lunes, 24 de agosto de 2015

Parhelio

[Útera] II

Segunda parte del comentario de la más reciente producción discográfica de García-Orihuela.

 
Dibujo de Martha Cajías. (La Mariposa Mundial)
Rodolfo Ortiz

a la lumbre pilpinta

Por razones de espacio voy a concentrarme en las tres últimas canciones que cifran tres ámbitos primordiales de esta Útera, a la par siempre recurrentes en los trabajos de Orihuela-García. El tiempo, el espacio y la muerte, ahora sonorizados a partir de los poemas de Blanca Wiethüchter, María Josefa Mujía y Martha Cajías. Una versión de estas notas se publicó en la Revista de Estudios Bolivianos N° 22 del IEB en junio de 2015.
“A la intemperie” es un poema de Asistir al tiempo (1975). Blanca Wiethüchter ubica este poema en la sección llamada “En la distancia”. La canción que lo reinventa asume un modo que en su propia distancia dialoga con las Gymnopedias de Erik Satie. Los arpegios y el tempo mismo proponen un tratamiento que va subsumiendo elementos y recursos sonoros esenciales a tal divagación. La presencia de la grave resonancia de un corno, interpretado por Verónica Guardia, urde una prefiguración melódica que la voz de Emma Junaro irá a prolongar. Un corno que anuncia, que dice y que canta los versos poco antes de entrelazarse a la voz que los dice después. Este mismo recurso, que sugiere la imagen misma del tiempo y la intemperie, aparece en el tratamiento de las diversas voces que aparecen, que van apareciendo en la canción. Hay una voz callada, que es la del poema y que vamos despejando en una lectura silenciosa que se entrelaza en la canción, esta vez, de la mano de otras voces, también constantes y aterradoras: la voz de Blanca Wiethüchter que irrumpe luego de la primera estrofa, luego de la palabra “semilla”, una voz masculina que también se entrelaza en el quinto verso al cantar “reúno ahora los caminos”, la voz de Junaro en todos los versos dilatados, idos, prolongados en la voz del corno, cuya resonancia trae de una buena vez a la vida aquello que murmura en el tiempo y que es su propia voz.
El corno y su grave resonancia es la voz de Saenz, claro está, pero el fragmento que Orihuela recorta de una entrevista a Blanca Wiethüchter, habida allí, nos habla sin corno, pero transportando aquella voz por quien mejor la escuchó: “…el gobierno de un lenguaje es importante…te da a expresarte… y no se puede fundar otra cosa si no es a partir de una ruptura… si no se amplía la mente… el vivir de una manera distinta…”. De aquí que Útera, imagino, plantearía no vueltas de tuerca sino vueltas de trenza. La ruptura que propone su lenguaje y su música se adhiere a este sentido de integración y no a la fatalidad de los puntos de vista.
“La ciega” sale por primera vez en el matutino El Eco de la Opinión de Sucre a mediados del siglo diecinueve, gracias al impulso de Augusto, hermano y amanuense de María Josefa Mujía. La historia de esta emperatriz de la hysteron en Bolivia es corta y franca, según refiere Moreno, pero fue a la par solitaria y desesperada, según se puede constatar en el todavía no reconstruido carteo poemático que mantuvo con Manuel José Cortés, Manuel José Tovar y otros anónimos enamorados. Ella hace una ceguera espontánea desde sus 14 años de edad dada la muerte de su padre, y su existencia, que se consume poco a poco en desesperadas ansias de ver el espacio y los colores del espacio, deriva en la “noche oscura”, y lo que es aun más revelador, en “la dicha de morir”.
Ahora bien, García-Orihuela invitan a Julie Marín a enfrentar este poema que se condensa, en este caso, en cuatro estrofas de las ocho que Augusto, como referí, mandó a publicación en 1850 y con el título de “La ciega”. Julie Marin, a su vez, cantante de hardcore y compositora ella misma, se espacializa en la oscuridad errante del poema bajo una modalidad performática que García-Orihuela habían preparado para ingresar a esta canción de otra luz.
El procedimiento, afinando el oído, fue el siguiente: Julie Marín debía memorizar una estrofa, la primera estrofa de Mujía, y luego, claro, vagabundear. A su vez, y dado que una ceguera como la de Mujía reclama al “astro hermoso” que “por siempre oscureció”, versos no recogidos aquí, debía tantear, vendada y cantando a capela, la negrura de un conjunto de objetos colgantes. Marín ingresó a esa cámara oscura para pulsar cucharones, escobas de paja, cadenas y seguramente todo lo colgable que un sarcófago de lo no visto reunía para sus manos. Entonces, el canto debía emerger por sí solo, y quemando amarras atrapar la otra luz. Luego y recién, Oscar García entrelaza una guitarra de doce cuerdas con arco en cada uno de los desvaríos luminosos, en pos de no se sabe ya cuál formulación de oscuridad o respuesta desplazada, donde a la par se atisba un acordeón arrugando los párpados de la ciega, una vez más, y los de Marín.
Así, en radical estadía, quedamos donde todo radica en cámara de hueco. Una reserva adorable que nos liga, digamos desde nada, a la muerte que se escucha zapatear, desde lejos, en la última canción.
Es el poema de Martha Cajías, cantado sabemos, escrito no sabemos, pero llevado desde 1973, cuando nació en 1958. Juan Carlos Orihuela ha incorporado una parte de este poema en su libro Fragmentos nómadas (2014), que luego completa en Útera. Si intentáramos pensar en el devenir de una historia posible de este entreverado país, donde todos se echarían, en determinados momentos, una luz mutuamente, esa luz, estoy seguro, sería el poema de Martha Cajías.
En la canción hay una caja octogonal ritual que fue grabada rondando el Alto de las Ánimas, de frente al Illimani. Fernanda Peñarrieta ejecuta el tambor desde lejos. El tambor, hasta donde podría elucubrar, ejerce la flor disecada y el dolor de no poder echarnos definitivamente fuera del tiempo. En este poema el tambor de Peñarrieta, llevado por García, armado por Villagómez, dibujado por Fabiana, llorado por Zamudio y visto por Mujía, es el fuera del tiempo revelador del tambor.
En esa alegría de la penumbra se ensambla la voz de Teresa dal Pero y Julia Peredo cuando cantan lo que Orihuela canta todos los días. Es así. Y es inútil reproducir aquí sus fragmentos. “Como una brizna” es una canción que por mucho tiempo será, al menos para mí, lo más relevante de la música de este mundo. Martha Cajías seguramente la cantaba en silencio junto a su telar. Alguien leerá el poema que leemos todos los días, pero nadie canta lo cantado todos los días por ella. Recordar es interpretar e interpretar es entonar y entonar es, una vez más, echarnos luz mutuamente.
Juan Carlos Orihuela y Oscar García, ambos músicos, compositores y escritores, han trabajado siempre en sábado por la tarde. El pulso perturbador que los circunda y los hace desde hace más de tres décadas, ha forjado cinco trabajos únicos. Cantos nuevos (1979), junto a Pablo Muñoz; Memoria del destino (2002 [1991]); Debajo de la gotera (2000); Celebraciones (2004); y Útera (2014).


Sombras nada más

Una enfermedad contagiosa


Texto que el autor leyó durante su reciente participación en el Festival Internacional de Poesía de Medellín.



Gabriel Chávez Casazola 

El Festival Internacional de Poesía de Medellín ha cumplido 25 años este julio pasado, demostrando que con pasión y tenacidad es posible crear y consolidar espacios para la poesía, es decir, para la belleza, aun en las condiciones más adversas.  
El Festival nació en una etapa en que la violencia sacudía a Medellín y a Colombia toda, y sus organizadores, a la cabeza de Fernando Rendón, tuvieron la visión de sembrar poesía en un campo minado. Cinco lustros después, es posible comprobar cómo esta siembra ha dado frutos. Ahora, este es el Festival más importante del mundo por la gran participación del público en las lecturas y la presencia de poetas de los cinco continentes, pero también porque ha abierto una ventana de esperanza a través de la poesía, que al fin y al cabo, antes que ser un género literario, es una forma de mirar y habitar el mundo.
Esta última convicción fue uno de los ejes centrales del texto que preparé para la apertura del Encuentro Mundial de Escuelas y Talleres de Poesía en el Festival de Medellín, donde más allá de compartir experiencias, tocaba también hacerse algunas preguntas. La mía fue si la poesía es una enfermedad contagiosa. Este es el texto que leí en esa ocasión, hace apenas unas semanas:

¿Es la poesía una enfermedad contagiosa? La pregunta no es menor, pues nos remite a la misma razón de ser de los talleres de poesía. No se trata aquí de volver a la vieja cuestión de si se trata de un mal innato o adquirido, sino de interrogarnos sobre si es posible transmitir la poesía, si es posible “enseñar” a escribirla y cómo.
Más cerca de otras artes que de otros géneros literarios (incluso me resisto a considerarla un género), la poesía -música y silencio, por eso tiempo; imagen de imágenes, por eso lienzo; sonido y sentido, voz no pocas veces oracular y arcana- no puede reducirse a un conjunto de técnicas, de formas de leer y de escribir, de construir un texto. Quede eso, con el perdón de mis amigos cuentistas y novelistas, para los talleres de narrativa (y aun ahí con dudas). 
¿Qué es, pues, lo posible en una escuela o un taller de poesía? Hay dos o tres verbos que prefiero a “transmitir” o “enseñar”, que son “suscitar”, “provocar”, y “entusiasmar”.
Suscitar, suscitare, esto es, causar, incitar, promover curiosidad, duda, interés. Incluso algún diccionario afirma que suscitar es agitar. Primero, pues, hay que suscitar interés, curiosidad, duda, agitación por la poesía, que solo se produce leyendo la propia poesía. Después, y poco a poco, ella misma se encarga.
Leer poesía es precisamente suscitar que ocurra. Con solo formar buenos lectores de poesía, lectores agitados, un taller habrá cumplido su tarea.
Pero además, para quienes quieran y puedan dar ese paso más que es el salto a la escritura, la lectura resulta ser, por lo general, una condición previa y un compromiso vital a sostener. Difícilmente hay poeta que no lea poesía, que no dialogue de manera habitual y cotidiana, o especial y profunda, con los otros agitados como él.
Toca también en un taller el provocar, provocare, “llamar para” ese salto a la escritura a quienes dan muestras de llevar dentro el virus o de haberlo suscitado en sus lecturas -y aquí el ojo del “tallerista” (sustantivo que me desagrada) deberá ser una mirada de discernimiento. El talento poético no suele irrumpir, salvo excepciones y además tempranas. No es una transfiguración sino un camino, lenta alquimia.   
Pero como la poesía, antes que un género o un puñado de técnicas, es una forma de mirar el mundo, de habitarlo, la provocación debería ser esa. No provocar tanto a escribir cuanto a mirar de otra manera. Y quien mira de otra manera no sólo nombra de otra manera sino que vive de otra manera. Hay, pues, una ética en la poesía, inextricablemente ligada a su estética. Un taller no puede (o no debería) hacer a un lado esta cuestión esencial.
Pero además, para recorrer el camino de la poesía, para transmutarse en su alquimia, es preciso estar entusiasmado, en el sentido griego del enthousiasmos, llevar un dios dentro, estar poseído de la locura inspirada. Este es otro salto. No se trata, otra vez, de irrupciones, esta vez divinas.  Solo de llevar y regenerar siempre, dentro nuestro, la energía necesaria, único avío, muchas veces, para este recorrido. 
La que entusiasma es la propia poesía, sí, pero el momento del taller no es una clase que un profesor cumple en un liceo o una universidad por una obligación y un salario: es una cita con la profundidad de las cosas. El “tallerista” debe ser un entusiasmado para a su vez poder entusiasmar a otros, apasionarlos, ya que no se puede dar no lo que se posee.
Suscitar las lecturas que susciten, a su vez, la poesía; provocar otra manera de mirar y nombrar las cosas -de escribir una mesa, una memoria, una mirada, una mirabilia-; entusiasmar y estar entusiasmado. Leer, en síntesis, y cuando toque, cantar y contar, decir y aludir.

Menudo programa y, sin embargo, posible. Tal vez todos quienes participamos en este Encuentro de Talleres y Escuelas de Poesía en el Festival de Medellín hayamos vivido, estemos viviendo esta experiencia, en la que encontramos la respuesta a la pregunta de origen: ¿es la poesía una enfermedad contagiosa? Afortunadamente, sí. Y también puede contagiarse, con ella, otra forma de habitar el mundo. Esa es la ética de la esperanza que la poesía lleva dentro suyo, caracola discreta en la que habita toda la fuerza de la voz del mar. 

Etc.

Mamá, cuéntame otra vez


Reseña de la nueva novela de la escritora Amalia Decker.


Carlos Decker-Molina

De acuerdo a las reglas éticas, me dirán, no debiste hacerlo porque eres hermano de la autora de la novela. Justamente por eso no es tarea fácil.
El hecho de ser su hermano me pone en la necesidad de ser lo más objetivo posible, aunque la objetividad -permítanme la redundancia- es solo la subjetividad controlada por mi largo oficio de periodista.
Como mi intención es no hacer trampa, les confieso que entre abril y mayo leí unos originales que de entrada me recordaron la gran disyuntiva de la literatura: la relación entre lo real y lo ficticio.
Hoy que acabo de leer la novela publicada y lanzada en Lima y La Paz: Mamá, cuéntame otra vez (Kipus), confieso que me he encontrado con una sola voz relatora cuando su estructura originalmente tenía un atisbo coral, pero, la disyuntiva principal sigue incólume a lo largo de todo el texto: ¿Qué es real y qué es ficción?
Esa pregunta se la formularán todos quienes vivieron aquella época del “patria o muerte, venceremos”. Y, aquí viene mi primer elogio, Amalia logra meternos en una historia que siendo real es ficticia.
Borges me sirve mucho para encontrar un ángulo de observación entre lo real y lo ficticio. Su cuento Funes el memorioso, es una “biografía” de alguien que no existe, pero cuando se lee uno queda atrapado en la “verdad” borgiana e Irineo Funes es una “realidad” incuestionable a pesar de que nunca existió.
Tanto Camila, como Julien, o Amarilis y su abuela Caridá, existen porque son personajes creados por la pluma de Amalia Decker, pero el lector los confunde con seres reales, incluso con la tendencia a encontrarlos alrededor de la escritora, ¿Será una de sus hijas? ¿Será que hay alguna hija en Cuba… o un hijo en Paris?
La novela de Amalia cumple con la regla de transformar la mentira en realidad o la realidad en mentira que es lo mismo que construir, con voces y palabras, ecos y paisajes, una pieza literaria.
Suele haber dos tipos de escritores, los que tienen mucho que contar por sus propias vivencias, observaciones e indagaciones y los otros que tienen una técnica académica y no tienen mucho que relatar e inventan ciudades, personajes y escenas muy bien logradas, pero escritas adrede; es cuando los lectores dicen: “muy bien, pero le faltó alma”. La novela de Amalia tiene alma, se los aseguro.
Permítanme desdoblar la novela en dos aspectos importantes, la voz relatora y los diálogos. Reitero que, personalmente, me habría gustado una estructura coral, con varias voces diciendo lo suyo y sumando y restando a la historia troncal, pero la voz de Camila, que es la que nos cuenta la novela, tiene el desparpajo de la hija curiosa por saber quién fue su madre de la que solo sabe, por el murmullo familiar, que fue una  guerrillera.
El esfuerzo curioso de Camila, la voz relatora, y los deseos de los personajes por descargar sus pesadas mochilas concienciales, obligan a la escritora a construir un relato que se apoya en recuerdos y buceos en bibliotecas y hemerotecas. El logro, es un relato fresco y verosímil y, lo que es importante, no panfletario a pesar de que es un producto del realismo social, tan vapuleado por los post modernistas.
Para mí el realismo social es como tomar un café con Rulfo y el post modernismo beber un tequila con Bolaño. Hoy estuve de café con mi hermana Amalia.
Les aseguro a los lectores que no se perderán en la maraña de una realidad que existió y que está contada por la historia oficiosa desde la óptica de los ganadores o la otra, la historia de los heroicos perdedores; Amalia se abroquela en la razón literaria en base a tejer con hilos verdaderos y mentirosos, esa es la gran diferencia.
Amalia puso a dialogar, sobre todo, a mujeres porque conoce su psicología y sus dialogantes encajan muy bien en el relato troncal porque es un repasar una historia política, conocida o relativamente conocida, a través de varias historias personales que se van sobreponiendo como si fuera una sola voz. Los menos logrados son diálogos los telefónicos entre Camila y Julien porque se resbala el tono romántico que, de por sí,  y reconozcamos, en la realidad también son cursis.
Ahora me propongo comentar el entrelineado político. Hay varias recetas, pero dos importantes por su reiteración: la de Vargas Llosa que “habla desde adentro” es decir les hace decir a sus personajes lo que quisiera decir él, en primera persona. Vargas Llosa nos introduce en el mundo que quiere criticar para que el lector se adhiera a su opinión. Y, la de los escritores latinoamericanos que describen las hazañas guerrilleras con voces ideológicas lo que produce, a esta altura de la historia, un rechazo cerebral.
Amalia, en su Mamá cuéntame otra vez logra un intermedio entre el “hablar desde dentro” y el “recuerdo crítico”, este último muy cercano a los escritores latinoamericanos que vienen después del boom, como la colombiana Laura Restrepo y el mexicano Jorge Volpi que en El fin de la locura introduce personajes que tienen cierta familiaridad con la abuela Caridá y su grupo de cubanas que se abren ante la visita de las dos  jóvenes bolivianas.
La “verdad con mentira” de Amalia, es una urdiembre literaria que, sin ser panfleto ideológico, es crítica a una buena parte de la historia boliviana de la que la fue protagonista en primera persona.
Se dice que cada lector lee “su” libro, posiblemente hayan lectores que no coincidan con mis opiniones, pues tampoco es mi intención, al contrario el desafío es leer y que cada lector cree su mundo literario de la mano de una escritora que conoce bien el alma de los clasemedieros bolivianos.   
El “patria o muerte, venceremos” es una de las hebras principales del tejido literario de la novela de Amalia, cuando se llega al final, no hay consignas embaucadoras, por eso, personalmente, me permito sugerir a sus lectores una más llevadera y moderna: Patria o suerte. Nos veremos.

Mamá, cuéntame otra vez, se deja leer, gusta, revuelve las vísceras y hacer pensar.

miércoles, 19 de agosto de 2015

In memoriam

Reproducimos la ponencia que la poeta Emma Villazón escribió para las II Jornadas de Literatura Boliviana. Ella participó en la mesa "Yo poeta y la poesía en Bolivia", el pasado sábado 8. Se trata de un agudo análisis introspectivo de su ser poético y de paso, de la situación actual de la poesía en Bolivia.

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La poesía de ayer y hoy en Bolivia                                   


Emma Villazón

Tremendo desafío es hablar de poesía, y más aún de lo que uno escribe, por lo que intentaré hacerlo con sinceridad, y asumiendo la dificultad que acarrea este esfuerzo por desdoblarme.
A la pregunta por si tengo búsquedas y metas a la hora de crear, pues me interesa más pensar estas búsquedas como “inquietudes” que llegan a través de la experiencia vital. Ninguno de mis libros fue planificado como un proyecto con una misión y objetivos, los poemas aparecieron como una respuesta a un acontecimiento que se transformó en una inquietud, y me interpeló durante un buen tiempo.
De manera que primero llegó la inquietud, y luego el poema debió saber responder a eso. Digo “debió saber responder”, aunque obviamente no creo que los poemas respondan de manera definitiva a un acontecimiento crucial en nuestras vidas.
Así, con el primer libro, fábulas de una caída (2007), primero apareció un poema en el cual reconocí una voz que hablaba muy fuerte y que debía seguirla, darle atención y escuchar sus resonancias, que se convirtieron en otros poemas. Ahora que veo a la distancia ese proceso, creo que mi escritura pasó primero por el momento de oír una determinada inquietud, y luego por intentar responderla. Por lo que saber oír, sopesar a ciegas una inquietud oscura, una que no tiene una fácil respuesta, eso me parece muy importante. Es decir, me inclino por esa poesía que, en vez de tener búsquedas, “sabe oír” como un chamán o un yatiri el caudal de sucesos sociales e individuales que lo rodean y que todavía no tienen nombre.
En otras palabras, ese saber oír tiene que ver con la actitud de receptividad del poeta, con la capacidad de dejarse afectar por todo lo que le llega a través de su existencia. Porque, para decirlo en unos versos, “la página del vacío aparente viene escrita/ solo hay que tactar” (Elvira Hernández). Quisiera, humildemente, poder tactar esas escrituras que me llegaron.
Siguiendo esta idea, cambiaría también el término “meta” por el de “deseo”, puesto que solo si hay carrera o proyecto, hay meta. A falta de “meta”, mi “deseo” es escribir poniendo atención en lo que veo, en lo que pasa alrededor y fuera de las fronteras, y también en lo que pasó o no pudo pasar. También quisiera recuperar el valor que tiene el acto de decir, el hecho de tomar la palabra para darla para todos. Me gustaría poder aunar la importancia de decir ciertas cosas con una conciencia bien despierta sobre cómo decirlas. Y sobre este “cómo decir”, me interesa que los poemas sean interrupciones al lenguaje corriente; en realidad no concibo a la poesía si no perturba el lenguaje, si no es capaz de, como decía Octavio Paz, constituirse en una “otra voz” que desarme los sentidos convencionales sobre el mundo, como un acto violento y de resistencia. He ahí la potencia de la poesía, en la capacidad que tiene para irrumpir entre la cháchara y poner en tensión el mundo que recibimos desde el lenguaje.        
A la hora de escribir no tengo métodos ni costumbres, quizás “manías” sea la palabra, y en realidad es solo una. Durante un largo tiempo, escribí a lápiz en cuadernos, que llenaba también con citas de poetas y garabatos, porque el papel me parecía el soporte más tolerante al largo tiempo que dedicaba a escribir y a la intimidad del acto. Escribir en la computadora me parecía un acto despersonalizado, donde el poema debía resolverse pronto. Con el tiempo, cuando algunos poemas se dieron con la computadora, descubrí que prefería el papel porque con él había escrito poemas que me gustaban, es decir, había hecho de este mi amuleto de la buena suerte. Ahora comprendo que los poemas se dan de manera misteriosa, generalmente aparecen en el papel, a veces en la computadora, no se puede predecir su aparición, solo esperarlos.
Sobre mis autores preferidos, leo con pasión a Blanca Wiethüchter, Jaime Saenz, Jesús Urzagasti y Arturo Borda, especialmente reconozco a estos tres últimos porque cada uno no solo llegó a crear un mundo único con su obra, sino que también dejó una reflexión valiosa sobre la poesía. También debo a la revista y editorial La Mariposa Mundial, que sigo desde hace años, por los raros escritores y textos que nos ha presentado, y lo sigue haciendo.
Fuera de Bolivia, he considerado como mis maestras y maestros en diferentes épocas a Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Emily Dickinson, Clarice Lispector, Marosa di Giorgio, Susana Thénon, Sharon Olds, Fernando Pessoa, Paul Celan, César Vallejo, Humberto Díaz-Casanueva, Leónidas Lamborghini, J. Guimarães Rosa y Héctor Viel Temperley. Y entre esa tribu salvaje, me siento especialmente marcada por la poeta rusa Marina Tsvietáieva, quien sería la luminaria de ese grupo. Tres poemas mayores, traducidos por Severo Sarduy; Cartas del verano de 1926, la correspondencia entre ella, Rilke y Pasternak; Mi Pushkin, Noches florentinas, Cartas a una amazona y El poeta y el tiempo son joyas poéticas inolvidables para mí. Si hay una voz poética que se disuelve en un mar que golpea con una música imponente, wagneriana, pero a la vez quebrada por unos guiones constantes, y con una honda sabiduría, esa es la voz de mi Marina. Frente a estos maestros, me es difícil señalar cuál ejerce influencia práctica en mi escritura, yo los veo como estrellas inalcanzables… Los lectores dirán.   
Con respecto a la historia y la actualidad poética en Bolivia, si es que hubo alguna vez una “época dorada”, entendida como aquella en la que escribieron varios poetas una obra destacada, quizás esta podría ser la década del 30 al 40 del siglo XX, periodo en el que escriben Ricardo Jaimes Freyre, Gregorio Reynolds, Franz Tamayo, Arturo Borda, Hilda Mundy, Raúl Otero Reiche, y también un Gamaliel Churata, que comparte lecturas y escrituras en tierra boliviana por entonces.
Ese periodo me parece fructífero e interesante, pues se da una conjunción entre la efervescencia de las ideas políticas de izquierda con las estéticas del modernismo, el vanguardismo y cierta reformulación del modernismo desde una veta indígena andina con Churata. No obstante, también se podría hablar de otro periodo interesante: el de las décadas del 50 al 80, con Jaime Saenz, Oscar Cerruto, Edmundo Camargo y Blanca Wiethüchter.
Pero creo que pensar en una época dorada es complicado, porque puede introducir la nostalgia por una época pasada mejor que la presente, y además genera la idea de que a cada época le corresponde su poeta, lo cual puede crear pugnas entre el viejo poeta y el poeta contemporáneo. Por ejemplo, en nuestro caso, podría plantearse que algunos lectores prefieran a Ricardo Jaimes Freyre en vez de a Saenz, o al revés, que algunos sean adoradores de Saenz, y vean en él al gran poeta, y por tanto, rechacen la poesía modernista. O también puede darse que algunos poetas, en una actitud de autodefensa de su propia obra, se propongan matar a sus antecesores, por ejemplo, a Saenz. Pero ¿son realmente auténticas estas luchas? Responderé siguiendo a Marina Tsvietáieva cuando ella lee la pugna entre el viejo Pushkin y el moderno Maiakovsky:
La afirmación “Amo la poesía, pero no la poesía contemporánea” y su opuesta “Amo la poesía, pero solo la poesía contemporánea” son equivalentes, es decir, valen poco -nada. Nadie (…) que ame la poesía hablaría así, nadie que ame verdaderamente la poesía destruirá las obras auténticas de ayer  -y de siempre- en beneficio de aquello que hoy es auténtico (…). Quien ama solo una cosa no ama nada. Pushkin y Maiakovsky habrían sido amigos, se han hecho amigos, y en realidad nunca estuvieron en desacuerdo. Las partes inferiores son hostiles, las cimas siempre concuerdan. “Bajo el cielo hay lugar suficiente para todos”  -esto lo saben mejor que nadie las montañas[1].
Siguiendo a Tsvietáieva, no es que a cada época le corresponda su poeta, los grandes poetas sobrepasan su época, están más allá de su época. En este sentido, no es que ayer hubiésemos tenido grandes poetas, los tenemos desde entonces y para siempre. Un gran poeta es para siempre. Por lo que cuando veo que algunos amigos poetas detestan a Saenz como si fuera una gran sombra sobre ellos, creo que lo que hay que hacer, si es que amamos realmente la poesía, es leer a Saenz con fervor, amar sus palabras, robarle lo mejor de él, y quemar los monumentos que se le hagan. Lo mismo con Cerruto y Jaimes Freyre.
De manera que ante la pregunta por la época dorada, creo sin más en que nuestros grandes poetas nos acompañarán por un largo tiempo.
Con respecto a la poesía que se escribe hoy en Bolivia, noto un incremento de lecturas poéticas que hace algunos años no se daba; por lo demás, hay que reconocer que estas surgen por temporada. En La Paz conozco las lecturas “Escándalo en tu barca” organizadas por Adriana Lanza; en Cochabamba, están las del Café Kafka, y en Santa Cruz, están las que se organiza en La Calleja, y las lecturas organizadas en la Feria del Libro de la ciudad. En Cochabamba, están las editoriales Género Aburrido y Yerba Mala Cartonera que publican poesía, además está el taller de poesía que dirige hace años el poeta chileno Juan Malebrán, el cual es una gran motivación para muchos chicos. Sin lugar a dudas, este aumento de lecturas públicas es positivo, compartir la poesía de manera pública siempre es necesario y será bien recibido.
En este panorama, que sigo a la distancia a través del periódico, las redes sociales y de los libros que publican los autores, veo dos aspectos no tan positivos que me parece necesario resaltar:

1. La falta de crítica sobre lo que se publica en poesía. Si bien las lecturas abiertas son una celebración de la poesía, no concuerdo en que se haga pasar cualquier texto como poesía, ni tampoco en que ser poeta signifique apelar a una fraternidad que lo que busca únicamente es establecer lazos de puro afecto con otros poetas con el único fin de proteger o difundir la propia obra. En este caso, en vez de “fraternidad” lo que se da es una suerte de complicidad y temor entre los mismos poetas para hacer lecturas auténticas sobre la obra del otro. Y no quiero que se entienda esto en un tono de enemistad hacia nadie. Pero justamente lo que esperaría de la amistad entre poetas es la honestidad -brutal, para decirlo con Calamaro. Por ejemplo, me llamó la atención en la última Feria del Libro de Santa Cruz que los organizadores solo hubiesen propuesto un coloquio sobre la narrativa nacional, pero no sobre la poesía que se está escribiendo en la ciudad y en el país. De manera que lo que más veo son lecturas públicas de poesía, y pocos espacios donde nos detengamos a conversar sobre la poesía que leemos y escribimos.   

2. La aparición de dos discursos: uno, la poesía de la certidumbre; y dos, la defensa de poesías marcadas por una identidad regional.       
Sobre el primer discurso, el de la “poesía de la certidumbre”, que surge con la antología Poesía ante la incertidumbre (2011), publicada por la editorial Visor, y que resulta una continuación de la tendencia española de la poesía de la experiencia, en 2013 esta amplía el número de sus poetas y se reedita en Bolivia. Con respecto a este proyecto, Rubén Vargas se refirió al mismo en un agudo artículo periodístico titulado “Poetas piden que paren todas las incertidumbres”, y señaló el problema de este discurso al pretender instalar ese viejo y falso dilema con respecto a la legibilidad y comprensibilidad en la poesía como un valor determinante y relacionado con la luz, frente a su opuesto malvado o negativo, que sería el de la ilegibilidad u oscuridad. Vargas dice sobre esto:
¿Cuál es la poesía de la certidumbre? Para los nuevos poetas, la poesía 1) tiene que emocionar; y 2) tiene que ser perfectamente entendible. Todo el resto -todo el inmenso resto en el que caben Góngora y Lezama Lima, Shakespeare y Octavio Paz, José Ángel Valente y Jaime Saenz, Antonio Gamoneda y tantos navegantes de la incertidumbre- son proyectos literarios que “fracasaron estrepitosamente”, “barroquismo gratuito”, “frivolidad de la moda literaria”, “juegos de estilo (…).  
Sostener que la poesía debe emocionar es una obviedad, aunque sospecho también una negligencia: el chato realismo que practican los poetas de la certidumbre es resultado de una confusión: no pueden distinguir las palabras de las cosas. Que la poesía debe ser perfectamente entendible es una ingenuidad o una necedad. Una ingenuidad si se supone que la inteligibilidad de un poema es la misma que la de una noticia de periódico o de un memorándum de felicitación[2].
El problema con este discurso es que muchos poetas jóvenes y mayores han caído en la idea de que la poesía se debe escribir de manera clara para llegar a los lectores, lo cual los lleva a defender un simplismo en la escritura que no solo daña a la poesía, sino que subestima a los lectores, como si estos fueran una masa ignorante a la que hay que entregar un texto con significados claros y unívocos.
Sobre el segundo discurso, el de la defensa de una categorización de la poesía a partir de las identidades regionales del país, es un tema complejo, pero creo que merece que nos detengamos un momento. Primero, ¿es posible hablar de una poesía boliviana?, ¿qué rasgos comunes tiene esta además del lugar de nacimiento de los poetas?, y, en segundo lugar, ¿existe una poesía cruceña, paceña, etc.?, y ¿por qué nadie reclama la poesía pandina? Personalmente, creo que lo que hay en algunos departamentos es el intento de construir estas categorías como un deseo de visibilizar a unos autores en el ámbito nacional, y que ante la imposibilidad de concebir una esencia para los corpus de esas categorías, quienes enuncian estos discursos tarde o temprano caen en el error de atribuir a las escrituras los añejos estereotipos que existen sobre las regiones. Estos desaciertos se vieron, por ejemplo, en el prólogo a la antología Poesía del siglo XX en Bolivia, a cargo de Homero Carvalho.
Y por último, con respecto a una pregunta que me hacen por ¿cuáles serían las esperanzas de la poesía en Bolivia? Me parece un poco chistoso referirme a las esperanzas, como si estuviéramos viviendo una catástrofe poética. Lo que puedo decir es que he disfrutado y disfruto mucho leyendo a poetas jóvenes que poco a poco se dan a conocer, como Giovanni Bello, Pablo César Espinoza y su Cantar, llorar, reír (2011), Iris Kiya, por el tono atrevido y el juego con la voz masculina, y Milenka Torrico, por el trabajo con la histeria femenina. Creo que en ellos germina algo potente y desestabilizador de lo que circula hoy. 






[1] El poeta y el tiempo. Barcelona: Anagrama, 1990, pp. 55 y 56.
[2] “Poetas piden que paren todas las incertidumbres”. Tendencias en La Razón. 18 de agosto de 2013.

sábado, 15 de agosto de 2015

Semblanza

Manuel por Manuel

A cerca del escritor, del lector, del político, crítico, editor… Manuel Vargas, el homenajeado por la FIL 2015.

 
Manuel Vargas. (Foto: Rodrigo Quiroga)
Martín Zelaya Sánchez

Esta no es una entrevista a Manuel Vargas. Si bien esa fue la intención en un inicio, al final asumí que de ninguna manera podría hacerle preguntas tan buenas como para lograr la calidad de “respuestas” que hallé en una decena de textos suyos de los que finalmente decidí extraer los siguientes párrafos que condensan,-creo y espero- el pensamiento, creatividad y trayectoria de este narrador boliviano.
Aprovechando que, en el marco de la XX Feria Internacional del Libro, la Cámara Departamental del Libro de La Paz distinguirá hoy a Vargas con un reconocimiento a su trayectoria literaria, echemos mano, entonces, a extractos tomados de su columna “El último mestizo” que publica mensualmente en LetraSiete, de alguna entrevista concedida a este medio, y también de una ponencia que el autor preparó hace algunas semanas para las II Jornadas de Literatura Boliviana.

Manuel por Manuel
No pierde oportunidad el autor de Andanzas de Asunto Egüez para recalcar que nació y creció en el campo –Huasacañada, Vallegrande y Tupiza, respectivamente- y que por ello lo bucólico está ligado para siempre con su obra… con su destino.
“Lo rural era mi respiración. He tenido que pasar años en la ciudad para poder aprender a respirar otra clase de noches, otra clase de aires y sonidos, y espacios diferentes. Ahora más o menos me da lo mismo”.
¿Cómo ves al Manuel escritor de hace 20 o 30 años en relación al de hoy –le pregunté hace algunos meses-; escribirías ahora lo mismo que escribiste entonces?
“Uno. Soy exactamente el mismo. Dos. No podría hacerlo con la inocencia y la ignorancia de esos tiempos. De pronto digo: pero si ya pasé los 60, qué más me puede pasar. Pero, por otra parte, tengo que olvidarme de todo y pensar que siempre estoy comenzando. En realidad, siempre estoy comenzando, aprendiendo, hasta que escriba, o se escriba -¡vaya pretensión!- el último cuento. Por lo menos quisiera que así sea”.
El llamado de la naturaleza, aún en la caótica metrópoli paceña y décadas después, se impuso finalmente y desde hace ya casi un lustro Manuel se fue a la periferia de La Paz.
“El lugar donde vivo se encuentra a 15 minutos, a pie, de la orilla de la ciudad. Esa orilla está bien definida: un puente precario donde acaba el asfalto y el agua potable y el alcantarillado, y comienza una subida empedrada, flanqueada por una quebrada que se vuelve río en tiempo de lluvias. Al lado derecho hay una gran peña, donde asoman vizcachas y por donde vuelan nubes de pajaritos diminutos”.

Lecturas
Una vez Manuel escribió que terminó de enamorarse del universo de las letras en una larga convalecencia durante su adolescencia, cuando una muy guapa jovencita se quedó asombrada de él porque vio la pila de libros que había leído, acumulada a un lado de la cama de hospital.
“…Y así como me ocurrió, muchos años después, con Franz Kafka, desde los 11 años me dediqué a rastrear TODO lo que estuviera relacionado con el mundo clásico griego. Me sonaban a música celestial los nombres de Atenea, Partenón, Pericles, Apolo, Zeus… ¿Cómo siempre sería el Olimpo?, ¿más grande y azul que el mogote que cuidaba mi rancho vallegrandino? ¿Y eso de la ambrosía de los dioses, tenía que ver con la ambrosía que ya comenzaba yo a probar al pie de las vacas (leche con licor blanco azucarado) de mi tierra de origen? De ahí ha tenido que venir mi interés por los cuentos populares bolivianos. O por los mitos y toda la así llamada tradición oral, sembrada y en sazón por todos los rincones de mi país.
Y luego vinieron Dostoievski y otros rusos, Hemingway y otros estadounidenses, y Kafka, claro, y Poe, y hasta los del boom…

¿Ser escritor?
Y la historia -para resumir y seguir la estela fragmentaria- nos dice que ya muy leído Vargas llegó a vivir a La Paz apenas pasados los 20 y luego de un peculiar paso por el Seminario. Se metió a la carrera de literatura y al poco tiempo empezó a publicar relatos en Presencia Literaria.
Los libros –cuentos y literatura infantil… solo después novelas- vinieron poco a poco y su calidad y valía le dieron un destacado sitial en la narrativa boliviana de fines del siglo XX.
Con todo, pasados ya los 60 años, Manuel pone los pies en la tierra, y advierte que a ser escritor, hay innumerables opciones mejores… mejores para las expectativas mundanas, corrientes.
“…He decidido escribir respondiendo a las preocupaciones de un joven de 15 años. Bah, los poetas populares ya lo dijeron: subir a la altura del niño, que tiene todo por delante y sin embargo está en la luna. ¿O nosotros los sabihondos somos los que estamos en la luna? Y el joven me dice: don Manuel, ¿qué debo hacer para escribir? Yo quiero ser escritor, ¿cómo me puedo inspirar?”.
“Y no tengo la valentía de decirle que no piense sonseras, que huya de esos malos deseos, que se dedique por ejemplo a estudiar para ser algo en la vida y no para ser nadies. No tengo el valor de decirle que ser escritor es un camino de sudores y sufrimientos (puesto que para los goces no se necesita ser alfabeto o profesional), y que lo peor que te puede pasar es caer en el abismo de la fama y la gloria”.

Política
No solo de libros vive el hombre, y al fin de cuentas, como todos, Manuel es también un animal político que no deja pasar la ocasión para difundir su postura.
“…A través de una novela del cubano Leonardo Padura, me enteré de la ocurrencia de Joseph Stalin de construir su palacio detrás del Kremlim moscovita. Y lo comparé con el gusto y el entusiasmo del presidente Evo Morales para construir también palacios y otras enormidades, pese a quien pese”.
“Ahora acabo de leer Tengo miedo torero, la novela de Pedro Lemebel y me entero que Pinochet igualmente construyó en Valparaíso un nuevo Palacio Legislativo para su país. Es que a ciertos poderosos, parece que todo les queda chico y necesitan demostrar su poder a través de este tipo de construcciones. Les llaman faraónicas. Pero sin gusto, sin estética ni necesidad. ¿Será por esa llamada ley de la compensación?”.

Viscarra
Además de su obra propia, Vargas incursionó con éxito en la labor editorial. Hace más de tres lustros creó Correveidile, casa editora que entre las decenas de libros de su catálogo –que incluye a autores nacionales y extranjeros- tiene dos grandes logros: la revista Correveidile, todo un referente del cuento boliviano en sus más de 30 números, y el que está considerado como uno de los mayores descubrimientos de la literatura boliviana de los años 90: Víctor Hugo Viscarra.
Sobre el autor de Borracho estaba pero me acuerdo, y sobre las polémicas en cuanto a la legitimidad de su prisa, comenta Manuel:
“Y cómo son las cosas. A un doctor de tierra adentro se le ha ocurrido decir, en más de un medio impreso, que Viscarra no existe. Que quien ‘se los escribió’ sus libros es un casi desconocido Manuel Vargas, su callado editor. Pero yo no le respondí al tiro para que no crezca el escándalo (o el nombre de ese asiduo lector de páginas amarillas venido a comentarista)”.
“Todo esto es muy contradictorio, seguramente como todo texto abogadil. Dicen, por un lado, que Viscarra es un mal escritor, y un impostor. ¿Y si es que yo ‘corregí’ sus libros, por eso llegó a ciertos niveles de aceptación del público? ¿Pero como es al mismo tiempo malo, en realidad soy yo el mal escritor? Ya me estoy poniendo susceptible”.

“… Y siempre dije (y esto ya va en serio y no en sirio) que si Viscarra tiene un valor que nadie le puede discutir, es que sus libros son auténticos (aunque seguro que, tras las críticas ya señaladas, esto les parecerá chistoso). Auténticos porque, a diferencia de muchos de sus colegas, él escribía de lo que sabía y de lo que vivió, y no ‘sacaba’ los temas de sus bolsillos o de sus elevadas lecturas”.

Entrevista

Hablan los escritores:
René Zavaleta Mercado
[1]

Reproducimos una entrevista a Zavaleta Mercado, aparecida originalmente en la revista Nova a inicios de los años 60, y recopilada en el tomo III de la Obra completa, recién editada por Plural”.


- Para usted, ¿cuándo empieza la historia de Bolivia?
- Prefiero responder por la negativa: si la historia se refiere a la situación del hombre y de los hombres ante el transcurso del tiempo, es indudable que la historia de Bolivia no comienza con los españoles. Los hispanistas prefieren decir que no tenemos historia para no caer en la fórmula, visiblemente viciosa, de que la historia de Bolivia comienza con los españoles. La conquista es un enriquecimiento pero no la iniciación del ser histórico de Bolivia, que no es, por eso, un país nuevo.
Seguramente cuando se afirma que no tenemos historia se nos remite a un criterio subjetivista y a la larga hermético que piensa que no hay historia sino cuando los hombres tienen un sentimiento del tiempo. Si se me permite una traslación, considero que no hay posibilidad de una historia para sí sino allá dónde hay una historia en sí.

- ¿El escritor sudamericano más sobresaliente?
- Me parece difícil dar un nombre en términos tan excluyentes.

- ¿Los mejores libros bolivianos en el siglo xix y en el siglo xx?
- Puedo mencionar tres: Últimos días coloniales en el Alto Perú de Gabriel René-Moreno, La Prometheida de Franz Tamayo, que personalmente no me gusta, y Sangre de mestizos de Augusto Céspedes.

- ¿La misión del escritor en la sociedad moderna?
- Es decisivo citar estas palabras de Pablo Picasso: “La pintura –dice- no ha sido hecha para adornar departamentos. Ella es un arma de guerra, para atacar y defenderse del enemigo”. En las semicolonias, y en especial en los países de signo frustráneo como Bolivia, tal cosa es todavía más flagrante: el escritor es una respuesta, es un arma de su país. Esta es una militancia. Un verdadero intelectual es un hombre libre, de manera eminente, pero eso no debe confundirse con el desarraigo. La desconexión respecto a los hechos de la realidad se llama alienación y no libertad. Por eso el intelectual, si es a la vez un hombre auténtico, escucha los llamados de su lugar y de su tiempo.

- ¿Moralidad, inmoralidad o amoralidad del artista?
- Yo no me planteo en esos términos los problemas de la creación en el artista. Supongo que el artista tiene que obedecer a su propio ser y esta es una ética aparte que se resuelve de una manera completamente personal en sus encuentros con la moral común.

- ¿Hay crítica seria en nuestro país?
- En Bolivia no habido nunca crítica sistemática en ningún orden.

- ¿Influencia existencialista en nuestros intelectuales?
- Ha de haberla sin duda pero no conozco un caso específico.

- ¿El fenómeno definidor de la época histórica que atravesamos?
- Son, a mi juicio, por lo menos dos: la rebelión de las masas y la universalización de los hechos históricos por el capitalismo. Por el imperialismo, que es su última etapa, el mundo es por primera vez mundial.

- ¿A qué atribuye el marasmo intelectual en Sudamérica?
- Habría marasmo intelectual en América Latina si alguna vez hubiera habido un florecimiento. Existe una relativa pobreza intelectual que corresponde a su carácter de zona marginal del mundo. Sartre ha dicho que algunas veces la cultura es un problema de proteínas.

- ¿Hubo cambio en la mentalidad nacional en los últimos diez años?
- Hay, por cierto, cambios históricos que se irán expresando cada vez más en lo que usted llama la mentalidad nacional. Pero si nos atuviéramos a algunos pruritos y desazones que circulan como por rutina, parecía que aquí no ha pasado nada.

- ¿Hay ascenso o descenso en la cultura boliviana a partir de 1952?
- Hablar de ascenso o descenso, con relación a la cultura boliviana post 1952, es una simplificación, un anhelo de cuantificación. Las diferencias con los años anteriores a 1952 son más bien cualitativas: lo que hasta entonces se llamó cultura nacional fue una cultura de evasión, un complejo de formas de desarraigo. Desde 1952 se ha dado una suerte de restitución o renacimiento de lo que Vladimir Weidlé llama “cultura horizontal”, la de las formas colectivas, la del tiempo histórico, sin la cual ninguna cultura vertical es verdadera.

- ¿Debe o no intervenir en política activa el escritor?
- En principio, el escritor no tiene otra obligación que la de expresarse tal como es en sí mismo pero no por sí mismo. Detrás de cualquiera expresión está, empero, todo lo que el escritor es: uno nunca es solamente uno mismo sino que además es siempre existencias mayores, hechos genéricos. Cuando el escritor es él, es a la vez -porque esta dialéctica es propia de lo que es auténtico- su clase, su raza, su pueblo, su tiempo. Como la política es la expresión en la superestructura de la lucha de las clases, de hecho el escritor es un político cuando se expresa. Algunos creen en la profesionalización de la política pero en realidad la política nunca es pasiva: es la ciudad en acción, en cuanto se conduce. Lo único apolítico es la muerte.

- ¿Cuál es el punto apremiante de la problemática nacional?
- En Bolivia hay, sin duda, una pedagogía al servicio de la frustración. Una nacionalidad dramática no es forzosamente una nacionalidad destruida. Y, por el contrario, un cierto grado de acoso es saludable para que un pueblo mantenga su forma histórica, su tempo. Pero es cierto que el apremio de este país no es hallar una forma de su existencia sino defender su existencia misma. Tal vez podamos recordar a Kafka, que dijo: “Estoy acosado, estoy elegido”.





[1]       [Obra completa de René Zavaleta Mercado, tomo III, vol. 2 (La Paz: Plural editores, 2015): pp. 17-21. Entrevistas publicadas originalmente en la revista Nova (La Paz), núms. 3 y 9 (10-1962) y (4-1963)].

Entrevista

Tantas veces Jaime Saenz

Mauricio Souza, director de ediciones de Plural editores, habla sobre la Poesía reunida de Saenz, una de las grandes novedades de la Feria del Libro.



María José Ferrel

- ¿Cuál es la importancia de reunir toda la obra poética de Jaime Saenz? 
- Se dice, en lo que es una suerte de lugar común, que la literatura boliviana encuentra sus mejores momentos en la poesía, es decir, que la nuestra es sobre todo una literatura de grandes poetas, muy buenos ensayistas y regulares narradores.
En esa tradición, dos son los mayores poetas bolivianos del siglo XX: Óscar Cerruto y Jaime Saenz.

- De Cerruto ya existía una buena edición de su poesía reunida, la de Mónica Velásquez; no así de Saenz, al menos no una edición boliviana.
- Y no por falta de interés, sino por una serie de dificultades de derechos que había que resolver con la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica. Resueltos esos problemas, finalmente tendremos una edición de su Poesía reunida (ese será el título).

- Más allá de la innegable importancia de la obra de este autor ¿por qué cualquier noticia en torno a él genera mucha mayor atención que con cualquier otro autor nacional?
- Hay, por un lado, el Saenz de sus libros publicados, y por otro, hay un Saenz de manuscritos varios, dispersos. Este último, curiosamente, genera a ratos más interés que el de los libros, que es el que debería importarnos. Acaso porque con Saenz, como con ningún escritor boliviano, se ha generado un mercado de “reliquias"” (souvenirs, dibujos, manuscritos, textos atribuidos…).
Yo nunca he sido religioso y tampoco mitómano, así que ese comercio me deja indiferente y hasta perplejo, entre otras razones, porque no depende de la lectura (pues Saenz, a pesar de todo, es un escritor que apenas ha sido leído).

- ¿Qué características tendrá el libro?
- Reunirá todos los poemarios que Saenz publicó. Algunas piezas de juventud y dispersas, formarán parte de otro volumen.
Poesía reunida, además, reproducirá todas las ilustraciones incluidas, originalmente, en las primeras ediciones, y se incluirán reproducciones de todas las tapas originales.

- Desde Aniversario de una visión (1960), los poemarios de Saenz, más allá del contenido poético, se caracterizan por una especial atención en lo formal, por ser libros objeto.
- Saenz aborrecía del capitalismo, o de lo que él identificaba como el capitalismo. Y, para él, una de las formas de negarlo y de reivindicar otra lógica era insistir en las singularidades de lo artesanal, de lo que se hace a mano y que, por ello, es de alguna manera irrepetible (a diferencia de la mercancía capitalista, siempre igual a otras, entidad casi abstracta, sin cuerpo).
Por eso su insistencia en producir sus libros como si se trataran de artesanías. Los formatos, los papeles, los títulos escritos a mano, las ilustraciones mismas derivan de ese impulso artesanal.

- Al parecer, con esta publicación concluye, o al menos se acerca el fin de un ciclo de reediciones de la obra completa de Saenz, iniciada hace ya varios años con su narrativa conocida e inédita. ¿Crees que la aparición de su obra poética marque un punto de inflexión en el estudio saenciano?
- Ante todo, ojalá esta publicación fomente la lectura de la poesía de Saenz, que fue sobre todo un gran poeta (más que un gran narrador). Pero ya se sabe: estos son tiempos sombríos para la poesía, que en Bolivia debe tener como 25 lectores en total… Exagero quizá el pesimismo: ¡por ahí son casi 40!

- ¿Qué puedes decir de Café y mosquitero, el supuesto primer poemario de Saenz, que él no publicó en vida, y cuya única edición de inicios de los 2000 fue retirada de mercado?
- Se desconocía esta obra -que, por otra parte, no sabemos si se llama realmente Café y mosquitero- porque nadie la menciona (ni Saenz ni sus amigos) y porque fue simplemente descubierta al azar.  
Algunas aclaraciones: esta obra nunca fue censurada por los herederos. Lo que se cuestionó, legalmente, fue su publicación pirata y sin autorización. Es increíble cómo en Bolivia, incluso gente por otra parte bastante inteligente, no entiende conceptos básicos de propiedad intelectual. Que alguien sea dueño de un manuscrito no lo hace dueño de su contenido y tampoco le da ningún derecho sobre ese contenido.

- Más allá de su obra, ¿cuáles son los aportes de Jaime Saenz, los legados que apuntalan su trascendencia?
- En general, ya hay una serie de temas o nudos que se identifican con la interpretación de la obra de Saenz: el “saco de aparapita” como metáfora de la heterogeneidad, el “sacarse el cuerpo” en tanto forma conocimiento y experiencia, el espacio urbano paceño convertido en un universo autosuficiente, etc.
Creo, sin embargo, que ya es necesario abandonar estos núcleos o temas -acaso porque ya son simplemente tópicos- o en todo caso articularlos a otras lecturas. Lecturas, me atrevo a decir, menos reverentes y encandiladas con la obra de Saenz, que pongan en entredicho su lenguaje, su universo.