jueves, 18 de diciembre de 2014

Parhelio

[Mal de ruina]

A raíz del libro Nonato Lyra que la editorial La Mariposa Mundial acaba de publicar, en su colección Papeles de Antaño, van estos apuntes con la sombra del dedo en el corazón de un archivo.


Rodolfo Ortiz

Hay una subversión conmovedora que se produce cuando un lector entra en el taller de un escritor y se atreve a leer sobre sus hombros. Sin embargo, en Borda esta imagen tiene su dosis de atopía, pues ese lector tiene que vérselas con los pedazos caóticos de papeles de un archivo póstumo sin ese punto arquimédico de los hombros de un escritor.
Al igual que Macedonio Fernández, Arturo Borda fue un autor que favoreció siempre la multiplicación o, para seguir la raíz de fautor que se insinúa, fue un favorecedor. Este es el sentido de archivo póstumo que, entiendo, se articula a la interrogante de mirar sin un punto de apoyo, o mejor, de asumir varios puntos arquimédicos a partir de los cuales es viable producir una lectura desplazada de esos lugares de impronta (y de imprenta) desde los cuales comenzaría una historia posible de su concepción. Una aproximación de este tipo, entonces, lee sobre las marcas, huellas o indicios que metonímicamente nos hablan de ese alguien que alguna vez estuvo allí vehiculizando sentidos sobre un material “mental” ahora observable. Pero el rol de ese sujeto es también in-formar, en el sentido de la formación interior de la historia de un archivo, que la cuestión misma de esas huellas y estigmas no es una cuestión del pasado sino del porvenir. Hay una mesianicidad espectral que trabaja en el concepto de archivo y este sentido llega a ser interesante al enfrentar un archivo póstumo como el de Arturo Borda, que en todo caso y en todo momento sugiere la cuestión del porvenir y la promesa, antes bien que la remisión a los indicios de una memoria consignada o de la fidelidad a una tradición.
Un archivo póstumo tiene que ver con ciertos lugares inconjuntos que constituyen la huella visible del proceso creativo de una obra. Su “gesto inaugural”, si vale el término, es abrir una lectura de sus comienzos y de sus finales también como comienzos. Derrida señala que la palabra archivo en su raíz etimológica de arkhé nombra al mismo tiempo el comienzo y el mandato. El principio según la naturaleza o la historia, pero también el principio según la ley, allí donde se ejerce la autoridad, el orden social, el principio nomológico. Para Derrida, además, el sentido de archivo proviene también del griego arkheîon: en primer lugar, una casa, una residencia de los magistrados superiores, los “arcontes”, como don Gunnar Mendoza para darle cierto color local a esta idea. Los arcontes eran no solo los guardianes del archivo sino también quienes ejercían mandato, pues se les concedía el derecho, la competencia y el poder de interpretar tales archivos. Esta dimensión arcóntica de la domiciliación y resguardo de un archivo cumple una función árquica, que en todo caso llegaría a ser patriárquica.
Y es en esta idea del archivo como lugar de la autoridad, de un estado patri-árquico (la ley de Noé que viaja en las tablas del arca), donde considero se inserta la impronta descentralizadora y an-árquica del archivo de Arturo Borda. El archivo de Borda es descentrado desde la lógica interior que despliegan sus manuscritos, sus versiones, sus ediciones. Esta obra se construye a partir de la ausencia de manuscritos precisamente porque su dinámica descentra el lugar del archivo. Nonato Lyra es la historia de tres manuscritos, al interior de cuyo emplaste hay uno del cual sabemos pero nunca leemos.  Borda propondría, entonces, un principio de desarchivo y abolición de ese lugar de poder. Desarchivar a Borda, por lo tanto, llegaría a configurar un gesto de participación, de una nueva “distribución de lo sensible”.
De esta manera, entiendo las ruinas de Borda como el efecto de una falla en la inscripción de un archivo, cuyo soporte y seguridad física, cuyo cuerpo o arkheîon, están trastocados. El Loco, por ejemplo, nos confronta con el lugar de un archivo en el cual su inscripción es la de la ausencia de lugar, es decir, la del lugar donde impronta e imprenta se separan. Ese “loco anónimo” que aparece como primer sostén de unas cuartillas que dentro de la obra se llaman “El Loco” y fuera de ella El Loco, es un personaje desaparecido que surge a partir de la impronta que no tiene imprenta. El loco es un estigma del abortivo arrojado a un basural (qué mejor imagen de un archivo póstumo que la de un basural) cuyo único mandato proviene de un lugar pulsional sin padre.
Las ruinas de Borda, por lo mismo, sugieren la posibilidad de pensar en una contradicción intrínseca de lo archivado, es decir, en la idea contraria de la protección arcóntica de un archivo. Su “mal de ruina”, si vale la expresión, pone en evidencia la existencia contraria e intrínseca de una pulsión destructiva que justamente un mediador editorial, al enfrentar su archivo póstumo, avivaría. Un archivo se destruye en su “iteración”, precisamente porque es imposible repetir sin alterar, favorecer sin destruir o violar.
En Borda este proceso se despliega de una manera única e irrepetible, para utilizar dos atributos que suele ligar a su arte. Sus manuscritos perdidos los muestra en 1937, por única vez, a Carlos Medinaceli, en un gesto equiparable al de Kafka, pues si hubiera habido la intención de proteger los papeles al extremo de quemarlos no se hubiera realizado el gesto contrario de mostrarlos, tanto a Brod en el caso de Kafka, como a Medinaceli en el caso de Borda. En otras palabras, la pulsión destructiva de que sean violados y no pulverizados desplaza la quema de los manuscritos, en el caso de Borda, al interior de la trama de El Loco. Es decir, se ficcionaliza la escena, salvando materialmente los suyos. Y esto mismo abre la posibilidad de que salgan de la oscuridad y de que alguien, no casualmente el crítico literario y “papelerista” más importante de su época, los leyera y de esta manera violara su cerco íntimo y secreto.
Así, desde la perspectiva de lo póstumo, un texto se hace y en esa hechura la mediación editorial es determinante en su conducción y fabricación de sentido. Si un editor como agente póstumo participa de la historia de un texto y crea nuevos marcos constituyentes de sentido, en el caso de Borda no tendría que desatender al testimonio de amenaza que acompaña la vocación silenciosa de quemar un archivo. En tanto residuo de una anarqué, siempre existirá la posibilidad de pensar lo que Borda habría podido quemar en ese mal de su archivo. Radializar ese mal, como ha sugerido siempre Borda, llegaría a prefigurar un momento de urgencia, un acceso, una participación activa, plural, en la interpretación de ese legado como un momento único e irrepetible.
¿Qué lugar atribuir a los papeles dejados por un escritor? Es una pregunta que quizás valga la pena plantearse, pues el abordaje de un archivo póstumo como el de Borda nos obliga a desligarnos de una serie de nociones que remiten a la idea de continuidad. Leer los comienzos de Borda es confrontar críticamente estas certezas de la historia ligadas al hecho de que todo discurso está predeterminado por una tradición, una influencia, un desarrollo, una evolución. Leyendo a Borda comprendemos que toda evidencia es siempre inasible y aquello que en última instancia interesaría, Katari lo supo desde el inicio, es la pesquisa de aquello que “nos precede” en el itinerario, el tránsito, la travesía y hasta la distancia de una escritura.

No contar la verdad sino relacionar las evidencias que quedan de un proceso (siempre) enigmático.

Ensayo

Literatura y anarquismo en Bolivia


Apuntes para reflexionar sobre algunas obras (y algunos autores) en el contexto del poder.



Virginia Ayllón

Comenzaré, rápido, indicando que me parece pertinente analizar la dupla entre literatura y anarquismo, por una razón: la mayoría de los historiadores de la literatura suelen referirse al impacto del nacionalismo en la literatura boliviana del siglo XX. Pero el “error” de otro no disculpa incurrir en faltas o deslices. Hay que argumentar más.
Cada vez se me hace más claro el bollo entre crítica y creación literaria en Bolivia. El lío va por el cuestionamiento al valor de la crítica o, más específicamente, sobre su metodología y resultados. Este debate propio de la literatura en todo el mundo y en todas las épocas, se especifica en Bolivia por el pequeño, casi minúsculo lugar donde escritores, críticos, lectores, académicos y advenedizos de la literatura convivimos, emitimos, escribimos, criticamos, renegamos, nos felicitamos.
Alguien podría decir que eso se debe a la reducida creación literaria en Bolivia, junto a nuestra poco profesional crítica literaria. No creo en absoluto en esa percepción que compara lo de aquí con lo de allá para constatar, siempre, que aquí no pasa nada en literatura. Creo, más bien, que toda literatura es un espacio suficiente en sí mismo, es un 100% que tiene todo el derecho observarse y calificarse.
Este pequeño espacio que nos junta, a la vez confunde los lenguajes de la creación y del análisis literario lo que se complica más cuando el creador es a la vez crítico, y más aún si es creador, crítico y académico. Y es que a pesar de que estos tres lugares tienen en común a la literatura, cada uno, a la vez, discurre su quehacer por distintos caminos y, especialmente, por distintos lenguajes.
Los estudios literarios académicos, por ejemplo, precisan de teorías y metodologías y, además, crear un objeto de estudio (como todo hecho académico). Tales teorías y metodologías, buenas o malas, pertinentes o impertinentes, tienen sin cuidado al creador quien, sin embargo, goza o sufre los “dictámenes” de la academia.
Por su parte el creador suele reclamar (sin decirlo) “atención” a su obra que no es otra cosa que el deseo (¿?) de que su creación “merezca” la atención de críticos y mejor si académicos. Entonces aparece aquí el tema del poder de críticos y sobretodo académicos que entronan o destronan y califican “lo mejor” o lo “peor”.
Ante ello, el poder de “los otros” es la crítica a la crítica, la valoración de obras ubicadas en “los márgenes” del canon crítico académico, etc. Lo mismo sucede con la institucionalidad literaria (premios, ferias, editoriales, revistas, suplementos) que también entronan y destronan y, en realidad, “crean” otros premios, otras editoriales, generalmente denominadas como “alternativas”.
Y aquí no hay neutralidad; en general el escritor más inconforme con la crítica, la academia y la institucionalidad difícilmente rechazará “ser publicado” en la editorial o la revista consagrada o recibir el beneplácito de críticos “autorizados”.
Entonces, al ser un hecho del lenguaje, es también en lenguaje que se manifiestan los diversos sabores de esta conflictiva relación. Hay algunos clichés que me gustan más que otros pero el que mejor resume este intríngulis es, sin duda el de “la literatura es buena o mala y eso es todo”.
Es un cliché porque nadie podría estar en desacuerdo, tiene cierto carácter tautológico este cliché. Por otro lado, es correcto en tanto apela al derecho básico del lector ante cualquier obra literaria. Pero es endeble en cuanto se arma con los valores bueno-malo cuya relatividad es la base, nada menos que de la ética, rama de la filosofía. Nadie desconoce, por supuesto que estos valores son determinados por razones estéticas y extra estéticas. Tal vez mejore el cliché si dijera “la literatura me gusta o no me gusta, eso es todo” y creo que ahí dejaría de ser cliché.
Gusta al escritor o critico no académico (y comparto las teorías de la anti academia) usar estos clichés y la respuesta a veces viene también en formato cliché teórico. Entonces del cliché Leenhardt, se pasa al cliché Barthes y luego a otro, o, si se quiere, del cliché de los estudios marxistas, se pasa al de los estudios culturales, luego al de los estudios postmodernos, etc., etc.
Pero si damos la vuelta la mirada y pensamos este panorama no en términos de encono sino más bien de ideas en circulación, podríamos ganar todos, los de aquí y los de allá, lo anti y los institucionales. Esta imagen es romántica (de romanticón, no del romanticismo) porque elude el tema del poder y puestas así las cosas no queda otra que el encono en nuestra pequeña aldea de las letras.
Pero existe otra posibilidad de comprender esto y es verlo como la tensión entre dos fuerzas: las del poder y las del contrapoder. Las del poder ya las explicamos, pero las segundas (con tan rimbombante nombre) son más difusas y todo o nada puede ser contrapoder.
Tal vez el análisis hermenéutico del poder ayude a comprender qué es el poder y si me atrevo a resumir, el contrapoder vendría de quienes se oponen a las razones del poder literario, establecido en la institucionalidad, el canon y la academia. Entonces en el contrapoder se incluirían un conjunto de “alternativos” y posiblemente todos los “malos” (vuelvo al cliché) que están “al margen” de ese poder. Pero toda teoría del poder indica que la fascinación de los marginados con el poder central forma parte del poder mismo, lo que eliminaría a los “alternativos” que con todo, gozan con las señales que le hace el poder.
En esta reducida taxonomía, quedan solamente los pocos para quienes la literatura no es ni algo ajeno ni deseado, ni institucionalidad, ni canon, ni crítica, ni siquiera creación. Aquellos para quienes la literatura simplemente no existe (escritores y lectores diría yo). Esta actitud drástica y extremista no sería así calificada por estos escritores y lectores porque simplemente les tiene sin cuidado eso que otros llaman literatura. Se trata pues de una hipótesis muy osada la existencia de estos seres del lenguaje.
Una hermosa imagen que por ahí leí narra la historia de una comunidad que ante el anuncio del poeta que “va a decir un poema”, deja su cotidianidad y prepara una gran fiesta porque “el poeta va a decir”. Concluida la fiesta, la gente retorna a sus casas y el poeta se interna en el bosque y dice su poema, y acaba la historia. ¿Es este el epítome del ser escritor? A mí me sobrecoge la imagen y adivino en ella el sinsentido que la literatura es para estos seres.
Tal vez esta podría ser la base para un acercamiento al análisis del anarquismo en la literatura en Bolivia. Quienes han hecho este ejercicio en la literatura universal suelen colocar la obra de Tolstoi, Kafka, Thoreau, Camus, Bradbury, Wilde, entre los principales, porque en ella se encuentran los rasgos de la ideología del anarquismo (autonomía, antiestatismo, contrapoder, etc.), atributos que creo pueden alcanzar a la obra de muchos escritores más.
Pareciera, entonces que no se trata, o no solamente, de bucear y descubrir “temas” anarquistas en la obra. Ante eso, podría ser que se trata de una actitud del escritor con lo que llamamos literatura.
En su Patria íntima (1998), Leonardo García ensayó un acercamiento al tratamiento del poder en la obra de algunos escritores. Consideraba García que en tanto la obra de Nataniel Aguirre, Arguedas, Tamayo, Cerruto (narrativa) y Céspedes se intencionaban con el Estado; René Moreno y Cerruto (poesía) rechazaron esta intención y crearon mundos cerrados en sí mismos.
En cambio, consideraba que la de Arzans, Zamudio, Saenz y la producción del cineasta Sanjinés (sic) se colocaban al margen del Estado. De este modo, este texto de García es uno de los pocos que analizan el discurso literario en función del poder, del Estado en particular.
No descarto que la obra del realismo socialista, conocida aquí como “literatura de protesta” (a veces minera, a veces de la guerrilla, etc.) tenía su centro en la resistencia, pero en este caso destaco el análisis de la intención de los autores más que de “los temas” que dibujaron en su creación.

Tengo en mí que la obra de Borda y la de Mundy tienen distintivos muy cercanos al sinsentido de la literatura (como institución, como sentido, como canon) aunque creo que hay todavía mucha basura que limpiar para afinar el análisis. Pero es claro que en ambas destaca su antiliteratura y ahora toca discernir qué quiere decir eso. 

ALTIplaneando

Esa musiquita


Este texto no es solo para melómanos no obstante, qué duda cabe, éstos más que nadie podrán cerrar el guiño de complicidad con el autor.


Edwin Guzmán Ortiz

También estamos hechos de música. Al interior de esta caja de resonancia, cuerpo de insondables pasiones, una melodía se despereza y abraza el instante. Tatuada al resuello, a ese latido hondo que nos sostiene, las notas y la voz dibujan la fisonomía de un tiempo intransferible, donde la memoria habla desde la artesanía entrañable de una canción.
Es la música que forma parte de esta andadura. La que en medio del ruido rutinario y de palabras que fabrican los avatares y la costra cotidiana, ilumina con su inveterado ritornello otra forma de atravesar los días, otra manera de nombras las cosas y a su modo, otra forma de ritmar el pensamiento.
Desde aquellos antiguos parajes de la infancia, nos habitan. Canciones que brotaban de los labios familiares, sonsonetes que segregaba aquella vieja radio, notas que salpicaba el tocadiscos por todos los rincones de la casa. Era fama cantarlas y tratar de ser ellas desde aquella voz bisoña, siempre ajena a la original.
En las fiestas, el momento en que irrumpía en escena el tema preferido era la cúspide de la noche. Bailar la cancioncilla era haber encontrado el hada perfecta para esas faenas del deseo, era salir del salón tarareando y dibujando con los ojos los acordes insuperables de aquella forma sonora, regalona y entrañable, como un gato siamés.
Es pues de tal calibre este regusto que me permito narrar la saga ejemplar de una queridísima amiga. Al cabo de más de veinte años de haber transcurrido desde su fiesta de quince años, decidió recuperar todos los temas musicales que habían alegrado aquel festejo; poco a poco, de aquí, allá y acullá, a través de incansable búsqueda -y en tiempos ajenos al internet- logró obtenerlos casi todos en cuidadosas grabaciones, excepto uno.
Sin haber perdido la esperanza de completar este propósito, cierto día después de un viaje de Cochabamba a La Paz, cuyo propósito era una delicada gestión laboral, de pronto en el trayecto con destino a una reunión clave en la radio del taxi irrumpió el faltante, aquel que debía cerrar esa ansiada búsqueda.
De inmediato, pidió al conductor enrumbarse a dependencias de la radio, y llegando pidió que le grabaran ese tema a cualquier precio. Poco importó haber llegado tarde a la reunión cuando en su cartera latían las doradas notas de aquella canción que junto a las otras albergaba, ahora sí, aquella fulgurante noche de sus 15 años.
La travesía que llevamos a cabo con la música nos acompaña en todo momento, al menos para quienes nos resulta imposible la existencia sin ese flujo maravilloso. Esa manida frase de que una imagen vale por mil palabras, podríamos mejorarla proclamando que una melodía vale por mil imágenes. Poco puede la fotografía de alguien, frente a la canción compartida y vivida con ese alguien.
En efecto, una canción nos abre de pronto a una atmosfera acurrucada en la memoria, sentimientos con nombre y apellido, olores, que no podría hacerlo otro medio por más proverbial narrativa que le asista. Pienso en las canciones de amor, en esa música que sigilosamente soporta en el tiempo el candor de un acontecimiento especial, la letra de aquella balada que nos ayudó a reencontranos, el nombre de aquel ser que fue y ya no está, los viejos amigos. Esa convocatoria del espíritu a los trajines del espíritu.
Y no es que sea exclusivamente amiga y confidente de las cosas de la dicha, de los sentimientos felices. ¡Ay!, cuánto dolor nos ayuda a soportar, cuánta canción regada de alcohol y sangre, cuánto bolero, cuánto Ne me quitte pas, cuánta Chavela Vargas, cuánto blues, en fin, cuánta Rosa Carmín.
Música que dice el sentir más allá de las propias palabras. Música que se cuela por las recónditas nervaduras del espíritu y musita a través de compases señeros la melancolía doméstica donde anida la noche, el vidrioso murmullo y el preludio del silencio. Música que habla a esa zona donde la razón queda en suspenso, y un sentimiento violeta se agita bajo la batuta de las horas convexas.
No acompaña simplemente nuestra vida, es nuestra vida. Aunque debido al tiempo haya pasado de moda y esa canción de antaño luzca una letra demasiado elemental o chusca y su arte no cumpla los rigores del arte verdadero, pero aun así, la amamos y escucharla siempre nos mueve algo recóndito, algo imperecedero.   
Mas, esa musiquita además de las evocaciones y ese cuerpo a cuerpo con su afelpada epidermis, también desafía el feeling de la inteligencia, convocándonos a desentrañar su misterio, su incesante capacidad de renovarse.
Nos lleva a un trajín intenso con su copioso lenguaje, nos provoca reinventar las maneras de escucharla, para terminar entendiendo que se trata de un animal fabuloso dueño de transformaciones impredecibles.También haciéndonos partícipes de  renovadas formas de una belleza que no cesan de reinventarse, de una empecinada heterodoxia en tiempos de ejecuciones cifradas, improvisación y volátiles partituras.
Es decir, la intensidad que demanda simplemente escucharla, el premio de la inmersión en sus ondulantes aguas, el compartir la dicha que detrás el saxofón, el chelo, la quena, la voz o la orquesta se halla trabajando un dios secreto y laborioso.

Con frecuencia se dice que la música es el soundtrack de nuestra vida, que en sus canciones y melodías se hallan abrazados nuestros días. Una sigilosa sintonía alimenta este connubio; cada cual con lo suyo, sea en el rincón discreto de una habitación, sea desde el coro que se suma al vocalista del concierto, a la manera de un himno disparado en el tiempo. 

Lector al sol

El anticuario


Reseña –positiva, entusiasta- de la primera novela del peruano Gustavo Faverón.



Sebastián Antezana

El anticuario es la primera novela de Gustavo Faverón (Lima, 1966), escritor y crítico literario a quien conocí –como muchos otros– a través de su ya desaparecido blog personal (puenteaereo.blogspot.com), un espacio interesante de reflexión sobre política y literatura.
Se trata, en primer lugar, de una buena primera novela, una historia cerebral y llena de referencias literarias e históricas que la hacen un aparato resistente a múltiples interpretaciones y que ha tenido bastante resonancia -buenas críticas y varias traducciones- en estos últimos años.
¿La historia, a grandes rasgos? Entre verdades a medias y distintas versiones, es la de Gustavo y Daniel, dos amigos que desde la juventud en la universidad -de una ciudad que, se presume, podría ser Lima- llevan una vida de gustos compartidos por la lectura y los libros -eventualmente, Daniel se transforma en anticuario y coleccionista de ejemplares raros y Gustavo es lingüista.
El conflicto se presenta temprano, desde la primera página en la que se ve que Daniel asesina a su novia, Juliana, de 36 puñaladas. Tras quemar el cuerpo y tratar de suicidarse de un balazo, Daniel es recluido en una clínica psiquiátrica y Gustavo, afectado por las acciones de su amigo, se aleja.
En adelante, El anticuario está dividida en capítulos narrados por Gustavo -a quien tres años después del asesinato de Juliana lo sorprende una llamada de Daniel desde la clínica en la que está recluido-, otros en los que se narran las experiencias del propio Daniel y otros, finalmente, en los que se narran episodios de la violencia política que vivió Perú en las décadas de los 80 y 90.
Un motivo destacado del libro es su forma de trabajar la clínica -tanto la clínica psiquiátrica en la que está recluido Daniel tras el asesinato, como la clínica como figura de control; digamos, la clínica foucaultiana- y su capacidad, de doble filo, de proteger y someter a los cuerpos, de curar y enfermar por la palabra. En ese núcleo del biopoder, Daniel, el asesino, el loco -y el eventual anticuario-, es el encargado de contares a los demás pacientes que comparten su encierro historias que remiten a un amplio espectro de referencias, seduciéndolos y controlándolos, quizás de forma involuntaria.
Sin embargo, el motivo más destacado en El anticuario es la repetición, la aparición de motivos recurrentes, de figuras que se reiteran constantemente. Por ejemplo: la recurrente violencia de Daniel y su aparente culpa de uno, dos y hasta tres asesinatos; la incidencia -de gran belleza, gracias a una narración preciosista- de un incendio que consume, primero, la casa de la niñez de Daniel, y después un espacio crucial al final de la narración; la figura repetida de la ciudad, laberinto en espiral que se construye cerrándose sobre sí misma en círculos concéntricos y cerrándose sobre sus habitantes. Estas recurrencias remiten necesariamente a otro campo.
El abc de la teoría del trauma -que empieza con Freud- señala que alguien que experimenta un trauma, pese a que eventualmente aparente sobrepasarlo, en realidad vuelve a él de forma compulsiva, incesante, inescapable. Eso porque la compleja naturaleza del trauma hace que solo sea posible vivirlo de forma repetida. Podemos ver ejemplos en casos como los del estrés post traumático en soldados, víctimas de guerras y torturas, víctimas de accidentes, etc.
En el núcleo de la experiencia del trauma reside una repetición, tenaz, incansable, a través de los actos inconscientes del sobreviviente e incluso en contra de su voluntad, en un proceso de neurosis traumática que se traduce en la recreación de un evento que el sobreviviente simplemente no puede dejar atrás -en el caso de Daniel, este evento es el asesinato de Juliana-.
Eso porque el trauma siempre es un evento que se experimenta demasiado inesperadamente, demasiado rápido, como para ser procesado o reconocido, y por lo tanto no es algo que ocurre de forma consciente sino hasta que vuelve, en forma de actos repetidos y pesadillas, a la vida del sobreviviente.
Este es el caso de los personajes de El anticuario, sobre todo de Daniel, víctima traumática de su propia violencia que termina recluido en un psiquiátrico, incapaz de superar el motivo de su locura porque el trauma es, en esencia, insuperable. Y pese a ello, mediante un proceso que le corresponde descubrir al lector, eventualmente Daniel se transforma en lo que anuncia la novela desde su título, en un anticuario.
Pero la redención es solo aparente pues, por definición, un anticuario trabaja casi exclusivamente con el pasado, se consagra al tiempo ido y a sus objetos como si descubriera en ellos pistas que le hablaran de la trayectoria del mundo. En el caso de Daniel, al hacerse anticuario, no solo descubre que ese pasado que recata del olvido es sobre todo una instancia terrible, marcada por violencias políticas y un odio fratricida, sino que confirma que toda historia -sobre todo la Historia- es la historia de un trauma.  
En la novela, Faverón hace gala de un estilo detallista, envolvente, cuidadoso al extremo del puntillismo, no carente de cierta pretensión poética y que sale airoso cuando se trata, por ejemplo, de describir las consecuencias brutales pero no carentes de belleza de un incendio, o como cuando revisa maquinarias cinematográficas hace mucho descontinuadas.
La escritura de El anticuario crea y trabaja un lenguaje complejo, a veces arduo, otras onomatopéyico, casi académico, amoroso, violento, un lenguaje construido a propósito para confundir, para dar rodeos, para moverse en varias direcciones, nunca en línea recta, para crear imágenes, versiones de la historia y personajes que muchas veces terminan siendo fantasmas, pero que se desvanecen cada vez con más virtuosas y deslumbrantes piruetas, que seducen, domestican y dejan cicatrices.

El anticuario no es solamente una novela sobre las distintas formas y funciones del arte de narrar, es una novela sobre las distintas formas, funciones, disfraces y alcances del lenguaje. 

Cafetín con gramófono

El Boletín Titikaka (II)

Repaso a la participación boliviana en esta importante publicación surgida en Perú a la cabeza de Gamaliel Churata.



Omar Rocha Velasco 

El Boletín Titikaka se publicó en Puno desde 1926 hasta 1930, el gran impulsor fue Gamaliel Churata, quien se propuso difundir las publicaciones y las actividades del grupo Orkopata, movimiento literario que reflexionó y promulgó un indigenismo estético alternativo a los movimientos indigenistas de la época, tanto en Perú como en otros países de Latinoamérica.
Esa página volante, que se doblaba en cuatro, incluyó colaboraciones de escritores importantes como Mariátegui, Vallejo, Girondo, Borges, Gómez de la Serna y muchos más. Uno de los objetivos explícitos del Boletín fue reunir a estas voces en torno a las ideas de una nueva estética andina.
Los escritores bolivianos que escribieron en el Boletín Titikaka fueron Lucio Diez de Medina, Oscar Cerruto, Carlos Medinaceli y Enrique Bustamante Ballivián, aquí unos apuntes sobre las colaboraciones de Cerruto y Diez de Medina.
Diez de Medina publicó en el boletín de noviembre de 1926, su texto es la nota de apertura y se trata de una reseña del libro de poemas Ande de Alejandro Peralta, son palabras elogiosas que destacan el surgimiento de un nuevo arte americano.
Lo que más destaca don Lucio es que Ande deja de ver al indio como un ser triste de la puna, al contrario, es vigoroso y vital: “[Peralta] antes que las lágrimas del indio ha recogido las gotas que el esfuerzo cristalizó en su frente, antes que la maldición del indio ha recogido su voz austera y grave y limpia como la voz del viento de la Puna. Las indias no son andrajos de pesadumbre, ahora se llaman: vírgenes de rocas”. Las imágenes que más destacan en esta reseña son las que tienen que ver con esa idea:

como un tropel de indios desnudos
… abriendo zanjas de silencio

Para terminar con un gesto de gimnasta el texto de Diez de Medina plantea que nadie en Bolivia ha “cantado”, como Peralta, a la “raza aborigen”. Don Lucio ve claramente que este libro es una enseñanza a los jóvenes que destacan sólo el dolor del indio y que están podridos de “tristeza y wisky”.
Oscar Cerruto publica el siguiente poema en el boletín de diciembre de 1927 −publicó otro en diciembre de 1926−:

Puna

El alba humedece el cerro, espolvorea las quinuas.
A lo lejos, campanas entumecidas
lanzan sus flechas de golondrinas.
Y un trozo de sentimiento se me quiebra
y me hace un hueco morado en el alma.
Pasan unas indias tostando penas en sus pómulos−
una carreta que llega del alba y un perro usado
con la mirada herida y a rastras.
Y más allá de los cerros
ladran las chacras rabiosamente.
Va a llover en su ausencia.
Y el recuerdo fumiga el paisaje de alcohol

Sin duda la causa de ese “hueco morado en el alma” (a contrapelo de lo que le gustaba a don Lucio Diez de Medina de los poemas de Peralta) es desconocida en la poesía de Cerruto, el texto no está incluido en Cántico traspasado, libro que recoge “toda” la obra poética. Este poema tiene que ser puesto en relación al poema Altiplano, se trata de una mirada que complementa las imágenes de infinito y soledad que allí aparecen. 
Cerruto tenía un gran respeto por los afanes e ideas de Churata, además del poema está por ejemplo estos fragmentos de una carta que Cerruto le escribe desde Buenos Aires, anunciando que intentará publicar, en el periódico Claridad, los poemas de un tal Salazar que Churata le envió: 
“No sólo que no he olvidado nuestro encuentro en aquella noche puneña, batida su barba y su cordialidad por las brisas del lago, imborrables del “Boletín Titikaka (…). Me desesperaba ese acomodamiento fácil, esa literatura de álicas, a la sombra de bien rentadas situaciones, literatura de indigentitas con pongo como dice Salazar”.

Aunque la participación de escritores bolivianos en el Boletín Titikaka fue escasa, no dejó de ser significativa, sin duda debido a varios factores como la escasa distancia entre Puno y La Paz, y la presencia de Gamaliel Churata en el país, las ideas del grupo Orkopata “transmigraron” a nado el lago Titicaca.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Entrevista

El arte de la fuga: Vadik Barrón
y su diario secreto de Berlín

“El título vino después, como un inside joke (chiste interno) sobre mi experiencia de venir a Alemania, en referencia a la obra homónima de Bach”, comenta el autor al tratar de explicar –si es que ello es posible-deseable- el libro con el que ganó el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal, y que acaba de presentarse en La Paz.



Martín Zelaya Sánchez

Vamos a empezar con un lugar común. El diccionario define a la fuga como “un procedimiento musical en el cual se superponen ideas musicales llamadas sujetos”.
Johann Sebastian Bach murió sin poder terminar esta que está considerada como una de sus grandes obras maestras, El arte de la fuga: una monumental conjunción de 14 fugas y cuatro cánones que el maestro dejó sin ninguna anotación de instrumentación, sin ningún orden preestablecido, lo que ha dado lugar a numerosas versiones, interpretaciones.
En una breve entrevista a inicios de este año, Vadik Barrón me respondió así a una pregunta: “creo que mi poesía ha atravesado algunos procesos pero, como en mi música, estos no anulan etapas anteriores sino que van incorporando (¿superponiendo, quizá?) diferentes formas de lenguaje y combinándolas”.
Vadik es esencialmente un compositor, un músico -un songwriter, dice él- que vive -no sólo se expresa- en tono poético, en modo poético, mejor dicho. Por ahí hay que partir.
“Cuando escuché nombrar el arte de la fuga / no pensé en los contrapuntos de Bach / sino en los candados de Houdini”, escribe en el poema que le da título a este libro. Y claro, lo quiera o no, la música -acaso el arte más próximo en esencia y presencia a la poesía- late en cada uno de sus movimientos; se incorpora (o superpone) en cada verso, poema, texto o capítulo de su producción literaria.
Bien lo nota el vate Puky Gutiérrez, al definir este libro El arte de la fuga, con el que el orureño ganó el Premio Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal”:

“Lo que seduce, en la propuesta artística de Vadik, es la destrucción inmisericorde de las fronteras entre el poema y la canción. Su gesto siempre es el de celebrar lo extraordinario que respira, agazapado, a la izquierda de lo cotidiano. Poemas que se entienden y se sienten... como ciertas lindas e imborrables canciones. Una apuesta por la estética callejera, el guiño cómplice, y la recurrencia, que los lectores agradecemos, a la propia banda sonora de nuestras cuarentonas vidas. Sí, fugarse así, es un arte mayor”.

A la distancia, desde el por estos días gélido Berlín en el que espera una visa o la señal definitiva de retorno, y desde donde trabajó a distancia la edición de su premiado libro que se presentó el martes en La Paz, respondió también el autor el requerimiento de LetraSiete.
Tres preguntas sobre tres poemas, y lo demás es silencio (parafraseando a Augusto Monterroso).

- Ya hablamos en más de una ocasión de la delgada (o a veces inexistente) línea divisoria entre el Vadik poeta y el Vadik cantautor. Tu poemario está lleno de citas de cancionistas y compositores; en varios poemas detecto influencias musicales… en Mujeres, específicamente, hay un epígrafe de Silvio, pero los versos me recuerdan a una canción de Sabina (Mujeres fatal). Háblanos un poco al respecto.
- Creo que la música y la literatura, en tanto fuentes y disparadores de lo que escribo me acompañaron siempre. En mis últimos libros incluí muchos epígrafes porque me parece que ayudan a “ilustrar” el lugar de donde vienen los textos, hacen guiños directos a mis referencias e influencias.
Admiro muchísimo a los escritores de canciones, me parece que hay mucha profundidad en varios autores y textos, tanto como la hay en la literatura.
De alguna manera uno produce arte porque consume arte, uno da porque recibe: agarras esas particulares visiones y estéticas de otros artistas, te las apropias y las transformas en algo tuyo a través de un proceso interno, de vida y de obra, de acuerdo a tu propio ritmo y a tu inquietud, es una permanente búsqueda.
En el caso de El arte de la fuga, el título vino después, como un inside joke (chiste interno) sobre mi experiencia de venir a Alemania, en referencia a la obra homónima de Bach donde teoriza y desarrolla los contrapuntos, las fugas musicales. El contrapunto está dado por la contradicción, por el cruce de referencias y lenguajes. Y se trata de tomar la “fuga” de manera literal: escapismo, huida, desaparición, dislocación, migración. Son todas experiencias y sensaciones que están presentes al venir a vivir a otro país.

- Sobre el poema Los poetas. ¿Cómo ve la gente, la sociedad a los poetas? ¿Cómo se autodefinen los poetas? ¿Cómo te autodefines como poeta? Compartes –como se deduce de algunos versos- la idea de que son seres únicos (para bien o para mal) y que nadie debe ni puede comprenderlos… ¿son “los elegidos” (para bien o para mal)?
- Ese poema para mí es más un juego de ironía, de cinismo, como dice el epígrafe de Roque Dalton: “solo el cinismo nos hará libres”. Nunca me llamé a mí mismo un poeta, es hasta chistoso, creo que las palabras se usan irreflexivamente, livianamente. Peor ahora con las redes sociales: todos son “genios”,  “grandes”, “brillantes”, eso es un poco irresponsable con el lenguaje porque es muy relativo y cuando estés ante un genio, un grande, ya no vas a tener palabras.
Lo mismo con la condición u oficio de poeta, que se usa como un adjetivo. El poema Los poetas juega con eso, con la especie de cofradía que se conforma entre la gente que escribe poesía, con los festivales de poesía que parecen viajes de promoción.
Al final nadie sabe lo que hace un poeta todo el día, se le atribuyen y proyectan ciertas actitudes y costumbres, hay una mitificación cuando no mitomanía que se crea alrededor del poeta y de la poesía. Eso tiene que ver con la educación que nos ha impuesto un aspecto limitadísimo de la poesía, siempre ligado a los temas y motivos religiosos y patrióticos y a un romanticismo de telenovela.
Como decía Urzagasti, nadie te ha pedido que escribas, y hay que hacerse cargo, por eso este premio lo disfruto, porque ser reconocido y publicado no es algo que pase todos los días.
En el poema que mencionas no digo que los poetas son los elegidos, sino que son una especie de beautiful losers, de animales en constante peligro de extinción. Creo que hacer poesía es más bien como la venganza de los nerds, es tener el valor de dar la cara y ser feliz peleando por una causa perdida.

 - Y sobre tu poema La Paz ¿Cuán poética es esta ciudad, o cuán antipoética? ¿Cómo evitar caer en lugares comunes al dedicarle versos a esta ciudad… o, si es lo mismo, al sentirla y verse motivados a escribir sobre ella?
- El poema La Paz fue escrito y reescrito a lo largo de varios años, y decidí incluirlo en este libro. Yo nunca digo, ni con una canción ni con un poema: “ahora voy a escribir sobre esto o lo otro”, no es algo premeditado.
En la segunda parte del libro –Inmigrantes- hay un epígrafe de Saenz, vos sabes que yo no soy “saenciano”, pero era cabalito: “...solamente el extranjero era capaz de amar a una gran ciudad”, que creo es de Piedra imán.
Escribir sobre el lugar donde uno vive, ese deslumbramiento, fascinación, opresión o locura que producen las ciudades, ese ser vivo, a veces monstruoso, que es una ciudad, es algo que se hizo siempre y esa sensación no me es ajena.
Yo he llegado a La Paz hace más de 15 años, he vivido allí muchos años y muy probablemente vuelva a vivir allá pronto. Entonces ha estado presente en todo lo que hecho, no de una manera explícita, publicitaria, sino como el lugar donde he podido desarrollar mis canciones y mis escritos.
El poema La Paz lo terminé en Berlín, y lo veo no como un homenaje, sino como un diálogo. Es mirarla por la ventana y “relatearle” cuando te recoges de madrugada. No es una oda, es más bien una conversación con la ciudad.

Aunque él se sienta más un escapista que un Bach (sabemos que no es así, sino todo lo contrario) quizá el arte de la fuga de Vadik sea, en todo caso, más cercano al de Pitol, el sabio maestro y extraordinario narrador mexicano que en su libro de ensayos del mismo nombre -El arte de la fuga, claro-, señala:

“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes”. Hablando de superposiciones, interpretaciones y contrapunteos.
Y para cerrar, otro lugar común: nada le puede caer mejor a un libro que ser leído, y si solo para eso sirven los premios literarios: para garantizar divulgación y difusión, bienvenidos sean.
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Vadik en un recital en La Paz. (Fotografía: Carlos Fiengo)


Tres poemas de El arte de la fuga


mujeres

…me han estremecido un montón de mujeres.
Silvio Rodríguez


existen mujeres que provocan cataclismos,
mujeres-columpio, mujeres-cama-adentro
mujeres que hay que mirar con lupa,
hermosas ninfas que detienen el tráfico a las doce.
existen mujeres que pregonan el suicidio
como prueba de amor;
mujeres esdrújulas, graves y llanas.
hay chicas cuyo corazón ha impreso
su sagrado nombre en lenguas muertas,
en el ojo blando de todas las agujas.
mujeres que cuidan y de cuidado,
mujeres caballeros
que te saludan con la mano.
hay mujeres-funcionario, mujeres-poder, esposas-trofeo,
falsas mujeres de quince años o de quince centímetros.
hay mujeres por las que uno daría la vida
pero no sabría a quién dársela,
así que la guarda en el bolsillo del saco nomás.
hay mujeres-jirafa, mujeres de a luca, mujeres de a cien,
mujeres exigentes, excitadas, extranjeras, extúpidas, ex:
divas, musas, sores, magistradas y vedettes.
tú no eres ninguna de estas cosas,
tú eres simplemente una hija de puta.


los poetas


… sólo el cinismo nos hará libres.
Roque Dalton

los poetas debieran ir por montones y tomados del brazo por
las calles
como en las manifestaciones de las películas en blanco y
negro,
vociferando proclamas imposibles contra el imperio de turno.
pedir a viva voz, por ejemplo, la tesitura de la nube
sobre sus sienes vastas
o el rumor del arroyuelo espejado en una stratocaster.
pero saben que será otra causa perdida
como la poesía misma,
como la vida misma.
por eso dilapidan los ahorros en night clubs selectos,
donde se complacen en importunar a los caballeros solventes
y en redimir a las santas malvestidas del rouge y la perdición.
a las poetas, claro, esto no les hace ninguna gracia.
por eso muchas de ellas han elegido a lo largo de la historia
el denuesto para el sexo opuesto, la virilidad protésica
o el amparo del amuleto loco de las labores domésticas.
y las poetas son aún más misteriosas, más altas, más vivas
porque reman a contracorriente
y sus cantos constelados son imanes ignotos.
y al fin y al cabo a la poesía estas minucias no le importan
gran cosa
porque la poesía es en todo caso hermafrodita.
los poetas nos iremos a la mierda
como todo el mundo a la hora señalada,
pero nos gusta creer que no será así.
los poetas no quieren vencer a la Esfinge para destruirla
sino para convencerle de que les invite una cerveza.
los poetas comparten gentilicio con las medusas
y otros seres fantásticos,
no son de ningún lugar ni van a sitio alguno,
su latido pertenece al registro
de un club deportivo y cultural que está siempre a punto de
irse al descenso
y su cielo titilado de libreros y pitonisas
comporta una afable mitología de entrecasa.
a un poeta no le hace falta que ningún funcionario público le
aclare nada,
sospecha desde siempre que la vida comienza y termina en
un poema inservible.


La Paz

jugamos a cara o cruz
entre tus aguas
–fluye mugre río arriba–,
dormimos amparados por el frágil velo
de los inmunes, de los impunes,
merodeando el espejo
impuntuales, insondables.
en las alturas
te funden y refundan cada día
con colores, dioses e incendios,
maquillándote los años
(es precisa la renovación constante
de tu repertorio de supersticiones).
la ciudad por la ventana
baila, vibrante como nunca:
La Paz jeroglífico insolente,
La Paz que no duerme ni deja dormir.
La Paz, qué fácil emborracharse
entre tanta disonancia.
La Paz, un divertido sepulturero
con sombrero de cholita,
un cuenco de luciérnagas

en el infinito.

El chicuelo dice

Cuando algún día en el cielo de los perros

 ¿Crónica? ¿Ficción? Uno más de los inigualables textos de Wilmer Urrelo. A disfrutar, primero, y tratar de leer entrelíneas, después.

Fotografía de Raúl Valda.

Wilmer Urrelo 

Canta corazón / ríe corazón / no estés triste…
Canta corazón, Los Bybys.


Miren que cuando algún día en el cielo de los perros…, y ahora qué, Chicuelo, ¿otra vez con tus tonterías? Es que el otro día soñé con el cielo de los perros. ¿No les interesa saber cómo es? Bueno, te escuchamos, y a ver si dejas de escribir burreras, ¿no te das cuenta que la gente se está cansando de vos? Y qué con eso, que se aburra, a mí “no me importa lo que diga la gente”, como apunta la canción.
Ya que el silencio otorga, ahí va: un lugar lindo, me refiero al cielo de los perros. Muy lejos de este nuestro mundo. Ese es el cielo de los perros. Ahí puedes celebrar tus cumpleaños todos los días. En el cielo de los perros nadie te llamará o te felicitará sólo por obligación. La hipocresía no existe en el cielo de los perros.
En el cielo de los perros viven las gelatinas de todos los colores y los pasteles enormes rellenos de dulce de leche. Ahí, en el cielo de los perros, puedes ser un niño o una niña de nuevo. Puedes creer, una vez más, que el mundo es sencillo, puedes sacarle la lengua al Presidente sin que te acusen de desacato y por aquel detalle hasta pueden darte el Premio Nacional de Cultura de los Perros.
En el cielo de los perros puedes dormir a cualquier hora y al despertar siempre encontrarás un costal repleto de pasankallas de colores. Y podrás, en el cielo de los perros, tomar toda la Inka Cola del mundo sin que los de la onda naturalista (o la dictadura naturalista, más bien) te miren feo. Dulce y amarillenta Inka Cola con pasankallas de colores, así de bonito y de justo y de democrático es el cielo de los perros.
El cielo de los perros, lo soñé, no les estoy mintiendo.
Ahí Dios no se aparece y si por error se da una vuelta con esas ínfulas electorales puedes espantarlo con tu espada de ninja. Y si insiste en llevarte a su cielo entonces un perro chapi le morderá los tobillos o el fundillo de su celestial túnica. Así de justo es el cielo de los perros, para que lo sepan desde ahora.
Ah, el cielo de los perros no está en las nubes como el otro cielo sino que está dentro de las nubes. Por eso hay muchos cielos de los perros y no uno solo. En el cielo de los perros nunca estarás triste porque ahí ya habita hace poco Chespirito y construye una casa enorme. “Canta corazón / ríe corazón / por la vida”.
Olvidarás también a la gente que te hizo daño. Y comerás salteñas y asados y papas fritas. En el cielo de los perros quienes gobiernan son los perros, obvio. Y ellos dictan las leyes de acuerdo a cómo eres. Por eso hay una ley para cada persona. No somos iguales, eso es una mentira políticamente correcta y esas vainas están prohibidas en el cielo de los perros.
En el cielo de los perros vive José María Arguedas en una casa azul de puertas amarillas y, si quieres, puedes acercarte, llamar y preguntarle por qué se mató. José María Arguedas, quien además es el organizador del Premio Zumbayllu de Todos los Cielos de los Perros (los arguedianos me entenderán).
En el cielo de los perros, lo soñé, el Facebook y el Twitter están prohibidos porque… bueno, porque es el cielo de los perros y no la Tierra. Si deseas comunicar algo a alguien lo escribes en las nubes (es que hay nubes dentro de las nubes). Puedes escribir: “¿Cuándo volverás? O mejor dicho: ¿volverás?”, “¿Dónde te mando los libros de cine que te compré?”.
Y si el destinatario o la destinataria no lee tus mensajes o simplemente los ignora entonces uno de los perros correrá llevándolo en su collar fosforescente. En el cielo de los perros las enfermedades extrañas y el dolor que traen éstas no existen. Están prohibidas bajo pena de muerte (es decir, la guillotina). La guillotina, tan linda, tan severa, tan limpia y tan necesaria en todas las épocas, esa misma, está levantada en plena plaza Burrillo (no es un error de dedo, ojo, así se llama). La guillotina, lista, dispuesta a corregir el mundo. O mejor: lista ya para ponerle un matiz colorido, que tanta falta hace.
En el cielo de los perros sólo existe la cumbia y la risa y ahí palpita el secreto de la vida, que, como decía José Asunción Silva (quien vive en una casita púrpura de un solo piso) es el siguiente: “…yo sé de varios sitios llenos de helechos / y de musgos verdosos donde hay poesía”.
Sí, definitivamente el cielo de los perros es la poesía. La poesía del cielo de los perros está en los helechos y en los musgos verdosos y dentro están los perros y su amistad sincera y los ladridos de felicidad cuando llegas a casa y verlos estirarse cuando se despiertan por las mañanas. Ese es el cielo de los perros, un lugar donde sólo van los que aman a estos animales y aquellas personas que se ríen del poder y de los sapos y de las culebras que se comen los que están atrapados por él (el poder).
En el cielo de los perros el algodón de azúcar es súper gratis y nunca se acaba y las manzanas acarameladas, al final de comerlas, siguen siendo acarameladas y no amargas como en la Tierra. En el cielo de los perros puedes ir a la lucha libre todos los domingos y, al salir, te regalan una máscara de El Santo o un afiche del Perro Aguayo con autógrafo y todo. Autógrafo que a la letra dice: “A mi gran amigo el Chicuelo, con cariño, el Perro Aguayo. ¿Cuándo vendrás a comer a casa?”.
En el cielo de los perros los perros duermen sobre las nubes y puedes jugar con ellos hasta cansarte.
Ese es el cielo de los perros. Existe. Se los juro. Lejos de la gente, de los humanos y de su intrascendencia poética.

¿Se dieron cuenta de lo que quiero decir o ladro una vez más?