jueves, 23 de octubre de 2014

Etc.

Los candidatos que no fueron

El autor se detiene en tres “eternos candidatos” al Nobel de Literatura, representantes de un rupturismo con el que la Academia no siempre comulga.

 
El escritor keniano Ngügï wa Thiong’o
Carlos Decker-Molina

El jueves 9 se mundializó el nombre Patrick Modiano como el escritor laureado con el Nobel de Literatura 2014. Sin duda un gran autor (leí Calle de las tiendas oscuras y voy camino a leer la Trilogía de la ocupación), pero no causó el bullicio que se escuchó en la “vieja bolsa” cuando se reveló el nombre de Alice Munro, el año pasado.
Hay especialistas en Suecia que imaginaron que la Academia iba a seguir sorprendiendo con un signo de rupturismo que tuvo su expresión más acertada en la premiación a la cuentista canadiense. Es decir dejar de premiar sobre todo a novelistas de alguna manera “clásicos” aunque diferenciados por sus estilos.
Ese rupturismo ausente en el premio 2014 dejó en el tintero tres nombres de dos escritores y un poeta que, bien pueden emerger años más tarde como fue el caso de Vargas Llosa que obtuvo el premio un poco tarde y no Carlos Fuentes a quien la muerte alcanzó primero.
Quizá sea importante esbozar lo que se supone como rupturismo en este caso de libros y escritores Nobel. Unos ejemplos son los dramaturgos Harold Pinter y, sobre todo, Dario Fo y Elfriede Jelinek que sobresalen del conjunto de novelistas.
Hoy la literatura tiene algunas expresiones nuevas: la literatura en lengua originaria y la testimonial o periodística. Las múltiples lenguas juegan otro rol importante, ya no se trata solamente del inglés, el francés, el portugués o el español, idiomas de las viejas colonias.  
Uno de esos escritores que se quedó, por ahora, sin premio es el keniano Ngügï wa Thiong’o que escribió su primera novela (Weep not Child) en 1962  poco antes de la independencia de Kenia; aborda a través de los ojos de un joven llamado Njoroge, las tensiones entre blancos y negros entre la cultura africana y la del colonizador en una época donde los insurrectos kikuyus más conocidos (por la prensa y el cine) como los Mau Mau, se levantaron contra la autoridad británica.
Thiong’o no sería el primer africano que reciba el Premio Nobel pero sí podría ser el primer galardonado que escribe en su lengua africana originaria, el kikuyu.
No obstante, supongo que el premio no se concediera porque escribe en kikuyu, sino porque lo hace con la calidad del nigeriano Soyinka que escribe en inglés; quienes opinan sobre la literatura de Thiong’o dicen que no destaca por su trayectoria anticolonial y su defensa del idioma y cultura ancestral sino de la calidad de su escritura. Hay solo dos libros suyos traducidos al español.
En una conferencia (radica exiliado en los EEUU) dijo: “la frontera, vista como un puente, se basa en el reconocimiento de que ninguna cultura es una isla en sí misma. Ha sido influenciada por otras culturas y otras historias con las cuales ha entrado en contacto. Este reconocimiento está en la base de todos los otros puentes que queremos construir entre nuestras diversas fronteras culturales. De hecho los puentes están ahí”.
Hay una similar situación con el mundo árabe, el Premio Nobel de Literatura se ha concedido solo una vez a un escritor de esa lengua (Naguib Mahfuz, 1988) siendo un idioma extenso, rico y hablado por millones de personas. En este capítulo hay varios postulantes pero un poeta sobresale por encima de los novelistas. Se trata de Adonis que define la poesía como “lo contrario de la religión”.
Acaba de reeditar en España Epitafio para Nueva York, publicado originalmente en 1971, uno de sus libros más famosos, traducido a muchas lenguas. Critica al capitalismo y homenajea a Walt Whitman y a Lorca.
El poeta hace una detenida lectura sobre Nueva York con la voluntad consciente de rescatar determinadas reminiscencias lorquianas. Pero ya no estamos en los años 30, sino en los 70 (cuando se escribe el poema), y el hilo argumental del poema se desliza por el ojo de una aguja que avizora un espacio-temporal de oposiciones dialécticas.
Al violento dominio imperial simbolizado por Nueva York se oponen los núcleos de resistencia de aquellos años: Palestina y Vietnam. El Estados Unidos de Whitman y Lincoln se opone al de Nixon. Las calles y distritos del poder económico, de las multinacionales y de la alta burguesía ¿Wall Street, Quinta Avenida?, se enfrentan a los barrios marginales ¿Harlem, Greenwich Village?, que el poeta convierte en depositarios y testigos del futuro.
Finalmente la literatura testimonial o periodística ha tenido un eterno candidato que murió sin lograr el Nobel, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski. Algunas de sus obras como Imperio, Ébano o Cristo con un fusil al hombro son referencia importante de muchas escuelas de periodismo del mundo.
El polaco tiene su heredera en la bielorrusa Svetlana Alexiyevich. La escritora y periodista fue distinguida en 2013 con el Premio de la Paz de los libreros alemanes, premio entregado anualmente a personas o instituciones que hayan contribuido a la idea de la paz desde la literatura, el arte o la ciencia. Es conocida ante todo por sus reportajes sobre la catástrofe nuclear de Chernobil y la ocupación soviética en Afganistán.
Si estos tres escritores, Adonis de 84 años, Thiong’o de 77 y Alexiyevich de 65 no reciben alguna vez el Nobel de Literatura serán, de cualquier manera, tres referentes de rupturas literarias que pasaron desapercibidos para la Academia Sueca de Literatura, pero no para los lectores.


Cafetín con gramófono

El estudio de las revistas literarias I


El autor reseña dos revistas que se dedicaron a recopilar el trabajo de las publicaciones literarias del siglo XX.



Omar Rocha Velasco

Aunque existen muchos estudios sobre revistas literarias en Hispanoamérica, éstas no son consideradas como un objeto de estudio privilegiado por centros de investigación o profesores universitarios; es evidente que las miradas se han dirigido a los libros, pues gozan de mayor prestigio.
Uno de los aspectos que influye de manera determinante para que las revistas literarias no sean estudiadas, es que el acceso a ellas es dificultoso ya que su archivo y clasificación no está en las mejores condiciones en los centros documentales.
Un estudio precursor que reconoce la importancia de las revistas para revisitar la literatura hispanoamericana es el que emprendió Boyd G. Carter y que derivó en dos publicaciones: Las revistas literarias de Hispanoamérica (1959) e Historia de la literatura hispanoamericana a través de sus revistas (1968), ambas impresas en México.
Estos textos son citados como antecedente necesario para cualquier estudio sobre el tema; se trata de una revisión de miles de publicaciones periódicas, de las que se escogieron las más importantes y luego se realizaron estudios sobre literatura, crítica, historia, arte y lengua.
Carter tiene un criterio amplio de lo que son las revistas literarias, para él, dentro de esta categoría se inscriben las revistas mismas, los suplementos, las hojas literarias y los volantes de carácter mucho más efímero, reconoce que estos documentos tienen alto valor histórico y estético. El texto añade bibliografías e índices y una clasificación por países en orden alfabético.
Después de esta contribución pionera se han multiplicado los estudios y el señalamiento de la importancia de las revistas literarias como vía sistemática y creciente de desarrollo de las letras en la región, una muestra de ello es el volumen LXX de la Revista Iberoamericana dedicada a revistas literarias (2004).
Se trata de una compilación de artículos de distintas procedencias hecha por Jorge Schwartz y Roxana Patiño. Lo que hacen los compiladores en la introducción es señalar la importancia del estudio de las revistas literarias y culturales para repensar los problemas fundamentales del latinoamericanismo y para mostrar su complejidad o heterogeneidad; esta publicación intenta remediar el hecho de que los estudios particulares sobre revistas literarias no se han integrado a los problemas importantes:
“En otras palabras: estudiar las revistas como ‘objeto’ ha traído el problemático beneficio de la especificidad pero el perjuicio de la falta de integración con una complejidad discursiva que produce los múltiples y a veces contradictorios sentidos de una época literaria y cultural”. (p. 647)
La concepción que los autores mencionados tienen de las revistas literarias y culturales, es que éstas  permiten ver “el sentido inmediato de la literatura y de la cultura” en un momento dado, por tanto, permiten explorar zonas de “cruce” de ideologías y proyectos (culturales y literarios) previos a su consolidación. Retoman la idea de Beatriz Sarlo quien señala que las revistas literarias son “laboratorios de ideas” o “bancos de prueba” donde lo que se experimenta se consolida o fracasa posteriormente.
En esta publicación se hace un esfuerzo por contar con colaboradores provenientes de distintos ámbitos del conocimiento o distintos campos discursivos, así, participan, además de especialistas en crítica literaria, historiadores, cientistas sociales, políticos y artistas. Por otro lado, se plantea el ingreso de revistas brasileñas al ámbito literario latinoamericano, por lo que encontramos varios artículos de ese país, algo poco frecuente.
Otra publicación importante fue la realizada por Saúl Sosnowsky (1999), es una compilación de 39 ponencias que intentan mostrar lo que fue el siglo XX latinoamericano a través de sus revistas. La premisa inicial se relaciona con los planteamientos de Schwartz y Patiño, pues se intenta revalorizar la revista como fuente de estudio para acercarse a la complejidad de procesos históricos, políticos, artísticos y culturales que encierra el siglo XX latinoamericano.
En palabras de Sosnowsky: “el propósito central de esta publicación es ‘detectar los principales núcleos de los debates culturales’ que volvieron a las revistas en ‘tribunas del pensamiento’, en las que quedaron las huellas de ‘posiciones estéticas e ideológicas que conforman una parte integral del legado’ del siglo XX”. (p.12).
Uno de los hilos conductores del texto es el vínculo de las vanguardias latinoamericanas y los proyectos políticos, la pregunta es ¿en qué medida existen puntos comunes y puntos de distanciamiento de ambos ámbitos? Los textos, en general, señalan que las vanguardias surgen en momentos de tensión política y cultural que derivaron en formas heterogéneas plasmadas en la pluralidad de las revistas literarias.

El análisis de algunos artículos muestra que revistas tan importantes como Sur en Argentina, El boletín Titikaka en Perú, Contemporáneo en México y Orígenes en Cuba, no solo permiten pensar la relación del centro cultural y la periferia, sino también las relaciones entre nacionalismo y universalismo. Estas revistas muestran cómo se dieron los grupos intelectuales y cómo éstos se constituyeron en “polos irradiadores” de cultura, estableciendo una compleja relación con los estados nacionales.

Comentario

Arder con elegancia

Texto que la autora redactó cuando la organización del FILBA le pidió que recomendará a un escritor boliviano.



Liliana Colanzi

Cuaderno de sombra fue el título con el que partió la editorial El Cuervo, hoy en día una de las editoras independientes más interesantes de Latinoamérica. Ese nacimiento no pudo ser más certero ni más auspicioso: Fernando Barrientos lee el poemario de Julio Barriga y se deslumbra de tal forma que siente la urgencia de crear una editorial para ver publicados esos versos.
No piensa en cómo va a financiar el libro ni en su distribución ni en las ganancias -en Bolivia el oficio del editor tiene algo de suicida y de romántico- sino en la necesidad de compartir las mortíferas palabras de este “llockalla prematuramente envejecido en la desilusión y la disolución”.
Leer a Julio Barriga es sobrecogedor. Estamos ante alguien que, como Rimbaud, hace su poética desde el desorden absoluto de todos los sentidos, desde la abyección y la locura y la cercanía con la muerte. Alguien que usa su cuerpo como terrible lugar de experimentación “por medio de sustancias que inducen/ estados de terror o júbilo lindantes con la muerte” (“Nos hemos limpiado el culo/ con nuestro cerebro”).
Un poetalbañil que se reserva sus revelaciones “para escribir un poema infinito/ sobre la maldad de la belleza” y que se enfrenta a diario con ineludibles “formas y terrores/ extendiendo sus garras”, un punk de “sin cuenta años dedicados a perfeccionar/ una niñez inmadura”.
Barriga escribe desde la monstruosidad y el abismo, desde la noche interminable, mientras baila con sus demonios. ¿De dónde proviene tanta devastación?, una se pregunta, como si existiera una respuesta. ¿Cómo es que alguien termina con la vista fija en el abismo? Y sobre todo, ¿cómo se sobrevive a la mirada de ese Ojo destructor con la pasmosa lucidez de Barriga?
Hay un estoicismo hermoso en el poeta, una declaración de principios en los versos “que no haya más que vuelo en la caída/ aprenderse la música del viento”. Barriga nos recuerda que la poesía es peligrosa y que hay que vivir con valor. Que estamos irremediablemente solos y perdidos y que la única respuesta posible es cultivar la ética de la soledad, aprender a arder con elegancia en el infierno: “leyendo a tientas, como un ciego/ un cuadro exactamente parecido/ a aquello que querías expresar:/ como siempre mi hogar ha sido la desolación./ Somos gente tan extraña/ roídos por el recuerdo de la belleza”.


Reseña

Indígenas homosexuales


Comentario del libro de Edson Hurtado: ‘un acercamiento a la cosmovisión sobre diversidades sexuales de siete pueblos originarios de Bolivia”.



Mariana Ruiz

Edson Hurtado ha realizado una labor periodística extraordinaria: no sólo se ha desplazado por el país buscando las historias de personas homosexuales en su lugar de origen, sino que ha llegado, de alguna manera, a la esencia de su marginalidad: ser indígena; ser pobre; vivir en una comunidad alejada donde todos se conocen y aun así reconocerse diverso sexualmente requiere de algo más que valor, requiere de muchísimo coraje.
Las consecuencias además son bastante peligrosas: en más de un caso los chicotazos, los azotes y la persecución derivan en el linchamiento del estigmatizad@ como “diferente”. Las acusaciones de corrupción venida de afuera, (porque en el seno de la comunidad no se aceptan ese tipo de expresiones), son un elemento común en todas las etnias que describe el libro. Sin embargo, los casos particulares son distintos. ¿Qué se puede hacer si dos personas se aman?
Los testimonios están escritos en un lenguaje poético, con una mirada amorosa, de profunda aceptación. Es el gran mérito de Hurtado: poder transmitir esa comprensión a través incluso de las propias dudas de los protagonistas. Así, el caso de un afroboliviano que prefiere vestirse de mujer para bailar la saya, que encuentra con el sorpresivo apoyo de sus compañeros; el muchacho moxeño que escoge ponerse tipoi o el quechua que desea llevar pollera logran explicarle su decisión: cómo se animaron a aceptarse y manifestarse como lo que sentían ser, mujeres en el cuerpo de un hombre.
El amor entre hombres o entre mujeres también está retratado, aunque las obligaciones de casarse y tener hijos pesen como imposiciones imposibles de ignorar. Los mineros de Oruro y las abuelas del Chaco recuerdan con idénticas lágrimas en los ojos sus amores de juventud. O son las madres las que perdonan y aceptan, aunque las hijas no se hayan casado y vivan junto a su compañera de vida como si fueran amigas nada más.
Sin embargo, casi ninguna de estas historias de vida tiene un final feliz, las condiciones materiales y sociales no acompañan a quienes piensan o sienten distinto. Hay palizas, persecuciones, la posibilidad de al menos una muerte (en lo profundo de la selva ¿cómo saberlo?), recriminaciones y abandonos.
Hay muy poca información. Ahí radica el principal mérito de esta obra, que habla para todos y nos comunica que existen diversos modos de ser, diversos modos de amar, y que ninguno es malo de por sí.
Felicitamos a Edson por lograr un libro muy necesario, que ahonda sobre la manera en que construimos nuestras identidades y nuestras relaciones con aquell@s que pensamos como diferentes.



jueves, 16 de octubre de 2014

La palabra teleférica

El domicilio del asombro


Un 15 de octubre nació Jesús Urzagasti, un 15 de octubre murió Blanca Wiethüchter. El autor aprovecha la ocasión para enviar un regalo poético a estos dos grandes de nuestra literatura.

 
Dibujo que Jaime Saenz hizo para el poemario
Travesía de Blanca Wiethüchter.
Juan Pablo Piñeiro

No todas las fechas son iguales, hay algunas que son asombrosamente mágicas por lo menos en nuestra bitácora interior. Y es que finalmente una fecha es el nombre de un día que se repite cada año, portando el mismo aroma de siempre, un aroma transfigurado por la distancia y por nuestra disposición a estar presentes en el mundo. Una fecha especial debe cargar en su memoria, y por lo tanto en su conmemoración, lo esencial de la vida.
En otras palabras un día mágico debe ser un espejo de la vida. Deben convivir en ese día el presente y el pasado, el nacimiento y la muerte, pero también todo lo que está más allá. En mi bitácora interna una de esas fechas, uno de esos días, es el 15 de octubre.
Por ejemplo, el 15 de octubre es el cumpleaños de Jesús Urzagasti. Un día como ayer Jesús hubiera cumplido 73 años. Su partida quizás nos ha quitado sus novedades, pero no su presencia. Celebramos su nacimiento porque  a través de él se fortalece la certeza de que existimos como país y que en el fondo estamos todos tejidos. Su mirada partió de otros mundos, para llegar aquí y descubrirnos todo lo que no podemos ver a causa de esas ilusorias lagañas que han poblado hace mucho tiempo nuestros ojos.
Un día mágico, en su calidad de espejo del mundo, conmemora también en su interior, la experiencia de la muerte, experiencia que con el paso de los años, con el retorno de las fechas, se convierte también en conmemoración de la vida. Un día como ayer, hace diez años, partió una gran amiga y maestra, pero ante todo una gran poeta, Blanca Wiethüchter. Su entusiasmo y alegría por la vida, la develaban como portadora de un misterio. Un misterio que aparecía radiante cuando se ocultaba en sus poemas. Una mirada maravillada por esta ciudad, por este país, por las palabras de sus habitantes, por las piedras, por los cerros y por los astros. Compartir con ella implicaba acogerse en la cálida esperanza de que la poesía es una manera de vivir agradecido.
En La Paz, todos sabemos que vida y muerte es la misma cosa, lo sabemos porque lo dijo un poeta. Y por eso un día mágico tiene un poco de ambas cosas como también tiene un poco de lo que está más allá. Es por eso que, a manera de homenaje a esta fecha, quiero ofrecer un regalo a mis amigos muertos. Contarles algo que les hubiera encantado escuchar. Aunque solamente sea para confirmarles que la misteriosa hoguera que acompañó siempre la obra de ambos, pervive en los poetas jóvenes de nuestro país y por lo mismo sigue incendiado cada palabra que toca. De alguna manera esta confirmación no es necesaria, porque en ese devenir creyeron siempre los que miraron la hoguera. Porque en el fondo, crear y creer son la misma cosa.
Vayamos por partes. Yo empezaría contándoles que entre el 22 y 27 de septiembre se llevó a cabo en la capital del país el encuentro literario Arí, la fiesta de las letras. El evento terminó conglomerando a 40 escritores y poetas de todo el país. Por lo mismo es algo que no debería pasar desapercibido, porque de esos encuentros, de esas charlas, de esos espacios y dimensiones compartidas nacen hilos que nos multiplican.
Es admirable el trabajo que realizan especialmente Alex Aillón y Daniela Peterito, en la gestión cultural y en la capacidad de organizar un encuentro tan concurrido. Eso a la Blanca y al Jesús les hubiera encantado.
Estuve un par de días, lo que me hizo antojar haber estado más. Tuve la suerte de asistir a la lectura de “La clínica”, una velada en la que pude conocer la obra de muchos poetas que no conocía, quienes para leer se ponían un traje de circunstancia, es decir una bata del pabellón psiquiátrico. Me maravilló la salud de nuestra poesía, porque estoy seguro de que en cada ciudad de Bolivia existen mundos refugiados en palabras que solo pueden pronunciarse bajo el tutelaje de una mirada propia. Y no solo en las ciudades, porque hay gente como los “poetas exprés” de Santa Cruz que nacieron como una consecuencia natural de sus viajes a las provincias donde se requería la lectura de sus poemas. Ellos han conquistado desde sus trincheras la plazuela Callejas en la ciudad de los anillos para seducir a considerables audiencias.
Uno de estos poetas exprés, al cual conocí en la lectura de “La clínica”, es Oscar Puky Gutiérrez. El título de esta columna es una frase de su último libro, Bitácora del asombro. Siempre he pensado que escribir poesía era una de las tantas cosas que hacía un poeta, pero no la principal. El poeta en el fondo es una mirada. Le basta con describir su día, su viaje y su permanencia en este mundo para escribir poesía. Pero para ser instrumento de esas palabras, la ofrenda es mayor.
Ese viaje tiene una bitácora, en ese transcurrir fluyen las palabras y seguramente el universo va desgranando sus secretos y sus terrores en el ínterin. Por eso una bitácora del asombro, tranquilamente puede convertirse en la huella de una mirada, y por eso Oscar Gutiérrez es un poeta.
“El asombro es el hijo natural de la humildad. De ese modo, cada hormiga y cada constelación se nos revelan como realmente son: un irrepetible y portentoso milagro. Mi poesía pretende ser un precario testimonio de eso”, escribe Puky en una de las respuestas al extenso cuestionario que le envié para escribir este texto.
Más adelante responde a otra pregunta: “en mi poesía conviven todos los que soy: el asceta con hambre de Dios, el lúbrico que desea poseer a cuanta mujer hermosa pasa por su lado, el solidario con el dolor de ser un ser humano, el agradecido con el privilegio de ser un ser humano, en fin”.

El cuestionario extenso lo tendré que guardar para otra ocasión, con disculpas del poeta, porque finalmente descubrí que este texto no era para hablar de Bitácora del asombro, esa era mi primera intención. Este texto es para recomendar su lectura, para enviar este libro como un regalo al más allá… un regalo a dos poetas que seguramente  en ese más allá tienen mayor facilidad para encontrar este tipo de poesía, no por nada ellos también sabían que la vida es el domicilio del asombro, o por lo menos era esa su manera de vivir. 

Nota de apertura

Blanca Wiethüchter. Ideas, apuntes, aproximaciones

Diez años después de la muerte de la poeta paceña, va una arbitraria selección de textos de/sobre/para ella.

 
Retrato de Wiethüchter, de Pablo Giovanny.
(Cortesía de Choocherías Coolturales)
Martín Zelaya Sánchez

1
¿Qué opinas que está sucediendo con la poesía boliviana?, le preguntaron a Blanca en una entrevista de 1996 para la revista Mal Menor, reproducida luego en la web Ecdótica.
Y respondió: “lo primero, es que están sucediendo cosas. Y eso es siempre importante. Yo no podría valorarlas porque estoy metida en el asunto y no sería imparcial”.
“Creo que falta un poco más de lectura también. Pero es interesante ver la cantidad de gente que escribe una poesía de buen nivel. De ahí podría salir un gran poeta, no lo puedo asegurar, pero es probable que así sea. Por esta misma razón creo que es importante que se publiquen muchos libros de poesía, aunque haya gente que critica eso. A mí me parece bueno, porque así es como vamos a llegar a formar realmente un lenguaje, es decir de ahí tendrá que salir algo. Yo conozco mucha gente que tiene libros sin publicar, y algunas cosas son realmente excelentes”.
“Por otra parte, y a fuerza de trabajo, el lenguaje también está cambiando, hay nuevas propuestas que no se quedan solamente en lo inmediato o en lo lírico. Me parece que realmente están sucediendo cosas importantes… de verdad”.

2
Que Blanca Wiethüchter fue una de las mayores poetisas bolivianas de la historia, está claro. Que fue, además, una de las mejores lectoras y críticas de la poética nacional, también. ¿Quién puede dudar -por otro lado- que nadie como ella para desmenuzar e interpretar la obra de Saenz? Y, finalmente -a 10 años de su partida (15 de octubre de 2004)- ¿cuánta gente exceptuando vates, escritores, académicos y unos pocos iniciados conoce, lee los poemarios de la autora, cuando no su prolija obra crítica?
Y es que como ella misma sostuvo a Mal Menor: “uno siempre se enfrenta con el mismo problema. La gente lee poca poesía, y los que la leen son los mismos poetas que quieren ver lo que los colegas están haciendo. Lo triste es que la gran masa no lee, y eso es cierto. Lamentablemente siempre va a ser así. La poesía es una literatura de élites”.

3
Escribe Marcelo Villena en su libro El preparado de yeso (un raro, complejo, pero también delicioso libro, recomendable a rabiar para quienes no pierden la paciencia en relecturas, anotaciones y consultas a otros textos): “para Blanca Wiethüchter valdría también eso que alguien decía de un común amigo: que le debemos tanto que todavía no sabemos cuánto le debemos”.
Lejos de ahondar en su obra poética, Villena se concentra en estos ensayos editados en una bella edición ilustrada de Plural Editores, en dos trabajos “menos leídos, menos considerados; menos nombrados incluso, seguramente y entre otras cosas porque de entrada alteran las consabidas distinciones de género e incluso de especie con las que se entienden, ofrecen y consumen los objetos literarios: poesía, narrativa, ensayo, crítica. Se trata, por una parte, de Pérez Alcalá, o los melancólicos senderos del tiempo (1997), y Memoria solicitada, libro que se consagra en triple entrega (1989, 1993, 2004) al singular personaje que fuera Jaime Saenz”.

4
Explicando un poco más su propuesta y la pertinencia de recuperar la mirada estética de la poeta paceña, Villena anota en el referido libro: “Wiethüchter ensayaría más bien un cuestionamiento desde el propio lugar del artista. Así, la singularidad del díptico que forman estos libros radicaría en el hecho de que ambos, pero cada cual muy a su modo, transforman el espacio de una aproximación crítica en un acercamiento que se mueve según los dilemas de una identificación amorosa”.

5
Sobre una aún muy joven poetisa, en 1975, Saenz opina al prologar su libro debut  Asistir al tiempo: “Es evidente que todos los caminos en la poesía de Blanca Wiethüchter conducen a la ciudad. Canta el poeta el canto que la ciudad canta; sufre el sufrimiento que la ciudad sufre y se alegra con la alegría con que la ciudad se alegra. Contempla con dilatadas pupilas la contemplación de los altos muros que la ciudad contempla. Los muertos que en la ciudad respiran, son quienes le señalan los caminos, en la amplitud, en el espacio. Luego el silencio y el olvido, y la lluvia; el dolor y el amor, el encanto y la muerte, el ruido y los habitantes, y el viento, en la ciudad se reencuentran”.

6
Para seguir con las aproximaciones a su poética, escribe Eduardo Mitre en un artículo publicado en el número doble 5 y 6 de la revista Hipótesis (1977): “pese a la transparencia de su escritura, se podría hablar de una poética hermética, en la medida en que el acto poético supone un descenso a una región subterránea -onírica, irracional- en la que yacería, como para los surrealistas, la verdadera realidad”.
Y Luis Cachín Antezana, al analizar el libro Travesía en el número 10 de la misma revista, escribe: “A través de la palabra (con la palabra, por la palabra) se haría un mundo habitable. Como en Holderin, la dimensión de sentido que surge de Travesía -en los muchos ámbitos que toca- implica una labor poética: ‘poéticamente habita el hombre sobre la Tierra’, decía Holderin. De esta manera, no solo encontraría su sentido el mundo (como verdadera habitación) sino también la poesía”.

7
Escribió Blanca sobre Saenz en el célebre estudio que antecede la Obra poética del vate, publicada en la Biblioteca del Sesquicentenario: “Saenz descubre que lo esencial está en la profundidad encubierta del mundo. Así tratará de recuperar lo esencial, aquello que sustenta el verdadero sentido del mundo que, en la primera parte de su obra, concibe como un mundo de ‘luz’, mundo ‘armónico’, que puede contener al hombre en su ascensión espiritual, en la búsqueda de sí mismo”.

8
Y para cerrar, volviendo a la poesía: “En mi opinión -dice Blanca, en la mencionada entrevista- la poesía boliviana que realmente propone un lenguaje boliviano comienza con Jaime Saenz”.
“Existe un corte que entre Cerruto y Saenz es bastante claro, y se puede simplificar en una sola idea que tal vez sirva para explicarlo; en Estrella segregada, Cerruto habla del Illimani de tú a tú, como puede hablar cualquier europeo de una montaña, sin ninguna implicación necesariamente andina; en cambio, cuando Saenz habla de la montaña, la relación cambia totalmente, porque dentro del lenguaje de Saenz está implícita la humildad frente a la montaña y eso sí corresponde a una experiencia andina”.

“Entonces ¿qué es lo que recoge Saenz? A mi modo de ver, un modo de comprender, de vivir el mundo andino, que no se traduce en palabras aymaras o quechuas ni nada por el estilo, se traduce más bien en un ‘estar’ en la realidad que produce un lenguaje que recoge los sentidos de una experiencia boliviana”.

Ensayo

Una casa

A Maximiliano Barrientos le pidieron imaginar su literatura dentro de 30 años y este es el texto que le salió, y leyó, en el marco del FILBA 2014.



Maximiliano Barrientos

Atisbo una conexión entre literatura y artes marciales mixtas. Soy un fanático de ese deporte, nunca me pierdo ningún evento, sigo a algunos peleadores con la misma devoción con la que sigo a ciertos escritores.
Creo que en el inicio de esta pasión se encuentra el mismo móvil que alimenta a la literatura: el miedo, un tipo especial de miedo, un miedo que es el hermano gemelo de la intensidad, de la velocidad, algo que yo asocio íntimamente con la poesía, con el ritmo y con el vértigo. Cuando leo y cuando escribo me gusta sentir ese fantasma presente, soy adicto a ese sentimiento. Esa es la razón de por qué los libros donde únicamente encuentro la vida de la mente me aburren.
La lucidez desnuda no es garantía de buena literatura, al contrario, estoy tentado a suponer que una lucidez extrema es perjudicial para cualquier novelista y cuentista, porque esta opera como un agente corrosivo de la sensibilidad, y cuando esto ocurre lo único que queda intacto luego de ese proceso de disolución es el cinismo.
Los libros que me interesa leer, los libros que quiero escribir ahora y en 30 años, cuentan la vida del cuerpo, son la síntesis de una experiencia vital. Tienen algo en común con ciertos combates legendarios, como los que sostuvieron Dan Henderson y Shogun Rua, Fedor Emelianenko y Kevin Randleman, Jone Jones y Alexander Gustafsson, Nick Diaz y Paul Daley.
En esos libros, como en esas guerras, abunda el riesgo y la extenuación, pero también la música, una música entretejida por la misma naturaleza del conflicto.
Cada cierto tiempo, cuando me siento perdido, releo el primer párrafo del prólogo que Rick Moody escribió a los Cuentos completos de Amy Hempel. Ahí, en esas pocas palabras, se halla mi manifiesto. Las reproduzco a continuación porque sé que en 30 años les encontraré el mismo sentido que les encuentro hoy:
“Se trata de las oraciones. Se trata de la forma en que las oraciones se mueven en el párrafo. Se trata del ritmo. Se trata de la ambigüedad. Se trata de la forma en que la emoción, en circunstancias difíciles, es capturada por el lenguaje. Se trata de los instantes de la conciencia. Se trata de una conciencia asediada. Se trata de ir en contra del sentimentalismo. Se trata de ir en contra de emociones baratas. Se trata de problemas de amor. Se trata de la muerte. Se trata del suicidio. Se trata del cuerpo. Se trata del escepticismo. Se trata de ir en contra de la sentimentalidad. Se trata de ir en contra de las emociones baratas. Se trata del arrepentimiento. Se trata de la supervivencia. Se trata del uso de las oraciones para promulgar y defender la supervivencia”.
Mi cabeza siempre está llena de ruido, como si el cerebro fuera un museo donde colecciono historias que en un principio fueron dolorosas o felices, y luego perdieron identidad hasta vaciarse, hasta convertirse en suvenires.
Tengo pocas historias. Las repito, ensayo variaciones, las fusiono, exploro sus capas. Si escribo sobre otra cosa que no late en mi cerebro no encuentro alivio, no podría pulverizar la ansiedad. Hay escritores que pueden contar cien historias distintas, hay escritores que se reinventan en cada libro. Hay escritores para los que la literatura es un juego donde despliegan distintas formas de ingeniería. Para emplear una metáfora cualquiera, construyen casas pero no viven en ninguna. Yo, a diferencia de ellos, sólo puedo habitar una casa. El agotamiento ocurre cuando en los libros venideros se da vueltas a ciegas en la misma habitación sin poder salir. Espero que en 30 años siga explorando habitaciones de esa casa solitaria que me tocó habitar. Ese es mi deseo. Moverme, aunque sea torpemente, por los escondrijos de esa arquitectura.
Al final de una larga gira le preguntaron a Dave Mustaine, el líder de Megadeth, cuáles eran sus planes ahora que regresaba a su hogar después de tantos meses de viaje. Él contestó que tenía ganas de componer canciones, pero que antes tenía que ponerse a vivir.
Eso mismo me sucede a mí. Para explorar nuevas habitaciones de esa casa tengo que seguir viviendo, tengo que surfear en la ola de la experiencia, aunque esto no quiere decir que escriba en tono autobiográfico. La fantasía, afortunadamente, se inmiscuye y lo deforma todo. La ficción es la posibilidad de la libertad total, no hay ninguna ética que le ponga restricciones. En el campo de la invención, estamos solos y somos impunes.
Si no estoy equivocado, fue el cineasta francés François Truffaut quien dijo que un director prueba la materia con la que está hecho con su segunda película. Imagino que lo que quiso decir es que es fácil darlo todo en la primera obra y conmover, porque a fin de cuentas si se trata de una historia personal, y si se es auténtico al contarla, la carga emocional está garantizada. El reto es poder emocionar al lector o al espectador dos o tres o cuatro o cinco veces después de ese primer golpe.

Pienso en algunos escritores que consiguieron ese efecto. Pienso en Juan Carlos Onetti y pienso en Juan José Saer; pienso en Cormac McCarthy y pienso en Raymond Carver: lo que los hizo grandes no fue el hambre por reinventarse en cada nuevo libro que escribieron, si no la capacidad de mantenerse fieles a esa musiquita que escuchaban en sus cabezas y la habilidad que tuvieron para convertirla en libros que aportaron nuevos atisbos de esos mundos que habitaron. Mundos tristes, sombríos, cargados de trauma y guerra, despedidas y amores difíciles. Mundos de donde extrajeron belleza, una belleza terrible que les salvó la vida a varios de sus lectores.