sábado, 18 de abril de 2015

Ensayo

El quinto hijo de Lessing y
Una cuestión personal de Oé


“Si monstruos ellos, monstruos nosotros”. Concluye así la autora esta reflexión sobre dos novelas en las que la trama se hila en torno a dos niños discapacitados. 



Virginia Ayllón

Eso de agarrar dos libros al azar para releerlos en el jardín, me enfrentó a dos novelas de autores tan diferentes, de tradición muy distinta y de enfoques disímiles: El quinto hijo (2007) de la inglesa Doris Lessing y Una cuestión personal (1964) del japonés Kenzaburo Oé.
Lo único en común que tienen estos dos autores es que ambos han sido beneficiado con el Premio Nobel de Literatura, en 1994 él y en 2007 ella. Sin embargo, estas dos novelas tienen una trama en común: un hijo discapacitado. El quinto hijo narra la conmoción que provoca el embarazo, nacimiento y vida del “raro” quinto hijo de una familia de clase media inglesa, que había planificado tener una vida, una familia feliz.
Una cuestión personal, narra las vicisitudes de tres días y tres noches de un profesor de inglés, quien hasta entonces no se había asumido como esposo, soñaba con ir al África, renegaba de su existencia y de pronto se ve enfrentado al nacimiento de su hijo discapacitado.
En la obra de Lessing, vasta y a veces desigual, El quinto hijo se ubica en sus narraciones, a veces calificadas como feministas, sobre las relaciones humanas, la situación de las mujeres, el amor, etc. -por ejemplo, sus cuentos reunidos bajo el título Las abuelas, de 2003-, distante de sus obras más reconocidas como El cuaderno dorado (1962) o La buena terrorista (1985).
También se ha dicho que la mayor parte de su obra es fundamentalmente autobiográfica, pero nunca tanto como la de Kenzaburo Oe, precisamente en la trama del hijo discapacitado.
Hay que recordar que el hijo de Kenzaburo Oe, Hikari (, luz), quien nació con hidrocefalia cerebral, es un elemento central en una de las dos vetas literarias de este escritor japonés.
Una de ellas dedicada al Japón de pos guerra, los mitos nacionales y el choque de la tradición con la modernidad. Su celebrada La presa (1957), que le valió el premio Akugatawa, sería representativa de esta tendencia. La otra, en cambio, tiene como centro la vivencia del hijo discapacitado y, por ende, de los conflictos existenciales.
Una cuestión personal, de ese modo, se emparenta con el cuento “Las aguas han inundado mi alma” recogido en su Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura (1966) y también con ¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era! (1983), novela en la que K, el protagonista, se relaciona con su hijo discapacitado a través de la poesía y pintura de Blake.
En esta novela son hermosas las reflexiones sobre la escritura y el escritor. Tengo la impresión de que la forma en que ambos escritores tratan el tema tiene una diferente “óptica de género”. Tanto así que en El quinto hijo, la visión que sobresale es la de la madre, y en Una cuestión personal, la del padre.
Tal vez por eso, la relectura de estas dos novelas me ha llevado a recordar otras dos que se arman en las diferentes maneras de ver, percibir, vivir y decir el mundo, desde lo masculino y lo femenino. La primera es Íntimas de Adela Zamudio (1913) en la que los mismos hechos son relatados por cartas entre varones y cartas entre mujeres.
La segunda es El cuarto mundo (1988) de la chilena Diamela Eltit, compleja novela en la que a través de la mirada de dos fetos mellizos, varón y mujer, la autora aborda las políticas familiares y la identidad sexual. Un atrevido ejercicio de comparación encontraría una nota similar en ambas novelas: la parte masculina es lógica, racional, ordenada; en tanto la femenina es desordenada, inconexa, casi desquiciada.
Eso mismo se puede decir de las novelas de Lessing y Oe. En la del japonés el desorden inicial del padre deviene en un ejercicio de reconcentración interior, de reflexión sobre el sentido de su propia existencia, que concluye en la salida del infierno, la madurez, la aceptación del hijo discapacitado y su decisión de entregar todo su esfuerzo al hijo, su hijo.
En cambio la vida de la madre de la obra de Lessing parte de un orden, de un plan de vida, para concluir en un desorden angustioso, repleto de soledad, culpa y preguntas; un estado en el que ve partir al hijo “raro” que se marcha de la casa y de quien solo sabe que es una criatura atormentada.
El orden encontrado por el protagonista de Una cuestión personal y el desorden que poco a poco se instala en El quinto hijo tiene también razones “de género”.
En tanto en la del japonés, se conoce el mal del bebé, en la de la inglesa nunca se sabe qué tiene ese hijo “raro”. De ahí que en ambas la institución médica es central porque si en las dos la violencia médica es parte de la angustia; en la de Oe, la salida también es médica: la medicina puede ayudar al bebé. No así en la de Lessing en la que la tensión de la novela crece en cuanto el hijo “raro” es puesto en manos de pediatras, sicólogos y siquiatras que nunca, además, le dirán a la madre qué tiene ese niño “raro”, qué enfermedad le atinge. En la de Oe, el hijo espera; en la de Lessing, el hijo agrede.
Por otra parte, en la novela del japonés, lo medular es la vivencia del padre y la figura de la madre es difusa, casi nula y mucho menor que la de la suegra y especialmente de la amante del padre, vital en su “recuperación”.
En la novela de Lessing, el padre está más presente pero poco a poco es la vivencia de la madre la que copa la trama. Es interesante también la insistencia en otro de los hijos varones quien sufre con fuerza el abandono de la madre quien se ocupa casi exclusivamente de este nuevo “raro” hermano.
No puedo dejar de pensar que la hermosa y firme novela de Oe, es también un canto al pensamiento de Oriente, pienso en el Óctuple Sendero del Buda, en el valor de la contemplación, en aceptar la vida como es y no como uno quiere que sea. Pienso también que la breve novela de Lessing desgrana el pensamiento de Occidente, el valor de la familia, del futuro, del plan de vida. 
Y lo que la relectura de ambas novelas me ha dejado es una hermandad, o más bien, identificación con los que a veces consideramos como monstruos. Nuestra monstruosidad está hecha de la ira contenida que nos provocan el sufrimiento y el dolor. Si monstruos ellos, monstruos nosotros. 


ALTIplaneando

En torno al libro y la lectura


El libro y la lectura como una constante e imprescindible interpelación.



Edwin Guzmán Ortiz

También el mundo pasa por los libros. Pasa, se detiene y vuelve a pasar cuando éste es despertado por la lectura. No sé cuál acusa mayor realidad, si este mundo que acontece o el que discurre por las páginas de los libros. No sé de qué somos más responsables si de la historia que sucede, o de las historias que se traman bajo el rótulo de literatura.
En fin, no sé cuál termina por permanecer, si este que transcurre y que fugazmente registra la memoria humana, o el que yace capturado en palabras impresas, en sigiloso viaje hacia el futuro.
Barthes conjeturaba que si por obra de un cataclismo el mundo iría a desaparecer, y algo tuviera que dar testimonio de su existencia, éste algo sería la literatura. Espejo terrible, fiel e infiel al mismo tiempo.
Así, la literatura sería una de las formas de infidelidad más fieles al mundo, representándolo, revelándolo y reinventándolo incesantemente; provocando que su briosa complejidad asome con pelos y señales, nombrando las sustancias que lo asisten y las fuerzas que  llevan que desencadenan la invención, el sueño y la delirante pulsión de atravesar el espejo, de la mano de Alicia.
La novelista Rosa Montero, proponía un juego para literatos planteando una disyuntiva existencial. Preguntó cuál sería su decisión en caso que por alguna extrema razón,  éstos tuvieran que elegir entre  leer o escribir. 
La mayoría de los escritores consultados eligió leer y dejar de escribir. Producto de ello, concluye su reflexión señalando: “hemos elegido sin ninguna duda poder seguir leyendo. Porque la mudez puede acarrear la indecible soledad y el agudo sufrimiento de la locura, pero dejar de leer es la muerte instantánea. Sería como vivir en un mundo sin oxigeno”.
Mas, Montero no  revela la razón secreta de esta elección: leer es de algún modo re/escribir. En efecto, toda lectura inteligente es un diálogo silencioso con el libro que, de este modo, se convierte en obra.
El lector activo no se queda con las palabras reducidas a la condición de signos coagulados, con historias aplastadas contra sí mismas; les otorga volumen, les insufla con la imaginación, les torna resplandecientes y les dota de una trascendencia personal. Al hacerlas suyas, entra en complicidad con el autor, y ese cuento, ese poema adquieren otro matiz, otra fisonomía que va más allá de la letra muerta.
A propósito, Denis Diderot, en Jacques le Fataliste, se preguntaba: “pero, ¿quién será el amo?, ¿el escritor o el lector?
Leer es multiplicar la experiencia personal, sumar al tiempo vital -con frecuencia corto y rutinario- otras vidas, otras experiencias plasmadas en las páginas de un libro. De este modo, el mundo se torna más ancho y menos ajeno, no sólo crecemos en extensión y en altura, sino sobre todo en profundidad -dimensión esencial del espíritu humano.
Así como somos portadores de una recóndita osamenta, o nos cumplimos en el ejercicio de una sigilosa gestualidad, también llevamos lecturas y fragmentos de libros en la memoria, ingrávidos y poderosamente gravitantes.
Palabras, pedazos de discurso que atesoramos y que además de honrar la imaginación, circulan proverbialmente en nuestro fuero interno. De ahí la constatación que junto a la linfa y los humores corporales, textos e historias bañan a su modo las nervaduras recónditas de nuestro cuerpo, tramando su propia homeóstasis, su propia condición de materia viva.
Leer es una manera de ver el mundo, penetrar su cuerpo, su flujo energético. Vemos desde las palabras, y ese más aquí y más allá del lenguaje repercute en el mundo como oblación, maldición o como súbita revelación.
De la página saltamos a la realidad, donde la narración inspirada en ésta, prolonga el ciclo virtual de sus personajes: los Edipo, los Quijote, las Bovary, los Werther, las Lolita, los Ignatius Reilly, los Juan Preciado, las Maga, las Chaskañani y los Fielkho.
Nombramos desde esa secreta matriz que nos asiste, prolongamos los libros en la faena cotidiana: juzgamos, comprendemos, decidimos, callamos, celebramos y subvertimos  la realidad desde el ser textual que nos habita. Nadie más paradigmático que el creyente, quién asume el mundo y sueña su redención, desde las sagradas escrituras del evangelio. 
La lectura es un estado de conciencia, una forma de liberación, una apuesta a lo desconocido. Leer es también extraviarse para encontrarse. Es romper el cuadrante y trastrocar la brújula: “El norte es sur porque mi alma ha girado sobre su propio eje” escribía el poeta Shimose. Por supuesto que es algo más que esa actividad complaciente que nos vende el mercado, algo más que esa actitud reverente que nos predica la educación tradicional, algo más que el barniz cultural que presume el esnob.
Si el libro es al cuerpo, la lectura es al espíritu. El uno implica a la otra. Sin embargo, muerto el cuerpo -como en la quema de libros por la escolástica y el fascismo- puede pervivir el espíritu en piadosa memoria. La sociedad los hombres/libro de Granger, concebidos por Ray Bradbury, continuará pregonándolos a pesar de los 451 grados Farenheit inferidos al papel.
La lectura convoca a otras lecturas. Pasional y azarosamente convergen en el imaginario del lector diversas obras, a la manera de una summa. En el ágora de la conciencia y la imaginación se contrastan, complementan y funden sus argumentos. Autores que la dilección congrega y de este modo terminan erigiendo otro cuerpo textual hecho de voces plurales.
Borges, maestro en el arte de forjar una literatura a partir de otras literaturas, en el poema Elogio de la sombra, confiesa: “De las generaciones de textos que hay en la tierra / solo habré leído unos pocos/ los que sigo leyendo en la memoria / leyendo y transformando…”.
Roland Barthes,  proclamaba el placer del texto. Se dice que la lectura es una de las formas de la felicidad. Mas, como todo placer, como todo deseo, se implica el juego dialéctico del eros y del tanatos.
Hay obras que interpelan drásticamente nuestra condición individual y colectiva -como la vida misma. Se pegan a la epidermis contagiándonos universos poderosamente personales y arduamente rebatibles, incluso provocándonos a mudar de piel como las serpientes.
Hay libros que sacrifican algo de nosotros para tornarnos otros, páginas a las que cedemos en medio de una contienda de razones y sinrazones, libros que nos cambian la mirada. La inteligencia se aguza, la sensibilidad se encrespa y los sentidos bullen en medio de partos y ovidianas metamorfosis. 
En todo caso, la  libertad de leer nos induce a la libertad de pensar. La lectura estimula el ejercicio de la inteligencia ¿qué otro arte nos permite pensar con Cioran, razonar con Zavaleta Mercado, meditar con Paniker, discurrir los meandros de Lovecraft, desmontar  los engendros distópicos del ciberpunk?

En medio de la parafernalia cibernética, de lenguajes y programas que se autofecundan, traman hegemonías y presumen tecniquerías, persiste el acto de la lectura. Y aunque el soporte del libro mude a lo digital el libro pervivirá bajo otro formato,  y por supuesto la lectura como operación mágica que abre las puertas a lo indecible. 

sábado, 11 de abril de 2015

Artículo

Teixidó, tejedor de personajes

Una breve pero completa introducción a la vida y obra de un narrador boliviano radicado hace mucho en el exterior y, tal vez por ello, poco conocido por los lectores locales.

 
Alfonso Gumucio, Renato Prada y Raúl Teixidó en Barcelona.
Alonso Gumucio Dagron

El escritor boliviano Raúl Teixidó, radicado cerca de Barcelona, está en Bolivia luego de muchos años de ausencia. Llegó para presentar en La Paz, Cochabamba, Sucre y Santa Cruz de la Sierra su más reciente libro de relatos, Viajeros del atardecer (Plural, 2014).
El melancólico título Viajeros al atardecer evoca al menos dos leit motiv en la obra de Teixidó: por una parte los itinerarios inexorables que juntan o separan personajes a la manera de los de las películas del director griego Angelopoulos, y por otra la inevitabilidad de lo que acaba, de los días que terminan precipitándose en la noche. El tiempo finito en el destino frágil de los seres humanos.
Como otros libros anteriores, este es parte de ese mundo tejido laboriosamente por Teixidó (teixidor es, en catalán, “tejedor”). El escritor teje sus personajes como un artesano con fiebre de perfección porque le dedica el tiempo necesario a cada palabra, a la manera como las palabras dialogan entre sí, se ordenan y se apoyan para darle sentido a una idea y belleza a una expresión.
En sus relatos el autor despliega una fina capacidad para construir diálogos y descripciones que permiten al lector imaginar su propia película: sentir el calor o la humedad, vislumbrar un rostro de mujer o dibujar un árbol en una esquina. Son relatos pensados como secuencias de filmes. Además cada narración le permite a Teixidó hacer disquisiciones filosóficas y literarias que no tienen otro objetivo que revelar su posición e invitar al diálogo.
Los personajes de Teixidó son una suerte de alter ego del autor. En todos reconocemos rasgos comunes: el amor por la literatura y el pensamiento, la idealización de una mujer joven, la incertidumbre frente a las decisiones que el destino parece tomar por uno, y la idea de que las cosas cambian para seguir igual, plus ça change... 
La obra de Teixidó es prácticamente desconocida en Bolivia, a pesar de que se ha publicado aquí en su integridad. Esto se debe en parte a la personalidad introvertida del autor, que no hace aspavientos como otros que con un primer libro ya pretenden el estrellato. Raúl es un hombre discreto, una especie de lobo estepario, como ya lo califiqué años atrás.
El escritor, quien ha ejercido además como abogado, bibliotecario y profesor de historia, tiene una larga trayectoria literaria desde que en 1965, hace 50 años, ganó el Premio Nacional de Cuento Edmundo Camargo con El sueño del pez. Un motivo adicional para celebrar ahora su visita como se merece.
La obra narrativa de Teixidó es sólida. En 1969 publicó Los habitantes del alba, y un año más tarde la novela El emisario. Luego de un periodo de silencio prolongado publicó en 1979 los relatos de La puerta que da al camino, y volvió a retraerse durante 12 años hasta que en 1991 apareció su libro En la isla y otras narraciones.
Desde entonces no ha cesado de publicar: Jardín umbrío (1994), A la orilla de los viejos días (1995), Vuelos migratorios (1997), Neón y terciopelo (2001), Cuento de otoño (2006) y Una travesía (2008).
He comentado en otras oportunidades varios de estos libros y mantengo con Raúl una amistad que se remonta a 1969 cuando publicó Los habitantes del alba. Tuve la osadía entonces de pedirle una versión “resumida” de ese relato para publicarla en la Revista Nacional de Cultura. En lugar de mandarme al diablo (yo lo hubiera hecho), tuvo la modestia y la paciencia de reducir el texto para que pudiera publicarse.
A partir de allí mantuvimos una correspondencia frondosa y regular, primero entre Sucre (donde él radicaba) y La Paz (donde yo vivía), y posteriormente -cuando se fue definitivamente a Catalunya- entre Igualada donde reside y el lugar donde yo estuviera en este pequeño planeta. Sus cartas me llegaban a Nigeria, a Guatemala, a Haití, a Mozambique, a Brasil, a México o a Nicaragua, donde tuve estadías prolongadas.
Nuestros encuentros en La Paz, en Barcelona y en Ciudad de México, sirvieron para estrechar esa amistad que nació y creció entre intercambios epistolares que darán para un libro de memorias. En uno de esos encuentros, en Barcelona, lo introduje al mundo de internet, abrimos su cuenta de correo electrónico, una cuenta de Twitter y un blog donde publica regularmente sus textos sobre cine y su prosa poética.
Su afición por el cine fue uno de los temas de intercambio más constantes. Su conocimiento de la cinematografía mundial es solo comparable a su conocimiento de la literatura de todas las regiones.
Desde hace años suele compartir conmigo sus gustos literarios y cinematográficos. Con frecuencia, me envía libros que ha leído directamente en inglés, en los que distingo discretamente marcadas con lápiz algunas pocas palabras que tuvo que buscar en el diccionario, lo que denota que lee perfectamente en ese idioma.
Con Viajeros del atardecer tengo una relación especial, quizás mayor que con los libros anteriores ya que fui, en la distancia, cómplice del crecimiento de esta obra y contribuí con el texto de la contratapa, la fotografía del autor (tomada durante una visita que hizo Raúl a México), y la foto de la portada, que tomé en Praga en un amanecer de invierno. Praga es una ciudad emblemática para Raúl Teixidó, pues sus calles están impregnadas de los pasos de Kafka, uno de sus autores favoritos.


Ficción

London, UK 1985

Fragmento de London, UK 1985, uno de los tres relatos de largo aliento incluidos en el libro Viajeros del atardecer del escritor chuquisaqueño Raúl Teixidó.

 
Raúl Teixidó (Foto: Alfonso Gumucio)
Raúl Teixidó

Antes de convertirme en lo que se suele entender por un “adulto responsable”, relacionarme con la gente más allá de lo estrictamente imprescindible nunca se me antojó una actitud gratificante. Estaba, ante todo, mi privacidad –sosegada, autocomplaciente– que me permitía afrontar mis días (más bien grises) de una manera digna y llevadera.
Digamos que había logrado establecer un “pacto de mínimos” con la vida real, salvaguardando, sin esforzarme demasiado, un espacio vital de mi única y exclusiva propiedad.
Pese a ello, no era inmune a eventuales ramalazos de pesimismo, que me sugerían pensamientos sombríos; por ejemplo, ¿qué sucedería si durante alguno de mis paseos en solitario por la explanada de Colón, me atracaban con violencia y luego arrojaban mi cuerpo (probablemente malherido) a las aguas del puerto? Nadie me daría por desaparecido hasta que mi propio cadáver, en silencioso testimonio de protesta ante la indiferencia del mundo, saliera a flote, y la policía se diera a la tarea de establecer mi identidad…
En la época que pretendo rememorar, me encontraba precisamente atravesando uno de aquellos baches anímicos, traducido en una especie de “fatiga ambiental” cuya única terapia, como es bien sabido, consiste en un oportuno y saludable cambio de aires. ¿Vacaciones? Ya las había hecho (un poco de mar y montaña, ambas cosas, aburridísimas), y el nuevo curso –impartía clases de inglés en el British Institute, grados elemental y medio, 20 horas semanales– estaba casi a punto de comenzar.
Apelando a la razón, cabía pues, únicamente, aguardar a que aquella perturbación de baja intensidad siguiese su curso natural y terminase por disiparse. Me conformaba, además,
comprobar que algunos colegas acusaban, por su parte, el típico síndrome post-vacacional, y parecían tan poco dispuestos como yo a reanudar su tarea. Uno de esos días, la secretaria del instituto me comunicó que el director deseaba hablar conmigo “a la brevedad posible” de un asunto que me concernía.
Mr. Wetherell era alto, espigado y tenía un acento casi idéntico al del actor James Mason. Manteníamos una relación cordial, reforzada por un sentimiento de mutua simpatía. Me estrechó la mano, indicándome que tomara asiento. Mi historial académico estaba sobre su escritorio, por lo que intuí que no se trataría de un simple asunto de orden interno.
Todos los años, durante un mismo periodo lectivo, un docente del instituto viajaba a Londres con una beca para realizar un seminario de lengua y literatura inglesa; el objetivo, ampliar y perfeccionar conocimientos y, al retorno, dictar clases de nivel superior.
El profesor designado en principio (merecidamente, por cierto) había renunciado a la beca por motivos familiares. Mr. Wetherell, había pensado que yo podía ayudarle a solucionar aquella contingencia; además de estar bien considerado, era soltero, por lo que un cambio imprevisto tal vez no me afectaría en la medida que al resto de los posibles candidatos. Recalcó que mi nombre figuraba en la lista de futuros becarios; no obstante, si se me presentaba la ocasión antes de lo previsto, lo más sensato era aprovecharla. ¿Podía iniciar de inmediato el correspondiente papeleo? De todas maneras, no tendría que viajar antes de quince o veinte días. ¿No había estado deseando un cambio de aires, pese a ser consciente de que no existía la menor posibilidad de hacerlo efectivo? “¿De acuerdo, pues? –preguntó–. Vuelva la semana que viene, tendré todo a punto”.
Había estado en Londres, de vacaciones, hacía ya varios años. Mi conocimiento de la ciudad se limitaba a unos cuantos lugares emblemáticos y a visitas guiadas que me supieron a poco. Ahora tendría oportunidad de ver de nuevo todo aquello, sin prisas, y desde una perspectiva muy distinta, la del residente, no la del viajero de paso. Seminario de Literatura incluido…
Éste consistía en clases por la mañana (excepto lunes) y talleres optativos a partir de las cuatro de la tarde. El último fin de semana de cada mes, visita a la casa natal de algunos destacados autores que figuraban en el programa de estudios, lo que implicaba conocer entornos tan contrastados como sugestivos: las brumas de Yorkshire, cuna de las hermanas Brontë o la apacible campiña de Hampshire, pulcramente descrita en las novelas de Jane Austen… En verdad, Mr. Wetherell me había hecho un regalo digno de los Reyes Magos.
Durante los días que precedieron al inicio del curso, solía deambular por Leicester Square; me detenía a examinar la generosa oferta de la cartelera teatral y tomaba luego un refrigerio en cualquiera de sus terrazas, contemplando a los viandantes.
Incluso me atrevía con The Sun o el Daily Mirror –tabloides sensacionalistas a disposición de la clientela–, cuyo estilo extremadamente coloquial a menudo se me resistía (el profesor Higgins no se encontraba por allí para echarme una mano).
Almorzaba en alguno de los steakhouses de los alrededores (alfombras color vino, asientos afelpados, solícitos camareros… y absoluta privacidad). Ocupaba una mesa con vista a la calle, que me proporcionaba una instantánea latente, tangible, de la vida ciudadana. Hombres presurosos, con aspecto de oficinistas, señoras jóvenes, con la bolsa de la compra o el cochecito de niño (a veces, ambas cosas); un grupo de personas en la parada del autobús, una chica que indagaba alguna dirección, gente que leía los titulares del periódico mientras caminaba…
Por lo general, un súbito chubasco alteraba la placidez de la escena; de inmediato, todos procedían a abrir el paraguas, que los londinenses parecen llevar siempre consigo.
Por la tarde, recorría los centros comerciales, mercadillos y puestos de venta al aire libre (según se tratara de una u otra zona de la ciudad) y visitaba lugares mencionados pródigamente en las novelas policíacas que leía de jovencito: Picadilly Circus, Baker Street, la Torre de Londres y muchas callejuelas del East End, escenario de los horrendos crímenes perpetrados por Jack, el Destripador, a finales del siglo XIX.
De hecho el Soho era el barrio que transitaba con mayor asiduidad, sugerente, laberíntico, canallesco. Resultaba fácil imaginar su promiscua y sórdida vida nocturna: cada veinte metros, pubs atestados de una clientela desaliñada y de carcajada estruendosa, tiendas de libros prohibidos, sex-shops… Y, a lo largo de la estrecha acera de Brewer Street, una hilera de portales bajos –la palabra Models escrita en el dintel– en los que chicas, la mayoría de color, fumaban o conversaban distraídamente, y cuya finalidad de reclamo no ofrecía ningún género de dudas.
En las proximidades, se encontraba un teatrillo, propiedad del magnate Paul Raymond, editor de una cadena de revistas eróticas que se distribuían en medio mundo. El espectáculo ofrecía la oportunidad de admirar en directo y al natural, a las chicas que posaban en las numerosas “revistas para caballeros”… e invitarlas luego a una copa: placeres reservados a personajillos con la cartera repleta de libras, respecto a los que un modesto profesor de inglés estaba obligado a observar una meritoria abstinencia.



El chicuelo dice

Esa democracia de cuarenta pesos

Tribulación, lamento y ocaso de un jurado electoral. Las desdichas de la democracia boliviana.



Wilmer Urrelo

Y de la nada una llamada telefónica: ¡holas!, cómo que holas, se dice buenos días, no seas malcriado, ah perdón, ¿tío?, sí, oye, tu nombre está en el periódico. Y el chicuelo todo canchero: siempre aparezco ahí, no es nada raro, y luego la vanidad de todo escritorzuelo: ¿y qué alaban ahora de mí, si se puede saber?, y del otro lado te responden: estás en la lista de jurados para estas subnacionales, imbécil ¡ja, ja, ja! y cuando el pequeño niño blasfemo se entera: diles que no puedes, que estás enfermo, que estás loco, que tienes roto el corazón (…hola, te mando un cariñoso saludo).
O mejor: diles que te encuentras de duelo por la muerte del hijo del Perro Aguayo. El chicuelo no hace caso alguno a aquellas recomendaciones de su mejor amigo (lo veo todos los días en el espejo) y pienso: qué carajo, qué siempre es eso.
Entonces asistes a las clases y comenzamos tarde por culpa de la hora boliviana y encima no cacho nada de lo que la señorita del Órgano Electoral nos dice, solo que podemos anular votos. Y nuestro chicuelín pensando: ahora sí me voy a vengar de los que odio.
La cosa es que ahí estás a las seis de la mañana en un colegio nuevecito, con graderías aunque sin rampas (el ñeque no sirve de nada), sin rampas para los que vamos por este mundo en bastón o los que van a cuatro ruedas.
Y así, lanzando carajazos, el señor presidente de mesa me saluda con un buenos días hijo, y yo qué hay, aquí están las papeletas, las ánforas y al acta. Comenzamos a armar nuestra mesa con otro de los jurados (un cuate buena onda), y después comenzamos: al principio nadie y el pequeño niño blasfemo qué grave, hermano, porque después empieza a llegar un montón de gente, y yo ordenando: acá la papeleta chiquita y acá la grande, y también debes estar atento a que en la fila no haya “casos especiales”.
A saber: personas de la tercera edad, mujeres en gestación o con esas wawitas chiquitas y jodinchis, incapacitados (léase: con cualidades diferentes) y entonces el dolor en todo el cuerpo, la enfermedad neuropática del pobre chicuelo manifestándose, haciendo estragos en su todavía atlético cuerpo.
Sin embargo, hay que estar ahí como un tarado porque si no te multan. Para desquitarme me hago la burla de un paco: meta mejor la chiquita, no sea así, y el verde olivo ni cuenta se da, ¡ja, ja, ja!, por lo menos me cagué de risa un rato, y después dos pastillas que Quetorol sublingual de 30 miligramos debajo de mi lengüita.
Aparece el que hace lío de todo. En este caso es una chica. En el facebook dicen que hay una papeleta marcada. El cuate buena onda le muestra la papeleta, nada por aquí, nada por allá, pase.
Ingresa al aula y sale al cacho ¿esto no es una marca?, feliz porque tendrá algo que contar en su facebook y no faltará el estupidín que pondrá me gusta. No, le decimos, es la marca de nuestras firmas que pasaron el papelito, y ella ¿en serio?, y el chicuelo pensando allá en mi casa tengo raticida, ¿no quieres un poquito?...
La cosa es que las marquitas estaban sobre la cara de una tal Biafra no sé qué, que encima renunció. Una marquita no hace nada, y entra de nuevo y seguro que le saca una foto con el celular y la sube a su facebook con este texto (sic): “ha my me toko una bapeleta marcada como ce rumoreava”.
El martirio continúa. Llega un extranjero y le decimos cacho, cacho, usted solo puede votar por las municipales y el tipo todo un saltoncito, yo voté en las presidenciales, yo vivo acá veinte años (pobrecito, ¿y qué culpa tenemos nosotros?), que voy a quejarme a la sala murillo, que ahí conozco a talcito.
La cosa es que conservamos la calma como nos dijeron los del Órgano Electoral, llamamos para consultar, aunque tú lo hubieses mandado mucho al carajo, chicuelo, vaya a amenazar a las FARC, a mí no me nadies… la respuesta del Tribunal: el saltoncito puede votar, ni modo, pase y perdón, y así todo el día soportando a gente de esa calaña.
Al final cerramos las urnas, uf, qué dolor, y ahora “el recuento de los daños”, o mejor dicho, el recuento de los votos. Al principio nos rayamos feo: mágicamente aparecen más votos que votantes (tampoco es algo raro en la historia de Bolivia, me consuelo, sino pregunten a los del MNR).
Hacemos el recuento de nuevo y una hora y media después ya está, al fin cuadra, ganan el galán de barriada y míster adobes, pierden el señor manso y la doña (¿qué cosita llevará en su qu’epi?, ¿los quivos que sabemos?).
Ni modo, cinco años más padeciendo la cara de ese señor y su actitud de machote colla que parece decir: ¿no te da envidia la mina que tengo, chicuelo?, y nuestro amado e inteligente chicuelo respondiendo: no, no es mi tipo, además qué cosita leerá su medio limón. Respuesta: la revista Cosas o algo por ahí, fuchi, yo paso.
Terminamos tarde. Y el dolor neuropático es enorme, inabarcable. Piensas: que se joda esta democracia donde el voto es obligatorio, reflexionas, la democracia donde es obligatorio elegir a semejante gente (los que ganaron y los que perdieron). Y luego me sale lo patriota: boliviana y boliviano, no escribas ni votes, mejor lee.
Retorno a mi casita, me doy un baño y ceno, tomo dos pastillas de Pregabalina de 150 miligramos. No veo las noticias, prefiero sumergirme en el homenaje a Selena y un reportaje especial sobre la muerte del hijo del Perro Aguayo y piensas: qué bien, perrito, qué bien que no sufriste la democracia boliviana, y el pequeño niño blasfemo diciendo dentro de mi cráneo: sin embargo padeció la mexicana, que está peor.
Y yo prometiéndome que nunca más le entro a esta onda democrática, muy bonita hasta que te eligen jurado, a otro con ese cuento, arruínense, friéguense. Y encima nos dieron cuarenta pesos como si fuera la gran cosa. ¿Saben que con esa miseria no compro ni tres pastillitas de Pregabalina? Y los que ganaron tendrán un sueldazo por cinco años y estarán felices.
Por cierto, ¿el galán de barriada no querrá adoptarme, ya que tiene tanto ñeque?, prometo no decirle groserías a mi nueva mamá, se lo juro.
O mejor jalar la cadena. Mejor eso.

¡plas! 

Las escenas

Oh, Bartleby

“Libros & películas. Una mirada. Una lectura de los pasajes que cambiaron nuestra forma de ver el mundo”.



Aldo Medinaceli

Cuentan que antes de las fotocopiadoras y la tecnología digital, los documentos solían transcribirse a mano. Los copistas -o también llamados amanuenses- solían tener un trabajo estable, mayor o menor salario según la belleza de su caligrafía, y eran indispensables para el funcionamiento de juzgados, registros o cualquier otra actividad en la que fuera necesaria una fidedigna recepción de datos.
También dicen que esta burocracia extrema llegó a límites absurdos y que en algún momento esta práctica se convirtió en un fin y no en un medio: enormes archivos con miles de cuartillas esperando que alguien busque un dato específico, una fecha, un nombre, una declaración que confirme o refute lo que dice otra persona.
Así en aquel tiempo artesanal del cual todavía vivimos una tenue resaca, con inmensas plumas y diminutos tinteros, reforzados lápices y calibrados pulsos, la profesión de escribiente muchas veces se convertía, como una manera de vencer a la locura, en una antesala de la escritura de ficción.
En el relato Bartleby el escribiente, atípico ejemplo de una casi perfección narrativa, el protagonista-testigo asegura que: “a las biografías de todos los amanuenses, prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby”.
Y esos episodios son, ciertamente, memorables. En uno de ellos, luego de describir una modesta oficina en el centro de Manhattan, donde se revisan documentos leyéndolos en voz alta, se narra la inexplicable forma en que uno de los copistas, sin más motivo que su libre albedrío, decide dejar de obedecer.
El empleado que antes sobresalía por su puntualidad y esmero, tan difíciles de encontrar entre sus colegas, replica a la petición de su jefe con una parsimoniosa negativa.
Tal la escena:

“Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:
-Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta:
-Preferiría no hacerlo.
-Preferiría no hacerlo -repetí como un eco, poniéndome en pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Está loco? Necesito que me ayude a confrontar esta página; tómela. -Y se la alcancé.
-Preferiría no hacerlo -dijo.
Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras, si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón”.

¿Sentía Bartleby excesiva autosuficiencia con la fidelidad de su escritura, tanto que se negaba a revisarla como le pedía su jefe? ¿Prefería no perder el tiempo leyendo en voz alta lo que otro había copiado antes para enfocarse en su propia escritura?
Más de un siglo después, en el libro Bartleby & compañía, Enrique Vila-Matas retomó este pasaje de Herman Melville para otorgarle nuevas significaciones.
Tal como le sucede al personaje rebelde de Melville, quien decide no escribir una línea más, Vila-Matas reconoce en este gesto un síndrome que también atacaría a una célebre lista de escritores, entre los que se cuentan a Arthur Rimbaud, Juan Rulfo o Phillip Roth, entre varios más.
Así de simple, sin más, el denominado síndrome Bartleby obligaría a abandonar este particular oficio a quienes sufren del intratable mal.
Una nueva forma de aquello que se conoce de manera superficial como bloqueo es llevada, en este caso, a un extremo radical, no solamente dejando la práctica de la escritura sino, en algunos casos, hasta la desaparición del mismo escribiente. Lo más probable es que esa no haya sido la primera vez y que el síndrome siga asaltando mientras existan escribientes o transcriptores.
También se podría decir que esta escena se repite a diario cuando leemos una notificación que dice: “cargar tinta”, o: “no hay papel en la impresora”, o cuando el bolígrafo se queda seco o simplemente uno prefiere alejarse del escritorio, eligiendo una vida más activa.
Aquel mantra que se repite hasta el cansancio -siguiendo la traducción de Borges: “Preferiría no hacerlo”, representa para muchos un canto a la libertad y sus múltiples opciones. “Preferiría no hacerlo”, mientras que para muchos otros es simplemente la abulia de la momentánea -o no- derrota ante la página en blanco.
Sería ridículo pensar en un mundo sin la letra escrita, en donde todos renunciaran a su cargo, de ahí que el gesto de Bartleby esconda un profundo misterio y una luminosa sabiduría. Intrigante paradoja. Modestia y orgullo. Victoria y derrota. Tal vez sea bueno recordar que nadie es imprescindible a la hora de llenar más y más estantes con páginas garabateadas, pero que, al mismo tiempo, tampoco nadie sabe cuántas hermosas líneas se habrán perdido a causa de la terquedad de aquel escribiente que un día solo dijo: “Preferiría no hacerlo”.
Y, efectivamente, nunca más lo hizo.
Finalmente Bartleby se queda sentado sin importarle que sus compañeros, jefe y la oficina entera se trasladen de lugar, que allá afuera la ciudad colapse en severas crisis económicas, o que el mundo siga girando sin importarle su radical decisión.

Tan entrañable personaje muere recostado sobre la hierba de un sanatorio mental, en un estado parecido al sueño, sin tribulaciones ni ansiedad. Incomprendido pero guardando dentro de sí el profundo misterio del mundo. Tal vez la escena más memorable de este relato sean las últimas palabras que simplemente dicen: “¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!”.

Blimunda

Ver (en el cine) a Saramago

Un repaso a los cuatro filmes adaptados sobre novelas y cuentos del Premio Nobel portugués.



José Luis Exeni

Cuaderno de Lanzarote, 9 de enero, 1996: “La suerte está echada… he cedido los derechos para la adaptación cinematográfica de La balsa de piedra. Tantas gotas de agua vienen cayendo sobre esta piedra que acabaron haciéndole un agujero por donde veo hundírseme la antigua decisión de no permitir que mis libros sean llevados al cine”.
Con estas palabras, el escritor portugués José Saramago, escéptico, abría una puerta desconocida: ver, y no solo leer, su obra.
La resistencia de Saramago a permitir adaptaciones cinematográficas de sus novelas tenía un fuerte argumento: a diferencia de la teatralización -aseguraba en una entrevista- el cine “entra en competencia con la novela”. Se refería a su obra Memorial del convento, que fue llevada a escena en la ópera Blimunda. José ni se imaginaba la sola posibilidad de verla en el cine. Hasta que cedió. El resultado son cuatro películas disparejas.

Balsa
¿Filmar un libro? ¿Adaptarlo? ¿O realizar, más bien, una interpretación libre? La experiencia inaugural del recorrido desde la obra escrita de Saramago hasta su conversión en película se produjo con La balsa de piedra. Tras “devorar en días” la novela, el director francés Georges Sluizer se impuso la misión de llevarla al cine. Tenía dos motivos: el “tono mágico” de la obra, que le había impresionado, y su cercanía con las posiciones políticas de Saramago, que interpelaban a Europa.
La metáfora es radical: ir hacia el sur. Una grieta abierta a lo largo de los Pirineos provoca la separación de toda la Península Ibérica que, convertida en isla flotante, abandona Europa. “Tiene esto que ver -explicó el escritor años más tarde- con la interminable cuestión colonizadores/colonizados, la dicotomía y la antinomia norte/sur”. Contar tal historia en una película era un desafío mayor. A Sluizer le sobraba ímpetu, le faltaron recursos.
Luego de varios esfuerzos por conseguir financiamiento, La balsa de piedra, hablada en español, llegó al cine cuatro años después de que Saramago recibiera el Nobel. Así vimos en pantalla el viaje de los seis personajes retratados en la novela. Pero el director se había limitado a “filmar el libro”. Así, la primera adaptación de Saramago al cine fue más bien deslucida. “Escribí un libro, Georges no me traicionó porque encontró el alma”, sostuvo un elegante José en el estreno de la película.

Ceguera
Ciegos. ¿Qué pasaría si de pronto, uno tras otro, quedásemos todos ciegos? En su espléndido Ensayo sobre la ceguera, Saramago traza un escenario perturbador mostrando las consecuencias de una ceguera blanca “en un mundo que, en lo fundamental, está organizado por y para el sentido de la vista”.
Pero su interpelación/metáfora es más terrible: “estamos ciegos con los ojos que tenemos –asegura-; quizás nuestros ojos vean, pero nuestra razón está ciega”.
¿Filmar la ceguera de la razón? “Tengo que decirles que, hasta hoy -confesó el escritor en un taller-, mi agente literario ha recibido cerca de veinte propuestas para llevar el Ensayo… al cine. Todas rechazadas”.
Hasta que, de la mano de un productor canadiense, llegó el director brasileño Fernando Meirelles, que traía Ciudad de Dios como antecedente. La película se filmó el año 2007 y llegó a cartelera un año después. Era tan intensa que requirió más de diez versiones de montaje.
Aunque la película, titulada Blindness y hablada en inglés, resultó sin duda mejor lograda que La balsa de piedra, el director siguió la línea de fidelidad con el libro. Y claro que era difícil -en palabras del crítico Joao Monteiro- “intentar pasar al telón situaciones que sólo funcionan en literatura”.
En la proyección privada, emocionado, José le dijo a Fernando: “estoy tan feliz por haber visto este filme, como estaba cuando lo había escrito”.

Embargo
La tercera película sobre la obra de Saramago no se basó en una novela, sino en un cuento: Embargo, incluido en Casi un objeto. Esta vez la adaptación cinematográfica estuvo a cargo de un director portugués: António Ferreira.
El resultado es una película más bien modesta pero inteligente, que combina la historia negra con el absurdo. Un filme que sin apegarse a la letra del cuento, bien lo narra/retrata.
El relato es breve pero intenso: un embargo de los países productores de petróleo provoca escasez de gasolina. En medio de esa crisis, el personaje principal: Nuno, atrapado en su coche que cobra vida, intenta vender una innovadora máquina para la producción de zapatos.
Hay importantes diferencias entre el cuento de Saramago y el guión adaptado de la película (a cargo de Tiago Sousa). Es la distancia que garantiza una comedia a tono con la obra del autor.
La película Embargo, muy poco conocida en nuestro medio, fue estrenada en septiembre de 2010, tres meses después de la partida de José Saramago. No sabemos cuál sería la reacción del escritor portugués luego de ver el filme ni qué le diría a su compatriota Ferreira. Pero queda como testimonio en imágenes de una intensa alegoría del Nobel: “la ocupación de un hombre por su automóvil”.

Enemigo
En El hombre duplicado, Saramago plantea un tema recurrente en su obra: la identidad, el otro. Tertuliano Máximo Afonso, profesor de historia, descubre a sus 38 años que en la misma ciudad vive Antonio Claro, actor de cine, y que ambos son idénticos.
“Sus universos paralelos se funden y estalla la tragedia”, comenta José. Pero la pregunta no es tanto quién es el otro, sino quiénes somos nosotros. “El caos es un orden por descifrar”.
Enemy es el título de la película en la que el director canadiense Denis Villeneuve interpreta la novela de Saramago. El resultado es espléndido. “Con El hombre duplicado lo tuve clarísimo desde el principio. Se trataba de una historia muy extraña y representaba algo muy diferente a mi trabajo previo. Quería ponerme en peligro”, comentó Villeneuve. Y qué manera de ponerse en peligro con una película que transita diversas paranoias. Un thriller de terror en forma.
A diferencia de los anteriores filmes que reprodujeron o adaptaron libros del escritor portugués, Enemy es una versión libre. Saramago no llegó a ver el guión ni menos la película estrenada en 2013, pero su esposa Pilar sintetiza así el resultado: “quizás no encuentren el libro, pero José está dentro de este filme”.
El reto no es menor, como lo expresa el director: “a veces tienes que resumir 50 páginas en una sola imagen”. Como la araña del final, que desafía todo.

Pilar
¿Ver, en el cine, a Saramago? Es grato hacerlo, aunque las cuatro películas muestren que mientras más se distancian de la obra del escritor, mejor el resultado. Y es que, como bien dice Monteiro, “existen muchas formas de filmar un libro, pero muy pocas formas de filmar un autor”.

Como sea, lo que ninguna persona debiera dejar de ver es José y Pilar, ese entrañable documental que, como en El viaje del elefante, celebrando la vida, nos enseña que “siempre llegamos al sitio donde nos esperan”.