breviario, otros que la Biblia; tome cada uno lo que más le agrade”, completa. Nosotros tomamos la Biblia y, pasado este primer guiño, leemos la transcripción de la primera oración en la que Fray Valverde se explaya diciendo:

Conviene que sepas famosísimo y poderosísimo Rey, como es necesario que a Vuestra Alteza y a todos vuestros vasallos se les enseñe, no solamente la verdadera fe católica, más también que oigas y creas las que se siguen: Primeramente, que Dios trino y uno crio el cielo y la tierra y todas las cosas que hay en el mundo… [sic]

Nos detenemos aquí, pues luego de estas líneas emerge la elocuente intervención de un trujamán, el joven Felipillo de 22 años florecido en la isla de Puna. Un trujamán a la usanza local, valga imaginar, pues el término proviene del árabe “turgumán” que se utilizaba durante la Edad Media para denominar al intérprete en lenguas para transacciones comerciales. Pues bien, este Felipillo de Puna era un mal enseñado en las dos lenguas en las que tenía que batirse y no un mero súbdito fabricado por el oficialismo español, como suele suponerse. Garcilaso lo implanta con radiante claridad: la de los indios la aprendió en Túmpiz, donde los indios hablaban como extranjeros, es decir, bárbaro y corruptamente, pues sólo en Cuzco, recalca, se habla el verdadero Quechua; la de los españoles la aprendió de oír hablar a los soldados bisoños, pues era criado y siervo de los españoles, y hablaba lo que sabía muy corruptamente, a semejanza de los negros bozales. Felipillo estaba bautizado, valga acotar, pero sin enseñanza en religión cristiana ni noticia de Cristo y Credo Apostólico alguno.
Entonces, Garcilaso proyecta la figuración y hazaña de este memorable personaje, a quien califica de primer aventajado traductor del Perú:

Tal y tan aventajado fue el primer intérprete que tuvo el Perú, y, llegando a su interpretación, es de saber que la hizo mala y de contrario sentido, no porque lo quisiese hacer maliciosamente, sino porque no entendía lo que interpretaba y que lo hacía como un papagayo; y por decir Dios trino y uno, dijo Dios tres y uno son cuatro, sumando los números por darse a entender.

Un aventajado que interpreta, y que es a su vez un papagayo que repite, es gran decir. Un intérprete que escucha, sin entender de acuerdo a cómo escucha interpretando, llega a ser casi un éxtasis lingüístico. Y en el quebradizo mundo de la comunicación de Dios uno y trino, es Atahuallpa quien inmediatamente se contagia, en coherencia con su tradición idolátrica, al remarcar que no solo son cuatro sino hasta cinco, devolviendo de tal forma un mensaje invertido con el cual se concluye que en España hay más idolatría que en Perú. Suscribe Atahuallpa su respuesta a la oración del religioso:

El primero es el Dios tres y uno, que son cuatro, a quien llamáis creador del Universo; por ventura es el mismo que nosotros llamamos Pachacámac y Viracocha. El segundo es el que dices que es padre de todos los otros hombres, en quien todos ellos amontonaron sus pecados. Al tercero llamáis Jesucristo, solo el cual no echó sus pecados en aquel primer hombre, pero que fue muerto. Al cuarto nombráis Papa. El quinto es Carlos [quinto] a quien sin hacer cuenta de los otros, llamáis poderosísimo y monarca del universo y supremo a todos.


Transplantes, usurpaciones, mutaciones, puentes voladizos, traducciones, eso es lo que escuchamos y celebramos de la versión reescrita de esta historia. Si la palabra alemana que nombra la traducción es übersetzen -llevar algo de una orilla del río a la otra orilla del río- el übersetzen cultural que se despliega en Cassamarca es más una apoteosis del naufragio que la breve alegría de la tierra firme.
Y en el borde, advierte Garcilaso, “en la boca del río”, se halla el indio pescador presto a la deducción de los nombres... Si ninguna lengua es fuente y origen de otra, si narrar consiste en transmutar el río en un transbordador, ¿no es esto el anuncio de un arte que opera en lo inestable y fantasmal de las máscaras y de los dobles?, o mejor, ¿no será que en el principio habitó siempre un apócrifo invariable? Garcilaso de la Vega, el Inga, fue un escritor de contrastes y bríos semánticos, de máscaras en tensión, de pudores y ambigüedades, fue un escritor que en los momentos más altos de su literatura vindicaba al lenguaje como un vehículo de la comunicación tergiversa y de la dicha. Su crítica fue ir más allá del quehacer filológico, que encontraba en las palabras un espacio teológicamente seguro para la invocación del mundo llamado americano. Su pasión fue desgarrar estas palabras y descubrirse junto a ellas oteando la enfermedad incurable del “deseo imaginando” y su vacío.

La palabra teleférica

Una triste desaparición

Reflexiones y propósitos en torno a la partida de la poeta cruceña Emma Villazón.


Juan Pablo Piñeiro

La última vez que escribí en esta columna resalté la calidad de la última Feria Internacional del Libro de La Paz. No era para menos, sigo creyendo que gracias a la visión que se imprimió al programa cultural tuvimos la suerte de disfrutar de un gran encuentro literario.
Personalmente yo estaba muy feliz por haber compartido con varios colegas y amigos. Lamentablemente lo que no sabía mientras escribía ese artículo, es que un par de días después de que la feria terminara la poeta Emma Villazón iba a despedirse de la vida con los ojos bien abiertos a la luz de las montañas.
Ella estaba de paso, vivía en Chile, había estado aquí de invitada para la feria, había estado en Santa Cruz para la familia, y en el tránsito entre Santa Cruz y su regreso, vino a dejar algo a las montañas, vino a dejar su mayor enigma, vino a dejar sus llaves, y vino a dejar el único momento que uno posee para descifrar aquella historia que le pertenece a cada uno.
A pesar de que yo la conocía poco y tan solo había leído unos cuantos poemas suyos, la noticia me entristeció profundamente. Me quitó por un momento la esperanza. Es muy triste que gente tan luminosa parta de súbito dejando un rastro doloroso. Es muy triste que se vaya tan joven. Es muy triste, pero es así. Todos tenemos un día, y quién sabe si lo hemos elegido antes de ser nada, para que toda la vida sintamos que no depende de nosotros. O como me decía Jesús Urzagasti: “siempre sucede lo mejor”. Y siempre es siempre.
El año pasado fui invitado a la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile. Me sorprendió un poco porque no sabía muy bien de cómo se les había ocurrido invitarme. Cuando estuve allá tuve la suerte de conocer algunas editoriales muy interesantes, entre ellas la editorial Mandrágora de Marcelo Mendoza. El editor fue muy amable conmigo y me regaló dos libros del gran poeta Enrique Gómez-Correa. Uno se lo regalé a un amigo y el otro lo llevo conmigo, titula Madre-Tiniebla.
La cosa es que Marcelo me contó que él era parte de la Cámara del Libro de Santiago y que gracias a su sugerencia me habían invitado. Lo lindo es que lo había hecho después de consultar a una paisana mía que era amiga suya, Emma Villazón. Ella le había sugerido mi presencia. Yo estaba agradecido, no solo porque me tomó en cuenta sino por la humildad de no decírmelo.
Aquella vez no nos encontramos pero me quedé pensando. Yo me considero una persona que tiene mucha esperanza en este país porque sé que en medio de tanta oscuridad brillan las luces más fuertes. Me conmueven y me enorgullecen muchos cambios que estamos llevando a cabo.
Lo que me desilusiona, lo que me quita la esperanza es no poder dejar de ver cómo somos cuando nos conformamos. Aquí es muy fácil conformarse. Me entristece lo que veo en las universidades, en la Policía, en el fútbol, en las instituciones públicas, en las empresas privadas y prácticamente en todo lado (la justicia no tiene remedio). Cualquiera que esté en el puesto de decidir algo termina optando por favorecer a sus allegados o favorecerse a sí mismo. Es una especie de impuesto canalla el que se cobra. El que te da algo te cobra. No importan los méritos. No importa ninguna ética. Lo triste es que las universidades, allí donde nos formamos, son criaderos de este comportamiento.
¿Por qué actuamos así? Ya vamos siglos reproduciendo la misma mediocridad. Hay catedráticos que no tienen la menor idea de lo que están enseñando pero están ahí porque a alguien le conviene o alguien se beneficia, y si se sabe mover como un lagarto puede llegar muy lejos sin haber partido de ninguna parte.
Por eso me parecen tan valiosas las personas como Emma. Porque en medio de toda esta mediocridad se toman en serio la vida y se toman en serio la escritura. Para mí eso es mucho, porque escribir es difícil, y hay que valorar a todo aquel que toma esa decisión. Pero lo que realmente es difícil es no conformarse. Y ella parece que no se conformaba.
La última ponencia que hizo sobre la poesía boliviana me sorprendió por la lucidez y sobre todo por la conciencia crítica, esa conciencia crítica que surge después de mucha pasión, de mucho trabajo y de mucha lectura. Emma sabía lo fácil que es que a cualquiera le digan poeta, y lo difícil que es escribir para un verdadero poeta. Eso se reflejaba en su humilde generosidad.
Cuando un escritor muere, muchos aprovechan la situación para escribir sobre él (en este caso, sobre ella). Muchos aunque no la hayan leído o valorado en vida, seguramente ahora podrían hacer una oda en su honor. En cambio los verdaderos amigos, las personas que la amaban y valoraban escribirán poco o nada. Quién sabe si nunca podrán decir una palabra al respecto. Conozco a algunas de las amigas cercanas de Emma y sé que realmente su partida las llenó de tristeza. Yo no era su amigo y la leí muy poco. No quiero ser un farsante, lo digo humildemente. Lamento mucho la pérdida de esta generosa colega y mi única intención es agradecer por su camino y por su poesía.
En uno de los poemas de Madre Tiniebla de Enrique Gómez-Correa, aquel libro que me traje de Chile gracias a ella, están escritos unos versos poderosos que quisiera citar a manera de homenaje:

“Los heridos que deja la soledad / o la tiniebla / terminan siempre por irradiar luz / Una luz incandescente capaz de / hacer resistir los embates de las olas / O tal vez desafiar los cielos cruzados / por relámpagos y crueles / escarabajos / Allí el sol cumple con sus obligaciones/ conyugales / y la luna se deleita a sus anchas / en los juegos del amor y del mar / porque ahora pueden abrirse puertas / y ventanas / para que entre el calor / que dora las espigas transparentes / de las almas incontaminadas / entre las cuales suelen contarte / a ti”.

Creo que esa es la luz de la poesía, la luz del talismán que lo transforma todo, la luz que se hace posible cuando se construyen puertas y ventanas. Me alegra saber que ahora la obra de Emma Villazón será leída con la atención que merece. Lo que me entristece es que para eso haya tenido que desaparecer.


Sombras nada más

Los otros


Comentario del libro Roberto Prudencio y los otros del bicentenario (3600), de Fernando Molina.



Gabriel Chávez Casazola

Toda selección es arbitraria. Solo que algunas, por distintas razones (interés público, representación de una colectividad, etc.) están llamadas a serlo menos que otras. Ese es el caso de la Biblioteca del Bicentenario que, en un ponderable esfuerzo editorial del Estado, aspira a publicar los 200 libros más representativos de lo que es Bolivia. 
Esa labor resulta, de suyo, imposible. Un país, con toda su historia y complejidad, no puede aprehenderse en 200 títulos. La literatura y el pensamiento de y sobre un país, tampoco. Sin embargo, si la tarea está sobre la mesa, lo deseable es que ella se cumpla del mejor modo, siguiendo criterios no tanto de búsqueda de una totalidad, como ya apunté, inabarcable, ni de objetividad (otra quimera), cuanto de calidad y pluralidad.
Para ponerlo en imágenes, cuando pienso en el proceso de selección de los títulos de una biblioteca como la del Bicentenario, no viene a mi mente Moisés, tallando el revelado e inmutable decálogo en pesadas tablas, sino una muchacha concentrada y sorprendida, girando un caleidoscopio en la mano. Es esta actitud la que, creo, podría ser la más adecuada para buscar y encontrar calidad en la pluralidad y pluralidad en la calidad. 
A esa búsqueda -aunque desde fuera del equipo que definió la selección que nos ocupa y después de cerrada esa tarea, es decir, contestando a ella-, intenta contribuir el libro de Fernando Molina titulado Roberto Prudencio y los otros del bicentenario. El aporte liberal y conservador al pensamiento boliviano.
Periodista, analista, crítico literario, narrador (a pesar suyo, pues intenta escapar de la narrativa), de cierta manera político (a pesar nuestro, que lo quisiéramos full time en las filas literarias), Fernando es eso que antes se llamaba un pensador, un polígrafo, un polemista. Precisamente alguien de la misma estirpe de la mayoría de sus “otros del Bicentenario”, autores que no fueron incluidos en las tablas de la biblioteca, pero sí en este caleidoscopio de pensadores conservadores y liberales, esas dos malas palabras hoy día y acaso por eso mismo atractivas.
En estas páginas podemos encontrar a Roberto Prudencio, cuyo nombre forma parte del título del libro por ser a quien se aborda con mayor extensión y profundidad. De él sabía poco y debo agradecerle a Fernando el haberme introducido en el pensamiento de este autor a quien, al ser un “telurista”, un “místico de la tierra”, se lo puede considerar, de cierta manera, un discípulo de mi bisabuelo Jaime Mendoza.
Cosas de la procelosa historia de Bolivia, Mendoza falleció en 1939 a causa de una enfermedad contraída en el confinamiento al pie del Illampu, donde, por oponerse a la Guerra del Chaco, fuera desterrado por Hernando Siles, padre de Jorge Siles Salinas, otro de estos “otros” de la historia y el último gran intelectual conservador que ha dado Bolivia, recientemente fallecido, con quien compartí largas pláticas sobre la via pulchritudinis, el camino de la belleza que lleva a Dios.    
En sus antípodas, encontramos aquí igualmente a Ignacio Prudencio Bustillo, creador de la Universidad Femenina y nietzscheano en medio de la Sucre conventual de las primeras décadas del siglo XX.
Tal vez porque intuía que iba a morir muy joven, a los 33, nos dejó ese apremiante mandato de hay que apresurarse, es decir, no perder tiempo y centrarse en hacer obra, antes de que se apague el sol a mediodía, como apuntó, pensando en él, Medinaceli. Su inclusión en el libro invita también, de modo oblicuo, al rescate de aquellos escritores sucrenses, como Adolfo Costa du Rels, Alberto Ostria Gutiérrez o Fernando Ortiz Sanz, que pertenecieron al linaje derrotado en 1952 -unos “otros” más antiguos aún- y quedaron casi al margen de las antologías y las historias oficiales.
Se halla asimismo en estas páginas Vicente Pazos Kanki, a quien Molina retrata como “el primer periodista y escritor aymara, el primer cónsul aymara acreditado ante Isabel II, la Reina de Inglaterra. Hasta donde sabemos el primer aymara que aprendió inglés y podía despacharse en francés; que tradujo los Evangelios a su lengua nativa…”.  Toda una figura lamentablemente poco o nada conocida en la Bolivia actual.
Hasta ahí los muertos del libro. Ya sabemos que sobre los muertos de toda antología o selección difícilmente hay polémica, pues, como apunta Borges, es el tiempo quien ha ejercido de canonista (o de Moisés). Incluso en una antología de excluidos tal sentencia se cumple inexorablemente. Sobre los vivos es el autor quien, con más libertad pero con mayor riesgo (como la muchacha del caleidoscopio) debe asumir esa responsabilidad.
Molina lo sabe, y sin perder de vista que una selección como esta es además una provocación, incluye a H.C.F. Mansilla, pensador agudo, muy difícil de clasificar; a Roberto Laserna (otro narrador secreto, como Fernando, pues ganó hace años el Premio Franz Tamayo), a quien como economista liberal le ha tocado nadar a contracorriente; y Jorge Lazarte, cuya obra no conozco.
Concluida la lectura, quedo cavilando en que si los aniversarios -esas piedras miliarias que los hombres fijamos arbitrariamente a partir de hitos igualmente arbitrarios, para convencernos de que señoreamos el tiempo y no viceversa-, pueden servir, después de todo, para algo más que lanzar cohetes; por ejemplo, si pueden dar pie a editar libros, rescatar figuras y obras olvidadas, y discutir sobre la historia y su prolongada sombra, entonces que los centenarios y sesquicentenarios y bicentenarios y sus bibliotecas sean bienvenidos, y también las obras que los interpelan. 

Como ésta que busca -y consigue en su brevedad- recuperar parte del aporte conservador y liberal al pensamiento boliviano, es decir, al país. 

De arte y artistas

Sobre los libros de arte


Texto que el autor trabajó a propósito de la presentación de un libro sobre la pintura de Gilka Wara Libermann.



Pedro Querejazu Leytón

La presentación de un libro de arte es el resultado de muchas tareas interrelacionadas, entre ellas la de ser autor; es también una transacción y una intermediación entre lo que se quiere y lo que se puede.
Los libros normales están llenos de textos, tienen letras y palabras, pero no son las palabras. La palabra es la palabra, no la escritura. Un libro de arte es una transacción más compleja aún. Es mostrar en láminas lo que no se puede poner en láminas. Una pintura es una pintura, no es una lámina impresa.
Hacer un libro implica una serie encadenada de pequeñas y grandes decisiones hasta llegar al producto final. Mucha gente me considera curador de arte, aunque yo me defino como historiador del arte que, como parte de su desempeño, hace libros de arte.
Antes de iniciar la colección de la que ahora presentamos el tomo dedicado a Gilka Wara Libermann, edité y produje varios otros libros de arte. Pintura boliviana del siglo XX (1989), La Placa (1990), Las misiones jesuíticas de Chiquitos (1995); El dibujo en Bolivia  (1996), Los pintores bolivianos en la Guerra del Chaco, en el libro Chaco trágico, flora doliente y angustia de los hombres (2008).
He editado y producido dos libros de fotografía: La Paz, ciudad de luz, magia y tradición (1991) y Luigi Domenico Gismondi. Un fotógrafo italiano en La Paz (2009), además de colaborar en otros como: Fotografía Max. T. Vargas Arequipa y La Paz (2015).
Durante cuatro años, 2001-2005, trabajé en la Organización Internacional del “Convenio Andrés Bello”, en Bogotá, Colombia, como coordinador del área de Cultura. Como parte del trabajo tuve que realizar muchos viajes y a diversos sitios, y entonces vi con claridad la importancia de los libros de arte, por lo cual reforcé mi intención de seguir produciéndolos.
Los libros son una necesidad, y, como parte de las intermediaciones culturales, son una manera fundamental de construir memoria. Cuando un artista expone su obra, lo común es que a veces se haga un folleto o catálogo, pero la mayoría de las veces no. Como muchos investigadores, he padecido para conseguir datos sobre artistas, sobre sus obras expuestas en tal o cual oportunidad y lugar y, eventualmente, el paradero de las mismas. Por eso he insistido constantemente en que todas las exposiciones individuales y colectivas deben tener catálogos porque en el largo plazo son referentes circunstanciales del quehacer artístico, con los cuales se construye esa memoria.
Durante la experiencia en Andrés Bello pude ver que en países vecinos, hasta los artistas más jóvenes cuentan con libros publicados sobre su obra, no se diga de artistas de larga trayectoria y renombre. ¿Cuántos hay en Bolivia sobre Marina Núñez del Prado, María Luisa Pacheco, Arturo Borda, Cecilio Guzmán de Rojas, por citar los artistas más renombrados y conocidos?
Por eso, al retornar al país, propuse a varias personas y entidades un plan para producir una colección de libros de arte y editar uno por año, referidos preferentemente a los artistas jóvenes.
Así se inició la colección y se publicaron: Guiomar Mesa (2009), Keiko González (2011), editados por la Fundación esART; Yolanda de Aguirre (2012), Arte contemporáneo en Bolivia, 1970-2013. Crítica, ensayos, estudios (2013), y ahora: Gilka Wara Libermann. 1985-2014.

El nuevo libro
Gilka Wara me pidió que le ayudase a producir un libro sobre su obra. Acepté su encargo y empecé la tarea recopilando, revisando y analizando todo el material que ella me entregó, tanto catálogos, revistas, periódicos, como textos referidos a su obra, de autores como Julio de la Vega, Yolanda Bedregal, Armando Godínez, Mario Ríos Gastelú, Elizabeth Salgueiro y otros.
También me entregó archivos con las fotografías de sus obras reunidas en carpetas correspondientes a cada exposición, que hubo que revisar, limpiar y adecuar.
Un artista en el desempeño de su tarea es capaz de hacer mezclas infinitas de colores cuyo resultado son las obras de arte. Al tratarse de un libro de arte, las fotografías son una intermediación trascendental, pues su calidad y resolución son determinantes para lograr un resultado óptimo. Con relación a esto, se sabe que el ojo humano de una persona es capaz de distinguir 30.000 colores y que un ojo entrenado, como el de un o una artista, es capaz de distinguir 70.000 colores. Una fotografía no reproduce esa riquísima variedad de matices y tampoco una imprenta.
Las películas analógicas de fotografía y los sensores digitales registran los colores con base en tres capas o lectores: azul, cyan y verde. La combinación resultante puede ser muy grande y variada, pero nunca tan alta como la del ojo humano. Las imprentas trabajan con cuatro colores: amarillo, rojo, azul y negro, que combinados pueden dar también una amplia gama de matices. En algunos casos las imprentas pueden recurrir a desdoblar las capas de color y añadir otros para multiplicar las variantes en las gamas cromáticas, pero por muy ricas que estas sean, son menores que las de la fotografía y están muy por debajo de las posibilidades de percepción del ser humano.
Por eso es que hablo de transacciones, por las complicaciones implícitas en el proceso de ir adaptando lo ideal dentro de lo posible. Uno quisiera reducir la obra original, con toda su riqueza, y ponerla en una página, pero eso no es posible, además de que con solo reducirla de tamaño ya se estaría haciendo una intervención y una transacción perversa, y ahí entra la fotografía.
En el proceso editorial hay que seleccionar las mejores imágenes de las mejores obras; hay que reunir los textos preexistentes y editarlos, acotarlos, escribir nuevos textos, construir una hoja de vida detallada y precisa y una bibliografía comprobada; en otras palabras, pensar el libro de manera armónica. Eso es lo que he hecho en el caso del libro recién presentado.
Creo que el libro ha quedado bien. Es un buen libro. Sin embargo, nunca dejo de tener claro que es una transacción entre lo deseable y lo posible.
No obstante las limitaciones descritas, un libro de este tipo tiene la gran virtud de mostrar lo que un artista ha hecho. Es como un camino, cuyo tránsito siempre es de doble vía: no se tiene a las obras delante de uno, pero en contraposición se tiene la posibilidad de mirar y ver de manera casi simultánea muchas de ellas reunidas y de poder hacerlo una y otra vez. Por eso los libros son una maravilla y son la construcción de la memoria.


sábado, 12 de septiembre de 2015

Nota de apertura

Una antología reúne lo mejor de
la literatura boliviana para niños

Los entretelones, detalles y objetivos en torno a la edición de la Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia, uno de los primeros libros de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, que se presentará en octubre.


Ilustración de Romanet Zárate.
Martín Zelaya Sánchez

“Tras la luna de esmeralda / por el camino va sola / la silueta de la chola / con su guagüita a la espalda. // En su florida pollera / color de cielo estrellado / lleva a vender al mercado / kantutas de primavera”.
Óscar Alfaro es uno de los mayores referentes de la literatura infantil y juvenil de Bolivia, y Vendedora de kantutas -de donde tomamos los anteriores versos- una de sus piezas poéticas más enseñadas en primeria inicial, y más declamadas por lo niños de primaria en el país, durante los años 70 y 80.
El escritor tarijeño fue además uno de los primeros bolivianos en cultivar este género que aunque arrancó tardíamente -en relación al resto de países de habla hispana- goza en los últimos lustros de un importante auge en cuanto a cantidad y calidad de cultores y, lo más importante, ya ha logrado generar, aunque no en la medida de lo deseable, costumbre de lectura en no pocos estudiantes de al menos un par de generaciones.
Ésta -la formación de lectores del presente, pero sobre todo a futuro- es una de las principales premisas por la que los miembros del Comité Editorial de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) decidieron en diciembre pasado -cuando emitieron la lista de obras elegidas para esta colección impulsada por la Vicepresidencia- la inclusión de la Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia entre los 200 títulos que la componen. Realzar tanto a los precursores como a los noveles autores de libros para infantes, es una de las motivaciones de Isabel Mesa, antologadora y encargada del estudio introductorio de este que será uno de los dos libros con los que se dará inicio a la BBB; el otro es la Antología de documentos históricos fundamentales de Bolivia, a cargo de José Roberto Arce.
En la línea de Alfaro, y relativamente contemporánea suya, en vida y producción, está Yolanda Bedregal, otra de las pioneras y que cultivó, como la mayoría en su época, la poesía para niños. Una de sus piezas más queridas y difundidas es La imilla: “Bailando la imilla / carita de arcilla / kantuta parece / que, al aire, se mece. // Su mantita linda / color de la guinda, / su faja amarilla / como el sol que brilla. // Su pollera verde / bailando se pierde... / Baila, baila, imilla / carita de arcilla”.

Precursores
Junto a Alfaro y Bedregal, Antonio Díaz Villamil, Beatriz Schulze, Rosa Fernández, Hugo Molina Viaña, José Camarlingui y Elda Alarcón -cada uno antologado con dos o tres piezas en verso y prosa- forman parte de la primera parte del libro, es decir, son los considerados “fundadores” de la literatura infantil.
Sobre la concepción y estructura de esta Antología, escribe Isabel Mesa: “es importante para la literatura boliviana contar con una antología que permita tener un panorama general de escritores, obras, géneros y corrientes dirigidos al público infantil y juvenil. Si bien existen algunos emprendimientos de esta índole, la mayoría se avocan a un solo género: el cuento. Por lo tanto, se hace necesaria una compilación que ofrezca una variedad de géneros literarios en el marco de una propuesta nacional, en la que escritores de distintas partes de Bolivia estén presentes con obras de calidad, trascendencia e impacto en el lector”.
En el estudio introductorio, la autora agrega: “esta selección de obras tiene como primer criterio valorar la calidad literaria de cada uno de los escritos. En segundo lugar, se ha considerado el impacto que cada obra tuvo en los lectores y, por ende, su trascendencia en el tiempo. Finalmente, y no ha sido menos importante, la reunión en una sola obra de autores de distintas partes del país con ese talento especial para contar a los niños y niñas bolivianas sobre la diversidad cultural que tiene Bolivia y el mundo sin subestimar a su destinatario”.

Los consolidadores del género
Para continuar con el repaso, rescatamos acá un extracto de El vuelo del murciélago barba de pétalo, de Carlos Vera, autor considerado en un segundo grupo, dentro de la Antología:
“Como era domingo fui con Adriana hasta las cabinas telefónicas para hablar con papá. Allí, como siempre, nos atendió Tacho Limón, el hijo del señor César, el detective privado. Adriana me tomó de la mano y me llevó hasta la cabina que estaba al fondo. Tenemos que llamar desde aquí, así estamos seguros de que Tacho Limón no escucha nada de lo que decimos, me dijo y yo tuve que acompañarla sin contradecirle”.
Junto a Vera, en esta segunda tanda de exponentes de literatura para menores -de acuerdo al planteamiento de Mesa-, están: Gaby Vallejo, Gigia Talarico, Manuel Vargas, Giancarla de Quiroga, Rosalba Guzmán, Aida Soria Galvarro, David Acebey y Claudia Adriázola; y cierran el libro piezas de los “innovadores”: Liliana de la Quintana, Rosario Quiroga, Isabel Mesa, Luz Cejas, Verónica Linares y Mariana Ruiz.
La antologadora explica sus razones para esta clasificación: “la Antología se ha dividido de manera cronológica en tres partes en las que se puede distinguir una primera generación de pioneros, que se destacaron en poesía y teatro (1922-1979); una segunda generación que desarrolla el cuento regionalizado, costumbrista y tradicional (1980-1999),(y permite consolidar este tipo de obras como un género literario por sí mismo); y una tercera que rompe con los esquemas tradicionales, que se abre a temáticas distintas a lo exclusivamente nacional, pero que también mira la diversidad cultural como una riqueza y un aporte al país (2000-2015)”.

Los renovadores
Para muestra, de la producción de la última tanda, va un breve trozo de La abuela Grillo, de Liliana de la Quintana:
En el mundo de los ayoreode, en la época de los antepasados, casi todos los seres que conocemos no habían decidido aún ser animales o humanos”.
“En esos primeros tiempos, cuando todos estos seres vivían juntos, llamaban abuela al grillo más grande, a Direjná, que también tenía partes del cuerpo humano. Esta señora grillo habitaba en lugares húmedos. Era la dueña del agua y no resistía el calor. Por eso donde ella estuviera no había sequía, pues atraía la lluvia y mantenía verdes los chacos o terrenos de cultivo y se producía comida en abundancia. Los nietos llevaban una vida tranquila porque el agua nunca se secaba”.
La Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia se completa con varios anexos que enriquecen el panorama y la visualización de este género en el país: una selección de reseñas de las mejores novelas para niños y jóvenes, un cuadro esquemático sobre autores y estudiosos no incluidos en la selección, y la bibliografía de fuentes.
Dos apuntes más: como en toda publicación para los más pequeños es esencial la parte visual, gráfica, y esta no es la excepción: cada cuento, obra de teatro o novela (no así los poemas, por motivos de espacio) cuentan con una ilustración a todo color exclusivamente plasmada para el libro. Son en total 29 piezas que estuvieron a cargo de Romanet Zárate, Jorge Dávalos  y Paola Guardia; para muestra, tres de estas adornan estas páginas.
Y para cerrar: como establece el reglamento de gestión editorial de la BBB, en el caso de las antologías, si bien la responsabilidad mayor recae en los antologadores, estos deben contar con un comité asesor de especialistas que revise su propuesta y -con sugerencias de inclusión y exclusión, debidamente argumentadas- ayude a validar y complementar el índice.
Esto ocurrió, por supuesto, en el caso que nos concierne ahora, y por este motivo recogimos la opinión de los tres asesores de Mesa -Mariana Ruiz, Manuel Vargas y Rosalba Guzmán- que se presenta en los recuadros de apoyo adjuntos a esta nota.
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Ilustración de Paola Guardia.

Una herramienta muy útil en alcance y valor

- A partir de su experiencia en el comité asesor de la Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia, ¿cómo define, describe este libro?
- (Manuel Vargas): Es una buena y amplia muestra de textos escritos por autores de las diferentes épocas de la historia del país. Refleja los diferentes momentos y concepciones de lo que se entiende por literatura infantil.
- (Rosalba Guzmán): Es, quizás, la antología que recoge los textos de mejor calidad. Casi todos, sino todos, fueron premiados y/o publicados en importantes editoriales nacionales e internacionales.
- (Mariana Ruiz): Esta Antología es la primera en alcance, ambición e intención que se hace en Bolivia sobre este género. Si bien existen otras, ninguna abarca la diversidad de géneros (poesía, novela corta, cuento, teatro) en su totalidad, ni es tan completa en su extensión temporal. Además, su intención es la de llevar calidad literaria y representativa a todas las escuelas del país, convertirse en una herramienta útil para los maestros y en un tesoro para los jóvenes lectores; no es poco, de ninguna manera.

  
Hacia un estado de situación del género

- Tomando en cuenta los debates que definieron el contenido del libro, ¿se anima a dar un breve diagnóstico del estado y las perspectivas de la literatura infantil y juvenil en Bolivia?
- (Manuel Vargas): Yo expresé, dentro del grupo, mi desacuerdo respecto de lo que se entiende por literatura infantil, pues esta concepción parte de una necesidad u objetivo de compartimentar la literatura por edades, por capacidades de comprensión (que no son iguales en cada sociedad), por ciertas estructuras específicas de un subgénero, o por intereses comerciales de las editoriales (en Bolivia esos intereses se diluyen porque el mercado es incipiente).
Entiendo que debe darse más amplitud al concepto de literatura infantil, como todo texto que el lector, niño o niña, puede comprender y gustar, no solo de autores que conscientemente escriben y publican “para niños“, sino también otros textos como los que corresponden a la tradición oral en general, pero elaborada literariamente, así como textos de autores “para adultos“. De lo contrario, la literatura se limitaría a un género o subgénero, con el peligro de discriminar a uno u otro público: de o para mujeres, de o para niños y jóvenes, de o para mayores... en otras palabras, no puede haber una literatura “dirigida“ sino que parta de una realidad concreta, inclusive de nuestra realidad oral, más que letrada.
- (Rosalba Guzmán): En Bolivia la literatura infantil es un género que, pese a haber crecido considerablemente en cuanto a la proliferación de escritores, aún no logra tener un lugar de reconocimiento en el público adulto. Mientras esto no ocurra, es muy difícil que llegue a los niños.
Sin embargo, en los últimos años, a partir del trabajo constante de la Academia Boliviana de Literatura Infantil, el Centro Simón I. Patiño, el IBBY Bolivia y algunas otras instituciones, se ha dado mayor importancia y motivación para los escritores, mediante encuentros nacionales e internacionales, ferias especializadas y concursos.
- (Mariana Ruiz): El trabajo de edición de esta Antología ha demostrado que el material es, comparativamente, escaso y de un nivel que deja mucho que desear, con honrosas excepciones. La literatura infantil y juvenil boliviana surge tardíamente, recién en los años 70 varios autores decidieron dedicar parte de su obra a los niños. Los tirajes de estas pocas ediciones eran pequeños y el alcance exiguo, generalmente eran/son los maestros quienes escriben, buscan difundir y se esfuerzan en hacer llegar estas obras a los niños. 
A partir de 2000 se da un cambio radical, hay nuevas editoriales que se esfuerzan en producir material nacional, como La Hoguera, 3600, Kipus… Hay nuevos concursos que estimulan la producción y fomentan nuevos autores de gran calidad. Con estos nuevos escritores, los temas se profundizan, hay mucho rescate de la identidad nacional, nuevos personajes…Pero también hay novelas que resuelven con acierto nuestra relación con la tecnología.


El chicuelo dice

Aquella niñez disfrazada de enanín

El chicuelo se despacha otra crónica de nostalgias, reminiscencias, reflexiones…



Wilmer Urrelo 

¿Y qué fue entonces de la niñez?
Quiero hablar acerca del intento de comprensión de la niñez. De esa etapa de la vida condenada al eterno recuerdo o quizá al eterno olvido. La niñez vista a través de unas gafas de sol. O la niñez llena de brillos y de jueguitos inventados donde uno siempre gana. Y la niñez de la niña azul: de ella, de vos, de quien siempre me pregunto cómo habrás sido, qué cosas te habrán gustado, qué cosas no, qué arrancarían tu risa o tu llanto. De los 600 días de ausencia.
Y también está la niñez que solo es puro llanto. Llanto por culpa del miedo. Llanto por culpa de los padres. El transparente llanto envenenado. Y la niñez pobretona, aquella infectada por las paredes de adobe y por los techos de calamina, por la hoguera donde hay que calentar el agua en una vieja caldera. Esa, la niñez que lo contempla todo con distancia o con indiferencia o con una enorme alegría: la niñez de la pobreza, la pobreza de la niñez.
También podemos hablar de la niñez olvidada o mejor dicho puesta en hipotéticas buenas manos; esa niñez que es abandonada en El Torno o en un baño público o en el basural más cercano y donde nosotros, los perros hermosamente vagabundos, y donde ellos se comerán mi carne de niña recién venida a este mundo.
Y está sin duda la niñez de los disfraces. La niñez de las fiestas patrias: niñitos convertidos en milicos con armitas que lanzan luces y por fortuna no balas de verdad porque de lo contrario más de uno ya no estaría en este mundo. Y la infancia de las niñitas emulando al litoral perdido. Tan chiquitas y convertidas ya en un símbolo patriotero.
Y la niñez donde está permitido comer de todo. Que los helados. Que las salteñas. Que los algodones de azúcar… La niñez vive entonces en tu estómago. O la comida impuesta por los traumas de los padres. De chiquita a mí me daban puras migajas, ahora le digo a mi hija comé todo lo que puedas, niña… helados de todos los sabores, sobre todo.
Y sugiero apuntar a la niñez de las parejas separadas. La niñez viéndolos pelear. Grito va, grito viene, insulto elevado al cubo. Y pensar que este par que ahora se muestra los dientes tuvo una niñez también. Y que en algún momento se amaron. Cierto, en algún momento hubo amor en cualquier rincón de nuestros cuerpos. Los cuerpos, las formas de los cuerpos que la niñez heredará como un sino maligno.
Y está la niñez enferma. La que debe soportar el peso de estar vivos. De sus cuerpos maltrechos. De tener como enemigo principal a Dios y a todos sus apóstoles. ¿Dónde, en qué lugar del dolor indescifrable que hoy me destruye estará mi ángel de la guarda? A lo mejor se aburrió y se fue. Ah, la niñez prófuga. La que escapa de sus respectivas casas porque está harta ya de sus padres, de sus hermanos, de las abuelas que lo olvidan todo. Se busca niño extraviado a tal hora y en tal lugar. Viste pantalón jean, polera blanca, tenis amarillos, tiene un lunar en el labio superior (lado derecho). Referencias a la Policía Nacional o bien a los siguientes teléfonos… La familia se halla muy angustiada.
Y está la niñez envejecida. La que asume todo el desconcierto del mundo con una madurez aterradora. Y mis papás orgullosos de eso y dicen a quien desee oírlos: es bien responsable para su edad, es nuestro orgullo, el verdadero futuro de esta familia mediocre.
Y está la niñez que olvidas. La niñez que es mejor dejar pasar de largo porque a veces es recomendable acelerar y dejar estáticas (piedra) aquellas cosas que te hicieron daño. O están las cosas que la niñez olvida. Cosas básicas como saludar a la gente. Cosas básicas como comer con la boca cerrada. Cosas básicas como ser feliz. Ah, miren, acabo de hallar a la niñez infeliz de sonrisa poderosamente amarga.
Y la niñez que no sabe definir qué está bien y qué está mal. De chiquita yo veía a un señor barbón que me decía quema tu casa, quémalo todo con todas las personas que viven adentro. O la niñez que conversa con las personas muertas. Hago referencia a esa niñez fúnebre que pregunta a la persona fallecida cómo está, cómo se siente, si le está haciendo frío o calor. O la niñez que te mira y que es capaz de contagiarte su tristeza.
Y la peor de todas las anteriores: la niñez del futuro señorito. Es decir, el fruto podrido producto del papá médico y de la mamá actriz apretándole los cachetes, mi hijito lindo, mi caballerito precioso, mi futuro don Juan, mi príncipe azul: el futuro asesino de la novia de sonrisa de colores, y mi arma mortal será un coche de lujo, claro, no podía ser de otra forma en una persona como yo. El principito boliviano no sabe que ya Hilda Mundy le quitó la máscara hace muchos años atrás en el libro Cosas de fondo: “En el automóvil nace el desenfreno. Los que caminan en él, acostumbrados al derrumbe de paisajes, anhelan aún el derrumbe de la humanidad”.
Y la niñez acelerada. La niñez de los concursos de belleza, de las academias de niñas-modelos. Ven y cumple tus sueños. Etiqueta, fama y un futuro brillante. Los adultos que ahora gobernamos los sueños de la niñez. Y la niñez que descubre la literatura más tarde que temprano.
La niñez disfrazada de enanín (yo). Es decir, las barbas blancas, la carcajada forzada, los poderes mentales aún oscuros y escondidos: y la niñez perdida también. Perdida, extraviada, invisible e inexistente. Me pregunto cómo serían las aristas de la niñez de la joven poeta injustamente muerta por culpa de la altura paceña. Y Baudelaire señalando al enanín y a especies anexas y escribiendo: “(porque la tumba siempre comprenderá al poeta)”.
Y en aquellas barbas del enanín reilón anidarán, como pulcros y desesperados pájaros, los 600 días de mi ausencia.